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Issei en el grand line - Capítulo 1

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Capítulo 1: Prologo

© WebNovel

La vida de Issei Hyoudou, a sus quince años recién cumplidos, podía resumirse en una única y sublime verdad: los senos eran el pináculo de la creación divina. Eran su religión, su obsesión, su faro en la gris monotonía de ser un estudiante de primer año de preparatoria con notas mediocres y un futuro tan definido como la niebla matutina. Para Issei, cada par de senos era una obra de arte única, un universo de suaves curvas y promesas tácitas que merecía ser admirado, estudiado y, en la medida de lo posible, observado desde ángulos estratégicos.

Esta filosofía de vida, sin embargo, no era comprendida por la sociedad en general, y menos aún por la Academia Kuoh. Sus incursiones meticulosamente planeadas—escondido en los arbustos cerca de la pista de atletismo para ver a las chicas del club de gimnasia, su aguante sobrehumano aguantando la respiración en los baños termales masculinos durante los viajes escolares para escuchar conversaciones del lado femenino, o su hábito de “tropezar” de forma espectacular para intentar un “accidental” contacto facial con el busto de alguna senpai—le habían granjeado rápidamente un título. No era un apodo cariñoso, sino una marca de fuego: “La Bestia Pervertida de Kuoh”.

Los chicos lo evitaban como si portara una plaga, y las chicas, las hermosas, inalcanzables diosas de Kuoh, lo miraban con una mezcla de desdén y aprensión. Sus únicos amigos eran Matsuda y Motohama, dos almas igualmente marginales con quienes compartía no solo su condición de inadaptados sociales, sino también una apreciación, aunque menos ferviente, por la forma femenina. Eran los tres mosqueteros del deseo juvenil, un triunvirato de miradas furtivas y suspiros ahogados.

Un viernes por la tarde, después de una sesión particularmente intensa de “investigación de campo” cerca del club de voleibol, Issei y sus amigos se dirigieron al arcade del centro comercial. Para Issei, era un santuario secundario. Mientras Matsuda se enfiestaba en los juegos de ritmo y Motohama intentaba, sin éxito, impresionar a unas chicas en el simulador de Purikura, Issei se dedicaba en cuerpo y alma a su misión verdadera: el cazador de bragas en el juego de lucha. Cada victoria era un píxel más de ropa interior femenina revelada, un triunfo digital que en la vida real le estaba vetado.

La tarde decayó en una agradable oscuridad salpicada de neones. Después de despedirse de sus amigos en una esquina, cada uno tomando rumbo a su casa, Issei comenzó a caminar solo, con las manos en los bolsillos y la mente llena de imágenes pixeladas de colores. El barrio residencial estaba en calma, las farolas proyectaban círculos de luz anaranjada sobre la acera, y el único sonido era el eco de sus propios pasos. No se percató de la figura que se desprendió de las sombras de un callejón y comenzó a seguirlo con pasos silenciosos.

Fue solo cuando giró hacia una calle más solitaria, un atajo que siempre tomaba, cuando sintió el instinto primario de peligro. Se detuvo. La figura detrás de él también se detuvo. Issei se volvió, y el corazón le dio un vuelco al ver a un hombre corpulento, con la capucha de su sudadera levantada y una navaja que atrapaba un tenue reflejo de la luz de la farola.

—Eh, niño —dijo la voz, áspera y cargada de intenciones—. La cartera. Y el móvil. Rápido.

Issei se paralizó. El mundo, que hace un instante era un escenario para sus fantasías, se encogió hasta convertirse en esa hoja de acero y los ojos duros que intuía bajo la capucha. El terror, frío y espeso, le recorrió las venas. Su mente, usually ocupada en clasificar senos por tamaño y forma, se quedó en blanco. Solo había una orden primal: sobrevivir.

—¡Vamos, no me hagas esperar! —gruñó el ladrón, dando un paso al frente y agitando la navaja.

El movimiento brusco quebró el hechizo del miedo. Una oleada de adrenalina, pura y electrizante, estalló en el centro de su ser. Issei sintió un calor repentino, un fuego que nacía en lo más profundo de su pecho y se expandía por sus brazos, sus piernas, hasta la punta de los dedos. No era un calor normal; era como si su sangre se hubiera convertido en lava. Un zumbido, bajo y potente, llenó sus oídos, un ritmo ancestral que resonaba en sus huesos.

