Issei en el grand line - Capítulo 22
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22: Capitulo 21: Secuestro 22: Capitulo 21: Secuestro El sol brillaba con una calidez benevolente sobre la isla que el Log Pose de Naira había señalado como su próximo destino.
No era una isla que apareciera en los mapas más famosos, ni tenía nombre en las rutas comerciales principales.
Los lugareños la llamaban simplemente “Isla del Medio”, por su ubicación geográfica en el corazón del Paraíso, pero sin la pompa de los nombres oficiales.
Era un lugar de transición, un suspiro en medio de la locura del Grand Line.
Mientras el Sueño Escarlata se acercaba a la costa, Issei observaba el perfil de la isla con curiosidad.
No había imponentes acantilados ni vegetación exótica.
Solo una línea costera suave, playas de arena blanca y, más allá, colinas verdes y suaves que sugerían una existencia tranquila.
El puerto era pequeño pero funcional, con unos pocos muelles de madera donde descansaban barcos pesqueros y alguna que otra embarcación mercante modesta.
No había banderas piratas a la vista, ni tampoco la imponente presencia de un buque de guerra de la Marina.
Era, en esencia, un remanso de paz en medio del tumulto oceánico.
—Parece un lugar agradable —comentó Camila, apoyada en la borda, su cabello pelirrojo bailando con la brisa marina—.
Tranquilo.
—Demasiado tranquilo, quizás —respondió Naira, su mente analítica siempre buscando ángulos—.
Pero a veces la tranquilidad es solo eso.
No todo tiene que ser una trampa.
Issei sonrió, agradecido por ese momento de paz anticipada.
Después del ataque de los agentes de Baroque Works y la tensión de los días anteriores, una isla sin pretensiones era exactamente lo que necesitaban.
—Bien.
Entonces plan sencillo: atracamos, nos dividimos para cubrir más terreno, compramos lo que necesitamos y nos reunimos en el barco en un par de horas.
Sin aventuras, sin meter las narices donde no nos llaman.
¿De acuerdo?
—De acuerdo —asintieron ambas al unísono.
Atracaron sin problemas.
Un hombre mayor, el encargado del muelle, les cobró una tarifa simbólica por el amarre y les deseó una buena estancia con una sonrisa desdentada pero amable.
No pidió documentos, no hizo preguntas.
Era refrescante.
Antes de separarse, se dieron un rápido abrazo grupal, un ritual que se había vuelto automático.
Issei sintió el calor de sus dos novias contra su pecho y, por un momento, el mundo fue perfecto.
—Nos vemos en dos horas —dijo Naira, ajustándose la pequeña bolsa donde llevaba el dinero—.
No te entretengas mirando escaparates de ropa interior, pervertido.
—¡No prometo nada!
—respondió Issei con una sonrisa pícara, ganándose un codazo de Camila y una risa de Naira.
Se separaron.
Issei se dirigió hacia el centro del pueblo, donde había visto letreros de tiendas de artículos generales.
Su lista era la más aburrida pero esencial: jabón, champú, papel, pastas dentales, y algunos repuestos para el equipo de cocina.
Cosas mundanas que hacían la vida a bordo más llevadera.
Naira, con su don para la organización, se encargó de la parte más compleja: ropa (necesitaban mudas nuevas, especialmente después de los últimos combates), comida fresca que durara varios días, y lo más importante, información.
Siempre buscaba información.
Con su habilidad para conectar con las personas, se dirigió al mercado central, un lugar bullicioso pero sin el caos de los puertos más grandes.
Camila, por su parte, tenía una misión personal.
Después de su combate contra la agente de Baroque Works, había notado que su tobikuchi, la espada que la había acompañado desde sus días en la Academia, presentaba astillas en el filo.
No era culpa de la espada; el combate había sido intenso, y el acero, aunque decente, no era de la mejor calidad.
Necesitaba un reemplazo, o al menos una mejora.
Sabía que las pistolas estaban estrictamente reguladas por el Gobierno Mundial en la mayoría de las islas, pero las espadas eran diferentes.
Cualquiera podía comprar una, siempre que tuviera el dinero.
Su objetivo era encontrar una armería o un herrero local.
Issei: Compras y Normalidad El centro del pueblo era exactamente lo que Issei esperaba de una isla tranquila.
Calles de tierra apisonada, tiendas de fachadas coloridas pero modestas, y personas que caminaban sin prisa, saludándose con familiaridad.
