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Issei en el grand line - Capítulo 5

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5: Capitulo 4: Navegacion 5: Capitulo 4: Navegacion Los primeros días a bordo del Sueño Escarlata fueron una sinfonía de descubrimientos íntimos y ajustes prácticos, un idilio flotante en medio del vasto azul del West Blue.

Para Issei y Naira, acostumbrados a los muros de piedra del castillo o a la agobiante inmensidad de una isla desierta, el barco se convirtió en su mundo completo, un santuario de madera y velas que guardaba sus sueños y su amor recién estrenado.

La vida en el mar, lejos de la tierra firme, imponía su propio ritmo.

Amanecía con el sonido de las olas golpeando el casco y el graznido de las gaviotas que los seguían buscando restos.

Issei, por instinto y por las órdenes de Ddraig, mantenía su rutina de entrenamiento al alba, aunque adaptada.

Sus flexiones y sentadillas las hacía en la cubierta, balanceándose con el vaivén del barco, un ejercicio extra de equilibrio que Ddraig consideraba “entrenamiento de fondo”.

Naira, por su parte, había adoptado el rol de vigía y navegante aprendiz.

Se sentaba en la proa con el mapa desplegado sobre sus rodillas y la brújula Log Pose en la mano, su rubio cabello ondeando con la brisa salina, tratando de cruzar la información de las cartas con el comportamiento caprichoso del artefacto.

La brújula Log Pose, ese extraño dispositivo que Issei apenas empezaba a entender, se había fijado en una dirección específica poco después de zarpar de Ternura.

Su aguja, encapsulada en un cristal, apuntaba con tenacidad hacia el noroeste, hacia la siguiente isla en la cadena magnética del West Blue.

Mantener el rumbo, sin embargo, era un desafío diario.

El clima en el mar era un aliado voluble.

Algunos días, un viento constante y favorable hinchaba las velas, y el Sueño Escarlata se deslizaba sobre las olas con una gracia que hacía reír a Naira de puro placer.

Otros días, el viento amainaba hasta convertirse en un susurro, y el barco apenas avanzaba, atrapado en un mar de cristal y plomo, mientras el sol picaba con fuerza.

Y luego estaban los días de lluvia, donde cielos plomizos descargaban su furia, obligando a ambos a trabajar juntos para amainar velas, asegurar cabos y refugiarse en la cabina mientras el mundo se convertía en un tumulto de agua y espuma.

A través de todo, su convivencia se fue tejiendo con los hilos simples y fuertes de la rutina compartida.

Issei, con su fuerza sobrehumana, se encargaba de las tareas pesadas: izar y arriar la vela mayor, mover los pesados barriles de agua y salazón, reparar cualquier tabla que crujiera de forma sospechosa.

Naira, con una eficiencia aprendida en la gestión de un castillo en ruinas, se ocupaba de lo doméstico.

Preparaba las comidas con los ingredientes preservados, cosía la ropa que se rasgaba, fregaba la cubierta y mantenía un orden milagroso en la pequeña cabina.

Pero las líneas no eran rígidas.

Cuando Naira luchaba con un nudo marino particularmente rebelde, Issei aparecía para ayudarla con una sonrisa.

Cuando Issei volvía sudoroso y manchado de brea después de una reparación, Naira lo esperaba con un paño húmedo y un beso en la mejilla.

Y los besos…

los besos eran la puntuación constante de sus días.

No pasaba una hora sin que sus miradas se encontraran y se cerrara la distancia entre ellos.

Eran besos de buenos días, con el sabor a sal del aire matutino.

Besos de celebración cuando lograban corregir el rumbo después de una desviación.

Besos de consuelo cuando la frustración por la falta de viento los ponía de mal humor.

Besos largos y perezosos al atardecer, sentados en la cubierta a popa, viendo cómo el sol teñía el cielo de naranja y púrpura.

En esos momentos de intimidad, especialmente cuando el anochecer los envolvía en una privacidad azul oscura, el instinto más básico de Issei, aquel que Ddraig solía reprender, encontraba su expresión.

Sus manos, que sostenían a Naira con ternura, a veces, casi sin que su mente consciente lo dictara, se deslizaban.

Una palmada suave pero firme en las nalgas de Naira cuando la atraía contra él.