Sin pensarlo, sin siquiera ser consciente de ello, Issei gritó y se lanzó hacia delante. No fue un movimiento torpe o desesperado. Fue un envite explosivo, una estampida contenida en el cuerpo de un adolescente. Su puño derecho, envuelto en un resplandor verde tan tenue que apenas era visible, se cerró y se estrelló contra el torso del asaltante.

El hombre, que debía pesar el doble que Issei, salió despedido como si lo hubiera golpeado un camión. Impactó contra la pared de ladrillo del callejón con un crujido sordo y se desplomó en el suelo, la navaja cayendo con un tintineo metálico. No se movió.

Issei jadeó, mirando su propio puño. Lo había sentido. Una fuerza descomunal, un poder que no era suyo, fluyendo a través de él. El calor y el zumbido persistían, y ahora una voz, un eco grave y antiquísimo, susurró en el confín de su mente: [Boost!].

El pánico regresó, multiplicado. ¿Qué había sido eso? ¿Qué le había pasado? Miró al hombre inconsciente, luego a su puño, y el instinto de huida se apoderó de él. Giró sobre sus talones y corrió. Pero no corrió como un humano. Sus piernas, impulsadas por ese mismo fuego interno, se movieron con una velocidad que nunca había soñado poseer. Las farolas se convirtieron en rayas de luz, el viento silbaba en sus oídos. Era un vértigo aterrador y embriagador.

Recorrió varias calles en cuestión de segundos, hasta que el calor en su cuerpo comenzó a ceder, reemplazado por una fatiga abrumadora. Se detuvo, doblando el torso y apoyando las manos en las rodillas, jadeando como si le hubieran negado el aire durante minutos. Con manos temblorosas, sacó su teléfono y, con voz entrecortada, llamó al 110, reportando la ubicación de un ladrón armado e inconsciente. Colgó sin dar su nombre y, con las piernas como gelatina, logró llegar a su casa.

Subió las escaleras arrastrando los pies, entró en su habitación y, sin siquiera quitarse la chaqueta, se desplomó sobre la cama. La oscuridad lo engulfió instantáneamente, un sueño profundo y pesado como el plomo.

Y en ese sueño, surgió una presencia.

Se encontró en un vacío infinito, un espacio donde solo existía la penumbra. Y frente a él, flotando, había algo monumental. Era un dragón. No una criatura de cuento, sino una entidad de poder puro. Sus escamas eran de un rojo brillante, como rubíes fundidos, y de su garganta hasta la punta de la cola, corría un destello de un verde metálico y electrizante. Sus ojos, dos soles dorados, lo observaban con una intensidad que le traspasaba el alma.

“Por fin despiertas, usuario.” La voz no sonó en sus oídos, sino directamente en su conciencia. Era la misma voz grave del eco, pero ahora clara y poderosa.

—¿Q-qué… qué eres? —tartamudeó Issei, sintiéndose insignificante.

“Soy el Dragón Celestial de los Cielos, el que reina sobre la Supremacía. El que los humanos, en su ignorancia, llamaron el Dragón Emperador Rojo. Ddraig. Y tú…” Los ojos dorados se estrecharon ligeramente. “…Eres mi actual anfitrión. El portador de la [Boosted Gear].”

La explicación fluyó entonces en la mente de Issei. Un Sacred Gear. Un artefacto de poder increíble sellado en su alma. La Boosted Gear, un guantelete que podía duplicar su poder de forma continua. El incidente con el ladrón… había sido su activación involuntaria.

—Así que… no fue un sueño —murmuró Issei, todavía incrédulo.

“Fue tu instinto de supervivencia despertando una fracción de mi poder. Pero es solo el principio, usuario. Este artefacto requiere un recipiente fuerte. Tu cuerpo actual es… decepcionantemente frágil.”

La conversación continuó, con Ddraig explicando los fundamentos y a Issei tratando de asimilarlo todo. Cuando el dragón mencionó que su poder lo convertiría en un ser formidable, capaz de atraer a las mujeres más poderosas y hermosas, los ojos de Issei brillaron con una luz nueva. ¡Era su sueño hecho realidad! ¡El harem definitivo!

