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Issei en el grand line - Capítulo 12

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12: Capitulo 11: Ultima isla 12: Capitulo 11: Ultima isla El Sueño Escarlata cortaba las aguas del West Blue con la determinación de una flecha.

La isla Umbra, última parada antes del salto a la leyenda, era ahora un punto fijo en el Log Pose y en sus mentes.

Pero entre su posición actual y ese destino, se interponían varios días de mar abierto.

Días que, para la ahora tripulación de tres, se convirtieron en un crisol forzado de convivencia, un microcosmos de emociones en evolución donde el equilibrio era tan delicado como navegar entre arrecifes ocultos.

Los primeros compases fueron tensos, impregnados del aire enrarecido dejado por la batalla de miradas y el “incidente del ahogo por oppai”.

Naira, sentada en su sitio habitual junto al timón con las cartas de navegación, observaba a Camila.

La pelirroja, aún vistiendo su uniforme de marinera rasgado y sucio, se había apostado en la proa, mirando el horizonte con una mezcla de esperanza y ansiedad.

Issei, sintiendo la carga silenciosa, se refugió en lo que mejor sabía hacer: entrenar.

El sonido de sus puños golpeando la viga de hierro resonaba como un metrónomo en la cubierta.

Thud.

Thud.

Thud.

Cada impacto era una declaración de propósito, una forma de canalizar la energía incómoda que llenaba el barco.

Naira lo observaba con el rabillo del ojo, admirando la determinación en sus músculos tensos, el sudor que brillaba en su espalda.

Pero también veía cómo, ocasionalmente, su mirada se desviaba hacia la figura solitaria en la proa.

Una parte de ella, la princesa que había sido traicionada por el sistema y la mujer que había encontrado el amor en este torbellín de un hombre, entendía la desilusión de Camila.

Comprendía el vacío que dejaba abandonar todo lo que conocías, incluso si era corrupto.

La otra parte, la “primera esposa” autoproclamada, la estratega que veía el futuro harén como un proyecto a gestionar, sonaba la alarma.

Camila no era una admiradora pasajera.

La intensidad en sus ojos verdes cuando miraba a Issei era de una convicción profunda, casi religiosa.

Y Issei, con su sueño declarado y su corazón de oro (y de hormonas), no la rechazaría si esa admiración se transformaba en una declaración honesta.

Naira suspiró, dejando el mapa a un lado.

La hostilidad abierta era agotadora y contraproducente.

Si Camila iba a quedarse, y cada fibra de su instinto le decía que sí, entonces tenerla como una rival resentida sería un desastre para la cohesión del grupo, y para su propia paz mental.

Tenía que intentar otra cosa.

Tenía que intentar la diplomacia.

Al anochecer del primer día, después de que Issei cayera rendido en su hamaca (exhausto por el entrenamiento y la tensión emocional), Naira se acercó a Camila.

La ex-marine estaba sentada en cubierta, limpiando con esmero y un paño húmedo las manchas de polvo y sangre de su chaqueta azul.

—No tienes ropa de repuesto, ¿verdad?

—preguntó Naira, su voz neutra, sin el filo de antes.

Camila la miró, sorprendida, sus defensas levantándose automáticamente.

—No.

Todo estaba en el bergantín.

Esto es…

todo lo que tengo.

Naira asintió.

Sin decir nada más, fue a la pequeña cabina y regresó con un vestido simple de lino color azul claro y una camiseta holgada.

Eran suyas, un poco grandes para la esbelta Camila, pero limpios y funcionales.

—Aquí.

No es un uniforme, pero es mejor que andar con eso rasgado —dijo, tendiéndoselos.

Camila los miró, luego a Naira.

La desconfianza luchaba con la genuina necesidad en sus ojos.

—¿Por qué?

—Porque compartimos un barco.

Y porque, a pesar de todo, no eres mi enemiga —respondió Naira, honestamente—.

Issei te invitó a quedarte.