No había miradas furtivas, ni la tensión opresiva de Cimera.
Era…
normal.
Y después de todo lo vivido, lo normal era un lujo.
Encontró una tienda general sin problemas.
El dueño, un hombre regordete de sonrisa fácil, lo atendió con amabilidad.
Issei compró todo lo de su lista y, de paso, añadió un par de cosas extra: un peine nuevo para Naira (el suyo se había roto), y un pequeño espejo de mano para Camila (recordaba que ella había mencionado que el suyo se empañaba constantemente).
Pequeños detalles que esperaba las hicieran sonreír.
—¿Viajero?
—preguntó el tendero mientras envolvía las compras.
—Sí, cazarecompensas —respondió Issei sin rodeos.
No había razón para ocultarlo.
El hombre asintió con respeto.
—Aquí llegan de todo.
Cazarecompensas, mercenarios, marines de paso…
incluso algún que otro pirata de bajo perfil que solo busca descansar.
Es una isla neutral.
Mientras no causen problemas, todos son bienvenidos.
—Suena a un buen lugar para vivir.
—Lo es.
No tenemos riquezas que codiciar, ni posición estratégica que defender.
El Gobierno Mundial nos deja en paz, los piratas nos ignoran.
Es lo más cerca de la felicidad que se puede estar en este mundo.
Issei pagó, agradeció y salió con sus bolsas.
Todo iba según lo planeado.
Decidió dirigirse ya al punto de encuentro, un pequeño parque cerca del puerto que habían acordado.
Llegó unos minutos antes de lo pactado y se sentó en un banco, disfrutando del sol y de la tranquilidad.
Camila: La Búsqueda de una Nueva Espada La armería no era difícil de encontrar.
Estaba en una calle lateral, con un cartel de madera que mostraba una espada y un martillo cruzados.
Al entrar, el olor a metal y aceite la envolvió, un aroma familiar de sus días de entrenamiento.
El armero era un hombre mayor, de brazos musculosos y manos callosas, con el pelo cano y una barba descuidada.
La miró con curiosidad profesional.
—¿Buscas algo en particular, jovencita?
—Una espada nueva —respondió Camila, desenfundando su tobikuchi y mostrándole las astillas en el filo—.
Esta ya no da para más.
El armero tomó la espada, la sopesó, pasó un dedo por el filo astillado.
—Buena calidad media, pero sí, está llegando al final.
Demasiados combates, demasiada tensión.
¿Qué presupuesto manejas?
—Lo suficiente para una mejora sustancial.
No necesito una espada maldita ni una leyenda, pero sí algo que aguante el ritmo del Grand Line.
El hombre asintió, comprensivo.
La llevó a una sección de la tienda donde varias espadas descansaban en soportes de madera.
Camila las examinó con ojo crítico, sopesando cada una, probando el equilibrio.
Finalmente, una le llamó la atención.
Era una espada recta, de hoja ligeramente más larga que su tobikuchi, con una empuñadura envuelta en cuero negro y una guarda simple pero elegante.
Al sostenerla, sintió que el peso se distribuía perfectamente.
—Esta —dijo, con una sonrisa de satisfacción—.
¿Qué puede decirme de ella?
—Buena elección —aprobó el armero—.
Acero de alta calidad, forjado por un herrero de un reino del West Blue que se especializa en armas de combate cuerpo a cuerpo.
No tiene nombre propio, pero te servirá bien.
Llamémosla…
“Filo Errante”, si quieres ponerle nombre.
—Filo Errante —repitió Camila, saboreando las palabras—.
Me gusta.
Pagó sin regatear.
El precio era justo, y la espada valía cada berry.
Salió de la tienda con una nueva arma en la cintura y una renovada confianza en su paso.
Ahora, al punto de encuentro.
Naira: Información y el Secuestro El mercado era un hervidero de actividad tranquila.
Naira se movía entre los puestos con la gracia de quien ha nacido para desenvolverse en cualquier entorno.
Compró frutas frescas, verduras de hoja verde, panes recién horneados y algunos cortes de carne salada que durarían días.
Luego, buscó un puesto de ropa y adquirió varias mudas para los tres: camisas ligeras, pantalones resistentes, y para ella, unos vestidos sencillos pero elegantes que la harían sentir como una princesa aunque estuviera en medio del océano.
Pero su objetivo principal era la información.
