isekai Game Over mi vida cambió con un BOOM! - Capítulo 27
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27: capitulo 26 cuando el universo quiera te va a sobreexplotar 27: capitulo 26 cuando el universo quiera te va a sobreexplotar Gremio Imperial de Aventureros – Oficina de la Maestra del Gremio (alias: Reina Lexia) Día soleado, pero para Celestine el peso de los papeles era más intenso que el sol.
Celestine abrió con decisión la puerta de roble pulido de la oficina de su madre.
Al entrar, lo primero que sintió fue ese aroma embriagante a té fino, pergaminos recién sellados… y poder.
Mucho poder.
Lexia, sentada tras un escritorio tallado en madera negra con detalles dorados, levantó la vista con una ceja arqueada y una sonrisa que mezclaba elegancia imperial con picardía materna.
—Oh, miren quién ha regresado… la noble guerrera, protectora del paso montañoso, administradora de la sal, emperatriz del azúcar y condesa de las ojeras interminables —dijo con voz melodiosa.
—Tú lo has dicho —gruñó Celestine dejando caer un fajo de documentos sobre el escritorio—.
Informe de misión completada.
El paso montañoso está asegurado.
Las caravanas podrán circular sin problemas, la criatura fue… persuadida, y sellé un nuevo pacto entre razas con cláusulas que harían llorar a cualquier abogado del imperio.
Lexia entrecerró los ojos, hojeando con rapidez los documentos, leyendo mientras hablaba.
—¿Y esto…?
¿Reconocimiento del pacto por parte de la familia real?
¿Firmado por tres ministros y sellado con cera imperial de la Corte Exterior?
…¡Celestine!
—¿Qué?
—respondió la chica con expresión de “¿Ahora qué hice mal?” —Esto es impresionante.
¿Negociaste una alianza inter-racial, consolidaste la seguridad de una ruta comercial crítica, y además obtuviste respaldo imperial?
—La reina se recostó en su silla, cruzando las piernas con una elegancia que daba envidia—.
No sé si debería ascenderte… o contratarte como mi reemplazo.
Celestine se dejó caer en la silla frente al escritorio, con expresión cansada.
—Con tal de que me des una semana libre, puedes hacerme archimaga gran emperatriz de las tareas imposibles.
—Mmm… ¿una semana libre?
¿Sabías que tu gremio ya empezó a acumular solicitudes para misiones de rango alto con tu nombre?
—dijo Lexia mientras sacaba una carpeta—.
Parece que las noticias vuelan, y los comerciantes quieren contratar a la “Dama del Dragón de Agua” para escoltas y negociaciones.
Celestine suspiró.
—¿No puedo tener un título más sencillo, como “la chica que sólo quería vivir tranquila con su gato y un poco de dignidad”?
—¿Pero no tienes un ejército, un sirviente femboy, un gremio de asesinos gato-ninja y media docena de territorios?
—preguntó Lexia sin mirar, firmando los documentos con fluidez.
—…Toqué un punto de no retorno, ¿verdad?
—Hace rato, cariño.
Lexia le devolvió los papeles firmados y sellados, luego se levantó y se acercó con una taza de té que puso frente a su hija con un gesto tierno.
—Bromas aparte… hiciste algo enorme.
Has unido razas, defendido el honor de tu nombre, y protegiste al imperio sin que nadie te lo pidiera.
Estoy orgullosa de ti, Celestine.
La joven alzó la vista sorprendida.
El silencio entre ellas fue breve, pero profundo.
—Gracias, mamá —susurró con una leve sonrisa que apenas dejaba ver lo agotada que estaba—.
Aunque me gustaría que me dijeras eso con más frecuencia y menos sarcasmo.
—Eso le quitaría todo el encanto —dijo Lexia, guiñándole un ojo—.
Y ahora, ve, descansa un poco.
Pero no demasiado… porque te envié el formulario para convertirte en rango “Oro Blanco”.
Es solo un par de pruebas más y estarás entre los top del gremio.
