Issei en el grand line - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capitulo 3 Convivencia y despedida
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4: Capitulo 3: Convivencia y despedida 4: Capitulo 3: Convivencia y despedida Los días que siguieron a la liberación de la Isla Ternura adquirieron un ritmo nuevo y esperanzador.
Para Issei Hyoudou, acostumbrado a la lucha diaria por la supervivencia o a la monótona vastedad del océano, la vida en el castillo era un sueño de lujo y estructura.
Y en el centro de ese sueño, brillando con una luz propia, estaba la Princesa Naira.
Las clases con el Maestro Corbin, un anciano erudito de barba blanca y ojos chispeantes que había sobrevivido a la tiranía escondiendo su sabiduría, comenzaron a primera hora de la mañana en la biblioteca solar del castillo.
Para Issei, cuyos únicos libros de texto habían sido los catálogos de lencería que escondía bajo su cama en Kuoh, las lecciones fueron un desafío abrumador.
El Maestro Corbin desplegaba mapas del mundo con una solemnidad que a Issei le recordaba a un sacerdote.
—He aquí el Globo Mundial, joven Issei.
Las cuatro mares: East Blue, North Blue, West Blue, South Blue.
Y atravesándolos a todos, la línea roja de la Red Line, y el océano más peligroso, el Grand Line.
—¿Y ese dibujo de una calavera gigante?
—preguntó Issei, señalando un punto.
—Esa, mi muchacho, es la Isla de los Huesos, un lugar de leyenda y muerte —respondía el anciano, sacudiendo la cabeza.
Issei se esforzaba, pero los nombres, las corrientes, las banderas de los diferentes países y las complejidades de la geopolítica se le escapaban como agua entre los dedos.
Veía los labios del maestro moverse, oía palabras como “Gobierno Mundial”, “Dragón el Revolucionario”, “Yonkou” o “Shichibukai”, pero su mente, entrenada para calcular la trayectoria de un zarpazo o la intención detrás de una mirada, se negaba a retener tanta información abstracta.
Fue Naira quien se convirtió en su salvación académica.
Sentada a su lado, con la luz del sol matutino acariciando su rubio cabello, ella tomaba notas meticulosas.
Cuando veía la confusión plasmada en el rostro de Issei, se inclinaba hacia él y, con una voz suave que solo él podía oír, le explicaba los conceptos con ejemplos sencillos, dibujando pequeños esquemas en los márgenes de su pergamino.
—Mira, Issei —le susurró un día, señalando el mapa—.
El Gobierno Mundial es como… el consejo escolar más corrupto y poderoso que puedas imaginar.
Los Marines son los prefectos que abusan de su autoridad.
Los Piratas son los chicos malos que se saltan todas las reglas, algunos por diversión, otros por un sueño.
Y el Ejército Revolucionario… son los que quieren cambiar todo el sistema desde la raíz.
—¡Ah, ahora sí entiendo!
—exclamó Issei, un destello de comprensión en sus ojos—.
¡Y los Yonkou son como los delincuentes más temidos del distrito, los que controlan territorios!
Naira reprimió una risita.
—Algo así, sí.
Esa proximidad constante, los codos que se rozaban, el perfume suave y limpio de Naira que contrastaba con el olor a polvo y tinta vieja de la biblioteca, eran una tortuga deliciosa para Issei.
A veces, su mirada, guiada por una fuerza superior a su voluntad, se desviaba de los mapas para posarse en el escote modesto pero sugerente del vestido de Naira, o en la curva de su cuello.
En esos momentos, Naira notaba la mirada.
Al principio, un leve rubor teñía sus mejillas y apartaba la vista, incómoda.
Pero con el paso de los días, esa incomodidad se transformó en algo más.
Empezó a notar que la mirada de Issei, aunque cargada de deseo, no era lasciva ni ofensiva.
Era… admirativa, casi inocente en su falta de disimulo.
Y para una chica que había pasado años siendo invisible salvo como un trofeo de tortura, sentirse admirada, deseada de esa manera tan directa, comenzó a producirle un extraño cosquilleo de placer.
Mientras tanto, el asunto de los marines cautivos se resolvió con una justicia sombría y práctica.
