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Issei en el grand line - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Capitulo 5 Cazarecompensas
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6: Capitulo 5: Cazarecompensas 6: Capitulo 5: Cazarecompensas La información extraída de los piratas amordazados había sido clara: la Capitana Main no se molestaba en acampar en la playa o en cuevas húmedas.

Exigía comodidad, autoridad y un público forzado.

Había tomado como su cuartel general la única construcción de dos pisos con cierto aire de autoridad en el pueblo: la casa del consejo y residencia del alcalde, un edificio de piedra blanca con un pequeño campanario que se alzaba en la plaza principal, justo enfrente de donde su bandera ondeaba con insolencia.

Issei observó la estructura desde la sombra de una panadería cerrada.

Su “radar de intenciones” estaba afinado, emanando desde el edificio como un faro de emociones conflictivas.

Tres firmas eran débiles, temblorosas, impregnadas de miedo y desesperación: sin duda los habitantes de la casa, probablemente el alcalde y su familia.

Y luego estaba la cuarta.

Una firma fría, afilada como el filo de una navaja, retorcida por una diversión sádica y un aburrimiento peligroso.

Esa tenía que ser Main.

No sentía más presencias hostiles cercanas; había hecho bien su trabajo limpiando el pueblo.

El campo estaba listo para el enfrentamiento final.

Moverse por el pueblo fantasma fue fácil.

Saltó por una ventana trasera de la planta baja, aterrizando en una cocina desordenada donde platos sucios y restos de banquetes forzados hablaban del paso de los piratas.

Avanzó en silencio, subiendo una escalera de madera que crujió solo una vez bajo su peso, pero el sonido se perdió en el grueso silencio opresivo de la casa.

Su radar lo guiaba como un imán hacia la puerta del final del pasillo del primer piso, de donde emanaba el núcleo de aquellas emociones.

Se detuvo frente a la puerta de madera maciza.

Al otro lado, oía un llanto sofocado, el sonido de un sollozo ahogado, y una risa.

Una risa femenina, aguda, no de alegría, sino de un disfrute malsano, como quien juega con un insecto antes de arrancarle las alas.

Issei respiró hondo.

No había lugar para sutilezas aquí.

Con un movimiento rápido, llevó su pie hacia atrás y lanzó una patada concentrada justo al lado de la cerradura.

La madera, sólida pero no preparada para un impacto de tal magnitud, estalló hacia dentro con un estruendo seco, y la puerta se abrió de golpe.

La escena que se reveló ante sus ojos hizo que su cerebro procesara la información en capas contradictorias.

Una figura femenina estaba encima de un niño de no más de diez años, que yacía en el suelo de una lujosa alfombra, paralizado por el terror.

La figura sostenía sus pequeñas muñecas contra el suelo.

A un lado, un hombre y una mujer de mediana edad, presumiblemente los padres, estaban atados a sendas sillas, con trapos en la boca, sus rostros empapados en lágrimas silenciosas de angustia impotente.

La figura se volvió hacia la puerta, y Issei recibió el impacto completo de su apariencia.

Era una chica.

Joven, quizás de su misma edad o un poco menos.

Tenía el cabello corto y plateado, cortado de forma desigual y rebelde.

Sus ojos eran de un violeta intenso, pero en ese momento brillaban con una mezcla de sorpresa y fastidio irritado.

Sus facciones eran delicadas, casi de muñeca, con una boca pequeña y unos labios que ahora formaban una mueca de disgusto.

Y entonces, la mirada de Issei, entrenada por años de devoción absoluta, realizó un escaneo instintivo y crítico.

Su cerebro, esperando la curva generosa de una pirata voluptuosa como las de sus revistas, se encontró con… prácticamente nada.

Main vestía un atuendo práctico pero gastado: una camiseta holgada y unos pantalones cortos.

Y bajo la tela, la silueta era… plana.

Pequeña.

No era solo que no tuviera unos pechos grandes; era que su físico completo era menudo, delgado, casi infantil.

Una lolita, pero no del tipo coqueto y seductor de algunas fantasías, sino del tipo que podría pasar por un chico adolescente flacucho si no fuera por el corte de su cabello y la delicadeza de su rostro.

Un susurro de profunda decepción y confusión cruzó por la mente de Issei: ¿Esta es la temible capitana de 6 millones.

