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Issei en el grand line - Capítulo 15

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15: Capitulo 14: Hipnosis rota 15: Capitulo 14: Hipnosis rota El aire en el muelle olía a sal, pescado podrido y a algo más: una resignación tan espesa que casi podía palparse.

Issei Hyoudou pisó la madera astillada del embarcadero, sus botas haciendo eco en el silencio anormal.

Detrás de él, Naira y Camila descendían con cautela, sus sentidos alerta ante el panorama desolador.

La isla no era como ninguna que hubieran visto.

En el West Blue, incluso en la opresión, había chispas de resistencia, miradas furtivas de odio o esperanza.

Aquí, no había nada.

Los hombres y mujeres que deambulaban por el puerto, o que yacían inmóviles a la sombra de chozas derruidas, parecían autómatas desgastados.

Sus ojos no tenían el brillo de la desesperación, sino el vacío de una ausencia total.

Caminaban sin rumbo, algunos murmurando frases inconexas sobre “el deber” o “el brillo”, como sonámbulos atrapados en un sueño ajeno.

Sin embargo, había un contraste inquietante.

Un grupo, compuesto principalmente de mujeres de diversas edades y unos pocos hombres de constitución robusta, se mantenía aparte.

No deambulaban.

Estaban quietos, en formación suelta, y sus miradas, aunque también tenían un velo de pasividad, estaban fijas en un punto específico: la entrada del camino que subía hacia la colina.

Lo más extraño era que, entre ese grupo, había una uniformidad en la expresión: una sonrisa leve, artificial, y una luz tenue y obediente en los ojos que los diferenciaba de los zombis consumidos del pueblo.

Issei frunció el ceño.

Su Haki de Observación, aún en un estado de alta sensibilidad tras el combate con los Reyes Marinos, extendió finos hilos de percepción.

Lo que sintió le provocó un escalofrío que no tenía que ver con el clima.

De la mayoría de la población emanaba un vacío, un silencio mental como el de una habitación después de que se apaga un ruido constante.

Pero de ese grupo selecto, y de forma más potente desde lo alto de la colina, emanaba algo diferente: una sintonía forzada, una corriente de voluntad extraña y pegajosa que los mantenía unidos, como marionetas cuyos hilos se entrelazaban en una misma mano.

“Usuario”, la voz de Ddraig resonó, grave y llena de advertencia.

“Este lugar está enfermo.

No de peste, sino de espíritu.

Algo ha hurgado en las mentes aquí.

Algo débil en músculo, pero venenoso en intención.

Mantén tu voluntad cerrada.” Antes de que pudieran decidir su próximo movimiento, la quietud se rompió.

Por el camino descendió una pequeña comitiva.

Al frente, un joven que hacía que la palabra “enclenque” sonara generosa.

Era alto, pero tan delgado que su ropa, una elaborada chaqueta de terciopelo púrpura sobre una camisa blanca sucia, colgaba de sus hombros como de un perchero.

Su rostro era pálido y afilado, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, unos ojos que incluso a la distancia destellaban con un color púrpura antinatural.

Detrás de él, con pasos sincronizados y rostros vacíos de cualquier emoción compleja, venían tres mujeres hermosas pero de mirada vidriosa, y dos hombres musculosos con la misma expresión de perplejidad obediente.

El contraste era obsceno: la miseria absoluta del pueblo y esta procesión casi real, pero compuesta por personas que parecían tan vacías como los demás, solo que mejor vestidas y alimentadas.

—¡Bienvenidos, viajeros!

—anunció el joven, Mesmer, con una voz sorprendentemente melódica pero que tenía un deje metálico—.

Rara vez tenemos visitas tan…

interesantes en nuestra humilde isla de Orobrillo.

Soy Mesmer, el administrador de este lugar.

Su mirada, al hablar, se deslizó sobre Issei con una evaluación rápida y despectiva, pero al posarse en Naira y luego en Camila, se iluminó con un brillo de codicia pura.

Fue una mirada que Issei conocía bien en su propio corazón pervertido, pero en este hombre tenía un matiz posesivo y obsceno que le hizo apretar los puños instintivamente.

