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Issei en el grand line - Capítulo 17

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17: Capitulo 16: Sin rumbo 17: Capitulo 16: Sin rumbo La euforia del descubrimiento del peón y la nueva dinámica amorosa a bordo del Sueño Escarlata fue un bálsamo dulce pero breve.

La realidad del Grand Line, ese maestro implacable y caprichoso, les recordó su presencia de la manera más desconcertante posible: a través del instrumento que era su único faro en la locura oceánica.

Al amanecer del día siguiente a la confesión de Camila, Naira, como de costumbre, fue la primera en consultar el Log Pose atado a su muñeca.

Su hábito metódico se convirtió de inmediato en una arruga de preocupación entre sus cejas.

La aguja, que la noche anterior se había estabilizado apuntando firmemente al sureste, ya no lo hacía.

Oscilaba con un movimiento perezoso, indeciso, como si estuviera soñando.

Esperó unos minutos, pensando en un ajuste post-cambio magnético.

Pero en lugar de fijarse, la aguja giró lentamente hasta apuntar al este-noreste.

Luego, tras otros diez minutos, dio un salto brusco hacia el suroeste.

—Esto…

no está bien —murmuró, llamando a Issei y Camila.

Los tres observaron el cristal de esmeralda como si fuera un animal enfermo.

Durante la siguiente hora, fue un espectáculo de caos silencioso.

La aguja no seguía un patrón, ni siquiera un ciclo.

A veces se quedaba quieta en una dirección por media hora, infundiendo falsas esperanzas, para luego girar 180 grados en cuestión de segundos.

Otras, rotaba sin parar, describiendo círculos completos.

—¿Está roto?

—preguntó Camila, tocando el cristal con cautela.

—No debería —respondió Naira, frunciendo el ceño en concentración absoluta—.

Los Log Pose son increíblemente resistentes.

A menos que se golpee con fuerza…

—Miró a Issei, quien levantó las manos en inocencia.

—No, no ha pasado nada.

Esto es algo externo.

Su mente analítica, alimentada por los estudios de navegación y las notas que había recopilado, buscó una explicación.

Recordó historias vagas, rumores de marineros ancianos en Umbra.

“Hay zonas en el Paraíso”, había dicho uno, “donde el magnetismo se vuelve loco.

Donde las islas están tan cerca, o los fondos marinos tienen minerales tan raros, que confunden a la brújula del alma”.

No era un fenómeno común, pero tampoco desconocido.

Una zona de interferencia magnética.

—Creo que estamos dentro de un campo magnético anómalo —anunció Naira, su voz cargada de preocupación—.

Algo bajo el mar, o quizás varias islas pequeñas con campos poderosos muy juntas, están interfiriendo con la señal del Log Pose.

No está roto; está siendo bombardeado por demasiadas direcciones a la vez.

Las implicaciones eran graves.

Sin un Log Pose funcional, estaban esencialmente ciegos en el mar más traicionero del mundo.

La brújula común era un adorno inútil.

Navegar por las estrellas era posible, pero el cielo del Grand Line a veces tenía constelaciones que no seguían las reglas normales, y sin un destino fijo, era como elegir una estrella al azar.

—¿Qué hacemos entonces?

—preguntó Issei, su pragmatismo saliendo a flote.

La situación era mala, pero no era la primera vez que se enfrentaban a lo desconocido.

—Tenemos que salir de esta zona —dijo Naira—.

Pero sin saber su extensión, ni en qué dirección está el borde más cercano…

es como buscar la salida de un laberinto en la oscuridad.

Podríamos navegar en círculos durante días, o empeorar las cosas.

Camila, mirando la aguja danzarina, propuso: —¿Podríamos quedarnos quietos?

Esperar a que pase, o a que el Log Pose se decida por una isla más fuerte?

—Podríamos —asintió Naira—, pero si estamos atrapados en una corriente magnética, quedarnos quietos podría no ser una opción.

Y no tenemos víveres para esperar indefinidamente.

Tenemos que movernos.

Pero necesitamos elegir una dirección.

La decisión era crucial.

Una dirección equivocada podía llevarlos más adentro de la zona de interferencia, o hacia algún peligro como arrecifes ocultos o remolinos.