Esa decepción se evaporó en el instante en que su mirada cayó sobre el objeto que Main agarraba con una mano, mientras con la otra sujetaba al niño.

Era un mazo.

No un mazo cualquiera.

Era una pieza de hierro negro macizo, del tamaño de su torso, con la cabeza llena de protuberancias y púas cortas.

Un arma brutal, primitiva, que debía pesar una barbaridad.

Y sin embargo, Main lo sostenía con una naturalidad aterradora, como si fuera un bastón ligero.

La desconexión entre su apariencia frágil y el instrumento de destrucción que blandía era tan violenta que forzó a Issei a reajustar por completo su evaluación del peligro.

—¿Y tú quién diablos eres?

—espetó Main, su voz era sorprendentemente suave, pero con un filo metálico—.

Dejé a una docena de idiotas vigilando.

¿Acaso… los despachaste tú solito?

—Su tono no era de preocupación, sino de interés renovado, como un coleccionista que encuentra una pieza inesperada.

—Bájate del niño —ordenó Issei, su voz grave, todo rastro de confusión desaparecido.

Su “radar” le gritaba que esta chica, a pesar de su aspecto, era una esencia concentrada de violencia.

Main puso los ojos en blanco, con un gesto exasperado de adolescente.

—Estaba divirtiéndome.

Este mocoso tiene unos ojos preciosos cuando tiene miedo.

Pero bueno… —De un empujón brusco, apartó al niño, que rodó llorando hacia sus padres atados.

Main se puso de pie en un movimiento fluido, balanceando el mazo gigantesco como si fuera de plástico—.

Si quieres ser el nuevo juguete, no me opongo.

No esperó a una respuesta.

Con una velocidad que desmentía por completo el peso de su arma, cerró la distancia y lanzó un golpe horizontal dirigido a la cintura de Issei.

Él saltó hacia atrás.

El mazo pasó rozando su camisa y se estrelló contra la pared de piedra detrás de donde él había estado.

¡BOOM!

El impacto no fue un simple ruido.

Fue una detonación.

Piedras y yeso saltaron por los aires, dejando un cráter del tamaño de un barril en la sólida pared.

El suelo tembló.

Los prisioneros gritaron ahogados.

Issei sintió el viento de la destrucción en su rostro.

Un solo golpe.

Con esa fuerza, conectarlo significaría huesos pulverizados.

—¡Salgamos de aquí!

—gritó Issei, no por miedo, sino por estrategia.

No podía pelear en un espacio cerrado con esa bestia destructiva, ni con civiles de por medio—.

¿O temes luchar donde todos puedan ver cómo gano?

Un destello de ira cruzó los ojos violeta de Main.

—¿Temer?

¡Ja!

Te voy a convertir en pintura para las calles, idiota.

—Empuñó su mazo y salió por la puerta rota, bajando las escaleras con pasos enérgicos.

Issei la siguió, asegurándose de que se alejaba.

Al pasar por la habitación, cortó rápidamente las ataduras de los padres con un dedo afilado como un cuchillo.

—Escondanse —les dijo, y salió tras la pirata.

Main lo condujo a la plaza principal, el mismo lugar donde Issei había derrotado a sus matones.

Para su sorpresa, algunas caras comenzaban a asomarse a las ventanas, y unas pocas figuras valientes se agolpaban en los bordes de las calles adyacentes.

La noticia del forastero que había limpiado el pueblo de piratas se había esparcido, y una chispa de esperanza, temerosa pero palpable, los arrastraba a presenciar lo imposible.

—¡Perfecto!

—exclamó Main, girando sobre sí misma para enfrentar a Issei, su mazo apoyado en el hombro—.

¡Un público!

Ahora verán lo que le pasa a quien se interpone en el camino de Main la Despedazadora.

El combate se reanudó con furia renovada.

Main era un torbellino de destrucción controlada.

Su estilo no era elegante; era pura eficiencia brutal.

Giraría el mazo por encima de su cabeza y lo dejaría caer como un meteorito, abriendo un cráter en los adoquines.

Lo lanzaba en un embestida horizontal que destrozaba los puestos del mercado, convirtiendo carritos de frutas en astillas y pulpa.

