Issei en el grand line - Capítulo 23
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Capítulo 23: Capitulo 22: Mr. 0
El sol del mediodía caía implacable sobre la ciudad de Nanohana, la puerta de entrada al reino de Alabasta. Sus calles bullían con la actividad habitual de los comerciantes, los viajeros y los agentes de la Compañía Comercial Baroque Works, que operaba a plena luz del día con la fachada de una organización legítima de intermediación de recompensas y trabajos diversos. Nadie, absolutamente nadie, sospechaba que tras esa fachada se ocultaba una de las organizaciones criminales más peligrosas del Paraíso.
En el casino Rain Dinners, un edificio imponente que se alzaba en el centro de la ciudad como un monumento al exceso y la opulencia, el ambiente era de una normalidad casi insultante. Las máquinas tragamonedas tintineaban, las ruletas giraban y los crupieres atendían a los jugadores con sonrisas profesionales. Pero en las profundidades del edificio, muy por debajo del bullicio de los apostadores, existía otro mundo.
Una sala subterránea, iluminada por una tenue luz artificial, albergaba el centro de operaciones de Baroque Works. Mapas del Grand Line cubrían las paredes, con marcas rojas señalando las posiciones de los agentes y los objetivos de la organización. Den Den Mushi de diversos tamaños se alineaban en estanterías, algunos en silencio, otros emitiendo estática. Y en el centro de la sala, sentado en un sillón de cuero negro que parecía un trono, estaba Sir Crocodile.
El hombre que algún día sería conocido como uno de los Siete Guerreros del Mar (y que ya lo era, aunque su nombramiento era reciente) tenía una presencia que llenaba la habitación. Era alto, de complexión poderosa, con el cabello negro y engominado hacia atrás y un rostro marcado por una cicatriz que le cruzaba la frente y descendía por el puente de la nariz. En el gancho de su mano izquierda, un brillo metálico anticipaba el peligro. Vestía un traje oscuro, impecable, que contrastaba con la rudeza de su apariencia. Pero lo más impactante eran sus ojos. Ojos de depredador, fríos, calculadores, que escudriñaban los informes sobre la mesa con una paciencia infinita y una inteligencia letal.
Fumaba un puro, el humo ascendiendo en espiras perezosas hacia el techo. Su expresión era impasible, la de un hombre acostumbrado a controlarlo todo, a que sus planes se ejecutaran con la precisión de un mecanismo de relojería. Había dedicado años a construir Baroque Works, a tejer una red de espías y asesinos que se extendía por todo el Paraíso. Su objetivo final, el ambicioso plan que ningún otro pirata había siquiera imaginado, estaba en marcha: encontrar el arma ancestral Plutón, escondida en algún lugar de Alabasta, y usarla para dominar los mares y, con el tiempo, el mundo. Para ello, necesitaba una fachada impecable. Necesitaba ser el héroe que salvara Alabasta de una guerra civil, para luego gobernarla en las sombras mientras buscaba el arma.
Pero hoy, ese mecanismo de relojería había comenzado a fallar. Y Crocodile lo odiaba.
La puerta de la sala se abrió sin previo aviso. Una mujer de belleza felina, con el cabello oscuro y una expresión de eficiencia fría, entró con paso rápido. Era Miss All Sunday, Nico Robin, la vicepresidenta de Baroque Works y la única persona en la organización que conocía la verdadera identidad de Mr. 0. Su rostro, normalmente sereno y controlado, mostraba una leve arruga de preocupación entre las cejas.
—Mr. 0 —dijo, su voz un susurro profesional—. Tenemos un problema.
Crocodile exhaló una bocanada de humo, sus ojos fijos en ella. —¿Qué clase de problema?
—Hemos perdido la señal de Mr. 7 y Miss Father’s Day. Sus transpondedores dejaron de emitir hace más de doce horas. La última coordenada registrada fue una isla menor en la ruta del noreste, un lugar sin importancia estratégica. Desde entonces, silencio total.
Crocodile no se movió. Su expresión no cambió. Pero en sus ojos, por un instante, algo brilló. No era ira, todavía. Era una evaluación fría de los datos.
—¿Zona muerta? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Improbable —confirmó Robin—. La cobertura de Den Den Mushi en esa área es estable. No hay interferencias magnéticas significativas. Las opciones son dos: o han sido capturados y sus transpondedores destruidos, o han sido eliminados.
