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ISEKAI EN UN MUNDO NORMAL...... NORMAL?(MUNDO HENTAI/NTR +18) - Capítulo 5

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5: Capitulo 4 5: Capitulo 4 (Punto de vista: Haruto) Los primeros meses fueron una lenta conquista de este cuerpo ridículamente débil.

Al principio todo era instinto puro: llorar cuando tenía hambre, succionar cuando me ponían un pecho en la boca, dormir cuando el cansancio me aplastaba.

Pero poco a poco, la mente vieja que llevaba dentro empezó a tomar el control de los reflejos nuevos.

Aprendí a girar la cabeza hacia los sonidos, a seguir con la mirada el movimiento de las luces, a reconocer patrones en las voces.

Mi cuerpo seguía siendo torpe,manos que no obedecían del todo, piernas que se agitaban sin propósito, pero la conciencia ya no era solo un punto flotante en el vacío.

Era yo.

Otra vez.

El idioma todavía era un murmullo incomprensible.

Palabras suaves, rápidas, con muchas vocales abiertas y consonantes que se deslizaban.

Suponía que estaba en algún lugar de Asia.

Quizás Japón.

Los carteles que veía cuando mamá me sacaba a la ventana del balcón tenían caracteres cuadrados y curvos, y la ciudad allá abajo era un mar de luces de neón y edificios altos que recordaba vagamente de fragmentos de mi vida anterior, intentado profundizar en mis recuerdos, pero no podía.

Lo que sí entendía sin palabras era el orden de prioridades en esta casa.

Mamá me quería.

Lo sentía en cada roce, en cada mirada larga cuando me amamantaba, en la forma en que me mecía en la oscuridad cuando lloraba de noche.

Sus manos eran suaves, su olor cálido y lechoso, y sus ojos —esos ojos grandes y cansados— se iluminaban solo cuando me miraban a mí.

Pero también veía la verdad más cruda: yo era el segundo lugar.

El primer lugar siempre era él.

El hombre que mamá llamaba..

creo que Yasuno~sensei, por tantas veces que lo decia.

Lo escuchaba todo desde la cuna.

Los gemidos bajos salían del cuarto principal a cualquier hora del día.

Los pasos pesados de él por el pasillo.

La risa ronca de Yasuno cuando mamá obedecía alguna orden en voz baja.

Los sonidos húmedos, los jadeos, el crujir de la cama que nunca paraba del todo.

A veces mamá desaparecía durante horas, dejando la puerta del cuarto entreabierta, y yo me quedaba mirando el móvil de estrellas girar despacio mientras escuchaba cómo atendía cada necesidad de él.

Y cuando volvía a mí con el pelo revuelto, las mejillas enrojecidas, el cuerpo todavía tembloroso, me alzaba con prisa, se abría la blusa y me ponía el pecho en la boca como si quisiera compensar el tiempo perdido.

Yo succionaba con fuerza, no solo por hambre.

También porque era la única forma que tenía de reclamarla un poco.

Lo más extraño era verla casi siempre desnuda o en lencería.

En casa nunca llevaba ropa normal.

Kimonos ligeros que se abrían con facilidad, conjuntos de encaje negro o rojo que apenas cubrían, corpiños que dejaban los pechos al descubierto cuando él lo pedía.

Caminaba descalza por el apartamento, con la piel marcada a veces por dedos gruesos, y siempre con esa expresión de entrega absoluta en la cara.

Como si la desnudez fuera su uniforme de trabajo.

Yo, desde la cuna o desde su regazo, la observaba y no entendía.

¿Cómo alguien tan hermoso —con esa piel pálida, el cabello negro-azulado cayendo como seda, los rasgos delicados— podía estar con alguien como él?

Porque Yasuno era… feo.

Obeso, pesado, con la carne colgando en pliegues.

El poco pelo en los costados, grasiento en la coronilla, la cara ancha y sudorosa, los ojos pequeños y hambrientos.

Caminaba como si el suelo le perteneciera, y cuando hablaba, su voz grave hacía que mamá bajara la mirada al instante.

No había ternura en él.

Solo posesión.

Y sin embargo, ella se derretía cada vez que él la tocaba.

No comprendía cómo se había casado con él.

¿Fue por dinero?

¿Por miedo?

¿Por algo que yo, todavía no alcanzaba a descifrar?

Solo sabía que en esta casa extraña, las reglas eran claras: Yasumo~sensei era el centro del universo, mamá era su satélite, y yo… yo era un accesorio necesario, pero secundario.

Un trofeo vivo que llevaba su sangre, por que todavía no podía hacer nada.

A veces, cuando mamá me tenía en brazos después de una de esas sesiones largas, yo succionaba mientras ella miraba por la ventana con los ojos perdidos, sentía una punzada antigua.

Porque esa mujer hermosa que me alimentaba, que me arrullaba, que me llamaba “mi sol” en susurros, pertenecía en cuerpo y alma a ese hombre que tal vez no la merecía.

Pero por ahora no podía hacer nada.

Solo podía crecer.

Solo podía observar.

Solo podía esperar el día en que este cuerpo dejara de ser diminuto y frágil.

Aquí, uno de esos momentos en que mamá me amamanta después de haber estado con él, con la mirada perdida y el cuerpo todavía marcado: Y aquí, la cuna desde donde escucho todo.

Fin del Capítulo 4

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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