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Issei en el grand line - Capítulo 3

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Capítulo 3: Capitulo 2: Los dos lados del mundo

Atracar el barco en el destartalado muelle de la isla, al que Issei bautizó mentalmente como “Isla del Abatimiento”, fue una experiencia surrealista. Mientras amarraba las cuerdas a unos postes de madera carcomida, docenas de pares de ojos lo observaban desde la distancia. No eran miradas de curiosidad saludable, sino de una cautelosa y fatigada desconfianza. Él era un extraño, un elemento foráneo en un ecosistema social que parecía al borde del colapso. Su propia presencia, su postura erguida y, sobre todo, su físico evidentemente bien alimentado y musculoso, lo delataban como un outsider.

Al pisar el suelo de tablones del muelle, que crujieron de forma alarmante bajo su peso, Issei pudo absorber por completo la atmósfera del lugar. Las calles, empedradas de manera irregular, estaban flanqueadas por edificios que se inclinaban unos contra otros como borrachos, su pintura descascarada y sus ventanas sucias. El aire olía a sal, a pescado en mal estado y a una mezcla de desesperanza y resignación. La gente caminaba con la cabeza gacha, sus ropas eran simples harapos remendados y sus rostros estaban marcados por el hambre y el agotamiento. Era un pueblo que había olvidado cómo sonreír.

Issei, acostumbrado a los bulliciosos alrededores de Kuoh y a la vitalidad salvaje de su isla desierta, se sintió profundamente incómodo. Su mirada, siempre en busca de bellezas femeninas, encontró algunas. Había jóvenes con rostros delicados y figuras esbeltas, pero su belleza estaba empañada por la suciedad, la delgadez y una ausencia en la mirada que apagaba cualquier chispa de interés en el pervertido interior de Issei. Por primera vez en su vida, la perspectiva de un harén se le antojó frívola e inapropiada. Aquí, la prioridad era sobrevivir, no flirtear.

Mientras deambulaba sin rumbo, intentando comprender el lugar, su “radar de intenciones”, tan útil contra las bestias, comenzó a zumbar con una frecuencia nueva. No era el hambre animal, sino algo más complejo y repulsivo: avaricia mezclada con crueldad y un sentido de impunidad. La fuente provenía de un callejón cercano.

Se acercó sigilosamente y espió. Tres hombres vestidos con uniformes blancos y azules, con la palabra “MARINA” impresa con orgullo en sus boinas y sobre el pecho, acorralaban a un joven demacrado. Uno de ellos, un tipo con bigote y una sonrisa desagradable, sostenía una pequeña bolsa de monedas que el joven intentaba recuperar con manos temblorosas.

—¡Por favor, es todo lo que tengo! ¡Es para la medicina de mi hermana! —suplicaba el joven, su voz quebrada por los sollozos.

—¡Los impuestos atrasados no perdonan, mocoso! —le espetó el marine, dándole un empujón que lo hizo estrellarse contra la pared—. La próxima semana traes el doble, o veremos qué tal le sienta a tu hermana un viaje a los burdeles del capitán.

La ira que surgió en Issei fue instantánea y glacial. No era el arrebato cálido que sentía al ser provocado, sino una indignación profunda y moral. Estos tipos, que se suponía que eran los protectores, los defensores de la justicia, eran solo matones con licencia. Eran los “deportistas populares” de Kuoh llevados al extremo absoluto, usando la autoridad para aplastar a los débiles. Eso, para Issei, que siempre había estado en el fondo de la cadena social, era un insulto intolerable.

Sin pensarlo dos veces, entró en el callejón. Su silueta, ancha y amenazante, bloqueó la salida de luz.

—Deberíais estar avergonzados —dijo, su voz baja pero cargada de una peligrosa calma.

Los marines se giraron, sorprendidos. Al verlo, su sorpresa se transformó en desdén. —¿Y tú quién diablos eres, forastero? ¿Buscas problemas? Lárgate si valoras tu salud.

—El chico se va. Vosotros os quedáis —declaró Issei, señalando al joven, quien lo miraba con una mezcla de esperanza y terror.

El marine del bigote soltó una risotada y desenfundó su sable. —¡Ya está bien! ¡Enseñémosle al nuevo algunas reglas!

Los tres cargaron a la vez. Fue patético. Para Issei, que había luchado contra bestias que podían destrozar acero con sus garras, estos marines de pacotilla se movían en cámara lenta. Esquivó el torpe tajo del sable, agarró la muñeca del marine y apretó. El crujido del hueso se mezcló con un grito de agonía. Con su otra mano, lanzó un gancho al estómago del segundo marine, que se desplomó jadeando, sin aire en los pulmones. El tercero intentó huir, pero Issei lo agarró por el cuello de la camisa y lo lanzó contra un montón de barriles de madera podrida, que se hicieron añicos bajo el impacto.

