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isekai Game Over mi vida cambió con un BOOM! - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 capitulo 13 el Secreto Más Dulce
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14: capitulo 13 el Secreto Más Dulce 14: capitulo 13 el Secreto Más Dulce Ubicación: Salón privado imperial Comensales: El Emperador, la Reina, y una joven con cara de querer una cuchara de azúcar — Bueno…

Aquí estoy.

Sentada frente a la mujer que el imperio llama reina y el hombre que llaman Emperador.

También conocidos como mi madrastra y mi padre.

¿Cómo se supone que se come en paz en estas condiciones?

Aunque para ser justa… la comida está buena.

Bastante buena.

Claro, le falta un toque aquí y allá.

Algunas especias están perfectamente balanceadas, pero otras cosas…

simplemente no dan la talla.

Suspiré mientras miraba el plato de pescado con salsa cremosa.

—Esto le vendría bien con un poco de sal…

Dije en voz baja… o eso pensé.

Ambos padres me miraron de inmediato.

Ups.

—¿Disculpa, hija?

—preguntó el Emperador, con curiosidad.

—Nada, solo pensaba en voz alta… —respondí con calma, tomando un bocado de verduras—.

Algunas cosas no tienen suficiente sabor.

La Reina alzó una ceja, elegante y serena como siempre.

—Hay escasez de ciertos ingredientes, Celestine.

—explicó, sin reproche, solo con tono informativo—.

El país del sur con el que comerciamos azúcar y sal está… enfrentando una guerra civil.

El suministro ha sido interrumpido casi por completo.

> Guerra civil.

Perfecto.

No hay azúcar.

No hay sal.

Y aun así el imperio sobrevive a base de orgullo y diplomacia.

Notable.

—Oh, —me limité a decir con expresión neutra— eso explica algunas cosas.

No dije nada más.

Porque en mi cabeza ya se estaba formando un plan.

> En mi territorio…

entre la maleza, encontré caña de azúcar.

Casi la queman.

Idiotas.

Recordé vívidamente aquel momento.

Uno de los trabajadores novatos, convencido de que era maleza, estaba listo para quemarla junto con un montón de hierba.

Tuve que gritarle, detenerlo, y luego explicarle —durante una hora entera— qué demonios era eso y por qué debía tratarla como si fuera oro dulce.

> “Esto, pedazo de nabo con patas, es CAÑA DE AZÚCAR.

Es vida, comercio, dulzura, influencia.

¡Y tú ibas a quemarla!” Y sí, lo castigué.

Sembró cada vara a mano mientras recitaba: “El azúcar es buena, el azúcar es riqueza, el azúcar es vida”.

Ahora, al escuchar que ni el imperio tiene acceso a azúcar de calidad… una sonrisa apenas disimulada se dibujó en mi rostro.

> Heh…

así que soy la única que tiene ese dulce tesoro, ¿eh?

Mantuve la compostura mientras llegaba el postre.

Un pastelito.

Pequeño.

Triste.

Insípido.

Le di un mordisco… y sin filtro, murmuré: —Le falta azúcar…

—Sí, —respondió la Reina mientras dejaba su cuchara— es un problema nacional.

Pero estamos buscando soluciones.

Yo asentí, tranquila.

No ofrecí la mía.

Aún no.

> Ya llegará el momento.

Cuando el imperio quiera dulce… tendrán que mirar hacia mí.

> Porque ahora no solo soy condesa…

Ahora también soy la princesa del azúcar.

— — Territorio de Celestine von Alvaria Estella Día 3 tras el regreso de la capital imperial — Volver a mis tierras me trajo un aire de tranquilidad…

hasta que puse un pie en las tres aldeas recién anexadas.

La palabra “infraestructura” era un insulto para lo que encontré.

Casas de madera podrida, caminos rotos, gente con ropa remendada más veces que una bandera de guerra.

> Bienvenidos a los restos del feudo de un cerdo glotón…

literalmente.

Los informes de los asistentes y la mirada triste de los aldeanos lo confirmaban: Los impuestos eran absurdamente altos.

Hasta el punto de que la mayoría vivía con menos de un tercio de lo que producían.

Convoqué una asamblea general.

Todos los aldeanos vinieron, algunos con miedo, otros con resignación.

Los ojos vacíos eran lo que más me molestaban.

