Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Issei en el grand line - Capítulo 19

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Issei en el grand line
  4. Capítulo 19 - 19 Capitulo 18 Tensiones
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

19: Capitulo 18: Tensiones 19: Capitulo 18: Tensiones El aire en el muelle de Isla Cimera permanecía cargado, pero ahora con un silencio distinto.

No era la quietud opresiva de la intervención activa, sino el eco tenso de una campana que ha dejado de sonar.

Los marines de Kael, como fantasmas eficientes en azul y blanco, habían replegado sus formaciones cerradas y se dedicaban ahora a patrullas más discretas, aunque no menos vigilantes.

La ciudad respiraba, pero con la cautela de un animal herido que sabe que el depredador aún ronda cerca.

Issei, Naira y Camila caminaban por el empedrado irregular de la calle principal, una ruta que Kael había “sugerido” para sus compras.

La apariencia era de una paz forzada.

Las tiendas estaban abiertas, pero los tenderos apenas hablaban, limitándose a transacciones rápidas y mudas bajo la mirada ocasional de un par de marines que pasaban con paso marcial.

No había risas de niños, ni regateos animados, ni el rumor relajado de un puerto vivo.

Era el simulacro de normalidad, un decorado puesto sobre el escenario del miedo.

El plan de Issei era simple, sólido y born from pragmatism: entrar, adquirir lo necesario (agua dulce, frutas que duraran, algún repuesto de vela y cordaje) y salir antes de que el volcán de tensión que era Kael decidiera entrar en erupción.

No buscaban problemas.

Habían visto suficiente injusticia en su viaje, y aunque la escena de los detenidos les revolvía las entrañas, la fría evaluación estratégica de Naira había prevalecido.

Kael, por brutal que fuera su metodología, parecía actuar dentro de un marco reconocible, siniestro pero predecible.

Sus soldados, aunque duros, no saqueaban por placer ni violaban abiertamente.

Su tiranía tenía el frío orden de una máquina, no el caos ardiente de la piratería descontrolada.

Y, para sorpresa de Issei, parecía que sus redadas, por arbitrarias que fueran en su origen paranoico, habían logrado identificar y aislar a algunos elementos genuinamente peligrosos.

En sus paseos forzados, habían visto miradas furtivas y llenas de odio detrás de algunas ventanas, hombres con cicatrices de navaja que evitaban el contacto visual con los marines pero cuyos ojos brillaban con una malicia que Issei reconocía de sus enfrentamientos con piratas de verdad.

No todos en Cimera eran santos, y la sombra de Rocks, aunque antigua, parecía haber dejado semillas de violencia y resentimiento que aún brotaban.

“Tal vez,” pensó Issei mientras cargaba un saco de harina sobre su hombro, “Kael tiene un punto, aunque lo haya llevado al extremo más estúpido y cruel.” La idea lo incomodaba.

No quería darle la razón al fanático de ojos fríos, pero no podía ignorar la evidencia de sus sentidos agudizados por el Haki.

La isla era un hervidero de tensiones antiguas, y la mano de hierro de Kael, por horrible que fuera para los inocentes atrapados en la red, estaba manteniendo a raya a las serpientes más venenosas.

Por ahora.

Naira caminaba a su lado, su expresión serena pero sus ojos escudriñando cada esquina, cada rostro.

Para ella, cada marine que veía era un recordatorio ambulante de Bruto.

Pero había una diferencia clave que su mente analítica no podía ignorar: el caos organizado.

Bruto era codicia y lujuria disfrazadas de autoridad.

Kael era ideología pura, una creencia distorsionada pero ferviente en su propio concepto de orden.

Era, en un sentido retorcido, más profesional.

Eso no lo hacía mejor, pero lo hacía más predecible, y por lo tanto, quizás, más fácil de evitar.

Su miedo inicial se había transformado en una cautela fría, en una evaluación de riesgos.

Mientras Kael no los viera como una amenaza a su sistema, podrían pasar desapercibidos.

