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Issei en el grand line - Capítulo 14

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14: Capitulo 13: Paraiso 14: Capitulo 13: Paraiso El silencio que siguió al estruendo de la Reverse Mountain fue casi tan aterrador como el propio descenso.

El Sueño Escarlata, ahora navegando en aguas extrañamente tranquilas y de un azul tan profundo que parecía de tinta, flotaba como una cáscara de nuez en un estanque infinito.

El rugido atronador fue reemplazado por un susurro salino, el crujido del casco y los jadeos entrecortados de sus tres tripulantes.

Durante una hora, nadie habló.

La adrenalina, esa droga brutal que los había mantenido tensos como cuerdas de violín durante el ascenso, el vuelo y la caída, comenzó a retirarse, dejando a su paso un agotamiento profundo, viscoso, que se colaba en los huesos.

Issei estaba de pie junto al timón, pero su postura era más de apoyo que de control, sus manos temblaban levemente sobre la madera pulida.

Naira, sentada en un rollo de cuerda, tenía la mirada perdida en el horizonte, sus dedos jugueteando mecánicamente con el Log Pose que sujetaba en su regazo.

El cristal, que en el West Blue había sido azul, ahora emitía un brillo interior de un tono verde esmeralda, y su aguja, tras varias oscilaciones frenéticas, se había estabilizado apuntando con una determinación inquietante hacia el sureste.

Camila estaba recostada contra el borde de la cubierta, su rostro aún pálido, observando los músculos de la espalda de Issei como si buscara en ellos una confirmación de que seguían vivos.

—Estamos…

dentro —murmuró Naira al fin, su voz ronca por los gritos sofocados—.

El Grand Line.

El Paraíso.

La palabra «Paraíso» sonó hueca, irónica, en la boca de alguien que acababa de pasar por una experiencia cercana a la muerte.

Pero así se llamaba.

Issei asintió lentamente.

—Las aguas…

son raras —observó Camila, incorporándose con esfuerzo—.

Demasiado quietas.

Demasiado…

azules.

No se siente natural.

Tenía razón.

El aire era cálido y húmedo, pero sin la frescura salina del West Blue.

Olía a flores desconocidas y a algo metálico, como ozono después de una tormenta.

El cielo era de un azul cobalto perfecto, sin una sola nube.

Era hermoso, sí, pero de una belleza inquietante, como la calma que precede a un monstruo.

Decidieron aprovechar esa calma post-traumática para recuperarse.

Naira se encargó de revisar el barco en busca de daños.

Milagrosamente, aparte de algunas tablas sueltas y una vela rasgada que podía repararse, el Sueño Escarlata había salido relativamente ileso.

Camila se ocupó de preparar algo de comida, aunque sus manos aún temblaban al cortar las verduras.

Issei, por su parte, se sentó en cubierta, cerrando los ojos, intentando medir su estado interno.

Sentía un vacío por la energía gastada en la tensión, pero su cuerpo, forjado en la isla desierta y en incontables Boosts, se recuperaba rápido.

“El primer filtro, usuario”, resonó la voz de Ddraig en su mente, con un tono casi de satisfacción.

“La Reverse Mountain separa a los débiles de corazón de los que merecen probar este océano.

Has pasado.

Pero no te confíes.

Esto que llaman Paraíso…

es el patio de juegos de los depredadores más grandes.” ¿Depredadores?

pensó Issei, abriendo los ojos.

El mar seguía imperturbable.

Fue entonces cuando ocurrió.

Un golpe sordo, profundo, vibró a través del casco.

No fue un choque contra roca; fue un impacto desde abajo, como si algo masivo hubiera rozado la quilla.

El barco se balanceó, no violentamente, pero con suficiente fuerza para hacer que Camila soltara el cuchillo y que Naira se agarrara del mástil.

—¿Qué fue eso?

—preguntó Camila, su voz un hilo.

—Quizás un remolino submarino, o una corriente extraña —aventuró Naira, pero su rostro estaba tenso.

El Log Pose no mostraba alteraciones.

Issei se puso de pie, sus sentidos en alerta.

Su Haki de Observación, aún en sintonía fina tras el entrenamiento mental con Ddraig, se extendió como un sonar.

Sintió la vastedad del océano debajo, la vida marina pequeña dispersándose…

y algo más.

Algo enorme, durmiente…

y que ahora estaba muy, muy molesto.