—¡Entonces… puedo convertirme en el Rey del Harem! —exclamó, todo su miedo olvidado.

Ddraig emitió un suspiro mental que resonó en todo el vacío. “De todas las motivaciones posibles… En fin. Si eso te impulsa a fortalecerte, bien está. Pero recuerda, el poder conlleva grandes enemigos. Tu vida ya no será normal, Issei Hyoudou.”

Al despertar, la fatiga había desaparecido, reemplazada por una energía nerviosa. Se levantó y, al pasar frente al espejo, se detuvo en seco. En su antebrazo izquierdo, desde el dorso de la mano hasta casi el codo, había un brazalete de un metal oscuro y desconocido, de un diseño intrincado y agresivo. En el centro, incrustada en el dorso de la mano, una gema verde pulsaba suavemente con una luz interior.

—No… no fue un sueño —susurró, tocando el metal frío.

“Buenos días, usuario”, resonó la voz de Ddraig directamente en su cabeza, emanando de la joya verde.

Issei pegó un salto hacia atrás, chocando contra la pared. No era un sueño. Era real. Tenía un dragón viviendo en su brazo y un poder que podía partir a un hombre en dos.

A partir de ese día, la vida de Issei cambió. Su rutina se expandió. Las sesiones de espionaje y el coleccionismo de bragas usadas continuaron, eran su combustible moral, pero ahora les añadió una nueva disciplina: el entrenamiento. Empezó de forma básica. Flexiones, abdominales, sentadillas y carrera en el parque local. Pero pronto descubrió que su progreso no era normal.

La Boosted Gear, incluso en estado latente, parecía optimizar su cuerpo. Cada día era más fuerte, más rápido, más resistente. Lo que comenzó con pesas improvisadas con bricks evolucionó rápidamente a levantar la pesada viga de metal que había detrás de su casa, algo que ni su padre podía mover. Ddraig lo guiaba, corrigiendo su postura, instándolo a superar sus límites. “Otra serie. Duplica el esfuerzo. Tu cuerpo puede soportarlo. Yo lo impulsaré.”

La única queja constante del dragón era la fijación mental de su portador. “¿En serio piensas en los senos de esa mujer mientras levantas ese peso? La concentración es clave.” O, “¿Podríamos enfocarnos en la técnica de combate en lugar de en la ‘técnica para quitar sostenes’ que acabas de inventar?”

Issei, sin embargo, era imparable. La promesa de un harem de diosas, guerreras y princesas, todo garantizado por el poder del Dragón Emperador Rojo, era la motivación más poderosa que podía tener. Pasaron los meses, y el chico flacucho y de complexión promedio comenzó a transformarse. Los músculos de sus brazos, piernas y abdomen se definieron. No era la corpulencia de un culturista, sino la de un atleta de élite: fibroso, denso y cargado de potencia latente.

El momento culminante de su transformación silenciosa llegó durante una clase de educación física. Era el día de las pruebas de capacidad. En carreras de velocidad, Issei cruzó la línea de meta tan rápido que dejó a los corredores del club de atletismo parpadeando en incredulidad. En levantamiento de pesas, superó con una facilidad pasmosa los récords de la escuela, añadiendo más discos a la barra con una sonrisa despreocupada. Los murmullos recorrieron el gimnasio. La “Bestia Pervertida” ya no era solo un bicho raro; ahora era un enigma, un fenómeno que había remodelado su cuerpo de la noche a la mañana. Las miradas de desdén de algunas chicas se mezclaron ahora con curiosidad y, en algunos casos, con un destello de interés.

Así llegó la víspera del inicio de su segundo año. Issei se sentía eufórico. Nuevas estudiantes, nuevas oportunidades para su harem en ciernes. Esa tarde, como de costumbre, estaba en el parque cercano a su casa, realizando su rutina de alta intensidad. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y púrpura. Sudaba profusamente, sus músculos quemaban, pero se sentía vivo, poderoso.

—Solo diez lagartijas más, Ddraig —jadeó, posicionándose en el suelo.

“Haz quince. No flojees ahora, usuario.”

