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Issei en el grand line - Capítulo 24

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Capítulo 24: Capitulo 23: Una espadachin

El Sueño Escarlata navegaba con la parsimonia de quien ha aprendido que la prisa en el Grand Line es el mejor camino hacia un desastre prematuro. Las velas, hinchadas por una brisa constante y benigna, empujaban el pequeño barco a través de aguas de un azul tan profundo que parecían contener secretos milenarios. A popa, la estela se perdía en el horizonte, un rastro blanco que el mar borraba con indiferencia.

Issei estaba en el timón, pero su mente no estaba en el rumbo. Estaba en las dos mujeres que entrenaban en cubierta, y en la conversación que había tenido con Ddraig la noche anterior. Una conversación que había sido, para ser honesto, un golpe a su orgullo y una revelación a partes iguales.

“Usuario”, había comenzado Ddraig, su voz resonando en la penumbra de la cabina mientras Issei intentaba conciliar el sueño. “Debemos hablar sobre tu progreso con el Haki.”

¿Mi progreso? pensó Issei, incorporándose ligeramente. Creo que va bien. La Armadura ya la controlo con cierta consistencia, y la Observación se ha vuelto mucho más nítida.

“Sí y no. Tu control ha mejorado, eso es innegable. Pero la tasa de mejora… es inusualmente lenta para alguien con tu exposición al combate y tu determinación. He estado observando, comparando con portadores anteriores, y hay un patrón.”

Issei frunció el ceño. ¿Un patrón?

“Tú, Issei Hyoudou, eres el portador con menos talento innato que he tenido en milenios.”

El silencio que siguió fue tan pesado que Issei sintió que el barco se hundía un par de metros. ¿Qué?

“No es un insulto, es un hecho objetivo. En tu mundo original, no destacabas en nada. Tu magia era prácticamente inexistente. Tu coeficiente intelectual era promedio. Tu habilidad física, sin entrenamiento, era la de un humano común. No tenías talento para nada.”

Issei sintió un vacío en el estómago. Era cierto. Siempre lo había sabido, en el fondo. En el Instituto Kuoh, era el eterno segundo plano, el que no destacaba en deportes, ni en estudios, ni en nada. Su único “talento” era su imaginación pervertida y su capacidad para soñar despierto con harenes imposibles.

“Sin embargo”, continuó Ddraig, y su tono cambió, volviéndose casi… divertido, “hay algo en ti que no había visto antes. Eres el primer portador que me trata como a un igual, que conversa conmigo, que me hace sentir… ¿compañía? Los demás me veían como una herramienta, un poder a dominar. Tú me ves como un compañero. Eso es nuevo.”

Issei sonrió débilmente. Bueno, eres un dragón milenario metido en mi brazo. Lo mínimo es ser amable.

“El caso es que tu falta de talento innato se compensa con algo más: tu determinación. Y, curiosamente, con tus motivaciones particulares.”

¿Mis motivaciones particulares?

“He observado algo. Cuando entrenas el Haki de Armadura con Camila, tu progreso es lento, metódico, casi penoso. Pero cuando ella, en un descuido, cayó sobre ti y sus pechos quedaron en tu rostro al día siguiente, tu Haki de Armadura había dado un salto cualitativo. Lo mismo ocurrió con Naira y tu Haki de Observación.”

Issei se quedó helado. ¿Estás diciendo que…?

“Estoy diciendo que tu poder está directamente vinculado a tus estímulos pervertidos. No es algo que haya visto antes. Es único. Es absurdo. Es, francamente, humillante para un dragón milenario tener que admitir que su portador mejora gracias a pechos femeninos.”

La carcajada de Issei resonó en la cabina, despertando a Naira, que murmuró algo ininteligible y se dio la vuelta. Se tapó la boca, pero las risas seguían brotando, entremezcladas con una profunda vergüenza.

¿En serio, Ddraig? ¿Esa es mi maldición? ¿Mi poder depende de lo pervertido que sea?

“No es una maldición, usuario. Es una peculiaridad. Tu potencial no está en el talento innato, sino en la motivación. Y parece que tus motivaciones más profundas, las que realmente encienden tu voluntad, están ligadas a tu deseo de proteger y bueno, de apreciar la belleza femenina. Es extraño, pero es real.”