Una caricia, al principio tímida y luego más confiada, sobre los pechos generosos de ella a través de la tela de su vestido.

Issei siempre retrocedía un instante después, como si despertara de un trance, murmurando una disculpa.

—Pervertido —susurraba Naira entonces, pero su voz carecía por completo de reproche.

Al contrario, había un brillo de diversión y afecto en sus ojos azules.

A veces, incluso se arqueba ligeramente contra su mano, una invitación tácita que hacía que a Issei le hirviera la sangre.

Era un juego nuevo, excitante y lleno de descubrimientos.

Naira, la princesa que había crecido entre libros y protocolos, estaba explorando su propio deseo con una curiosidad audaz, y Issei, aunque torpe, era un alumno más que dispuesto.

Naira estaba fascinada por todo.

Por el vasto horizonte sin fin, por los peces voladores que surcaban el aire al lado del barco, por las tormentas distantes que iluminaban el cielo con relámpagos silenciosos.

Cada día era una página nueva del libro de aventuras que siempre había querido vivir.

Y hacerlo al lado de Issei, viendo su perfil decidido contra el cielo, sintiendo su fuerza protectora a su lado, convertía esa fantasía en una realidad más dulce de lo que jamás hubiera imaginado.

Soñaba, en secreto, con el futuro.

Con la familia que podrían tener, cuando el tiempo fuera el adecuado y las aventuras dieran un respiro.

La idea de ver a Issei como padre, de tener hijos que heredaran su fuerza y su corazón, la llenaba de una calidez profunda.

Issei, por su parte, experimentaba una felicidad que lo desconcertaba.

Naira no era solo la realización de su fantasía de tener una novia hermosa y de pechos grandes.

Era su compañera.

Su aliada.

Lo escuchaba cuando hablaba de técnicas de combate con Ddraig (aunque no entendía la mitad), lo calmaba cuando la frustración marinera lo ponía de mal humor, y creía en su sueño del harén con una seriedad que lo conmovía hasta lo más profundo.

Ella era la primera piedra, la fundación.

Y esa thought le daba una determinación feroz.

Tenía que ser más fuerte, más listo, mejor.

Para protegerla.

Para ser digno de la fe que ella y sus padres habían depositado en él.

Así pasaron los días, una sucesión de mañanas luminosas, tardes de trabajo conjunto y noches estrelladas llenas de murmullos y caricias.

El Log Pose era su faro, su única certeza en la inmensidad.

Hasta que, una mañana clara en la que el mar parecía una lámina de zafiro, Naira, que estaba en la proa como de costumbre, dio un grito.

—¡Issei!

¡Mira!

Él dejó el timón momentáneamente y se acercó.

En el horizonte, donde antes solo había una línea azul perfecta, ahora había una mancha.

No era una nube; era una silueta sólida, irregular, con el contorno dentado de colinas y, quizás, árboles.

Una isla.

Una oleada de alivio y emoción los recorrió a ambos.

Sus provisiones, aunque bien administradas, empezaban a menguar.

El agua dulce era prioritaria, y los barriles estaban por la mitad.

La comida salada y las galletas empezaban a pesar en el paladar.

Necesitaban reabastecerse: agua fresca, fruta, verduras, carne si era posible.

Y Naira ansiaba pisar tierra firme, caminar entre árboles que no se movieran, comprar jabones nuevos y tal vez alguna tela bonita.

—¡Allá vamos!

—gritó Issei, corriendo de vuelta al timón.

Ajustó las velas para capturar todo viento disponible y enfiló la proa directamente hacia la mancha de tierra.

A medida que se acercaban, la isla fue revelando sus detalles.

Era de tamaño moderado, con una colina central cubierta de vegetación densa y verde.

Podían distinguir una línea de edificios bajos cerca de la costa: un pueblo.

Un puerto natural con un muelle de madera se extendía hacia el mar.

Desde la distancia, parecía un lugar pintoresco y tranquilo, el destino perfecto para descansar y reabastecerse.

—No veo banderas de la Marina —comentó Naira, escudriñando el puerto con una mano a modo de visera—.

Eso es bueno, ¿verdad?

—Significa menos preguntas —asintió Issei, aunque una parte de él, la parte entrenada por Ddraig y por la isla desierta, se mantenía alerta.