Eso lo convierte en una decisión del equipo.

Y en un equipo, nos cuidamos unos a otros.

Al menos en lo básico.

Fue un primer puente, frágil como el cristal.

Camila aceptó la ropa con un murmuro de gracias.

Esa noche, durmió en un rincón de la cabina, envuelta en una manta, vistiendo el vestido de Naira.

El gesto no borró la competencia, pero estableció un terreno común: la supervivencia.

Al día siguiente, Naira dio el siguiente paso.

Mientras Issei empezaba su rutina, ella se acercó a Camila, quien observaba el entrenamiento con fascinación.

—Sabes navegar, dijiste —comentó Naira, más como un hecho que como una pregunta.

—Sí.

Topografía naval, lectura de cartas, manejo básico de velas.

Lo básico de la Academia —respondió Camila, algo orgullosa.

—Bien.

El Log Pose apunta con firmeza, pero las corrientes aquí son traicioneras.

Ayúdame a calcular nuestra posición real y a ajustar el rumbo si es necesario.

Dos pares de ojos son mejores que uno.

Fue una oferta de utilidad, una invitación a contribuir.

Camila, sintiéndose por primera vez desde su renuncia que sus habilidades servían para algo, asintió con entusiasmo.

Juntas, desplegaron las cartas, compararon las estrellas de la noche anterior con sus cálculos, y discutieron sobre la mejor línea para aprovechar una corriente favorable.

La discusión fue técnica, apasionada incluso, pero libre de la carga emocional de antes.

Naira, con su experiencia práctica de meses en el mar, complementaba el conocimiento teórico de Camila.

Descubrieron, para sorpresa de ambas, que trabajaban bien juntas.

Issei, desde su viga de hierro, observaba la escena con un suspiro interno de alivio.

Ver a Naira y Camila inclinadas sobre un mapa, hablando con voces normales, era un milagro menor.

Sabía que los celos de Naira eran un reflejo de su amor, y la admiración de Camila era…

bueno, halagadora, pero peligrosa.

Esta tregua, aunque frágil, era necesaria.

Por las tardes, después del entrenamiento y las labores de navegación, Issei dedicaba tiempo a Naira.

Eran momentos robados, íntimos y esenciales.

Se sentaban en la proa, compartiendo una ración de fruta seca, viendo cómo el sol se hundía en el mar.

Hablaban poco a veces, simplemente disfrutando de la presencia del otro.

Otras, Naira le contaba más sobre su isla, sus sueños de infancia antes de la opresión.

Issei le hablaba de su mundo, de sus amigos (especialmente de los “compañeros del club de estudios” y sus proezas pervertidas), de su deseo de volver, pero ahora cargando con ella y con todo lo construido aquí.

—Eres mi ancla, Naira —le dijo una noche, tomando su mano—.

Sin ti, en este mundo o en cualquier otro, solo sería un tonto fuerte con un sueño tonto.

Tú le das sentido.

Ella se acurrucó contra él, su cabeza en su hombro.

—Y tú eres mi tormenta, Issei.

La que barrió la corrupción de mi vida y me mostró un horizonte más amplio.

Un horizonte lleno de…

chicas problemáticas, aparentemente —añadió con un toque de humor seco.

Él rio, apretándola.

—Lo siento.

Es mi maldición.

Y mi bendición.

—Lo sé —susurró ella—.

Y por eso te amo, idiota.

Esos momentos consolidaban lo que ya era inquebrantable.

Su amor no era una llama frenética, sino un fuego de hogar, constante y caliente.

Naira sabía, en lo más profundo de su ser, que su lugar como “primera esposa” no era un título vacío.

Era un vínculo forjado en la supervivencia, el sacrificio y una comprensión mutua que iba más allá de lo físico.

Pero Issei también era consciente de Camila.

No podía, en conciencia, ignorar a la nueva integrante que parecía orbitar a su alrededor con una mezcla de gratitud y admiración.