No era admiración; era el vistazo de un coleccionista que ve dos piezas raras para su estante.

—Administrador —repitió Issei, manteniendo su tono neutral—.

El pueblo parece…

pasar por dificultades.

—¡Oh, son tiempos de trabajo duro!

—exclamó Mesmer, haciendo un gesto amplio que abarcaba las colinas—.

Nuestra isla es bendecida con vetas de oro puro.

Todos contribuyen a la extracción, es un esfuerzo comunitario.

El cansancio es natural, pero el sentido del deber los mantiene firmes.

—Sus palabras sonaban ensayadas, huecas.

Y mientras hablaba, sus ojos púrpura parpadearon, y el grupo detrás de él asintió al unísono con sonrisas idénticas y espeluznantes.

Naira, con su inteligencia práctica, no se lo tragó.

Pero algo en la forma de hablar de Mesmer, en el ritmo monótono de su voz, hacía que fuera fácil dejar de prestar atención a las palabras y solo escuchar el sonido.

Camila, más impulsiva, frunció el ceño, sintiendo que algo estaba terriblemente mal pero incapaz de señalar el qué.

—Deben estar exhaustos después del mar —continuó Mesmer, su sonrisa haciéndose más amplia—.

Permítanme ofrecerles un recorrido, mostrarles nuestro…

floreciente comercio.

Luego, los invito a mi humilde residencia para refrescarse.

—No era una oferta.

Era un guión que se estaba desarrollando.

El recorrido fue una farsa macabra.

Mesmer los guió por callejones polvorientos, señalando puestos vacíos o con mercancías podridas como si fueran prósperos mercados.

Hablaba sin parar, su voz un murmullo constante y sedante.

Issei notó que intercalaba frases aparentemente aleatorias en su monólogo: “La obediencia trae paz”, “Los ojos del amo ven la verdad”, “El púrpura es el color del descanso mental”.

Cada vez que decía una de estas frases, sus ojos púrpura parecían brillar un instante, y miraba directamente a Naira o a Camila.

Issei, gracias a la advertencia de Ddraig y a su propia voluntad férrea forjada en innumerables batallas y en el sueño imposible de ser Rey del Harem, sentía las frases como intentos débiles de picar su mente, como mosquitos chocando contra un cristal.

Los ignoraba.

Pero al mirar a sus compañeras, vio algo perturbador.

Naira, al principio recelosa, comenzaba a mostrar signos de distracción.

Su mirada, normalmente aguda y analítica, a veces se perdía al vacío cuando Mesmer hablaba, especialmente cuando mencionaba “un lugar seguro” o “proteger lo que es precioso”.

Camila, cuya admiración por Issei la hacía enfocarse en él, también parecía más dócil, su postura defensiva relajándose.

Issei no lo entendía completamente, pero su instinto gritaba.

“Usuario, es un depredador de mentes.

Sus palabras son anzuelos, sus ojos, los sedales.

Las chicas no son tan resistentes como tú.” Llegaron a lo que Mesmer llamó “el orgullo de la isla”: un restaurante de aspecto lujoso pero cerrado, con mesas polvorientas en el interior.

Se detuvo frente a la puerta, girándose hacia ellos con una sonrisa triunfal.

—Y aquí, el broche de oro.

Dentro, solo los más leales y valiosos encuentran consuelo —dijo, y su mirada se fijó en Naira.

Sus ojos púrpura no solo brillaron; parecieron encenderse, los espirales en su iris girando lentamente, hipnóticamente—.

Tú, con la sabiduría de una princesa, mereces ese consuelo.

Mira dentro.

Mira la paz.

Olvida las preocupaciones…

olvida los lazos que te atan a la tormenta.

Issei vio cómo los ojos de Naira, normalmente azul grisáceo y llenos de vida, se nublaban.

Perdieron su foco, se fijaron en los ojos púrpura de Mesmer como polillas en una llama.

Su rostro se relajó por completo, la inteligencia y la emoción drenándose para ser reemplazadas por una expresión serena y vacía.

—Sí —dijo Naira, con una voz monótona y dulce que no le pertenecía—.

Paz.

Consuelo.

—¡Naira!