Subí al estrado, con mi uniforme negro y el símbolo dorado del halcón de agua en el pecho.

Hablé claro, sin titubeos: —A partir de hoy, sus impuestos serán reducidos en un noventa por ciento.

—Sé que están acostumbrados a entregar todo lo que tienen para sobrevivir.

Pero eso se acabó.

El dinero que ganen será suyo.

Cultiven, comercien, respiren.

Un murmullo recorrió la multitud.

Luego asombro.

Luego lágrimas.

—Pero hay condiciones.

—continué—.

No toleraré vagos.

Ni ladrones.

Ni parásitos disfrazados de guardias o jefes de aldea.

Di una señal.

Los antiguos “líderes” y soldados corruptos fueron arrastrados, uno a uno.

—Estos sujetos… ya tienen nuevo trabajo.

En las minas.

Con contrato de por vida.

Sin pago.

Sin jubilación.

Llámenlo “retribución pública”.

> Sí, dije eso con una sonrisa.

El mismo tono que usaría una chica noble para anunciar un picnic.

Reemplacé a los guardias por gente de confianza.

Veteranos retirados.

Cazadores leales.

Mujeres jefas de hogar.

Gente que había sufrido, y por eso, sabrían proteger.

Luego vino el milagro.

En la última aldea, mientras inspeccionaba los límites del territorio, encontramos un área con vetas blanquecinas brillando bajo la roca húmeda.

Un minero se me acercó con los ojos abiertos: —Mi señora…

esto es sal.

Sal pura.

Y hay bastante.

…

> Y en ese momento…

sonreí como un comerciante que encontró oro… pero con más malicia.

No perdí tiempo.

Ordené a los supervisores llevar prisioneros de las cárceles locales, antiguos criminales o desertores, a trabajar extrayendo sal.

En el primer día, recolectamos más de 300 kilos.

> “Sal… el oro blanco.

En un imperio que no tiene acceso a sal… yo tengo una mina.” Me acerqué a la roca, toqué una veta con los dedos.

La probé.

Pura.

Fina.

Comercializable.

Carísima.

> Mis cultivos de azúcar.

Mi sal.

Mis rutas de caravana… “Esto…

es el inicio de un imperio dentro del imperio.” — Había algo casi poético en ver a una caravana cargada de sal salir desde mi territorio, cruzando las colinas, mientras el sol reflejaba su brillo blanco como si fuera nieve embotellada.

Sal.

Simple, común, infravalorada.

Excepto cuando no la tienes.

Excepto cuando toda una capital está desesperada por ella.

El primer mes de exportación fue… glorioso.

El oro llegó en tal cantidad que mis escribas tuvieron que añadir una sección nueva a los registros fiscales solo para clasificarlo.

Con una sola caravana semanal, mi territorio generó ingresos suficientes para cubrir los gastos de dos años sin necesidad de subir impuestos.

Los comerciantes de la capital se abalanzaron como moscas a la miel.

O mejor dicho, a la sal.

Y entonces llegaron…

ellos.

Los Ministros imperiales del comercio y la economía.

Tres hombres de trajes oscuros, sonrisas diplomáticas y ojos de tiburón hambriento.

Trajeron una carta.

Una oferta.

Querían un contrato directo conmigo.

Exclusividad de compra.

Yo acepté.

Claro que acepté.

Los contratos son buenos.

Legales.

Vinculantes.

Mientras firmábamos el pergamino en mi despacho, uno de ellos —el más calvo— preguntó con voz melosa: —Hemos oído rumores, condesa.

¿Es cierto que planea vender… azúcar?

Levanté la mirada, apoyando la pluma con calma.

—Correcto.

En unos meses comenzaremos a procesar caña de azúcar.

Todo cultivado en mis tierras.

Ellos se miraron, murmuraron entre ellos con esa expresión entre interesada y preocupada que suelen tener los políticos cuando alguien les gana la jugada.

—En ese caso, —dijo el de barba rala— propondremos al Emperador un decreto que le otorgue a usted el monopolio del azúcar.

—Monopolio completo, agregó el otro— una medida para proteger la economía nacional, por supuesto.

Qué conveniente.

Un “monopolio” declarado por decreto… lo que en el fondo significa: “esperamos que nos des un precio más barato a nosotros y solo a nosotros”.