Su “radar de intenciones” estaba tranquilo, pero su rango era limitado.

Solo podía sentir lo que estaba muy cerca.

Navegaron con cuidado hacia el puerto.

Al acercarse, notaron que había varios barcos atracados, pero la mayoría eran pequeñas embarcaciones de pesca o mercantes modestos.

Ninguno llevaba el distintivo emblema de la Marina.

Atracaron en un espacio disponible del muelle, y el sonido de la madera del casco rozando contra los pilotes fue música para sus oídos.

Issei aseguró las amarras con nudos fuertes y complejos que había aprendido en su odisea de construcción de balsas.

El pueblo, visto de cerca, tenía un aire…

cansado.

Las casas estaban en pie, los botes de pesca se mecían suavemente, pero había una quietud extraña.

Algunas ventanas estaban cerradas con tablones.

La gente que veían en los muelles o en las calles cercanas caminaba con la cabeza gacha, sin el bullicio alegre que uno esperaría de un puerto activo.

Un par de hombres, al verlos bajar del Sueño Escarlata, los miraron con una expresión que Issei no pudo descifrar: ¿curiosidad?

¿Lástima?

¿Advertencia?

Luego desviaron rápidamente la mirada y siguieron su camino.

—Parece…

tranquilo —dijo Naira, entrelazando su brazo con el de Issei.

Su voz sonaba un poco menos entusiasta que antes.

—Vamos a buscar un mercado o una taberna —propuso Issei, intentando sonar optimista—.

Donde haya gente, podremos preguntar por provisiones y quizás por noticias.

Caminaron por el muelle y se adentraron en una calle empedrada que conducía hacia el centro del pueblo.

El aire olía a pescado, a sal y a algo más…

a miedo rancio.

Aún no veían a nadie que les sonriera o los saludara.

Las miradas furtivas continuaban.

Fue entonces cuando, al doblar una esquina hacia una plaza más amplia, lo vieron.

Y entendieron.

En el centro de la plaza, ondeando desde un mástil improvisado donde antes quizás hubo una fuente, no estaba la bandera de la Marina.

Tampoco la de ningún reino reconocible.

Era un trapo sucio y descolorido, pero el diseño era inconfundible: una calavera sonriente, con un garfio cruzado sobre un par de tibias.

Una bandera pirata.

Y debajo de ella, sentados alrededor de mesas de madera robadas de alguna taberna, bebiendo y riendo con estruendo, había un grupo de hombres.

Eran una docena, quizás más.

Vestían una mezcla de harapos y prendas robadas, llevaban armas visibles—sables, hachas, un par de mosquetes apoyados contra la mesa— y sus rostros estaban marcados por la violencia y el abuso.

Uno de ellos, un tipo enorme con una cicatriz que le cruzaba la cara de la frente a la barbilla, parecía ser el líder.

Estaba contando una historia obscena, y sus hombres reían con carcajadas que sonaban como ladridos de hienas.

En los bordes de la plaza, los habitantes del pueblo observaban en silencio, realizando sus tareas con movimientos mecánicos, sin atreverse a alzar la vista.

Era el mismo aire de opresión que había en Ternura, pero con un matiz diferente: aquí no había la falsa justicia de un uniforme, solo la ley descarada y brutal del más fuerte.

Issei sintió cómo Naira se agarraba con más fuerza a su brazo.

Su “radar de intenciones” se encendió de repente, inundado por una docena de firmas hostiles, arrogantes y depredadoras provenientes del grupo de piratas.

—Issei…

—susurró Naira, su voz tensa.

Los piratas, en ese momento, se dieron cuenta de su presencia.

Las risas se apagaron.

Una docena de pares de ojos se posaron en ellos.

En la pareja bien vestida (para estándares de mar), en sus rostros nuevos, en el aire de inocencia que aún los rodeaba.

El líder, el de la cicatriz, dejó su jarra de cerveza sobre la mesa con un golpe seco.

Una sonrisa lenta, hambrienta y desprovista de cualquier humanidad, se extendió por su rostro.

—Bueno, bueno —dijo, su voz áspera como arena contra metal—.

¿Qué tenemos aquí?

¿Pájaros nuevos que llegaron a volar a nuestra jaula?