Así que, en otros momentos, buscaba conversación con ella.

Descubrió que, detrás de la fanática del héroe y la marine desilusionada, había una chica inteligente, curiosa y con un sentido del humor sorprendentemente ácido.

Hablaban de todo y de nada.

Camila le preguntaba por sus poderes, y él, evitando detalles de Ddraig o de otros mundos, le hablaba del entrenamiento, de la importancia de la voluntad, del Haki.

Ella, a cambio, le contaba historias de la Academia, de los entrenamientos ridículos, de los instructores pomposos.

Se reían juntos.

—¿Y nunca te tentó la idea de ser pirata?

—preguntó Issei una tarde, mientras ella ayudaba a reparar una vela.

Camila lo miró horrorizada.

—¡Jamás!

Los piratas son caos, egoísmo…

destrucción.

Lo que tú haces, cazar recompensas, es diferente.

Es una justicia…

independiente.

Limpia.

—Su tono era reverencial.

Issei se sintió un fraude por un segundo.

Su motivación principal no era la justicia, era el harén y el dinero para conseguirlo.

Pero, pensándolo bien, los resultados eran decentes.

Así que asintió.

—Algo así.

El entrenamiento se convirtió en otra arena de acercamiento.

Camila, al ver la brutal rutina de Issei, pidió unirse.

—No puedo quedarme inútil.

Y si voy a viajar al Grand Line con ustedes, debo ser más fuerte —dijo, con determinación.

Issei accedió.

Le mostró ejercicios básicos de acondicionamiento: flexiones, sentadillas, abdominales.

Camila, aunque en buena forma, pronto se dio cuenta del abismo entre ellos.

Mientras Issei hacía series de cien como si nada, ella luchaba por llegar a veinte.

Pero no se rendía.

Su rostro se enrojecía por el esfuerzo, su cabello rojo se pegaba a su cuello sudoroso, y jadeaba, pero seguía.

A veces, Issei la corregía la postura, poniendo una mano en su espalda o ajustando la posición de sus piernas.

Cada contacto, inocente en su intención, hacía que Camila se sonrojara aún más y que su determinación se renovara.

Para Issei, era extraño.

Estaba acostumbrado a la familiaridad física con Naira, pero con Camila sentía una electricidad diferente, la emoción de lo nuevo, la curiosidad.

Y, siendo él, no podía evitar notar cómo el sudor hacía que la camiseta prestada se pegara a su cuerpo…

Naira observaba estos entrenamientos desde la distancia, con una taza de té en la mano.

Sentía un nudo en el estómago, pero también una resignación práctica.

Veía cómo Camila miraba a Issei durante los descansos, con una adoración que ya no estaba teñida solo de gratitud heroica, sino de algo más personal, más cálido.

Veía cómo Issei, a su manera torpe y genuina, respondía a esa atención.

Era inevitable.

Como un fenómeno natural.

El sol calienta, el agua moja, y Issei Hyoudou atrae a mujeres hermosas y problemáticas.

Solo era cuestión de tiempo hasta que la tensión rompiera en una declaración.

Naira decidió que, cuando ocurriera, no sería una enemiga.

Sería…

una hermana.

O algo parecido.

El primer paso ya lo había dado.

Los días pasaron.

La convivencia, forzada al principio, se fue volviendo más orgánica.

Las discusiones sobre navegación se volvieron colaboraciones.

Las comidas se compartían en silencios menos incómodos.

Incluso hubo risas, generalmente a costa de algún comentario pervertido fuera de lugar de Issei, que hacía que Naira suspirara y que Camila se riera, confundida pero divertida.

En uno de esos días, durante su entrenamiento matutino, Issei logró un avance.

Mientras golpeaba la viga, concentrado no en la fuerza bruta sino en la idea de que su puño era una herramienta indestructible, vio cómo un velo negro, sutil pero definido, cubrió su mano y parte de su antebrazo durante tres golpes consecutivos antes de desvanecerse.