Los aldeanos, bajo la supervisión del rey, no quisieron manchar su renaciente libertad con una ejecución en masa, pero tampoco podían permitir que esos hombres volvieran a amenazarlos.
Así que, una fría mañana, los marines, aún magullados y esposados, fueron embarcados a la fuerza en el mismo cascarón destartalado en el que Issei los había encontrado.
Se les dio agua para una semana y se cortaron sus amarras del muelle.
El barco fue empujado hacia las corrientes que alejaban de la isla, una barca fantasma cargada de dolor y culpabilidad a la deriva.
Su destino dependía del capricho del mar: ser encontrados por otros marines (que probablemente los juzgarían por su fracaso), por piratas (que los matarían o los convertirían en esclavos) o sucumbir a la sed y a los elementos.
Era una sentencia cruel, pero una que resonaba con la ley férrea que Issei había aprendido: en este mundo, la debilidad se paga caro.
Para explicar su propia presencia y sus lagunas de conocimiento, Issei, con el consejo tácito de Ddraig, urdió una historia de portada.
Una tarde, frente a la familia real y el Maestro Corbin, tejió su relato con medias verdades.
—Vengo de un lugar muy, muy lejano —comenzó, con una voz que intentaba sonar convincente—.
Una isla pequeña y pobre en los confines de East Blue.
Mis padres… eran gente humilde.
No había mucho que aprender salvo a pescar y a evitar las deudas con los prestamistas.
—Hizo una pausa, dejando que la compasión se dibujara en los rostros de sus oyentes—.
Soñaba con ver el mundo, con aventuras.
Así que, cuando pude, me fugué en un barco mercante.
Fue un error.
Una tormenta nos hundió y acabé en una isla desierta, llena de monstruos.
Ahí fue donde aprendí… a sobrevivir.
Relató, con vívidos detalles, sus enfrentamientos con las bestias, su lucha diaria.
Esa parte era completamente cierta.
—Después de meses, construí una balsa y salí.
Me encontré con unos piratas… no eran gran cosa.
Los derroté y tomé su barco.
Navegué sin rumbo hasta que vi esta isla.
Y el resto… ya lo saben.
La historia era creíble.
Explicaba su fuerza, su desconocimiento del mundo y su carácter decidido.
El Rey y la Reina asintieron con comprensión.
El Maestro Corbin murmuró algo sobre “la dura escuela del mundo real”.
Y Naira lo miró con una mezcla de admiración y ternura aún mayor.
Veía en esa historia la esencia del héroe resiliente que se forja a sí mismo.
Nadie cuestionó los detalles más finos.
¿Por qué habrían de hacerlo?
Tenían frente a ellos a la prueba viviente de su valentía.
Así, los días se convirtieron en semanas.
La relación entre Issei y Naira floreció en el invernadero de la rutina compartida.
Y fue ella quien, un día después de las clases, con un rubor que le subía desde el cuello, lo invitó a dar un paseo por la isla.
—Te he hablado tanto de los libros… me gustaría mostrarte los lugares de los que hablan.
Los de verdad.
Issei, después de una pausa en la que Ddraig murmuró “Acepta, idiota.
Es una obvia invitación a una cita”, asintió con una sonrisa que le iluminó el rostro.
—¡Me encantaría!
La tarde escogida fue perfecta.
El cielo estaba despejado, salpicado de nubes algodonosas.
Issei esperó en el gran portalón de piedra del castillo, habiéndose esforzado por arreglarse.
Se había puesto la ropa menos rasgada que poseía (unos pantalones de lino y una camisa holgada que alguna aldeana le había remendado con cariño), se había mojado y peinado su rebelde cabello, y se había lavado la cara con especial esmero.
Cuando Naira apareció, vestida con un sencillo pero elegante vestido verde esmeralda que hacía brillar sus ojos, el corazón de Issei dio un vuelco tan fuerte que temió que ella lo oyera.
—Estás… muy guapa —logró decir, la voz un poco ronca.
—Y tú estás muy… imponente —respondió ella, sonrojándose a su vez.