Issei se colocó instintivamente delante de Naira, su cuerpo relajado pero listo, sus ojos, que hacía un momento brillaban con el amor y la paz del viaje, ahora eran de un grís acero frío.

La calma escarlata de su luna de miel en el mar había terminado.

Sin que ellos lo supieran, habían atracado directamente en el nido de la tormenta.

La aventura, y la pelea, acababan de tocar a su puerta.

El silencio que siguió a la pregunta del pirata con la cicatriz fue tan denso como la niebla marina.

Issei, sin embargo, no se inmutó.

Su cuerpo, relajado pero con cada músculo cableado para la acción, era un contraste total con la actitud bravucona de los hombres que los rodeaban.

Ddraig, en su mente, había sido categórico.

“Doce almas miserables.

Fuerza bruta de taberna, sin disciplina.

Ni siquiera huelen a sangre de batallas reales.

Son escoria con suerte.” Esa evaluación fue suficiente.

Cuando el primer pirata, animado por la sonrisa de su líder, se abalanzó con un gruñido blandiendo un garrote con clavos oxidados, Issei simplemente se movió.

No fue un movimiento explosivo con Boost, ni un salto espectacular.

Fue un desplazamiento lateral preciso, casi perezoso, que dejó al hombre pasando de largo.

Issei extendió el brazo y, con el canto de la mano, golpeó la parte posterior de su cuello.

El crujido fue seco, y el pirata se desplomó como un fardo, inconsciente antes de tocar el suelo empedrado.

La plaza entera contuvo el aliento.

Los otros piratas parpadearon, la confusión reemplazando a la arrogancia en sus rostros.

El líder con la cicatriz se puso de pie, su silla cayendo hacia atrás con estruendo.

—¡Matadlo!

—rugió.

Fue el principio del fin.

Once contra uno.

Pero el uno era Issei Hyoudou, forjado en la jungla y templado por la energía del Dragón Emperador Rojo.

Se movió entre ellos como un torbellino silencioso.

Esquivaba tajos de sable con inclinaciones de cabeza que parecían milimétricas, bloqueaba golpes de puño con sus antebrazos (haciendo que los atacantes gritaran al golpear lo que sentían como acero forrado de piel), y contraatacaba con una economía de movimiento brutal.

Un golpe al plexo solar aquí, una patilla a la rodilla allá, un golpe preciso en la mandíbula más allá.

No usó el Boost ni una sola vez.

No era necesario.

Estos hombres eran más lentos y torpes que las bestias de la isla desierta.

En menos de un minuto, los once piratas yacían esparcidos por la plaza, formando un círculo de cuerpos quejumbrosos o silenciosos alrededor de Issei, quien ni siquiera jadeaba.

Los aldeanos, que habían observado desde las sombras, permanecían inmóviles, sus ojos muy abiertos, sin atreverse aún a creer.

Issei miró al líder, el único aún consciente, pero tambaleándose, con la cicatriz de su rostro palidecida.

—Vete —dijo Issei, su voz baja pero cortante como el filo de un cuchillo—.

Lleva a tu chusma y salid de esta isla.

No queremos problemas.

El pirata, humillado y aterrorizado, asintió con espasmos y comenzó a patear y arrastrar a sus compañeros, reuniéndolos para una retirada patética hacia los callejones.

Pero el problema, Issei lo intuía, era más profundo.

La bandera pirata seguía ondeando.

La quietud del pueblo, el miedo en los ojos de la gente, hablaban de un yugo no de unos matones de taberna, sino de algo organizado.

Y el barco pirata atracado en el puerto, más grande y mejor armado que el Sueño Escarlata, era una prueba silenciosa de ello.

—Issei —susurró Naira, acercándose—.

Esto no ha terminado, ¿verdad?

—No —respondió él, su mirada escrutando las ventanas cerradas, las calles desiertas más allá de la plaza—.

Estos solo eran la guardia de borrachos.

Hay alguien más al mando.

Y está aquí, en la isla.

La prioridad era la seguridad de Naira.

No podía arrastrarla a una cacería en terreno desconocido, potencialmente lleno de enemigos.

—Naira, escucha —dijo, tomando sus manos y mirándola a los ojos—.

Tienes que volver al barco.

Enciérrate en la cabina, cierra las escotillas.

No abras a nadie que no sea yo.