La atmósfera en la cubierta se volvió tensa, pero no por discordia, sino por el peso de la responsabilidad.

Issei, viendo la preocupación en los rostros de sus chicas (¡sus novias!), decidió que necesitaban un método.

No podían depender solo de la intuición.

—Oye, somos tres.

Todos somos parte de este equipo.

Propongamos, cada uno, una dirección con una razón.

Luego…

—buscó en su memoria de su mundo anterior, de los métodos de toma de decisiones del Club de Estudios—, ¡lo decidimos con piedra, papel o tijera!

El mejor de tres.

Fue una sugerencia tan absurda, tan típicamente Issei, que por un momento Naira y Camila lo miraron como si estuviera loco.

Pero entonces, Naira sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.

En medio de la incertidumbre, su novio pervertido proponía un juego infantil.

Era ridículo.

Pero también era justo.

Y alejaba la presión de una sola persona.

—De acuerdo —dijo Naira—.

Yo propongo navegar hacia donde estaba el sol al amanecer, el este.

Es un punto fijo, no magnético.

Si la interferencia es local, seguir una dirección cardinal constante eventualmente nos sacará de ella.

Camila reflexionó.

—Yo propongo seguir la dirección en la que el Log Pose se quedó quieto por más tiempo esta mañana, el suroeste.

Quizás esa pausa significaba que esa es la fuerza magnética dominante, la que nos llevará a una isla real más rápido.

Issei se rascó la cabeza.

—Yo…

propongo ir hacia donde sople el viento con más fuerza ahora mismo.

¡El viento nos llevará a algún lado, seguro!

Además, la navegación a vela es más eficiente.

Tres propuestas: lógica astronómica, intuición basada en datos, y puro instinto marinero.

Ninguna era evidentemente superior.

Se miraron.

—Piedra, papel o tijera —declaró Issei, poniendo su puño cerrado frente a él—.

Al mismo tiempo.

El ganador decide la dirección.

Si hay empate, otra ronda.

Naira y Camila intercambiaron una mirada.

Era absurdo.

Pero también era un alivio.

Asintieron.

—¡Piedra, papel o tijera!

Issei sacó tijera.

Naira sacó papel.

Camila sacó tijera.

—¡Gano yo!

—dijo Naira, aliviada.

—Espera, fue empate entre Camila y yo —protestó Issei—.

Tú ganas contra mí, pero perdiste contra las tijeras de Camila.

Es un triángulo.

Revisaron.

Era cierto.

No había un claro ganador.

—Otra ronda —decidió Camila.

La segunda ronda: Issei papel, Naira piedra, Camila tijera.

Otro triángulo.

La tercera: todos sacaron piedra.

Empate.

La cuarta: tijera, tijera, papel.

Camila ganó brevemente, pero al ser solo una de tres, Issei insistió en “el mejor de tres” para un ganador claro.

Acordaron seguir.

Ronda tras ronda, el juego continuó.

La tensión inicial se disipó en una serie de risas nerviosas y exclamaciones de “¡otra vez!” mientras el sol ascendía en el cielo.

Jugaron cinco, diez, quince rondas.

Parecía que el destino, o su propia suerte colectiva, se negaba a darles una respuesta clara.

Siempre había un empate o un triángulo.

Finalmente, exhaustos de tanto jugar y con el estómago rugiendo, Naira dejó caer los brazos.

—Esto es ridículo.

No vamos a decidir así.

—Entonces…

¿qué hacemos?

—preguntó Camila, masajeándose la muñeca.

Issei miró el horizonte, luego el Log Pose, que en ese momento apuntaba alegremente al norte.

Suspiró.

—Miren.

Al final, todas nuestras opciones son suposiciones.

No sabemos cuál es la correcta.

Pero quedarnos aquí parados es la única opción segura que es mala.

Así que…

elijamos la que ninguno propuso.

—¿Cómo?

—preguntó Naira.

—El Log Pose ahora apunta al norte —dijo Issei, señalándolo—.

Ninguno de nosotros propuso el norte.

Es una dirección tan buena o tan mala como cualquier otra.

Y es la que el aparato, en su locura, nos está mostrando ahora mismo.

Sigámoslo.