Issei se recostó, mirando el techo de madera. Por un lado, era humillante. Por otro… era una herramienta. Si podía usar su propia perversión para volverse más fuerte, para proteger a Naira y Camila, entonces lo haría. Sin dudarlo.

Entonces, si quiero mejorar, ¿tengo que… rodearme de situaciones pervertidas?

“No exactamente. No es el estímulo en sí, sino la motivación que genera. Cuando Camila cayó sobre ti, tu deseo de protegerla, de ser digno de ella, se multiplicó. Ese deseo, canalizado a través de tu naturaleza pervertida, se convirtió en un catalizador para tu Haki. Es complicado. Pero funciona.”

Issei asintió lentamente. Era una herramienta extraña, pero la aceptaba.

Al día siguiente, en cubierta, esa teoría se puso a prueba.

Naira y Camila entrenaban juntas, algo que se había vuelto común después del incidente con Mr. 7. Naira, que nunca había mostrado interés en el combate, ahora dedicaba horas a desarrollar su Haki de Observación. Y los resultados eran, para asombro de todos, simplemente brillantes.

—Concéntrate —decía Issei, sentado en un barril con los brazos cruzados—. Cierra los ojos. Voy a lanzarte estos guijarros. Quiero que los esquives sin abrirlos.

Naira asintió, su respiración calmándose. Issei lanzó el primer guijarro. Ella se movió ligeramente a la izquierda, y la piedra pasó rozando su hombro. El segundo, a la derecha. Lo esquivó con un giro de cadera. El tercero, más rápido, directo a su frente. Inclinó la cabeza y la piedra pasó silbando.

Issei silbó, impresionado. —Naira, eso fue… increíble. Llevas apenas unos días entrenando y ya esquivas piedras a ciegas.

Ella abrió los ojos, una sonrisa tímida en su rostro. —Lo siento, ¿es bueno?

—¿Bueno? —Camila se acercó, con una expresión de incredulidad—. Yo llevo semanas intentando hacer eso y apenas puedo sentir la dirección de los ataques. Tú lo haces como si hubieras nacido con ello.

—Es su naturaleza —dijo Issei, recordando las palabras de Ddraig—. El Haki de Observación se basa en la capacidad de percibir, de sentir el entorno, las intenciones. Naira, como estratega, como alguien que siempre está analizando, tiene una afinidad natural con él. Es como si su cerebro ya estuviera cableado para eso.

Naira se sonrojó ante el elogio. —No es para tanto…

—Sí lo es —insistió Camila, con una mezcla de admiración y envidia—. Yo, en cambio… —Cerró los ojos y se concentró. Issei lanzó un guijarro. Camila se movió, pero en la dirección equivocada, y la piedra le golpeó suavemente en el brazo. Abrió los ojos, frustrada—. No lo siento. O lo siento demasiado tarde.

—Pero tu Haki de Armadura es otra historia —dijo Issei, levantándose—. Vamos, pruébalo.

Camila asintió, su frustración transformándose en determinación. Extendió su brazo, cerró los ojos, y se concentró. Su frente se arrugó con el esfuerzo. Y entonces, ocurrió: un brillo negro mate, tenue pero inconfundible, cubrió sus nudillos durante varios segundos. No fue un destello fugaz, fue un mantenimiento.

—¡Lo lograste! —exclamó Naira, aplaudiendo.

Camila abrió los ojos, y al ver el brillo en su mano, una sonrisa radiante iluminó su rostro. —¡Funcionó! ¡Lo mantuve!

Issei la abrazó, orgulloso. —Eso es más de lo que yo podía hacer a tu edad de entrenamiento. Tu afinidad con la Armadura es increíble. La voluntad de proteger, de ser un escudo, te sale natural.

—Y a ti —dijo Camila, separándose y mirándolo con curiosidad—, ¿qué te sale natural?

Issei dudó. No podía decirles la verdad sobre su “motivación pervertida”. No sin sonrojarse hasta morir. —Eh… pues… soy equilibrado, ¿no? Los tres Haki los tengo, pero ninguno destaca.

—Pero los tres los tienes —señaló Naira con lógica—. Nosotras apenas estamos desarrollando uno. Tú ya manejas dos con soltura y tienes atisbos del tercero. No seas tan duro contigo mismo.