Mientras bajaba su cuerpo, concentrado, el aire frente a él comenzó a vibrar. Una distorsión tenue, como el calor que emana del asfalto en verano, pero que se convirtió rápidamente en un desgarrón en la mismísima tela de la realidad. Era una grieta, un portal de pura energía caótica que no emitía sonido, pero que absorbía la luz y el sonido a su alrededor. No era como nada que Issei o Ddraig hubieran visto jamás.

—¿Q-qué es eso? —logró decir Issei, congelado en su posición.

“¡Espacio dimensional inestable! ¡Aléjate, Issei!” rugió Ddraig, la voz llena de una urgencia que Issei nunca le había oído.

Pero era demasiado tarde. La grieta se expandió con un hambre voraz, y una fuerza de succión irresistible se apoderó de él. Issei gritó, intentando agarrarse a la tierra, a la hierba, a cualquier cosa, pero sus dedos no encontraron purchase. Su cuerpo fue levantado del suelo como una pluma y arrastrado hacia el vacío centelleante.

“[Boost!] ¡[Boost!]!” —gritó Ddraig, activando el poder al máximo en un intento desesperado por contrarrestar la fuerza.

Por un instante, el cuerpo de Issei brilló con una furia escarlata y verde, duplicando su masa y resistencia. Pero contra la física distorsionada del portal, ni siquiera el poder de la Supremacía fue suficiente. La grieta se cerró tan rápido como se había abierto, con un chasquido sordo que devolvió la tranquilidad al parque.

El atardecer siguió su curso en Kuoh. Las luces de las casas se encendieron una a una. Los padres de Issei empezaron a preocuparse cuando su cena se enfrió en la mesa. Matsuda y Motohama llamaron a su móvil, que sonó en la habitación vacía.

Issei Hyoudou había desaparecido sin dejar rastro. El parque, el mismo escenario donde, en otro giro del destino, una joven de cabello castaño le habría clavado una lanza de luz, se quedó en silencio. El mundo de High School DxD se quedó, sin saberlo, huérfano de su Dragón Emperador Rojo. Mientras tanto, en otra parte del multiverso, sobre las agitadas aguas de un mar azul cobalto, un nuevo latido comenzaba a resonar, anunciando la llegada de una bestia escarlata a un mundo de piratas y sueños imposibles.

La conciencia regresó a Issei Hyoudou no como un amanecer suave, sino como un impacto sordo y doloroso. Una luz cegadora, un blanco puro y despiadado, le atravesó los párpados cerrados, obligándolo a entreabrirlos con un gemido. El dolor era lo primero. Un latido sordo en sus sienes, una pesadez en cada músculo, como si lo hubieran pasado por una lavadora gigante llena de rocas. Parpadeó, lentamente, tratando de acostumbrarse a la claridad. Sobre él, un cielo de un azul intenso y despejado se extendía hasta donde alcanzaba la vista, sin una sola nube que rompiera su vasta e inquietante perfección. El sol, un disco dorado y caliente que no reconocía, colgaba alto, bañándolo en un calor húmedo y salino que le pegaba la ropa sudada al cuerpo.

Se incorporó con dificultad, apoyándose en los codos. La arena, blanca y fina como harina, se le metía por debajo de la camiseta y los pantalones. Miró a su alrededor y el aliento se le cortó. No estaba en el parque. No estaba en Kuoh. No estaba en ningún lugar que le fuera familiar.

Frente a él, un océano de un turquesa vibrante, casi irreal, lamía suavemente la orilla en pequeñas olas espumosas. Detrás, donde deberían estar los edificios y las farolas, se alzaba una muralla de vegetación tan densa y exuberante que parecía una pared sólida de verde. Palmeras con frutos de formas extrañas, árboles gigantescos con troncos retorcidos y cubiertos de enredaderas gruesas como serpientes, y flores de colores tan brillantes que parecían pintadas. El aire olía a sal, a tierra mojada y a una fragancia dulzona y desconocida, una mezcla de fruta podrida y polen exótico.

—¿D-Dónde…? —su voz sonó ronca, áspera, como si no la hubiera usado en días.

El pánico, ese viejo conocido, comenzó a agitarse en su pecho, un pájaro aleteando contra sus costillas. Se puso de pie de un salto, tambaleándose. La playa se extendía en ambas direcciones, una curva interminable de blanco y azul, sin un solo signo de civilización. No había barcos, no había muelles, no había chicas en bikini. Solo él, el mar y la jungla impenetrable.

