Issei en el grand line - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capitulo 10 Otra mas muerde el polvo
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11: Capitulo 10: Otra mas muerde el polvo 11: Capitulo 10: Otra mas muerde el polvo El sol comenzaba su descenso hacia el horizonte occidental, pintando el cielo de tonos anaranjados y púrpuras que se reflejaban en las aguas ahora tranquilas.
Los restos humeantes de los barcos piratas flotaban como tumbas de madera carbonizada alrededor del maltrecho bergantín de la Marina.
En medio de ese escenario de destrucción, Issei Hyoudou se movía con la eficiencia de un buitre, pero con la ética de un cazador que sabe que su presa ya ha sido cobrada.
Durante media hora, sumergiéndose entre cascos semihundidos y saltando sobre tablones flotantes, Issei ejecutó un saqueo metódico.
No era un pirata; era un cazarecompensas reclamando los frutos colaterales de su trabajo.
En la balandra capitana de Barco, encontró un cofre pequeño pero pesado, oculto bajo las tablas del suelo de la cabina.
Dentro, brillaban monedas de oro, un puñado de joyas sin pulir (probablemente robadas de algún mercante) y, lo más valioso, un saco de berries que, tras un conteo rápido, sumaba alrededor de 8 millones.
En otros barcos, los botines fueron menores: bolsas con monedas sueltas, armas de calidad decente que podían venderse, y provisiones enlatadas que agradecerían en su viaje.
Mientras trabajaba, su mente, libre de la inmediata tensión del combate, procesaba la pelea.
Barco era rápido.
Muy rápido.
Su Haki de Observación había estado constantemente activo, un radar de bajo nivel que le decía “¡allí!” un instante antes de que el filo llegara.
Pero había sido justo a tiempo, no con anticipación.
Sintió que había estado al límite de lo que su instinto podía manejar.
Sin embargo, al recordar el momento del resbalón, notó algo: en la fracción de segundo antes de que el pie de Barco patinara, él ya había sentido un cambio en la intención del pirata, un microdestello de arrogancia distraída que se superpuso a la hostilidad pura.
No había sido solo vista; había sido una percepción más profunda.
¿El Haki de Observación afinándose?
No tenía tiempo de analizarlo más.
También pensó en sus puños.
Al golpear a Barco, especialmente en el golpe final, había querido que sus nudillos fueran más duros que el acero.
No había pensado en el proceso, solo en el resultado.
Y en el momento del impacto, había sentido una densificación extraña, como si una capa infinitesimal de voluntad pura se hubiera solidificado bajo su piel.
Fugaz, inconsciente, pero presente.
El Haki de Armadura empezaba a responder, no a una orden forzada, sino a una necesidad genuina en el combate.
Con un último saco de botín a cuestas, Issei remó de regreso al Sueño Escarlata.
Al acercarse, vio a las dos mujeres aún en cubierta.
Naira estaba cerca del timón, revisando el Log Pose con una ceja enarcada, pero su postura estaba rígida, su atención dividida.
Camila estaba unos metros más allá, hablando por un Den Den Mushi de tamaño mediano que debía haber traído del bergantín.
Su tono era formal, pero firme.
—…sí, Comodoro.
Bajas confirmadas: capitán fallecido, doce marines muertos, ocho heridos graves.
El pirata Barco, recompensa de 40 millones, ha sido capturado por un cazarecompensas independiente.
Solicito evacuación médica urgente.
Coordenadas…
—dio su posición—.
Además, comunico mi renuncia formal e inmediata del cuerpo de Marina, efectiva desde este momento.
Enviaré el documento por escrito a la base más cercana.
Camila, out.
Colgó el caracol con un clic definitivo.
Su espalda estaba recta, pero sus hombros se relajaron ligeramente, como si se hubiera quitado un peso enorme.
Al darse la vuelta, sus ojos verdes se encontraron primero con los de Naira, que la observaban con una mezcla de incredulidad y creciente sospecha.
