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Issei en el grand line - Capítulo 2

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2: Capitulo 1: Evolucion 2: Capitulo 1: Evolucion Los primeros días tras la decisión de Issei de entrenar hasta sus límites se desarrollaron como una pesadilla recurrente de sudor, dolor y terror.

La isla, que desde la playa parecía un paraíso exótico, se reveló en su interior como una catedral verde y húmeda dedicada a la ley del más fuerte.

Ddraig, un instructor tan implacable como antiguo, no creía en la compasión.

Su filosofía era simple: la presión forja diamantes, o los rompe.

Y Issei, para bien o para mal, estaba siendo sometido a una presión colosal.

El Primer Mes: La Pesadilla Verde El entrenamiento comenzó al amanecer del primer día.

Ddraig no le permitió refugiarse en la relativa seguridad de la playa.

“Un guerrero no vive donde es cómodo, vive donde es desafiado”, había sentenciado el dragón.

Forzaron la entrada en la jungla, encontrando una pequeña caverna tras una cascada de agua fresca que sería su nuevo hogar.

Era húmeda, fría y estaba llena de insectos extraños, pero era defendible.

La rutina era brutal.

Antes del amanecer, Issei debía realizar mil flexiones, mil abdominales y mil sentadillas, seguidas de una carrera a través de la espesura, esquivando raíces traicioneras y pozos ocultos.

Al principio, sin el Boost, cada repetición era una agonía, cada carrera una batalla contra el agotamiento.

Ddraig le prohibió usar el Sacred Gear para el entrenamiento de base.

“Debes fortalecer el recipiente antes de llenarlo con un poder mayor”, era su mantra.

Pero el verdadero desafío no era el ejercicio; era la constante y omnipresente sensación de ser una presa.

La jungla bullía de vida, y gran parte de ella veía a Issei como el eslabón más débil.

Serpientes del grosor de su brazo con colmillos que goteaban un veneno necrótico se colgaban de las ramas, esperando que pasara desprevenido.

Enjambres de insectos carnívoros, del tamaño de un puño, emergían del suelo si pisaba el lugar equivocado.

Felinos de pelaje moteado y colmillos como sables lo acechaban desde la penumbra, sus ojos brillando como monedas doradas.

Cada error tenía un precio sangriento.

Una distracción al recoger fruta le valió una profunda herida en el hombro de las garras de un felino que no había detectado.

Un paso en falso durante la carrera lo llevó a pisar un nido de los insectos, que le dejaron picaduras supurantes en las piernas que le ardieron durante días.

Issei aprendió a dormir con un ojo abierto, a masticar su comida (frutas identificadas por ensayo y error y la carne cocida de sus cazas) con extrema cautela, y a escuchar cada crujido, cada susurro en el follaje.

La muerte era una sombra que lo seguía a todas partes.

No la muerte gloriosa de un héroe, sino la muerte absurda y brutal de un animal en la naturaleza.

Esa realidad le quitó cualquier rastro de la infantilidad que le quedaba.

Ya no era el chico que espiaba a las chicas en los baños; era una criatura acorralada luchando por ver otro amanecer.

El Segundo Mes: El Despertar del Instinto Fue en este caldo de cultivo de paranoia y agotamiento extremo que algo en el interior de Issei comenzó a cambiar.

La constante vigilancia, la necesidad primal de anticipar el peligro, empezó a agudizar sentidos que no sabía que poseía.

Comenzó a notarlo de forma sutil.

Sentía una comezón en la nuca segundos antes de que un depredador saltara desde un árbol.

Un escalofrío le recorría la espina dorsal cuando se acercaba a una zona donde una bestia estaba al acecho, incluso si no podía verla u olerla.

Al principio, lo descartó como su imaginación, como paranoia.

Pero los incidentes se acumularon.

Una tarde, mientras se acercaba a un arroyo para beber, una sensación de frío gélido, de hambre voraz, lo detuvo en seco.

No veía nada, no oía nada anormal.

Pero la sensación era tan clara como si alguien le hubiera susurrado “peligro” al oído.

Se agachó, tomó una piedra y la lanzó al otro lado del arroyo.

En ese instante, lo que parecía un tronco cubierto de lodo y algas en la orilla opuesta se transformó en un cocodrilo monstruoso que cerró sus fauces sobre el lugar donde su cabeza habría estado si hubiera seguido adelante.

Issei retrocedió, el corazón desbocado.