—¡Esto no puede ser! —gritó hacia el cielo vacío—. ¡¿Dónde estoy?!

El silencio, roto solo por el susurro constante del mar y los chirridos y graznidos lejanos que salían de la espesura, fue su única respuesta. El corazón le latía con fuerza, acelerándose. ¿Un sueño? No, el dolor era demasiado real. La arena bajo sus pies, el calor del sol en su piel… todo era tangible, opresivamente real. ¿Secuestrado? ¿Pero cómo? ¿Y por qué en una isla desierta?

La mente, nublada por la confusión y el miedo, empezó a divagar. ¿Habría alguien más? ¿Quizás algún programa de televisión? Se giró, escaneando desesperadamente la playa. Nada. Solo su propia huella solitaria en la arena. El pánico creció, apretándole la garganta. Iba a hyperventilarse, iba a derrumbarse.

“Cálmate, usuario.”

La voz de Ddraig, grave y serena, resonó en su cráneo como un balde de agua fría. Issei se llevó instintivamente la mano al brazalete de la Boosted Gear, que seguía firmemente en su antebrazo, la gema verde pulsando con una luz tranquila.

—¡Ddraig! ¿Qué pasó? ¿Dónde estamos? —suplicó, su voz temblorosa.

“Fuimos expulsados a través de una anomalía dimensional. Las coordenadas son… desconocidas. Este plano de existencia no está registrado en mis memorias residuales.”

—¡¿Una anomalía?! ¡¿Quieres decir que estamos en otro mundo?! —la idea era tan descabellada que casi le resultaba cómica. Casi.

“Esa es la conclusión lógica. Y por ahora, parece que estamos varados.”

—¡Tenemos que volver! —gritó Issei, agarrando su propio brazo como si pudiera sacudir una respuesta del dragón—. ¡Tienes que hacer algo! ¡Abre otra grieta, o lo que sea!

“Imposible.” La negativa de Ddraig fue fría y terminante. “La energía requerida para manipular el espacio-tiempo y establecer un portal estable de regreso a nuestro punto de origen es astronómica. En tu estado actual, ni siquiera podrías generar una milésima parte de ese poder. Morirías al instante, y tu cuerpo se desintegraría en la disrupción dimensional.”

Las palabras del dragón cayeron sobre él como losas. No podía volver. Estaba atrapado. Solo, en un mundo desconocido, sin saber siquiera si compartía las mismas leyes de la física. La desesperación comenzó a arrastrarlo hacia un pozo oscuro. Sus padres… sus amigos… las chicas de Kuoh que aún no había logrado espiar… su sueño del harem… todo se esfumaba en un instante, reemplazado por la perspectiva de una muerte lenta y solitaria en esta playa maldita.

“Sin embargo…”, la voz de Ddraig lo interrumpió de nuevo, “…detecto una presencia.”

Issei se quedó quieto, el miedo agudizando sus sentidos. —¿Una presencia? ¿De qué? ¿De quién?

“No es humana. Es… bestial. Nivel de poder… moderado. Pero se acerca. Y viene directo hacia aquí.”

Issei contuvo la respiración, escuchando. Por encima del sonido del mar y de los animales de la jungla, pudo oírlo ahora: un crujido de ramas, el chasquido de hojas secas bajo un peso considerable. Algo se movía entre los árboles, algo grande. La maleza a unos cincuenta metros de donde estaba se agitó violentamente.

El instinto de Issei, pulido por meses de entrenamiento pero nunca probado en un combate real, entró en conflicto. Una parte de él, la de la “Bestia Pervertida” cobarde que huía de los problemas, le gritaba que corriera. La otra, la que había sentido el poder del Dragón Emperador Rojo, le susurraba que se preparara.

La elección le fue arrebatada en el momento en que la criatura emergió de la espesura.

Era un ser que no habría estado fuera de lugar en los mangas más violentos que Issei leía a escondidas. Del tamaño de un tigre grande, pero con una complexión más maciza y baja. Su piel era de un color terroso, áspera y con protuberancias parecidas a rocas. Su cabeza era como la de un reptil, con una boca llena de colmillos irregulares y desgarrados y unos ojos pequeños, negros y carentes de toda inteligencia, solo hambre. Sus patas, cortas y poderosas, terminaban en garras que parecían de obsidiana, capaces de destripar la tierra con facilidad. Un olor fétido, a carne podrida y bestial, llegó hasta la nariz de Issei.

