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Issei en el grand line - Capítulo 25

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Capítulo 25: Capitulo 24: Mr. 1

Los días en la Isla del Duelo transcurrieron con una placidez que, después de las tensiones de Baroque Works y la constante amenaza del Grand Line, resultaba casi desconcertante. El Sueño Escarlata permanecía atracado en el puerto, su mástil recortándose contra un cielo de un azul tan puro que parecía pintado a propósito. La rutina a bordo se había transformado en algo parecido a unas vacaciones forzadas, un respiro que los tres necesitaban más de lo que estaban dispuestos a admitir.

Pero si algo había quedado claro en el viaje de Issei Hyoudou por este mundo, era que la calma era siempre el preludio de la tormenta.

La mañana comenzó con una escena que ya se había vuelto costumbre: Issei devorando una montaña de comida que habría alimentado a una familia de cinco durante una semana. El pequeño puesto de desayunos del puerto, atendido por una mujer robusta de sonrisa maternal, lo miraba con una mezcla de asombro y preocupación mientras seguía trayendo más platos.

—Jovencito —dijo la mujer, dejando otra bandeja con pescado a la parrilla, arroz y huevos—, ¿de verdad vas a comerte todo eso?

—¡Por supuesto! —respondió Issei con la boca llena, arroz escapándose de sus labios—. ¡Aquí la comida es deliciosa! ¡Y tengo que recuperar fuerzas!

Naira, sentada a su lado con una taza de té, suspiró con una mezcla de exasperación y cariño. —No va a recuperar fuerzas, va a explotar. Ya van siete platos, Issei.

—¡Ocho! —corrigió Camila, que llevaba la cuenta con una sonrisa divertida—. Y no parece tener intención de parar.

—Es que en la isla donde entrené —explicó Issei entre bocados—, tenía que comer así para mantener el ritmo. Mi cuerpo se acostumbró. Además, ustedes dos no se quedan atrás cuando se trata de comer cosas dulces.

Naira y Camila intercambiaron una mirada de fingida indignación. Era verdad, pero ninguna iba a admitirlo.

El desayuno se prolongó hasta que Issei finalmente se declaró “satisfecho” (lo que, según sus estándares, significaba “lleno hasta el borde pero con espacio para un postre”). Luego, con las compras del día anterior aún en sus mentes, decidieron dar un paseo por la isla. Habían planeado quedarse unos días más, tiempo suficiente para que Camila recibiera algunas lecciones de Marily en el dojo, y para que Naira practicara su Haki de Observación en un entorno donde los combates eran moneda corriente.

La Isla del Duelo, en las horas matutinas, era un espectáculo fascinante. Las plazas que por la tarde bullían con combates ahora eran espacios de entrenamiento silencioso. Hombres y mujeres practicaban katas, golpeaban sacos de arena, o simplemente meditaban en círculos, concentrando su voluntad. Era como caminar por un dojo gigante al aire libre.

—Es impresionante —comentó Naira, observando a un grupo de la facción de piernas ejecutar una coreografía de patadas sincronizadas—. Han convertido la violencia en arte.

—Y en orden —añadió Camila—. Aquí no hay crímenes, no hay injusticias. O al menos, se resuelven de inmediato. Es un sistema que funciona.

—Funciona porque todos lo aceptan —dijo Issei, cargando con las bolsas de compras que, como había descubierto, eran inevitables cuando salías con dos mujeres—. La mayoría de la gente no quiere vivir así. Pero aquí, funciona.

Pasaron junto a un pequeño mercado donde los vendedores ofrecían frutas exóticas, telas de colores y, curiosamente, armas de todo tipo. Un puesto de espadas llamó la atención de Camila, que se detuvo a admirar una hoja de acero damascino.

—¿Te gusta? —preguntó el vendedor, un hombre mayor con un ojo cubierto por un parche—. Es de buena calidad. No como la negra que usa Marily, claro. Esa es otra liga.

—¿Marily tiene una espada negra, ¿verdad? —preguntó Naira, interesada.

