isekai Game Over mi vida cambió con un BOOM! - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 capitulo 4 Minas Herreros y Dolores de Cabeza
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5: capitulo 4 Minas, Herreros y Dolores de Cabeza 5: capitulo 4 Minas, Herreros y Dolores de Cabeza Mientras observaba cómo el espíritu del agua regaba los campos con esa alegría que solo un ser sobrenatural puede tener cuando no tiene que cargar piedras, me acordé de otro problemita que me taladraba la cabeza desde hacía días.
El herrero.
Flashback a hace dos días…
—¡Milady, necesito hierro!
¡Necesito cobre!
¡Necesito algo que no sea madera podrida y piedra suelta!
—El viejo herrero, un hombre grande, robusto y permanentemente cubierto de hollín, me gritaba mientras golpeaba el yunque con un martillo que, sinceramente, parecía más viejo que él.
Yo estaba sentada en la silla del despacho —barra tronco medio pulido que hacía de silla— con cara de piedra.
—No puedo hacer herramientas decentes, ¡no puedo hacer clavos, no puedo reparar las herraduras, no puedo ni siquiera forjar una maldita cuchara decente!
—El hombre seguía mientras agitaba una palanca de hierro torcida que probablemente antes fue un martillo—.
Si quiere que este pueblo no se venga abajo, necesito materiales, ¡o que aprenda magia de transmutación y me haga aparecer lingotes del culo!
—…Apuntar…
aprender transmutación…
algún día…
—Murmuré en ese momento, mientras anotaba mentalmente la queja número 374.
El hombre se cruzó de brazos, jadeando, cubierto de hollín hasta las orejas.
—¿Y bien?
¿Qué haremos, Milady?
—…Buscar minas.
—Respondí, sin levantar la vista.
Fin del flashback.
—…Y aquí estamos.
—Suspiré, mirando los mapas viejos y mal dibujados del territorio que encontré en la mansión barra posilga—.
Necesitamos hierro, cobre, carbón…
cualquier cosa.
Si no, en este pueblo no habrá ni clavos para sostener las casas.
Llamé al grupo de cazadores locales, que básicamente eran cinco tipos con arcos viejos, una lanza atada con cuerda y uno que llevaba un palo puntiagudo y mucha fe.
—Muy bien, escuchen.
—Extendí el mapa sobre la mesa de afuera porque mi despacho aún apestaba a humedad—.
Su trabajo es simple: explorar esa zona al noreste.
Señalé un área en blanco del mapa, literalmente solo marcada con una anotación a lápiz que decía “Aquí probablemente haya algo…
o tal vez no.” —Busquen entradas de cuevas, formaciones rocosas interesantes, grietas, agujeros, lo que sea.
No espero que me traigan un lingote de oro…
—Me detuve un segundo—.
Bueno, sí lo espero, pero acepto hierro o carbón.
—¿Y si encontramos monstruos?
—preguntó uno.
—Corran.
—Respondí con la misma naturalidad con la que uno pide pan.
Se miraron entre ellos, tristes, como gente que se acaba de dar cuenta de que su seguro de vida no existe.
—Llévense provisiones.
Tres días máximo.
Si no vuelven…
bueno…
—Me encogí de hombros—.
No pienso organizar un funeral.
Los cinco cazadores se alejaron, refunfuñando, pero conscientes de que si no hacían esto, el herrero iba a empezar a golpear cabezas en lugar de yunques.
Mientras los veía irse, crucé los brazos y miré al horizonte.
“Bien…
agricultura más o menos bajo control…
agua en proceso…
y ahora…
minería.
Perfecto.
Ya casi me siento como una versión medieval, pobre y desesperada de SimCity.” Suspiré, mientras anotaba mentalmente otra oración: “Diosa de la Sabiduría…
si en ese monte hay minerales, prometo…
bueno, no prometo nada, pero te estaré eternamente agradecida.
Más o menos.” — — 🏹 – Punto de Vista: de Kuro, el Cazador Jefe —…Maldita sea.
—Escupí al suelo mientras ajustaba el arco viejo que llevaba al hombro.
Caminaba al frente del grupo, maldiciendo en voz baja, mientras mis cuatro compañeros —igual de miserables que yo— trataban de no pisar raíces, no caerse por las piedras y, en lo posible, no ser devorados por alguna bestia salvaje.
—Buscar minerales, decía.
—Gruñí—.
¡Vayan a explorar, decía!
¡Si no vuelven, no hay funeral, decía!
¡JA!
Qué hermosa manera de decirnos que somos prescindibles.
Mis pies se hundían ligeramente en la tierra húmeda mientras avanzábamos hacia la zona noreste, ese maldito pedazo de mapa donde sólo estaba escrito “Aquí probablemente haya algo…
o tal vez no.” Probablemente no.
—¿Y si encontramos una cueva llena de monstruos?
—preguntó Taro, uno de los novatos.