En menos de diez segundos, los tres yacían inconscientes o gimiendo de dolor en el suelo. Issei se acercó al joven, que seguía pegado a la pared, temblando.

—Toma —dijo Issei, recogiendo la bolsa de monedas y entregándosela—. Vete a casa. Y no digas nada.

El joven asintió con lágrimas en los ojos, murmuró un “gracias” casi inaudible y salió corriendo del callejón. Issei miró con desprecio a los marines. No los había matado, pero el mensaje estaba claro. Al salir del callejón, sintió que algo había cambiado dentro de él. Había actuado por justicia, no por lujuria. Y se había sentido bien.

La Pesadilla Bajo el Yugo

Decidido a entender la raíz del problema, Issei dedicó las siguientes horas a investigar. Se mezcló con la gente, compró algo de comida con las pocas monedas que tenía (ofreciendo pagar de más a un vendedor que se negó, diciendo que “atraería atención no deseada”) y, con su actitud sincera y su poderosa presencia, logró que algunos habitantes, cautelosos al principio, le contaran fragmentos de la verdad.

La historia era un cuento triste de opresión. La isla, llamada “Ternura” en tiempos más felices, se había atrevido a rebelarse contra el Gobierno Mundial. No querían independencia, solo un trato más justo, menos impuestos abusivos. Pero su rebelión fue un fracaso. El esperado apoyo del “Ejército Revolucionario” nunca llegó, y la Marina respondió con una fuerza brutal. Como castigo ejemplar, el Gobierno Mundial no solo aplastó la rebelión, sino que colocó al mando de la isla a uno de sus oficiales más sádicos y corruptos, el Capitán Bruto, con la orden tácita de hacer sus vidas un infierno.

El capitán Bruto había convertido a los marines de la base local en su propia mafia privada. Los impuestos eran exorbitantes, las cosechas y pescas eran confiscadas “para la seguridad”, y cualquiera que se quejaba desaparecía o era públicamente humillado. Lo peor de todo era el destino de la familia real. El rey, la reina y su hija, la princesa, no habían sido ejecutados. Estaban cautivos en su propio palacio, convertido ahora en la base de operaciones de Bruto. Se rumoreaba que los obligaban a presenciar desde sus ventanas con barrotes cómo su pueblo se arruinaba, una tortura psicológica continua para que sufrieran la impotencia de ver destruido todo lo que amaban.

Cada palabra que escuchaba avivaba el fuego de la ira en el pecho de Issei. Esta no era una lucha por territorios o por poder. Era maldad pura, sadismo institucionalizado. Hasta Ddraig, normalmente tan estoico y centrado en el poder por el poder mismo, resonaba con indignación.

“Esto… es una afrenta.” La voz del dragón era un susurro cargado de cólera ancestral. “Un gobernante que no protege a su pueblo es un gusano. Un guerrero que abusa de los indefensos no merece el título. Esta podredumbre debe ser purgada.”

Issei asintió en silencio, su mirada fija en la lúgubre silueta del palacio que se alzaba en una colina, dominando la isla como un recordatorio de su cautiverio. —Tienes razón. No puedo irme de aquí sabiendo esto. Voy a ayudarlos.

“¿Motivado por la justicia, usuario? Eso es nuevo.”

—¡Claro que es por justicia! —protestó Issei, aunque luego bajó la voz y añadió—: Y… bueno, si la princesa es tan hermosa como dicen, y me está agradecida por salvarla a ella y a su reino… eso, uh, tampoco estaría mal, ¿sabes?

Ddraig emitió un suspiro mental, pero no hubo reproche. Al menos la esencia de Issei permanecía. “En fin. El punto es que actuar con la fuerza bruta sería un error. Este ‘Capitán Bruto’ estará esperando una rebelión abierta. Debemos ser astutos. Debes atraerlo a un terreno donde su poder sea inútil y el tuyo, decisivo. Como cazabas a las bestias en la jungla.”

El Plan del Dragón y la Bestia

De vuelta en la relativa seguridad de su barco, con la luna alta en el cielo, Issei y Ddraig elaboraron su estrategia. No se trataba de una batalla campal; se trataba de una operación de cirugía precisa.

“Primero, la inteligencia”, comenzó Ddraig. “Necesitamos saber todo sobre Bruto. Su rutina, sus debilidades, su nivel de poder. Segundo, el objetivo no es matarlo a él, sino decapitar su mando. Sin su líder, los demás marines, que probablemente solo sigan por miedo, se desmoronarán.”