Cada movimiento suyo era lento en su preparación, pero el golpe en sí era devastadoramente rápido y pesado.

Issei se dedicó a esquivar.

Usaba su agilidad superior, bailando alrededor de los ataques, estudiando sus patrones.

Su “radar” le daba una ventaja crucial, sintiendo la intención de cada golpe un instante antes de que se materializara.

Buscó aperturas, puntos donde el pesado mazo la dejara expuesta tras un golpe fallido.

Vio una: después de un golpe vertical particularmente violento que partió un banco de piedra en dos, Main quedó con el arma clavada en el suelo por una fracción de segundo, su costado derecho abierto.

Era el momento.

Issei se preparó para lanzarse, un puño listo para un golpe incapacitante en las costillas.

Pero entonces, su radar, que hasta ahora solo había sentido la intención bruta y directa del mazo, captó un destello nuevo.

Una intención aguda, traicionera, escondida tras la principal.

No provenía del mazo.

Provenía de la mano izquierda de Main, que estaba libre.

Issei abortó su ataque en el último milisegundo, saltando hacia atrás en lugar de hacia adelante.

En ese mismo instante, la mano izquierda de Main, que parecía vacía, se movió como el langue de una serpiente.

De su manga, un cuchillo largo y delgado, un estilete, apareció como por arte de magia y silbó en el aire donde el torso de Issei habría estado si hubiera seguido adelante.

—¡Tsk!

¡Casi!

—bufó Main, frustrada, extrayendo su mazo del suelo—.

Eres más escurridizo de lo que pareces.

Issei respiró con fuerza.

Había sido una trampa clásica, pero mortal.

Usar el arma pesada como señuelo para dejar una falsa apertura, y luego rematar con el arma oculta y rápida.

Era inteligente.

Sucia, pero inteligente.

—Ya veo tu juego —dijo Issei, su voz calmada—.

El mazo es el trueno.

El cuchillo, el relámpago.

Pero si se anticipa, no hay sorpresa.

Main frunció el ceño, su diversión inicial dando paso a la irritación.

—¡Cállate y muérete!

—rugió, cargando de nuevo.

Pero la dinámica había cambiado.

Issei ya no buscaba aperturas falsas.

Sabía que atacar los puntos débiles tras un golpe fallido era invitar al cuchillo.

Así que cambió de táctica.

En lugar de esquivar y esperar, comenzó a presionar.

Usó su velocidad para cerrar la distancia antes de que el mazo ganara momentum, forzando a Main a usar el arma de manera defensiva o a retroceder.

La obligaba a moverse, a gastar energía.

Golpeaba el mango del mazo con sus antebrazos para desviar la trayectoria, siempre consciente de la mano izquierda que acechaba.

La batalla se convirtió en un caos controlado.

Main, cada vez más furiosa, empezó a golpear con menos precisión y más rabia.

Su mazo, convertido en un instrumento de devastación indiscriminada, arrancó la fachada de una taberna, hizo añicos el techo de un cobertizo, redujo una fuente a escombros y piedra caliza.

El pueblo, el mismo que quería liberar, estaba siendo destrozado en el proceso.

Issei lo vio.

Cada explosión de madera y piedra le recordaba la fragilidad de lo que protegía.

No podía permitir que esto continuara.

El riesgo para los aldeanos, escondidos pero no a salvo, era demasiado grande.

—Se acabó el juego —murmuró.

“[Boost].” El familiar calor estalló en su pecho.

La energía verde envolvió su brazo derecho.

El mundo para Issei se ralentizó.

Los movimientos de Main, antes veloces, ahora parecían arrastrarse.

El gigantesco mazo descendía en otro arco destructivo hacia su cabeza.

Esta vez, Issei no esquivó.

Con un movimiento que fue un borrón, su mano potenciada se disparó hacia adelante.

No hacia Main, sino hacia el mango del mazo, justo debajo de la cabeza de hierro.

Lo agarró con fuerza cuando el arma estaba a medio camino de su impacto máximo.

¡CRAC!

El sonido no fue de impacto, sino de fuerza contenida.

El brazo de Issei ni siquiera se dobló.

Absorbió toda la energía cinética del golpe monstruoso y la detuvo en seco, como si hubiera atrapado una bala de cañón.