El agua a estribor comenzó a burbujear.

Luego, a hervir.

Una sombra se dibujó bajo la superficie, creciendo a un ritmo aterrador.

Issei tuvo tiempo de gritar “¡AGÁRRENSE!” antes de que el mar se abriera.

Era un Rey Marino.

Pero no como las ilustraciones vagas que Issei había visto.

Esto era la materialización de una pesadilla.

Su cabeza sola era más grande que el Sueño Escarlata, cubierta de escamas grises como roca, con ojos amarillos del tamaño de ruedas de carro, cruzados por pupilas verticales de reptil llenas de una inteligencia primitiva y una furia monumental.

Su boca, abierta en un rugido silencioso que expulsó un olor a pescado podrido y mar profundo, mostraba hileras de colmillos como espadas rotas.

Un cuello serpenteante y musculoso sostenía esa cabeza monstruosa varios metros por encima de la cubierta.

El motivo de su enojo era claro: en el costado de su cabeza, justo sobre el ojo, había una marca roja y un trozo de madera astillada clavado.

El Sueño Escarlata, en su descenso caótico, debió haberle golpeado.

—¡Dios mío…!

—Naira retrocedió instintivamente, su valentía desvaneciéndose ante el puro instinto de supervivencia.

Se refugió detrás de Issei, agarrando su camisa con fuerza.

Camila, movida por un entrenamiento más marcial y un impulso de proteger, desenvainó sus tobikuchi con un chasquido.

—¡¡Aléjate!!

—gritó, su voz temblorosa pero desafiante.

Corrió hacia la borda y, con un grito de esfuerzo, lanzó uno de los puñales como un dardo.

Fue un acto valiente e inútil.

El acero bien templado golpeó una escama del cuello del Rey Marino y rebotó con un cling patético, cayendo al agua.

La bestia ni siquiera parpadeó.

Su ojo amarillo se posó en la pequeña figura humana que osaba atacarlo, y luego se desplazó hacia Issei, sintiendo instintivamente la mayor fuente de energía y amenaza.

Camila se quedó helada, dándose cuenta de su impotencia.

El miedo, real y paralizante, la inundó.

Con los ojos muy abiertos, retrocedió tambaleándose hasta quedar también detrás de Issei, su hombro rozando el de Naira.

Las dos chicas, la princesa y la ex-marine, se encontraban reducidas al mismo papel: damiselas aterrorizadas ante un monstruo de leyenda.

Issei no las culpó.

Este no era un pirata humano.

Era una fuerza de la naturaleza.

Sintió el peso de sus miradas en su espalda, la expectativa mezclada con el terror.

Respiró hondo.

El cansancio posterior al descenso se evaporó, reemplazado por el familiar fuego del combate.

“Para proteger mi harén…

incluso de los peces gigantes”, pensó, con una determinación pervertida pero genuina.

—¡Quedaos atrás!

—ordenó, y su voz tenía una cualidad nueva, un tono de mando que no dejaba lugar a discusión.

El Rey Marino atacó.

Su cabeza se abalanzó como un martillo hidráulico, intentando triturar la cubierta.

Issei no esquivó.

“Boost!” El primer incremento de poder estalló dentro de él.

Sus músculos se hincharon, sus venas resaltaron.

No usó Haki aún; primero, necesitaba probar.

Agarró una de las anclas de repuesto, una pesada masa de hierro atada con una cadena corta.

Con un grito, la giró sobre su cabeza y la lanzó como una bala de catapulta.

El ancla golpeó al monstruo en el hocico con un sonido metálico sordo.

El Rey Marino se detuvo, aturdido, sacudiendo la cabeza.

No estaba herido, pero sí sorprendido y más furioso.

La batalla que siguió fue breve, brutal y completamente desigual en tamaño, pero no en determinación.

El Rey Marino usaba su masa y su poder de trituración.

Issei usaba velocidad, agilidad sobrehumanas y los Boost consecutivos.

Saltaba por la cubierta, esquivando mandíbulas que cerraban maderas, usando la cadena del ancla como un látimo para enredar el cuello de la bestia.

“¡Ahora, usuario!

¡El Haki!

¡Concentra tu voluntad en el punto de impacto!” Ddraig era su conciencia de batalla.

En el cuarto Boost, Issei vio su oportunidad.