—gritó Issei, agarrándola del brazo.

Ella ni siquiera parpadeó.

Mesmer rió, un sonido seco y excitado.

Rápidamente giró hacia Camila, cuyos ojos verdes ya estaban vidriosos por la sugestión acumulada durante el paseo.

—Y tú, guerrera leal, tu fuerza es para proteger al verdadero ideal.

Él es caos.

Yo soy orden.

Ven, protege mi orden.

Los ojos de Camila también se apagaron, capturados por el espiral púrpura.

—Orden…

proteger el orden…

—murmuró, dando un paso hacia Mesmer.

El corazón de Issei se encogió con un dolor agudo y frío.

Ver a Naira, su amor, su ancla, y a Camila, su devota compañera, reducidas a muñecas vacías con una sonrisa idiota, fue una puñalada más profunda que cualquier espada.

Una ira primaria, draconiana, comenzó a hervir en su interior.

Mesmer entonces se volvió hacia Issei, su sonrisa confiada.

—Y tú, bruto útil, tu fuerza servirá para…

—Sus ojos púrpura lanzaron su hechillo mental con toda su fuerza, buscando someter, ordenar, romper.

Nada ocurrió.

Issei lo miró fijamente.

No había confusión en sus ojos, ni vacío.

Solo una furia creciente, fría y concentrada.

La voluntad de Issei Hyoudou, alimentada por el sueño del harén, por la promesa a Ddraig, por el amor por sus compañeras y el odio hacia quien las había reducido a eso, era una fortaleza inexpugnable.

El susurro hipnótico de Mesmer se estrelló contra ella y se desvaneció sin dejar rastro.

La sonrisa de Mesmer se congeló, luego se desmoronó.

El pánico, crudo y reconocible, iluminó sus ojos púrpura.

—¿Q-qué?

¿Cómo…?

¡Solo el Shichibukai…!

—balbuceó, recordando claramente su humillante derrota ante ese monstruo de voluntad indomable.

—¡Suelta a mis chicas!

—rugió Issei, avanzando.

El pánico de Mesmer se transformó en histeria.

—¡No!

¡No otra vez!

¡MATADLO!

—chilló, señalando a Issei con un dedo tembloroso.

Como si se hubiera accionado un interruptor, toda la población hipnotizada en el área —los zombis demacrados y el grupo más alerta— giró sus cabezas vacías hacia Issei.

Un murmuro bajo, un zumbido de voces unidas, surgió de ellos: “Proteger…

al amo…

eliminar la amenaza…”.

Y luego, se abalanzaron.

No con la ferocidad de guerreros, sino con la implacabilidad torpe de máquinas, arrastrándose, caminando, corriendo hacia él, con las manos extendidas para agarrar, para golpear con piedras o simples puños.

Issei se encontró rodeado por una marea de cuerpos.

Su primera reacción fue de horror.

No podía golpear a estos civiles, a estas víctimas.

Esquivaba, empujaba con cuidado, intentaba no hacer daño.

Pero eran demasiados.

Lo sujetaban de las piernas, de los brazos, trepaban sobre él.

Una mujer demacrada le arañó la cara.

Un niño, con ojos vacíos, intentó clavarle un trozo de madera afilado en el costado.

“¡Usuario!

¡No son ellos!

¡Es la voluntad del gusano la que los mueve!

¡Si no los detienes, te matarán, y el gusano se escapará con tus compañeras!” Ddraig rugió en su mente.

Issei apretó los dientes.

Tenía razón.

Con un grito de frustración y dolor, liberó una onda de fuerza concéntrica, no usando Boost, solo su poder físico bruto.

Los cuerpos más cercanos fueron lanzados hacia atrás, cayendo sin gracia.

Pero no se detenían.

Se levantaban y volvían a la carga.

Entonces, del grupo más “sólido” de Mesmer, los hombres musculosos y unas mujeres que portaban cuchillos, avanzaron con mayor coordinación.

Eran más fuertes, más rápidos.

Issei ya no podía contenerse.

Comenzó a derribarlos con golpes precisos y no letales, buscando puntos de presión para dejarlos inconscientes.

Fue un trabajo agotador y emocionalmente drenante.

