ISEKAI EN UN MUNDO NORMAL...... NORMAL?(MUNDO HENTAI/NTR +18) - Capítulo 48
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48: Capitulo 45 (+18) 48: Capitulo 45 (+18) (Punto de vista: Haruto) No pensé que mi primera clienta sería algo tan problemático, era la misma chica con la que me había cruzado en el pasillo aquella vez.
La rubia de ojos verdes que me miró como si yo fuera una plaga que había que erradicar.
Ahora sabía que se llamaba Louisa Ritcher.
La presidenta del consejo estudiantil.
Cuando entre y la vi sentada en el sofá, con el uniforme impecable y esa postura rígida de quien intenta controlar todo, lo entendí al instante cuando hablo, ella no estaba aquí por deseo.
Quería infiltrarse, obtener pruebas, o al menos sobornar a alguien lo suficientemente débil como para romper el silencio, Estaba aquí para destruirme.
O, más precisamente, para destruir el programa entero usando a uno de los gigolós como peón.
Ella ofreció 10 millones de yenes a cambio de delatar todo, pero esta chica no entendía en lo profundo que estaba metiéndose.
El programa no era solo un capricho de la directora; estaba respaldado por familias poderosas, por dinero que compraba silencio y protección.
Si lograba su cometido un escándalo mediático, renuncias, investigaciones, solo cambiarían las caras.
Pero el sistema se adaptaría.
Siempre lo hacía.
No me interesaba involucrarme en esa guerra.
Por eso rechacé su oferta sin dudar.
Y luego vino la apuesta.
Sexo.
Si ella “ganaba” (es decir, si resistía sin disfrutar), yo delataba todo.
Si perdía, olvidaba el tema para siempre.
Era contradictorio hasta el absurdo: ella detestaba a los hombres, me lo había dejado claro en cada mirada y cada palabra, pero estaba dispuesta a acostarse conmigo solo para ganar una apuesta.
Terquedad pura.
Orgullo herido.
Y quizás, en el fondo, una curiosidad que ni ella misma admitía.
No tenía problema.
Mi trabajo era ser gigoló.
Y si la apuesta implicaba sexo, lo haría bien.
Mejor de lo que ella esperaba.
Me acerqué despacio.
Ella estaba de pie, intentando mantener la compostura, pero la vi temblaban ligeramente y su respiración era más rápida de lo normal.
La rodeé completamente, solo mirandola sin tocarla todavía, quería molestala un poco.
Ella se tensó al instante.
—Empecemos de una vez y terminemos con esto —dijo, voz cortante pero con un leve quiebre.
No le hice caso de inmediato, pero me dirigí a la cama mientras me quitaba la ropa.
—Quítate todo —le dije, voz baja pero firme.
Ella dudó un segundo, pero obedeció sabiendo que era inevitable para la apuesta.
Se comenzó quitando la blusa y el lazo que cayeron al suelo.
El sostén era blanco, sencillo pero de encaje caro, siguio la falda, las medias, las bragas.
Quedó desnuda frente a mí, piel pálida casi traslúcida.
Se sonrojó hasta las orejas, cruzando los brazos sobre el pecho por instinto.
Sus pechos eran grandes, redondos, como esperaba, pero lo que me sorprendió, era sus pezones estaban invertidos (como si estuvieran escondidos, retraídos por vergüenza).
Era la primera vez que lo veía .
Me resultó… erótico.
Exótico.
Sexy de una forma que no esperaba.
Me senté en la cama, ya desnudo.
Mi pene estaba duro.
Estába en el borde de la cama y di palmaditas suaves en el colchón a mi lado.
—Siéntate.
Se acercó dudando y se sentó, pero mirando para otro lado, la empujé suavemente para que se acostara boca arriba.
Mi mano bajó por su abdomen plano, rozando el ombligo, hasta llegar su zona prohibida, sus piernas se cerraron por reflejo, pero las abrí con cuidado.
Estaba un poco húmeda.
Más de lo que esperaba y puse mi boca en su pezon, lengua circular alrededor, empujando suave para hacerlos salir.
Metí la lengua dentro del pezón retraído, succionando.
Ella jadeó fuerte, arqueando la espalda.
—No… no hagas eso… solo… hagámoslo rápido….
y acabemos con esto.
Seguí ignorándola.
Ella no se resistió físicamente, solo verbalmente, pero su cuerpo la traicionaba: respiración agitada, pezones saliendo lentamente, endureciéndose bajo mi lengua.
Era sensible.
Muy sensible.
Lamí uno mientras mis dedos separaban sus labios inferiores y rozaban el clítoris.
Ella intentó cerrar las piernas, pero las mantuve abiertas.
Seguí lamiendo, chupando, mordiendo suave.
Hasta que senti que se corrió, un grito ahogado, caderas temblando, humedad goteando por mis dedos.
—Te corriste —le dije, mirándola a los ojos.
—Perdiste.
Ella jadeaba, negando con la cabeza.
—No… no perdí… no se sintió bien… fue… solo un espasmo… Terquedad pura.
Me gustó.
