isekai Game Over mi vida cambió con un BOOM! - Capítulo 28
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28: capitulo 27 R18 28: capitulo 27 R18 Registros de la Marquesa Celestine — Entrada Diplomática al Reino Bestia (A.K.A.
“Hola, nueva guerra”) — Lugar: Tierras del Reino Bestia – zona neutral para negociación.
Clima: Calor húmedo, perfecto para sudar como si estuviera corriendo una maratón diplomática… que en efecto, lo estaba.
— Celestine, en sus pensamientos mientras miraba el horizonte: —Debí imaginarlo.
Cuando tu padre te dice “solo es una misión de mediación”, debes entender que en lenguaje imperial eso significa “vas a terminar en medio de una guerra civil con criaturas de dos metros y medio que pueden aplastarte con una palmada”.
Frente a ella, en la gran tienda diplomática montada para la reunión, se encontraba la reina interina del Reino Bestia, una minotauro de imponente figura, musculatura firme y una postura más regia que la de varios duques humanos juntos.
Su pelaje era blanco con tonos dorados, sus ojos ámbar como la miel caliente, y… bueno, su cuerpo brillaba con sudor como si los dioses la hubieran esculpido con aceite de combate.
Celestine, sudando más por dentro que por fuera, pensaba: —Ok, concentración.
No mires sus pechos.
No pienses en su figura.
No analices la forma en que su cola se mueve con autoridad.
Tú eres marquesa, diplomática, figura de autoridad.
¡No una adolescente sedienta!
Tragó saliva, se acomodó con dignidad, y sonrió como si no estuviera luchando una batalla interna.
—Gracias por venir, majestad… o reina interina, como prefiera que la llamemos —dijo Celestine con tono político impecable.
La minotauro asintió, con una voz grave pero serena.
—Llámame Reina Kaelna, Marquesa Celestine.
Agradezco que el Imperio haya enviado una representante con tanto… peso —dijo mientras sus ojos recorrían con interés el vestido de Celestine—.
He oído muchas cosas de ti.
Celestine tragó aire.
¿Peso?
¿Eso fue un halago o una amenaza?
—Solo hago mi trabajo, su majestad.
Aunque últimamente ese “trabajo” incluye apaciguar guerras civiles entre naciones militarizadas de híbridos con fuerza descomunal.
Y con todo respeto… ¿el general Taurus no piensa aparecer?
Porque yo vine para hablar con ambas partes, no para ensayar una obra de teatro unipersonal titulada “la locura diplomática de Celestine”.
Kaelna bufó, sus orbes dorados centelleando con ira contenida.
—Taurus no es un diplomático.
Es un traidor.
Lo que quiere es poder absoluto.
Y no vino porque sabe que no puede razonar… prefiere aplastar que negociar.
Cree que su fuerza bruta resolverá todo.
No está interesado en tratados, ni en salvar vidas, ni siquiera en restaurar el orden.
Solo quiere gobernar.
—Clásico.
—murmuró Celestine—.
Siempre es un Taurus el que arruina todo.
Literal y figuradamente.
—¿Tienes soldados contigo?
—preguntó la reina minotauro, con tono serio.
—No.
Solo un destacamento pequeño… aunque uno de mis hombres puede derribar un golem con una cuchara oxidada.
Pero no vine aquí a luchar.
Vine a hacer que esto no se convierta en otra zona de conflicto que arrastre a todo el continente.
—Entonces, lamento informarte que ya estás dentro de la guerra.
—…¿Cómo dices?
Kaelna se inclinó hacia adelante, su voz grave pero delicadamente triste.
—Tu llegada a nuestro territorio será vista como un acto de apoyo hacia mí… lo que hará que Taurus te considere enemiga, así lo declare o no.
Celestine se llevó la mano a la cara.
—Ah, estupendo.
Lo que empezó como mediación terminó como nueva frontera de guerra.
¿Por qué siempre me pasa esto?
Kaelna se acercó y le puso una mano enorme en el hombro.
La diferencia de tamaño entre ambas era más que evidente.