—¡¿Q-qué es eso?! —logró balbucear, retrocediendo un paso en la arena.

“Una bestia nativa. Su estructura energética es primitiva, pero su fuerza física es considerable. Se encuentra en el extremo superior de la Clase Baja según los estándares de las facciones sobrenaturales. Para un humano normal, sería una muerte segura.”

La bestia lo miró fijamente, oliendo el aire. Sus ojos se clavaron en Issei, identificándolo no como una amenaza, sino como una presa. Un gruñido bajo, un sonido que parecía piedras moliéndose en su garganta, emergió de sus fauces. Babeaba una saliva espesa y verdosa.

—¡No… no me jodas! —Issei dio otro paso atrás, pero su talón golpeó un tronco varado en la playa. Estaba acorralado entre el monstruo y el mar.

“Issei.” La voz de Ddraig era ahora una orden clara. “No puedes huir. Te perseguirá hasta agotarte. Tu velocidad mejorada no es suficiente en un terreno desconocido contra un depredador nativo. Tu única opción es pelear.”

—¡¿Pelear?! ¡Pero si es un monstruo! ¡Yo solo he peleado con un ladrón y he levantado pesas! —protestó, el pánico apoderándose de nuevo de él.

“Y ahora pelearás por tu vida. Activa la Boosted Gear. O muere.”

La frialdad de la elección lo golpeó con la fuerza de un puño. Miró al monstruo, que comenzaba a avanzar hacia él con un movimiento lateral, acechante. Miró sus propias manos, que temblaban incontrolablemente. No quería morir. No aquí. No antes de tener su harem. No antes de volver a casa. Esa thought, simple, egoísta y poderosa, fue el detonante.

—¡Está bien! —rugió, más para sí mismo que para el dragón—. ¡No moriré aquí!

Cerró los ojos por un instante, concentrándose. Buscó en su interior ese fuego, ese latido ancestral que había sentido la noche del asalto. Al principio, solo había miedo y confusión. Pero entonces, recordó la sensación de poder, la euforia de sentirse invencible, aunque fuera por un momento. Recordó la promesa de un harén de mujeres hermosas y poderosas. ¡Eso! ¡Esa era su motivación! ¡No podía dejar que un lagarto feo le arrebatara ese futuro!

Un calor familiar comenzó a arder en su pecho. Débil al principio, luego creciendo, expandiéndose. Un resplandor verde tenue emanó del brazalete.

“[Boost!]”

La voz de Ddraig fue el eco externo de la voluntad interna de Issei. El poder fluyó a través de él, duplicándose. Sintió sus músculos hincharse ligeramente, su percepción se agudizó. El miedo no desapareció, pero ahora estaba mezclado con una furia adrenalínica.

La bestia, como si detectara el cambio, dejó de acechar y cargó. Fue un movimiento explosivo, mucho más rápido de lo que su cuerpo pesado sugería. Se lanzó hacia Issei con las fauces abiertas, buscando su garganta.

Issei gritó y se lanzó hacia un lado, rodando por la arena. La esquirla de dolor en su hombro donde una de las garras lo rozó le confirmó que esto era real. El monstruo giró con agilidad, embistiendo de nuevo. Esta vez, Issei no esquivó. El instinto, guiado por los meses de entrenamiento y el boost de poder, tomó el control.

—¡¡¡AAAAHHHH!!!

Con un alarido que era mitad terror, mitad rabia, Issei cargó también. Su puño derecho, ahora envuelto en un aura verde más visible, se estrelló contra el costado de la cabeza del monstruo.

CRAC.

El sonido fue seco, huesudo. La bestia emitió un chillido agudo de sorpresa y dolor y se desvió, tambaleándose. Issei sintió una sacudida dolorosa en su brazo, como si hubiera golpeado un muro de ladrillo. ¡Era increíblemente duro!

“¡No te detengas! ¡Boostea de nuevo! ¡Duplica tu poder!”