Issei asintió, su mente, usualmente llena de imágenes de pechos, ahora se centraba en tácticas. —Podemos usar a la gente. Ellos son los ojos y oídos. Podemos esparcir un rumor, algo que lo enfurezca y lo haga actuar de forma imprudente.

“Exacto. Y el rumor perfecto es un desafío a su autoridad. Algo que hiera su ego. Debemos presentarte no como una amenaza militar, sino como un fantasma, un símbolo de esperanza que él no puede atrapar.”

El plan tomó forma. Issei, usando su velocidad y sigilo, se dedicaría las siguientes noches a actos de “rebeldía fantasma”. Sabotearía almacenes de impuestos, liberaría prisioneros y dejaría un mensaje: “La Bestia Escarlata observa”. La gente, con renovado ánimo, empezaría a susurrar. La leyenda crecería.

El golpe maestro sería atraer a Bruto fuera de su fortaleza. Usarían a un confidente, el mismo joven al que Issei había ayudado, para filtrar información falsa: la “Bestia Escarlata” estaría escondido en los antiguos túneles de servicio bajo el mercado, planeando un ataque directo al palacio. Bruto, confiado y deseoso de aplastar personalmente a este insurgente, caería en la trampa.

El mercado, con sus callejones estrechos y estructuras débiles, era el lugar perfecto. Allí, la superioridad numérica de los marines sería inútil, y la fuerza bruta de Issei, potenciada por la Boosted Gear en un espacio cerrado, sería devastadora.

—Y cuando esté aislado, con sus mejores hombres fuera del palacio buscándome en un lugar equivocado… —dijo Issei, con una sonrisa feroz.

“—Lo enfrentarás tú solo. Romperás su voluntad frente a los suyos. Un símbolo de tiranía derrotado por un símbolo de esperanza. Es un plan… aceptable.”

Al amanecer, Issei miró hacia el palacio. Ya no sentía solo ira, sino un propósito claro. Su sueño del harén podía esperar. Ahora, tenía una misión. Iba a cazar al depredador más peligroso de la isla, no una bestia de la jungla, sino un monstruo con uniforme. La Bestia Escarlata estaba a punto de rugir, y su rugido anunciaría el amanecer de la libertad para la Isla Ternura.

El amanecer en la Isla Ternura no traía consigo la promesa de un nuevo día, sino la pesadilla recurrente del cobro de impuestos. Una bruma gris y pesada, que parecía emanar de la misma desesperanza de los habitantes, se aferraba a las calles. Issei, apostado en la azotea de una taberna abandonada con una vista privilegiada de la plaza central, observaba con los ojos entornados. Su cuerpo, un manojo de músculos tensos, estaba inmóvil. Había pasado la noche repasando el plan con Ddraig, y ahora solo quedaba ejecutarlo.

La información que había recabado era precisa. Puntual como un reloj de maldad, el Comandante Bruto hizo su entrada en la plaza. Era un hombre que parecía tallado en bloques de granito y bilis. Más bajo que Issei, pero con una envergadura bestial, sus hombros eran tan anchos que su capa de marine, blanca y azul manchada, colgaba de ellos como de una percha de roca. Su rostro era una máscara de cicatrices y mal carácter, con una mandíbula cuadrada y unos ojos pequeños y penetrantes que escudriñaban la plaza con desprecio. En su cintura, colgada de un tahalí mugriento, llevaba una espada curva, un sable de aspecto siniestro y bien cuidado, un claro contraste con su dueño.

Tras él, como una jauría de hienas famélicas, marchaban sus “achichincles”. Una docena de marines de uniformes desaliñados, con miradas vacías y armados con una mezcla de mosquetes antiguos y sables oxidados. Eran la escoria de la Marina, hombres que habían encontrado en la crueldad de Bruto un refugio para su propia miseria moral.

—¡Buenos días, mis queridos contribuyentes! —rugió Bruto, su voz áspera como esmeril sobre metal—. ¡Es un día glorioso para engrosar las arcas de la justicia del Gobierno Mundial! ¡Que empiece la recaudación!

La orden era una condena. Los aldeanos, con la mirada gacha, formaron una fila silenciosa. Uno a uno, fueron acercándose a una mesa donde un marine con un libro de contabilidad iba anotando y confiscando las míseras bolsas de monedas, los fardos de tela y las escasas piezas de pescado que la gente había logrado reunir. El aire se llenó de un silencio roto solo por el llanto ahogado de los niños y el crujir de las monedas al ser amontonadas.