—Eres más valiente de lo que aparentas, humana.
Mi pueblo agradece tu presencia.
Con suerte, podremos unir fuerzas y detener a Taurus antes de que destruya lo poco que queda de nuestra nación.
Celestine levantó la vista, enfrentándose al calor, a la presión, y al aroma embriagante de cuero húmedo y sudor real (literal y figurado).
—Está bien.
El Imperio no dará la espalda a una causa justa… y yo tampoco.
Se giró hacia su asistente.
—Enviad un informe urgente a mi padre… dile que oficialmente, me metí en otro lío.
—¿Otro más?
—preguntó el escriba.
—Sí.
Y esta vez es uno con cuernos, músculos y una guerra civil.
—Celestine-sama… usted tiene un don para atraer el caos.
—Gracias, lo heredé de mi madre.
Y ahora muévete, que tengo una estrategia que planear… y quizás una monarquía que restaurar.
— Y así, sin quererlo (como siempre), Celestine terminó no solo metida en una guerra, sino en un conflicto de poder político entre bestkings, con posibles alianzas, traiciones, y tensión romántica no solicitada flotando en el aire.
Porque en la vida de la Marquesa Celestine, nada es sencillo.
Y mucho menos… aburrido.
— — Kaelna la observaba desde su trono improvisado, mientras Celestine hojeaba informes junto a la mesa de negociaciones.
Había silencio, hasta que la reina rompió el hielo con un suspiro intencionadamente sonoro.
Kaelna: —Dime, marquesa… ¿siempre eres así de… invasiva con los mercados ajenos?
Celestine (sin levantar la vista del pergamino): —¿Invasiva?
Qué palabra tan agresiva.
Digamos que simplemente vi una oportunidad.
Ustedes tenían guerra civil.
Yo tenía azúcar y sal.
El resto es economía básica.
Kaelna (alzando una ceja): —¿Y también te parece “básico” convertirte en la única ruta comercial de esta región?
Porque hasta hace poco, nosotros comerciábamos con el Imperio… ahora tus carretas cruzan nuestras antiguas rutas como si fueran propias.
Celestine (con una sonrisa helada): —No es mi culpa que tu facción enemiga no sepa lo que significa “negociar”.
Además, si soy la única ruta, es porque soy la única que funciona.
La reina soltó una risa baja, ronca, peligrosa.
Kaelna: —Eres una pequeña diablilla imperial, lo sabes, ¿verdad?
Celestine: —Y tú una minotauro coronada que lanza refugiados a mis tierras esperando que los absorba como si fuera una buena samaritana.
Kaelna se levantó y dio un par de pasos hacia ella, poderosa pero sin agresión.
Sus pies hacían vibrar levemente el suelo.
Celestine no se movió.
Kaelna (con voz suave pero con una sonrisa afilada): —Confieso que ese plan de redirigir a los refugiados es mío.
Pero no fue por pura estrategia.
Tenía curiosidad… Los informes hablaban de una jovencita con mirada de serpiente y lengua de comerciante.
Decidí ponerla a prueba.
¿Y sabes qué vi?
Celestine (arqueando una ceja): —Ilústrame.
Kaelna: —Una marquesa que convirtió un rincón olvidado del imperio en una potencia económica.
Que gobierna con puño de hierro bajo guante de seda.
Y que además… tiene unas piernas que no esperarías de alguien que firma tanto papeleo.
Celestine (tos seca): —…Aprecio el reconocimiento estratégico.
Pero ese último punto me suena más a comentario de taberna.
Kaelna (acercándose un poco más): —Lo es.
Pero que venga de una reina lo convierte en un cumplido diplomático.
¿No?
Celestine (tomando aire, manteniéndose firme): —He sido coqueteada por nobles, por soldados, por comerciantes… pero nunca por una reina que intentó colapsar mi mercado.
Kaelna (riendo): —Lo tomo como un honor entonces.
Ambas guardaron silencio por un segundo, hasta que Celestine se giró lentamente y con una mueca ladeada le respondió: Celestine: —Por cierto… tus refugiados se están adaptando bien.