Encontró una tienda de ultramarinos regentada por una mujer mayor, de esas que parecen saber todo lo que ocurre en la isla.
Mientras pagaba, entabló conversación.
—Hermosa isla la suya —comentó Naira con una sonrisa amable—.
Muy tranquila.
—Así es, querida —respondió la mujer, devolviéndole la sonrisa—.
Aquí no tenemos los problemas de otros lugares.
Los marines pasan de vez en cuando, los mercenarios también, pero nadie causa problemas.
Es lo bueno de no tener nada valioso.
—¿Y sabe qué tan lejos estamos de lugares más…
movidos?
—preguntó Naira con tacto—.
Es mi primera vez en el Grand Line y todo es tan nuevo.
La mujer rió suavemente.
—Ay, querida, el Grand Line es enorme.
Ustedes están ahora en la primera mitad, lo que llaman el Paraíso.
Pero no se confíe por el nombre.
Hay peligros aquí también.
Si siguen su Log Pose, tarde o temprano llegarán al Archipiélago Sabaody.
Ese es el límite antes del Nuevo Mundo.
—¿Sabaody?
—Naira fingió desconocimiento—.
¿Está lejos?
—Depende de su ruta.
El Log Pose los llevará por islas específicas.
Podrían ser cuatro, podrían ser siete, o más.
Depende de los mares y de los vientos.
Lo único seguro es que llegarán allí eventualmente, si sobreviven al viaje.
—La mujer hizo una pausa, su mirada volviéndose más seria—.
Y allí es donde muchos se estrellan.
Pirates, marines, mercenarios…
Sabaody es la puerta al Nuevo Mundo, pero también el cementerio de sueños.
Naira asintió, agradeciendo la información.
Pagó y guardó sus compras en varias bolsas.
Salió de la tienda con la mente llena de datos.
Cuatro a siete islas más antes de Sabaody.
Era un margen amplio, pero al menos tenían una referencia.
Debía compartirlo con Issei y Camila.
Caminaba de regreso hacia el punto de encuentro, sus bolsas colgando de sus brazos, cuando una sombra se movió demasiado rápido a su izquierda.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano áspera le cubrió la boca y un brazo de acero la inmovilizó por la cintura, levantándola del suelo.
Las bolsas cayeron, esparciendo su contenido por el suelo.
Intentó forcejear, gritar, pero el agarre era de hierro.
Una voz masculina, fría y burlona, susurró cerca de su oído: —Tranquila, princesita.
No te haremos daño…
si tu novio coopera.
La arrastraron a un callejón oscuro.
Naira alcanzó a ver un destello de un rostro: un hombre de cabello oscuro, complexión atlética, y una cicatriz sobre la ceja.
Mr.
7.
Detrás de él, apenas visible en las sombras, la silueta de una mujer de belleza gélida, Miss Father’s Day, que la observaba con ojos de depredador.
El pánico la invadió, pero su mente, entrenada por meses de peligros, no se congeló.
Analizó, observó, memorizó.
El hombre era fuerte, claramente el líder.
La mujer, la francotiradora, probablemente.
Estaban organizados, profesionales.
Y venían por ellos.
—Llevadla al lugar acordado —ordenó Mr.
7—.
Yo me encargaré del recibimiento.
Naira fue arrastrada más adentro del callejón, sus esperanzas de escape disminuyendo con cada paso.
Solo le quedaba confiar en Issei.
En que la encontraría.
En que, como siempre, la Bestia Escarlata rugiría.
El Encuentro que Nunca Llegó Issei esperó en el banco del parque.
Diez minutos.
Quince.
Veinte.
Naira no llegaba.
Camila apareció puntual, con una nueva espada en la cintura y una sonrisa de satisfacción.
—¿Naira?
—preguntó, al ver la expresión de Issei.
—No ha llegado —respondió él, levantándose, una creciente inquietud en su pecho—.
Algo no va bien.
Fueron al mercado.
Preguntaron en los puestos.
Una tendera recordó a la joven rubia que había comprado frutas.
Otra, la de ropa.
Finalmente, llegaron a la tienda de la mujer mayor.
Al verlos, su rostro se ensombreció.
—La joven rubia, sí.
Salió de aquí hace un rato.
Iba hacia el parque.
Pero…
—dudó—, luego escuché ruidos en el callejón de al lado.
No le di importancia, pero…
Issei no esperó más.
Salió corriendo hacia el callejón.