Era un juego de sombras, y Naira, la princesa que había sobrevivido a la opresión, sabía jugarlo.

Camila era el enigma.

Caminaba un paso detrás, su mirada no se posaba en los civiles asustados ni en los marines patrullando, sino que seguía con una intensidad inquietante a los propios soldados.

No era una mirada de odio, ni siquiera de la indignación furiosa que había mostrado antes.

Era una observación clínica, casi de estudio.

Veía la forma en que un marine joven ajustaba su correa con nerviosismo, cómo un sargento veterano pasaba los ojos por los techos en busca de posibles francotiradores, la eficiencia brutal pero coordinada con la que registraban una casa.

Veía el adoctrinamiento en acción, la máquina de la Justicia Absoluta funcionando con aceite de miedo y disciplina.

En su mente, se libraba una batalla silenciosa.

Una parte de ella, la Camila idealista que se había unido a la Marina para proteger a los débiles, gritaba ante la injusticia, ante el abuso de poder sobre ancianos y familias atemorizadas.

Pero otra parte, la oficial entrenada, la que había aprendido tácticas, jerarquía y la dura realidad de que el orden a veces requiere medidas duras, observaba y…

entendía.

No aprobaba.

Jamás aprobaría la crueldad hacia los inocentes.

Pero comprendía el mecanismo.

Kael no era un sádico disfrutando del sufrimiento; era un cirujano que, convencido de que todo el cuerpo estaba infectado, no dudaba en cortar carne sana para alcanzar el tumor.

Su error era de diagnóstico, no de intención (al menos, eso parecía desde fuera).

Para Camila, que había visto la incompetencia y corrupción de su propio capitán llevar a sus hombres a una masacre, la eficacia disciplinada de los hombres de Kael tenía una extraña y amarga atracción.

Era una justicia pervertida, sí, pero al menos era una justicia que se aplicaba, con una convicción férrea que la cobardía de su antiguo superior nunca tuvo.

Su mirada se encontró con la de un marine de su edad que custodiaba una bocacalle.

El joven sostenía su rifle con rigidez, su rostro era una máscara de seriedad forzada.

Camila no vio a un monstruo; vio a un chico asustado tratando de parecer duro, tratando de cumplir con lo que le habían enseñado que era “lo correcto”.

Y en ese momento, su pensamiento cristalizó en una frase fría y clara que la estremeció: “No concuerdo con sus métodos, pero su justicia…

al menos es creíble.

No se doblega.

No negocia con el mal.

Es…

una atrocidad, pero una atrocidad con propósito.” Era un pensamiento peligroso, casi herético para su corazón de heroína en ciernes, pero surgía de la parte de ella que anhelaba un mundo donde la ley no fuera un chiste, donde los fuertes protegieran a los débiles sin vacilar, incluso si la protección era una prisión.

La compra de provisiones fue un trámite sombrío.

Pagaron precios inflados a tenderos que no osaban mirarlos a los ojos, recibiendo los suministros con manos que temblaban ligeramente.

Cada sonido de una bota contra el empedrado hacía que los habitantes se estremecieran.

Era como navegar a través de un paisaje de cristal, con el miedo constante de que algo se quebrara.

Cuando regresaron al muelle, cargados con sus sacos y barriles, la escena que encontraron hizo que el corazón de Issei diera un vuelco violento, seguido de una ola de ira fría y controlada.

En la cubierta del Sueño Escarlata, su hogar, su santuario en este mar loco, había marines.

No estaban saqueando.

No estaban rompiendo nada.

Estaban registrando.

Con una meticulosidad insultante, un pequeño grupo de tres hombres, supervisados por un subteniente con gafas, revisaban los barriles de almacenamiento, abrían los cofres (forzando las cerraduras simples con herramientas), y tomaban notas en una tablilla.

Habían bajado la bandera personal de Issei (un diseño simple que Naira había bordado: un dragón rojo enroscado alrededor de un timón) y la tenían enrollada en la cubierta como un trapo.