Cada golpe que conectaba contra un rostro vacío le recordaba que esta persona era un prisionero.

Mientras luchaba contra la marea, vio a Mesmer arrastrando a Naira y Camila, que lo seguían dócilmente, hacia un callejón lateral.

—¡NO!

—gritó Issei, intentando abrirse paso, pero un nuevo grupo lo bloqueó.

Fue entonces cuando un hombre se separó de la sombra de un edificio.

Era diferente.

Llevaba una espada larga a la espalda y, aunque sus ojos también tenían el velo púrpura, había un destello de intensidad agonizante en ellos, como si su voluntad luchara ferozmente desde el interior de una prisión de cristal.

Su cuerpo era ágil, su postura, la de un espadachín entrenado.

Sin mediar palabra, desenvainó su espada con un sonido de metal que cortó el murmullo de la multitud.

Su ataque no fue torpe.

Fue una estocada rápida y directa al corazón de Issei.

Issei, sorprendido por la técnica, apenas logró esquivar girando el torso.

La hoja le rasgó la camisa y dejó un fino corte en su piel.

¡Peligro!

Este no era un civil.

Era un guerrero hipnotizado.

El combate que siguió fue el más difícil desde Barco, pero de una naturaleza distinta.

El espadachín (más tarde sabrían que se llamaba Rook) era increíblemente hábil.

Su estilo era fluido, mortal, y estaba siendo potenciado por una orden hipnótica que suprimía su sentido de autoconservación y dolor.

Atacaba sin defensa, buscando solo matar.

Issei, aún reacio a dañar gravemente a otra víctima, se encontraba a la defensiva.

Usó su Haki de Observación para predecir los ataques, que llegaban como relámpagos.

Esquivó un tajo diagonal que habría partido un barril en dos, bloqueó otro con su antebrazo reforzado por un destello de Haki de Armadura (lo que le dejó un hematoma profundo), y retrocedió ante una ráfaga de estocadas.

“¡Despierta!” le gritó Issei en un momento de respiro.

“¡Lucha contra él!” Por un instante, los ojos del espadachín vacilaron.

El velo púrpura tembló, y una expresión de angustia pura y confusión cruzó su rostro.

“Yo…

no…” masculló, la espada bajando unos centímetros.

Fue entonces cuando Issei notó algo: cuanto más se alejaba Mesmer, más débil parecía ser el control sobre los hipnotizados más fuertes o distantes.

El espadachín, al estar más lejos físicamente de su “amo”, y al tener una voluntad propia más fuerte, empezaba a resquebrajarse.

Fue la apertura que necesitaba.

Issei no desperdició la oportunidad.

Se abalanzó, no con un golpe letal, sino con un potente uppercut al mentón, calculado para causar una conmoción cerebral que provocara inconsciencia.

El puño conectó.

Los ojos del espadachín rodaron hacia atrás, el velo púrpura se desvaneció por completo, y cayó al suelo, fuera de combate pero vivo.

Issei no esperó.

Con el camino parcialmente despejado y el resto de los atacantes más lentos o ya noqueados, salió corriendo como un poseso en la dirección por donde había visto desaparecer a Mesmer.

El dolor en su corazón por la traición forzada de Naira y Camila se transformó en combustible para su velocidad.

“¡DDRAIG!

¡NO PUEDO PERDERLAS!” “¡ENTONCES CORRE MÁS RÁPIDO, USUARIO!

¡TU VOLUNTAD ES LA LLAVE!

¡ROMPE LA CERRADURA QUE LAS ENCIERRA!” Siguiendo rastros en el polvo y el instinto, Issei llegó al pequeño puerto privado en el otro lado de la colina.

Allí, una galera ligera pero bien armada, la Sugestión Púrpura, estaba siendo preparada apresuradamente.

En la cubierta, Mesmer gritaba órdenes a un puñado de hombres y mujeres hipnotizados de su séquito más cercano, quienes movían cabos con torpeza eficiencia.

Y allí estaban Naira y Camila, de pie como estatuas hermosas y vacías, mirando al horizonte con sus sonrisas serenas.

—¡ALTO!