El monstruo, frustrado, expuso brevemente su costado al arquearse para otro ataque.

Issei saltó desde el mástil, su puño derecho retraído.

No pensó en la técnica.

Pensó en proteger.

En proteger a Naira, que lo miraba con los ojos llenos de pánico y fe.

En proteger a Camila, cuyo valor había chocado con la realidad del Grand Line.

Pensó en que este pez sobredimensionado no arruinaría su sueño antes de empezar.

Un calor familiar recorrió su brazo.

No fue un destello, sino un revestimiento.

Un fulgor negro mate, tenue pero tangible, cubrió su puño y su antebrazo como un guante de acero vivo.

Haki de Armadura.

El golpe sonó como un cañonazo.

El puño de Issei, impulsado por el Boost y endurecido por la voluntad, se hundió en las escamas del costado del Rey Marino.

Hubo un crujido de hueso y cartílago, un bramido de dolor que sacudió el aire.

La bestia se contorsionó, su ojo amarillo se nubló de agonía, y luego, lentamente, su inmenso cuerpo perdió la tensión y se desplomó de lado en el agua con un chapoteo que levantó una ola que balanceó violentamente el Sueño Escarlata.

Flotaba, inconsciente, una isla temporal de carne y escamas.

Issei aterrizó en cubierta, jadeando.

El negro de su Haki se desvaneció.

Había usado cinco Boosts.

No era un gasto excesivo, pero tras la tensión del día, se sentía marcado.

—¡Issei!

—Naira corrió hacia él, revisándolo frenéticamente—.

¿Estás bien?

¡Tu mano…!

—Está bien —dijo él, mostrando sus nudillos.

Estaban enrojecidos, pero no rotos.

El Haki los había protegido—.

Solo es un…

pez grande.

Pero el Grand Line no creía en la paz tras la victoria.

El olor a sangre y la conmoción de la pelea, combinados con la agitación del agua, fueron una campana de cena para los depredadores cercanos.

El agua a su alrededor comenzó a bullir de nuevo.

No en un punto, sino en varios.

Sombra tras sombra emergió.

Otros Reyes Marinos, atraídos por el festín potencial o por la defensa del territorio.

Eran más pequeños que el primero, pero no por eso menos aterradores.

Tres, cuatro, cinco…

siete cabezas monstruosas rompieron la superficie, rodeando completamente al Sueño Escarlata, sus ojos fijos en el barco y en el cuerpo inconsciente de su congénere.

El corazón de Issei se hundió.

No.

No ahora.

Naira y Camila se apretujaron una contra la otra, el miedo regresando multiplicado.

No había dónde correr.

—Issei…

—susurró Camila, su voz quebrada.

Issei miró a su alrededor, a las bestias, a las chicas aterrorizadas, a su barco que parecía un juguete.

Una ira fría, mezclada con una determinación desesperada, se encendió en su pecho.

No tocarán lo mío.

“Usuario, es demasiado.

Incluso para ti.

Necesitas una retirada estratégica.” No hay retirada, pensó Issei.

Solo hay adelante.

—Cúbranse —les dijo a las chicas, su voz era baja, pero cada palabra era de acero templado—.

Agárrense a algo fuerte.

Esto va a ser…

intenso.

No hubo tiempo para más.

El primer Rey Marino atacó.

Luego otro.

Issei se convirtió en un torbellín escarlata.

Ya no tenía ancla.

Solo sus puños, sus pies, su voluntad, y los Boosts acumulativos que Ddraig le había enseñado a almacenar como una batería de emergencia.

“¡BOOST!” “¡BOOST!” “¡BOOST!” Uno tras otro, los incrementos de poder estallaron en su interior.

No los dosificó.

Los liberó como un torrente, quemando su energía a un ritmo alarmante.

Su velocidad se volvió un borrón.

Su fuerza, suficiente para hacer retroceder a una cabeza del tamaño de un carruaje con un solo golpe.

Pero no bastaba.

Tenía que ser más rápido, más duro, más implacable.

—¡DRAGÓN…

EMPERADOR…!

—rugió, no como un grito de ataque, sino como una afirmación de existencia, una negativa a ser comida.

Su Haki de Observación se expandió al máximo, trazando las trayectorias de siete pares de mandíbulas, siete golpes de cola, catorce ojos llenos de hambre.

Era una tormenta de datos, y su cerebro luchaba por procesarla.