Silencio. Crocodile apagó el puro en un cenicero de cristal con un movimiento deliberadamente lento. Luego se levantó, su imponente estatura dominando la sala. Se acercó a uno de los mapas, el que mostraba la ruta seguida por sus agentes. Con su mano derecha, señaló la isla marcada.
—¿Un objetivo de alto perfil? —preguntó.
—No, según nuestros informes. Un grupo de cazarecompensas novatos. Tres personas: Issei Hyoudou, un joven que ha estado activo en el West Blue con cierto éxito; Naira, su navegante, sin historial de combate; y Camila, una ex-marine que desertó recientemente. Nada que justifique la desaparición de dos agentes experimentados.
—Y sin embargo, desaparecieron —dijo Crocodile, su voz adquiriendo un tono peligroso—. Mr. 7 no era un novato. Llevaba años en la organización. Su compañera era una francotiradora de primer nivel. Que dos agentes de su calibre desaparezcan sin dejar rastro frente a un grupo de cazarecompensas desconocidos… —Hizo una pausa, sus dedos tamborileando sobre el mapa—. Eso no es una coincidencia. Es una amenaza.
Robin asintió lentamente. —¿Crees que fueron derrotados?
—No lo sé. Pero si lo fueron, significa que ese grupo es más peligroso de lo que aparenta. Y eso es un problema.
Crocodile comenzó a pasearse por la sala, su mente procesando a una velocidad que sus subordinados jamás podrían igualar. No era solo la pérdida de dos agentes lo que le molestaba. Era lo que esa pérdida significaba para su organización, para su imagen, para su plan.
—Baroque Works —dijo, casi para sí mismo— se ha construido sobre una base de miedo y respeto. Nuestros agentes son conocidos en todo el Paraíso. Cuando alguien ve la marca de Baroque Works, sabe que enfrentarse a nosotros es una sentencia de muerte. Ese miedo es lo que permite que nuestras operaciones se desarrollen sin interferencias.
Se detuvo frente a Robin, sus ojos de depredador fijos en ella. —Si se descubre que un puñado de cazarecompensas sin importancia ha eliminado a dos de nuestros agentes de rango medio, ese miedo se desvanece. Otros se atreverán a desafiarnos. Nuestras operaciones se verán comprometidas. Y mi plan… —su voz se volvió un susurro helado—, mi plan no puede permitirse ni la más mínima grieta.
Robin comprendía perfectamente. Había visto a Crocodile en acción, había sido testigo de su crueldad y su determinación. Sabía que para él, la reputación lo era todo. No por orgullo personal (aunque lo tuviera, y en grandes dosis), sino por pragmatismo puro. En el mundo criminal, la percepción de poder era tan importante como el poder mismo. Una organización que mostraba debilidad era una organización muerta.
—¿Qué ordenas, Mr. 0? —preguntó.
Crocodile volvió a su sillón, se sentó y encendió otro puro. La calma había regresado a su rostro, pero era una calma engañosa, como la superficie del desierto antes de una tormenta de arena.
—Quiero ir personalmente —admitió, con una sinceridad que sorprendió incluso a Robin—. Quiero encontrar a ese cazarecompensas, mirarlo a los ojos, y convertirlo en arena grano a grano. Quiero que su muerte sea una advertencia para cualquiera que piense que puede desafiar a Baroque Works.
—¿Y entonces? —preguntó Robin, aunque ya intuía la respuesta.
—No puedo. —La frustración era apenas perceptible en su tono, pero estaba ahí, latente—. Estoy en medio de la operación de Alabasta. Mi fachada como héroe del reino es demasiado importante. Si me ausento ahora, si alguien descubre que el noble Sir Crocodile, el protector de Alabasta, está en realidad liderando una organización criminal… todo se derrumba. La marina, el gobierno, los shichibukai… todos caerían sobre mí.
Se levantó de nuevo, incapaz de estar quieto. Dio una calada profunda a su puro y exhaló el humo con violencia.