Issei observaba, calculando. Su “radar de intenciones” le mostraba un mosaico de emociones: el miedo agudo de los aldeanos, la avaricia sosa de los marines rasos y, centrado como un faro de maldad, la arrogante satisfacción del Comandante Bruto. Este, como era su costumbre, se plantó en el centro de la plaza, con los brazos cruzados, vigilando el proceso como un amo observa a sus siervos. Sus hombres, siguiendo su rutina, comenzaron a dispersarse por las calles adyacentes para extorsionar a los que no se habían atrevido a salir.

Era el momento. La plaza se estaba vaciando de soldados. Solo quedaban Bruto y el contable.

El corazón de Issei latió con fuerza una vez, no por miedo, sino por anticipación. Respiró hondo, centrándose. No se trataba solo de fuerza; se trataba de precisión, de enviar un mensaje. Con la agilidad de un gran felino, bajó de la azotea deslizándose por una columna de madera y aterrizando en el suelo sin hacer ruido. Se movió entre las sombras de los edificios, un espectro en la neblina matutina.

Cuando estuvo a diez metros de Bruto, salió a la luz. No corrió, no gritó. Simplemente caminó hacia él con una calma aterradora.

Bruto, que observaba con arrogancia cómo su contable recogía el último puñado de monedas de una anciana, sintió su presencia antes de verlo. Se giró, sus ojos pequeños se estrecharon.

—¿Y tú quién demonios eres? —gruñó, escupiendo las palabras—. Otro mendigo buscando caridad? Lárgate antes de que decida cobrarte un “impuesto por respirar mi aire”.

—Vine a cobrar una deuda —dijo Issei, su voz serena pero firme, cargada de una autoridad que resonó en la plaza silenciosa—. La deuda de justicia que tenéis con esta gente.

Bruto soltó una carcajada seca, un sonido desagradable. —¿Justicia? Aquí la justicia la pongo yo. Y hoy te toca pagar, mocoso.

En un movimiento que fue más rápido de lo que su corpulencia sugería, Bruto desenvainó su sable curvo. La hoja, de acero oscuro, reflejó la luz gris del amanecer con un destello mortífero. Issei no se inmutó. No tenía arma, pero sus puños eran todo lo que necesitaba.

El ataque de Bruto fue directo y brutal. Un tajo horizontal destinado a partir a Issei por la cintura. Issei, confiando en sus reflejos mejorados y en su “radar”, que le advertía del movimiento un instante antes de que ocurriera, se agachó justo a tiempo. El sable silbó sobre su cabeza, cortando un mechón de su cabello. El viento de la hoja le heló el cuero cabelludo.

—¡Esquivas bien, ratón! —rugió Bruto, siguiendo con una estocada veloz.

Issei giró sobre su eje, esquivando la punta del sable por centímetros. La batalla había comenzado. Bruto era, como su rango sugería, un guerrero experimentado. Sus movimientos con la espada eran económicos, eficientes y mortíferos. Atacaba sin descanso, combinando tajos poderosos con estocadas traicioneras. Issei se vio forzado a retroceder, bailando en el borde del filo. Esquivaba, bloqueaba los golpes con sus antebrazos endurecidos (sintiendo el impacto vibrar en sus huesos) y se contorsionaba de formas imposibles. Fue una danza mortal donde un error significaba un miembro cercenado.

La plaza era su arena. Los pocos aldeanos que quedaban observaban, conteniendo la respiración, sus corazones latiendo al unísono con cada esquivada milagrosa de Issei. El contable había huido, escondiéndose bajo la mesa.

—¿Solo sabes huir? —burló Bruto, sudando ya—. ¡Enfréntame como un hombre!

Issei no respondía. Su mente estaba en calma, analizando. Su “radar” no solo sentía la intención de atacar, sino que empezaba a predecir los patrones. Bruto tendía a cargar con su hombro izquierdo antes de un tajo diagonal. Giraba la muñeca de una manera específica antes de una estocada baja. Issei estaba aprendiendo. Estaba cazando.

Después de varios minutos de este juego mortal, Issei vio su apertura. Después de una estocada fallida, Bruto quedó ligeramente desequilibrado, con el brazo extendido. Issei se lanzó hacia adelante, no para golpear, sino para agarrar. Su mano, rápida como un relámpago, se cerró alrededor de la muñeda de Bruto que sostenía el sable.

—¡Suelta! —ordenó Issei, apretando con fuerza sobre los tendones.

Bruto gritó, más de rabia que de dolor, y su dedo se abrió por reflejo. El sable curvo cayó al empedrado con un sonido metálico y ominoso. Por un instante, hubo silencio.