No por confianza, sino porque es una decisión.

Y cualquier decisión es mejor que ninguna.

Fue un razonamiento extraño, pero tenía una lógica de soldado: en la niebla de la guerra, a veces cualquier movimiento es mejor que ser un blanco estático.

Naira, después de pensarlo un momento, asintió.

Era tan válido como cualquier otro plan.

Camila también estuvo de acuerdo.

Al menos era una dirección clara.

Así, con un rumbo decidido por default, el Sueño Escarlata puso proa al norte.

Los días que siguieron fueron una prueba de nervios de acero.

La interferencia magnética no cesaba.

El Log Pose era un compañero voluble: a veces los guiaba norte durante horas, luego repentinamente insistía en ir al este, luego daba vueltas.

Naira, con una paciencia de santa, intentaba discernir un patrón, pero era caótico.

Decidieron seguir una regla simple: mantendrían el rumbo en la dirección que el Log Pose indicara durante al menos una hora antes de considerar un cambio brusco, a menos que la nueva dirección fuera radicalmente opuesta.

Era navegar a ciegas, con un lazarillo ebrio.

El viaje, sin embargo, no careció de momentos de luz.

La nueva dinámica entre los tres, ahora formalizada, floreció en la incertidumbre.

Issei, más consciente que nunca de su responsabilidad, redobló sus esfuerzos por cuidar de ambas.

Sus muestras de afecto se volvieron más equilibradas, aunque su naturaleza pervertida asomaba a menudo, provocando sonrojos y risas.

Una tarde, mientras Issei entrenaba, Camila se acercó a Naira, quien estaba trazando líneas inútiles en un mapa en blanco.

—Naira…

—comenzó Camila, nerviosa—.

¿De verdad…

no te molesta?

Lo de Issei y yo.

Naira dejó el lápiz.

Miró a Camila, a su rostro joven lleno de ansiedad.

—Te mentiría si dijera que nunca siento un pellizco.

Pero molesta…

no.

Es complicado.

Lo amo, y él es…

así.

Verlo feliz, y verte feliz a ti…

eso al final importa más que mis pequeños celos.

Además —añadió con una sonrisa—, tener a alguien con quien compartir la exasperación de sus tonterías pervertidas es un alivio.

Camila sonrió, aliviada.

—Es…

increíblemente bueno.

Y fuerte.

Y tonto.

Pero cuando me mira, o cuando me corrige en el entrenamiento…

siento que puedo hacer cualquier cosa.

—Ese es su poder —asintió Naira—.

Hace que las personas a su lado quieran ser mejores.

A veces para impresionarlo, a veces para protegerlo.

Es agotador y maravilloso.

Fue un momento de hermandad, un puente sólido entre la princesa y la ex-marine.

Issei, al verlas hablar en voz baja, sonrió.

Su sueño del harén no era solo sobre romance o deseo; era sobre crear un vínculo así, un equipo unido por lazos más fuertes que la sangre.

El entrenamiento continuó.

Camila, motivada por su nueva relación y por el deseo de no ser una carga, se esforzaba al máximo.

Su Haki de Observación se afinaba notablemente; ya podía sentir cambios en la corriente marina o la aproximación de bancos de peces grandes.

El Haki de Armadura, sin embargo, seguía siendo esquivo.

Issei le recordaba la paciencia que él mismo necesitó.

“Dile que la fuerza de su voluntad debe nacer del deseo de proteger algo más que a sí misma”, sugirió Ddraig.

“Para ti, usuario, fue la promesa de venganza y luego la protección de la chica rubia.

Para ella, quizás sea algo similar.” Issei se lo transmitió.

Camila lo pensó, sus ojos verdes mirando fijamente el mar.

¿Qué quería proteger?

A Issei, por supuesto.

A Naira, que se había convertido en su amiga.

Y…

su propio lugar a su lado.

Quizás esa fuera la chispa.

El cuarto día de navegación errática, al amanecer, ocurrió el milagro.

Naira, que había dormido con el Log Pose en la muñeca, se despertó con una sensación diferente.

El cristal no se movía.

La aguja estaba quieta, temblorosa pero decidida, apuntando como una flecha hacia el noroeste.

Esperó, conteniendo la respiración.