—tronó la voz de Issei, emergiendo del camino con la ropa rasgada, sangre en sus cortes y una furia en los ojos que hacía que el mismo aire a su alrededor pareciera vibrar.

Mesmer palideció.

—¡No!

¡Imposible!

¡Rook debía…!

¡Protéjanme!

¡Mátenlo!

—chilló, escondiéndose detrás de Naira y Camila, usándolas literalmente como escudos humanos.

Los hipnotizados en la cubierta, unos diez entre hombres y mujeres, se abalanzaron sobre Issei.

Esta vez, no había civiles inocentes entre ellos.

Eran la guardia personal, probablemente piratas o mercenarios capturados.

Aun así, estaban hipnotizados.

Issei luchó con una mezcla de eficiencia brutal y angustia.

Derribó a un hombre con un rodillazo en el estómago, esquivó el cuchillo de una mujer y la noqueó con un golpe en la nuca, bloqueó un garrote con el brazo endurecido por el Haki.

Avanzaba paso a paso, dolorido, cansado, pero imparable, como un toro escarlata herido pero furioso.

Y entonces, los últimos defensores fueron Naira y Camila.

Mesmer, viendo acercarse a su perdición, les susurró con urgencia: —¡Él es el enemigo!

¡Protegedme!

¡Usad todo lo que sabéis!

Los ojos vacíos de Naira y Camila se posaron en Issei.

Pero no había reconocimiento, ni amor, ni admiración.

Solo la obediencia programada.

Naira, con movimientos sorprendentemente ágiles, sacó su daga y la blandió.

Camila adoptó una postura de combate con sus tobikuchi.

Issei se detuvo en seco, su corazón destrozado.

—Naira…

Camila…

soy yo.

Ellas atacaron.

Naira lanzó una estocada precisa hacia su hombro.

Camila intentó flanquearlo por la izquierda.

Issei las esquivó con movimientos desesperados, sin contraatacar.

—¡Despertaos!

¡Por favor!

—El amo ordena tu eliminación —dijo Naira con su voz monótona, atacando de nuevo.

—El desorden debe cesar —afirmó Camila, sus ojos verdes sin chispa.

Luchar contra ellas era una tortura.

Cada esquivada, cada bloqueo, le recordaba quiénes eran realmente.

Usó su Haki de Observación no para predecir ataques mortales, sino para anticipar y evitar hacerles daño.

Fue un baile macabro y agotador.

Mesmer, viendo la ventaja, sonrió de nuevo.

—¡Sí!

¡Mátenlo!

¡Después nos iremos a un lugar donde nadie nos moleste!

La frase “irse” hizo que algo en Issei se quebrara.

El pensamiento de perderlas para siempre, de que este gusano se las llevara, fue la gota que colmó el vaso.

Un rugido, no completamente humano, escapó de su garganta.

“¡BOOST!” La explosión de poder fue palpable.

El aire se onduló a su alrededor.

Su velocidad se multiplicó.

Ya no solo esquivaba.

Interceptó el brazo de Naira que blandía la daga, la desarmó con un movimiento suave pero firme, y la sujetó contra su cuerpo, inmovilizándola.

Camila cargó contra él, pero él, con la otra mano, atrapó su muñeca que empuñaba el puñal y la hizo soltarlo.

Las sujetó a ambas, luchando contra sus débiles forcejeos.

Estaban justo frente a Mesmer, cuyo rostro mostraba nuevamente pánico al ver su último recurso neutralizado.

—¡Suéltalas, bruto!

—gritó Mesmer, y en un último acto desesperado, concentró todo su poder, todo su ser, en sus ojos púrpura.

Los espirales giraron a una velocidad frenética.

—¡MÍRAME!

¡OBEDÉCEME!

¡CONVIÉRTETE EN MI PERRO GUARDIÁN!

Su mirada hipnótica, cargada con su miedo y su odio, se estrelló de lleno contra la de Issei.

Y falló.

Estrepitosamente.

La voluntad de Issei en ese momento era una montaña, un volcán, un dragón enfurecido que protegía su tesoro.

El débil hechizo de Mesmer no solo no penetró, sino que rebotó.