Si algo sucede, si escuchas ruidos de pelea que se acercan, usa la balsa auxiliar y aléjate.

Navega hacia donde te lleve el viento, pero aléjate.

—¡No!

—protestó ella, su miedo por él superando su propio temor—.

No quiero dejarte solo.

Puedo…

puedo ayudarte de alguna manera.

—Tu ayuda —dijo Issei con una suavidad inusual— es estando a salvo.

Si te pasa algo, yo…

—No terminó la frase, pero el dolor en sus ojos fue más elocuente que cualquier palabra.

Naira vio la determinación férrea en su mirada, la misma que había derribado a Bruto.

Sabía que no podría disuadirlo.

Con los ojos brillantes de lágrimas frustradas, asintió.

—Prométeme que volverás.

Que tendrás cuidado.

—Te lo prometo —dijo Issei.

Y para sellar la promesa, para calmar el temblor que veía en sus labios, la atrajo hacia sí y la besó.

No fue un beso apasionado como los que compartían en la cubierta al atardecer.

Fue un beso profundo, sereno, una transferencia de calma y de juramento.

Cuando se separaron, Naira respiró hondo y, con una última mirada llena de preocupación, se dio la vuelta y corrió hacia el muelle, desapareciendo entre las calles.

Issei la siguió con la mirada hasta que estuvo segura de su rumbo.

Luego, su expresión se transformó.

La ternura desapareció, reemplazada por la frialdad concentrada del cazador.

Se agachó junto a uno de los piratas inconscientes y le quitó la sucia chaqueta de cuero.

Se la puso, levantando el cuello para ocultar la parte inferior de su rostro.

No era un disfraz perfecto, pero en la penumbra de los callejones y desde la distancia, podría pasar por uno más de la chusma.

“Estrategia básica pero sensata”, comentó Ddraig.

“Ahora, mueve-te.

El silencio es tu aliado.

Escucha.” Issei se fundió con las sombras del pueblo.

Su “radar de intenciones” estaba activo, pero solo sentía el miedo difuso y encapsulado de los aldeanos escondidos en sus casas, y el dolor aturdido de los piratas que se arrastraban hacia las afueras.

Avanzó como un fantasma, pegado a las paredes, sus pies no haciendo más ruido que el susurro del viento.

Escaló a un tejado bajo con un salto silencioso y se tendió boca abajo, observando.

No tardó en encontrar lo que buscaba.

En una taberna que parecía el único edificio con vida (forzada) en el pueblo, cerca del muelle principal, se reunía otro grupo de piratas.

Eran más organizados, vigilando las entradas.

Issei se deslizó por la parte trasera, encontrando una ventana entreabierta cerca de los barriles de basura.

Dentro, las voces de los piratas llegaban claras, cargadas de ron y arrogancia.

—…y el Capitán Bruto, dicen que lo derrotó un solo tipo.

Una bestia, dijeron los que huyeron de Ternura —comentaba una voz.

—¡Bah!

Bruto era un degenerado con uniforme.

La Capitana Main es diferente —replicó otra, más fanática—.

¿Viste lo que le hizo a ese marine comandante en Shells Town?

Lo despedazó.

Y se rió mientras lo hacía.

Capitana Main.

Issei almacenó el nombre.

—Aún así, seis millones de berries no es ninguna broma —dijo un tercero, con un tono de codicia—.

Con esa recompensa, hasta los de nuestra tripulación podrían tentarse a venderla.

—¡Cállate, idiota!

¿Quieres que te escuchen?

Ella tiene oídos en todas partes.

Además, ¿con qué?

Es más rápida que una serpiente de mar y su Rasgadura corta el acero como mantequilla.

Especialista en armas cortantes, sí, pero es que ella es un arma cortante.

Issei asimiló la información.

6.000.000 de berries.

Especialista en armas cortantes.

Velocidad.

Crueldad.

No mencionaron ninguna Fruta del Diablo, lo que era un alivio relativo.

Significaba que, en teoría, podía ser dañada con fuerza bruta.

—Lo que importa —continuó el primer pirata— es que este pueblito es nuestro gallinero de oro.

Ella cobra su “tasa de protección”, y nosotros nos encargamos de que nadie tosa fuera de línea.

Fácil.

—Sí, hasta que llegue otro “héroe” como el de Ternura…

—murmuró el más cauteloso.