—¿Renunciar?
¿Ahora?
—preguntó Naira, incapaz de disimular su escepticismo.
—Dos meses —dijo Camila, su voz más suave ahora, con un deje de amargura—.
Solo dos meses desde que me gradué de la Academia.
En ese tiempo, vi a oficiales aceptar sobornos, a comandantes ignorar el sufrimiento de civiles por conveniencia política, y hoy…
hoy mi propio capitán, un hombre que debía liderar con honor, nos condujo a una emboscada por su arrogancia y nos abandonó a nuestra suerte.
Casi muero.
Mis hombres casi mueren.
—Hizo una pausa, mirando hacia el bergantín herido—.
La justicia que soñé proteger…
no reside en ese uniforme.
No ahora.
Quizás no nunca.
Sus palabras tenían el ring de la verdad, la desilusión cruda de un idealista joven.
Naira, que había sufrido en carne propia la corrupción de la Marina en su isla, sintió un destello de empatía.
Comprendía esa desilusión.
Pero también veía el brillo en los ojos de Camila cuando miraba hacia donde Issei se aproximaba en el bote.
Y esa parte la ponía en guardia.
Issei subió a bordo, dejando los sacos de botín con un sonido satisfactorio.
—¡Buen botín!
Al menos 10 millones más en efectivo y cosas vendibles —anunció, frotándose las manos—.
Con lo de Barco, estamos…
Se detuvo al sentir la atmósfera.
Naira lo miraba con una expresión que decía “tenemos un problema”.
Camila lo miraba con una intensidad que hacía que su radar pervertido (y su sentido de supervivencia) se activaran a la vez.
—Issei-san —dijo Camila, acercándose.
Había cambiado.
Su postura marcial se había suavizado.
Sus manos, antes firmes, se retorcían ligeramente frente a su cuerpo.
Su voz perdió la firmeza oficial y ganó un tono vulnerable, casi tembloroso—.
He…
renunciado a la Marina.
El buque de evacuación viene por los heridos.
Yo…
no tengo adónde ir.
Issei parpadeó.
—Oh.
Lo siento.
¿No tienes familia?
¿Alguna isla a la que regresar?
Camila bajó la mirada, sacudiendo la cabeza lentamente.
—Mi familia…
esperaba que hiciera carrera en la Marina.
No puedo volver así.
Y después de lo de hoy…
—Hizo una pausa dramática, perfectamente calculada o genuinamente angustiada—, después de ver tanta muerte, la idea de volver a una vida normal…
me aterra.
—Luego, alzó la vista.
Y fue entonces cuando desplegó su arma definitiva.
Sus grandes ojos esmeralda, ya de por sí expresivos, se agrandaron aún más.
Las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente hacia abajo.
Un brillo húmedo (¿era real o fruto de una habilidad innata?) apareció en sus pestañas.
Su labio inferior tembló, solo un poco.
Era la mirada perfecta, la expresión magistral de un gatito abandonado bajo la lluvia, de una doncella vulnerable que ha perdido todo y solo busca un poco de calidez, de protección.
La Técnica de los Ojos de Gatito Abandonado, un poder ancestral que traspasa culturas y mundos, capaz de derretir los corazones más duros y anular el sentido común de los hombres con un solo vistazo.
—No tengo a nadie —susurró, su voz un hilo de seda quebrado—.
Nadie…
excepto mi héroe.
El impacto en Issei fue físico y mental.
Sintió un golpe directo en el pecho, justo donde residían sus sueños pervertidos *y* su genuino instinto protector.
La imagen de esta belleza pelirroja, fuerte pero ahora tan frágil, mirándolo como si él fuera su único faro en la tormenta…
era demasiado.
Su mente se inundó de fantasías: Camila vistiendo un delantal en la cocina del barco, Camila curándolo después de una batalla, Camila viéndolo con admiración mientras entrenaba…
y, por supuesto, imágenes menos platónicas que hicieron que la sangre le corriera más caliente.