—¡Ah, sí! —el hombre se animó, claramente orgulloso de hablar de su líder—. La Dama Marily es la mejor espadachina que ha dado esta isla en generaciones. Su espada, Noche Serena, la heredó de su maestro. Dicen que es una de esas espadas que pueden cortar casi cualquier cosa. Y ella… bueno, ella es la única aquí que puede usarla a plenitud.

—¿Y es candidata a reina? —preguntó Issei.

—Aspirante, sí. Pero el Rey Goro aún es fuerte. Muy fuerte. La última vez que se enfrentaron, Marily perdió por poco. La próxima vez, quién sabe.

Siguieron caminando, dejando atrás el mercado. La isla era más grande de lo que parecía desde el mar, y sus calles se bifurcaban en un laberinto de plazas, dojos y pequeñas tiendas. En una de esas plazas, un grupo de jóvenes estaba reunido alrededor de un círculo de combate improvisado. En el centro, dos hombres se enfrentaban a puño limpio, sus movimientos rápidos y precisos.

Issei se detuvo un momento a observar, apreciando la técnica. Pero entonces, algo llamó su atención. Una de las jóvenes del grupo, una chica de cabello corto y ropa ajustada, había dirigido su mirada hacia ellos. O más específicamente, hacia Camila.

La chica se separó del grupo y se acercó con una sonrisa que Issei reconoció de inmediato: era la sonrisa de alguien que había encontrado algo que quería.

—Hola —dijo, dirigiéndose directamente a Camila—. No te había visto antes. ¿Eres nueva en la isla?

Camila, desprevenida, respondió con cortesía. —Sí, llegamos hace unos días. Somos viajeros.

—Viajeros, qué interesante —la chica se acercó un paso más, sus ojos recorriendo la figura de Camila con una apreciación que iba más allá de la simple curiosidad—. Y luchas, ¿verdad? Se te nota en la postura. ¿Quieres entrenar conmigo? Conozco un buen dojo.

La incomodidad de Camila se hizo evidente. Retrocedió un paso, buscando la cercanía de Issei. —Gracias, pero… ya tengo con quien entrenar.

La chica miró a Issei, y su expresión cambió. De la admiración pasó a una evaluación rápida, y luego a una sonrisa de desafío. —Ah, ¿él es tu compañero? ¿Qué tal si lo probamos? Un pequeño combate amistoso. Si gano, me concedes una cena. Si pierdo… bueno, igual te invito a cenar.

Issei sintió que una vena le palpitaba en la frente. No era celos, exactamente. Era más bien… una conciencia territorial. Esta chica estaba coqueteando abiertamente con Camila delante de él. Y aunque sabía que Camila no estaba interesada, el instinto de “proteger lo suyo” se activó.

—Lo siento —dijo Issei, colocándose entre la chica y Camila con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Camila está conmigo. Y no aceptamos desafíos de extraños.

La chica levantó una ceja, claramente divertida. —Oh, ¿así que eres el guardián? Está bien. Entonces, ¿aceptas el desafío tú? Un combate rápido. Si gano, ella me da una oportunidad. Si pierdo, me retiro.

Issei miró a Camila, que negaba con la cabeza, y a Naira, que observaba la escena con una sonrisa de “esto va a ser divertido”. Suspiró. No quería pelear, pero tampoco podía dejar que esta desconocida siguiera acosando a su novia.

—De acuerdo —dijo, dejando las bolsas en el suelo—. Un combate. Pero sin armas. Y cuando pierdas, te alejas.

La chica asintió, adoptando una postura de lucha. Los espectadores del círculo se habían dado cuenta del nuevo enfrentamiento y se acercaban con expectación.

El combate duró exactamente seis segundos.

La chica atacó primero, un golpe rápido hacia el rostro de Issei. Él esquivó sin moverse apenas, dejando que el puño pasara a centímetros de su mejilla. En el mismo movimiento, su mano atrapó la muñeca de la atacante, y con un giro suave pero firme, la desequilibró. Antes de que pudiera reaccionar, Issei había barrido sus piernas con una patada baja y la tenía en el suelo, inmovilizada con su peso sobre ella.

—¿Fin? —preguntó Issei, con una cortesía casi insultante.

