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Issei en el grand line - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capitulo 17 Justicia Absoluta
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18: Capitulo 17: Justicia Absoluta 18: Capitulo 17: Justicia Absoluta El Sueño Escarlata cortaba las últimas millas de mar tranquilo hacia la Isla Cimera con una elegancia que era un contraste cruel con el nudo de aprensión que se había formado en el estómago de su tripulación.

A medida que se acercaban, los detalles de la costa se hicieron más claros, y con ellos, la realidad de lo que ocurría en el puerto.

No era el bullicio caótico y vital de Umbra, ni el silencio enfermizo de la isla de Mesmer.

Era algo distinto, más frío, más metálico.

El puerto estaba anormalmente ordenado.

Los barcos pesqueros, normalmente dispersos, estaban alineados con precisión militar en un extremo.

En el otro, un bergantín de guerra de la Marina, más grande y nuevo que el de Camila, ondeaba su bandera con arrogancia.

Pero lo que captaba la atención, lo que helaba la sangre, era la escena en el muelle principal.

Un grupo de civiles, quizás veinte o treinta, estaba arrodillado o sentado en la dura madera, esposados.

Hombres y mujeres, algunos ancianos, otros en la flor de la vida.

No gritaban, no suplicaban.

Mantenían la cabeza gacha, una resignación tan profunda que parecía haber borrado hasta la esperanza del desespero.

Rodeándolos, marines con uniformes impecables y rostros tallados en piedra sostenían rifles con bayonetas caladas.

El sol brillaba sobre el metal de las esposas y las hojas de las bayonetas, creando destellos cegadores y agresivos.

Y luego estaban los otros, los que se movían.

Equipos de dos o tres marines entraban y salían de las callejuelas del pueblo, a veces arrastrando a otra persona que protestaba débilmente o que yacía inerte.

El sonido que llegaba a través del agua no era el de un mercado ni de un puerto trabajando; era el golpeteo rítmico de botas sobre madera, órdenes cortadas como latigazos, y, ocasionalmente, el sonido sordo de un impacto, seguido de un gemido ahogado.

Naira fue la primera en reaccionar.

No con palabras, sino con un temblor.

Un temblor fino que comenzó en sus manos, que estaban aferradas a la borda con tanta fuerza que los nudillos parecían de porcelana.

Su respiración se volvió entrecortada, superficial.

Los ojos, normalmente tan claros y analíticos, se nublaron con un velo de pánico y recuerdo.

—No… —susurró, la voz tan débil que casi se la llevó la brisa—.

Otra vez… no otra vez.

Issei estaba a su lado en un instante.

La rodeó con un brazo, sintiendo cómo todo su cuerpo vibraba.

No necesitaba que ella explicara.

Vio la escena, y luego vio el horror reflejado en los ojos de su prometida.

Esto era un eco directo, una versión quizás más “ordenada” pero igual de brutal, de lo que había vivido en la Isla Ternura bajo el Comandante Bruto.

Los mismos uniformes, la misma autoridad implacable, los mismos civiles aplastados.

—Naira —dijo suavemente, su voz un ancla en su tormenta personal—.

Estoy aquí.

No es tu isla.

No es Bruto.

Pero las palabras, aunque ciertas, no podían borrar el trauma.

Naira sintió que el muelle se transformaba ante sus ojos.

Los marines se convertían en los hombres que habían arrebatado a sus padres, que habían saqueado su hogar.

El olor a sal y pescado se mezclaba con el recuerdo del humo y el miedo.

Se sintió pequeña, impotente, de nuevo la princesa atrapada, no la estratega valiente que había sobrevivido al Grand Line.

Camila observaba, primero la escena del puerto, luego a Naira.

Su corazón se encogió por su amiga, su hermana en este extraño viaje.

Pero también sintió una ola de vergüenza y furia propia.

Esos uniformes… eran sus antiguos uniformes.

Esa “justicia” desplegada con tanta violencia era una perversión de todo lo que ella, en su ingenuidad, había creído que representaba la Marina.

Vio la rigidez en la postura de los marines, la falta de compasión en sus ojos.

Era el mismo adoctrinamiento ciego que había llevado a su capitán a la muerte y a sus hombres a la carnicería.

Pero esto era peor.

Esto era sistemático, frío, calculado.

—Es la Justicia Absoluta —murmuró Camila, su voz cargada de amargura—.

La filosofía del Almirante Sakazuki.

No hay matices.

No hay inocencia hasta que se demuestre lo contrario.

Solo sospecha y purga.

—Miró a Issei—.

El capitán a cargo aquí… debe ser un discípulo.

Un fanático.

Issei asintió, su rostro serio.

Palideció, no por miedo, sino por una ira contenida que comenzaba a hervir en su interior.