Cinco minutos.

Diez.

Media hora.

La aguja se mantuvo firme, su pulso magnético constante y claro.

—¡Chicos!

—llamó, su voz cargada de una emoción tremenda—.

¡Se estabilizó!

¡Tenemos una dirección!

Issei y Camila acudieron corriendo.

Al ver la aguja quieta, una oleada de alivio tan profundo los inundó que casi se desmayan.

Rieron, se abrazaron, brindaron con agua fresca.

Habían sobrevivido a la incertidumbre.

El mar, o el destino, les había dado un respiro.

Pero con el alivio llegaba la pregunta: ¿a qué isla los llevaba ahora el Log Pose?

Naira consultó sus mapas, pero el noroeste desde su posición desconocida era territorio inexplorado para ellos.

La aventura continuaba, pero ahora con un rumbo.2 Mientras el Sueño Escarlata surcaba ahora con propósito las aguas hacia su nuevo destino, ese destino mismo era un hervidero de tensión reprimida.

La Isla Cimera, llamada así por sus dos picos montañosos gemelos que se alzaban como cuernos hacia el cielo, había sido durante generaciones un puerto libre, un lugar de intercambio neutral en los bordes del territorio conocido del Paraíso.

Su gente era dura, independiente, orgullosa de no doblegarse ni a piratas ni a la Marina por completo.

Hace décadas, este espíritu había llamado la atención del pirata más temido de su era: Rocks D.

Xebec.

Cimera, por su ubicación estratégica y la resistencia de su gente, había sido uno de los muchos territorios que Rocks reclamó bajo su bandera de caos absoluto.

No hubo una conquista sangrienta masiva; fue más una afirmación de dominio, una sombra que se cernía sobre la isla, con la tripulación monstruosa de Rocks actuando como recordatorio ocasional de a quién pertenecían.

Con la desaparición de Rocks en God Valley, la sombra se disipó, pero no el recuerdo.

Y la leyenda creció, alimentada por el hecho de que tres de los actuales Emperadores del Mar —Edward Newgate “Barbablanca”, Charlotte Linlin “Big Mom”, y Kaido— habían navegado bajo la bandera de Rocks.

Para los habitantes más viejos de Cimera, esos no eran monstruos distantes; eran los jóvenes impetuosos y aterradores que alguna vez habían caminado por sus muelles, bebido en sus tabernas y dejado una impresión indeleble de poder primitivo.

Cuando la Marina del Gobierno Mundial, en su expansión, decidió establecer una base permanente en Cimera para “proteger” las rutas comerciales y “disuadir” el regreso de influencias piratas antiguas, no fue bien recibido.

Pero la Marina era persistente.

Construyeron un fuerte modesto, impusieron impuestos, y comenzaron a patrullar.

La mayoría de los habitantes, pragmáticos, aprendieron a vivir con ello, manteniendo su neutralidad en un frágil equilibrio.

Ese equilibrio se hizo trizas seis meses atrás, con el ascenso de Capitán Kael.

Un marine de carrera, joven, ardiente y, lo más importante, entrenado personalmente por el Almirante Sakazuki “Akainu” durante una temporada en los Cuarteles Generales.

Kael no era un prodigio del Haki ni un genio táctico; era un fanático.

Había absorbido la filosofía de su mentor como una esponja: la Justicia Absoluta.

No hay grises.

Los piratas son maldad pura, y cualquier simpatía, conexión o tolerancia hacia ellos es complicidad y, por tanto, tan culpable como la maldad misma.

Para Kael, Cimera no era una isla a pacificar; era un nido de víboras potenciales, un lugar contaminado por su asociación pasada con Rocks y, por extensión, con los actuales Yonkou.

Bajo su mando, la pequeña base marina se transformó en un centro de interrogación y purga.

Los “cateos generales” no eran revisiones rutinarias.

Eran operaciones militares.

El día en que el Log Pose de Naira se estabilizó hacia Cimera, Kael estaba en el apogeo de su campaña.

Las calles del pueblo portuario, normalmente bulliciosas con comerciantes y marineros, estaban silenciosas, rotas solo por el ruido metálico de botas marchando y portones siendo derribados.