Issei sonrió, agradecido por su apoyo. Pero en su interior, sabía que Ddraig tenía razón. Su progreso era lento, trabajoso. Necesitaba esforzarse el doble que otros para obtener la mitad de resultados. Pero también sabía que, cuando la motivación adecuada aparecía, cuando sus sentimientos por sus chicas se encendían, el poder fluía.

El resto del viaje transcurrió en esa dinámica: entrenamiento, comidas compartidas, noches de conversaciones bajo las estrellas. El Log Pose los guiaba con firmeza hacia el noreste, y tras varios días, una silueta comenzó a dibujarse en el horizonte.

No era una isla imponente, ni tenía la majestuosidad de algunas que habían visitado. Era más bien una masa de tierra verde y accidentada, con colinas suaves y una costa de acantilados bajos. Lo que la hacía diferente era lo que se percibía incluso desde el mar: una energía, una tensión vibrante en el aire, como si la propia isla estuviera conteniendo la respiración.

Al acercarse al puerto, el contraste con otras islas se hizo evidente. El muelle estaba lleno de barcos, sí, pero no eran solo pesqueros o mercantes. Había pequeñas embarcaciones de combate, veleros rápidos, incluso algunos barcos con aspecto de haber sido usados en batallas navales. Y lo más notable: en el mismo puerto, sobre una plataforma flotante, dos hombres peleaban a puño limpio mientras un grupo de espectadores animaba.

—¿Es… una pelea callejera? —preguntó Naira, incrédula.

—Parece más que eso —respondió Camila, observando con atención—. Técnicas depuradas. Esos tipos saben lo que hacen.

Atracaron sin problemas, pagaron la tarifa a un encargado que les dedicó una sonrisa amistosa y un “bienvenidos a la Isla del Duelo”, y desembarcaron los tres juntos. Después del susto con Mr. 7, Issei no estaba dispuesto a separarse de sus chicas ni por un momento.

La ciudad, si podía llamarse así, era un laberinto de calles estrechas y plazas abiertas. Y en cada plaza, en cada calle lo suficientemente ancha, había peleas. No eran peleas caóticas ni sangrientas; eran combates organizados, con reglas no escritas pero respetadas. Alrededor de cada combate, un círculo de espectadores observaba, comentaba, y ocasionalmente apostaba.

—Esto es… increíble —murmuró Issei, fascinado—. Pelean por pelear.

—Parece que es su forma de vida —dijo Naira, su mente analítica registrando cada detalle—. Mira, no hay armas en esos combates. Solo puños. Y allí, en esa otra plaza, usan espadas. Y en aquella, solo piernas. Tienen categorías.

Caminaron un par de cuadras, empapándose del ambiente. La gente no los miraba con hostilidad, sino con curiosidad amistosa. Algunos incluso les sonreían y les deseaban “buenos duelos”. Era un lugar extrañamente acogedor para ser una isla donde la violencia era moneda corriente.

Fue entonces cuando escucharon el grito.

—¡Al ladrón! ¡Detenedlo!

Un hombre delgado y de mirada furtiva salió corriendo de una tienda de armas, un puñal ornamentado en la mano. El vendedor, un hombre mayor con delantal de cuero, salió tras él, pero sus piernas no daban para más. El ladrón zigzagueaba entre la multitud, buscando una salida.

Pero no contaba con los habitantes de la Isla del Duelo.

La transformación fue instantánea. Los ciudadanos que momentos antes paseaban tranquilamente, que charlaban en las esquinas, que compraban en los puestos, se convirtieron en una masa organizada de combatientes. Algunos sacaron armas cortas de sus ropas. Otros adoptaron posturas de lucha con los puños. Otros, los de la facción de piernas, se lanzaron a una carrera veloz, sus movimientos fluidos y precisos.

El ladrón no llegó ni a la siguiente calle. Un hombre de la facción de piernas le barrió el suelo con una patada baja. Antes de que pudiera levantarse, dos de la facción de puños lo inmovilizaron contra el suelo. Y cuando intentó forcejear, una mujer de la facción de espadas puso la punta de su hoja en su garganta.

—Tranquilo —dijo ella, con una sonrisa amable pero firme—. Robar está mal. Ya lo sabes.

La multitud se arremolinó alrededor. Y entonces, ocurrió algo que dejó a Issei y sus novias con la boca abierta.