Esto era injusticia pura.

Esto era maltrato a los débiles.

Y su naturaleza, forjada en el deseo de proteger y en el código de caballería pervertido que se había autoimpuesto, lo hervía por dentro.

No podía quedarse de brazos cruzados.

Pero también veía el estado de Naira.

La prioridad era ella.

Mientras tanto, a bordo del bergantín de la Marina, el HMS Convicción.

El Capitán Kael no estaba en el muelle.

Estaba en el puesto de vigía del mástil más alto de su barco, un catalejo de latón pegado a su ojo derecho.

Había visto el pequeño velero acercarse desde el horizonte hacía una hora.

No llevaba bandera pirata, ni bandera de la Marina.

Un barco neutral.

Un barco de cazarecompensas, probablemente.

Los informes que llegaban periódicamente a su Den Den Mushi de los altos mandos, resúmenes secos de actividades en el West Blue y el Paraíso, habían mencionado un nombre: Issei Hyoudou.

Un cazarecompensas emergente, efectivo, que había cobrado varias recompensas decentes.

Los informes lo describían como “humanitario”, “propenso a intervenir en favor de civiles”, un “héroe irregular”.

Para Kael, esas no eran virtudes.

Eran defectos peligrosos.

Eran debilidades.

Los cazarecompensas, en la filosofía de Kael y su mentor Akainu, eran alimañas oportunistas.

Jugaban a ambos lados, motivados por el dinero, no por la ley.

Eran cobardes que evitaban el compromiso verdadero con la justicia, escogiendo sus batallas por ganancia personal.

Y un cazarecompensas “humanitario” era el peor tipo: uno que podía ganarse el favor de las masas, creando desorden y desafiando la autoridad de la Marina con actos de pretendida bondad.

Era una amenaba a la estructura, al orden puro que Kael intentaba imponer.

Al ver el Sueño Escarlata, Kael no sintió curiosidad, sino alerta.

Un elemento desestabilizador entraba en su zona de control perfectamente purgada.

No podía arrestarlo sin motivo; incluso bajo su interpretación de la justicia, necesitaba una excusa.

Pero conocía el perfil.

Issei Hyoudou, el “héroe”.

Al ver a los civiles encadenados, a los marines ejerciendo su autoridad… reaccionaría.

Se mostraría.

Y entonces, Kael tendría su excusa: interferir con una operación de la Marina, obstruir la justicia, posiblemente cómplice de elementos simpatizantes de piratas.

Una sonrisa fría, tan breve como el aleteo de un insecto, tocó los labios de Kael.

Ordenó a sus subalternos que prepararan dos lanchas cañoneras para interceptar, pero las retuvo en el último momento.

Quería que el barco atracara.

Quería que vieran.

Quería tentar al destino.

De vuelta en el Sueño Escarlata.

Issei mantenía a Naira cerca, susurrándole palabras de calma.

—No tienes que bajar, Naira.

Quédate en el barco.

Camila y yo iremos a averiguar qué pasa.

Naira sacudió la cabeza con violencia, como despertando de un trance.

El miedo en sus ojos fue reemplazado, lentamente, por una chispa de la antigua determinación que Issei amaba.

—No —dijo, su voz aún temblorosa pero firme—.

No voy a esconderme.

No otra vez.

Bruto… ese marine en mi isla… me enseñó a temer este uniforme.

Pero tú me enseñaste a luchar.

Voy contigo.

Fue un momento de enorme crecimiento para Naira.

Estaba enfrentando su fantasma más profundo, no huyendo de él.

Issei sintió un estallido de orgullo tan intenso que casi lo ahogó.

Asintió, apretando su mano.

—Muy bien —dijo Camila, ajustando el cinturón donde llevaba sus tobikuchi—.

Pero estemos alerta.

Este tipo… si es un fanático de Sakazuki, no razonará.

Verá cualquier pregunta como un desafío.

Atracaron en un espacio libre del muelle, lejos de los civiles arrestados pero lo suficientemente cerca para que la atmósfera opresiva fuera palpable.

El aire olía a sal, a madera caliente, y a una tensión tan espesa que se podía cortar.

Mientras aseguraban las amarras, notaron que todas las miradas estaban sobre ellos.

Las de los marines, frías y evaluadoras.

Las de los civiles arrestados, apenas alzadas, con un destello de esperanza tan débil que era desgarrador.

Naira descendió primero, su paso firme a pesar del corazón que le martilleaba el pecho.

Llevaba su daga al cinto, y su postura era de princesa, erguida y digna, reclamando su lugar.

Issei la siguió, su presencia ancha y musculosa una barrera implícita entre ella y el mundo hostil.