—Además, tenemos otro problema —continuó—. Mis informantes en Whiskey Peak reportan que la base ha sido destruida. Un pirata novato, Monkey D. Luffy, junto con su tripulación, arrasó con todos nuestros agentes en la isla. No fue un combate, fue una masacre. —Su mandíbula se tensó—. Ese chico lleva el nombre del Héroe de la Marina, Garp. Y su tripulación está demostrando ser una amenaza inesperada.
Robin arqueó una ceja. —¿Dos frentes abiertos?
—Exacto. Dos problemas que requieren atención inmediata, y yo solo puedo estar en un lugar. —Crocodile se volvió hacia ella—. La situación en Alabasta es delicada. Estoy demasiado cerca de mi objetivo para arriesgarme a un movimiento en falso. El plan para desestabilizar el reino, para crear el conflicto que me permita aparecer como salvador, está en marcha. No puedo abandonarlo ahora.
—Entonces, necesitas a alguien de confianza para encargarse del otro frente.
—Sí. —Crocodile sonrió, una sonrisa que no tenía nada de amable—. Alguien que sea lo suficientemente letal como para no fallar. Alguien cuya lealtad sea incuestionable. Alguien que pueda rastrear y eliminar a ese cazarecompensas sin dejar rastro, y si es necesario, también encargarse del pirata Luffy.
Robin asintió. Sabía perfectamente a quién se refería.
—¿Mr. 1?
—Mr. 1 —confirmó Crocodile—. Daz Bones. Haz que venga. Ahora.
La sala de operaciones de Baroque Works, en los sótanos del casino Rain Dinners, era un lugar que imponía respeto incluso a los agentes más veteranos. Pero cuando Daz Bones entró, el ambiente cambió. No porque hiciera nada, sino simplemente por su presencia.
Era un hombre de estatura media, complexión atlética pero sin excesos, con el cabello corto y oscuro y un rostro de rasgos afilados que parecían tallados en piedra. Vestía una camisa blanca abierta sobre un pecho marcado, pantalones oscuros y botas. Lo más notable de él, sin embargo, no era su aspecto físico, sino sus ojos. Eran ojos muertos, vacíos de cualquier emoción que no fuera la concentración absoluta en la tarea presente. Caminaba con la economía de movimientos de un asesino profesional, cada paso medido, cada gesto calculado.
En su cinturón, ningún arma visible. No las necesitaba. Daz Bones era un arma andante.
Se detuvo frente a Crocodile, sin hacer una reverencia, sin un saludo formal. Simplemente esperó. Crocodile, que conocía bien a su subordinado más letal, no se ofendió por la falta de protocolo. Mr. 1 era así: eficiente, silencioso, mortal. No necesitaba palabras vacías.
—Mr. 1 —comenzó Crocodile, su tono grave—. Tengo una misión para ti. De máxima prioridad.
Daz Bones asintió, un leve movimiento de cabeza.
—Hemos perdido a Mr. 7 y su compañera. Desaparecieron en una isla menor siguiendo a un grupo de cazarecompensas. Necesito que los localices, los elimines, y te asegures de que su muerte envíe un mensaje claro: nadie desafía a Baroque Works y vive para contarlo.
—¿Información del objetivo? —preguntó Daz Bones, su voz un susurro rasposo, como cuchillas rozándose.
Crocodile hizo un gesto a Robin, quien entregó un dossier delgado. Daz Bones lo abrió, sus ojos recorriendo rápidamente los datos: nombres, descripciones físicas, habilidades conocidas, última ubicación.
—Issei Hyoudou —leyó en voz baja—. Cazarecompensas. Origen desconocido. Habilidades: fuerza sobrehumana, posible usuario de un artefacto misterioso en su brazo izquierdo. Acompañado de dos mujeres: Naira (navegante, sin historial de combate) y Camila (ex-marine, combate cuerpo a cuerpo y espadas). —Levantó la vista—. No parecen amenaza de alto nivel.
—Por eso mismo es preocupante —respondió Crocodile—. Mr. 7 no era un novato. Si estos tres lograron eliminarlo, significa que subestimarlos sería un error. No quiero que cometas ese mismo error.
Daz Bones cerró el dossier. —¿Alguna restricción?
—Ninguna. Mátalos como prefieras. Pero asegúrate de que sea público. Que se sepa que fue Baroque Works. La reputación debe restaurarse.
—Entendido.
Daz Bones se dio la vuelta para irse, pero Crocodile lo detuvo con una palabra.