—¡¿Tú qué hiciste qué?!
Lexia simplemente sonrió mientras tomaba su té como si no acabara de arruinarle la tarde a su hija.
Celestine se levantó con el mismo paso marcial con el que comandaba tropas, murmurando mientras salía: —…Estoy segura de que todo esto empezó con un simple plan para vender sal y azúcar.
Lexia se giró justo cuando su hija cruzaba la puerta.
—Y terminó con una princesa medio dragona, futura líder militar y la aventurera más caótica del imperio.
¡Ah, los negocios familiares…!
Celestine cerró la puerta de un portazo.
Y en su rostro, mientras bajaba las escaleras del gremio, había una sonrisa cansada… pero orgullosa.
Después de Dos años Imperio Draconiano – Año II del Mandato de Celestine, ahora Marquesa del Dominó En los corredores de mármol blanco del Palacio Imperial, donde cada palabra dicha era tan peligrosa como un filo oculto y cada silencio tan denso como una amenaza sin pronunciar, la noticia ya era innegable: Celestine, la séptima princesa, ahora era Marquesa.
La marquesa más joven en la historia del imperio.
Y no sólo eso.
También era, para escándalo de más de un viejo noble amargado, la mujer que controlaba el 8% del comercio nacional.
Entre la sal más pura del oeste, la azúcar refinada que endulzaba hasta los postres de la reina, los contratos comerciales firmados con gremios, la integración de razas no-humanas que antes eran marginadas, y un pequeño ejército personal que había derrotado a más de un noble regional, su influencia había crecido como una bola de nieve colina abajo.
Y nadie, ni siquiera su propia familia, podía detenerla.
O más precisamente… nadie se atrevía.
— Salón del Sol Poniente – Reunión privada de la Familia Imperial —Una marquesa, ¿eh?
—murmuró el primer príncipe, Elric Draconhart, mientras giraba una copa de vino entre sus dedos—.
Catorce años y ya logró más que algunos de nosotros en una década.
Admirable… y molesto.
Elric, con su cabello negro azabache atado en una coleta elegante y su porte de general curtido, miró hacia el vitral de dragón que adornaba el salón.
No estaba solo.
Su mano derecha, el vizconde Varhelm, y dos miembros de la facción conservadora lo acompañaban.
—Su Excelencia, no podemos dejar que esta “niña plebeya” opaque el linaje legítimo —dijo uno de los nobles, un duque de rostro arrugado—.
¡Es una anomalía política!
—Una anomalía con respaldo popular, militar, económico y racial —gruñó Elric, apretando los dientes—.
Y lo peor es que no se da cuenta.
Esa niña actúa como si todo fuera parte de su horario de oficina.
¿Sabían que aún hace sus propios informes económicos?
—Eso es lo que la vuelve más peligrosa, mi príncipe —añadió Varhelm—.
No sabe lo que vale…
y todos los demás sí lo sabemos.
—Podríamos… manipularla —sugirió el duque, bajando la voz—.
¿Una alianza matrimonial?
¿Un compromiso simbólico que la ate a nuestra facción?
—¿Quieres casarme con mi hermanastra, de verdad?
—Elric levantó una ceja con expresión de “¿te escuchas hablar?”—.
Eso sería incómodo hasta para los estándares del imperio.
—Solo una idea, Su Excelencia.
Elric suspiró, y luego sonrió de lado con una pizca de cinismo.
—No… aún no hay que mover ficha.
Si algo aprendí de Celestine es que subestimarla es la forma más rápida de quedar como un idiota.
¿Recuerdan al Conde Redgrave?
Ahora extrae sal encadenado en una mina con un collar de obediencia y le sirve té a un gato-ninja.
Los presentes palidecieron.
Nadie hablaba de Redgrave.
No desde su caída humillante.
—¿Y entonces qué hacemos?
—Nada… por ahora.
Pero que no se confíe —Elric se sirvió otra copa—.
Aún soy el primer príncipe, y el trono me pertenece.