—¿Qué…

qué fue eso, Ddraig?

¿Lo viste?

“Lo percibí por el movimiento y el cambio en el flujo de aire un segundo antes de atacar.

Pero tú…

tú te detuviste mucho antes.” La voz del dragón sonaba intrigada.

“Describeme la sensación.” —Era…

como un frío.

Y podía sentir que estaba hambriento, que me veía como comida —explicó Issei, aún temblando.

Ddraig guardó silencio por un largo momento.

“Interesante.

No es una habilidad que yo posea.

Los Sacred Gears otorgan poder, pero no suelen agudizar los instintos primarios de esta manera.

Parece ser…

una evolución tuya.

Una respuesta adaptativa a este entorno hostil.

Un radar primitivo para detectar intenciones hostiles.” No tenía nombre, pero era real.

Issei comenzó a confiar en ese “sexto sentido”.

Lo practicó, enfocándose en él durante sus incursiones.

Aprendió a diferenciar las “firmas” de las criaturas.

La curiosidad de un herbívoro se sentía como un cosquilleo leve.

El hambre de un depredador era una punzada gélida y agresiva.

No podía sentir criaturas neutrales o pasivas, solo aquellas cuya atención se centraba en él, para bien o para mal.

Era una habilidad imperfecta, pero era suya, y le dio una ventaja que ni siquiera Ddraig podía proporcionarle.

El Tercer Mes: El Ascenso del Depredador Para el tercer mes, el cuerpo de Issei era irreconocible.

La grasa infantil había sido reemplazada por músculo puro, tallado por el ejercicio constante y una dieta de proteína magra.

Sus brazos, espalda y piernas estaban marcados con una definición que habría sido la envidia de cualquier atleta de élite.

Su rostro había perdido la redondez juvenil, mostrando una mandíbula fuerte y unos ojos que, aunque aún brillaban con su perversidad característica, ahora tenían la profundidad y la cautela de un cazador.

Su fuerza base era, en una palabra, monstruosa.

Podía arrancar árboles pequeños de raíz, levantar rocas que pesaban media tonelada y su velocidad en carrera dejaba atrás a la mayoría de los felinos que una vez lo acechaban.

Ahora, cuando se topaba con una bestia hostil, ya no era una lucha por la supervivencia; era un enfrentamiento entre iguales.

Y a menudo, Issei salía victorioso sin necesidad del Boost.

Los papeles comenzaban a invertirse.

Donde antes los depredadores lo veían como comida, ahora empezaban a verlo como una amenaza.

Algunos de los carnívoros menores huían al sentir su presencia, reconociendo instintivamente al nuevo alfa en su territorio.

Issei, por su parte, empezó a cazar de forma activa, eligiendo sus presas para probar su fuerza.

Su objetivo era claro: la bestia reptiliana que casi lo mata el primer día.

El primer enfrentamiento consciente con su viejo némesis fue un choque de titanes.

Issei lo encontró bebiendo en un riachuelo.

Esta vez, no hubo pánico.

Solo una fría determinación.

La batalla fue feroz.

La bestia era más dura, más experimentada.

Pero Issei era más listo, más ágil, y tenía su “radar”.

Esquivó sus embestidas con movimientos calculados, golpeando en sus puntos débiles: las patas ya curadas, los ojos, el vientre blando.

No usó el Boost hasta el final, para asestar un golpe definitivo que rompió una de las protuberancias óseas de su lomo.

La bestia, herida y reconociendo la derrota, huyó con un gruñido de rabia y frustración.

Issei no la persiguió.

Sabía que la próxima vez sería diferente.

El Cuarto al Quinto Mes: La Cima de la Cadena El punto de inflexión definitivo llegó unas semanas más tarde.

Issei estaba cazando un ciervo de tres colas cuando su “radar” de intenciones se encendió con una señal de peligro agudo y traicionero.

Se detuvo, escaneando la jungla.

No veía nada.

La sensación de hambre y emboscada era abrumadora, pero la fuente era invisible.

Recordó al cocodrilo del fango, pero esta vez la criatura era mucho más sigilosa.

Era un depredador especializado, una criatura con la piel que cambiaba de color y textura para mimetizarse perfectamente con el entorno.

Issei giró sobre sí mismo, intentando localizarla.

La sintió moverse, un cambio sutil en la “temperatura” de su sentido, pero no podía fijar su posición.