—Mr. 1. Hay algo más.
El asesino se detuvo, sin volverse del todo.
—Hay otro problema. Un pirata novato llamado Monkey D. Luffy destruyó nuestra base en Whiskey Peak. Si tu camino se cruza con el de él, o si tienes oportunidad, elimínalo también. Pero la prioridad es el cazarecompensas. No te distraigas.
—Comprendido.
Y se fue, tan silenciosamente como había llegado, dejando tras de sí una estela de aire frío.
Robin observó la puerta cerrarse tras él. —¿Crees que sea suficiente?
Crocodile se reclinó en su sillón, encendiendo otro puro. —Mr. 1 es mi mejor ejecutor. Su fruta, la Supa Supa no Mi, le permite convertir cualquier parte de su cuerpo en acero. Cuchillas, espadas, guillotinas… es un arsenal andante. Su Haki es sólido, su experiencia, vasta. Si alguien puede restaurar nuestra reputación, es él.
—¿Y si el cazarecompensas resulta ser más peligroso de lo que parece?
—Entonces Mr. 1 morirá. —Crocodile dijo esto sin emoción, como un hecho objetivo—. Pero antes, habrá debilitado lo suficiente al objetivo como para que yo pueda intervenir personalmente cuando todo esto termine. No me importa perder un peón si el tablero se mantiene intacto.
Robin asintió, acostumbrada ya a la frialdad de su jefe. Pero en su interior, una pequeña chispa de curiosidad se encendió. ¿Quién era este Issei Hyoudou que había logrado lo que pocos: atraer la atención directa de Crocodile? Los hilos del destino comenzaban a tejerse de formas impredecibles.
El barco de Daz Bones era pequeño, rápido y anodino. No llevaba bandera, no llevaba marcas. Era una simple embarcación de pesca modificada, con un motor silencioso y velas de repuesto. Lo único que lo diferenciaba de cualquier otro barco era su contenido: un arsenal de armas, provisiones para largos viajes, y lo más importante, un equipo de rastreo con Den Den Mushi especializados que podían captar señales débiles incluso en condiciones adversas.
Daz Bones no era hombre de palabras. Durante el viaje hacia la última ubicación conocida de Mr. 7, apenas habló. Su mente, sin embargo, trabajaba sin descanso, procesando la información del dossier, trazando rutas mentales, anticipando escenarios de combate. Era un asesino, sí, pero también un estratega. Sabía que la información era tan letal como cualquier cuchilla.
La última coordenada lo llevó a la isla neutral, el lugar donde Mr. 7 y Miss Father’s Day habían sido vistos por última vez. Al llegar, el puerto estaba vacío, el pueblo parecía haber recuperado su tranquilidad habitual. Pero Daz Bones no se dejaba engañar por las apariencias. Desembarcó y comenzó a investigar.
Hablar con los lugareños fue sencillo. Un hombre de aspecto peligroso que preguntaba por tres jóvenes (un hombre musculoso y dos mujeres atractivas) y que mostraba una moneda de oro a cambio de información, conseguía respuestas rápidas. Pronto tuvo una imagen clara: los tres habían estado en la isla, se habían separado para hacer compras, y luego había ocurrido algo en la plaza central. Los lugareños mencionaban gritos, un disparo, y luego un silencio absoluto. Algunos hablaban de un hombre volando por los aires y estrellándose contra un edificio. Otros, de una pelea en un tejado entre dos mujeres.
Daz Bones visitó la plaza. Examinó las marcas en el suelo, las grietas en la fachada del edificio. Su mente reconstructora visualizó la escena: Mr. 7 usando a la chica rubia como rehén, el cazarecompensas acercándose con falsa sumisión, y luego… un golpe. Un golpe de una fuerza descomunal, capaz de deformar el rostro de un hombre entrenado y enviarlo volando varios metros. Eso no era fuerza normal. Eso requería algo más.
Subió al tejado donde había ocurrido el otro combate. Encontró marcas de sangre, arañazos, un rifle abandonado. La pelea había sido cuerpo a cuerpo, visceral. Su compañera, Miss Father’s Day, había sido derrotada por la ex-marine. Eso hablaba bien de las habilidades de combate de Camila.