La gente comenzó a golpear al ladrón. No era una turba enfurecida; era una ejecución disciplinada, casi coreografiada. Cada golpe era medido, calculado para causar dolor pero no muerte. Los puños caían sobre su rostro, su cuerpo, sus extremidades. Las patadas se estrellaban contra sus costillas. Cuando alguien sacaba un arma, era solo para darle un golpe con el plano de la hoja.

El ladrón gritaba, suplicaba, pero nadie se detenía. La paliza continuó hasta que su rostro se volvió irreconocible, una masa de carne amoratada e hinchada. Luego, simplemente, se detuvieron. El hombre yacía en el suelo, inconsciente y deforme.

—Ya está —dijo la mujer de la espada, guardando su arma—. Que sirva de lección.

En ese momento, un grupo de personas con brazaletes distintivos llegó. No eran marines, ni policías en el sentido tradicional. Vestían ropas comunes, pero su porte era autoritario. El líder, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla, observó al ladrón, luego a la multitud.

—¿Alguien vio lo que pasó?

—Robó en la tienda de armas de Goro —respondió el hombre de la facción de piernas que había iniciado la persecución—. Lo detuvimos y le dimos su merecido, según las reglas.

El líder asintió, como si aquello fuera la cosa más normal del mundo. —Bien hecho. Nos lo llevamos. —Hizo un gesto, y dos de sus hombres levantaron al ladrón inconsciente como si fuera un saco de patatas. Antes de irse, el líder se dirigió a la multitud—: Gracias por mantener el orden. La isla os lo agradece.

Y se fueron. La multitud se dispersó. La vida continuó como si nada hubiera pasado.

Issei, Naira y Camila se quedaron paralizados, procesando lo que acababan de presenciar.

—¿Acabo de ver… justicia comunitaria extrema? —preguntó Camila, su voz un susurro.

—Sí —respondió Naira, igualmente impresionada—. Y lo más increíble es que funcionó. Nadie murió. Nadie resultó gravemente herido más allá de lo necesario. Fue… eficiente.

—Y aterrador —añadió Issei—. Pero también… impresionante.

Una risa suave y melodiosa sonó detrás de ellos.

—¿Primera vez en la Isla del Duelo?

Se giraron. Y lo que vieron dejó a Issei, por un momento, sin palabras.

La mujer que había hablado era joven, de más o menos su edad. Tenía el cabello negro y liso, recogido en una coleta alta que dejaba ver su cuello esbelto. Vestía un yukata tradicional, de tonos azules y blancos, con un obi ancho que marcaba su cintura. El yukata, sin embargo, no podía ocultar las generosas curvas de su figura: pechos firmes y prominentes que presionaban la tela, caderas anchas que se balanceaban con cada movimiento, piernas que se insinuaban bajo el dobladillo. Era una belleza exótica, diferente a Naira y Camila, pero igual de impactante.

Pero lo que realmente capturó la atención de Issei, aparte de su físico, era lo que colgaba de su cadera. Una katana larga, enfundada en una vaina de madera lacada, colocada para un desenfunde rápido con la mano derecha. La empuñadura estaba envuelta en cordón negro, y el guardamano era sencillo pero elegante. Y la hoja, lo poco que se veía de ella en la abertura de la vaina, era de un negro profundo, casi como la noche. Una espada negra.

Issei no sabía mucho de espadas, pero incluso él reconocía que ese color no era normal. Las espadas no eran negras a menos que… ¿hubieran sido forjadas así? ¿O era otra cosa?

La mujer sonrió al ver sus expresiones, una sonrisa cálida que iluminaba su rostro de rasgos finos y ojos oscuros y profundos. —Perdonad si os asusté. No es mi intención. Pero ver caras nuevas en esta isla siempre es divertido. Sobre todo cuando presencian su primer “ajuste de cuentas”.

—¿Ajuste de cuentas? —preguntó Naira, recuperando el habla.

—Así le llamamos —explicó la mujer, con naturalidad—. Aquí, los crímenes no se castigan con cárcel. Se castigan con combate. El criminal recibe una paliza proporcional a su falta. Si es leve, unos pocos golpes. Si es grave, como el robo que acabáis de ver, una paliza mayor. Y si es un asesinato… —su expresión se ensombreció ligeramente—, el castigo es el combate a muerte. Pero eso es raro. La mayoría aprendemos a convivir sin llegar a esos extremos.