Sabía que lo estaba rodeando, buscando el momento perfecto para atacar.

Se hizo el distraído, agachándose como si estuviera examinando una huella.

Por dentro, toda su atención estaba puesta en ese frío gélido que representaba a la criatura.

La sintió detenerse, la intención hostil se intensificó hasta volverse casi un grito en su mente.

¡Ahí!

No la veía, pero sabía exactamente dónde estaba, a tres metros a su izquierda, preparándose para saltar.

En el instante en que la criatura se tensó para el ataque final, Issei actuó.

En lugar de esquivar, se lanzó hacia la sensación, su puño ya en movimiento.

“[Boost]!”, gritó, un único y económico uso de su poder.

Su puño conectó con algo invisible pero sólido.

Se oyó un crujido de huesos y un chillido de agonía y sorpresa absoluta.

La ilusión de camuflaje se desvaneció, revelando a una criatura felina y serpentina, con ojos grandes y una mandíbula desencajada por el golpe.

Cayó al suelo, retorciéndose.

Issei no vaciló.

El cazador se había convertido en cazado gracias a su instinto desarrollado.

Esa noche, asó la carne de la criatura.

Fue un punto de inflexión psicológico.

Ya no era solo un superviviente, ni siquiera un depredador más.

Había derrotado a uno de los cazadores más elusivos y peligrosos de la isla.

A partir de ese momento, su dominio fue indiscutible.

Para el quinto mes, podía caminar por la jungla sin ser molestado.

Las bestias lo evitaban.

Había desafiado y derrotado a su viejo enemigo reptiliano usando solo un Boost inicial para ganar ventaja.

La isla era suya.

Se había coronado, sin ceremonia alguna, como el Rey indiscutible de aquel pedazo de tierra.

El Sexto Mes: Un Rey con un Sueño, Atrapado Issei, a sus dieciséis años, era ahora la encarnación física del poder juvenil.

Su cuerpo era una obra maestra de músculos entrelazados y tendones como acero.

Podía realizar series de veinte Boosts sin apenas sentir fatiga, y su límite se extendía hasta casi treinta antes de que el agotamiento lo derribara.

Su “radar de intenciones” era ahora una extensión natural de su percepción, tan vital como la vista o el oído.

Pero dentro de ese cuerpo de guerrero, la mente seguía siendo, alegre e incansablemente, la de Issei Hyoudou.

Sus conversaciones con Ddraig a menudo derivaban en sus planes para el harem.

—Imagínate, Ddraig —decía mientras afilaba una lanza de hueso—, las mujeres de este mundo deben ser exóticas.

¡Con pechos tan grandes como sandías!

¡Princesas guerreras, piratas voluptuosas, hechiceras maduras!

¡Mi harem será legendario!

Ddraig, que había pasado de la exasperación a una resignación casi afectuosa, respondía con su habitual sequedad.

“Tu capacidad para mantener esa única thought a través del hambre, el dolor y el peligro de muerte es, lo admito, impresionante.

Casi tan impresionante como tu progreso físico.” Y era cierto.

Esa obsesión, por ridícula que pareciera, era el combustible que había mantenido a Issei en marcha.

Ver su cuerpo transformarse, sentir su poder crecer, lo llenaba de una certeza absoluta: cada músculo ganado, cada Boost dominado, era un paso más cerca de su sueño.

Una noche, sentado en la entrada de su caverna, mirando las estrellas que no reconocía, Ddraig rompió el silencio.

“Issei, este lugar ya no tiene nada más para ofrecerte.

Te has convertido en el depredador supremo.

Tu cuerpo ha alcanzado un plateau con los recursos disponibles.

Si deseas seguir creciendo, si alguna vez quieres encontrar una manera de regresar o simplemente…

explorar las posibilidades de este mundo para tu…

proyecto personal, debemos irnos.” La words electrizaron a Issei.

¡Por fin!

Salir de la isla.

Ver civilización.

¡Conocer mujeres!

Se puso de pie de un salto, la emoción iluminando su rostro.

—¡Tienes razón!

¡Es hora de que el futuro Rey del Harem haga su debut en este mundo!

—gritó, bombeando un puño al aire.

—¡Construiremos un barco y navegaremos hacia la aventura!

El entusiasmo se mantuvo durante todo el día siguiente, mientras planeaban.

Reunirían troncos ligeros pero resistentes.

Tejerían lianas fuertes para amarrarlos.