Allí, esparcidas por el suelo, estaban las bolsas de Naira, su contenido pisoteado y roto.
Frutas aplastadas, ropa manchada de tierra.
Su corazón dio un vuelco.
—¡NAIRA!
—gritó, su voz resonando en el estrecho pasaje.
Solo el eco le respondió.
Camila se unió a él, su rostro pálido pero sus ojos verdes ardiendo con una furia fría.
—Baroque Works —dijo, su voz apenas un susurro—.
Tienen que ser ellos.
Nos siguieron.
Issei apretó los puños.
La Boosted Gear en su brazo pulsaba con calor, un reflejo de su ira interna.
“Cálmate, usuario.
La ira nubla el juicio.
Respira.
Piensa.” La voz de Ddraig era un ancla en su tormenta.
—Tienes razón —murmuró, forzándose a respirar hondo—.
Busquemos pistas.
Algo.
Camila ya estaba en acción, examinando el suelo con ojo de ex-marine.
—Huellas.
Dos pares de botas, más un tercer par arrastrando.
Hombres y una mujer.
Fueron hacia el este.
Salieron del callejón, siguiendo el rastro.
El pueblo, antes pacífico, ahora parecía un laberinto hostil.
Las calles se vaciaban a su paso, los lugareños intuyendo el peligro en sus rostros.
No había tiempo para sutilezas.
Fue entonces cuando lo vieron.
En la plaza central, justo donde confluían varias calles, una figura solitaria esperaba.
Mr.
7, con su pose arrogante y una sonrisa de suficiencia en el rostro.
Y en su mano, sosteniendo una espada cuyo filo descansaba contra el cuello de Naira.
Ella estaba arrodillada en el suelo, atada de manos y pies, con una mordaza en la boca y lágrimas de frustración en los ojos.
—¡NAIRA!
—El grito de Issei fue un rugido de dragón herido.
Dio un paso adelante, pero Mr.
7 presionó ligeramente la espada, dibujando una fina línea roja en la piel de Naira.
—Un paso más, y la próxima vez no será un rasguño —dijo Mr.
7, su voz calmada y burlona—.
Me alegra que hayas llegado, Hyoudou.
Ahorraremos tiempo.
Camila, a un lado de Issei, escaneaba frenéticamente los alrededores.
Su entrenamiento le gritaba que esto era una trampa con múltiples capas.
Mr.
7 era el cebo, el que se mostraba.
Pero ¿dónde estaba el otro?
Miss Father’s Day, la francotiradora.
Tenía que estar en algún lugar elevado, con un rifle apuntando.
—¿Qué quieres?
—la voz de Issei era baja, peligrosa, apenas controlada.
—Lo que quiero es simple —respondió Mr.
7, su sonrisa ensanchándose—.
Tú.
Te entregas, y la chica vive.
Te resistes, y…
bueno, ya has visto el resultado de las malas decisiones.
—¿Y si acepto?
¿Qué garantías tengo de que la dejarás ir?
—Ninguna —rio Mr.
7—.
Pero es la única opción que tienes.
Así que, ¿qué decides, héroe?
Issei fingió dudar, su mirada bajando al suelo en un gesto de derrota.
Pero en su mente, el reloj de la batalla ya había comenzado a correr.
“Ddraig.
Necesito Boost.
Tres, al menos.
Pero tengo que ganar tiempo sin que lo note.” “Entendido, usuario.
Iniciando secuencia.
Primer Boost en…
ahora.” Issei sintió el familiar calor expandirse por su cuerpo.
Un aumento sutil, apenas perceptible desde fuera.
Levantó las manos en un gesto de rendición.
—Está bien —dijo, su voz cargada de una falsa resignación—.
Tienes lo que quieres.
Suéltala.
Mr.
7 se mostró complacido, pero no bajó la guardia.
—Sabia decisión.
Pero primero, acerca-te.
Despacio.
Y recuerda, mi compañera te tiene en su mira.
Cualquier movimiento raro, y la chica recibe un tiro en la cabeza.
Issei comenzó a caminar hacia él, paso a paso, sus manos siempre visibles.
En su mente, el segundo Boost sonó como un tambor lejano.
“Segundo Boost.
Diez segundos.” Camila, a su espalda, entendió el plan sin necesidad de palabras.
Issei necesitaba tiempo.
Y ella podía darle tiempo de otra manera.
Mientras Mr.
7 se concentraba en Issei, ella comenzó a retroceder lentamente, deslizándose entre las sombras de los edificios.