—Si llega, la Capitana se encargará.

Le encantan los tipos fuertes…

para romperlos en pedacitos.

Issei se retiró de la ventana, su mente trabajando.

Tenía un nombre, una reputación, un estilo de combate.

Y tenía un conflicto.

Capitana Main.

Una mujer.

Su cerebro pervertido, a pesar de la situación, intentó trazar una imagen: una pirata poderosa, seguramente con un atuendo llamativo, tal vez con unos atributos generosos…

Se estremeció.

“Concentración, usuario”, rugió Ddraig en su mente, detectando la deriva de sus pensamientos.

“Si permites que una cara bonita nuble tu juicio en el campo de batalla, tu viaje terminará aquí.

Serás una anécdota sangrienta en la leyenda de esta pirata.

La belleza es un arma, y si no la tratas con más respeto que a una espada desenvainada, te atravesará.” —Lo sé, lo sé —murmuró Issei, apretando los puños—.

Pero…

¿y si es realmente hermosa?

“¡Entonces cierra los ojos y golpea donde tu ‘radar’ te diga que está!

¡O mejor aún, usa ese cerebro que a veces parece tener!

¿O acaso la Princesa Naira dejaría de ser hermosa si tuviera una cicatriz en la cara?

El peligro no tiene género, idiota.” Las palabras de Ddraig, duras pero ciertas, calaron.

Naira.

Su promesa.

No podía fallar por una tontería así.

Respiró hondo, ahogando al pervertido interior bajo el peso del guerrero y del protector.

—Tienes razón.

La derrotaré.

Pero…

—una sonrisa tonta, inevitable, se asomó a sus labios bajo la chaqueta robada—.

…eso no significa que no pueda disfrutar de la vista después de que esté incapacitada, ¿no?

Ddraig emitió un sonido que era un cruce entre un gruñido y un suspiro de exasperación infinita.

“Eres incorregible.

Pero si esa thought te motiva a actuar, bien está.

Ahora, el plan.” El plan era simple: reducir los números.

No podía enfrentarse a Main y a su tripulación completa a la vez.

Debía ser un depredador, como en la isla.

Cazarlos uno a uno, o en pequeños grupos, en terreno cerrado donde su velocidad y fuerza fueran abrumadoras.

Y para ello, recordó algo.

Algo que había desarrollado en los largos y aburridos días de la isla desierta, cuando el entrenamiento físico no era suficiente y su mente pervertida, estimulada por la soledad y la falta de estímulos, comenzó a experimentar con el flujo de su energía.

—Oye, Ddraig…

¿recuerdas esa…

técnica que se me ocurrió?

—preguntó Issei, con una voz que pretendía ser casual.

Hubo un silencio incómodo y prolongado en su mente.

Cuando Ddraig respondió, su voz tenía un tono de profundo y cansado pesar.

“No.

No quiero recordarlo.

Es una aberración.

Una perversión del sagrado poder de la Boosted Gear.

Es…

vergonzoso.” —¡Vamos, no es tan malo!

—protestó Issei, sus ojos brillando con un entusiasmo inconveniente—.

¡Es útil!

¡Y es mi técnica definitiva pervertida!

La llamé…

Dress Break.

“¡No digas ese nombre en voz alta!

¡Ni siquiera en tu mente!” El dragón parecía genuinamente angustiado.

“Manipular las partículas de energía para desintegrar selectivamente las fibras de la ropa…

es lo más ridículo y específicamente pervertido que cualquier portador mío ha concebido en milenios.

Es un poder que podría usarse para desarmar, para desintegrar armaduras enemigas…

¡y tú lo diseñaste para ver a mujeres desnudas!” —¡Pero funciona!

—insistió Issei, su moral extrañamente alta—.

Y no solo en ropa ligera.

Practiqué con la corteza de los árboles, con las pieles duras de las bestias…

si concentro suficiente energía, puedo romper cualquier material que no esté imbuido con una energía defensiva muy fuerte.

¡Y puedo cargar el efecto y activarlo a distancia, con un chasquido!

¡Es genial!

Ddraig guardó silencio, una sensación de resignación absoluta emanando de la gema.

“No tengo palabras.

O sí las tengo, pero ninguna apropiada.

Usa esa…

cosa…

si debes.