Luego, una sonrisa fea y retorcida se dibujó en el rostro de Bruto. —¿Crees que me has desarmado, niño? La espada era solo para entretenerme.

El comandante se flexionó, y sus nudillos crujieron. Su postura cambió; se volvió más baja, más centrada. —El cuerpo a cuerpo es mi verdadera especialidad.

El combate entró en una nueva y más brutal fase. Bruto cargó, y esta vez fue Issei quien se sorprendió. La velocidad y potencia del marine se multiplicaron. Sus puños eran como martillos de herrero, sus patadas buscaban romper rodillas. Era un estilo sucio, nacido de incontables peleas callejeras y ejecuciones. Golpeaba, mordía, escupía, usaba todo lo que tenía.

Issei, acostumbrado a la fuerza bruta de las bestias, se encontró luchando contra una bestia con inteligencia humana. Un golpe le abrió el labio. Otro le hizo ver las estrellas. Por primera vez desde que llegó a la isla, Issei sintió que estaba en desventaja. Su fuerza base, aunque monstruosa, se encontraba con un rival de igual calibre en experiencia y ferocidad.

La pelea se alargó, convirtiéndose en un intercambio brutal de golpes. Issei recibía impactos que habrían matado a un hombre normal, pero su cuerpo, forjado en la isla del infierno, los aguantaba. A su vez, sus propios golpes encontraban el cuerpo duro como la roca de Bruto, que parecía no sentir dolor.

Fue entonces cuando el sonido de pasos apresurados y gritos llenó la plaza. Los achichincles habían terminado su ronda y regresaban, alertados por el ruido de la pelea. Al ver a su comandante luchando, sacaron sus mosquetes y sables, rodeando a Issei.

—¡Jefe! ¡Estamos aquí! —gritó uno.

Bruto, jadeando, sonrió con sangre en los dientes. —Parece que se acabó tu momento de gloria, ratón.

Issei miró a su alrededor. Estaba rodeado. Doce hombres armados y un comandante feroz. El tiempo se le había agotado. No podía permitir que interfirieran. No ahora.

—Ddraig —murmuró, mientras los marines rasos se preparaban para cargar.

“Es el momento. Acaba con los insectos. Rápido.”

Una oleada de calor familiar inundó el pecho de Issei. El resplandor verde de la Boosted Gear iluminó la plaza gris, haciendo parpadear a los marines.

—¡[Boost]! —rugió.

El poder duplicó su fuerza, su velocidad, sus sentidos. El mundo pareció ralentizarse a su alrededor. El primer marine que cargó con un sable encontró solo aire donde antes estaba Issei. Un instante después, un puño verde lo levantó del suelo y lo envió volando contra una pared, donde se quedó pegado antes de caer inconsciente.

Issei se movió como un torbellino escarlata y verde. Era un espectro de destrucción. Esquivaba disparos que ahora le parecían balas de goma, desviaba sables con sus brazos y contraatacaba con una precisión devastadora. Un golpe en el estómago, una patada en la rodilla, un codazo en la mandíbula. En menos de quince segundos, los doce marines yacían esparcidos por la plaza, formando un círculo de cuerpos derrotados alrededor de Issei.

Se giró hacia Bruto, cuya sonrisa sanguinaria había desaparecido, reemplazada por una expresión de incredulidad y, por primera vez, un atisbo de miedo.

—¿Q-qué eres? —tartamudeó el comandante.

—Soy la consecuencia —respondió Issei, su voz ahora amplificada por el poder del Boost, resonando con un eco que no era del todo humano.

Reanudaron el combate, pero ahora era una paliza. Issei, potenciado, era simplemente demasiado. Esquivaba los ahora lentos y pesados golpes de Bruto con facilidad. Sus propios ataques, sin embargo, conectaban con la fuerza de un ariete. Un gancho al hígado hizo que Bruto jadeara y se doblara. Una patada giratoria en el costado le hizo escupir sangre. Issei no buscaba matar, buscaba humillar, quebrar. Quería que Bruto entendiera, en cada hueso roto, la impotencia que él había infligido a otros.

Presionó sin piedad durante dos minutos que debieron sentirse como una eternidad para el comandante. Finalmente, con Bruto tambaleándose, apenas capaz de mantenerse en pie, Issei vio su apertura final. Un gancho al plexo solar, tan rápido que fue solo un destello verde, seguido de un uppercut que levantó los pies del suelo al corpulento marine.

Bruto cayó de espaldas, un árbol derribado. Un charco de sangre y saliva se formó alrededor de su cabeza. Sus ojos, vidriosos, miraron al cielo gris antes de cerrarse. Estaba derrotado. Inconsciente.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba el jadeo de Issei, cuyo resplandor verde se desvaneció lentamente. Luego, un sonido comenzó a crecer. Un susurro que se convirtió en un murmullo, y luego en un grito colectivo de liberación.