Su Haki de Observación, aún verde pero presente, se extendió buscando una presencia hostil, una intención asesina fija.
Y la encontró.
En el techo de un edificio de tres plantas, al este de la plaza.
Una figura agazapada, el cañón de un rifle asomando entre las tejas.
Miss Father’s Day.
Camila no dudó.
Comenzó a moverse en esa dirección, usando callejones, esquinas, cualquier cobertura disponible.
No podía permitirse el lujo de ser vista.
Cada segundo contaba.
En la plaza, Issei seguía acercándose a Mr.
7.
El tercer Boost sonó en su mente.
“Tercer Boost.
Potencia acumulada.
Veinte segundos restantes de ventana óptima.” —Ya casi —dijo Mr.
7, su sonrisa volviéndose más depredadora—.
Una vez que tengas las esposas, esto terminará rápido.
No sufras.
Issei no respondió.
Siguió avanzando, sus ojos fijos en Naira.
La vio a ella, su mirada llena de terror y esperanza al mismo tiempo.
La vio intentar moverse, inútilmente.
Y vio, también, la línea roja en su cuello, la prueba de que este hombre no dudaría.
La ira, fría y calculadora, se solidificó en su pecho.
Pero la mantuvo contenida.
Esperaría.
Esperaría la señal.
Y entonces, ocurrió.
¡BANG!
El disparo retumbó en la plaza, un trueno seco que hizo que todos se sobresaltaran.
Mr.
7 dio un salto hacia atrás, su mirada volándose hacia el edificio donde su compañera estaba apostada.
Por un instante, su atención se desvió de Issei y Naira.
Fue solo un segundo, pero fue suficiente.
En ese segundo, Issei dejó de ser el hombre derrotado que avanzaba lentamente.
Se convirtió en un destello escarlata.
Desapareció del campo visual de Mr.
7.
El agente de Baroque Works sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal, y su entrenamiento le gritó que algo iba terriblemente mal.
Giró la cabeza de vuelta, buscando a su prisionero, pero Issei ya no estaba donde había estado.
Estaba frente a él.
El puño de Issei, cubierto por el negro mate del Haki de Armadura y potenciado por tres Boosts acumulados, se estrelló contra el rostro de Mr.
7 con una fuerza que pareció detener el tiempo.
El impacto no fue solo físico; fue una transferencia de voluntad pura, de toda la furia contenida por el secuestro de Naira, por la amenaza a su familia.
¡CRASH!
El sonido fue horrible.
Un crujido de huesos, un chasquido de cartílago, un impacto sordo de carne contra puño de acero viviente.
Mr.
7 no tuvo tiempo de gritar.
Su cabeza se giró violentamente hacia la izquierda, y una explosión de rojo salió de su ojo, nariz y boca.
Salió volando varios metros por los aires, su cuerpo girando sin control, antes de aterrizar contra la fachada de un edificio con un golpe que dejó una grieta en la piedra.
Cayó al suelo, un montón de ropa y huesos rotos, su rostro irreconocible: la cuenca del ojo izquierdo era un pozo de sangre, la mandíbula colgaba en un ángulo imposible, y la cicatriz que lo caracterizaba había desaparecido bajo una máscara de carne amoratada e hinchada.
Issei se quedó un momento, su puño aún extendido, su respiración pesada pero controlada.
La satisfacción de ver caer a ese desgraciado era…
profunda.
No se sintió mal por la brutalidad.
Este hombre había amenazado a Naira.
Merecía mucho más.
“Bien ejecutado, usuario.
Pero no bajes la guardia.
La otra aún está ahí.” El Tejado: Cat Fight En el tejado del edificio, la situación era igual de intensa pero de naturaleza muy diferente.
Miss Father’s Day había apretado el gatillo en el momento en que vio a Camila aproximarse.
Su disparo, destinado a la cabeza de Camila, falló por centímetros cuando la ex-marine, con un reflejo nacido del entrenamiento y el instinto, se lanzó a un lado.
La bala pasó silbando, levantando una nube de polvo.
Pero el disparo fue también una señal.
Camila ya no necesitaba ocultarse.
Se puso de pie de un salto y corrió hacia la base del edificio.
No había tiempo para sutilezas.
Escaló por una tubería, saltó a un balcón, y en segundos estaba en el tejado, frente a frente con Miss Father’s Day.