—¡[Boost]! —gritó Issei, sintiendo una nueva oleada de energía llenarlo, aunque una punzada de fatiga comenzaba a asomarse en los bordes de su conciencia.

El monstruo se recuperó, ahora furioso. Sus ojos negros brillaban con una ira primitiva. Embistió una tercera vez, pero Issei estaba más preparado. Esquivó la mordida y, usando la propia inercia de la bestia, golpeó con todas sus fuerzas en una de sus patas delanteras.

CRUNCH.

Esta vez, el sonido fue más satisfactorio. La bestia aulló, cojeando visiblemente. La ventaja era de Issei, pero no por mucho. La bestia era resistente. Giró y su cola, gruesa y musculosa, se lanzó como un látigo hacia las piernas de Issei. No pudo esquivarla a tiempo.

El impacto fue brutal. Issei cayó al suelo, la arena volando a su alrededor. El dolor en sus espinillas era cegador. Jadeó, viendo cómo el monstruo se abalanzaba sobre él para el golpe de gracia. La boca llena de colmillos se abría sobre su rostro.

—¡NO! —gritó, y en un acto de pura desesperación, plantó sus pies en el vientre de la criatura y, con un esfuerzo sobrehumano, la empujó hacia arriba con todas sus fuerzas, al mismo tiempo que gritaba por tercera vez—: ¡[BOOST]!

Fue un movimiento torpe, nacido del pánico, pero efectivo. La bestia, desequilibrada, voló por encima de él y cayó pesadamente sobre la arena, de espaldas. Issei no esperó. Se levantó como un resorte, ignorando el dolor, y se abalanzó sobre la criatura vulnerable. Su puño, ahora brillando con una intensidad verde notable, se alzó y cayó una y otra vez sobre la cabeza y el cuello del monstruo.

“Basta, Issei. Se retira.”

La voz de Ddraig lo sacó de su frenesí. Jadeando, bañado en sudor y con los nudillos sangrando, Issei se detuvo. La bestia, malherida, con varios huesos rotos y apenas consciente, arrastró su cuerpo lejos de él, metiéndose de nuevo en la jungla con un lastimero gemido. El peligro inmediato había pasado.

Issei se dejó caer de rodillas en la arena, jadeando convulsivamente. La adrenalina comenzó a desaparecer, y con ella, los efectos del Boost. Una fatiga abrumadora, tres veces más intensa de lo normal, lo golpeó como un mazo. Cada músculo le ardía, cada hueso parecía gritar. Temblaba incontrolablemente.

—Lo… lo logré —susurró entre jadeos, mirando sus manos temblorosas y manchadas de sangre—. Derroté a un monstruo.

“Fue una pelea torpe y derrochadora.” El análisis de Ddraig era implacable. “Usaste tres Boosts consecutivos para derrotar a una bestia de Clase Baja. Un guerrero experimentado lo habría hecho con uno, o incluso sin activar el Sacred Gear. Tu control es nulo, tu técnica, inexistente. Y, sin embargo… sobreviviste. Es un comienzo.”

—¿Clase Baja? —preguntó Issei, todavía sin aliento—. ¡Esa cosa era tres veces más fuerte que yo!

“Precisamente. Tu poder base, incluso después de meses de entrenamiento, es el de un humano excepcionalmente fuerte, pero sigue siendo humano. Ese ser poseía una fuerza física bruta que triplicaba la tuya. Sin la Boosted Gear, habrías sido devorado en segundos. Esto te da una referencia del nivel de este mundo, usuario. Aquí, las criaturas más débiles que puedas encontrar son, como mínimo, una amenaza mortal para ti.”

La revelación era aterradora. Había gastado casi toda su energía para vencer a lo que equivalía a un “enemigo débil” según Ddraig. ¿Qué pasaría si se encontraba con algo más fuerte? Se estremeció.

Se arrastró hasta la sombra de una palmera, lejos de la mancha de sangre en la arena, y se recostó contra el tronco, exhausto. La euforia de la victoria se evaporó, reemplazada por la cruda realidad. Estaba en un mundo peligroso y no podía volver a casa.