> Qué considerados.

Quieren que me vuelva su proveedor personal.

A precio de ganga.

Muy patriótico de su parte.

Sonreí.

La sonrisa diplomática.

La de “acepto tu juego, pero jugaré con mis propias reglas”.

—Me halaga el reconocimiento imperial.

—Haré todo lo posible por ser digna del título.

Firmé.

Sellé.

Y me aseguré de que el contrato dijera claramente “volumen negociado según condiciones de mercado”.

> Es decir… puedo cambiar el precio cuando me plazca.

Los ministros se fueron satisfechos.

Yo volví a mirar mi mapa.

Sal.

Azúcar.

Comercio.

Oro.

Todo mío.

— — Las palabras de los ministros aún resonaban en mi cabeza: “Monopolio del azúcar”.

Sí, claro.

Lo que realmente quieren es el derecho a negociar desde una posición privilegiada.

Pero si algo aprendí en este mundo es que el poder viene del control real, no de los títulos bonitos.

Así que el siguiente paso fue obvio: Refinar el azúcar.

Procesarla.

Convertirla en un producto listo para vender.

— Día 4 – Almacén central de la aldea número 2 —Así que esto es lo que tenemos, —dije observando las montañas de caña recién cosechada— y esto… no va a funcionar.

La caña estaba bien almacenada, pero no podíamos procesarla de forma efectiva.

No con herramientas improvisadas y obreros sin experiencia.

Reuní al capataz de obras, al encargado de almacenes y a Bob Esponja, que por alguna razón se presentó también.

—Vamos a construir una refinería.

—anuncié— Una estructura semiindustrial, con sistemas de prensado, hervido y cristalización.

Y si no entendieron lo que dije, no importa.

Les daré planos simples.

Sólo sigan las instrucciones y no exploten nada.

Bob levantó la mano.

—¿Y de dónde sacaremos el equipo?

—Yo ya lo estoy encargando.

—dije mientras sacaba un plano enrollado de mi bolso—.

Metal de la mina, calderas simples, estructuras de madera reforzada y un sistema de engranajes por rueda de agua.

Si podemos mover molinos, podemos mover un triturador de caña.

Los ojos de los presentes se agrandaron.

Estaban confundidos pero intrigados.

> Sí, esta será la fábrica más primitiva del azúcar…

pero marcará el inicio de una revolución.

— Día 7 – Noticias del exterior Justo cuando las obras comenzaron, llegó una carta con sello noble.

Era de un conde vecino.

Uno que había perdido el acceso a sus rutas comerciales cuando mi nuevo territorio fue reorganizado.

El contenido era educado…

al principio.

Luego sarcástico.

Luego claramente amenazante: > “Nos preocupa el impacto económico que su monopolio azucarero tendrá en los nobles tradicionales.

Confiamos en que sabrá equilibrar su éxito con la tradición de respeto mutuo que nuestra nobleza ha cultivado por generaciones.” Traducción: “Estás haciendo demasiado dinero y poder, niñata.

Y eso no nos gusta.” > Oh… qué dulce amenaza disfrazada de cortesía.

Me encanta.

Iris, el espíritu del agua, se manifestó en mi hombro con su forma azulina.

—¿Problemas, ama?

—Apenas un noble gordo llorando porque no puede chupar impuestos ajenos como antes.

Iris sonrió.

—¿Lo vas a ignorar?

—Por ahora.

—dije mientras firmaba un nuevo encargo de fabricación de piezas metálicas— No hay mejor venganza que seguir ganando.

— Día 15 – Primer vapor, primera melaza La refinería estaba en funcionamiento básico.

Las primeras pruebas salieron… pegajosas.

Literalmente.

Pero después de varios ajustes, conseguimos producir melaza y cristales de azúcar rudimentarios.

¡Azúcar!

Dulce, áspera, sin refinar…

pero azúcar al fin!

Los niños del pueblo probaron un puñado de cristales y corrieron gritando de alegría.

Los adultos… se quedaron mirando como si hubieran visto oro blanco.

Y yo, desde mi torre, sabía que acababa de crear el producto más codiciado del continente.

— > Y ahora… vamos a ver cuánto me ofrecen los ministros por el primer cargamento.

— Por favor comenten, y den like y compartan

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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