Islas Flotantes: Señor Gacha SSS - Capítulo 378
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Capítulo 378: Capítulo 378 – Papá en casa
Atlas fue el último en quedarse, observando cómo cientos de sus soldados entraban en el portal que los llevaría de vuelta al Refugio Gacha. Solo sus subordinados de élite permanecían tras él cuando finalmente entró en el portal de teletransporte.
En ese breve instante entre espacios, un pensamiento cruzó su mente. ¿A quién querría ver primero una vez que llegara a la isla?
Cuando volvió a abrir los ojos, ya podía oler el aire familiar del Refugio Gacha, sintiendo su calidez avivar tanto sus sentidos como su alma.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. Sin embargo, casi de inmediato, se percató de algo. Sus soldados, frente a él, se estaban apartando, abriendo paso a alguien.
Atlas se detuvo un segundo y miró al frente.
Entonces, su expresión se suavizó y esbozó una amplia sonrisa, dejando escapar incluso una pequeña risa. Alguien lo estaba esperando. No, no alguien. Una niña.
Una niñita con el pelo trenzado y cuidadosamente recogido detrás de la cabeza, de unos cinco años de edad, que vestía un atuendo ajustado con una ligera capa exterior de protección.
—¡Papá! —exclamó su voz con alegría.
Atlas empezó a caminar hacia delante mientras la niña corría hacia él con todas sus fuerzas. Apresuró el paso y se agachó justo cuando ella saltaba a sus brazos. Con una risa llena de alivio, la levantó en alto por los aires.
—¡Papá! ¡Has vuelto, Papá! ¡Te he echado mucho de menos! Estuviste fuera mucho tiempo, Papá… Papá… —dijo ella, con la voz temblorosa de pura alegría.
—Vienne… —susurró Atlas su nombre, con la voz temblorosa mientras las lágrimas asomaban a sus ojos.
Nunca había sentido una alegría tan completa, tan abrumadora, al volver a ver a alguien.
Atrajo a la niñita hacia sus brazos y la apretó con fuerza contra su pecho.
—¡Papá, mírame! ¡He crecido! ¡Ahora soy más fuerte! Mamá me enseñó a luchar con la espada… —su voz se apagó mientras Atlas cerraba los ojos, ahogándose en la calidez de una felicidad tan profunda que lo dejó sin aliento.
Abrazó a la niña aún más fuerte, como si intentara fusionar el pequeño latido de su corazón con el suyo. En ese momento, Atlas pudo sentirlo… amor. Un amor tan puro y poderoso que llenaba cada parte de su ser. Solo cuando sostenía a su niñita, su Vienne, podía sentir algo tan real.
—Has crecido tanto… ya pareces tener cinco años —dijo en voz baja.
Luego la bajó y se arrodilló frente a ella para que sus ojos se encontraran a la misma altura.
—¡Papá! ¡Quiero enseñarte cómo lucho con la espada! ¡El tío Baldric me hizo una armadura supergenial y fuerte! ¡Ahora puedo saltar muy alto! ¡Y estoy deseando derrotar a mi primer enemigo con mi espada!
Atlas frunció el ceño ligeramente, con el corazón encogido. Morganna…
«Es solo una cría…», pensó, mientras las lágrimas llenaban silenciosamente sus ojos al mirar a su hija. Su hija, que ya soñaba con la batalla.
Atlas asintió lentamente, dándose cuenta de que la presencia de Vienne le daba una razón aún más fuerte para seguir luchando. Su mirada se endureció con silenciosa determinación.
Levantó a la niñita con su brazo izquierdo, y ella le rodeó el cuello con sus bracitos, apoyando la cabeza en su hombro.
Un momento después, Mira llegó corriendo hacia ellos y se detuvo justo delante de Atlas.
—Mi señor… lo he echado tanto de menos… —dijo en voz baja, abrazando su brazo derecho y rozando suavemente su mejilla contra él.
—Hola, Mira —respondió Atlas con una cálida sonrisa—. Parece que te ha ido muy bien.
Comenzaron a caminar juntos a un paso lento y constante.
Con un tono alegre e inocente, Mira empezó a hablar. —¡Mi señor, he cuidado muy bien de la isla! ¡He vuelto a cultivar las plantas, las zanahorias, las frutas, las flores, los árboles y toda la hierba en cada rincón de la isla! Me aseguré de que no quedara nada sin tocar. ¡Todo está perfectamente cuidado!
Atlas sonrió en silencio ante su alegre informe, pero entonces se detuvo y giró la cabeza hacia ella.
—¿Lyrassa? ¿Ya se ha despertado?