Su Haki de Armadura ya no era un guante; era una coraza intermitente que brillaba en sus brazos, su pecho, sus espinillas, donde el ataque era inminente, respondiendo a su voluntad desesperada de no ceder.

Golpeó una nariz, astillando cartílago.

Esquivó un mordisco que arrancó un pedazo de la borda.

Pateó un ojo, haciendo bramar a la bestia.

Usó el cuerpo inconsciente del primer Rey Marino como plataforma para saltar y golpear desde arriba.

Fue una danza de violencia pura y supervivencia instintiva.

Cada impacto resonaba como un trueno, cada esquivada era por centímetros.

Naira y Camila, aferradas al mástil, miraban con una mezcla de horror y asombro absoluto.

Veían a Issei, un hombre, desafiar y derribar a monstruos marinos de leyenda uno tras otro.

Era como ver un mito cobrar vida.

El aire olía a ozono, a sangre caliente y al extraño aroma metálico del Haki.

Para Camila, era la confirmación divina de que su héroe era, de hecho, un ser fuera de lo común.

Para Naira, era una prueba aterradora de hasta dónde llegaría ese hombre tonto y amado para protegerlas.

Uno a uno, los Reyes Marinos cayeron.

Un golpe en un punto vital aquí, una serie de impactos acumulativos allá.

Issei no los mató; no tenía ese nivel de fuerza concentrada, ni ese deseo.

Los noqueó, los dejó insensibles flotando en el agua.

Cuando el último, un ejemplar más pequeño pero más rápido, cayó con un gemido lastimero, el silencio regresó.

Esta vez, era un silencio ganado, comprado con sudor, dolor y energía pura.

Issei se detuvo en el centro de la cubierta, rodeado por el anillo de bestias inconscientes que flotaban como islotes macabros.

Su cuerpo humeaba literalmente, el vapor saliendo de su piel sobrecalentada.

Respiraba con la boca abierta, con grandes y profundas inhalaciones que sonaban como fuelles rotos.

Cada músculo le gritaba, cada tendón estaba al límite.

Había usado más de veinte Boosts consecutivos, un récord personal, y había mantenido su Haki en un estado de alerta máxima y uso intermitente durante varios minutos.

Estaba exhausto.

Vacío.

Dio un paso y sus rodillas flaquearon.

Se apoyó en el mástil, resbalando hasta sentarse en la cubierta.

—Issei!

—Ambas chicas corrieron hacia él.

Naira le tocó la frente; estaba ardiendo.

Camila le ofreció agua de un cantimplor, que él bebió a grandes tragos.

—Estoy…

bien —logró decir entre jadeos—.

Solo…

necesito…

un respiro.

Pero ellos también estaban al límite.

La adrenalina de la Reverse Mountain seguida del terror visceral de los Reyes Marinos había sido una montaña rusa emocional brutal.

Naira sentía un temblor fino en sus manos que no podía controlar.

Camila tenía la mirada vidriosa, fija en los cuerpos flotantes, su mente procesando a duras penas lo que acababa de presenciar.

El cansancio mental y físico los abrumaba a los tres.

Naira miró a Issei, a su prometido, al pilar de su mundo, temblando de fatiga, y supo que no podían seguir.

No así.

Si aparecía otra amenaza, por pequeña que fuera, estarían perdidos.

Su deber como estratega, como la que mantenía la cordura, tomó el control.

—Camila —dijo, su voz recuperando algo de firmeza—, ayúdame a llevarlo a la cabina.

Después, necesito que tomes el timón.

—¿El timón?

¿Adónde…?

—preguntó Camila, aún aturdida.

—A la isla más cercana.

El Log Pose ya está fijo en una dirección.

Debemos encontrar un puerto, un lugar seguro donde Issei pueda recuperarse y nosotros…

donde podamos respirar sin miedo a que un pez gigante nos coma.

Camila asintió, la orden clara le dio un propósito.

Juntas, ayudaron a Issei a entrar en la pequeña cabina y lo recostaron en su hamaca.

Estaba semi-consciente, murmurando algo sobre «oppai de sirena» antes de que el sueño lo reclamara por completo.

En cubierta, Naira tomó el Log Pose.

La aguja de cristal esmeralda apuntaba inquebrantablemente hacia el sureste.

«Esa es nuestra salvación», pensó.