Marines con expresión dura, imbuidos del fervor de su capitán, registraban cada casa, cada almacén, cada taberna.

No buscaban armas o contrabando obvio; buscaban “pruebas de lealtad”: símbolos antiguos, cartas con sellos desconocidos, cualquier recuerdo de la era de Rocks.

Un anciano que guardaba un viejo pendiente con el símbolo de una bandera pirata olvidada (ni siquiera era la de Rocks) fue arrastrado a la calle y golpeado con la culata de un rifle por “glorificar el pasado pirata”.

Una tabernera cuyo hijo había zarpado hace años y del que no sabía si se había vuelto pirata o no, fue arrestada por “falla en el reporte de actividades sospechosas familiares”.

Un pescador que había reparado una red para un barco de aspecto sospechoso meses atrás fue acusado de “dar apoyo material a elementos hostiles”.

La justicia de Kael era rápida, brutal y arbitraria.

El más mínimo nivel de sospecha, a menudo basado en rumores o en la paranoia del propio marine, era suficiente para una condena.

Los interrogatorios no eran para descubrir la verdad; eran para extraer confesiones, por cualquier medio necesario.

Puños, porras, la amenaza constante de ser enviado a la temida prisión de Impel Down por “asociación con emperadores”.

Ya había una docena de civiles con huesos rotos, moretones y miradas vacías sentados esposados en la plaza central, bajo el sol inclemente, esperando ser transportados.

Kael observaba desde el balcón de la oficina de la comandancia, un edificio reforzado que antes era el ayuntamiento.

Era un hombre de estatura media, con el cabello corto y negro, y una cicatriz que le cruzaba la mejilla, regalo de un pirata que ahora estaba en el fondo del mar.

Sus ojos, del color del acero frío, escudriñaban las calles con satisfacción.

Esto era justicia.

Esto era purgar el mal de raíz.

Cada golpe, cada arresto, era un paso hacia un mundo más seguro, un mundo donde la sombra de Rocks y sus engendros monstruosos estaría completamente erradicada.

Sakazuki-sensei estaría orgulloso.

No veía el miedo en los ojos de los niños escondidos detrás de las ventanas.

No veía la desesperación silenciosa en los rostros de las esposas y madres.

Veía orden.

Veía obediencia.

Veía el triunfo de la ley sobre el caos pirata.

En el muelle, los pocos barcos mercantes que se atrevían a atracar lo hacían bajo la atenta mirada de cañones marinos.

La reputación de Cimera como puerto neutral estaba muerta.

Ahora era un puesto avanzado de la Justicia Absoluta, un ejemplo de lo que sucedía cuando la Marina decidía que un lugar estaba irremediablemente manchado.

Y era hacia este lugar, este caldero de paranoia y opresión disfrazada de justicia, hacia donde el Sueño Escarlata navegaba ahora, su pequeña silueta apareciendo como un punto en el horizonte noroeste.

Issei, Naira y Camila, aliviados por tener un rumbo claro, ignoraban por completo la tormenta de “justicia” que los esperaba en la costa.

Para ellos, era solo la siguiente isla, un lugar para reabastecerse, quizás para vender algunas de las armas del botín de Barco, y para que el Log Pose se recalibrara hacia su próximo destino.

Pero el Grand Line rara vez ofrecía descansos simples.

El capitán Kael, al ver acercarse un barco pequeño y desconocido sin bandera de la Marina, ya había dado la orden.

Dos lanchas cañoneras, tripuladas por marines ansiosos por demostrar su celo, se desprendieron del muelle, navegando para interceptar y realizar un “registro de entrada exhaustivo”.

Para Kael, cada barco nuevo era una potencial infección pirata, o un nido de simpatizantes.

Y su justicia no hacía distinciones basadas en el tamaño o el aspecto.

El sueño de Issei de un harén pacífico y una búsqueda de fragmentos para volver a casa estaba a punto de chocar, una vez más, con la cruda y brutal realidad del mundo que lo había acogido.

Una realidad donde la justicia, en manos de los fanáticos, podía ser tan monstruosa como la peor piratería.

Y la Bestia Escarlata, con sus dos novias a bordo, tendría que decidir una vez más de qué lado de esa línea borrosa se pondría.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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