Usarían grandes hojas como velas…

pero entonces, llegó la cruda realidad.

Issei se paró frente a un montón de troncos que había talado, con unas lianas en la mano, y se quedó completamente quieto.

Ddraig guardaba un silencio elocuente.

—Oye, Ddraig…

—preguntó Issei, con un tono de voz que delataba una preocupación creciente—.

¿Tú…

sabes cómo se construye un barco?

“Yo soy el Dragón Emperador Rojo, la encarnación de la Supremacía del Poder.

Mis conocimientos se centran en el combate, la energía y la destrucción de ejércitos.

La carpintería naval…

no está entre mis áreas de experiencia.” —Yo…

tampoco —admitió Issei, desinflándose.

—En la clase de manualidades hice un portalápices.

Y se cayó a pedazos.

Se sentaron en la playa, mirando el vasto océano.

Tenían la madera.

Tenían las “cuerdas”.

Tenían la voluntad.

Pero carecían del conocimiento más crucial.

Issei podía dominar bestias aterradoras, pero la simple y humilde tarea de unir troncos para que flotaran y fueran estables se le escapaba por completo.

Intentaron un diseño básico, una simple balsa.

La ataron con mucho esfuerzo y la empujaron al agua.

Flotó…

por unos minutos.

Luego, las olas más grandes comenzaron a soltar las amarras y la estructura se desarmó perezosamente, esparciendo los troncos en la orilla.

La frustración se apoderó de Issei.

Había sobrevivido a seis meses de infierno verde, había ascendido a la cima de la cadena alimenticia, solo para ser derrotado por un problema de ingeniería básica.

—¡Esto es ridículo!

—gritó, pateando la arena.

—¿De qué sirve tener todo este poder si no puedo ni salir de esta maldita isla?

“La fuerza bruta no lo es todo, usuario”, reflexionó Ddraig.

“A veces, el ingenio, o simplemente la suerte, son igual de importantes.

Tal vez…

la respuesta no sea construir, sino encontrar.” —¿Encontrar?

¿Encontrar qué?

“Algo, o alguien, que ya tenga un barco.” La idea se instaló en la mente de Issei.

No estaban completamente solos en el mundo.

El océano era vasto, y tarde o temprano, alguien tendría que pasar cerca.

Un barco mercante.

Un barco pesquero.

O, considerando la naturaleza de este mundo según los pocos indicios que tenían…

un barco pirata.

Una sonrisa lenta se extendió en el rostro de Issei.

Si no podían construir un barco, entonces tendrían que “convencer” a alguien de que les diera un paseo.

Y para eso, su nuevo poder y su inquebrantable determinación podrían ser justo lo que necesitaban.

El Rey del Harem aún no había hecho su jugada, pero su mirada, fija en el horizonte, prometía que cuando lo hiciera, el mundo de One Piece no estaría preparado para la llegada de la Bestia Escarlata.

La derrota ante la simple física de la flotación sumió a Issei en un estado de frustración profunda durante varios días.

Ver su poderosa y esculpida figura, capaz de derribar bestias monstruosas, siendo burlada por un montón de troncos desobedientes, era un golpe para su ego.

Pero, como había aprendido en la jungla, el derrotismo no llenaba el estómago ni acercaba a las mujeres.

Así que, con un gruñido de determinación, se levantó de la arena y decidió abordar el problema como lo había hecho con todo en la isla: a base de prueba, error y terquedad.

La Academia Naval de la Fuerza Bruta El “astillero” de Issei se estableció en la playa, una zona ahora llena de troncos cortados, montones de lianas y un surtido de hojas palmadas gigantes y cortezas flexibles.

Su primer diseño, una simple plataforma de troncos atados de cualquier manera, fue un fracaso espectacular.

Se desintegró al contacto con la primera ola un poco más fuerte, dejándolo empapado y con un par de troncos golpeándole dolorosamente las espinillas.

Ddraig, desde su brazalete, observaba.

“La distribución del peso es caótica.

La tensión de las amarras es irregular.

Es un milagro que siquiera flotara.” —¡No necesito una crítica, necesito ayuda!

—refunfuñó Issei, escupiendo agua salada.

“Mi ayuda termina donde comienza la carpintería.

Observa cómo la naturaleza resuelve estos problemas.

Mira esos troncos que el mar arrastra a la orilla.

¿Ves cómo se entrelazan?