—Eh…
bueno…
eso es…
—tartamudeó Issei, completamente fuera de combate.
Su resistencia moral, nunca muy sólida ante una chica hermosa en apuros, se desmoronó como un castillo de arena ante la marea.
Naira vio la catástrofe desarrollarse en cámara lenta.
Vio la expresión de Camila, la reconoció instantáneamente como la artillería pesada en el arsenal femenino, y quiso gritar.
Quiso interponerse, decir algo, pero estaba a dos metros de distancia.
Vio cómo los ojos de Issei se ablandaban, cómo su postura defensiva se relajaba.
¡No, idiota!
¡Es una trampa!
¡Una trampa con oppai y ojos lindos!
—Podría…
—continuó Camila, dando el golpe de gracia mientras jugueteaba nerviosamente con un mechón de su largo cabello rojo—, ¿podría viajar con ustedes?
Solo por un tiempo.
Hasta encontrar un nuevo rumbo.
Sé navegar, sé cocinar, sé primeros auxilios…
No seré una carga.
Te lo prometo, Issei-san.
El uso de su nombre, dicho con esa mezcla de súplica y devoción, fue la última estocada.
Issei, cuyo sueño era literalmente construir un harén de mujeres hermosas que lo admiraran, se rindió.
No había estrategia, no había pensamiento a largo plazo.
Solo el instinto básico de un dragón que ve algo brillante y quiere guardarlo en su guarida.
—¡Claro!
—dijo, la voz más alta de lo que pretendía, con una sonrisa amplia y genuina—.
¡Por supuesto que puedes viajar con nosotros!
Este barco es pequeño, pero hay espacio.
¡Y un haré…
digo, un equipo, siempre es mejor con más gente!
La afirmativa resonó en la cubierta como un gong.
Para Camila, fue música celestial.
Su expresión de gatito abandonado se transformó instantáneamente en un estallido de pura y radiante alegría.
Sus ojos brillaron, una sonrisa deslumbrante iluminó su rostro manchado de hollín.
—¡¡GRACIAS, ISSEI-SAN!!
—gritó, y en un arrebato de emoción pura, saltó en el lugar.
Fue ese salto el que selló el destino de Issei por los próximos minutos.
Camila llevaba debajo de su chaqueta de marine rasgada una camiseta ajustada, también blanca, que había absorbido sudor y polvo.
Al saltar, la ley de la gravedad y la física de materiales elásticos entraron en juego con una precisión devastadora.
Sus generosos pechos, libres de la restricción de la chaqueta abrochada, describieron un movimiento oscilante, poderoso y rítmico bajo la tela, un balanceo que capturó toda la luz del atardecer y, más importante, toda la atención de Issei Hyoudou.
El mundo exterior cesó.
El sonido de las olas, la queja de la madera del barco, la mirada gélida de Naira…
todo se desvaneció.
La visión de Issei se redujo a un túnel, en cuyo centro estaba el hipnótico, glorioso, perfecto baile de los oppai de Camila.
Era un espectáculo de la naturaleza, una obra maestra en movimiento.
Su mente se llenó de un zumbido blanco de puro éxtasis.
Olvidó respirar.
Un hilo de saliva amenazó con escapar de la comisura de su boca.
“USUARIO.” La voz de Ddraig en su cabeza sonó como un trueno lejano, ignorado.
“Usuario, tu conciencia está decayendo a niveles peligrosos.
Parece una respuesta biológica primaria a estímulos mamarios.
Despierta.” Pero Issei estaba perdido.
Estaba en su Cielo Personal Pervertido.
Naira vio la escena completa: la sonrisa de victoria de Camila, el salto, y luego la transformación de Issei en una estatua de piedra con ojos de corazón y una nariz que empezaba a mostrar un brillo sospechoso.
La furia, la indignación y el puro instinto territorial se fusionaron en ella.
Ya no era la princesa estratégica o la novia comprensiva.