La francotiradora, al verse descubierta, abandonó su rifle y desenfundó un par de dagas curvas.
Su rostro, de una belleza gélida, se torció en una mueca de furia.
—Zorra insolente —siseó—.
Pagarás por arruinar mi tiro.
—Tú pagarás por secuestrar a mi amiga —respondió Camila, desenfundando su nueva espada, Filo Errante.
El combate que siguió no fue un duelo de espadas elegante.
Fue una pelea callejera, visceral y brutal, digna de dos mujeres que se odiaban con una intensidad que trascendía la misión.
No hubo florituras, ni posturas perfectas.
Hubo forcejeos, arañazos, golpes con la empuñadura, patadas bajas y cabezazos.
Miss Father’s Day era rápida y escurridiza.
Sus dagas bailaban en un intento de acuchillar a Camila en los costados, en los brazos, en el rostro.
Camila, con su nueva espada, bloqueaba y respondía, pero la cercanía del combate hacía que la espada fuera un estorbo.
En un momento de forcejeo, ambas cayeron al suelo, enredadas, y las armas salieron volando.
Entonces, fue una lucha cuerpo a cuerpo.
Miss Father’s Day agarró a Camila del cabello, tirando con fuerza.
Camila gritó de dolor, pero respondió clavando sus uñas en el rostro de su oponente, dejando surcos rojos en su mejilla.
La otra aulló y le propinó un rodillazo en el estómago que la hizo doblarse.
Pero Camila, con una determinación feroz, se aferró a su ropa y la derribó de nuevo.
Rodaron por el tejado, una maraña de brazos y piernas, golpeándose, arañándose, tirándose del pelo.
Miss Father’s Day intentó estrangularla, pero Camila le mordió la mano, ganando un momento para liberarse.
Se pusieron de pie tambaleándose, jadeando, sus ropas rasgadas, sus rostros marcados por la batalla.
—Eres más dura de lo que pareces —admitió Miss Father’s Day, escupiendo sangre.
—Y tú eres más fea de lo que imaginaba —respondió Camila, y se lanzó de nuevo.
Esta vez, su entrenamiento con Issei marcó la diferencia.
En lugar de forcejear, utilizó su peso y su impulso para lanzar un golpe directo, certero, a la mandíbula de Miss Father’s Day.
La cabeza de la francotiradora se giró, y Camila siguió con un rodillazo al estómago, luego un codo a la clavícula, y finalmente, cuando su oponente se dobló, un puñetazo ascendente que la levantó del suelo y la estrelló contra el borde del tejado.
Miss Father’s Day quedó inconsciente, su cuerpo inerte colgando peligrosamente del borde.
Su rostro era un mapa de moretones y arañazos, su cabello, antes perfectamente peinado, era una maraña sucia.
De su nariz y labio partido brotaba sangre.
Camila se quedó de pie, jadeando, sus manos temblorosas.
Miró a su oponente, luego sus propias manos.
Estaban sucias de sangre, la suya y la de la otra.
Sentía el dolor en cada músculo, pero también una satisfacción profunda.
Lo había logrado.
Sin espada, sin ayuda, había derrotado a una agente de Baroque Works.
El grito distante de Issei, y el sonido del impacto de Mr.
7 contra el edificio, le confirmaron que la batalla había terminado en ambos frentes.
El Reencuentro y la Liberación Issei, después de asegurarse de que Mr.
7 no se movería en horas (o días), corrió hacia Naira.
La desató con manos temblorosas, quitándole la mordaza y cortando las cuerdas.
Ella se aferró a él, llorando silenciosamente, su cuerpo sacudido por sollozos de alivio y terror.
—Lo siento, lo siento, lo siento —murmuró una y otra vez contra su pecho—.
Fue mi culpa, me dejé atrapar, soy una inútil…
—Cállate —dijo Issei con firmeza, pero con una dulzura infinita, abrazándola con fuerza—.
No fue tu culpa.
Nunca es tu culpa.
Eres lo más importante para mí.
No te atrevas a decir que eres inútil.
Naira levantó la vista, sus ojos azules inundados de lágrimas.
—Pero…
—Pero nada —la interrumpió él, besando su frente, luego sus ojos húmedos, luego sus labios—.
Te amo.
Y siempre te encontraré.
Pase lo que pase.
Siempre.
Ella se derrumbó en sus brazos, llorando, pero esta vez eran lágrimas de gratitud, de amor, de saber que no estaba sola.