—Entonces te la comes tú primero, y mientras gritan tus huesos, nosotros corremos.
—Respondí seco, sin mirarlo.
Mis compañeros soltaron risitas nerviosas.
Nadie lo dijo en voz alta, pero todos pensábamos lo mismo: la nueva baronesa está loca.
Pero…
bueno…
no del tipo que da miedo por ser cruel.
No.
Es peor.
Es del tipo que te ordena cosas imposibles con una sonrisa tan tranquila como la de alguien que te ofrece té…
mientras el té está envenenado.
Nunca había visto a alguien tan joven, con cara de princesa delicada, mirarte a los ojos y decir con total calma: “Si no vuelves…
no pienso organizar un funeral.” Santo cielo…
esa mujer me da escalofríos.
—¡Kuro!
—gritó uno de los del fondo—.
¡¿Y si encontramos hierro de verdad?!
Me detuve, me giré y le miré con los ojos entrecerrados.
—Entonces serás el primero en cargarlo de vuelta.
—…Maldita sea.
—Bufó.
Seguimos avanzando entre la maleza.
Los pájaros dejaron de cantar hace rato, lo cual nunca es buena señal.
Miré alrededor.
Rocas…
algo.
Grietas.
Formaciones extrañas.
Buscábamos cuevas.
Buscábamos vetas en la piedra.
Cualquier cosa que no fuera puro barro o raíces.
—A veces me pregunto en qué momento pasamos de ser cazadores a…
no sé…
exploradores, mineros y peones forzados.
—Gruñí.
—Desde que Su Alteza, la baronesa Celestine, decidió que íbamos a convertir este pantano en un imperio agrícola…
—Murmuró otro.
—Sí…
—Asentí—.
Lo peor es que…
—Me quedé un segundo en silencio, mirando el suelo…—.
Lo peor es que la maldita tiene razón.
Silencio.
Todos se detuvieron.
Me miraron.
—…¿Perdón?
—Parpadeó Taro.
Me encogí de hombros, con una mueca.
—Vamos, lo saben.
Si no arreglamos este agujero miserable, nos morimos todos.
Agua contaminada, tierra muerta, sin herramientas…
Si no encontramos hierro, ni siquiera podremos fabricar clavos.
Suspiré, rascándome la cabeza.
—…Y sinceramente, prefiero que me coma un oso antes que escuchar al herrero quejarse otro maldito día más.
Todos asintieron con expresión de derrota.
—…Sí.
—Murmuró uno—.
Eso sí da miedo.
Seguimos avanzando.
Ya no había marcha atrás.
Con suerte encontraremos una mina.
Y si encontramos monstruos…
bueno…
al menos morir haciendo algo útil suena mejor que morir de diarrea por el agua del pozo.
— Perfecto.
Aquí te lo desarrollo desde el punto de vista de Kuro, con su humor seco, resignación y esa mezcla de respeto/terror hacia la “pequeña arpía” que los gobierna.
— 🏹 Capítulo Extra – Punto de Vista: Kuro, el Cazador Jefe “Hierro, sudor y la pequeña arpía.” Siete kilómetros.
Siete malditos kilómetros.
Bosques, pantanos, rocas, ramas en la cara, barro hasta las rodillas, un enjambre de avispas, dos casi caídas por barrancos y una serpiente que, sinceramente, creo que fue lo más amable que nos encontramos.
Pero al final… ahí estaba.
—…No puede ser…
—Murmuré, quitándome el sudor de la frente mientras observaba la formación rocosa frente a nosotros.
Una entrada angosta, medio tapada por raíces y piedras.
Las paredes de la cueva mostraban vetas oscuras, metálicas, con ese brillo opaco que sólo el hierro sin refinar puede tener.
Me acerqué, saqué el cuchillo y raspé un poco la piedra.
Polvo negruzco con un toque rojizo cayó.
Acerqué el filo.
—…Hierro.
—Confirmé.
Los otros se miraron.
Algunos sonrieron, otros suspiraron aliviados.
—¿Es mucho?
—preguntó Taro, acercándose.
Miré el techo, el suelo, las paredes.
No era enorme, pero…
—No es una mina de un imperio, ni de un gran reino…
—Gruñí mientras tocaba la pared—.
Pero para lo que somos ahora…
es suficiente.
Con suerte, hay suficiente hierro aquí para clavos, herramientas, un par de armas decentes…
y para que el viejo herrero deje de taladrarnos la cabeza cada día.
Me crucé de brazos, mirando la entrada.
“Bueno… al menos no fue completamente tiempo perdido.” Suspiré.
—…Y para mantener contenta a la pequeña arpía que nos gobierna.
—Bufé—.
Maldita niña demoníaca…
Uno de los cazadores rió nervioso.
—Oye, que si te escucha te convierte en fertilizante para los campos.
—Sí, sí…
lo sé.
—Resoplé—.