Algunos incluso se han inscrito al gremio.
Uno de ellos, un chico con cuernos pequeños y talento para la alquimia, dice que quiere ponerle tu nombre a una poción para sudor muscular.
¿Debo aprobarlo?
Kaelna (riendo con gusto): —Hazlo.
Mientras no intentes monopolizar el sudor también.
Celestine (mirando de reojo): —No prometo nada.
— Pensamiento interno de Kaelna mientras Celestine volvía a su silla diplomática:  “Astuta, directa, y más peligrosa que Taurus con un ejército.
Definitivamente no fue un error enviarte refugiados, pequeña marquesa… Solo espero que no termines conquistando más que mi mercado.” Pensamiento de Celestine mientras se servía agua: “Nota mental: mantener control del mercado, mantener control del territorio, mantener el autocontrol… por los pechos brillantes de esa minotauro… necesito una guerra más sencilla.” — Unas horas después — Las suaves columnas de vapor danzaban en el aire mientras el cálido murmullo del agua envolvía la escena en una atmósfera tranquila.
El silencio solo era interrumpido por el leve goteo del agua y el ocasional suspiro de relajación.
En el corazón de este baño termal, decorado con mármol oscuro y roca volcánica pulida, dos figuras contrastaban pero armonizaban con una naturalidad inquietante.
Sentadas en lados opuestos del mismo estanque termal, Celestine, marquesa imperial, y Reina Vareia, la imponente pero refinada regente minotauro, compartían una extraña paz… y una conversación cargada de subtextos.
Vareia, recostada con los brazos apoyados en el borde de piedra, observó con una ligera sonrisa a Celestine.
—Mmm… tienes unos muslos bastante tonificados para una diplomática —comentó con voz profunda, entre un susurro y una provocación—.
¿Siempre tan dedicada al entrenamiento, marquesa?
Celestine, sin inmutarse, respondió mientras cruzaba una pierna con elegancia bajo el agua.
—¿Te gustaría comprobar si la diplomacia también puede ser usada como llave de inmovilización?
Vareia soltó una breve carcajada, más felina que bovina.
—Tal vez… después de que termines de ayudarme a resolver esta molesta guerra civil.
—Tsk… Qué manera más tentadora de pedir ayuda —Celestine cerró los ojos por un momento, disfrutando del calor del agua—.
Pero si esperas que me convierta en tu sirvienta personal solo por compartir un baño, lamento decepcionarte.
Aunque… Abrió un ojo, y lo fijó en Vareia con una media sonrisa.
—…tengo una propuesta.
Si salimos de esta con éxito, quiero que tu reino y el mío formen un bloque económico común.
Un pacto real, comercial.
Compartimos rutas, estabilizamos los mercados, y… dejamos de enviarnos refugiados por despecho.
—¿Despecho?
—rió la reina con cierta teatralidad—.
Lo admito, tenía curiosidad.
Las historias sobre la marquesa que convirtió criminales en mano de obra, creó su propio ANBU de felinos asesinos y controla la sal y azúcar del Imperio sonaban demasiado buenas como para ignorarlas.
—Oh, ¿así que mis muslos eran solo una excusa?
Qué decepción —ironizó Celestine, acomodándose con tranquilidad.
Vareia alzó una ceja y su sonrisa se ensanchó.
—No subestimes el poder de unos buenos muslos… pero debo admitir que tu cabeza fría es lo más atractivo.
Sabes lo que haces.
Eres joven, pero no ingenua.
—Y tú eres fuerte, pero no salvaje.
Una rareza entre los minotauros, por lo que me han contado —respondió Celestine, alzando una ceja—.
Me gusta.
Pero lo dicho: si quieres más de mis muslos, trae paz a tu reino.
Yo pondré el arco.
Tú, el músculo.
Y luego…
ya veremos.
— Después de esa rápida pero directa muestra de coquetería, el ambiente en el baño termal se volvió más… liviano.
El vapor ya no era el único que flotaba en el aire; también lo hacía una complicidad silenciosa.