El mazo vibraba en su agarre, pero no se movía un centímetro más.

Los ojos violeta de Main se abrieron como platos.

La incredulidad, pura y absoluta, borró toda expresión de su rostro.

Nadie había hecho eso jamás.

Antes de que pudiera reaccionar, o desenvainar su cuchillo, Issei tiró del mazo hacia sí, desequilibrando a Main, y al mismo tiempo, lanzó un gancho corto y devastador con su mano izquierda (sin potenciar, pero con toda la fuerza de su cuerpo forjado) directamente a la mandíbula de la pirata.

El golpe fue limpio y seco.

Los ojos de Main se volvieron hacia atrás, y su cuerpo menudo, que momentos antes blandía un arma de pesadilla, se desplomó como un muñeco de trapo.

El mazo de hierro cayó al suelo con un estruendo final que resonó en la plaza ahora silenciosa.

Issei jadeó, dejando que el efecto del Boost se disipara.

Miró el caos a su alrededor, los edificios dañados, la plaza destrozada.

Luego, miró a la pirata inconsciente a sus pies.

Parecía aún más frágil dormida.

Ató sus manos y pies con cuerdas de uno de los puestos destrozados y, cargándola al hombro con facilidad, la llevó al muelle, donde amontonó a sus subordinados aún inconscientes.

La colocó a la cabeza del montón, como una reina derrocada sobre un trono de derrota.

Fue entonces cuando los vítores comenzaron.

Timidos al principio, luego creciendo en volumen hasta convertirse en un rugido de liberación.

Los aldeanos salieron de sus escondites, llorando, riendo, abrazándose.

Habían visto al monstruo de hierro caer.

Habían visto al forastero hacer lo imposible.

Entre la multitud que se agolpaba en el muelle, una figura se abrió paso corriendo.

Naira, su rostro pálido de preocupación pero iluminado por un alivio inmenso, se lanzó hacia Issei sin importarle el público.

Él la abrió de par en par, y ella lo besó allí, frente a todos, un beso apasionado que era celebración, gratitud y amor puro.

Los aplausos y vítores se redoblaron, mezclándose con risas y gritos de alegría.

El héroe y su princesa, unidos en la victoria.

Cuando por fin se separaron, sonrojados pero felices, Issei miró hacia el montón de piratas.

La Capitana Main, la “Despedazadora” de seis millones, roncaba suavemente, atada e impotente.

La batalla había terminado.

Pero una pregunta crucial flotaba en el aire, susurrada por el viento que olía a polvo y libertad: ¿por qué?

¿Por qué esta chica, con semejante poder, había elegido aterrorizar este pueblo específico, y por qué su “diversión” se había centrado de manera tan siniestra en el hijo del alcalde?

El misterio de Main, y el destino de su tripulación, aún estaba por resolverse.

El rugido de la victoria en la plaza no fue efímero.

Fue una explosión contenida que, al romper el dique del miedo, inundó cada callejón, cada casa, cada corazón del pueblo con un torrente de alivio tan intenso que bordea la euforia.

No fueron solo aplausos; fue una liberación física.

Gente que había vivido encorvada durante días se estiró, respiró hondo el aire que ahora olía a polvo y esperanza, y lanzó gritos al cielo que eran a la vez sollozos y risas.

Salieron de sus escondites, primero con cautela, luego con pasos cada vez más firmes, rodeando a Issei y al montón de piratas inconscientes como si fuera una reliquia de un milagro.

Los primeros en acercarse, abriéndose paso entre la multitud con la dignidad herida pero erguida, fueron los gobernantes y su hijo.

El alcalde, un hombre de rostro cansado y bigote gris, llevaba a su esposa, cuya elegancia no había podido ser completamente borrada por los días de cautiverio.

Y entre ellos, agarrando la mano de su padre con una fuerza desesperada, estaba el niño.

Sus ojos, que horas antes estaban inundados de un terror puro, ahora miraban a Issei con una mezcla de asombro y adoración absoluta.

—Joven —comenzó el alcalde, su voz cargada de una emoción que le hacía vibrar las palabras—.

No tenemos… no hay riquezas en este pueblo que puedan pagar lo que has hecho hoy.

Nos has devuelto la vida.