La estabilidad viene de la estructura, no solo de la fuerza.” Fue un consejo vago, pero para Issei, fue una chispa.

En lugar de apilar los troncos, comenzó a experimentar con estructuras.

Intentó un diseño en forma de “V”, pensando que cortaría las olas.

El resultado fue que la balsa se partió en dos por la mitad.

Probó con un diseño con un “fondo” más ancho y lados más altos, usando troncos más delgados y flexibles para crear una especie de borda.

Esta vez, la estructura aguantó un poco más, pero era tan pesada y poco maniobrable que se hundía como una piedra con el peso de Issei.

Cada fracaso era una lección.

Aprendió que no todas las lianas servían; algunas se pudrían rápidamente con el agua salada.

Descubrió que ciertos tipos de savia de árbol funcionaban como un pegamento natural resistente al agua cuando se secaban.

Aprendió a tallar muescas en los troncos para que encajaran mejor, distribuyendo la tensión.

Su “radar de intenciones” no servía para esto, pero su creciente inteligencia espacial y su memoria muscular, afinadas por meses de supervivencia, sí.

Después de docenas de intentos, de quemaduras con savia hirviendo, de cortes con las herramientas de piedra que se había fabricado y de incontables baños no deseados, llegó el día del décimoquinto prototipo.

Era una balsa tosca, sin ninguna gracia.

Medía unos cuatro metros de largo por tres de ancho.

Los troncos, ahora debidamente muescados y unidos con una combinación de lianas especialmente resistentes y “pegamento” de savia, formaban una plataforma sorprendentemente estable.

Había añadido un mástil central, una vela confeccionada con hojas gigantescas cosidas con fibras vegetales y hasta un pequeño remo-timón en la popa, tallado laboriosamente.

Con el corazón latiéndole con fuerza, Issei la empujó al agua.

La balsa se meció, recibió el impacto de una pequeña ola…

y se mantuvo firme.

No se hundió.

No se desarmó.

Flotaba.

Issei, conteniendo la respiración, se subió a ella con cautela.

La estructura crujió de forma alarmante, pero aguantó su peso.

Remó un poco hacia aguas más profundas.

La vela, aunque poco eficiente, captó algo de brisa.

—¡Lo logré!

—gritó, una sonrisa de triunfo puro iluminando su rostro—.

¡Ddraig, lo logré!

¡Tengo un barco!

“Es una balsa precaria que probablemente no sobreviva una tormenta, pero sí, flota.

Es un logro…

aceptable.” El elogio de Ddraig, aunque enmarcado en su pesimismo habitual, sonó genuino.

Issei había vencido un desafío que ni el poder del Dragón Emperador Rojo podía resolver por la fuerza.

Zarpando Hacia lo Desconocido Los siguientes días los dedicó a los preparativos.

Cazó y ahumó una buena cantidad de carne de las bestias que una vez lo habían amenazado.

Recolectó frutas que sabía que eran seguras y que durarían.

Llenó grandes cáscaras de coco con agua fresca.

No sabía cuánto tiempo estaría en el mar, pero estaba decidido a no morir de hambre o sed.

Finalmente, en un amanecer despejado con el viento soplando favorablemente hacia el mar abierto, Issei cargó sus provisiones en la balsa.

Se detuvo un momento, mirando hacia la jungla que había sido su hogar, su infierno y su reino.

Una punzada de nostalgia lo atravesó.

Allí había sufrido, había llorado, había sangrado, pero también había crecido, se había forjado.

Le debía su vida y su nuevo cuerpo a esa isla.

Con un último suspiro, se volvió y empujó la balsa hacia las olas más profundas.

—¡Hacia el harem!

—gritó, izando la tosca vela y dejando que el viento lo llevara.

Los primeros días de navegación fueron una mezcla de monotonía y terror.

La vastedad del océano era abrumadora.

Solo cielo y agua en todas direcciones.

Su “radar” era inútil aquí; no había intenciones hostiles que detectar, solo la indiferencia primordial del mar.

Las noches eran lo peor: una oscuridad absoluta, rota solo por las estrellas alienígenas y el brillo fosforescente de algún animal marino, sintiéndose increíblemente pequeño y vulnerable sobre su frágil embarcación de madera.

Mantenía la moral aferrándose a su sueño.

Fantaseaba con llegar a una isla llena de mujeres hermosas que lo recibirían como a un héroe, impresionadas por su musculatura y su poder.