La violación era palpable.

Issei sintió que el Boosted Gear en su brazo pulsaba con calor, una respuesta instintiva a la amenaza contra su territorio.

Naira contuvo el aliento, su mano buscando instintivamente el brazo de Issei para calmarle, para recordarle la estrategia.

Camila se puso rígida, su anterior análisis filosófico desvaneciéndose ante la imagen tangible de la Marina invadiendo su espacio.

Issei apretó los puños hasta que le dolió.

Cada instinto, cada fibra de su ser draconiano, le gritaba que cargara, que arrojara por la borda a esos intrusos, que defendiera su nido.

Pero la voz de Ddraig, como un rugido ahogado, y la presión ansiosa de la mano de Naira, lo contuvieron.

“¡Usuario!

¡Calcula!

Es lo que quiere el gusano de arriba.

Una excusa.

¡No se la des en bandeja!” Kael.

Tenía que ser él.

Desde la cubierta del HMS Convicción, anclado a pocos metros, el capitán observaba la escena sin expresión, apoyado en la barandilla.

Era un espectador deliberado, esperando la reacción.

Issei respiró hondo, forzando la furia a convertirse en una calma gélida.

Dejó los sacos en el muelle con cuidado.

—Quédate aquí —le murmuró a Naira, y con pasos deliberadamente lentos, se acercó a la pasarela de su barco.

El subteniente con gafas lo vio llegar y dejó de escribir.

—Alto.

Inspección de seguridad ordenada por el Capitán Kael.

Permanezca en el muelle hasta que terminemos.

—Este es mi barco —dijo Issei, su voz baja pero cortante como el filo de un cuchillo—.

Ustedes están allanándolo sin mi permiso.

—En una zona de operación militar, la Marina tiene la autoridad para inspeccionar cualquier embarcación que considere una posible amenaza a la seguridad —recitó el subteniente, como si leyera un reglamento.

—¿Y mi barco es una amenaza?

—preguntó Issei, mirando directamente a Kael a través de la distancia.

El capitán no se inmutó.

—La procedencia del barco es cuestionable.

Los registros indican que el casco coincide con el de un velero pirata reportado activo en el West Blue hace meses, el Risueño Saqueador.

Explicaciones.

Ahí estaba.

La trampa se cerraba.

Kael había hecho su tarea.

Issei sintió un punto de admiración retorcido por la minuciosidad del hombre.

—Lo es —admitió Issei, sin negarlo—.

Lo tomé como trofeo después de derrotar a su tripulación.

La bandera pirata fue quemada.

El barco es mío ahora, por derecho de conquista.

Es una práctica común.

—”Derecho de conquista” —repitió Kael, hablando por primera vez, su voz llegando clara y fría desde su barco—.

Un término pirata, para justificar el robo.

La propiedad robada, incluso a criminales, debe ser confiscada y procesada por las autoridades correspondientes.

Usted se apropió de un bien que podría contener evidencia, o peor, artefactos peligrosos no desactivados.

Era una interpretación ridículamente legalista, pero técnicamente posible en el entramado de regulaciones marinas.

Kael estaba jugando con las reglas, torciéndolas a su favor.

—Revisen entonces —replicó Issei, abriendo los brazos en un gesto de falsa sumisión—.

Ya lo están haciendo.

Encuentren sus “artefactos peligrosos”.

Pero les advierto: si algo de mi propiedad personal desaparece, o sufre “daños durante la inspección”, consideraré que ha habido robo y vandalismo por parte de la Marina.

Y entonces, Capitán, tendremos un problema de otra naturaleza.

Fue un contraataque audaz.

Issei no estaba negando la inspección; estaba documentando tácitamente el abuso potencial, poniendo a Kael en la posición de tener que ser impecable.

El subteniente miró a Kael, buscando instrucciones.

El capitán, por primera vez, mostró una leve expresión: una ceja ligeramente enarcada, como si encontrara a Issei más interesante de lo previsto.