Salieron bajo la atenta y satisfecha mirada de los Reyes, quienes intercambiaron una sonrisa de complicidad desde una ventana alta.
El paseo fue un descubrimiento mutuo.
Naira, liberada de su encierro, mostraba una vitalidad contagiosa.
Le señalaba los campos que estaban siendo replantados, la plaza donde Issei había derrotado a Bruto (ahora un lugar de reunión y mercado), las casas que estaban siendo reparadas.
La isla respiraba alivio y esfuerzo.
La gente, mejor alimentada y vestida, los saludaba con sonrisas genuinas y reverencias llenas de respeto hacia su princesa y de agradecimiento hacia su salvador.
En un momento dado, al cruzar un pequeño puente de madera sobre un arroyo, Naira, tal vez por un tropiezo fingido o real, agarró la mano de Issei para sostenerse.
Y no la soltó.
Issei sintió el contacto de su piel suave y fresca como una descarga eléctrica.
Caminaron así, tomados de la mano, por los senderos de la isla.
En la mente de Issei, un pensamiento reverberó: Esto… esto se siente como una de esas citas que veía en los anime.
¡Estoy en una cita!
“Observación perspicaz para alguien de tu intelecto”, comentó Ddraig con sarcasmo seco.
“Sí, usuario.
Esto es, por definición social, una cita romántica.
Felicitaciones.
Has logrado que una princesa te invite a una.” El comentario del dragón terminó de hacer cortocircuito en la mente de Issei.
¡Una cita!
¡Su primera cita!
Y no con cualquier chica, ¡con una princesa de otro mundo!
La ironía de la situación lo golpeó: había tenido que ser arrancado de su mundo, pasar por una isla infernal y derrocar a un tirano para lograr lo que cualquier otro chico de su edad en Kuoh podría intentar un sábado por la tarde.
El universo, decidió, tenía un sentido del humor retorcido.
La tarde se alargó, tiñéndose de tonos anaranjados y dorados.
Naira, con una timidez que había desaparecido durante el paseo, lo llevó a su lugar favorito: un claro secreto en el bosque, cerca de las colinas que rodeaban el castillo.
Era un pequeño prado natural rodeado de altos árboles, con un arroyo cristalino y una vista despejada del cielo que comenzaba a poblarse de estrellas.
Se sentaron en un tronco caído, cubierto de musgo suave.
El silencio no era incómodo, sino cargado de una expectación dulce.
El crepúsculo dio paso a la noche, y un manto de estrellas, brillante y despejado como Issei no recordaba haber visto nunca (la contaminación lumínica de Kuoh nunca lo había permitido), se desplegó sobre ellos.
—Es… hermoso —murmuró Issei, sinceramente sobrecogido.
—Siempre venía aquí, antes… de todo —dijo Naira en un susurro—.
Para soñar.
Para imaginar cómo serían esos lugares que leía en los mapas.
Hubo otro silencio.
Luego, Naira respiró hondo, como reuniendo valor.
—Issei… estos días, contigo… han sido los mejores que recuerdo.
Me haces reír.
Me escuchas.
Me tratas como a una persona, no como a una princesa o a una prisionera.
Issei se volvió para mirarla.
Sus ojos azules brillaban con una intensidad especial a la luz de la luna creciente.
—Tú… tú también eres genial, Naira —logró decir, sintiéndose torpe—.
Eres inteligente, y amable, y… muy, muy bonita.
Ella sonrió, un temblor en sus labios.
—Issei, yo… creo que me estoy enamorando de ti.
Las palabras flotaron en el aire fresco de la noche, claras y directas.
Issei se quedó sin aliento.
Había sido declarado, confesado.
Por una princesa.
Su mente pervertida hizo un breve y triunfante “¡Sí!
¡Punto para el equipo Hyoudou!” antes de ser barrida por una oleada de emoción genuina, un vértigo dulce y aterrador.
Naira, viendo su aturdimiento, continuó, su voz ganando seguridad.
—Y quiero saber… ¿cuál es tu sueño, Issei?
¿Adónde quieres ir, ahora que eres libre?
Esta era la pregunta.
La gran pregunta.
Issei tragó saliva.
Aquí es donde todo podía irse al traste.