Los aldeanos, que habían observado la batalla desde sus escondites, salieron a la luz. Primero con cautela, luego con una euforia creciente. Gritaron, lloraron, se abrazaron. Algunos corrieron hacia los marines inconscientes para desarmarlos, otros se acercaron a Issei, tocándolo con reverencia, como si fuera un milagro.

—¡Lo logró! —gritaba una mujer.

—¡El forastero nos salvó!

—¡Es el héroe del que hablaban los rumores!

Issei, rodeado por la multitud enardecida, sintió una oleada de emociones contradictorias. Estaba exhausto, adolorido, pero una profunda satisfacción lo inundaba. Había mirado a los ojos de la injusticia y la había noqueado. No lo había hecho por un harén, ni por fama. Lo había hecho porque era lo correcto.

Miró el cuerpo inconsciente de Bruto, y luego al pueblo que celebraba. El sol, luchando por abrirse paso entre las nubes, iluminó por primera vez en años la plaza con una luz cálida. Un nuevo amanecer, uno de verdad, había llegado por fin a la Isla Ternura. Y Issei Hyoudou, la Bestia Escarlata, había sido su heraldo.

El aire en la plaza de la Isla Ternura, que por años había estado cargado de miedo y resignación, ahora vibraba con una energía eléctrica de liberación. La caída del Comandante Bruto no era solo la derrota de un tirano; era el derrumbe simbólico de toda una estructura de opresión. Y los aldeanos, eufóricos, se apresuraron a asegurar que ese símbolo permaneciera derribado.

Con una eficiencia nacida de un rencor contenido durante años, los habitantes se abalanzaron sobre los marines inconscientes o quejumbrosos. No con ira asesina, sino con una determinación fría y justiciera. Usaron las propias esposas metálicas y las pesadas cadenas que Bruto y sus hombres habían empleado para aprisionar a disidentes, para ahora inmovilizarlos a ellos. Ataron sus muñecas y tobillos con tanta fuerza que la circulación se cortó, dejando sus extremidades amoratadas. Los arrastraron como sacos de patatas y los amontonaron en una esquina de la plaza, un montón grotesco y sudoroso de uniformes blancos ahora manchados de barro y sangre propia. Nadie se preocupó por limpiar sus heridas o acomodar sus huesos rotos. Cada gemido de dolor que escapaba de sus labios era para los aldeanos un canto de victoria, una confirmación de que su sufrimiento había encontrado, por fin, un eco.

Mientras se aseguraba a los últimos marines, la mirada colectiva se volvió hacia la colina, hacia el castillo que había sido durante tanto tiempo una fortaleza de su opresión. Un grupo de los hombres más fuertes, con antorchas y herramientas, se formó espontáneamente. Issei, aún recuperando el aliento, los observó partir. Sentía una curiosidad morbosa por ver las condiciones en las que habían vivido los reyes, pero algo en su interior, un nuevo sentido de la propiedad, le decía que esa no era una visión para él. No todavía.

El grupo regresó media hora después, y sus rostros pálidos y su aire conmocionado contaban la historia mejor que cualquier palabra. Traían con ellos a tres figuras demacradas y andrajosas. El Rey y la Reina, una pareja de mediana edad cuyos rostros, aunque demarcados por el hambre y la suciedad, aún conservaban una dignidad innata, se apoyaban el uno en el otro para no caer. Pero fue la tercera figura la que captó toda la atención.

Era una joven, la Princesa Naira. A través de la capa de mugre que cubría su rostro, se podía adivinar la finura de sus rasgos. Su largo cabello, un desorden enmarañado y sucio, tenía rastros de un rubio cenizo. Su cuerpo, oculto bajo harapos, sugería una esbeltez juvenil. Por un instante, el corazón de Issei dio un vuelco. ¡Era una chica! ¡Y por su estructura, prometía tener unos oppai decentes! Pero entonces, el viento cambió y llevó hasta él el hedor proveniente del trío real. Era una mezcla nauseabunda de excremento, humedad corporal encerrada y desesperación. El instinto pervertido de Issei se apagó de golpe, reemplazado por un profundo asco y una ola de lástima. Se volvió, incapaz de soportar la vista. Aquello no era belleza; era el resultado de una crueldad profana.

—Llevadlos a los baños —ordenó uno de los aldeanos con voz firme—. Necesitan agua caliente, jabón y ropa limpia.