Si ella quiere competir, que venga.
Será un juego interesante.
— Mientras tanto… en la oficina de la Marquesa Celestine Un escritorio repleto de papeles, mapas comerciales, un gato bestking dormido en una repisa, una taza de té a medio terminar, y Celestine con el cabello recogido en una coleta floja, firmando el documento número… ¿120 del día?
—Maldición… debería haber elegido la vida tranquila de una protagonista de slice of life con romance lento y pastelillos de manzana —murmuró—.
Pero no… vine a este mundo como noble, heredé minas, rompí esquemas políticos y ahora tengo que revisar la exportación de azúcar a un país de lobos humanoides… Un asistente le entregó otra carpeta.
—Mi lady… el gremio de comerciantes desea firmar una exclusividad de distribución para su nuevo producto: agua purificada con esencia de hoja de menta.
—¿Ahora también soy empresaria del bienestar?
¡¿Qué sigue?!
¿Marca de cosméticos con mi cara en la etiqueta?
—La facción noble conservadora preguntó si estaría dispuesta a colaborar en un proyecto educativo para “plebeyos con potencial” —dijo el segundo asistente.
Celestine lo pensó por un segundo, con mirada seria… y luego suspiró.
—Bueno… si con eso puedo meterme más en sus bolsillos, estoy dentro.
— Poco después, mientras hablaba con su mayordomo militar, Kuro: —¿Sabes, Kuro?
Dicen que el primer príncipe no me ve con buenos ojos.
—Con el debido respeto, señorita, él tampoco ve con buenos ojos a la sopa fría, a los plebeyos, o a cualquier cosa que no sea su reflejo.
—Entonces soy especial —rió Celestine mientras cruzaba las piernas sobre el escritorio—.
Pero no es que me importe lo que diga un niño mimado con complejo de grandeza.
Mientras yo tenga el apoyo del comercio, el gremio, mi ejército y mis gatos asesinos, puede seguir hablando solo en su torre de mármol.
—¿Y el trono?
—¿Qué hay con él?
—¿Lo desea?
Celestine la pensó un momento… y con una sonrisa ladina, respondió: —No.
Pero si lo quieren usar para golpearme con él… les mostraré que sé devolver el golpe con intereses, sello imperial… y un cargamento de sal en su reputación.
— Y así, la marquesa seguía ascendiendo… sin saber que todo el imperio la veía como una sombra creciente, un dragón en forma de noble, con el poder de alterar el equilibrio.
Pero claro… ella solo quería una siesta decente.
Imperio Draconiano – Verano del Tercer Año de la Marquesa Celestine El calor era insoportable.
No el tipo de calor que se puede evitar con una limonada fría o un baño helado.
No, era ese calor seco, agobiante, sofocante, que hacía que hasta los documentos parecieran sudar tinta.
Y en medio de una montaña de solicitudes de asilo, quejas de los gremios, peticiones de recursos, revisiones de fronteras y reportes alarmantes de movimiento criminal, una joven marquesa, con el cabello blanco alborotado por el estrés, murmuraba con una taza vacía en mano: —Voy a… voy a empezar a quemar papeles con mi mente si esto sigue así.
A su alrededor, los asistentes la miraban con miedo y respeto.
Especialmente cuando el sello mágico de su aura de agua comenzaba a elevar la humedad del despacho a niveles tropicales.
—¡¿Cuántas solicitudes más llegaron esta semana?!
—preguntó, sacudiendo una carpeta.
—Dos mil quinientas más, mi lady… y algunos informes indican que hay caravanas enteras acampando en los límites del Dominó, esperando que se les permita pasar.
Celestine pegó su rostro al escritorio.
—Por lo que más quieran, que alguien me saque de aquí antes de que empiece a llorar en idioma dracónico.
Kuro, su fiel comandante, entró con una expresión tensa.
—Mi lady… la situación en la frontera sur se está descontrolando.
Algunos pueblos se están llenando más rápido de lo que podemos administrar.