Era una mujer viendo a otra intentar seducir a su hombre con las artes más bajas (aunque efectivas) justo frente a ella.
Con la velocidad de una pantera, Naira cruzó la cubierta.
No dijo una palabra.
Simplemente se colocó frente a Issei, que seguía en trance mirando por encima de su hombro, y lo agarró de la cabeza con ambas manos.
—¡Mirame a mí, idiota!
—exclamó, y con un movimiento firme, dirigió su rostro hacia su propio pecho y lo enterró en el suave valle entre sus pechos, que, hay que decirlo, eran igual de generosos y gloriosos que los de Camila, pero con la ventaja añadida de ser su territorio oficial.
El impacto (suave) rompió el hechizo.
El calor, la suavidad y el familiar y dulce aroma a flores de Naira inundaron los sentidos de Issei.
Su mente rebooteó.
Oppai…
pero son los oppai de Naira…
los primeros oppai…
los oppai del hogar…
Un sonido ahogado, mitad sorpresa mitad éxtasis, escapó de su boca, amortiguado por la tela y la piel.
Camila, cuya celebración se había congelado al ver la intervención, sintió que su alegría se transformaba en indignación en un nanosegundo.
¡¿QUÉ ESTÁ HACIENDO ESA MUJER?!
¡¿SE CREE QUE PUEDE RECLAMARLO ASÍ?!
La expresión de gatito abandonado fue reemplazada por la de una leona a la que le han robado su presa.
—¡OYE!
—rugió Camila, avanzando—.
¡Suéltalo!
¡Eso es…
eso es un ataque asfixiante injusto!
¡Issei-san, estás bien?
¿Puedes respirar?
Naira, con la mejilla apoyada en la cabeza de Issei, dirigió a Camila una mirada de pura y fría victoria por encima de su hombro.
“Mío”, decían sus ojos azul grisáceos.
“Primero.
Siempre.” —Está perfectamente —replicó Naira, su voz un poco sofocada—.
Solo necesita un recordatorio de dónde está su puerto seguro.
—¡Él acaba de darme permiso para quedarme!
¡Yo también tengo derecho a…
a celebrarlo!
—protestó Camila, sin estar muy segura de qué derecho reclamaba exactamente, pero sintiendo que incluía cierta proximidad física.
—Celebrar es una cosa.
Esto —dijo Naira, apretando un poco más, haciendo que Issei emitiera un sonido que podía ser de agonía o de paraíso—, es un protocolo de deshipnotización.
Parece que eres propensa a causar efectos secundarios peligrosos.
—¡Yo no hice nada!
¡Él es el que…!
—Camila se ruborizó furiosamente, dándose cuenta de la implicación—.
¡Tú eres la celosa!
¡Celosa porque Issei-san fue amable conmigo!
—¡Realista!
Porque conozco a este pervertido sin remedio y sé que necesita límites claros, no tentaciones ambulantes con uniforme rasgado.
—¿¡Llamas tentación a mi gratitud y admiración sinceras!?
¡Tú lo tratas como una propiedad!
—¡Y tú lo tratas como un trofeo de tu fantasía caballeresca!
La discusión escaló rápidamente.
Dejaron de lado las indirectas y los eufemismos.
Se acercaron la una a la otra, separadas solo por el torso de Issei, que seguía siendo usado como escudo/almohada por Naira.
—¡Abandona el barco!
—exigió Naira, aunque sabía que era inútil.
Issei había dado su palabra.
—¡Jamás!
¡Issei-san me invitó!
¡Tú no eres la capitana!
—¡Soy la navegante, la estratega y su prometida!
¡Eso me da poder de veto sobre polizones con mirada de cachorrito!
—¡Prometida no es esposa!
¡Y en alta mar, las decisiones las toma el que salva vidas, y él me salvó a mí!
Mientras discutían, sus rostros estaban a centímetros de distancia, chispas casi visibles saltando entre ellas.
Issei, atrapado en el medio, empezaba a experimentar una sensación menos placentera: falta de oxígeno.