Pero una parte de él, la parte que Ddraig había ayudado a forjar, la parte que había luchado con honestidad salvaje, se negó a mentir.
Respiró hondo y miró a las estrellas.
—Mi sueño… —comenzó, su voz firme—.
Es convertirme en el Rey del Harem.
El silencio que siguió fue tan absoluto que se podía oír el leve crujir de los insectos en el bosque.
Naira parpadeó.
Luego volvió a parpadear.
Su expresión fue un viaje rápido desde la confusión, pasando por la incredulidad, hasta una especie de resignación cómica.
—Perdona… ¿puedes repetir eso?
—preguntó, como si creyera haber entendido mal.
—¡Quiero ser el Rey del Harem!
—repitió Issei, con más convicción, inflando el pecho—.
¡Quiero reunir a las mujeres más hermosas, fuertes y maravillosas de todos los mares y formar un harén donde todas me amen y yo las ame y las proteja con todo mi poder!
¡Ese es mi sueño definitivo!
Naira se quedó mirándolo.
Luego, lentamente, se llevó una mano a la frente en un gesto de facepalm clásico, exhalando un suspiro que parecía decir “Ay, dioses, los hombres…”.
Issei se preparó para lo peor: el grito, la bofetada, la huida indignada.
Había arruinado todo.
Pero entonces, algo sorprendente ocurrió.
Tras el gesto de exasperación, una sonrisa comenzó a curvar los labios de Naira.
No era una sonrisa burlona, sino cálida, comprensiva, incluso un poco divertida.
Bajó la mano y lo miró directamente a los ojos.
—Siempre supe que eras un pervertido, Issei Hyoudou —dijo, su tono era ligero—.
Te pasas el día mirándome los pechos.
Issei enrojeció violentamente.
—¡E-eh!
¡Eso es…!
¡No siempre!
—Sí, siempre —afirmó ella, pero sin enfado—.
Pero lo haces de una manera… sincera.
Tonta, pero sincera.
Y lo que acabas de decir… es probablemente la cosa más honesta y ridícula que he escuchado en mi vida.
—Hizo una pausa, su sonrisa se suavizó—.
Al menos no me mentiste.
Al menos me dices que tu sueño es amar y ser amado, aunque sea por medio mundo.
Issei la miró, atónito.
¿No estaba enfadada?
Naira se levantó del tronco.
Con una determinación tranquila, caminó los pocos pasos que los separaban.
Issei, confundido, se quedó sentado, mirándola acercarse.
Ella era un poco más baja, pero en ese momento parecía irradiar una seguridad que lo hacía sentir pequeño.
Se puso de puntillas, sus manos se posaron suavemente en sus hombros para mantener el equilibrio.
—Entonces escúchame bien, futuro Rey del Harem —susurró, su aliento cálido rozándole los labios—.
Si tu sueño es reunir un harén de mujeres que te amen… no te olvides de mí.
Y antes de que Issei pudiera procesar las palabras, Naira cerró la distancia y posó sus labios sobre los de él.
Fue un beso casto, inocente, el roce suave de dos pares de labios jóvenes y temblorosos.
Pero para Issei, fue un cataclismo.
Su primer beso.
El sabor era a miel y a esperanza.
El mundo exterior—el bosque, las estrellas, el murmullo del arroyo—se desvaneció.
Solo existían la suavidad de sus labios, el perfume de su cabello y el estruendo de su propio corazón contra las costillas.
El beso duró unos segundos eternos, hasta que la necesidad de aire los separó.
Naira se apartó solo unos centímetros, sus mejillas teñidas de un carmín profundo, sus ojos brillando como estrellas mismas.
—Soy la primera —declaró, con una sonrisa juguetona pero llena de significado—.
La primera en tu extraño y fantástico harén.
Y no pienso ser solo un número.
¿Entendido, esposo mío?
La palabra “esposo” flotó en el aire, cargada de una promesa audaz, un desafío y una aceptación total.
Issei la miró, totalmente estupefacto, sin palabras, su mente una tormenta de emociones contradictorias: euforia, incredulidad, terror y una felicidad tan vasta que le dolía el pecho.