Camila bajó la última, sus ojos barriendo el área con la precisión de una ex-marine, identificando rangos, posiciones de los cañones en el bergantín, puntos de entrada y salida.

No tuvieron que esperar mucho.

Un grupo de marines, liderados por un sargento con el rostro marcado por una cicatriz en la barbilla, se acercó.

—Documentación y propósito de la visita —dijo el sargento, su tono monocorde, sin ofrecer un saludo.

Issei, recordando su credencial de cazarecompensas, la sacó.

—Issei Hyoudou, cazarecompensas independiente.

Llegamos para reabastecernos y recalibrar nuestro Log Pose.

El sargento tomó la tarjeta de metal, la revisó con desdén y la devolvió.

—Queda prohibido merodear por las zonas de operación.

Pueden comprar provisiones en el almacén designado, al final del muelle este.

No se acerquen a los detenidos.

No interfieran con los procedimientos de la Marina.

—Su mirada se posó en Naira y Camila—.

¿Y ellas?

—Mi tripulación —dijo Issei, su tono se volvió un poco más cortante—.

Naira, mi navegante.

Camila, mi… asistente de combate.

El sargento asintió, sin interés.

Estaba siguiendo órdenes.

Pero antes de que pudieran moverse, una voz nueva, lisa y fría como el acero pulido, cortó el aire.

—Dejen que pasen, Sargento.

Todos giraron.

Por la pasarela del HMS Convicción descendía el Capitán Kael.

No era un hombre imponente físicamente; era de estatura media, delgado, pero cada movimiento suyo era económico, controlado, como el de un depredador que no necesita desperdiciar energía.

Llevaba la chaqueta de capitán abierta sobre un uniforme impecable, y la cicatriz en su mejilla parecía una segunda sonrisa siniestra.

Sus ojos, del color del cielo nublado justo antes de una tormenta, los escudriñaron uno por uno, deteniéndose en Issei con una intensidad calculada.

El sargento hizo una venia rígida y retrocedió.

Kael se acercó, sus botas resonando sobre la madera.

No ofreció su mano.

—Capitán Kael, a cargo de la guarnición de la Marina en Isla Cimera —se presentó, su voz carente de toda calidez—.

Hyoudou.

He oído su nombre.

Un cazarecompensas… exitoso.

—Intentamos hacer nuestro trabajo —respondió Issei, manteniendo el contacto visual.

Sentía la hostilidad como una radiación que emanaba del hombre.

—¿Y en qué consiste exactamente su trabajo?

—preguntó Kael, paseando su mirada sobre los civiles esposados—.

¿Cazar a los enemigos del Gobierno Mundial por dinero, o… jugar al héroe para las masas?

La pregunta era una trampa descarada.

Issei lo sabía.

—Cazo a criminales con recompensa.

Y ayudo a quienes lo necesitan cuando puedo.

No veo contradicción.

—La contradicción —dijo Kael, su voz bajando un tono, haciéndose más peligrosa—, es que la ley y el orden los impone la Marina.

La “ayuda” no solicitada, especialmente en una zona de operación delicada, puede interferir con la justicia.

Como ahora mismo.

—Hizo un gesto amplio hacia los detenidos—.

Estos individuos están bajo investigación por conexiones con organizaciones piratas de alto nivel.

Su mera presencia aquí, su… compasión mal dirigida, podría alentarlos a resistirse.

Naira, que había estado conteniendo la respiración, no pudo permanecer en silencio al oír la justificación.

—¿Conexiones?

¿Qué pruebas tienen?

¿Por qué están esposados y golpeados?

¡Algunos son ancianos!

Kael giró lentamente su cabeza hacia ella.

Sus ojos grises se posaron en su rostro, y por un instante, pareció reconocer algo.

Su mirada se volvió aún más fría, si eso era posible.

—La prueba es la historia de esta isla.

Fue un nido de la peor escoria pirata que ha navegado por estos mares.

La lealtad es una mancha que se transmite.

La investigación determina el grado de complicidad.

Y el uso de la fuerza —añadió, como si citara un manual—, está autorizado para suprimir cualquier resistencia a la autoridad y para extraer información vital que proteja la seguridad del Gobierno Mundial.

Era la retórica misma que Bruto había usado.

Palabras diferentes, mismo corazón podrido.

Naira sintió que la rabia vencía al miedo.

—Eso no es justicia.

Es tiranía.

Kael no se inmutó.

—La Justicia Absoluta no requiere la aprobación de los potencialmente culpables.

—Luego, volvió su atención a Issei—.

Veo que su tripulación tiene opiniones fuertes.

Peligrosas.

Mi consejo, cazarecompensas, es que tomen sus provisiones y partan de inmediato.

Esta isla no es lugar para turistas ni para… humanitarios.