La chica parpadeó, sin entender cómo había terminado en el suelo tan rápido. Forcejeó un momento, pero la fuerza de Issei era abrumadora. Finalmente, soltó un bufido de frustración.

—Está bien, está bien. Has ganado. Suéltame.

Issei se levantó, ayudándola a ponerse de pie con una gentileza que contrastaba con su victoria rápida. La chica se sacudió la ropa, mirándolo con una mezcla de respeto y frustración.

—Eres más rápido de lo que pareces —admitió—. Y más fuerte. ¿Entrenas algún arte marcial?

—Algo así —respondió Issei, recogiendo las bolsas—. Mucho entrenamiento con bestias y piratas.

La chica sonrió, esta vez sin el coqueteo anterior. —Bueno, promesa cumplida. Me retiro. Pero tu chica tiene suerte. Cuídala.

Y se fue, incorporándose al grupo que la recibió con risas y comentarios sobre su rápida derrota.

Camila se acercó a Issei, enroscando su brazo alrededor del suyo. —Mi héroe —dijo, con una sonrisa que mezclaba gratitud y diversión—. Me has salvado de una pretendiente.

—No me gusta que me roben lo mío —respondió Issei, con un tono que pretendía ser serio pero que salió más cariñoso de lo que pretendía.

Naira, que había observado todo en silencio, se acercó por el otro lado. —Te has vuelto mucho más rápido, Issei. Esa chica no era una novata, y la venciste sin esfuerzo.

—Son días de entrenamiento —dijo él, encogiendo los hombros—. Además, después de enfrentarme a piratas con recompensas de decenas de millones, los duelos callejeros son un paseo.

Siguieron caminando, pero la atmósfera había cambiado. Issei notó que varias miradas se posaban en ellos, evaluadoras. La noticia de su rápida victoria se estaba extendiendo. En una isla donde el combate era la moneda de cambio, un forastero que derrotaba a un local con tanta facilidad llamaba la atención.

Decidieron regresar al puerto. Ya habían comprado suficiente, y la presencia de Issei empezaba a generar demasiado interés. Pero antes de llegar, un grito desgarró la tranquilidad de la mañana.

—¡Auxilio! ¡En el puerto! ¡Hay un loco matando gente!

Los tres se detuvieron en seco. Issei sintió cómo la adrenalina reemplazaba la calma de los días anteriores. Sin mediar palabra, dejó caer las bolsas y comenzó a correr. Naira y Camila lo siguieron, sus corazones latiendo al unísono con un mal presentimiento.

La escena que encontraron al llegar al puerto era de una brutalidad que ninguno de ellos había presenciado desde la pelea contra Barco.

El muelle, antes un lugar bullicioso de pescadores y comerciantes, se había convertido en un campo de batalla. El suelo estaba manchado de rojo. Personas yacían esparcidas, algunas inmóviles, otras retorciéndose de dolor, sus ropas empapadas de sangre. Los gritos de agonía se mezclaban con los sollozos de los que huían despavoridos.

Y en medio de ese caos, un hombre.

Era de estatura media, complexión atlética, con el cabello oscuro y corto. Vestía una camisa blanca abierta sobre un pecho musculoso, pantalones oscuros y botas. Nada en su apariencia indicaba el horror que había desatado. Nada, excepto sus brazos.

Porque sus brazos ya no eran brazos. Eran cuchillas. Largas, curvas, brillantes como el acero recién pulido. Y no solo sus brazos. Issei pudo ver cómo, a su alrededor, partes de su cuerpo se transformaban en armas: sus piernas en guillotinas, sus dedos en estiletes, incluso el borde de su mano era un filo mortal.

Daz Bones. Mr. 1.

El asesino se movía con una economía de movimientos que era casi hermosa de ver, si no fuera porque cada gesto dejaba un reguero de heridos. No mataba, al menos no a todos. Pero cada corte era preciso, calculado para causar el máximo dolor y el mínimo riesgo para sí mismo. Un pescador que intentó huir recibió un tajo en la espalda que lo derribó. Un joven que blandió un arco fue desarmado con un movimiento de muñeca, sus dedos cortados en el acto.