A mi familia… —su voz se quebró al mirar a su hijo—… me has devuelto a mi hijo.

La esposa del alcalde no pudo contener las lágrimas que rodaron silenciosas por sus mejillas.

Se inclinó en una reverencia instintiva, un gesto de gratitud feudal que sorprendió a Issei.

—Eres un ángel enviado por el mar —susurró.

Pero fue el niño quien, soltando la mano de su padre, dio un paso vacilante hacia adelante.

Miró a Issei, luego a la pirata inconsciente amontonada con los demás, y de nuevo a Issei.

Su vocecita, aún temblorosa, se alzó.

—E-ella… —tartamudeó, señalando a Main—.

Iba a… iba a besarme.

Delante de papá y mamá.

Decía que… que así ya no valdría nada para casarme con una noble cuando fuera grande.

Que me había robado.

—Un escalofrío recorrió su cuerpo delgado.

Las palabras del niño pintaron un cuadro siniestro de la crueldad de Main.

No buscaba solo sumisión o botín; disfrutaba corrompiendo, manchando inocencias, destruyendo futuros de formas psicológicamente tortuosas.

Robar el primer beso de un niño frente a sus padres, convertir un acto de supuesto cariño en un instrumento de humillación y devaluación social, era una maldad que iba más allá de la simple violencia física.

Naira, que se había mantenido a un lado observando la escena con una mezcla de alegría y preocupación, se acercó.

Su rostro se suavizó al ver al niño.

Se agachó para quedar a su altura, una sonrisa cálida y comprensiva en sus labios.

—Pero no lo hizo —dijo Naira, su voz era como un bálsamo—.

Este valiente caballero te protegió.

Y tu pureza, tu valor, siguen siendo tuyos.

Nadie puede robarte eso, a menos que tú lo permitas.

El niño miró a Naira, luego a Issei, y asintió lentamente, una sombra de su terror empezando a disiparse.

Un rubor tímido tiñó sus mejillas antes de que se refugiara de nuevo tras las piernas de su padre.

—Gracias —murmuró el niño, dirigiendo sus palabras al suelo, pero Issei las oyó.

El alcalde, recuperando la compostura, sacó una bolsa de cuero que llevaba atada a su cinturón bajo la chaqueta.

—Es poco, comparado con lo que has hecho —dijo, extendiéndola hacia Issei—.

Todo el dinero que pudimos esconder de esos demonios.

Y comida.

Les daremos provisiones, las mejores que tengamos.

No partiremos de aquí con las manos vacías.

Issei dudó.

En Kuoh, el dinero siempre había sido escaso, pero tomarlo así, como pago por algo que habría hecho de todos modos, se sentía… extraño.

Pero una mirada a Naira, quien asintió levemente, lo convenció.

En el mar, los recursos eran supervivencia.

Aceptó la bolsa con un respetuoso asentimiento.

—No es necesario pagarme —dijo—.

Pero agradezco la ayuda para nuestro viaje.

La celebración continuó espontáneamente.

Los aldeanos trajeron lo poco que tenían: pan recién horneado (habían escondido harina), frutas de sus huertos traseros, pescado ahumado.

Fue un festín modesto pero cargado de una generosidad que conmovió a Issei más profundamente que cualquier banquete real.

Por unas horas, la plaza destrozada se llenó de música improvisada (un viejo con un acordeón que había guardado bajo las tablas del suelo), risas y bailes torpes pero alegres.

Sin embargo, cuando el sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y la euforia inicial dio paso a una fatiga feliz, la realidad regresó.

En el muelle, el montón de piratas atados empezaba a dar señales de movimiento.

Algunos gemían.

Main, en particular, se agitaba, aunque aún no recuperaba la conciencia.

Issei y Naira se retiraron a un rincón más tranquilo de la plaza, cerca de la fuente dañada.

La sombra del problema pendiente era alargada.

—¿Qué hacemos con ellos?

—preguntó Issei en voz baja, mirando el montón de cuerpos—.

No podemos dejarlos aquí.

Si se liberan… —Y no podemos llevarlos con nosotros —añadió Naira, frunciendo el ceño—.

El barco no tiene espacio, ni recursos para mantener prisioneros.

Hubo un silencio incómodo.

Issei pensó en las opciones.