Naira, satisfecha con su reacción, le dio un suave golpe en el hombro.
—Bueno, no te quedes ahí boquiabierto.
Me está empezando a hacer frío.
¿Me llevas de vuelta al castillo, héroe mío?
Mientras Issei, aún en estado de shock, asentía mecánicamente y se levantaba, ofreciéndole el brazo con torpeza galante, desde la joya verde del brazalete, Ddraig, el Dragón Emperador Rojo, presenció toda la escena.
Y por primera vez en milenios de existencia dentro de innumerables portadores, el ser que encarnaba la supremacía del poder emitió un sonido ronco y resonante que, sin lugar a dudas, era una risa.
Una risa de genuino y profundo regocijo.
“Jajajaja… ¡Increíble!
La chica tiene más agallas y visión que tú, usuario.
‘Esposo mío’, dijo.
Jajaja… Este mundo no deja de sorprender.
Adelante, ‘Rey del Harem’.
Tu reino acaba de ganar su primera y más formidable reina.” Y mientras la pareja, ella sonriendo satisfecha y él caminando como un sonámbulo extasiado, se perdía entre los árboles rumbo al castillo, una nueva constelación pareció brillar con más fuerza en el cielo de la Isla Ternura, marcando el inicio de una leyenda de amor tan descomunal y descabellada como el propio sueño que la había inspirado.
El regreso al castillo, con las manos entrelazadas, marcó un antes y un después en la vida de Issei Hyoudou.
La noche estrellada y la confesión en el claro del bosque habían sellado algo que trascendía la gratitud o la admiración.
Al cruzar el gran portalón de piedra, encontraron a los Reyes esperándolos en el vestíbulo principal, iluminado por antorchas.
No había reproche en sus miradas, solo una profunda y cálida satisfacción.
—Parece que la noche fue… esclarecedora —dijo el Rey, con una sonrisa que le arrugaba los ojos.
—Y fructífera —añadió la Reina, mirando las manos unidas de su hija y del joven héroe.
Naira bajó la cabeza, un rubor delicioso tiñendo sus mejillas, pero no soltó la mano de Issei.
Él, por su parte, se sintió invadido por una oleada de timidez poco característica.
Esperaba un interrogatorio, una advertencia sobre tratar bien a su hija, tal vez incluso un reproche velado por su atrevimiento.
En su mundo, cualquier acercamiento a una chica popular terminaba en humillación pública.
—Su Majestad, yo… —tartamudeó, pero el Rey alzó una mano.
—No hace falta que digas nada, Issei —interrumpió, su voz serena—.
Vemos la luz en los ojos de nuestra hija, una luz que creímos apagada para siempre.
Y vemos el honor y la fuerza en ti.
Eso nos basta.
Les damos nuestra bendición.
Las palabras cayeron sobre Issei como una lluvia benévola después de una larga sequía.
Aprobación.
Aceptación.
No solo de Naira, que ya era un milagro, sino de sus padres, de figuras de autoridad.
No por su fuerza para derrotar monstruos o marines, sino por lo que representaba para su hija.
Por primera vez, el título de “Bestia Pervertida” no pesaba sobre él.
Aquí, era simplemente Issei, el héroe, el salvador, el joven que había conquistado el corazón de la princesa.
Una emoción abrumadora, agridulce y poderosa, le apretó la garganta.
Solo pudo asentir, profundamente conmovido.
Después de ese festival de sonrisas y buenos deseos, se separaron para retirarse a sus aposentos.
En el umbral del pasillo que llevaba a sus habitaciones, Naira se detuvo y, con una sonrisa tímida pero decidida, se levantó de puntillas para darle a Issei un beso de buenas noches.
Fue un beso más prolongado que el del claro, más confiado, una promesa tácita de lo que estaba por venir.
Issei respondió con una torpeza encantadora, sintiendo cómo el mundo se reducía al sabor de sus labios y al suave perfume de su cabello.
No fue hasta que la puerta de su habitación se cerró a sus espaldas y se dejó caer sobre la cama, que la realidad lo golpeó con toda su fuerza.
Un grito de júbilo ahogado estalló en su mente.