—Issei Hyoudou —dijo Mr. 1, su voz tan afilada como su cuerpo—. ¿Dónde está?

Nadie respondía. Los que podían hablar preferían callar antes que entregar a un forastero que no les había hecho daño. Los que no podían, simplemente gemían en el suelo.

—Pregunto una vez —continuó Mr. 1, caminando entre los cuerpos con una calma absoluta—. Si no responden, hay consecuencias.

Un anciano, el tendero que les había vendido frutas días antes, escupió al suelo con desprecio. —No te diremos nada, asesino. Aquí protegemos a los nuestros.

Mr. 1 se detuvo frente a él. Por un momento, algo parecido a la admiración brilló en sus ojos muertos. —Valiente. Pero inútil.

Su brazo se transformó en una hoja ancha, y en un movimiento que fue casi perezoso, cortó la pierna del anciano. El hombre cayó con un grito ahogado, la sangre brotando a borbotones.

—La próxima, el brazo. Y luego, la cabeza.

Fue entonces cuando Marily llegó.

La espadachina había estado en su dojo, puliendo Noche Serena, cuando los gritos llegaron a ella. No lo dudó. Se puso la katana en la cadera y corrió hacia el puerto con la velocidad de quien ha dedicado su vida al combate. Lo que encontró la llenó de una furia que rara vez sentía.

—¡DETENTE!

Su grito resonó en el muelle. Mr. 1 se giró, y por primera vez, algo de interés apareció en su rostro. La mujer que se acercaba tenía una katana negra en la mano, y su postura era la de alguien que sabía usarla.

—Otro obstáculo —dijo Mr. 1, casi con aburrimiento—. ¿Sabes dónde está Issei Hyoudou?

—No te lo diría aunque lo supiera —respondió Marily, desenfundando Noche Serena con un movimiento fluido—. Y tú, asesino, vas a pagar por lo que has hecho.

Mr. 1 rió. Era una risa seca, sin emoción. —¿Pagarme? Tú y tu espada de juguete. Vamos, niña. Enséñame lo que sabes.

Marily atacó primero. Su velocidad era impresionante, un corte horizontal que buscaba el cuello de Mr. 1. El asesino se inclinó hacia atrás, esquivando por centímetros, pero la hoja negra silbó tan cerca que sintió el viento en la piel.

—Interesante —murmuró.

Marily no le dio tiempo a reaccionar. Su siguiente ataque fue una estocada directa al corazón. Mr. 1 levantó su brazo convertido en cuchilla para bloquear, pero la espada negra no se detuvo. En lugar del sonido metálico esperado, hubo un corte limpio, y Mr. 1 sintió un dolor agudo en el antebrazo.

La hoja de Marily había penetrado su defensa de acero.

Saltó hacia atrás, mirando su brazo. Un corte limpio, superficial pero sangrante, corría por su antebrazo. Maldijo en silencio. La espada era negra, una de esas espadas que, como Yoru, tenían propiedades especiales. No necesitaban Haki para cortar lo que era duro. Eran, por sí mismas, armas de otro nivel.

—Espada negra —dijo Mr. 1, su voz ahora más seria—. No es Yoru, pero tiene su esencia. Interesante. Muy interesante.

—Tienes un minuto para irte —respondió Marily, su espada apuntando al asesino—. Si no, te cortaré en pedazos tan pequeños que ni tus huesos encontrarán.

—Brava —dijo Mr. 1, y su sonrisa se ensanchó—. Pero ahora, voy a dejar de jugar.

Su cuerpo entero comenzó a transformarse. No solo los brazos. Sus piernas se convirtieron en cuchillas, su torso en una armadura de filos, su cabeza… su cabeza se mantuvo humana, pero el resto era un arsenal andante. Era una visión aterradora, un hombre convertido en arma viviente.

—Preparada —dijo Mr. 1, y atacó.