Le dio las coordenadas a Camila, quien, con manos aún temblorosas pero determinadas, tomó el timón.

Naira se encargó de las velas, ajustándolas para capturar la brisa suave que soplaba.

El Sueño Escarlata se alejó lentamente del campo de batalla flotante, dejando atrás a los Reyes Marinos que comenzaban a despertar y a dispersarse, confundidos y adoloridos.

La Travesía hacia la Salvación: Roles y Aprendizaje Las siguientes horas de navegación fueron silenciosas, rotas solo por las órdenes suaves de navegación y los suspiros de alivio.

Issei dormía profundamente, su cuerpo realizando la hercúlea tarea de reconstruir la energía gastada.

Ddraig vigilaba desde dentro, satisfecho con la prueba de fuego pero preocupado por el gasto.

“Aprendió a gastar, ahora debe aprender a economizar.

Y debe enseñar a las otras.

La dependencia es un punto débil.” Naira y Camila, en la cubierta, encontraron en la rutina de la navegación una terapia.

El acto físico de manejar el barco, de observar el horizonte, de hacer cálculos, los anclaba a la realidad.

Turnándose para manejar el timón y descansar, comenzaron a hablar.

No de Issei, no esta vez.

Hablaban del mar, del clima, de las extrañas formaciones de nubes que a veces parecían animales mitológicos.

Naira enseñaba a Camila los trucos prácticos de la navegación del Grand Line: cómo leer los cambios súbitos en la temperatura del agua, cómo la brújula común giraba sin sentido (confirmando las leyendas) y por qué el Log Pose era su única verdad.

Camila, a su vez, aplicaba su conocimiento teórico.

—Según los textos, las corrientes aquí se comportan como ríos en el cielo, capas superpuestas con diferentes temperaturas y salinidad.

Por eso el clima es loco.

Fue un intercambio de habilidades, un reconocimiento mutuo de utilidad.

La tensión romántica quedó aparcada ante la necesidad primordial de supervivencia y de cuidar a su combatiente caído.

Cuando Issei despertó, varias horas después, todavía estaba débil, pero funcional.

Camila se convirtió en su cuidadora, llevándole comida, agua, y asegurándose de que descansara.

Issei, acostumbrado a ser el protector, se sentía extraño siendo el cuidado, pero la devoción en los ojos verdes de Camila lo desarmaba.

—Eres nuestro pilar, Issei-san —le dijo ella, arreglándole la manta con un cuidado casi maternal—.

Sin ti, no habríamos pasado la montaña, y esos monstruos…

—Se estremeció—.

Necesitas recuperarte para la próxima vez.

—La próxima vez, tú estarás más preparada —dijo Issei, con sinceridad.

Y así, mientras navegaban, el entrenamiento continuó, pero de una forma diferente.

Issei, aún en recuperación, no podía realizar su rutina brutal.

En cambio, se convirtió en instructor.

Se sentaba en cubierta con Camila (y a veces, cuando se sentía con fuerzas, con Naira) y hablaba del Haki.

Les explicaba, con sus palabras torpes pero efectivas, lo que sentía.

—El Haki de Observación…

es como escuchar el mar.

Al principio, solo oyes el ruido.

Luego, aprendes a distinguir las olas, las corrientes…

las intenciones.

Todo ser vivo tiene una…

firma.

Una emisión.

Hostil, calmada, mentirosa…

—cerraba los ojos—.

Ahora, con todo este susto, deberías ser más sensible.

Cierra los ojos.

¿Qué sientes?

Camila lo intentaba.

Cerraba los ojos, fruncía el ceño.

—Siento…

el calor del sol en mi piel.

El balanceo del barco.

Tu…

presencia.

Es cálida.

Fuerte.

Como una fogata.

—¿Y Naira?

—Más…

constante.

Como una lámpara de aceite, estable.

—Bien.

Eso es el principio.

Camila mostró una aptitud sorprendente para el Haki de Observación.

Tal vez era su naturaleza intuitiva, o quizás el trauma reciente había agudizado sus sentidos.

En pocos días, podía sentir las presencias básicas en el barco, distinguir entre Issei y Naira con los ojos cerrados, y una vez, incluso «sintió» la llegada de una bandada de pájaros extraños minutos antes de verlos.

Pero el Haki de Armadura era un muro distinto.

Issei le hacía practicar concentrando su voluntad en su mano, intentando endurecerla.