Me puse de pie, saqué un condón del pantalón que estaba en el suelo (traje por qué era algo obligatorio), me lo puse.
Ella miró mi pene con preocupación, ojos abiertos.
Era virgen; lo noté en su tensión.
—Dolerá al principio —le dije, posicionándome entre sus piernas.
—Es normal, no te preocupes seré suave.
Froté la punta contra su entrada, lubricándola con su propia humedad.
Empujé despacio.
Sentí la resistencia del himen.
Ella apretó los dientes, uñas clavadas en las sábanas.
Empujé más fuerte: un pequeño desgarro, un gemido de dolor mezclado con placer.
Esperé un minuto entero, inmóvil dentro de ella, hasta que su respiración se calmó.
Luego empecé a moverme.
Lento al principio: embestidas profundas, sintiendo cómo su interior me apretaba como un guante caliente.
Poco a poco subí la velocidad.
Ella ya no podía contener los gemidos: altos, entrecortados, casi gritos, por varios minutos.
—Ah… ahh… no tan brusco… estoy… a punto de … No le hice caso.
Aceleré más.
Sus pechos rebotaban con cada embestida.
Se corrió otra vez: interior contrayéndose, uñas arañando mi espalda.
Me corrí dentro del condón, profundo, gruñendo bajo.
Salí.
Me quité el condón, lo até y lo tiré.
Ella seguía jadeando, cuerpo temblando.
—¿Se sintió bien?
—pregunté.
Ella, terca hasta el final, negó con la cabeza.
—No… no se sintió bien… Sonreí.
Saqué otro condón, me lo puse.
—Entonces seguimos.
La puse de lado, embistiendola mientras lamía sus pezones.
Después me acosté muestras ella estaba encima de mi, rebotando torpemente al principio, pero aprendiendo rápido, gemía sin control, el placer en los ojos era evidente.
Al final, ella no podía más.
Boca abajo en la cama, piernas temblando, cabello rubio pegado a la espalda por sudor.
—¿Gane?—pregunté, acariciando su espalda.
Louisa estaba tan cansada que no pudo escuchar mis palabras, así que la deje descansar.
Me levanté y fui al baño, me duché rápido.
Recogi mi ropa y me cambié.
Ella seguía en la cama, desnuda, cuerpo marcado por mis manos y boca.
Me hubiera gustado seguir pero Louisa no estaba acostumbrada a esto.
Ahora ella está vulnerable de una forma que contrastaba con su actitud fría.
—No nos vemos —dije desde la puerta.
No respondió.
Cerré la puerta detrás de mí.
Salí del edificio anexo.
No me preocupé por ella; estaba dentro de la escuela, segura.
Y la apuesta… bueno, gane, el programa seguiría.
Y yo seguiría siendo parte de él.
Todavía no era tan tarde como para que el campus estuviera completamente desierto.
Se escuchaban risas lejanas de alumnas que salían de clubes extracurriculares o se dirigían al dormitorio.
Usé la puerta que conectaba directamente con el exterior: una salida discreta para personal autorizado para los gigoló, Por ahí había entrado también.
Un hombre me esperaba junto a un auto negro discreto.
Se presentó como Yamada, unos cincuenta y tantos, pelo corto canoso en las sienes, traje gris oscuro, expresión neutra y pocas palabras; solo abrió la puerta trasera, esperó a que subiera y arrancó sin más.
El trayecto fue silencioso, solo el ronroneo del motor y el tráfico nocturno de la ciudad.
Me dejó a dos cuadras del departamento para no llamar la atención.
Justo a tiempo: llegué antes de que Makoto empezara a preocuparse de verdad.
Subí las escaleras pensando en lo mismo que había pensado en el coche: necesitaba una movilidad propia.
Una bicicleta era lo más práctico por ahora, fácil de estacionar, pero una motocicleta sería ideal.
que pudiera manejar con licencia provisional.
Con la paga que iba a recibir… sí, podría permitírmelo pronto.
Abrí la puerta del departamento.
—Ya llegué —dije en voz baja.
Makoto salió de la cocina con el delantal puesto, oliendo a miso y arroz recién hecho.
—Justo a tiempo.
Casi te mandaba un mensaje .
¿Todo bien?
—Todo bien —respondí, quitándome los zapatos—.
Perdón si te preocupé.
Se me fue el tiempo.
Ella sonrió suave, pero sus ojos me estudiaron un segundo más de lo normal.
Cenamos juntos: sopa de miso, salmón a la plancha, arroz y ensalada.
Hablamos poco y después lavamos los platos y nos fuimos a dormir.
Me tiré en la cama con una satisfacción extraña en el pecho, mi primer cliente satisfecho.
El día había sido… intenso.
Y apenas empezaba.
A la mañana siguiente, recibí el mensaje de Rikka durante la primera clase.
Mismo lugar, misma hora: 18:00 hs, suite 3-B.
Otra vez, tan rápido, me parecía extraño pero confirmé sin dudar.
Cuando llegué esa tarde, era Louisa, me había vuelto a solicitar, pero su semblante era diferente: ya no había esa rigidez de “presidenta intocable”.