Están empezando a escasear las medicinas.
Y algunos grupos no quieren respetar nuestras normas.
—¡¿Y qué quieren que haga, eh?!
¡¿Qué les tire bendiciones y pan bendito desde una torre?!
—gritó Celestine, casi con un tic en el ojo—.
“Ay sí, marquesa Celestine, heroína de la sal y la azúcar, madre de dragones y fundadora del comité de inmigración milagrosa…” —Eso último suena legítimo, murmuró uno de sus escribas, antes de recibir una mirada asesina.
— Pocas horas después – Palacio Imperial Con una túnica ligera (porque el calor ni siquiera perdonaba a los nobles), Celestine entró por las grandes puertas del Salón del Consejo como si fuera un vendaval.
—¿¡Dónde está!?
—gritó.
—¿Quién, mi lady?
—preguntó un guardia.
—¡Mi padre!
¡El emperador!
El único ser en este maldito imperio que puede hacer que esta olla de presión deje de sonar como una bomba a punto de estallar.
Los nobles presentes se apartaron como la marea ante Moisés, y los sirvientes contuvieron la respiración.
La joven marquesa llegó al trono, donde el emperador, su padre, estaba terminando de escuchar una petición aburrida sobre cosechas de cebolla.
—¿Celestine?
—dijo él, alzando una ceja—.
¿Qué te trae aquí con esa cara de dragón desvelado?
—Padre… si no hacemos algo con el Reino Bestia, yo me voy a volver completamente loca.
¿Tú sabes cuántas solicitudes de asilo firmé esta semana?
¿Sabes cuántas veces revisé los mismos nombres para ver si eran criminales infiltrados?
¡Hasta he empezado a soñar que los papeles me persiguen por los pasillos!
—Celestine, cálmate— —¡No me digas que me calme!
¡Ni una mujer con tres hijos, un marido inútil y una suegra racista tiene tanto estrés como yo ahora mismo!
La sala quedó en silencio.
El emperador suspiró.
—Bien… siéntate, Marquesa Histriónica.
—Gracias, y sí, me gané ese título.
—¿Qué propones?
—dijo él, entrecerrando los ojos.
—Que el imperio intervenga.
No con una guerra abierta, no aún.
Pero con mediadores, asistencia controlada, presión diplomática… y si no funciona, entonces, sí, una intervención militar quirúrgica.
Lo que no podemos hacer es quedarnos de brazos cruzados viendo cómo la crisis salpica nuestro territorio y arruina nuestra economía, nuestras fronteras y mi salud mental.
El emperador acarició su barba y pensó.
—Sabía que llegarías aquí tarde o temprano… tu madre apostó que vendrías gritando.
—¿Y ganó?
—Sí.
Te describió palabra por palabra.
Incluso el “me volveré loca”.
Celestine murmuró un insulto suave y volvió a acomodarse con resignación.
—Entonces… ¿apoyas una intervención?
—Sí, pero se hará a la manera imperial.
Elegante, precisa… y con títeres si es posible.
Pero no te preocupes, hija mía, no te mandaré sola.
Celestine lo miró con sospecha.
—¿A quién mandarás?
—A ti, claro… pero con un equipo especializado.
—¡¿ESPECIALIZADO EN DARME MÁS PAPELEO DESPUÉS DE CADA ESCARAMUZA?!
—gritó de nuevo, arrancando risas discretas en los rincones.
— Horas después, en su carruaje de regreso, Celestine susurró: —Y pensar que todo esto empezó porque quería salir a explorar el mundo como una aventurera común… ahora estoy negociando tratados, parando guerras y educando gatos asesinos.
Qué vida la mía… Una ráfaga de viento caliente sopló por la ventana.
Celestine miró al cielo, cansada.
—Si alguna diosa me escucha… mándame un spa.
Uno con silencio, masajes y cero documentos.
Al menos por un día.
Pero sabía que no iba a pasar.
Porque cuando eres la Marquesa Celestine… el descanso es un mito.
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