—¿Y quién decide la proporcionalidad? —preguntó Camila, su mente de ex-marine buscando estructura.

—La comunidad. Todos conocemos las reglas. Todos las aplicamos. Es un sistema que funciona porque todos participamos. Si alguien abusa, la comunidad lo sabe y actúa en consecuencia. No hay corrupción porque no hay poder centralizado que corromper.

Issei estaba fascinado. Era un concepto radicalmente diferente a todo lo que había visto. Ni la tiranía de Bruto, ni la justicia absoluta de Kael, ni el caos de los piratas. Esto era… orden a través de la violencia colectiva.

—Parecéis confundidos —dijo la mujer, con una sonrisa comprensiva—. Venid, os invito a un té. Os explicaré mejor cómo funciona esto. Mi dojo está cerca.

—¿Tu dojo? —preguntó Naira.

La mujer asintió, y al hacerlo, su coleta se balanceó. —Soy Marily D. Vroe, líder de la facción de espadas de esta isla. Y sí, tengo un pequeño dojo donde enseño el camino del acero.

Issei y sus novias intercambiaron miradas. Una líder de facción. Eso era importante. Aceptaron la invitación.

El dojo era un edificio tradicional de madera, con un pequeño jardín interior y un patio de entrenamiento de arena blanca. Estaba situado en una colina con vistas al mar, un lugar de una paz casi monástica. Dentro, el ambiente olía a incienso y a madera vieja. En las paredes, colgaban varias espadas, algunas antiguas, otras nuevas, pero todas impecablemente cuidadas.

Marily les sirvió té en una pequeña sala de estar, mientras les explicaba con detalle el funcionamiento de la isla. Había tres facciones: Puños, Espadas y Piernas. Cada una tenía su propio estilo, su propia filosofía, y sus propios líderes, elegidos por su habilidad en combate. El rey o la reina de la isla era quien, en un torneo que se celebraba cada cinco años, lograba derrotar a los líderes de las tres facciones. El actual rey, un hombre llamado Goro, había ganado el último torneo y gobernaba con mano justa desde entonces.

—¿Y tú aspiras a ser reina? —preguntó Naira.

Marily sonrió, y esa sonrisa tenía un deje de ambición. —Algún día. Pero Goro es fuerte. Muy fuerte. Aún no estoy lista para desafiarlo. Pero entreno cada día para ese momento.

—Tu espada —dijo Camila, que no podía apartar los ojos de la katana negra en la cadera de Marily—. ¿Por qué es negra?

Marily la miró, y por un instante, su expresión se volvió más seria. —Buena observación. La mayoría no nota la diferencia. —Desenfundó la espada con una fluidez hipnótica. La hoja era larga, elegantemente curvada, y de un negro tan profundo que parecía absorber la luz. No reflejaba nada. Era como un trozo de noche solidificada.

—Es una espada negra —explicó Marily, sosteniéndola con respeto—. No por el color del acero, sino por algo más profundo. En el mundo de la esgrima, se dice que una espada puede volverse negra cuando ha sido empapada en la sangre de innumerables enemigos, o cuando ha sido forjada con un Haki de Armadura tan poderoso que termina impregnando el metal. Hay muy pocas en el mundo. La más famosa es Yoru, la espada del espadachín más poderoso del mundo, Dracule Mihawk, uno de los Siete Guerreros del Mar.

Camila contuvo el aliento. —¿Mihawk? ¿El Shichibukai?

—El mismo —confirmó Marily, con un respeto evidente en su voz—. Su espada, Yoru, es una de las doce mejores espadas del mundo, lo que llamamos Saijo O Wazamono. Es negra, como la mía, pero la mía no está a ese nivel. La mía es… un eco. Una aspirante. Pero algún día, con suficiente entrenamiento y voluntad, quizás alcance la grandeza.

Guardó la espada con el mismo cuidado. —Pero dejemos de lado las espadas. Vosotros, ¿qué hacéis en esta isla? No parecéis combatientes habituales.

