isekai Game Over mi vida cambió con un BOOM! - Capítulo 36
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36: capitulo 35 36: capitulo 35 Cámara privada del palacio imperial – Atardecer El sonido de la fuente interior llenaba el aire con un murmullo relajante.
La reina Lexia estaba sentada junto a una mesa de té, leyendo un documento que claramente le causaba una mezcla entre orgullo y dolor de cabeza.
> “—La Duquesa von Alvaria Estella ha efectuado una visita diplomática al Duque Grath.
—Resultado: transferencia parcial de derechos comerciales.
—Efecto secundario: pánico general en la nobleza del oeste.” Lexia dejó el documento con un suspiro tan elegante que podría haber ganado premios.
—Y pensar que cuando eras niña, llorabas porque no sabías cómo atarte las cintas del vestido… ahora haces que un duque veterano firme su rendición con una sonrisa forzada —murmuró, justo cuando una sirvienta anunció la llegada de Celestine.
Celestine entró con su porte habitual: calma, firme, pero con una sonrisa que delataba que sabía exactamente por qué estaba ahí.
—Madre… —saludó con una leve reverencia—.
Me mandaron llamar.
—Sí, cariño.
Siéntate —dijo Lexia, sin levantar la voz.
Ese tono suave era más peligroso que una orden directa.
Celestine obedeció, sentándose frente a ella con la serenidad de quien sabe que no puede huir.
Lexia entrelazó los dedos y la observó en silencio unos segundos.
—¿Sabes qué palabra usaron los cronistas del consejo para describir tu reunión con el duque?
Celestine arqueó una ceja.
—¿“Eficiente”?
—“Atemorizante”.
Celestine ladeó la cabeza, fingiendo sorpresa.
—Bueno, al menos no usaron “ineficiente”.
Lexia suspiró, llevándose una mano a la frente.
—Celestine… cariño, ¿podrías intentar resolver los conflictos sin traumatizar a medio imperio?
—Madre, si algo me ha enseñado la política imperial es que el miedo es más confiable que la cortesía.
La reina se rió por lo bajo, aunque se cubrió la boca para disimularlo.
—Tienes la lengua de tu padre y mi terquedad.
Qué combinación tan peligrosa.
Celestine bebió un sorbo de té con total calma.
—Y sin embargo, somos el orgullo del imperio.
> —Modestia nivel: inexistente —susurró Iris en su mente.
—Cállate, conciencia líquida.
Lexia la observó con esa mirada maternal que mezclaba cariño y exasperación.
—Hablando de orgullo, tu padre está recibiendo presiones del consejo.
Quieren que modere tus acciones o al menos… te “supervise”.
Celestine suspiró teatralmente.
—¿Otra vez?
¿No se cansan de intentar domesticarme?
—Deberías verlo como una oportunidad, no una amenaza —dijo Lexia, con un gesto de mano—.
Aprende cuándo usar la fuerza y cuándo la política.
El poder no solo se mide en la espada o el decreto, sino en cuántos enemigos sonríen antes de hundirse sin saber que los empujaste.
Celestine la miró en silencio unos segundos y sonrió.
—Madre… ¿eso fue una lección o una confesión?
—Ambas —respondió Lexia sin dudar, y las dos rieron con discreción.
— Lexia se inclinó un poco hacia adelante, dejando el protocolo de lado.
—Celestine… solo prométeme algo.
—Depende —respondió la joven duquesa, alzando una ceja.
—Prométeme que no olvidarás descansar.
Ni olvidarás ser humana en medio de tanto poder.
Celestine guardó silencio un instante.
Luego asintió despacio.
—Lo intentaré… aunque no prometo éxito inmediato.
Lexia le sonrió con ternura.
—Eso ya es más de lo que esperaba oír.
Celestine se levantó para irse, pero antes de salir dijo con su típica ironía: —Por cierto, madre… el duque Grath me envió flores hoy.
Lexia arqueó una ceja.
—¿En señal de disculpa?
—No, en señal de rendición.
Lexia soltó una carcajada elegante, cubriéndose los labios.