Issei miró a los civiles, luego a Kael, luego a Naira, cuyo rostro era una máscara de dolor e indignación.

Sabía que si se iban, estarían abandonando a estas personas a su suerte.

Sabía que Kael lo provocaba para que hiciera algo estúpido.

Pero también sabía que no podía dar media vuelta.

—Nos quedaremos el tiempo necesario para que nuestro Log Pose se recalibre —dijo Issei, su voz firme—.

Y mientras estemos aquí, Capitan, espero que sus “procedimientos” cumplan con los estándares básicos de humanidad.

Incluso los sospechosos merecen un trato digno.

Fue un desafío directo, aunque envuelto en palabras razonables.

Kael lo entendió perfectamente.

Un músculo en su mandíbula se tensó.

—Los estándares los establece la Marina.

No los mercenarios.

—Hizo una pausa, y luego, como si se le ocurriera una idea, añadió—: Dicho eso, como representante de la ley aquí, debo asegurarme de que ustedes no constituyan una amenaza.

Dada la naturaleza delicada de nuestras operaciones, requeriré que entreguen sus armas durante su estancia.

Como medida de seguridad.

Era una jugada maestra.

Desarmarlos los dejaría completamente vulnerables.

Y si se negaban, Kael tendría su excusa para arrestarlos por desacato.

Camila, que había estado en silencio, estalló.

—¡Eso es una violación de los derechos de cualquier ciudadano o aliado independiente!

¡No hemos hecho nada!

—La seguridad de la operación es prioritaria —replicó Kael sin pestañear—.

Las armas, o serán considerados hostiles.

La tensión escaló a un nivel crítico.

Los marines del sargento tensaron sus rifles.

En el bergantín, Issei vio a varios artilleros junto a los cañones, no apuntándolos aún, pero listos.

Estaban rodeados.

Issei calculó rápidamente.

Podía pelear.

Podía derribar a estos marines, probablemente incluso al capitán.

Pero ¿luego qué?

Serían proscritos, atacados por toda la Marina.

Su sueño de recoger fragmentos y regresar a casa se desvanecería.

Y lo más importante, una pelea en el muelle probablemente resultaría en bajas civiles.

“Usuario, cuidado”, advirtió Ddraig.

“Este hombre es una serpiente de voluntad fría.

No lucha por honor, sino por purgar.

No desea un combate justo; desea una excusa para exterminar.

Si peleas aquí, matarás marines que solo siguen órdenes ciegas, y te convertirás en lo que él dice que eres.

A veces, la fuerza más grande es la que no se ejerce.” Issei respiró hondo.

Miró a Naira, buscando guía en sus ojos.

Ella, a pesar de su rabia, le dirigió una mirada lúcida, casi imperceptiblemente negativa.

No aquí.

No ahora.

Ella, la estratega, veía el tablero y era una trampa.

—No entregaremos nuestras armas —dijo Issei, finalmente, su voz calmada pero inflexible—.

Pero tampoco buscaremos problemas.

Nos limitaremos al almacén y a nuestra posada, si encontramos una.

No interferiremos.

Eso es lo máximo que puedo conceder, Capitán.

Fue un rechazo, pero uno pasivo.

Kael lo miró, evaluando.

No había obtenido su excusa limpia.

Pero había sembrado la semilla.

Sabía que Issei no se iría sin más.

Sabía que la vista de los abusos eventualmente haría saltar al “héroe”.

—Muy bien —concedió Kael, con un tono que dejaba claro que era una concesión temporal, no una aceptación—.

Pero recuerden: un solo paso en falso, un solo intento de contactar a los detenidos o de cuestionar públicamente la autoridad de la Marina, y serán tratados como cómplices de la sedición.

Los arrestaré a los tres.

—Su mirada se posó en Naira—.

A todos.

La amenaza era clara.

Con un último frío escrutinio, Kael dio media vuelta y regresó a su bergantín, dejando al sargento y sus hombres vigilándolos.

El grupo se quedó parado en el muelle, el peso de la opresión y la amenaza colgando sobre ellos como una losa.

Habían llegado buscando un puerto seguro y se habían encontrado con una prisión al aire libre gobernada por un carcelero fanático.

El camino por delante era un campo minado.

Pero Issei no estaba solo.

Tenía a sus dos novias a su lado: una, confrontando y superando sus fantasmas; la otra, ardiendo con la indignación de quien había vestido ese uniforme y lo veía mancillado.

Y en el bolsillo de Issei, el frío fragmento de peón de ébano parecía latir suavemente, un recordatorio de que su verdadera batalla era más grande, pero que no podía ignorar la injusticia frente a sus ojos.

El Sueño Escarlata estaba atracado, pero la verdadera tormenta apenas comenzaba a gestarse en Isla Cimera.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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