Finalmente, en el puerto, encontró el rastro del bote. Había sido empujado mar adentro, y luego… hundido deliberadamente. Daz Bones observó el agua cristalina, imaginando a Mr. 7 y Miss Father’s Day, inconscientes o heridos, siendo abandonados a su suerte en un bote que luego fue perforado. No habían muerto en combate. Habían sido ejecutados de la manera más cruel: convertidos en carnada para los Reyes Marinos.
Una sonrisa fría, casi imperceptible, cruzó sus labios. Este cazarecompensas, Issei Hyoudou, tenía un lado despiadado. Eso era interesante. Pero también era una confirmación de que no se trataba de un simple novato con suerte. Era alguien que, cuando se le presionaba, respondía con una violencia calculada.
Daz Bones regresó a su barco y comenzó la búsqueda. No fue difícil. El Log Pose del grupo seguía una ruta predecible, y los agentes de Baroque Works en las islas cercanas habían reportado avistamientos de un pequeño velero con tres ocupantes. El rastro era claro.
Mientras navegaba, su mente repasaba las posibles estrategias de combate. Issei Hyoudou: fuerza sobrehumana, probablemente potenciada por ese artefacto en su brazo. Camila: ex-marine, combate cuerpo a cuerpo competente, probablemente con algún entrenamiento en Haki incipiente. Naira: la navegante, un objetivo secundario, pero usarla como rehén podría ser útil si la situación lo requería.
Él, Daz Bones, era un tanque andante. Su cuerpo podía convertirse en acero en cualquier momento, sus brazos en espadas, sus piernas en guillotinas. La fuerza bruta de Issei no podría atravesar su defensa de metal. Su Haki de Armadura, si lo tenía, tendría que ser extremadamente poderoso para causarle daño. Y por lo que sabía, este cazarecompensas apenas estaba comenzando a desarrollar esa habilidad.
Las probabilidades estaban a su favor.
Issei no sabía que una sombra letal se cernía sobre ellos. Los días posteriores a la huida de la isla neutral habían sido de relativa calma, aunque una calma tensa, cargada de la conciencia de que Baroque Works no los olvidaría.
Naira se había recuperado del trauma del secuestro, aunque aún a veces se sobresaltaba en la noche. El apoyo de Issei y Camila era constante, y su determinación de no volver a ser una carga la impulsaba a ser más útil que nunca. Pasaba horas estudiando los mapas, trazando rutas alternativas, memorizando las características de las islas que el Log Pose señalaba.
Camila, por su parte, se había sumergido en un entrenamiento aún más intenso. Su nueva espada, Filo Errante, se había convertido en una extensión de su brazo. Practicaba katas una y otra vez, perfeccionando su técnica, y dedicaba horas a intentar despertar su Haki de Armadura. Los resultados eran lentos, pero los había. A veces, en sus momentos de mayor concentración, lograba que un tenue brillo oscuro cubriera sus nudillos durante un par de segundos. No era suficiente para un combate real, pero era un progreso.
Issei, por su parte, dividía su tiempo entre el entrenamiento, el cuidado de sus novias y la reflexión sobre lo ocurrido. Sabía que la derrota de Mr. 7 no había sido el final, sino el principio de algo más grande. La organización Baroque Works no iba a olvidar la humillación. En algún momento, vendrían por ellos.
“Tienes razón, usuario”, confirmó Ddraig una noche, mientras Issei realizaba sus ejercicios de Haki. “La organización que has ofendido no es una banda de piratas comunes. Su estructura y su alcance sugieren un poder considerable. El próximo emisario será más fuerte que los anteriores. Prepárate.”
Lo sé, pensó Issei. Por eso entreno. Por eso entreno a Camila. Por eso cuido de Naira. No voy a permitir que nos separen otra vez.
“Tu determinación es encomiable. Pero recuerda: la fuerza no lo es todo. La estrategia, la inteligencia, la capacidad de anticipar los movimientos del enemigo… todo eso es tan importante como el poder bruto. Naira aporta eso. Escúchala.”
Issei asintió mentalmente. Era cierto. Naira era su brújula no solo en la navegación, sino en la vida. Su capacidad para analizar situaciones, para ver ángulos que él no veía, era invaluable.
Esa noche, los tres cenaron juntos en la pequeña cabina. La comida era sencilla, pero el ambiente era cálido. Naira había cocinado, y Camila la ayudaba con la sonrisa.