Esa thought lo mantenía remando cuando el viento amainaba, y lo mantenía alerta.

El Encuentro: Cazador Convertido en Presa Fue al quinto día cuando su “radar” se activó de nuevo.

No era la sensación gélida de una bestia, sino algo diferente, más complejo.

Eran varias presencias, un grupo.

Y la intención que emanaban no era hambre, era…

avaricia.

Y violencia.

—Ddraig, ¿sientes eso?

—susurró, poniéndose en guardia.

“Humanos.

Varios.

Y su atención está en nosotros.

En ti.” Poco después, un punto apareció en el horizonte, creciendo rápidamente.

Era un barco, mucho más grande que su balsa.

Era un cascarón viejo y sucio, con una vela parchada y un aire general de dejadez y sordidez.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Issei pudo ver la bandera que ondeaba en el mástil: una calavera sonriente sobre dos huesos cruzados, pero de un diseño burdo y amateur.

Piratas.

Una mezcla de emoción y aprensión lo invadió.

¡Eran humanos!

¡Civilización!

Pero la sensación que recibía de ellos era pura maldad.

El barco se acercó, rodeando su balsa con una superioridad burlona.

Desde la cubierta, lo observaban una docena de hombres de aspecto tan ruin como su embarcación.

Vestían harapos, estaban sucios y llevaban una variedad de armas: cuchillos, machetes oxidados y un par de pistolas antiguas.

—¡Mira lo que pescamos, muchachos!

—gritó uno, presumiblemente el capitán, un hombre obeso con un parche en el ojo y un garfio en lugar de una mano—.

¡Un mocoso naufrago en una bañera!

¡Y mira ese cuerpo!

¡Debe tener buena carne!

Los demás piratas rieron con estruendo.

Issei se sintió paralizado.

No era el miedo a la bestia, era un miedo social, el miedo al rechazo y la crueldad humana que conocía muy bien de Kuoh, pero multiplicado por mil.

Estos hombres no lo ignorarían o le pondrían un apodo; lo matarían sin pensarlo dos veces.

—S-solo estoy de paso —logró decir Issei, tratando de mantener la calma—.

No busco problemas.

—¡Pues los problemas te encontraron a ti, niño!

—rugió el capitán—.

¡Subidlo!

¡Su balsa será leña para el fogón y él nos dará de comer por una semana!

Lanzaron ganchos con cuerdas que se engancharon en los troncos de la balsa.

Issei, con el corazón en un puño, se dejó tirar de ellos hacia el barco pirata.

Sabía que era una trampa, pero también era su única oportunidad de dejar la balsa.

Al pisar la cubierta, sintió la madera mugrienta bajo sus pies.

Lo rodearon, sonriendo con malicia, oliendo a sudor, alcohol podrido y violencia.

La Batalla en la Cubierta: La Inocencia Perdida El primer pirata, un tipo alto y desdentado, se abalanzó sobre él con un cuchillo.

“¡Para el cocinero!”, gritó.

El instinto de Issei, entrenado para esquivar garras y colmillos, fue más lento de lo habitual.

Estaba desorientado.

¿Debía golpear para matar?

¿Eran estos humanos como las bestias?

Dudó.

Esa duda le costó caro.

El cuchillo le rozó el brazo, cortando su piel y dibujando una línea de sangre.

El dolor fue agudo y familiar, pero la fuente era nueva.

El pirata rió, creyendo que era una presa fácil.

Esa risa, cargada de crueldad, rompió el hechizo en la mente de Issei.

Estos no eran compañeros de clase que lo molestaban.

No eran bestias que seguían su instinto.

Eran alimañas con forma humana que disfrutaban del sufrimiento ajeno.

Y en ese momento, su “radar” explotó con la fría y clara intención de asesinato de todos los que lo rodeaban.

Algo en su interior cambió.

La mirada en sus ojos se endureció, perdiendo el último vestigio de la “Bestia Pervertida” de Kuoh.

Ahora era solo la Bestia.

—No…

—murmuró, y luego gritó—: ¡No toquéis al futuro Rey del Harem!

“[Boost!]” El poder estalló en él.

El primer pirata, sorprendido por el resplandor verde y el cambio repentino en la actitud de Issei, no tuvo tiempo de reaccionar.

El puño de Issei, que había destrozado cráneos de bestias, se estrelló contra su rostro.

El sonido fue nauseabundo, un crujido húmedo de huesos.