—No es fuerza muscular —decía—.

Es…

querer que sea fuerte.

Ordenarle a tu piel que se vuelva acero.

Imagina que un golpe viene, y tu brazo debe aguantar.

Camila lo intentaba, su rostro enrojecido por el esfuerzo, sudando.

A veces, durante un instante fugaz, Issei creía ver un tenue brillo oscuro en sus nudillos, pero se desvanecía al instante.

Ella se frustraba.

—¡Es muy difícil!

—exclamaba, dejando caer los brazos—.

Siento que estoy…

apretando un músculo que no existe.

—Existe —la tranquilizaba Issei—.

Es el músculo de tu espíritu.

A mí me tomó meses en una isla desierta, luchando contra bestias, para que despertara.

Y aún así, es básico.

Ddraig dice que es normal.

“Es la verdad, usuario”, confirmaba el dragón.

“La Armadura requiere una convicción férrea en uno mismo, una voluntad indoblegable.

La chica tiene determinación, pero su voluntad aún está ligada a ideales externos: la justicia, la admiración por ti.

Hasta que no forje una voluntad propia, inquebrantable, solo logrará destellos.” Naira también lo intentaba, pero su enfoque era diferente.

No anhelaba el combate.

Practicaba la Observación por precaución, para sentir peligros, y la Armadura de manera muy teórica, como un último recurso.

Pronto comprendió sus límites.

Su fuerza estaba en la mente, en la estrategia, en la gestión.

Se dedicó a perfeccionar eso: a estudiar los pocos mapas que tenían, a calcular rutas, a gestionar los recursos con una eficiencia que hacía que sus 112 millones de berries duraran y crecieran mentalmente en planes.

La Isla del Oro y la Desesperación Tras dos días de navegación tranquila pero vigilante, la isla apareció en el horizonte.

No era verde ni exuberante.

Era árida, con colinas rocosas de un color marrón rojizo, y una línea costera de acantilados grises.

El Log Pose apuntaba directamente a ella.

Al acercarse, la sensación de «Paraíso» se desvaneció por completo.

El puerto era pequeño y sucio, con unos pocos barcos de pesca destartalados y un bergantín que parecía podrido.

Pero lo que captó su atención de inmediato no fue la pobreza, sino el símbolo.

En el risco más alto que dominaba la entrada al puerto, ondeando con languidez en la brisa cálida, había una bandera pirata.

No era la de Barco, ni ninguna que hubieran visto.

La calavera era convencional, pero sus ojos no eran simples huecos.

Estaban dibujados con un espiral hipnótico de color púrpura intenso, que parecía vibrar incluso a la distancia, dando la inquietante sensación de que la calavera los estaba observando, hipnotizando.

Bajo esa bandera, el pueblo se extendía como una herida.

Las casas eran chozas de madera podrida y lona.

La gente que se veía en el muelle o vagando por las calles polvorientas tenía un aspecto demacrado, con la mirada vacía, perdida no en la resignación, sino en una ausencia escalofriante.

Algunos, especialmente niños y ancianos, yacían al sol, demasiado débiles para moverse, los huesos marcándose bajo la piel.

El hedor a desesperación y enfermedad llegaba hasta el barco.

—Dios mío…

—Naira cubrió su boca con la mano—.

Esto es…

esto es peor que la Isla Ternura bajo Bruto.

—Están muriéndose de hambre —murmuró Camila, su entrenamiento como marine chocando con la escena—.

¿Por qué?

Si esta es una isla del Grand Line, debería haber recursos…

Issei, ya recuperado en gran parte, observaba con los ojos entrecerrados.

Su Haki de Observación, afinado, extendió delicados hilos hacia la costa.

No sintió la hostilidad abierta de piratas ebrios o saqueadores.

Sintió algo más siniestro: una pasividad profunda, un letargo mental, como si la voluntad de la gente hubiera sido extraída.

Y, superpuesta sobre ese letargo, como un sabor amargo en el aire, la presencia de otras voluntades: unas brutales y satisfechas, otras…

vacías, como ecos, y en el centro, en lo alto de la colina donde debía estar el pueblo original, una presencia peculiar.

No era poderosa en el sentido físico, pero era intrusiva, pegajosa, como un zumbido de mosquito dentro del cráneo.

—Alguien está controlando este lugar —dijo Issei, su voz grave.