No fue un destello, fue un mantenimiento.

Ddraig rugió de satisfacción en su mente.

“¡Por fin!

La voluntad se somete a la intención sostenida, no al arrebato.

Eso es Haki de Armadura consciente, usuario.

Un fundamento.

Ahora, construye sobre él.” Su Haki de Observación también se afianzaba.

Podía sentir los estados de ánimo de Naira y Camila como matices en sus presencias: la calma concentrada de Naira al navegar, la determinación ardiente de Camila al entrenar, los picos de irritación o alegría.

Era como escuchar el mar y distinguir las corrientes individuales.

Finalmente, en la mañana del quinto día, un grito de Camila, quien estaba en el mástil de vigilancia, los alertó: —¡Tierra!

¡Tierra a la vista!

¡Directamente al este!

Issei y Naira corrieron a la proa.

Allí, en el horizonte, como una mancha grisácea que se elevaba del mar, estaba Umbra.

La última isla del West Blue.

La puerta de entrada a su siguiente gran desafío.

Una oleada de emoción, anticipación y un poco de nostalgia por el mar relativamente tranquilo del West Blue los recorrió a los tres.

Los preparativos comenzaron de inmediato.

Issei se encargó de su “paquete” más valioso: Barco.

El pirata había despertado unas horas después de zarpar, furioso y malhumorado.

Tuvieron que alimentarlo y darle agua a la fuerza, un proceso desagradable que involucró a Issei inmovilizándolo mientras Naira o Camila le daban de beber.

Barco los maldijo, prometió venganza y trató de escapar en dos ocasiones.

En la segunda, Issei, cansado de sus tonterías, simplemente agarró las esposas que lo inmovilizaban y apretó.

No usó Haki, pero su fuerza bruta, multiplicada por incontables Boosts acumulativos, hizo que el metal gemiera y las muñecas de Barco se magullaran.

El pirata gritó de dolor.

—La próxima vez que intentes algo —dijo Issei, su voz baja pero cargada de una autoridad que no tenía antes—, no te alimento por dos días.

Y la siguiente, te dejo que te pudras en tu celda.

¿Entendido?

Fue la primera vez que Camila vio esa faceta de Issei: no el héroe sonriente, sino el depredador pragmático que sobrevivió en una isla desierta.

Le causó un escalofrío, pero también una fascinación más profunda.

Barco, viendo la frialdad en los ojos de Issei, asintió y no volvió a causar problemas.

Al acercarse al puerto de Umbra, una isla rocosa con un asentamiento principal apiñado alrededor de una bahía profunda, Issei se preparó para la entrega.

Ató a Barco con más cuerdas, asegurándose de que fuera un paquete completamente inútil, y lo cargó al hombro.

—Iré al puesto de avanzada de la Marina —anunció—.

Ustedes dos, aprovechen para hacer compras.

Provisiones, material de curación, lo que sea que necesitemos para el Grand Line.

Y, Camila —añadió, dirigiéndose a ella—, si necesitas un arma o equipo de entrenamiento, ahora es el momento.

Naira asintió.

—Tenemos el dinero de los botines y la recompensa de Barco.

Seremos eficientes.

Camila, emocionada por la perspectiva de equiparse adecuadamente, sonrió.

—¡No te preocupes, Issei-san!

¡Encontraré algo útil!

Se separaron en el muelle abarrotado.

Issei, con su carga humana que atraía miradas curiosas y temerosas, se dirigió hacia el edificio más estructurado y fortificado del puerto, donde ondeaba la bandera de la Marina.

El puesto de avanzada era modesto pero imponente.

Un muro de piedra, un par de cañones en la azotea, y una puerta de madera pesada.

Al anunciar su propósito y mostrar su credencial de cazarecompensas (la misma que le dio el Vicealmirante Vance tras derrotar a Main), lo dejaron pasar.

El interior olía a tabaco rancio, tinta y autoridad.