—Al menos tienes estilo, querida.
—De familia —respondió Celestine, y salió del salón con paso firme, dejando atrás el eco de risas y diplomacia.
— — 🦁 Despacho imperial – Medianoche El silencio del despacho solo era roto por el crepitar del fuego en la chimenea.
El Emperador Alvarion III, monarca del Imperio, estaba de pie frente a una enorme ventana que daba al jardín interior.
Sostenía un pergamino en la mano, con el sello azul de la Duquesa Celestine von Alvaria Estella.
Sus ojos recorrían cada línea del informe.
Los logros de su hija eran tan impresionantes como preocupantes: —Estabilización del comercio de azúcar y sal.
—Victoria diplomática en el Reino Bestia.
—Neutralización del Duque Grath sin derramar sangre.
—Incremento de ingresos en su dominio en un 400%.
—Expansión militar controlada y entrenamiento de élite.
El emperador exhaló despacio.
—Mi pequeña Celestine… cada vez que leo tus informes, el imperio se hace más fuerte… y yo envejezco diez años —murmuró con una sonrisa cansada.
A su lado, un hombre de confianza —el Gran Canciller Darius— esperó en silencio.
—¿Sigue viéndola como una amenaza, su majestad?
—preguntó con cautela.
El emperador negó suavemente con la cabeza.
—No… no una amenaza.
Pero sí un recordatorio.
Se giró, caminando hacia el retrato familiar colgado en la pared.
En él se veían los siete hijos imperiales, en diferentes edades y posturas.
Sus ojos se detuvieron en cada uno.
—Mi primogénito, Aldren.
—dijo con voz grave—.
Orgulloso, fuerte, pero demasiado rígido.
Cree que gobernar es imponer.
—Mi segunda hija, Rosalía.
—sonrió con ternura—.
Espadachina talentosa, con fuego en el alma… pero sin paciencia para la política.
—Los gemelos, Leo y Rinna.
—rió levemente—.
Ingeniosos, pero viven aún en el lujo y la comodidad.
—Y luego está Celestine… El silencio se alargó.
Su mirada se endureció, aunque en el fondo de sus ojos había un brillo de orgullo paternal.
—Celestine no busca el poder, pero lo atrae.
No compite, y aún así supera a todos.
Su mente, su instinto, su forma de entender el mundo… es lo que el imperio necesita.
Y eso es lo que más temo.
El canciller asintió lentamente.
—Porque si un día ella decidiera alzarse por sí misma, no habría nadie que pudiera detenerla.
—Exacto.
—El emperador caminó hasta su escritorio y dejó el pergamino sobre una pila ya alta de informes con su nombre—.
Ella no necesita conspirar.
No necesita ejércitos ocultos ni alianzas secretas.
Su sola existencia hace que los demás se reordenen a su alrededor.
Darius guardó silencio, viendo cómo el monarca tomaba una copa de vino y la giraba entre los dedos.
—Y aun así, la ama profundamente —dijo el canciller.
El emperador sonrió apenas.
—Por supuesto.
¿Cómo no hacerlo?
Es la única de mis hijos que me habla sin miedo.
La única que me desafía sin odio.
La única que entiende que el imperio no es un trono… sino una carga.
Dejó la copa sobre el escritorio, mirando hacia el mapa imperial extendido.
Varios territorios brillaban con luz azul: los dominios bajo administración directa de Celestine.
—Dime, Darius… ¿alguna vez has visto el agua pelear por un trono?
—No, su majestad.
—Exactamente.
No lo hace.
Solo fluye… hasta ocuparlo todo.
El canciller bajó la cabeza, comprendiendo el mensaje oculto.
El emperador sonrió, sereno pero con una sombra de preocupación en su voz.
—Si mis otros hijos representan el fuego, la espada y el orgullo… —Ella —interrumpió Darius— es la marea.
El emperador asintió.
—Y una marea puede construir un imperio… o tragárselo entero.
— Por favor díganme si les pareció corto o si prefieren que lo haga más largo.
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