Y aún así…
admito que…
—Me rasqué la cabeza—…
es lista la condenada.
Di la vuelta, señalando a los demás.
—Marquen el lugar.
Hagan señales.
Cortemos algunos troncos para dejar rastros claros.
Y mañana…
—Suspiré, resignado—.
Mañana volvemos y damos el reporte.
Miré la mina una última vez.
—Hierro…
tal vez esto cambie las cosas.
Y si no…
bueno, al menos nos hemos ganado un par de días sin escuchar amenazas veladas con sonrisas bonitas.
Mientras regresábamos al pueblo, sólo podía pensar una cosa: “Que los dioses me amparen… porque si esa niña logra arreglar este pueblo, lo siguiente que intentará conquistar será el trono del reino .
Estoy seguro.” — — (Desde el punto de vista de Celestine) Estaba en mi “mansión” —si es que se le puede llamar mansión a una cabaña glorificada con goteras— revisando los informes del progreso agrícola mientras el espíritu del agua revoloteaba cerca, jugando con una burbuja como si no tuviera nada mejor que hacer.
De pronto, escuché pasos apresurados afuera.
Golpes en la puerta.
—¡Milady!
¡El grupo de exploración ha vuelto!
Dejé caer el pergamino, suspiré, y me levanté.
—…Bien.
Vamos a ver si tengo que enterrarlos…
o felicitarlos.
Salí.
Allí estaba Kuro, el jefe de cazadores, con la misma cara de alguien que odia su vida, pero que sabe que si no cumple con su trabajo, alguien le hará la vida aún más miserable.
Sus ropas estaban sucias, llenas de barro seco y con un par de arañazos, pero…
parecía que no estaba de mal humor.
Bueno, o no más de lo habitual.
—Bueno…
—Le miré con los brazos cruzados—.
¿Tengo que preparar tu funeral o traer vino?
Kuro me miró, suspiró largo y pesado, como si tuviera que tragarse su orgullo antes de hablar.
—…Encontramos una mina.
Parpadeé.
—…¿Qué?
—Hierro.
—Confirmó, cruzándose de brazos—.
No es grande, pero suficiente para este agujero miserable que llamamos pueblo.
Me quedé en silencio unos segundos.
Procesando.
—…Bueno…
—Sonreí, con la típica sonrisa falsa que esconde un grito interno de “¡¿CÓMO MIERDA ESTO ESTÁ FUNCIONANDO?!”—.
Mira tú…
funciona…
Kuro alzó una ceja.
—No esperaba que me creyera tan rápido.
—Créeme.
—Dije con una sonrisa—.
Estoy más sorprendida que tú.
—La mina está a siete kilómetros al noreste.
—Continuó, serio—.
Hay vetas visibles de hierro.
No parece profunda, pero suficiente para materiales básicos: herramientas, clavos, herraduras…
y si el viejo herrero deja de llorar un poco, tal vez hasta unas cuantas espadas mal hechas.
—Perfecto.
—Asentí, sin disimular la satisfacción—.
Kuro…
por primera vez en tu miserable vida…
me has hecho feliz.
—Primera y última.
—Resopló.
—Eso está por verse.
—Le lancé una sonrisa traviesa—.
Porque adivina qué…
ahora tú eres el encargado de liderar la construcción del campamento minero.
Se quedó en blanco.
—…No.
—Sí.
—Asentí, completamente seria.
—…No.
—Sí.
—Repetí, mirándole fijamente, con la expresión fría de alguien que está dispuesto a enterrar gente viva si es necesario.
Kuro me sostuvo la mirada unos segundos…
y luego bajó la cabeza, soltando un suspiro tan largo que creo que envejeció dos años en ese momento.
—…Maldita sea…
—Bien.
—Sonreí, feliz—.
Reúne a los leñadores.
Vamos a necesitar madera para los soportes de la mina.
Habla con el herrero…
—Rodé los ojos—.
Dile que su llanto ha sido escuchado por los dioses y por su baronesa favorita.
—…A ese viejo se le va a salir el alma del pecho cuando le diga.
—Murmuró Kuro.
—Excelente.
Mejor que se le salga de felicidad y no de un infarto.
—Respondí mientras daba media vuelta.
—¿Y si encontramos algo más ahí abajo?
—preguntó Kuro mientras se marchaba.
Me detuve.
Miré sobre mi hombro, con la típica sonrisa sardónica de quien ya está acostumbrada a que todo sea un problema.
—Entonces…
buena suerte.
Porque ya eres oficialmente nuestro jefe de minería.
Kuro se agarró la cabeza.
—…Voy a necesitar mucho alcohol.
Mientras lo veía marcharse, solo pude pensar: “Esto…
está funcionando.
De alguna manera, maldita sea…
esto…
está funcionando.” Miré al cielo.
—…Diosa de la Sabiduría y la suerte, ¿acaso me volviste bendecida…
o es que tienes un sentido del humor muy, MUY jodido?
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