Issei explicó su situación: cazarecompensas, viajando por el Grand Line, buscando… bueno, no podía decir la verdad sobre los fragmentos, así que dijo que buscaban aventuras y oportunidades. Marily escuchó con atención, asintiendo de vez en cuando.

—Cazarecompensas —repitió—. Es un trabajo peligroso. Pero si habéis llegado hasta aquí, significa que sabéis defenderos. —Miró a Camila con interés—. Tú, especialmente. Huelo a entrenamiento en ti. ¿Marina?

—Ex-marine —confirmó Camila, con un deje de orgullo.

—Y tú —Marily se dirigió a Naira—, no tienes cuerpo de guerrera, pero tus ojos… esos ojos ven más que los míos. Eres una estratega, ¿verdad?

Naira asintió, sorprendida por la percepción de la espadachina.

—E interesante —Marily sonrió—. Y tú —dijo, finalmente, mirando a Issei—. Tú eres el líder, ¿no? El que protege. El que lleva la carga. Y hay algo en ti… algo en tu brazo izquierdo… —sus ojos se entrecerraron ligeramente—. No sé qué es, pero es poderoso.

Issei sintió un escalofrío. Esta mujer era increíblemente perceptiva. Demasiado, quizás.

—No te preocupes —dijo Marily, notando su tensión—. No husmeo en secretos ajenos. Cada uno tiene los suyos. Solo observo. Es mi naturaleza.

La conversación derivó hacia temas más ligeros. Marily les habló de la isla, de sus costumbres, de los torneos. A cambio, ellos le contaron algunas de sus aventuras, omitiendo los detalles más comprometedores. El té se acabó, y el sol comenzaba a descender.

—Bueno —dijo Marily, levantándose—, ha sido un placer conocerlos. Si necesitáis algo durante vuestra estancia, mi dojo está abierto. Y si alguno de vosotros quiere entrenar, las puertas están abiertas. —Miró a Camila—. Tú, especialmente. Tu estilo tiene potencial, pero necesita refinarse. Podría enseñarte algunas cosas.

Camila aceptó con una sonrisa, agradecida por la oferta.

Antes de irse, Marily les dedicó una última sonrisa y se giró para regresar al interior del dojo. Issei, por un momento, la vio caminar. El movimiento de sus caderas bajo el yukata, el balanceo de su coleta, la gracia felina de su paso… fue como una danza hipnótica.

—Issei. —La voz de Naira era un susurro helado.

—Issei-san. —La de Camila, un tono de advertencia.

Issei parpadeó, volviendo a la realidad. Ambas lo miraban con los brazos cruzados, expresiones de celos mal disimulados en sus rostros.

—Solo… observaba su forma de andar —improvisó Issei débilmente—. Por si acaso hay que pelear con ella algún día. Sí, eso es. Análisis de movimientos.

—Claro —dijo Naira, con un tono que indicaba que no se lo creía ni por asomo.

—Análisis de movimientos —repitió Camila, con una sonrisa falsa.

Issei sintió que el suelo se abría bajo sus pies. —¿Vamos a comprar los suministros? —preguntó, cambiando de tema con la desesperación de un hombre al borde del abismo.

—Vamos —respondieron al unísono, y aunque lo siguieron, sus miradas prometían una conversación pendiente.

El resto de la tarde lo dedicaron a comprar lo necesario. Esta vez, Issei no se separó de ellas ni un segundo, y ellas, aunque aún molestas, apreciaron la atención. Compraron comida fresca, agua, algunos repuestos para el equipo, y Naira encontró un par de libros sobre la historia del Grand Line que podrían ser útiles.

Mientras caminaban de vuelta al puerto, la conversación derivó hacia Marily.

—Es impresionante —dijo Camila, con admiración genuina—. Su manejo de la espada debe ser increíble. Y esa espada negra… nunca había visto una.

—Yo tampoco —admitió Naira—. Pero lo que más me impresionó fue su percepción. Notó lo del brazo de Issei casi de inmediato.

—Demasiado perceptiva —murmuró Issei—. No sé si eso es bueno o malo.

—Por ahora, es neutral —dijo Naira—. Nos ofreció ayuda, no hostilidad. Pero no bajemos la guardia. En este mundo, las apariencias engañan.