¡LO LOGRÉ!
¡MI PRIMERA NOVIA!
¡Y ES UNA PRINCESA!
¡Y ES HERMOSA!
¡Y TIENE UNOS PECHOS INCREÍBLES!
¡Y ACEPTA MI SUEÑO DEL HARÉN!
Ddraig, que había sido un testigo silencioso pero atento de toda la velada, emitió un suspiro mental que recorrió todo el ser de Issei.
“Tu exuberancia es… agotadora.
Pero sí, es un logro notable.
Ha visto tu esencia caótica y pervertida y ha decidido, por razones que escapan a mi comprensión, no solo tolerarla, sino reclamar un lugar de privilegio en ella.
Es una criatura fascinante.” Tras esa breve evaluación, la presencia del dragón se sumió en un silencio contemplativo, dejando a Issei con su euforia.
Issei rodó por la cama, enterrando su rostro en la almohada para ahogar otra risa de pura felicidad.
No era solo el beso, no era solo la aceptación.
Era la sensación de haber encontrado un puerto, un lugar donde, contra todo pronóstico, encajaba.
Finalmente, después de un rato de revolcarse en su dicha, el agotamiento de la emocionante noche lo venció y cayó en un sueño profundo y plácido.
Las semanas que siguieron fueron un idilio dorado.
Las lecciones con el Maestro Corbin continuaron, pero ahora Issei encontraba una motivación nueva.
Quería entender el mundo no solo para sobrevivir, sino para poder compartirlo con Naira, para protegerla en él.
Aprendió los nombres de los mares, las corrientes principales, las banderas de las naciones más importantes.
Aprendió sobre la nefasta historia del Gobierno Mundial y los Celestiales, sobre los distintos rangos de la Marina y la amenaza constante de los Emperadores del Mar.
Aprendió, con fascinación y horror, sobre las Frutas del Diablo y el misterioso poder del Haki.
Pero el verdadero aprendizaje ocurría fuera de la biblioteca.
Issei y Naira se volvieron inseparables.
Desayunaban juntos, paseaban por los jardines recuperados del castillo después de las clases, compartían la cena con los Reyes, donde las risas eran el plato principal.
En las tardes, se sentaban en la sala solar, donde Naira le leía pasajes de sus libros de aventuras favoritos, y él le contaba, con más detalle, sus batallas en la isla desierta.
La intimidad física, timidamente explorada, también evolucionó.
Los besos de buenas noches en el pasillo se volvieron más largos, más ardientes.
Fue Naira, un día en la soledad de la biblioteca vacía, quien, movida por una curiosidad profunda y un deseo que la sorprendía a ella misma, decidió probar los límites de su “esposo” pervertido.
Tras un beso inicialmente tierno, cambió el ángulo, profundizó el contacto, introdujo una languidez y una intención que hizo que a Issei se le nublara la visión.
Y entonces, algo primitivo y poderoso, el instinto del dragón que llevaba dentro, despertó.
Respondió al ardor de Naira con uno propio, menos diestro pero infinitamente más apasionado.
Sus manos, que hasta entonces se habían posado con timidez en su cintura, descendieron, casi por propio impulso, para palmar con firmeza las curvas generosas de sus nalgas a través del vestido.
En otro momento, cuando ella se inclinó sobre la mesa para señalar algo en un mapa, su mirada se clavó en el escote y, sin pensarlo, su mano se desvió para acariciar suavemente la suave piel revelada, sintiendo el peso generoso de su seno.
Siempre, tras estos arrebatos, la conciencia volvía a Issei como un cubo de agua fría.
Se apartaba, balbuceando disculpas, esperando la reprimenda.
Pero Naira nunca se enfadó.
Lo miraba con una expresión que mezclaba sorpresa, diversión y un cálido afecto.
Le daba un golpe suave en el hombro, le decía “Pervertido” con un tono que sonaba más a endearment que a insulto, y luego, a menudo, volvía a besarlo, provocando un nuevo ciclo.
Era un juego peligroso y delicioso, y ambos estaban aprendiendo las reglas.
Pero, como el mismo Maestro Corbin enseñaba, toda marea alta acaba bajando.