—No puedo… no puedo quedarme aquí —murmuró, mirando el mar infinito—. Tengo que encontrar una forma…

“Ya te lo he dicho, Issei. Abrir un portal dimensional está fuera de tu alcance por ahora. Quizá lo esté para siempre, a menos que encuentres una fuente de poder externa en este mundo capaz de tal hazaña. Pero eso es una posibilidad remota. Tu prioridad inmediata es la supervivencia.”

Ddraig hizo una pausa, dejando que la verdad se asentara. Issei cerró los ojos, sintiendo el peso de la desesperación. Estaba atrapado. Solo. La imagen de su habitación, de la escuela, de las chicas de Kuoh, pasó por su mente como un cuchillo.

“Sin embargo,” continuó el dragón, “esta isla, aunque hostil, representa una oportunidad. No detecto más presencias de poder significativo en las inmediaciones, solo bestias de nivel similar o inferior a la que derrotaste. Es un entorno controlado, un campo de entrenamiento perfecto.”

Issei abrió los ojos. —¿Campo de entrenamiento?

“Sí. Tu pelea fue un derroche de energía porque tu cuerpo no está lo suficientemente templado para contener y utilizar eficientemente mi poder. Y tu técnica es patética. Aquí, puedes entrenar sin distracciones. Puedes forjar tu cuerpo hasta sus límites actuales y aprender a pelear de verdad. Si deseas alguna posibilidad de sobrevivir lo suficiente para encontrar una manera de regresar, o incluso para explorar este nuevo mundo y…” Ddraig hizo una pausa casi dramática, “…cumplir con tu objetivo de establecer un harén, necesitas volverte más fuerte. Mucho más fuerte.”

Las palabras del dragón encontraron eco en la parte más profunda de Issei. El miedo y la tristeza aún estaban allí, pero ahora se mezclaban con un destello de determinación. Ddraig tenía razón. Llorar no lo llevaría a ninguna parte. Si quería vivir, si quería tener la más mínima oportunidad de ver a las chicas de pechos grandes de Kuoh again, y sobre todo, si quería tener la oportunidad de conocer a las mujeres de este nuevo mundo y añadirlas a su harén… necesitaba poder. Necesitaba fuerza.

Una imagen se formó en su mente: él, poderoso y confiado, rodeado de hermosas mujeres de este mundo exótico, todas mirándolo con admiración y amor. Luego, abriendo un portal de regreso a casa y desfilando con su harén interdimensional frente a los estupefactos estudiantes de Kuoh. La thought era tan gloriosa, tan perfectamente alineada con sus sueños, que una sonrisa tonta se dibujó en su rostro, despite el dolor y el agotamiento.

—El Rey del Harem… no conoce fronteras —murmuró para sí mismo, su moral restaurada por la fantasia más poderosa que conocía.

Ddraig emitió un suspiro mental que pareció hacer vibrar la misma arena. “De todas las motivaciones posibles… En fin. Si eso te mantiene enfocado, que así sea.”

Issei asintió, con una nueva luz en sus ojos. Se levantó, dolorido pero resuelto. Miró la jungla, ya no solo con miedo, sino con un propósito.

—Tienes razón, Ddraig. Lloriquear no me dará un harén. —Su tono era sorprendentemente firme—. Entrenaré. Me volveré tan fuerte que ninguna bestia me podrá amenazar. Y entonces… entonces saldré de esta isla y encontraré a las mujeres más bellas de este mundo.

“Ese es el espíritu… supongo.” La voz del dragón sonaba resignada, pero Issei pudo detectar un tenue matiz de aprobación. “Por ahora, tu primer objetivo es recuperarte. Luego, estableceremos una base y comenzaremos con un régimen de entrenamiento que hará que tu rutina anterior parezca un juego de niños.”

Con un nuevo propósito ardiendo en su corazón, tan intenso como el sol sobre su cabeza, Issei Hyoudou, el Portador de la Boosted Gear, comenzó su nueva vida en el mundo de One Piece. El camino sería largo, doloroso y estaba pavimentado con bestias aterradoras y peligros desconocidos. Pero al final del mismo, brillaba la promesa de un sueño: un harén que trascendería los mundos. Y para Issei, esa promesa era suficiente para conquistar hasta el infierno mismo.

El rugido de un animal desconocido en la jungla fue su llamada a las armas. La bestia escarlata había llegado, y estaba listo para empezar a rugir.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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