Pero juro por los cielos ancestrales que si alguna vez intentas usarla contra la Princesa sin su consentimiento explícito, encontraré la manera de estrangularte desde dentro de tu propio brazo.” —¡Tranquilo!

¡Solo para enemigas!

—prometió Issei, aunque su tono no era del todo convincente.

La idea, sin embargo, había echado raíces.

Frente a una mujer pirata poderosa, el Dress Break podría ser más que una broma pervertida.

Podría ser una distracción masiva, un golpe a la moral, una forma de desequilibrarla.

La imagen de una feroz capitana pirata quedándose súbitamente en ropa interior (o menos) en medio de una pelea era, en la mente de Issei, una ventaja táctica de primer nivel.

Pero primero, los esbirros.

Usando su sigilo y su “radar”, Issei comenzó su cacería.

Los piratas que hacían guardia en parejas en las entradas del pueblo fueron los primeros.

Se acercó desde las sombras, y antes de que pudieran gritar, dos golpes rápidos y precisos en puntos de presión los dejaron inconscientes.

Los arrastró a un callejón y los amarró con sus propios cinturones.

El siguiente grupo, tres que jugaban a los dados en el porche de una casa abandonada, fue un poco más complicado.

Issei calculó la distancia.

No podía acercarse sin ser visto.

Entonces, recordó otra lección de la isla: usar el entorno.

Tomó una piedra del suelo y la lanzó con fuerza y precisión contra una ventana alta del edificio de enfrente.

El estruendo del cristal rompiéndose hizo que los tres piratas se pusieran en guardia, mirando hacia el ruido.

—¡¿Qué fue eso?!

—gritó uno.

—¡Idiota, mira allá!

—dijo otro, señalando la ventana rota.

Fue el momento.

Issei se movió como un relámpago desde su escondite.

Cubrió la distancia en un instante.

Un puñetazo, una patilla giratoria, un codazo en la sien.

Tres golpes, tres cuerpos cayendo.

Los revisó rápidamente, asegurándose de que solo estaban inconscientes, y los arrastró a la misma casa abandonada.

Así continuó durante la siguiente hora, un espectro escarlata (bajo una chaqueta de cuero sucia) que despoblaba el pueblo de piratas.

Los fue atrayendo con ruidos, los emboscaba en parejas o tríos, usando siempre la fuerza mínima necesaria para incapacitarlos, pero con una eficiencia aterradora.

No quería matanzas innecesarias; solo limpiar el campo para la batalla principal.

Cada grupo que neutralizaba le daba más información.

Escuchó fragmentos sobre la “Cueva del Trueno”, donde Main tenía su base temporal, sobre su amor por el ron fuerte y su odio por los marines cobardes.

Pero nadie mencionaba habilidades sobrenaturales.

Parecía que su poder residía en su velocidad sobrehumana, su destreza con sus cuchillas (un par de kukri curvos, según uno) y su brutalidad psicópata.

Finalmente, después de haber dejado a una docena de piratas amontonados y amarrados como leña en el almacén del muelle, Issei se detuvo en el borde del pueblo, mirando hacia la colina boscosa donde, según el último pirata balbuceante antes de perder el conocimiento, estaba la Cueva del Trueno.

El pueblo estaba prácticamente limpio de amenazas menores.

Su cuerpo estaba listo.

Su mente, enfocada.

El conflicto sobre enfrentarse a una mujer seguía ahí, latente, pero ahogado bajo la necesidad y la promesa hecha a Naira.

Y en el fondo de su conciencia, una técnica absurda, pervertida y potencialmente revolucionaria esperaba su momento.

—Bien, Main —murmuró Issei para sí mismo, despojándose de la chaqueta de cuero pirata y dejando al descubierto el brazalete de la Boosted Gear, que pulsaba con una luz verde tenue—.

Vamos a ver si tu belleza vale seis millones.

Porque voy a cobrarte una deuda por este pueblo…

y tal vez, solo tal vez, un recuerdo para mi colección privada.

Con ese pensamiento final, tan propio de él, Issei Hyoudou comenzó a ascender por el sendero hacia la colina, hacia el corazón de la tormenta pirata.

La Bestia Escarlata iba de caza, y su presa era una loba de mar con precio sobre su cabeza.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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