Asintió, un movimiento casi imperceptible.

La inspección continuó, pero ahora con una tensión diferente.

Los marines eran más cuidadosos, evitando romper cosas innecesariamente.

Revisaron la pequeña celda (vacía), los cañones (viejos e inoperantes sin la intervención de Ddraig), los barriles de comida y agua.

El subteniente encontró el cofre donde Issei guardaba el dinero.

Al abrirlo, los ojos se le abrieron un instante ante la considerable suma en billetes y monedas de oro.

—Una cantidad significativa para un simple cazarecompensas —comentó, mirando a Issei.

—Ganancias legítimas —dijo Issei, sacando de su bolsillo interno un fajo de papeles—.

Recibos de la Marina.

Vicealmirante Vance, West Blue.

Recompensas por Main, Numena, Barco…

y otros.

Todo documentado, todo transferido oficialmente.

Puede verificar los números con su Den Den Mushi si lo desea.

Era su as bajo la manga.

Issei y Naira habían sido meticulosos.

Cada recompensa cobrada venía con un comprobante de la Marina, un sello y una firma que lo legitimaba.

Era su escudo contra acusaciones de piratería o robo.

El subteniente tomó los recibos, los comparó con los números de serie anotados en su tablilla (Kael había verificado su historia, por supuesto), y no pudo encontrar discrepancias.

Fue un punto de quiebre.

La inspección, minuciosa y violatoria, no había encontrado nada ilegal.

No había armas prohibidas, no había símbolos piratas ocultos, no había evidencia de contrabando.

Solo un barco reparado, provisiones, dinero ganado honestamente (dentro del sistema que Kael decía representar) y las pertenencias personales de tres jóvenes.

Kael observó desde la distancia, su rostro de acero.

La frustración, un calor sordo y amargo, debió de arder en su interior.

Había movilizado sus recursos, había violado la privacidad de este cazarecompensas, y todo lo que había logrado era confirmar que el hombre era, en el papel, limpio.

Más que limpio, era un colaborador exitoso del sistema de recompensas.

Arrestarlo ahora sería un escándalo, un reconocimiento de que su “justicia” era tan arbitraria que incluso se volvía contra quienes cumplían las reglas.

Después de unos minutos eternos, el subteniente se acercó al borde de la cubierta.

—Inspección completada, Capitán.

No se han encontrado objetos o sustancias prohibidas.

La documentación del dinero parece estar en orden.

Las palabras cayeron como una sentencia para las esperanzas de Kael.

No hubo respuesta audible desde el bergantín.

Solo un gesto brusco de la mano.

El subteniente entendió.

—Recojan.

Desalojen la embarcación.

Los marines, con expresión algo avergonzada ahora, recolocaron las cosas lo mejor que pudieron, bajaron la pasarela y se reagruparon en el muelle.

No se disculparon.

Simplemente se fueron, fusionándose con las otras patrullas, dejando atrás el Sueño Escarlata violado pero intacto.

Kael, desde su barco, dirigió una última mirada a Issei.

No era de odio, ni siquiera de enemistad.

Era el frío reconocimiento de un obstáculo que, por el momento, no podía eliminar.

Un elemento desordenado que había logrado navegar las aguas turbias de su autoridad sin mancharse.

Luego, dio media vuelta y desapareció en la cubierta de su nave.

Issei soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Un sudor frío le recorrió la espalda.

Había sido una prueba de voluntades, y aunque no había habido golpes, se sentía tan agotador como una batalla.

Naira se acercó y subió a bordo con él, revisando rápidamente sus cosas con manos expertas.

Camila los siguió, su mirada aún fija en el bergantín de Kael, ahora con una expresión pensativa.

—No ha tocado el peón —susurró Naira, aliviada, tras asegurarse de que la pequeña bolsa de tela donde guardaban el fragmento de ébano seguía oculta y sin abrir.

—No buscaba eso —dijo Issei, frotándose el rostro—.

Buscaba cualquier excusa.