El propio Mesmer dio un grito ahogado, llevándose las manos a los ojos como si le hubieran lanzado arena.

Un fino hilo de sangre le salió de la nariz.

Había intentado forzar una mente mucho más poderosa que la suya y había sufrido el retroceso.

—Eso…

es por tocar lo mío —gruñó Issei, y antes de que Mesmer pudiera reaccionar, lo soltó todo.

Con Naira y Camila aún aturdidas en sus brazos, lanzó una patada baja y brutal que impactó en la ingle de Mesmer.

El pirata enclenque emitió un chillido agudo y se dobló.

Issei lo soltó solo para asestar un recto de derecha que le partió la nariz con un crujido satisfactorio.

Luego un gancho al hígado, un uppercut que lo levantó del suelo…

fue una paliza corta, brutal y catártica.

Issei no usó Boost ni Haki; fue pura furia contenida liberada con control justo para no matarlo.

Cuando terminó, Mesmer yacía en la cubierta, hecho un amasijo de gemidos y huesos rotos, completamente inconsciente y derrotado.

Issei jadeaba, el dolor y el cansancio regresando en una ola.

Pero el trabajo no estaba terminado.

Recordó las esposas especiales que llevaba, forjadas con un poco de Kairoseki, la piedra marina que debilitaba a los usuarios de Fruta del Diablo.

Se las puso a Mesmer.

Al hacer contacto, un espasmo recorrió el cuerpo del hipnotizador, y un suspiro final escapó de sus labios.

Su poder estaba sellado.

Y entonces, ocurrió el milagro.

Como si se hubiera cortado una cuerda maestra, todos los hipnotizados en la isla, en el barco, en todas partes, se detuvieron.

El velo púrpura se desvaneció de sus ojos.

En la cubierta, las mujeres y hombres del séquito de Mesmer parpadearon, mirándose unos a otros con confusión y luego con horror al darse cuenta de dónde estaban y qué habían hecho.

Naira, en los brazos de Issei, parpadeó.

La niebla se disipó de sus ojos azules.

Vio el rostro sudoroso, sucio y angustiado de Issei, sintió sus brazos fuertes alrededor de ella, y el recuerdo de lo sucedido, de sus propias acciones, la golpeó como un mazo.

—Issei…

¿qué…?

¡Oh, Dios…!

—Su voz tembló, y las lágrimas comenzaron a brotar.

Camila, por su parte, dio un paso atrás, mirándose las manos que habían empuñado un arma contra su héroe.

La realidad se estrelló contra ella con una fuerza aún mayor.

Su rostro se descompuso en una mueca de puro terror y culpa.

—No…

no, no, NO…

—murmuró, y luego un grito desgarrador salió de su garganta—.

¡LO ATAQUÉ!

¡YO…

LE ATAQUÉ A ÉL!

—Cayó de rodillas en la cubierta, sollozando de manera incontrolable.

El caos y el alivio se apoderaron de la isla.

Los ciudadanos, libres de la hipnosis, comenzaron a llorar, a abrazarse, a darse cuenta de su hambre y su agotamiento.

La noticia de la caída de Mesmer se extendió como la pólvora.

Los días siguientes fueron un torbellino.

La Marina, alertada por la llamada de un Den Den Mushi que un marine recién liberado logró hacer, llegó rápidamente.

La recompensa por Mesmer, el “Hipnotista Púrpura”, fue confirmada: 89,000,000 de berries.

La cifra, enorme para un hombre tan físicamente débil, se explicaba por sus crímenes: había hipnotizado a oficiales de gobierno para robar secretos, a nobles para desvalijar sus mansiones, y su intento de infiltrarse y manipular a un Shichibukai lo había puesto en la mira de altos mandos.

Era un criminal de alto perfil no por su fuerza, sino por su amenaza única al orden y la libre voluntad.

El agradecimiento del pueblo fue abrumador.

Les ofrecieron comida (lo poco que tenían), refugio, y las lágrimas de padres que recuperaron a sus hijos del letargo.

Issei, Naira y Camila se alojaron en la única posada decente de la isla, cuyos dueños, ahora libres, los trataron como a la realeza.

Pero la paz interna fue más difícil de conseguir.