Mira rio suavemente. —Lyrassa sigue dormida. Parece que esta vez está disfrutando de su largo descanso.
«Ya ha pasado más de un mes», pensó Atlas. «Pero debería estar bien. Quizá solo necesitaba más tiempo».
No estaba demasiado preocupado. Aunque Lyrassa era el pilar principal del Refugio Gacha, Elyndra podía intervenir y asumir su papel cuando fuera necesario.
Después de eso, Atlas pasó las siguientes horas haciendo una rápida revisión con todos en el Refugio Gacha. Repasó el progreso del proyecto de la Armadura de Alma Vinculada, el mantenimiento de las bestias espirituales araña y los preparativos para la próxima guerra.
Hizo todo esto sin dejar de llevar a Vienne en brazos. La niñita no paraba de jugar con su pelo, tirando de él de vez en cuando o, a veces, mordisqueándole la oreja juguetonamente, lo que hizo que Atlas se riera entre dientes más de una vez a pesar de su apretada agenda.
Al llegar la noche, Atlas se dirigió a la residencia de Morganna. Entró en el gran salón donde se encontraba la reina vampiro, sosteniendo una copa llena de un líquido rojo intenso.
—¡Mamá! ¡Mira! ¡Papá ha vuelto! ¡Mamá! —exclamó Vienne emocionada.
Morganna se giró al oír la voz de su hija, y sus ojos carmesí se suavizaron en el momento en que se posaron en Vienne. Por supuesto… Atlas ya esperaba esa reacción.
Observó en silencio cómo Morganna se acercaba, con movimientos elegantes y pausados, hasta quedar cara a cara con él.
—¿Desde cuándo tu nivel es doscientos? —murmuró Atlas, percatándose de ello solo ahora.
Morganna sonrió con suficiencia ante sus palabras. —¿Así que ni siquiera has comprobado el nivel de Vienne después de estar tanto tiempo lejos de ella?
Atlas parpadeó sorprendido. Tenía razón. No había comprobado el nivel de Vienne en absoluto. Ni una sola vez desde que regresó. Hasta que…
[Nombre: Morravienne]
[Nivel: 116]
[Fuerza: 378 | Agilidad: 433 | Inteligencia: 168 | Constitución: 215 | Resistencia: 353]
[Vitalidad Equilibrada (SS) – Instinto de Depredador (S) – Conducto de Sangre-Maná (A)]
—¡¿Qué?! —casi gritó Atlas con incredulidad.
—¡Papá, mira mi nivel! ¡Genial, ¿a que sí?! ¡Soy nivel 116! —dijo Vienne con orgullo.
La Agilidad de Vienne era un increíble 433. Esa cifra era asombrosamente alta. Con ese tipo de velocidad, ya podría defenderse en una batalla. Y su Fuerza…
Atlas tragó saliva mientras leía las cifras, con el pecho oprimido por una mezcla de asombro e inquietud.
Morganna volvió a sonreír con suficiencia. —No te atrevas a compararla con tu frágil y débil raza.
Atlas negó lentamente con la cabeza. Por supuesto, tenía que ser el efecto del vínculo de alma que lo conectaba a él, a Morganna y a Vienne. Sus propias y rápidas subidas de nivel durante sus recientes cacerías debían de haber influido también en el crecimiento de Vienne.
A este ritmo, en solo unos meses más, Vienne podría estar lista para unirse a ellos en el campo de batalla. Pero la sola idea de verla luchar, de verla sangrar, le revolvía algo en lo más profundo de su ser.
Por muy fuerte que se volviera, Atlas no podía hacerse a la idea de que su propia hija se enfrentara a ese tipo de peligro.
—¡Mamá dijo que yo también me uniré a la guerra, Papá! ¡He estado entrenando! ¡Luchando con una espada y con magia! ¡Me encanta correr rápido y usar mi espada rápido! —dijo Vienne, con la voz rebosante de alegría.
A Atlas le dolió el corazón. La abrazó con fuerza, apretando su pequeño cuerpo contra su pecho. Una suave sonrisa asomó a sus labios, seguida de una risa silenciosa y cansada.
—Gracias… por cuidar de ella mientras estuve fuera.
La expresión de Morganna no cambió. —Es mi hija. No tienes ningún derecho a darme las gracias por eso.
Atlas guardó silencio, luego extendió el brazo y tomó suavemente la mano de ella.
En ese instante, sin decir una palabra más, Morganna se acercó hasta apoyarse en él.
Por ahora, Atlas dejó que el silencio persistiera. Dejó que esta pequeña y frágil paz llenara el espacio entre ellos. Solo por un tiempo. Antes de que comenzara la verdadera batalla.
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