Issei, ávido de conocimiento, absorbió lo fundamental que la isla podía enseñarle.
Sabía que el vasto mundo lo llamaba, que su sueño del harén y su búsqueda de un camino a casa requerían moverse.
Naira, inteligente y perceptiva, lo sabía también.
Una sombra de tristeza comenzó a acechar sus miradas más brillantes.
Lo que Issei no sabía era que una conspiración benévola se gestaba a sus espaldas.
Una tarde, los Reyes, con una excusa sutil sobre la necesidad de seleccionar nuevas semillas para los campos, enviaron a Naira al pueblo acompañada por un par de guardias leales.
Cuando Issei se dispuso a acompañarla, como era su costumbre, el Rey lo detuvo con una mano en el hombro.
—Issei, un momento, por favor.
Hay un asunto del que debemos hablar, solo nosotros.
La conversación tuvo lugar en el despacho del Rey, una habitación austera pero llena de mapas y libros.
La Reina estaba presente, sus manos entrelazadas sobre el regazo.
—Sabemos que pronto partirás —comenzó el Rey, sin rodeos—.
Un joven con tu espíritu y tu poder no está hecho para quedarse en una isla en recuperación.
Y sabemos lo que nuestra hija siente por ti, y tú por ella.
Issei asintió, sintiendo un nudo en el estómago.
—No quiero irme… pero debo hacerlo.
Hay cosas que debo encontrar.
—Lo entendemos —dijo la Reina, su voz suave pero firme—.
Y también entendemos que Naira no puede, ni debe, quedarse aquí atada.
La rebelión fracasada y la tiranía de Bruto destrozaron nuestras alianzas con las otras casas nobles.
No hay futuros matrimonios políticos que considerar, ni beneficios que obtener.
Solo hay una hija a la que queremos ver feliz.
El Rey se inclinó hacia adelante.
—Su lugar no está aquí, gestionando las cicatrices de un reino quebrado.
Su lugar, si tú lo quieres, está a tu lado, viendo los mundos que ella siempre soñó conocer en sus libros.
Te pedimos, Issei Hyoudou, que la lleves contigo.
Que la cuides, que la protejas, que le muestres las maravillas y los horrores de este mundo.
Y que, en la medida de lo posible, le hagas feliz.
La oferta era tan monumental, tan inesperadamente generosa, que a Issei le costó respirar.
No solo le daban su bendición, le encomendaban su mayor tesoro.
Sintió el peso de la responsabilidad, pero también una oleada de determinación feroz.
Miró a los ojos angustiados pero llenos de esperanza de los Reyes.
—Lo prometo —dijo, su voz grave y llena de una solemnidad que nunca antes le había escuchado Ddraig—.
Protegeré a Naira con mi vida.
La amaré y la haré feliz.
Es mi primera y más importante promesa como… como el hombre que aspira a estar a su lado.
Fue suficiente.
Las lágrimas brillaron en los ojos de la Reina, y el Rey asintió, una pesada carga cayendo de sus hombros.
Le entregaron un pequeño medallón con el sello de la familia real.
—Para que, cuando necesitéis recursos o ayuda en algún puerto con cierta decencia, mostréis esto.
No es mucho, pero es algo.
Cuando Naira regresó del pueblo, encontró a sus padres e Issei esperándola en la sala principal con expresiones serias.
El corazón se le encogió.
Sabía lo que esto significaba.
La explicación de sus padres fue práctica y llena de amor.
Le hablaron de las alianzas rotas, de la falta de un futuro político para ella en Ternura, de la oportunidad única que su amor por Issei representaba.
—No queremos una hija atada y triste, gobernando sobre ruinas —dijo su madre, acariciándole el rostro—.
Queremos una hija libre y feliz, viviendo aventuras de verdad.
—Solo dos cosas te pedimos —añadió su padre, con un brillo travieso en los ojos—.
Que no nos hagas abuelos demasiado pronto (Issei tosió violentamente, poniéndose color como un tomate) y que nos escribáis.
Cartas, siempre que podáis.
Para saber que estáis vivos y felices.
La reacción de Naira fue un torrente de emociones.