El combate que siguió fue de una intensidad que los heridos en el suelo apenas podían seguir. Mr. 1 se movía como un torbellino de acero, cada parte de su cuerpo un filo mortal. Marily bloqueaba, esquivaba, contraatacaba, pero la presión era abrumadora. Cada golpe de Mr. 1 tenía la fuerza de un martillo y la precisión de un escalpelo. Su técnica, Supreme Slash, convertía su brazo en una guillotina que caía una y otra vez.

Marily resistió los primeros intercambios. Su espada negra era lo único que podía cortar el acero de Mr. 1, y cada vez que lograba conectar, dejaba una herida. Pero Mr. 1 era más rápido, más experimentado. Aprendió rápido. Dejó de bloquear y comenzó a esquivar, usando su velocidad superior para rodear a Marily, atacando desde ángulos imposibles.

El primer corte llegó al hombro de Marily. Sangre. El segundo, en el costado. El tercero, en el brazo que sostenía la espada. Marily retrocedió, jadeando, su yukata empapándose de rojo.

—¿Ya te cansaste? —preguntó Mr. 1, avanzando lentamente—. Has durado más que la mayoría. Pero esto termina.

Marily intentó un último ataque desesperado, un corte diagonal que buscaba partir a Mr. 1 en dos. Pero el asesino ya lo había anticipado. Esquivó con un giro, y en el mismo movimiento, convirtió todo su cuerpo en una cuchilla giratoria.

Fue como un torbellino de acero. Marily intentó bloquear, pero los golpes venían de todos lados, demasiado rápido, demasiado fuertes. Sintió cómo la hoja negra se le escapaba de la mano, cómo los cortes se acumulaban en sus brazos, sus piernas, su torso. El dolor era inmenso, pero no tuvo tiempo de procesarlo.

El último golpe la lanzó por los aires. Voló varios metros antes de estrellarse contra un montón de cajas en el muelle, su espada cayendo a su lado con un sonido metálico. Su yukata estaba hecho jirones, empapado de sangre. Intentó levantarse, pero sus brazos no respondían. La visión se le nublaba.

—Lástima —dijo Mr. 1, caminando hacia ella—. Con un par de años más de entrenamiento, podrías haberme dado más pelea. Pero no llegarás a ese punto.

Levantó su brazo, convertido en una hoja ancha, para dar el golpe de gracia. Fue entonces cuando una voz potente, llena de furia, resonó en el puerto.

—¡ALTO!

Mr. 1 se giró. El rey de la isla, Goro, había llegado. Era un hombre de gran estatura, con brazos musculosos y una presencia imponente. Detrás de él, una docena de los mejores luchadores de las tres facciones, armados hasta los dientes.

—Este es mi territorio —dijo Goro, su voz un trueno—. Has matado y herido a mi gente. Pagarás con tu vida.

Mr. 1 lo observó con una mezcla de aburrimiento y respeto profesional. —Rey de la isla. He oído de ti. Dicen que eres fuerte. ¿Sabes dónde está Issei Hyoudou?

—No me importa tu cazador —respondió Goro, adoptando una postura de combate—. Solo sé que has venido a mi isla a derramar sangre inocente. Y eso no lo permito.

—Lástima —dijo Mr. 1, y atacó.

Goro era un combatiente experimentado. Su Haki de Armadura, aunque no tan desarrollado como el de un veterano del Nuevo Mundo, era sólido. Sus puños, cubiertos de negro, golpeaban con la fuerza de un martillo. Pero Mr. 1 era otra categoría.

El combate fue brutal y breve. Goro logró conectar algunos golpes, y cada vez que su puño imbuido de Haki impactaba en el cuerpo acerado de Mr. 1, el asesino retrocedía, sintiendo el dolor. Pero la diferencia de velocidad era abismal. Mr. 1 se movía como una hoja al viento, y cada vez que Goro fallaba un golpe, recibía un corte.

En menos de un minuto, el rey de la isla estaba bañado en sangre. Sus brazos, sus piernas, su pecho… todo estaba marcado por los filos de Mr. 1. Pero no se rendía. Seguía atacando, su voluntad inquebrantable.

—¡Dime dónde está! —exigió Mr. 1, mientras esquivaba un puñetazo y respondía con un tajo en el costado de Goro.