Issei asintió en silencio, alejándose de la escena. Comprendió que algunos horrores necesitaban ser lavados antes de poder ser confrontados.

Las horas pasaron. La limpieza de la plaza, el cuidado de los heridos entre los aldeanos y la organización inicial de una nueva guardia civil ocuparon el tiempo. El sol estaba en lo alto cuando las puertas principales del castillo, ahora simbólicamente abiertas de par en par, se volvieron a abrir.

La transformación fue tan radical que Issei, que estaba sentado en los escalones de la fuente bebiendo agua, se atragantó.

Por delante venían el Rey y la Reina. Bañados y vestidos con ropas simples pero limpias, parecían haber rejuvenecido diez años. Su postura era erguida, y aunque la sombra del trauma aún habitaba en sus ojos, ahora brillaba con una luz de esperanza. Pero fue la joven que caminaba detrás de ellos la que hizo que a Issei se le secara la garganta.

La Princesa Naira era, sencillamente, deslumbrante. Su cabello rubio, ahora limpio y brillante, caía en ondas suaves sobre sus hombros como una cascada de seda. Su piel, pálida por los años de encierro, tenía la suavidad de la porcelana. Sus ojos, de un azul claro como el cielo después de una tormenta, eran grandes y expresivos. Y entonces, Issei permitió que su mirada, guiada por su fe inquebrantable, descendiera. Llevaba un vestido sencillo de color lavanda, probablemente prestado por alguna aldeana, pero la tela, ajustada en los lugares correctos, revelaba una figura que superaba con creces sus expectativas más optimistas. Sus senos eran redondos y generosos, su cintura delgada se curvaba hacia unas caderas bien formadas. Era la encarnación de la “chica popular y hermosa” que siempre había anhelado desde las sombras en Kuoh.

La familia real se detuvo frente a él. El Rey, con una voz que ahora sonaba clara y noble, habló.

—Joven —comenzó, con una emoción que le hacía temblar el labio inferior—. Las palabras son insuficientes para agradecer lo que has hecho hoy. Nos has devuelto la vida, a nosotros y a todo nuestro pueblo. Éramos prisioneros en nuestra propia casa, condenados a ver cómo todo lo que amábamos se pudría. Eres nuestro salvador.

Issei, sintiéndose extrañamente avergonzado por la intensidad de la gratitud, se rascó la nuca. —No hay problema, de verdad. Yo… yo solo hice lo que cualquier persona habría hecho. —Era una mentira piadosa, y lo sabía. La mayoría de la gente, incluido el Issei de hace unos meses, habría mirado para otro lado.

—Eso no es cierto —intervino la Reina, con una sonrisa cálida—. Fue un acto de valor y bondad puros. Y lo hiciste por tu propia voluntad, sin pedir nada a cambio. Eso lo hace aún más valioso.

Fue entonces cuando Issei notó la mirada de la Princesa Naira. No lo miraba con la reverencia general de sus padres, sino con una curiosidad intensa y una admiración que teñía sus mejillas de un suave rubor. Sus labios esbozaban una sonrisa tímida pero genuina, dirigida exclusivamente a él.

Los Reyes siguieron su mirada y un entendimiento silencioso pasó entre ellos. Con un leve asentimiento el uno al otro, el Rey volvió a hablar.

—Bien, debemos comenzar con los arduos deberes de la reconstrucción. Hay mucho que planificar. —Hizo una pausa deliberada y miró a su hija—. Naira, querida, ¿por qué no le agradeces personalmente a nuestro héroe y lo conoces un poco mejor? Seguro que tiene historias fascinantes que contar.

Antes de que Issei pudiera protestar o asentir, los Reyes se dieron media vuelta y se retiraron con una prisa que resultaba sospechosa, dejando a su hija ruborizada y a un Issei confundido pero enormemente complacido frente a frente.

Los primeros momentos fueron de un silencio incómodo. Naira jugueteaba con un pliegue de su vestido.

—Entonces… —comenzó ella, su voz era suave como la melodía de un arpa—. ¿De verdad derrotaste a todos esos marines tú solo?

—Bueno, sí —respondió Issei, encogiéndose de hombros como si no fuera gran cosa—. No eran gran cosa, la verdad. He enfrentado cosas peores.

Esa declaración despertó la curiosidad de la princesa. —¿Peores? ¿Como qué?

Y así, rompiendo el hielo, Issei se lanzó a relatar sus aventuras. Le habló de la isla desierta, de las bestias con piel de roca y garras de obsidiana, de los insectos carnívoros del tamaño de su puño, de su lucha diaria por la supervivencia. No fue una bravuconería; fue una narración sincera, aunque edulcorada, de sus meses de infierno. Omitió los detalles más escatológicos y sus constantes divagaciones sobre un harén, pero transmitió la esencia de su transformación.