Camila bajó del edificio, cojeando ligeramente, su rostro y brazos marcados por la pelea.
Al verlos abrazados, una sonrisa cansada pero genuina iluminó su rostro.
Se acercó y se unió al abrazo, rodeando a ambos con sus brazos.
—Lo hicimos —dijo, su voz ronca—.
Juntos.
—Juntos —repitió Issei, apretando a sus dos novias contra sí.
El momento fue interrumpido por un gemido desde el suelo.
Mr.
7 se movía débilmente, un espasmo involuntario de su cuerpo destrozado.
Issei lo miró, y cualquier atisbo de compasión se desvaneció.
Miró a Camila, que asintió con la misma frialdad.
Ataron a los dos agentes inconscientes con cuerdas gruesas, los esposaron con kairoseki (por si acaso) y los llevaron a un pequeño bote que encontraron en el puerto.
No era un bote cualquiera; era el que ellos mismos habían usado para llegar a la isla, ahora vacío.
Los colocaron dentro, atados e inconscientes.
Issei, con una expresión de satisfacción sombría, empujó el bote mar adentro.
Luego, con un corte preciso, hundió el pequeño recipiente, asegurándose de que se hundiera lentamente, pero lo suficientemente rápido como para que, cuando despertaran, estuvieran a merced del mar y de lo que habitaba en él.
—Que los Reyes Marinos decidan su destino —murmuró Camila, sin un ápice de remordimiento.
—Han firmado su sentencia al tocar a Naira —dijo Issei, su voz fría.
Naira, aún temblorosa pero más serena, los miró a ambos.
—Gracias.
Por venir por mí.
Por…
ser ustedes.
—Siempre, Naira —dijo Camila, tomando su mano—.
Siempre.
Reflexiones a Bordo Horas después, ya de vuelta en el Sueño Escarlata y alejándose de la Isla del Medio, los tres estaban en cubierta.
Las heridas de Camila habían sido curadas con el botiquín, y las de Naira eran solo emocionales, aunque profundas.
Issei estaba al timón, su mirada perdida en el horizonte, pero su mente procesando lo ocurrido.
—Ha sido un aviso —dijo finalmente—.
Baroque Works no se detendrá.
Si estos dos no reportan, enviarán a otros.
Y cada vez serán más fuertes.
—Lo sé —respondió Camila, acariciando su nueva espada—.
Pero también somos más fuertes que ayer.
Naira, recuperando su papel de estratega, añadió: —Necesitamos estar más preparados.
No podemos permitir que nos separen así.
Y…
—dudó—, quizás necesitamos más ayuda.
Issei la miró.
—¿Más ayuda?
—Más personas en el barco —explicó Naira—.
Más combatientes.
Camila y tú son increíbles, pero si nos dividen o nos superan en número, estamos en desventaja.
Necesitamos…
un equipo más grande.
Issei pensó en sus palabras.
Era cierto.
El sueño del harén no era solo sobre romance; también era sobre construir una fuerza, una familia que pudiera protegerse mutuamente.
Y si en ese proceso conocían a más mujeres (y quizás algún hombre, siempre y cuando fuera más feo que él y no representara una amenaza para su harén) que quisieran unirse a su causa, bienvenidas serían.
—Tienes razón —admitió—.
Pero eso será para el futuro.
Por ahora, tenemos que seguir adelante.
El Log Pose nos lleva a la siguiente isla.
Y sea lo que sea que encontremos allí, lo enfrentaremos juntos.
Camila se acercó y se apoyó en su hombro.
Naira hizo lo mismo del otro lado.
Los tres, unidos, miraron el atardecer pintar el cielo de rojo y naranja, los colores de la Bestia Escarlata.
El viaje continuaba.
Baroque Works estaba tras ellos, el Nuevo Mundo los esperaba, y los fragmentos para regresar a casa aún estaban dispersos por el océano.
Pero tenían algo más valioso que cualquier mapa: confianza mutua, amor, y una determinación inquebrantable de vivir su sueño, cueste lo que cueste.
El Sueño Escarlata navegó hacia el horizonte, dejando atrás la isla neutral y a los agentes derrotados a su suerte en el mar.
La Bestia Escarlata había rugido una vez más, y el eco de su furia resonaría en los oscuros corredores de Baroque Works, anunciando que un nuevo jugador había entrado en el tablero.
Y no estaba dispuesto a ser una pieza más.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com