—¡Nunca! —rugió Goro, y lanzó un golpe desesperado, un uppercut que alcanzó a Mr. 1 en la mandíbula.

El asesino retrocedió, escupiendo sangre. Por un momento, algo parecido a la furia brilló en sus ojos. Pero se disipó rápido, reemplazado por la fría determinación.

—Suficiente.

Su brazo se transformó en una lanza de acero, larga y mortal. Goro, agotado y herido, no pudo esquivar. La lanza atravesó su pecho de lado a lado.

El rey de la isla cayó de rodillas, sus ojos abiertos por la incredulidad. Miró el brazo que lo atravesaba, luego a Mr. 1, luego al cielo. Un último suspiro escapó de sus labios, y su cuerpo se desplomó sobre el muelle, inmóvil.

Mr. 1 retiró su brazo, ahora cubierto de sangre, y dejó que el cuerpo cayera al suelo con un golpe sordo. Los heridos que aún podían ver comenzaron a gritar, a llorar. El rey estaba muerto. Su protector había caído.

—Ahora —dijo Mr. 1, limpiándose la sangre en la ropa de un cadáver cercano—, ¿alguien va a decirme dónde está Issei Hyoudou?

El silencio fue su respuesta. Los pocos que quedaban en pie miraban al asesino con odio, pero también con un terror paralizante.

Fue entonces cuando Issei llegó.

Issei, Naira y Camila irrumpieron en el puerto en el momento exacto en que el cuerpo de Goro caía al suelo. Lo que vieron los detuvo en seco.

Cuerpos por todas partes. Sangre en el suelo, en las paredes, en el agua del muelle. Gente herida, gimiendo, algunos inmóviles. Y en medio de ese horror, una figura que reconocieron de inmediato: Marily, tendida junto a su espada negra, su yukata empapado de rojo, respirando apenas.

—¡Marily! —gritó Camila, y corrió hacia ella.

Naira, con su entrenamiento en primeros auxilios, la siguió, dejando a Issei solo frente al asesino.

Mr. 1 se giró lentamente. Sus ojos, fríos e impasibles, se posaron en Issei. Reconoció el rostro de los informes, el brazo con la extraña energía, la postura de alguien que ha enfrentado la muerte y ha vuelto.

—Al fin te encuentro —dijo, y su voz era como el roce de dos cuchillas—. Hyoudou Issei.

Issei no respondió. Sus ojos recorrían la escena, procesando. Los heridos, los muertos, Marily desangrándose, el rey con el pecho abierto. Todo por su culpa. Porque él había estado aquí. Porque Baroque Works lo había seguido.

La culpa y la ira se mezclaron en su interior, una coctelera explosiva que amenazaba con hacerle perder el control.

“Usuario”, la voz de Ddraig resonó en su mente, grave y urgente. “Ese hombre es peligroso. Ten cuidado.”

Issei respiró hondo. El consejo de Ddraig era un ancla en la tormenta. Miró a Naira y Camila, que ya estaban atendiendo a Marily, aplicando vendas improvisadas para detener la hemorragia. Confiaba en ellas. Sabía que harían todo lo posible por salvar a la espadachina.

Ahora, él debía hacer su parte.

—Eres de Baroque Works —dijo Issei, su voz baja pero firme—. Viniste por mí. Estos inocentes… no tenían nada que ver.

—Los inocentes nunca tienen nada que ver —respondió Mr. 1, avanzando un paso—. Pero la información no es gratis. Algunos entendieron. Otros, no.

—Vas a pagar por esto —Issei apretó los puños, sintiendo el calor de la Boosted Gear extenderse por su brazo.

—Tal vez —Mr. 1 sonrió, una mueca que no llegaba a sus ojos—. Pero primero, muéstrame de qué estás hecho, cazarecompensas. Muéstrame por qué Mr. 7 y su compañera cayeron ante ti. Muéstrame si realmente mereces la atención de Mr. 0.

Se lanzaron el uno contra el otro. El primer impacto hizo temblar el muelle.