El Capitán a cargo era un hombre llamado Rens.

Era menudo, de complexión delgada pero con la postura rígida de un soldado de carrera.

Su rostro era afilado, con unos ojos grises que escudriñaron a Issei con una frialdad profesional y un destello de desdén.

No era la corrupción burda de Bruto; era el desprecio del burócrata de carrera por el “mercenario” independiente.

—Así que usted es el cazarecompensas que trae a “Barco el Cortalimpio” —dijo Rens, sin ofrecer un asiento.

Su voz era monótona, como si estuviera leyendo un informe aburrido.

—Sí.

Aquí está —dijo Issei, dejando a Barco en el suelo.

El pirata gruñó, pero un gesto de Issei lo silenció.

Rens hizo una seña a dos marines, que se llevaron a Barco para su identificación y registro.

El proceso fue frío y eficiente.

Revisaron las cicatrices, tomaron declaraciones breves (Barco se limitó a maldecir), y confirmaron la identidad con los carteles de recompensa.

Rens apenas miró a Issei durante todo el proceso, ocupado en firmar papeles.

—La recompensa es de cuarenta millones de berries —anunció finalmente Rens, mirando a Issei por primera vez con algo parecido a interés—.

Entregado con vida, con un bonus del diez por ciento por condición óptima de captura.

Total: cuarenta y cuatro millones.

Muestre su credencial.

Issei entregó la tarjeta de metal.

Rens la tomó con unas pinzas, como si fuera algo sucio, y la insertó en un Den Den Mushi conectado a una caja con diales.

El caracol emitió unos sonidos de clics y zumbidos.

—Hyoudou, Issei.

Cazarecompensas independiente, credencial emitida por el Vicealmirante Vance, West Blue.

Recompensas cobradas previamente: Main, Numena…

—Los ojos grises de Rens se encontraron con los de Issei, y por primera vez, el desdén se mezcló con un atisbo de respeto calculado—.

Usted ha sido…

productivo.

—Intento serlo —respondió Issei, manteniendo la compostura.

—La credencial agiliza el proceso.

Sin ella, tendríamos que verificar su identidad, retener el dinero por semanas, investigar posibles fraudes…

—Rens hizo un gesto de desprecio hacia los trámites—.

Con ella, es una transferencia directa.

Firme aquí.

Le pasó una tableta con un documento digital.

Issei, siguiendo las instrucciones de Naira de siempre leer lo que firmaba (aunque la jerga legal le daba dolor de cabeza), escaneó el texto.

Era básicamente un recibo de entrega y una renuncia a futuras reclamaciones.

Firmó.

Rens asintió y tecleó algo en su Den Den Mushi.

Unos momentos después, el caracol personal de Issei (un modelo básico que llevaba para negocios) vibra.

Revisó la pantalla: una transferencia bancaria confirmada por 44,000,000 de berries.

Su fondo total ahora superaba los 100 millones.

Un hito significativo, aunque aún lejos de los 500 millones para su barco soñado.

—Es todo —dijo Rens, despidiéndolo con un gesto—.

El Grand Line espera, cazarecompensas.

Espero que su…

productividad…

le dure.

La frase sonó más a deseo de mala suerte que a un buen augurio.

Issei asintió, guardó su Den Den Mushi y salió del edificio sin mirar atrás.

El aire salado del puerto le pareció más limpio, más libre.

Tenía el dinero.

Tenía a sus compañeras.

Tenía un nuevo mundo por delante.

Mientras tanto, Naira y Camila recorrían los mercados de Umbra.

La isla era un hervidero de actividad: marineros de todas las banderas, comerciantes vendiendo desde frutas exóticas hasta armas oxidadas, y el constante rumor de historias sobre el Grand Line.

Naira se centró en lo práctico: barriles adicionales de agua dulce, frutas y verduras que duraran, medicinas, vendas, hilos y agujas resistentes, y una brújula común como respaldo.