—¿Sabes? —dijo Naira, mientras servía el guiso—. He estado pensando. Si Baroque Works es tan grande como parece, y si su líder está conectado con un Shichibukai, quizás podríamos usar eso a nuestro favor.
—¿Cómo? —preguntó Issei, interesado.
—Si logramos identificar quién es ese Shichibukai, podríamos… no sé, filtrar información, o venderla al mejor postor. O usarla como moneda de cambio si nos atrapan. El gobierno mundial no ve con buenos ojos que un Shichibukai tenga una organización criminal secreta. Podría ser nuestra póliza de seguro.
Camila la miró con admiración. —Eso es… brillantemente retorcido. Me encanta.
Issei rió. —Mi princesa estratega. Siempre pensando en cómo sobrevivir.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió Naira con una sonrisa—. Ustedes dos solo piensan en pelear.
—¡Y en oppai! —añadió Issei, ganándose un golpe en el brazo de ambas, aunque con sonrisas.
La risa compartida disipó la tensión de los días anteriores. Por un momento, fueron solo tres jóvenes enamorados navegando hacia lo desconocido. Pero en el fondo de sus corazones, todos sabían que la tormenta se acercaba.
A varios días de navegación de distancia, el pequeño barco de Daz Bones cortaba las olas con determinación. Sus Den Den Mushi habían captado una señal débil, el rastro de un transpondedor que Mr. 7 llevaba consigo y que, aunque dañado, aún emitía pulsos intermitentes. No era suficiente para una localización exacta, pero sí para trazar una dirección general.
El asesino no tenía prisa. La paciencia era una virtud en su oficio. Sabía que, eventualmente, alcanzaría a su presa. El Grand Line, a pesar de su inmensidad, era un lugar donde las rutas estaban determinadas por el Log Pose. Los cazarecompensas seguirían su camino, y él seguiría el suyo. Eventualmente, se encontrarían.
Mientras navegaba, su mente repasaba una y otra vez los escenarios de combate. Issei Hyoudou era la amenaza principal. Su fuerza descomunal, probablemente potenciada por ese artefacto, requeriría una respuesta adecuada. Daz Bones planeaba no darle tiempo a usar esa fuerza. Atacaría rápido, desde la distancia si era posible, usando su habilidad para lanzar cuchillas de aire. Si el combate se volvía cuerpo a cuerpo, confiaba en su cuerpo de acero para resistir los golpes mientras sus brazos-espada buscaban puntos vitales.
Las dos mujeres eran secundarias. La ex-marine, Camila, podría ser un problema si se interponía, pero no parecía tener un poder excepcional. La rubia, Naira, era claramente la más débil. Podría usarla como rehén si la situación se complicaba, aunque prefería no hacerlo. Los rehenes eran impredecibles.
Su plan era simple: localizar, aislar, ejecutar. Y luego, dejar un mensaje claro. Los cuerpos, o lo que quedara de ellos, serían abandonados en un lugar público, con la marca de Baroque Works grabada a su lado. La reputación de la organización quedaría restaurada.
Lo que Daz Bones no sabía, lo que ningún miembro de Baroque Works sabía, era que Issei Hyoudou no era un simple cazarecompensas con suerte. Era el portador de la Boosted Gear, el Dragón Emperador Rojo. Era un hombre que había sobrevivido a una isla desierta llena de bestias, que había derrotado a piratas con recompensas de decenas de millones, que había despertado el Haki y que estaba aprendiendo a usarlo. Y, lo más importante, era un hombre que tenía algo por lo que luchar: su sueño de un harén, y el amor de dos mujeres que darían su vida por él.
El choque entre la hoja viviente y la bestia escarlata era inevitable. Y cuando ocurriera, las ondas de su impacto sacudirían los cimientos de Baroque Works y, quizás, del propio equilibrio de poder en el Paraíso.
Pero eso era el futuro. Por ahora, el Sueño Escarlata navegaba hacia su siguiente destino, ignorante de la tormenta que se avecinaba. Las aguas del Grand Line, siempre traicioneras, ocultaban en su seno la silueta de un barco pequeño y anodino que se acercaba lentamente, implacablemente, como la arena que erosiona la roca.
La Bestia Escarlata había rugido, y el desierto había respondido.
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