Además, la presión nasal combinada con la excitación anterior tuvo un efecto colateral.
Un goteo cálido y metálico comenzó a salir de su nariz.
—Ch-chicas…
—intentó decir, su voz apagada—.
Un poco…
de espacio…
Pero no lo escucharon.
Camila, en un arrebato de furia y deseando replicar la táctica de Naira, decidió que si ella podía, ella también.
Con un movimiento rápido, agarró el brazo de Issei que no estaba inmovilizado y trató de tirar de él hacia sí, intentando liberarlo del “secuestro” de pechos de Naira.
—¡Déjalo ir!
—¡No!
¡Se está recuperando!
—¡Se está desangrando!
—¡Eso es solo…
un exceso de emoción!
Issei, ahora siendo literalmente jalado en dos direcciones por dos mujeres excepcionalmente fuertes (Naira por su determinación, Camila por su entrenamiento básico de marine), sintió que sus hombros protestaban.
El flujo nasal aumentó.
Con un esfuerzo sobrehumano, logró liberar sus brazos y empujar suavemente, pero con firmeza, contra los torsos de ambas.
—¡¡BASTA!!
Su voz, potente y cargada de un destello de voluntad arrasadora (involuntariamente teñida por un ápice de Haki), resonó en la cubierta.
Ambas mujeres se detuvieron, sorprendidas por el estallido.
Issei se liberó, tambaleándose un paso atrás.
Dos líneas rojas brillantes le corrían desde la nariz hasta la barbilla.
Jadeaba.
Su mirada iba de Naira, cuyos pechos mostraban una mancha húmeda y ligeramente rojiza en el lugar donde su nariz había estado, a Camila, quien lo miraba con preocupación y un toque de culpa.
—Lo siento —dijo Naira inmediatamente, su furia evaporándose al ver la sangre—.
¿Estás bien?
—¡Issei-san, déjame ayudarte!
—Camila sacó un pañuelo limpio (¡siempre preparada!) de un bolsillo.
—Estoy…
estoy bien —dijo Issei, aceptando el pañuelo de Camila y tapándose la nariz.
Hablaba con la voz nasal—.
Solo…
necesito aire.
Y paz.
Por cinco minutos.
Miró a las dos.
Naira, su roca, su amor, actuando de una manera posesiva y adorablemente celosa que nunca había visto.
Camila, la nueva, hermosa, intensa y claramente problemática adición, que lo miraba como si fuera el centro de su universo recién descubierto.
Su cerebro pervertido celebraba: ¡Dos chicas increíbles peleando por mí!
¡El sueño se hace realidad!
Su cerebro de supervivencia gemía: ¡Esto es un infierno!
¡Ddraig, ayuda!
“No.
Esto es de tu propia cosecha, usuario.
Disfruta del harén.” La voz del dragón sonaba exasperada, pero con un matiz de diversión burlona.
Con un suspiro, Issei decidió tomar el control de la única cosa que podía controlar en ese momento: el barco.
Mientras Naira y Camila se miraban con rencor renovado, pero silenciadas temporalmente por su explosión, él se dirigió al timón.
—Bueno —dijo, con el pañuelo todavía en la nariz, su voz decidida—.
Como nadie más parece estar a cargo, yo me encargo.
Nos vamos.
Ahora.
Naira, recuperando su rol práctico, asintió.
—El Log Pose está estabilizado en el rumbo a Umbra.
Con suerte, llegaremos en dos días.
—¿Umbra?
¿La última isla antes de la Reverse Mountain?
—preguntó Camila, su entrenamiento como navegante saliendo a la luz—.
Yo tengo cartas detalladas de esa ruta.
Puedo ayudar.
—Yo soy la navegante —dijo Naira, fríamente.
—Dos cabezas piensan mejor que una —replicó Camila, con una sonrisa dulce pero falsa.
Issei ignoró el intercambio.
Soltó amarras, ajustó las velas y tomó el timón con firmeza.