Esa noche, en su habitación, Camila se derrumbó completamente.

Entró en la habitación de Issei, donde él y Naira estaban hablando en voz baja, y se arrodilló frente a ellos, golpeando su cabeza contra el suelo de madera.

—¡Perdón!

¡Perdón, Issei-san!

¡Soy una traidora, una inútil!

¡Mi espada, mi voluntad…

se volvieron contra ti!

¡Merezo morir!

—Lloraba tan desconsoladamente que era desgarrador.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, agarró uno de sus tobikuchi y lo apuntó hacia su propio estómago.

Issei se movió con una velocidad que sorprendió incluso a Naira.

Atrapó su muñeca con un agarre de hierro.

—¡BASTA!

—su voz no era un grito, sino una orden cargada de una autoridad que hacía temblar el aire—.

¡No fue tu culpa, Camila!

¡Él te controló!

¡Te robó tu voluntad!

¿Crees que me alegraría si te hicieras daño?

¡Eres parte de este equipo!

Camila lo miró, sus ojos verdes inundados de lágrimas y desesperación.

—Pero…

te ataqué…

—¡Y Naira también!

—dijo Issei, mirando a su prometida, quien bajó la cabeza, avergonzada—.

¿Y voy a odiarla por eso?

¡No!

Fue esa…

esa cosa la que lo hizo.

Lo importante es que están libres.

Que están aquí.

—Su voz se suavizó.

Soltó la muñeca de Camila y, en un gesto impulsivo, la abrazó—.

No te castigues.

Te necesitamos fuerte.

Yo te necesito fuerte.

Camila se hundió en su abrazo, sollozando contra su pecho, pero ahora no solo de culpa, sino de un alivio abrumador y de una emoción aún más profunda.

Issei no la rechazaba.

La perdonaba.

La valoraba.

Naira, viendo la escena, sintió una punzada de celos, pero fue rápidamente ahogada por la culpa propia y por la comprensión.

Ella también se había sentido sucia, violada mentalmente.

Se acercó y puso una mano en el hombro de Camila.

—Tiene razón, Camila.

Él…

nos controló.

Fue aterrador.

Pero estamos juntas de nuevo.

Y somos más fuertes por saber de qué somos capaces…

y de qué debemos protegernos.

Fue un momento de profunda conexión entre los tres.

La culpa, el miedo y el alivio se entrelazaron, forjando un vínculo más fuerte y complejo que antes.

Issei tenía a su prometida, y a una compañera cuya lealtad, ahora probada por el fuego de la traición forzada y el perdón, era más férrea que nunca.

A la mañana siguiente, con Mesmer encerrado en una celda naval a la espera de traslado y su recompensa asegurada en sus cuentas (lo que elevó su tesoro a la astronómica cifra de 201 millones de berries), Issei, Naira y Camila se prepararon para zarpar de nuevo.

El Log Pose, que había estado apuntando a esta isla, ahora necesitaba varios días para fijarse en la siguiente.

Tenían tiempo.

Mirando desde la cubierta del Sueño Escarlata hacia la isla que lentamente recuperaba la vida, Issei sintió una mezcla de orgullo y pesadez.

El Grand Line, el “Paraíso”, ya les había mostrado su verdadero rostro: no solo monstruos gigantes, sino peligros que atacaban el alma y robaban la voluntad.

Pero también les había mostrado su propia fuerza: su voluntad inquebrantable, la lealtad que los unía, y el hecho de que, juntos, podían superar incluso las amenazas más insidiosas.

Naira se le acercó, tomando su mano.

Camila, desde el timón, les dirigió una sonrisa, todavía un poco triste pero genuina.

El camino por delante era incierto, loco y peligroso.

Pero tenían un barco (pequeño, pero suyo), un sueño (grande y pervertido), y una tripulación que había demostrado ser más que la suma de sus partes.

Con la Reverse Mountain a sus espaldas y el vasto, impredecible Paraíso extendiéndose ante ellos, la Bestia Escarlata y su peculiar harén en ciernes zarparon una vez más, listos para lo que el destino les tuviera reservado.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias, vota si te gusto el episodio.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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