Issei había enfrentado a muchos enemigos desde que llegó a este mundo. Piratas, marines corruptos, bestias marinas. Pero Daz Bones era diferente. No era un bruto con un arma, ni un fanático con ideología. Era un asesino perfecto, una máquina de matar que había dedicado su vida a perfeccionar su arte.

Su cuerpo era un arsenal. Cada golpe de Issei era recibido por una superficie de acero. Cada esquivada de Issei era seguida por un contraataque que buscaba su sangre. Mr. 1 no desperdiciaba movimientos. Cada corte era preciso, cada estocada letal.

“¡BOOST!”

Issei sintió el poder fluir por sus venas. Su velocidad aumentó, su fuerza se multiplicó. Logró esquivar un tajo que habría partido su brazo y respondió con un puñetazo cubierto de Haki de Armadura en el costado de Mr. 1.

El impacto resonó como una campana. Mr. 1 retrocedió, sintiendo el dolor incluso a través de su armadura de acero. Miró a Issei con una nueva valoración.

—Haki de Armadura —dijo—. Y ese artefacto en tu brazo… aumenta tu poder. Interesante.

Atacó de nuevo, esta vez con más velocidad. Su brazo se convirtió en una cuchilla curva, y la hizo girar como una hélice. Issei bloqueó con su antebrazo endurecido por Haki, pero la fuerza del golpe lo hizo retroceder varios metros.

“¡SEGUNDO BOOST!”

El poder aumentó de nuevo. Issei sintió que sus músculos se tensaban, que su voluntad se solidificaba. Cargó contra Mr. 1 con un rugido, sus puños lloviendo golpes sobre el cuerpo acerado del asesino. Cada impacto dejaba una marca, cada golpe hacía retroceder a Mr. 1.

Pero el asesino no caía. Su cuerpo de acero absorbía el castigo, y cada vez que Issei se acercaba demasiado, una nueva cuchilla aparecía, buscando su sangre.

—Impresionante —dijo Mr. 1, mientras esquivaba un golpe y respondía con un tajo en el brazo de Issei—. Pero no suficiente.

Su cuerpo entero comenzó a girar, convirtiéndose en ese torbellino de cuchillas que había derrotado a Marily. Issei intentó bloquear, pero los golpes venían de todos lados, demasiado rápido, demasiado afilados.

“¡TERCER BOOST!”

El poder explotó en su interior. Issei dejó de bloquear y, en un movimiento desesperado, agarró a Mr. 1 por los hombros en medio de su giro. Las cuchillas cortaron sus brazos, su pecho, su rostro. Pero él no soltó. Con un rugido que parecía venir de las profundidades de su ser, levantó al asesino por encima de su cabeza y lo estrelló contra el suelo del muelle.

El impacto fue tremendo. Las tablas de madera se astillaron, y Mr. 1 quedó hundido en un cráter improvisado, su cuerpo momentáneamente desorientado.

Issei se quedó de pie, jadeando, la sangre corriendo por sus brazos y su pecho. Había logrado dañar a Mr. 1. Pero sabía que no era suficiente. El asesino se estaba levantando, su expresión de fría determinación transformándose en algo más peligroso: respeto.

—No eres un cazarecompensas común —dijo Mr. 1, poniéndose de pie con una lentitud que era más aterradora que cualquier ataque rápido—. Mr. 0 tenía razón al enviarme personalmente. Eres una amenaza.

—Y tú eres un monstruo —respondió Issei, preparándose para el siguiente asalto—. Pero los monstruos también sangran. Y si sangras, puedes ser derrotado.

Mr. 1 sonrió, y esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos. —Entonces, muéstrame. Muéstrame si puedes derribar a este monstruo.

El combate estaba lejos de terminar. Pero en el muelle, mientras Issei y Mr. 1 se preparaban para el siguiente intercambio, Naira y Camila trabajaban frenéticamente para salvar a Marily. La espadachina había perdido mucha sangre, pero aún respiraba. Si lograban estabilizarla, si Issei podía contener al asesino el tiempo suficiente… quizás, solo quizás, podrían salir de esta.

El rugido de la Bestia Escarlata resonaba en el puerto, y esta vez, el eco llegaría lejos. Muy lejos.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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