El Sueño Escarlata se deslizó suavemente, alejándose del bergantín dañado y de los restos humeantes, poniendo rumbo al este, hacia la última parada en el West Blue.
Mientras manejaba, sintió que algo era diferente.
No solo en el barco (ahora con un miembro más y una tensión palpable), sino en sí mismo.
Cerró los ojos un momento, concentrándose.
Extendió su percepción.
Antes, su Haki de Observación era como un sensor de movimiento tosco: sentía hostilidad, intenciones generales de ataque.
Ahora, mientras escuchaba a Naira y Camila discutir en voz baja (pero acaloradamente) sobre la mejor manera de organizar las nuevas provisiones, podía diferenciar sus presencias.
La de Naira era como una llama constante y cálida, familiar, con bordes de irritación puntuales.
La de Camila era una fogata nueva, brillante, inestable, cargada de emoción y determinación.
Podía sentir sus posiciones exactas en el barco sin mirar.
Su “radio” de detección parecía haberse expandido ligeramente; podía sentir la vida marina a mayor profundidad, y el bergantín de la Marina desaparecía de su sentido más lentamente de lo que habría anticipado.
Luego, miró su puño cerrado sobre el timón.
Concentró en él no con la fuerza bruta de antes, sino con la intención clara de endurecerlo.
No para golpear, solo para probar.
Durante un segundo, un tenue fulgor negro, como el humo de una vela, envolvió sus nudillos antes de desvanecerse.
Fue rápido, pero fue consciente.
Lo había llamado, y había venido.
“Interesante.” Ddraig habló, su tono ahora más analítico.
“El combate contra un espadachín de velocidad y técnica puras ha forzado a tu instinto a refinar ambos tipos de Haki.
No es un crecimiento masivo, pero es sólido.
Estás aprendiendo a escuchar a tu propia voluntad y a la de los demás.” ¿Y lo de…
las chicas?
pensó Issei, inseguro.
“Eso es un campo de batalla diferente.
Pero no subestimes el poder de la motivación.
Tener algo —o alguien— por lo que luchar, y por lo que destacar, puede ser un catalizador tan poderoso como el miedo a la muerte.
Aunque, en tu caso, la motivación parece ser mayormente hormonal.” Issei decidió ignorar el último comentario.
Miró hacia atrás.
Naira y Camila habían cesado temporalmente su discusión.
Naira estaba estudiando el mapa con determinación, reafirmando su dominio.
Camila, sentada en un barril, lo miraba a él con una sonrisa suave y soñadora, que se transformaba en una mirada de hielo cuando desviaba la vista hacia Naira.
Era un caos.
Un caos hermoso, peligroso y lleno de potencial.
Tenía a su primera novia y prometida, ahora actuando como una leona protectora.
Tenía a una nueva y ardiente admiradora, una ex-marine de habilidades desconocidas y un claro deseo de quedarse.
Tenía un barco más pesado por el botín, una celda con un pirata de 40 millones, y el Grand Line en el horizonte.
Y, lo más importante, sentía que su poder crecía.
Lenta, firmemente.
Si seguía así, enfrentándose a enemigos más fuertes, puliendo su Haki, aprendiendo de Ddraig…
cuando finalmente encontrara una manera de regresar a su mundo, no sería el mismo Issei Hyoudou que fue arrastrado.
Sería más duro, más sabio en la batalla, imbuido de una voluntad forjada en un mar implacable.
La idea de enfrentarse a el portador del Divino Dividing, ya no le parecía una fantasía lejana de venganza, sino un objetivo eventual, una prueba a superar.
Segurísimo, pensó, con un nuevo destello de determinación en los ojos.
El Sueño Escarlata se adentraba en aguas abiertas, llevando a su peculiar tripulación hacia la isla Umbra, hacia la Reverse Mountain, y hacia un futuro que prometía ser tan tormentoso, emocionante y lleno de oppai como el corazón de un Dragón Emperador podía desear.
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