Camila, por su parte, se dirigió a un puesto de armas.

Tras examinar varias, eligió un par de tobikuchi (puñales marineros) de acero decente, con empuñaduras de cuero.

Eran ágiles, versátiles, y se adaptaban bien a su estilo de combate aún por definir.

También compró un rollo de cuerda resistente, un gancho de agarre y un pequeño manual de nudos avanzados.

—Para no ser una carga —le explicó a Naira cuando se reunieron, mostrando sus adquisiciones con orgullo.

Naira sonrió, genuinamente.

—Son buenas elecciones.

La cuerda y el gancho son más útiles de lo que crees en un barco.

En un puesto de ropa, Camila insistió en devolver el vestido prestado y comprar su propio equipo: pantalones resistentes, blusas prácticas, una chaqueta de cuero ligero y, sobre todo, botas nuevas.

Cuando salió del cambió, parecía una persona diferente.

Ya no era la marinera herida y desilusionada, sino una aventurera en ciernes, su cabello rojo atado en una cola de caballo práctica, sus ojos verdes brillando con propósito.

Naira la miró y sintió, por primera vez, un atisbo de algo que no era celos o resignación, sino…

aceptación.

Incluso aprecio.

Camila sería un activo.

Y si su corazón la llevaba hacia Issei, bueno, Naira ya había empezado a cavar el cimiento para esa hermandad no sanguínea.

El proceso había sido lento, pero los cimientos estaban puestos.

Al caer la tarde, se reunieron con Issei en el Sueño Escarlata.

Él les mostró la confirmación de la transferencia.

Celebraron con una cena sencilla pero abundante en una taberna del puerto.

La conversación fluía más fácilmente que nunca.

Hablaban del Grand Line, de los rumores escuchados en el mercado, de la Reverse Mountain.

—Algún día —dijo Issei, con la boca llena de pescado—, cuando tengamos ese galeón, y un harén digno de un emperador, miraremos atrás y recordaremos este pequeño barco y esta isla polvorienta.

—Será un buen recuerdo —dijo Naira, tomando su mano bajo la mesa.

—El primero de muchos —añadió Camila, sonriendo, y su mirada, al posarse en Issei, ya no tenía la desesperación del gatito abandonado, sino la calidez de quien ha encontrado un lugar al que pertenecer.

Esa noche, mientras Issei dormía profundamente (agotado por el día y soñando con galeones y montañas que vomitaban agua), Naira y Camila se quedaron un momento en cubierta, mirando las estrellas que pronto guiarían a otros hacia el West Blue, mientras ellas se preparaban para dejarlo atrás.

—Gracias —dijo Camila, de repente, su voz suave—.

Por la ropa.

Por la oportunidad.

Por…

no hacérmelo imposible.

Naira la miró.

—No fue fácil.

Todavía no lo es.

Pero Issei…

tiene un corazón demasiado grande para un solo pecho.

Yo solo intento asegurarme de que ese corazón no se rompa, y de que quienes se acerquen a él lo valoren de verdad.

—Lo valoro —afirmó Camila con fervor—.

Más de lo que puedo explicar.

—Lo sé —suspiró Naira—.

Y él también lo sabrá, pronto.

Solo…

sé paciente con él.

Y conmigo.

Fue un pacto no dicho, un entendimiento frágil entre dos mujeres unidas por su conexión con un mismo hombre y por el viaje increíble que emprendían juntas.

El Grand Line los esperaba, un océano de locura, maravillas y peligros sin fin.

Pero por primera vez, Issei no navegaría hacia lo desconocido solo con su novia.

Lo haría con su prometida y con una nueva y ardiente compañera, cuyos sentimientos, como la marea, eran inevitables y pronto romperían contra la orilla de su realidad.

La última isla del West Blue quedaba atrás.

Delante, solo había el rugido de la montaña invertida y el vasto, impredecible, glorioso Paraíso.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias y para hacer crecer mas mi patreon.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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