El hombre salió despedido hacia atrás, impactando contra el mástil y desplomándose, inconsciente.

El silencio se adueñó de la cubierta por un segundo.

Luego, todos cargaron a la vez.

La pelea fue caótica.

Issei se movía con la agilidad de un felino, esquivando machetes y golpes.

Su fuerza era abrumadora.

Bloqueaba los machetes con sus antebrazos, sintiendo el metal chocar contra su piel endurecida como si golpeara acero, y contraatacaba con golpes que rompían costillas y brazos.

Pero eran muchos, y se coordinaban.

Uno lo distraía por delante mientras otro intentaba apuñalarlo por la espalda.

Su “radar” era crucial.

Sentía la intención traicionera del que se acercaba por detrás y giraba a tiempo para atrapar su brazo y lanzarlo por la borda.

Otro disparó su pistola.

Issei, sintiendo el peligro un instante antes de que apretara el gatillo, se movió, y la bala solo le rozó el costado.

El dolor era agudo, pero no era nada comparado con las heridas de las bestias.

Era una lucha diferente.

Más sucia, más impredecible.

Los humanos usaban la cobardía y el engaño como armas.

Issei tuvo que adaptar su estilo de lucha de la jungla, que era directo y brutal, a uno más táctico, priorizando desarmar y incapacitar.

No quería matar, pero la línea era delgada.

Un golpe muy fuerte podía ser fatal.

Finalmente, solo quedó el capitán, blandiendo su garfio con mano temblorosa.

—¡Eres un monstruo!

—chilló, cargando contra Issei.

Issei esquivó el torpe embate y, con un movimiento rápido, agarró el brazo del garfio y lo retorció, haciendo que el capitán gritara de dolor y se soltara el arma.

Luego, lo levantó por el cuello con una mano.

—Tu barco —dijo Issei, con una voz que no reconocía como suya, fría y cargada de poder—.

Ahora es mío.

Sin esperar respuesta, lo lanzó por la borda, hacia las aguas infestadas de tiburones que seguían al barco.

Los demás piratas heridos o conscientes, al ver a su capitán desaparecer, suplicaron piedad.

Issei, con el estómago revuelto pero con la determinación de hierro, los fue lanzando uno a uno al mar.

No los mataría directamente, pero el océano y sus depredadores se encargarían del resto.

Era la ley de este mundo, y él acababa de aprenderla en carne propia.

Un Nuevo Amanecer, un Nuevo Barco Cuando el último pirata desapareció en las aguas, Issei se dejó caer en la cubierta, jadeando.

La adrenalina se desvaneció, dejándolo exhausto y manchado de sangre ajena.

Miró a su alrededor.

El barco era un desastre, pero era sólido.

Tenía una pequeña cabina que haría las veces de su cuarto, un almacén con barriles de agua y algo de comida en mejor estado que la suya, y un timón de verdad.

Se levantó y, con un gesto decidido, arrancó la bandera pirata del mástil y la arrojó al mar.

No era un pirata.

Él era…

un aventurero.

Un futuro Rey del Harem en busca de su reino.

Con su nueva embarcación, mucho más marítima que su balsa, Issei ajustó el timón y la vela hacia un rumbo aleatorio.

La balsa, su primer gran creación, la amarró a popa, como un recordatorio de sus humildes comienzos.

Miró al horizonte, donde el sol comenzaba a ascender.

El miedo y la repulsión de la batalla aún lo recorrían, pero por encima de eso, una nueva confianza ardía en su pecho.

Había sobrevivido a su primer encuentro con la humanidad de este mundo y había salido victorioso.

Había reclamado su primer botín.

—¿Ves, Ddraig?

—dijo, en voz baja—.

El camino al harem está lleno de obstáculos, pero yo los superaré a todos.

“Tu adaptación fue…

aceptable.

Aunque tu moralidad se está volviendo tan flexible como la de los habitantes de este lugar.” —Ellos se lo buscaron —replicó Issei, con una sonrisa que ya no era del todo inocente—.

Y si tengo que volverme un poco más duro para proteger a mis futuras mujeres, lo haré.

Cuidado, mundo.

Issei Hyoudou acaba de llegar de verdad.

Y con el viento hinchando la vela de su nuevo barco, la Bestia Escarlata navegó hacia lo desconocido, listo para escribir su propia leyenda en el Grand Line.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias y para generar imagenes de tus personajes favoritos, ayudame a llegar a mas gente.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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