Celestine se acomodó con una toalla húmeda en la nuca, dejando que el calor calmara las tensiones acumuladas en su espalda.
La reina Vareia se estiró en el borde del estanque como una leona satisfecha, aunque sus ojos dorados no se apartaban de la joven marquesa.
—Debo decir que esperaba diplomacia pesada, frases vacías y reverencias sin sentido —comentó Vareia, relajando los hombros—.
Pero tú… eres más directa de lo que imaginé.
—¿Esperabas a otra noble inflada de ego, con demasiadas joyas y muy poca columna vertebral?
—replicó Celestine, sonriendo con ironía—.
Lo siento, mi linaje de plebeya es contagioso.
—Los minotauros valoramos a quienes dicen lo que piensan.
Incluso si nos desagradan.
Pero tú… tú lo haces con estilo —respondió la reina, dando un pequeño chapoteo con la mano.
Celestine suspiró, como si acabara de cerrar un trato importante sin necesidad de papeles.
—Tal vez por eso conectamos.
Soy mala para los bailes de salón y peor aún para las mentiras diplomáticas.
Pero buena para detectar a alguien que lucha por mantener a su pueblo de pie… y que no le teme al barro.
—Lo mismo digo, marquesa.
—Vareia la miró de arriba abajo, sin disimulo—.
Y ya que nos sinceramos, no me desagradan tus modales… ni tu cuerpo… ni tus ideas.
Celestine levantó la vista lentamente y arqueó una ceja con elegancia calculada.
—Tienes un modo encantador de mezclar halagos con propuestas diplomáticas.
No está mal… pero por ahora, enfoquémonos en ese plan que mencioné.
—¿El bloque económico?
—Vareia asintió con más seriedad—.
No suena mal.
Pero si intervienes en mi guerra, el general traidor Taurus no se quedará quieto.
Es brutal, testarudo y extremadamente popular entre las bestias guerreras.
No es un enemigo menor.
—Por eso te propongo un pacto doble —respondió Celestine, con voz firme, ya en modo estratega—: el Pacto de Defensa Mutua y el Tratado de Estabilidad Comercial.
A cambio de ayudarte a estabilizar tu reino, tu corona reconocerá a Dominó —mi territorio— como socio prioritario.
Así ganamos los dos.
Tú estabilidad, yo influencia.
Y ambos controlamos juntos las rutas del este.
Vareia se quedó pensativa.
Después de unos segundos, asintió con un gesto lento.
—Acepto.
Pero solo si tú personalmente diriges la operación de apoyo.
Celestine la miró con una mezcla de suspicacia y picardía.
—¿No será que solo quieres verme sudar en armadura?
—Y tú, ¿no será que quieres verme con un vestido diplomático en la próxima reunión de nobles?
—replicó la reina, riendo.
Ambas rieron con fuerza, dejando que ese momento sellara una alianza no solo estratégica, sino también personal.
— Después del baño Ya vestidas y caminando por un corredor de piedra iluminado con antorchas mágicas, Celestine le hizo una última pregunta: —¿Por cierto, por qué me invitaste a ese baño, tan de repente?
—Porque la política se hace mejor cuando ambas partes se ven sin armadura.
Y tú… necesitabas dejar el papeleo por unas horas antes de volverte loca.
—Tienes razón.
Pero si esto termina con éxito, me deberás un masaje real.
De cortesía.
—Aceptado —rió Vareia—.
Aunque no prometo que sea solo con las manos.
Celestine se sonrojó… apenas.
—Mmm…
diplomacia con beneficios.
Este mundo se pone más interesante cada día.
— — El viaje hacia la capital temporal del Reino Bestia era todo menos silencioso.
Las tropas del Imperio avanzaban en formación, mientras Celestine, con su capa ondeando y su arco apoyado en la espalda, intentaba mantener el equilibrio entre su reputación de marquesa, su reciente estatus como diplomática de guerra, y los suspiros ahogados que soltaba cada vez que recordaba lo que había hecho… en el baño termal con la Reina Vareia.