Issei asintió. Tenía razón. Pero en el fondo, no podía evitar sentir curiosidad por Marily. No solo por su belleza (que era innegable), sino por su aura. Había algo en ella, una fuerza tranquila, que le recordaba a… ¿a sí mismo? No, no exactamente. Era diferente. Era la fuerza de alguien que ha dedicado su vida a un objetivo, y que no se detendrá ante nada para alcanzarlo.

El Sueño Escarlata los esperaba en el puerto. Subieron a bordo, guardaron las compras, y se prepararon para zarpar al día siguiente. Esa noche, cenaron en cubierta bajo las estrellas, discutiendo sus impresiones de la isla y de Marily.

—Creo que deberíamos quedarnos un par de días más —dijo Camila, inesperadamente—. Su oferta de entrenamiento… podría ser valiosa. Mi Haki de Armadura está mejorando, pero mi técnica con la espada aún tiene fallos. Una maestra de su nivel podría ayudarme a pulirlos.

Naira asintió lentamente. —También podríamos aprovechar para que yo practique mi Observación en un entorno controlado. Y para que Issei… —lo miró con una sonrisa pícara—, bueno, para que Issei nos proteja de los peligros de la isla, como un buen líder.

—Suena a plan —dijo Issei, aliviado de que el tema de su “análisis de movimientos” hubiera quedado atrás—. Unos días de entrenamiento no nos vendrán mal. Además, así le damos tiempo a Baroque Works para que se olvide de nosotros.

No sabía que, en ese mismo momento, a varias jornadas de distancia, Daz Bones atracaba en la isla donde habían derrotado a Mr. 7, comenzando su rastro. El tiempo que ganaban era, en realidad, el tiempo que el asesino necesitaba para acercarse.

La isla neutral recibió a Daz Bones con la misma indiferencia con la que recibía a todos los viajeros. El asesino desembarcó y, con la eficiencia de un profesional, comenzó su investigación. Habló con los lugareños, examinó la plaza, subió al tejado. Pronto tuvo una imagen clara de lo ocurrido.

El golpe que había derribado a Mr. 7 había sido de una fuerza descomunal. Las marcas en la fachada del edificio, la distancia que había volado el cuerpo, todo indicaba un poder muy por encima de lo normal. Y el hecho de que hubieran hundido el bote con los agentes dentro hablaba de una frialdad calculada.

Daz Bones no sintió ira ni venganza. Solo una fría determinación profesional. El objetivo era más peligroso de lo que los informes indicaban. Eso significaba que debía ser más cuidadoso, más meticuloso.

Rastreó la ruta del Sueño Escarlata siguiendo los reportes de avistamientos. No fue difícil: un barco pequeño con tres ocupantes llamaba la atención. La dirección era clara: noreste. La siguiente isla en esa ruta era conocida: la Isla del Duelo.

Daz Bones regresó a su barco y puso rumbo. No había prisa, pero tampoco descanso. Navegaría día y noche hasta alcanzarlos. El tiempo que Issei ganaba con su decisión de quedarse era, irónicamente, el tiempo que Daz Bones necesitaba para acortar distancias.

Mientras Tanto, en Otra Parte del Mundo

En un pequeño barco con cabeza de carnero, una tripulación ruidosa y disparatada navegaba hacia su siguiente aventura. Monkey D. Luffy, el hombre de goma que sería rey de los piratas, reía a carcajadas mientras su cocinero, Sanji, discutía con su espadachín, Zoro, sobre quién era más fuerte. Nami, la navegante, les gritaba que dejaran de hacer tonterías, y Usopp, el tirador, contaba historias exageradas sobre su valor.

Su rumbo: Little Garden, una isla prehistórica donde los dinosaurios aún reinaban. Pronto, sus caminos se cruzarían con los agentes de Baroque Works, y el nombre de Monkey D. Luffy comenzaría a resonar en los oídos de Mr. 0.

El mundo seguía girando. Las tramas se entretejían. Y en el centro de todo, sin saberlo, Issei Hyoudou, el portador de la Boosted Gear, el cazarecompensas pervertido con sueños de harén, se convertía sin querer en una pieza más en el tablero de ajedrez del Grand Line.

La Bestia Escarlata había rugido. El desierto había respondido. Y la hoja viviente se acercaba, silenciosa e implacable, como la arena que erosiona la roca. El choque era inevitable. Y cuando ocurriera, nada volvería a ser igual.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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