Estaba nerviosa.
Las manos apretadas, las piernas cruzadas con fuerza, mirada baja.
Cuando entré, levantó la vista y se sonrojó al instante.
—Llegaste —dijo, voz más baja de lo habitual.
Me acerqué sin prisa.
—Gané la apuesta de ayer —le dije directo, sonriendo leve.
Ella apartó la mirada, mejillas rojas.
—Esa… no contó, no me sentí bien.
Fue solo… un descuido.
Por eso tenemos que hacerlo de nuevo.
Acepté sin discutir.
Era su orgullo, que no le permitió aceptar la derrota.
Nos desnudamos en silencio.
Ella se quitó el uniforme con manos temblorosas; yo me quité la ropa sin ceremonia.
Cuando quedamos desnudos y listos.
Esta vez ella tomó la iniciativa.
Se acercó, me empujó suavemente para que me sentara en la cama y se arrodilló entre mis piernas.
Tomó mi pene con la mano, temblorosa al principio y empezó a masturbarme despacio.
Movimientos torpes, inseguros.
No era suficiente para llevarme al límite.
—Usa la boca —le dije, voz baja.
Ella se sonrojó hasta las orejas, pero obedeció.
Lamió la punta con la lengua plana, tímida.
Luego recorrió la longitud con lamidas largas, inseguras.
Intentó meterlo en la boca: solo una parte, y se atragantó inmediatamente.
Tosió, ojos llorosos.
—Ten cuidado —le dije—.
No fuerces.
Solo la punta al principio.
Usa la lengua.
Siguió intentándolo.
Lamiendo, succionando suave.
Después de varios minutos, todavía no estaba ni cerca de correrme.
Ella se frustró.
—Porque todavía no te has corrido.
—jaja te falta mucha práctica, mejor pasemos a lo principal —le dije, entregándole un condón.
Ella lo tomó con manos.
Intentó ponérmelo: torpe, al revés al principio.
Lo corrigió, lo desenrolló despacio.
Luego se subió encima de mí, alineando mi pene con su entrada.
Se sentó lentamente.
—Ah… ahh… Ya no había dolor como la primera vez; solo placer.
Su interior caliente, apretado, húmedo.
Empezó a moverse: arriba y abajo, intentando llevar el ritmo.
Pero no duró mucho.
Después de unos minutos, se corrió: un gemido largo, caderas temblando, interior contrayéndose alrededor de mí.
Se quedó quieta, jadeando, intentando recuperarse.
Yo seguía sin venirme, así que tomé el control.
Agarré su trasero con ambas manos y empecé a moverla yo: arriba y abajo, profundo.
Ella protestó débil.
—Espera… estoy sensible… ahh… Aceleré.
Sus gemidos se volvieron gritos ahogados, nose cuando tiempo estuve así hasta que me corrí, mietras salía sentí sus paredes aferrándose tratando de no soltarme, Me quité el condón y me puse rápidamente otro.
La gire de espalda contra mi, espalda arqueada.
Agarré sus manos y las tiré hacia atrás, sujetándola por las muñecas.
Ella no tenía apoyo; solo yo la mantenía en posición mientras la empujaba fuerte desde atrás.
Sus pechos colgaban y rebotaban con cada embestida.
Se corrió dos veces más antes de que yo llegara al al climax.
—¿Gane?
—pregunté, acariciando su espalda sudorosa.
Loisa no se desmayo está vez, pero su voz esta ronca y cansada: —No… no perdí… Sonreí.
—Dejemolo en Empate .
.
.
.
Los días siguientes fueron lo mismo.
Viernes: otra solicitud, mismo lugar, misma apuesta.
Esta vez duró más: preliminares más largos, ella intentando resistir con más fuerza de voluntad, pero su cuerpo la traicionaba cada vez.
Sábado y domingo: nada era el descanso.
Pero el lunes siguiente, Louisa otra vez.
Y el martes, miércoles, jueves… cada día.
Cada vez más largo que el anterior.
Cada vez más intenso.
pero siempre terminaba cediendo: gemidos altos, orgasmos múltiples, cuerpo temblando bajo el mío.
Tuve que pedirle que cambiáramos el horario.
Las primeras veces había faltado al club.
Ayumu me dijo que Ryouka me estaba esperando, molesta.
Cuando volví al dojo, fui el saco de boxeo, “No faltes otra vez, Shiro.
Esto es serio”.
Tenía razón.
Fue una semana dura entre Ryouka y Louisa, pero tuve que adaptarme.
Una vez, mientras salía del anexo, me crucé con un señor mayor: pelo gris, robusto, traje discreto.
Supuse que era otro gigoló.
Nos cruzamos en el pasillo.
Él me saludó con una sonrisa leve.
—Buenas Tardes, joven— dijo rascándose la cabeza, —Buenas Tardes —respondí.
Inclinando un poco la cabeza.
No parecía mala persona.
Solo otro hombre haciendo el trabajo.
Seguimos caminos opuestos.
Fin del Capítulo 45
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