O mejor dicho, lo que casi había pasado.
—Maldito vapor… malditos muslos… maldita política …
, —susurró para sí.
—¿Hablabas sola otra vez?
—preguntó una voz melodiosa pero cargada de sarcasmo a su lado.
Celestine giró el rostro con un sobresalto.
Montada con toda elegancia sobre un corcel blanco como la nieve, con armadura ceremonial decorada con emblemas imperiales, estaba Elaine, la sexta princesa del Imperio… y su media hermana.
—Elaine… —Celestine forzó una sonrisa que parecía más una mueca—.
¿Qué haces aquí?
—¿“Qué haces aquí?”, dice —respondió Elaine, bajando con delicadeza de su caballo y sacudiéndose el polvo con gesto de princesa de porcelana—.
Estoy aquí porque papá cree que podrías dejarte seducir por una mujer musculosa y cornuda.
Sus palabras, no las mías.
—¡¿Cornuda?!
—Celestine casi tropieza de indignación—.
¡Es una reina!
Y no estoy pegada a ella, estamos colaborando por estabilidad regional.
—Y supongo que la estabilidad regional también requiere que ambas estén desnudas en un baño termal.
Fascinante estrategia.
—¡No estábamos…!
¡Era una reunión informal!
¡Con propósito diplomático!
—Celestine se tapó la cara con ambas manos, sonrojada—.
¿Quién te dijo eso…?
Elaine la miró con esa sonrisita que solo las hermanas saben poner.
—Hay informes.
Soldados hablan.
El vapor viaja… y los rumores también.
Kuro, comandante del ejército personal de Celestine, intervino con su típica seriedad resignada.
—Su Alteza, si no les molesta, tenemos que atravesar un cañón vigilado por bandidos bestkings antes del anochecer.
Sugiero dejar los chismes termales para después.
Elaine lo miró y asintió con elegancia.
—Por supuesto.
Aunque no me molestaría ver cómo Celestine enfrenta sola a un grupo de minotauros rebeldes para “diplomaticar” con ellos a punta de caricias y frases picantes.
—¡Eso fue una vez y ni siquiera pasó nada!
—gritó Celestine, más roja que una cereza.
— Más tarde, en el campamento imperial Ambas hermanas compartían una tienda amplia con alfombra de piel de wirm blanco y lámparas flotantes.
—Celestine… —dijo Elaine con tono serio mientras miraba los mapas—.
Has hecho más en dos años que muchos nobles en toda su vida.
Pero también te estás ganando enemigos entre los conservadores.
—Lo sé —respondió Celestine, ahora más tranquila, mientras quitaba sus guantes de combate—.
Pero no voy a retroceder.
No ahora que estoy ayudando a que el comercio fluya, los refugiados encuentren hogar y el Imperio gane influencia.
Elaine suspiró, recostándose con elegancia.
—A veces me recuerdas a mamá… No la nuestra.
A la tuya.
Tenía esa misma mirada de “nadie va a decirme lo que puedo o no hacer”.
—¿Eso es un cumplido o una advertencia?
—preguntó Celestine, alzando una ceja.
—Un poco de ambas.
— Días después, al acercarse a la capital temporal del Reino Bestia Las banderas ondeaban con el símbolo de la vieja dinastía del Reino Bestia.
Las murallas no eran tan imponentes, pero la ciudad mostraba una dignidad antigua, ahora marcada por la guerra.
Y ahí, sobre los escalones del edificio central, con armadura ligera y una sonrisa… estaba la Reina Vareia.
Sus ojos se cruzaron con los de Celestine de inmediato.
Fue una mirada rápida.
Un poco de reconocimiento.
Un poco de complicidad.
Un poquito de travesura.
—Rayos, —pensó Celestine—.
No puedo guiñar el ojo con Elaine cerca… —Rayos, pensó Elaine—.
Esa vaca sí que es atractiva.
Entiendo el peligro que padre dijo ahora.
— Por favor comenten, y den lik y compartan ( No sé acostumbrén hoy andaba horny!
Entienden!)
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