Mientras el Sueño Escarlata atracaba en un muelle vacío, bajo las miradas vacías de unos pescadores esqueléticos, la historia de esta isla y sus amos se desarrollaba en las sombras.

En la mansión que coronaba la colina, una construcción de piedra que antes debió ser la del jefe del pueblo, la banda pirata “Ojos Púrpura” había establecido su cuartel.

Su capitán, Mesmer, era un hombre que desentonaba con la imagen del pirata rudo.

Era enclenque, de complexión delgada y pálida, con manos largas y dedos de araña.

Llevaba ropas caras pero mal cuidadas, y su cabello negro estaba siempre despeinado.

Pero sus ojos…

sus ojos eran su arma.

Iris de un púrpura profundo y antinatural que parecían contener espirales en movimiento lento.

Mesmer no había llegado al Grand Line con fuerza bruta.

Había llegado con su Fruta del Diablo: la Fruta Suggestion-Suggestion (Suge-Suge no Mi), una Paramecia que le permitía hipnotizar a cualquiera que mantuviera contacto visual con él durante unos segundos, implantando sugestiones profundas.

Su tripulación original había sido un harén forzado de mujeres hermosas que encontró en su isla natal, hipnotizadas para amarlo y obedecerlo ciegamente.

Había logrado notoriedad en la segunda mitad del Paraíso, su poder siendo una herramienta insidiosa para el espionaje y la manipulación.

Pero su arrogancia lo llevó a desafiar a un Shichibukai.

La batalla fue un desastre.

El Shichibukai, con una voluntad férrea o quizás simplemente ciego (Mesmer nunca lo supo), fue inmune a su hipnosis.

Destrozó su flota, mató a la mayoría de sus hipnotizadas y dejó a Mesmer con unas pocas secuaces traumatizadas y su orgullo hecho pedazos.

Huyendo, había retrocedido a la primera mitad del Paraíso.

En esta isla, que sus cartas marcaban como una posible fuente de oro aluvial, encontró su oportunidad.

Hipnotizó al antiguo jefe y a los hombres más fuertes del pueblo, convirtiéndolos en su guardia personal y fuerza de trabajo.

Descubrió que, efectivamente, en los ríos de la isla había pepitas de oro puro.

Ahora, obligaba a la población a trabajar en las minas hasta el agotamiento, extrayendo el oro para él mientras ellos se morían de hambre, hipnotizados para no rebelarse, para creer que el trabajo era su «deber sagrado».

Para mantener el equilibrio de poder y reconstruir su fuerza, también había hipnotizado a piratas y maleantes que encontraba, añadiéndolos a su tripulación.

Ahora tenía un grupo mixto: sus leales (hipnotizadas) secuaces originales, y una banda de brutos con la mente lavada.

Desde su ventana, Mesmer vio llegar al Sueño Escarlata.

Un barco modesto, tres tripulantes jóvenes…

y uno de ellos, el hombre, parecía fuerte.

Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios delgados.

Nuevos juguetes.

Quizás el hombre podría ser un buen guardaespaldas hipnotizado.

Y las mujeres…

oh, las mujeres.

La rubia tenía una belleza serena y real.

La pelirroja era un fuego salvaje.

Serían adiciones espléndidas a su colección.

Podía hipnotizarlas para que olvidaran a ese hombre, para que solo vivieran por su sonrisa.

—Bienvenidos al Paraíso —susurró Mesmer, sus ojos púrpura brillando con un resplandor hambriento—.

Quédate un rato.

Para siempre.

Issei, al pisar el muelle polvoriento, sintió una punzada en su instinto, una advertencia de Ddraig.

“Cuidado, usuario.

El aire aquí está envenenado…

no químicamente, sino mentalmente.

Algo acecha.

Algo que se alimenta de voluntades.” Miró hacia la bandera con los ojos púrpura, luego a las caras vacías de los isleños, y finalmente a Naira y Camila, que lo seguían con aprensión.

Su sueño de harén había llegado al Grand Line.

Pero el primer desafío en este «Paraíso» no sería un monstruo físico, ni un pirata de fuerza bruta.

Sería un depredador de mentes, un hombre que quería robarles lo más preciado: su libre albedrío, y con ello, sus corazones.

La batalla por la isla del oro, y por su propia voluntad, estaba a punto de comenzar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Continuamos con esta historia, voten si les gusto el episodio y apoyenme en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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