isekai Game Over mi vida cambió con un BOOM! - Capítulo 21
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21: capitulo 20 el juicio 21: capitulo 20 el juicio Consejo Imperial — Día del Juicio El gran salón del Palacio Imperial se encontraba cargado de tensión.
Las siete grandes familias del imperio —pilares de la nobleza, cada una con siglos de influencia y poder— se hallaban sentadas en sus respectivos asientos de honor.
Ropajes lujosos, miradas gélidas, y sonrisas envenenadas adornaban la corte.
En el centro del estrado, el emperador y la reina observaban desde lo alto, con expresiones neutras, aunque atentos a cada detalle.
A la izquierda del salón, estaba reunida la delegación del conde Bartel von Grath, aún encadenado, aunque sin uniforme de prisionero.
Su familia, la Casa von Grath, una de las siete grandes, había movilizado todos sus contactos para salvar su cuello.
El hecho de que el conde estuviera implicado en una guerra no autorizada con un miembro de la familia real era un asunto que rozaba la traición… y lo sabían.
A la derecha, Celestine von Alvaria Estella, condesa territorial y séptima princesa imperial, hacía su entrada.
Vestía con sobriedad, pero su presencia era imponente.
Una capa carmesí, su arco ceremonial colgando a la espalda, y una expresión fría que contrastaba con su juventud.
Caminó firme hasta su lugar sin mirar a los presentes, como si los víboras que la rodeaban no valieran ni una pizca de su atención.
Sus tropas no la acompañaban, pero sí lo hacían Kuro, su comandante, Iris, el espíritu del agua que solo ella podía ver y oír, y Dargun, ahora rediseñado como un femboy con rostro inexpresivo, que generaba susurros inquietos entre los nobles más conservadores.
— Emperador: —Este consejo fue convocado a solicitud conjunta mía y de la reina.
Hoy se trata el conflicto armado entre dos nobles del imperio: la condesa Celestine von Alvaria Estella y el conde Bartel von Grath.
Celestine (fría, sin emoción): —Con el debido respeto, Majestad.
El término “conflicto” es incorrecto.
Esto fue un acto de guerra unilateral.
El conde me envió una declaración de guerra formal.
Declarar la guerra a una miembro de la familia imperial no es un “conflicto”…
es traición.
Sus palabras cayeron como plomo.
Varios nobles torcieron la boca.
Otros bajaron la vista.
Uno de los ancianos de la Casa von Grath (en tono altivo): —¡La condesa Estella es, con todo respeto, solo una hija menor!
Su reconocimiento como parte oficial de la familia real es reciente.
¡No tenía rango alguno antes de la intervención imperial!
Celestine (con una sonrisa cortante): —¿Está diciendo que mientras no me reconozcan oficialmente, cualquier noble puede declararme la guerra y tomar mi cabeza sin consecuencias?
Qué interesante concepto de lealtad imperial tienen algunos aquí.
Las palabras eran como cuchillas.
Incluso el emperador levantó ligeramente una ceja, y la reina ocultó una sonrisa tras su abanico.
— Los murmullos crecían.
Era claro que los conservadores de la corte intentaban salvar la cara del conde, que había sido usado como peón por su propia facción.
Temían que el miedo que Celestine había sembrado se volviera contagioso.
Más de un noble había escuchado los rumores: Criminales que eran condenados a trabajos forzados de por vida sin paga ni derecho a juicio.
Reestructuración económica completa sin aprobación de la nobleza local.
Descubrimiento de minas de sal y azúcar que habían triplicado su influencia.
Un ejército personal bien entrenado y leal, compuesto por soldados que subían de nivel cazando monstruos.
Y sobre todo… Una niña que no temía ensuciarse las manos.
— Conde Bartel (desesperado): —¡Majestad, fui llevado al conflicto por información errónea!
¡Fui provocado!
¡Fui presionado!
¡Me vi forzado por las circunstancias!
Celestine (a media voz, irónica): —Pobre conde…
tan fácilmente manipulable.
Qué aterrador sería que le confiaran un ejército, ¿no?
Un par de risas ahogadas resonaron en el salón.
El rostro del conde se volvió rojo de furia, pero no dijo más.
— Reina (mirando al emperador): —Las decisiones apresuradas pueden costar al imperio.
Pero no hacer justicia lo costaría todo.
El ataque a una miembro reconocida de la familia real… no puede quedar impune.
Emperador (tras unos segundos): —El consejo deliberará.
Pero como cabeza del imperio, decreto que la Casa von Grath será sancionada formalmente por no controlar a sus miembros.
El conde Bartel será despojado de su título.
Sus tierras quedarán bajo administración imperial.
Se escucharon jadeos.
—La gestión territorial será transferida temporalmente a la condesa Celestine.
Ella se encargará de garantizar el orden… y demostrar que su ascenso no fue un error.
— Celestine (inclinando la cabeza con frialdad): —Obedeceré, Majestad.
Con gusto añadiré orden donde antes solo había soberbia y negligencia.
— Pensamiento interno de Celestine (frunciendo ligeramente el ceño): “¿Y ahora qué haré con más tierras?
No puedo multiplicarme…
Tengo que reorganizar todo.
Otra vez.
Mierda…
Más papeleo.” — Antes del regreso a sus dominios — Patio exterior del Palacio Imperial La luz del mediodía bañaba el mármol blanco del patio principal donde los carruajes de los nobles aguardaban.
Las estandartes ondeaban lentamente con la brisa y el murmullo de las conversaciones tras la corte comenzaba a disolverse en el aire.
Fue entonces cuando un anciano de la Casa Grath, rostro arrugado y mirada llena de veneno, se acercó con pasos lentos pero firmes hacia Celestine, quien se disponía a subir a su carruaje escoltada por Kuro y Dargun.
Viejo Grath (con tono gélido): —No deberías emocionarte tanto por un fallo favorable, niña.
No importa cuánto logres, en el fondo seguirás siendo lo que siempre fuiste: una plebeya de nacimiento, nacida de una concubina sin linaje.
Las palabras cayeron como cuchillas, esperando causar una reacción… pero Celestine se detuvo en seco.
Lentamente se giró hacia él.
Su expresión era tranquila.
Demasiado tranquila.
Y esa sonrisa ligera en su rostro era más peligrosa que una espada al cuello.
Celestine (mirándolo directamente a los ojos): —Venerable Grath… he oído que su estimada familia comercia con alimentos en varias regiones del imperio.
Productos como pan, frutas, cereales…
Dependen mucho de los condimentos, ¿verdad?
De la sal de alta calidad y bajo precio que ha empezado a circular últimamente.
Viejo Grath (desconcertado, pero altivo): —Sí.
También del azúcar.
Son productos esenciales, claro está.
¿Qué con eso?
Celestine (subiendo con elegancia los escalones del carruaje): —Entonces, permítame hacerle una pregunta.
¿Por qué querría usted enemistarse… con quien tiene el monopolio de ambos productos?
La puerta del carruaje se cerró con suavidad.
El vehículo empezó a avanzar, dejando al anciano con el ceño fruncido, inmóvil, masticando cada palabra que acababa de oír.
Kuro (desde su montura, bajando el tono para que solo Celestine oyera): —Eso sonó como una amenaza elegante.
Celestine (reclinándose contra el asiento, cansada): —No fue una amenaza, fue economía básica… y un recordatorio.
Si me quieren tratar como una plebeya, está bien.
Pero que no se les olvide… que soy una plebeya con poder absoluto sobre lo que comen.
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