Y no la encontró.

Subieron los suministros, trabajando en silencio.

La urgencia por zarpar era ahora un latido constante en el ambiente.

Mientras Issei y Naira se ocupaban de las amarras y las velas, Camila se quedó un momento en la popa, mirando la isla que se alejaba.

Su pensamiento anterior regresó, pero ahora matizado por lo que acababan de vivir.

Kael era metódico, sí.

Tenía convicción.

Pero también era incapaz de reconocer cuando estaba equivocado.

Su justicia no tenía espacio para la piedad, para la duda, para la humanidad.

Había inspeccionado el barco no para proteger a nadie, sino para atrapar a Issei.

Su “propósito” estaba manchado por la paranoia y el deseo de control absoluto.

“Al menos es creíble,” había pensado antes.

Ahora, viendo la isla encogerse, añadió mentalmente: “Pero está podrida por dentro.

Una justicia que no puede tolerar la inocencia, ni siquiera la eficiencia honesta fuera de su control, no es justicia.

Es otra forma de tiranía.” Fue una lección amarga, pero crucial.

Su idealismo, ya golpeado, se había transformado en algo más duro, más realista.

Ya no anhelaba la Marina.

Anhelaba algo que aún no podía nombrar, algo que tal vez Issei, con su extraña mezcla de caos pervertido y corazón de oro, estaba construyendo sin saberlo.

El Sueño Escarlata cogió el viento, alejándose de los picos gemelos de Cimera.

El Log Pose en la muñeca de Naira, que había absorbido el nuevo magnetismo de la isla, apuntaba ahora con su aguja de cristal hacia el noreste.

No tenían mapas de esa área.

Los cartógrafos en los que confiaban no habían trazado esas aguas, o si lo habían hecho, esos mapas no estaban en su poder.

Por primera vez desde que dejaron el West Blue, se adentraban en territorio completamente desconocido, sin más guía que el lento pulso de una piedra mágica y la vasta, impredecible extensión del mar.

Issei, tomando el timón, sintió una familiar punzada de emoción aventurera, mezclada con el alivio de haber escapado de las garras de Kael sin un conflicto abierto.

Miró a Naira, que estudiaba el Log Pose con expresión concentrada, y a Camila, que finalmente apartó sus ojos de la isla y se dirigió a la proa, su silueta recortada contra el sol de la tarde.

—Bueno —dijo Issei, rompiendo el silencio—.

No fue el descanso más relajante, pero tenemos provisiones, el barco está en una pieza, y Kael se quedó con las ganas.

—Esbozó una sonrisa—.

¿A dónde nos lleva ahora nuestro guía de piedra, navegante?

Naira alzó la vista.

—A lo desconocido, Issei.

Directamente a lo desconocido.

No hay referencias.

Solo…

noreste.

—Entonces noreste es —afirmó Issei, ajustando el timón—.

Después de todo, la mejor manera de encontrar cosas nuevas es no saber dónde se está yendo.

Era una filosofía simple, típica de él.

Pero en ese momento, después de la opresión claustrofóbica de Cimera, la idea de un horizonte sin mapas, sin marines fanáticos, sin nada más que el viento y su voluntad, sonaba no a aterrador, sino a liberador.

El barco se adentró en un banco de bruma ligera que flotaba en el límite de las aguas de la isla.

Por un momento, el mundo se redujo a la madera del barco, al sonido de las olas y a la presencia de las dos mujeres a su lado.

El fragmento de peón en su camarote parecía latir suavemente, un recordatorio silencioso de un camino más grande y lejano.

Pero por ahora, el camino inmediato era el noreste, hacia lo invisible, hacia la siguiente página en blanco de su aventura en el Paraíso.

Con la sombra de Kael retrocediendo a sus espaldas y el vasto océano desplegándose ante ellos, la Bestia Escarlata y su peculiar harén navegaban una vez más, confiando en la suerte, en su fuerza y en los lazos que se fortalecían con cada ola superada.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo