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isekai Game Over mi vida cambió con un BOOM! - Capítulo 23

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23: capitulo 22 días buenos 23: capitulo 22 días buenos Dedicar tiempo a entrenar felinos bípedos con talento natural para el asesinato no estaba en mis planes iniciales, pero… qué demonios, una condesa debe saber administrar todos sus recursos.

Y estos chicos eran recursos valiosos.

Muy valiosos.

Además, como en este mundo el maná es algo natural, no tuve que perder tiempo explicándoles lo que es energía espiritual ni chakra ni la diferencia entre ki y cosmo.

Bastó con decirles: —“Canaliza tu maná aquí, suelta la técnica allá, imagínate invisible, y corre por esa pared como si estuvieras en un shōnen.” Y voilà: en dos días estaban saltando entre árboles, silenciando pisadas y lanzando shuriken de madera improvisada con precisión quirúrgica.

No exagero cuando digo que los habitantes de este continente nacen con talento para las artes de anime.

Pero claro… hubo una que destacó por encima del resto.

Una chica gato de cabello rojo, movimientos ágiles como el viento, sentidos afinados, capacidad de observación y reacción dignas de un ninja veterano.

Y sí… también era una belleza peligrosa: ojos dorados felinos, piel canela brillante, piernas musculosas y… cof cof… pechos grandes.

> “Obviamente esa no fue la razón principal por la que la elegí como mi asistente, sirvienta, guardaespaldas personal y asesina encubierta.

Solo fue… una coincidencia estética.” La entrené con especial dedicación.

La sometí a ejercicios más duros que al resto.

Le enseñé sobre etiqueta nobiliaria, control de emociones, lectura rápida de expresiones y cómo comportarse en una fiesta de salón antes de clavarle un cuchillo a alguien por la espalda.

Ella nunca se quejó.

Solo me miraba con esa mirada calmada y decía: —“Estoy aquí para servirte, mi señora.” Y, sinceramente… Me gustaba ese tono.

Me hacía sentir como la jefa de una organización secreta ultracompetente.

Y como una villana de fondo que mueve los hilos — 5 Días después — La invitación llegó en un sobre elegante con el sello real, el tipo de papel que huele a responsabilidad y a posibles consecuencias políticas.

Al leerla, Celestine sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

> “Una comida privada con Su Majestad, la Reina.

Asistencia obligatoria.” Se quedó viendo la carta un buen rato, como si pudiera prenderle fuego con los ojos.

—¿Por qué siento que esto va a ser más estresante que una batalla campal?

—murmuró, mientras dejaba caer la carta sobre su abarrotado escritorio.

Había pasado semanas enterrada entre papeles, informes, contratos de comercio, y ahora esto.

La Reina.

La misma mujer que había sido amable pero también distante, casi como si le costara decidir si debía tratar a Celestine como una hija o como una anomalía incómoda dentro del linaje real.

“¿Será que quiere estrechar lazos…?

¿O solo quiere verme de cerca para saber si me he vuelto una amenaza?” pensó mientras una punzada de ansiedad le revolvía el estómago.

Aunque no lo admitiera abiertamente, la reina siempre le había provocado una mezcla incómoda de respeto, temor y un vago deseo de aprobación que no sabía de dónde venía.

Suspiró, se levantó, y le dijo a una de sus asistentes: —Preparen mi vestido más formal… no el de batalla, el de ‘intento no parecer una amenaza para el equilibrio político del imperio’.

Y asegúrense de que mi cabello esté perfecto.

No quiero darle ni una excusa para comentar sobre mi aspecto.

Sabía que, si algo salía mal, hasta una cuchara mal colocada podría ser interpretada como un insulto velado.

Pero también sabía que esta podría ser una oportunidad para ganar puntos importantes…

o al menos un almuerzo gratis que no tuviera que pagar con papeleo.

—Que empiece el teatro —dijo con una sonrisa resignada y elegante, mientras en su interior solo podía pensar: ojalá no me dé diarrea de los nervios.

En el corazón del palacio imperial, más allá de los corredores de mármol y los salones de oro, se hallaba un jardín privado rodeado por altos muros de enredaderas, perfumado por lirios nocturnos y custodio de la serenidad.

Allí, bajo la sombra de un árbol blanco de hojas plateadas, la reina Lexia von Alvaria, soberana de hielo con corazón ocultamente cálido, esperaba sentada en una silla de madera tallada, con una copa de té de flores azules entre las manos.

Vestía un vestido elegante de tonos marfil y dorado, su peinado recogido sin una sola hebra fuera de lugar, como era de esperarse de alguien que llevaba la corona no solo con peso político, sino con elegancia letal.

Sin embargo, sus ojos amatistas estaban algo apagados… hasta que escuchó pasos acercarse entre los setos florales.

—…Ya viene —susurró, con una mezcla de emoción contenida y tensión maternal mal gestionada.

Y allí apareció Celestine.

Entró con paso firme, el viento jugueteando con su cabello blanco como la luna.

Llevaba un vestido de verano ceñido, diseñado para climas cálidos, que revelaba discretamente el contorno de su cintura y los muslos tonificados por entrenamientos, guerras y correr por los pasillos maldiciendo al papeleo.

El vestido era de un azul profundo, con bordados plateados como olas, cortes nobles, pero modernos.

Lexia sonrió, con una leve exhalación.

—Vaya, llegaste puntualmente.

Ya me habían dicho que eras una máquina para el trabajo, pero no sabía que también eras puntual como un reloj imperial.

Celestine hizo una elegante reverencia y murmuró: —Mi Reina… me esfuerzo en mantener estándares.

Aunque a veces preferiría estampar un informe en la cara de alguien que cumplirlos.

La Reina soltó una leve risa.

No lo suficiente como para descomponer su porte, pero sí lo suficiente para que una flor se cayera de un arbusto de la impresión.

—Como te ha ido, cariño… con el comercio del azúcar —preguntó, con un tono suave, pero claramente medido—.

Lástima que para nuestro éxito, el país con el que teníamos buenas relaciones esté sumido en una guerra civil.

Celestine bajó la mirada por un segundo, luego alzó una ceja y respondió: —Sí… un poco triste que la desgracia de unos sea el triunfo de otros.

Pero la vida no es una canción de cuna.

A veces el destino se comporta como una vaca desbocada.

Mejor ordeñarla antes de que te patee.

Lexia la miró… y sonrió.

—Sabías que eras mordaz, pero no sabía que habías heredado el sarcasmo de tu padre también.

—Yo pensé que lo había sacado de mi maestro de contabilidad —replicó Celestine, tomando asiento frente a ella—.

Ese hombre parece vivir en una constante guerra civil contra el sentido común.

Una doncella trajo té frío con pétalos de rosas negras, y pequeñas tartaletas de fruta.

Celestine levantó una de las tartas, la olió, y murmuró: —Le falta azúcar.

Lexia sonrió más.

—Qué ironía.

Tú, la dueña del monopolio del azúcar, y yo sin poder endulzar mis propias reuniones.

Ambas rieron ligeramente.

Un silencio amistoso se extendió por un momento, hasta que la Reina dejó la copa y miró a su hijastra con seriedad.

—Celestine… más allá de esta comida y las formalidades… quería hablar contigo no como reina, sino como alguien que te ve con orgullo.

Has demostrado más que muchos de sangre pura y rango noble.

Has gobernado, comerciado, luchado, y protegido mejor que muchos nacidos para eso.

Celestine parpadeó, sorprendida.

Sus dedos se crisparon en su falda.

Lexia continuó: —Por eso… a partir del próximo ciclo imperial, serás ascendida oficialmente a marquesa territorial.

Lo anuncié al Consejo esta mañana.

Tu nueva extensión de territorio será oficial dentro de un mes.

—¿…Perdón?

—Celestine apenas disimuló su desconcierto.

—Oh, y te construirán una mansión nueva en la capital.

Aparentemente muchos nobles están nerviosos porque podrías gobernar desde una granja y aún así tener más ingresos que ellos.

Celestine se llevó la mano al rostro y murmuró: —Dios mío… el papeleo va a necesitar un ejército de escribas.

¡Mi espalda ya grita traición!

La reina soltó otra risa suave.

—Te he mandado un conjunto de criados, contadores y magos notarios de primera.

Todos bien pagados.

Espero que los trates bien y no los mandes a tus minas… —Mientras no intenten convencerme de subir impuestos, vivirán.

Lexia la miró con atención.

Luego suspiró.

—No quiero ser solo tu superior, Celestine.

Sé que no soy tu madre… pero quiero que sepas que siempre has sido parte de esta familia, incluso cuando no parecía.

Celestine bajó la mirada.

Una punzada de algo parecido a tristeza le cruzó el pecho, pero lo disfrazó con un comentario seco: —…Vaya.

Esto sí que tiene más azúcar que la tartaleta.

Ambas rieron de nuevo, y por unos segundos, el jardín fue testigo de algo más dulce que cualquier comercio imperial: Una conversación sincera entre madre e hija, aunque la sangre no fuera el vínculo principal… solo el respeto, y el tiempo compartido en silencio.

—Ahora dime —dijo Lexia al final, con un gesto elegante—, ¿es cierto que entrenas a una chica gato para ser tu asesina personal?

—Ejem… asistente personal.

No desinformes, madre.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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