Naira lo escuchó, absolutamente hechizada. Para ella, que había estado encerrada entre cuatro paredes, aquellas historias de un mundo salvaje y peligroso eran como cuentos de aventuras. Veía la pasión en los ojos de Issei cuando describía sus batallas, la determinación en su voz cuando hablaba de superar sus límites. No estaba fingiendo su interés; era genuino. Y cuanto más hablaban, más se daba cuenta Issei de que Naira no era una niña mimada. Era inteligente, preguntaba con perspicacia y tenía un humor sutil. Habló de su amor por los libros, por las historias de tierras lejanas que nunca podría visitar, y de la tristeza de no haber podido ayudar a su pueblo desde su celda.

Congeniaron. Realmente lo hicieron. Issei, por primera vez, estaba teniendo una conversación prolongada y significativa con una chica hermosa que no terminaba con una bofetada o con que lo llamaran “bestia”. Se estaban haciendo amigos, y un vínculo genuino comenzaba a formarse entre el rudo guerrero y la gentil princesa.

Fue entonces cuando los Reyes regresaron, con una sonrisa de satisfacción al ver a su hija riendo con el forastero.

—Joven Issei —anunció el Rey—. Nos hemos enterado por los aldeanos de tu… situación única. Parece que llegaste a nuestras costas sin conocimiento alguno de nuestro mundo. Eso es extraordinariamente peligroso.

La Reina asintió. —La ignorancia en estos mares puede ser una sentencia de muerte tan segura como la hoja de un sable. Debes entender quiénes son la Marina, el Gobierno Mundial, los Piratas, los Revolucionarios… las frutas del diablo, el haki…

Issei se quedó perplejo. ¿Frutas del diablo? ¿Haki? Eran términos que nunca había oído.

“Acepta, usuario”, la voz de Ddraig resonó en su mente, urgente y seria. “Este es el conocimiento que necesitamos desesperadamente. No podemos operar a ciegas. Debemos entender las reglas de este juego.”

—Por lo tanto —continuó el Rey—, te ofrecemos hospitalidad en el castillo. Una habitación digna, comida y, lo más importante, tutelage. Hemos dispuesto que nuestro erudito principal, el viejo Maestro Corbin, les dé lecciones a ti y a Naira. Ella también necesita un repaso de la geopolítica actual después de sus años de reclusión.

La propuesta era un sueño hecho realidad para Issei. ¡Quedarse en un castillo! ¡Comida caliente! ¡Y lecciones diarias con una princesa hermosa! Naira, por su parte, miró a sus padres con una gratitud inmensa. Pasar horas al día con Issei, su héroe y su nuevo y fascinante amigo, era un regalo que no había esperado recibir.

—¡Sí! —exclamó Issei, tal vez con demasiado entusiasmo—. ¡Quiero decir, acepto vuestra generosa oferta! ¡Aprenderé todo lo que pueda!

Los Reyes sonrieron, una sonrisa que iba más allá de la simple gratitud. Era la sonrisa de dos estrategas que acababan de mover una pieza clave en el tablero político de su reino. Mientras Naira se llevaba a Issei para mostrarle su nueva habitación, los monarcas se quedaron atrás, observándolos.

—Es fuerte, valiente y de buen corazón —murmuró la Reina.

—Y no tiene ataduras —añadió el Rey, pensativo—. La Marina arruinó nuestras alianzas con las demás casas nobles. Estamos solos, políticamente debilitados. Naira necesita un consorte que sea un pilar, no otro noble decadente con el que negociar.

—Ella ya siente algo por él, es obvio —susurró la Reina—. Y él, a su manera, también. Podría ser la estabilidad que necesita, para ella y para el reino. Un héroe del pueblo, convertido en Príncipe.

Asintieron en un acuerdo tácito. Su plan no era de manipulación malintencionada, sino de esperanza y pragmatismo político. Veían en Issei, a pesar de su naturaleza evidentemente rústica y sus ocasionales miradas furtivas a los senos de su hija (que ellos atribuían a la timidez juvenil), la oportunidad perfecta para asegurar un futuro mejor para su familia y su gente. No conocían, por supuesto, la profundidad de la perversión de Issei ni su sueño de un harén multitudinario. Solo veían al salvador que había caído del cielo, y estaban decididos a no dejarlo escapar. Las lecciones con el Maestro Corbin no solo serían una educación para Issei, sino el campo de cultivo perfecto para que el romance entre el héroe y la princesa echara raíces.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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