Lágrimas de felicidad, de alivio, de tristeza por la partida, pero sobre todo, de un amor profundo por sus padres que le permitían volar.
Se abalanzó sobre ellos, abrazándolos con fuerza.
Luego, se volvió hacia Issei, sus ojos azules inundados pero brillantes.
Sin decir una palabra, lo atrajo hacia sí y lo besó con una pasión que dejó sin aliento a los presentes, un beso que hablaba de gratitud, de amor y de un futuro compartido que se abría ante ellos como el mar abierto.
—¡Bueno, bueno!
¡Creo que eso es suficiente demostración para hoy!
—interrumpió el Rey, riendo entre dientes mientras su hija e Issei se separaban, ambos escarlata de vergüenza pero con sonrisas tontas en los labios.
Los preparativos fueron rápidos pero meticulosos.
El barco pirata, ahora reparado y limpiado, fue rebautizado por Naira como El Sueño Escarlata.
En la tienda de navegación del pueblo, el viejo cartógrafo, en agradecimiento eterno, le regaló a Issei su mejor brújula log pose y un conjunto de cartas náuticas detalladas del West Blue y las rutas de entrada al Grand Line.
No eran mapas del tesoro, sino mapas de supervivencia, con anotaciones sobre corrientes, islas conocidas y zonas de peligro.
Su objetivo estaba claro: navegar el West Blue, adentrarse en el Grand Line si era necesario, en busca de conocimiento, aventura, y sobre todo, de una forma de regresar al mundo de Issei.
Un camino que, ambos sabían, podría no existir.
Pero ahora no viajaban solos.
Naira era su primera compañera, la primera piedra de un harén que ya no era solo una fantasía pervertida, sino la promesa de una familia elegida.
—¿Y nuestra bandera?
—preguntó Naira una tarde, mientras ayudaba a Issei a cargar barriles de agua dulce—.
No somos marines, ni piratas, ni revolucionarios.
Issei lo había pensado.
Miró su brazalete, la joya verde pulsando suavemente.
—Somos cazadores.
Cazamos oportunidades, cazamos aventuras, y si es necesario… cazamos recompensas.
Seremos cazarecompensas.
Nuestra reputación la ganaremos con nuestros actos.
La idea le gustó a Naira.
Era libre, independiente.
No estarían atados a la corrupta justicia de la Marina ni a la anarquía de los piratas.
El día de la partida llegó con un cielo azul cobalto y un viento favorable.
Todo el pueblo se congregó en el muelle.
Hubo lágrimas, abrazos, regalos de comida y telas.
Los Reyes abrazaron a su hija por última vez, conteniendo el llanto con dignidad.
—Escribe —susurró la Reina en el oído de Naira.
—Cuídala—ordenó el Rey a Issei, con una última mirada de padre.
Subieron a bordo del Sueño Escarlata.
Issei en el timón, Naira desatando las amarras.
Con un último adiós, izaron una bandera sencilla que Naira había diseñado: sobre un fondo escarlata, el perfil estilizado de un dragón rampante en negro, y cruzadas detrás, una rosa blanca (por Ternura) y el dibujo simple de un brazalete con una gema verde.
No decía nada, pero lo decía todo.
El viento hinchó las velas.
La nave se deslizó suavemente, alejándose del muelle, de la isla que los había unido.
Naira se situó junto a Issei, su hombro rozando el de él, mirando hacia atrás hasta que el perfil del castillo y su familia se fundieron con la línea del horizonte.
Entonces, volvió la vista hacia adelante, hacia el vasto, desconocido y brillante océano.
—¿Lista, princesa?
—preguntó Issei, con una sonrisa que era una mezcla de excitación y ternura.
Ella tomó su mano y la apretó.
—Lista, mi futuro Rey del Harem.
Llévame a donde sea.
Y así, con el dragón en su brazo y la princesa a su lado, Issei Hyoudou enfiló la proa del Sueño Escarlata hacia el oeste, donde el sol comenzaba su descenso, pintando el mar de oro y escarlata.
La Bestia ya no estaba sola.
Su leyenda, y la de su harén, acababa de comenzar su verdadero viaje.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com