Dejarlos en la isla, desarmados, significaba condenar a los aldeanos a una futura venganza.

Llevarlos a otra isla y soltarlos era esparcir el problema.

Una solución más… permanente, cruzó su mente, la lógica fría del cazador de la isla desierta.

Pero la rechazó de inmediato.

No era así.

No delante de Naira.

No después de haber visto la alegría en los rostros de la gente.

Fue entonces cuando Naira habló, su voz era clara pero con un deje de amargura que Issei no había oído antes.

—Podríamos… entregarlos a la Marina.

Issei se volvió hacia ella, sorprendido.

—¿A la Marina?

—repitió, incrédulo—.

Naira, después de lo que hicieron en tu isla, después de Bruto… ¿tú sugieres eso?

Los ojos azules de Naira se endurecieron, pero no con ira hacia Issei, sino con una resolución pragmática y dolorosa.

—Lo sé.

Cada vez que veo un uniforme blanco y azul, me estremezco.

Recuerdo el hedor de la celda, la voz de Bruto, la desesperación de mi pueblo.

—Hizo una pausa, tragando saliva—.

Pero también recuerdo lo que me enseñó el Maestro Corbin.

El mundo no es blanco o negro.

La Marina es una institución enorme, corrupta en muchos niveles, sí, pero también es la única fuerza organizada que, en teoría, se supone que mantiene el orden y persigue a gente como esta.

—Señaló con la cabeza a Main—.

Y ella… tiene un precio.

—¿Un precio?

—Issei arqueó una ceja.

—Una recompensa.

Seis millones de berries.

Por su cabeza, o por entregarla con vida, que vale más —explicó Naira, su tono se volvió más práctico, el de una princesa que había tenido que aprender de economía y política a la fuerza—.

Issei, mi amor, no somos ricos.

El dinero del alcalde nos ayudará unas semanas, pero el mar es impredecible.

Necesitamos un barco mejor eventualmente, mejores mapas, medicinas, ropa que no sean harapos… y tú quieres… formar una familia —dijo, ruborizándose levemente—.

Eso cuesta.

Además, Main es una criminal peligrosa.

Si la dejamos ir, hará esto en otra isla.

Quizás una donde no haya un… un tonto heroico como tú para detenerla.

Las palabras de Naira golpearon a Issei con la fuerza de un razonamiento inesperado.

Ella no estaba abogando por la Marina por fe ciega, sino por puro pragmatismo.

Usar el sistema corrupto en su beneficio, para financiar su sueño y, de paso, asegurarse de que una asesina fuera encerrada.

Era cínico.

Era inteligente.

Y venía de la chica que había sufrido más directamente bajo ese mismo sistema.

“La princesa tiene una mente más estratégica de lo que aparenta”, comentó Ddraig, su voz sonando casi impresionada.

“Usar a los opresores para financiar tu propia independencia… es un movimiento digno de un dragón astuto.

Aceptable.” —Pero… ¿y si los marines de donde la llevemos son como Bruto?

—preguntó Issei, la preocupación por Naira anteponiéndose a todo.

—Entonces nos iremos —respondió ella sin dudar—.

Cobraremos la recompensa, si es que nos la dan sin problemas, y nos marcharemos rápidamente.

No nos quedaremos a charlar.

No somos nosotros quienes nos unimos a ellos; es un simple intercambio: un criminal por dinero.

Como… como un negocio.

Issei la miró, viendo la lucha en sus ojos.

Ella estaba vendiendo una parte de su idealismo, de su visión de un mundo justo, por la seguridad y el futuro de ambos.

Era un sacrificio adulto, y le dolía hacerlo.

Eso lo convenció más que cualquier argumento lógico.

—Está bien —asintió Issei, tomando su mano—.

Hagámoslo.

Pero a la primera señal de problema, nos vamos.

No arriesgaremos tu seguridad por unos berries.

Naira sonrió, un gesto cansado pero afectuoso.

—Mi heroe siempre protegiéndome.

Ahora, debemos preguntar por la base de la Marina más cercana.

Preguntar resultó fácil.

La gratitud del pueblo era ilimitada.

El viejo del acordeón, que resultó ser un antiguo navegante, les dio la información con precisión.

—La isla a la que apunta vuestro Log Pose desde aquí, muchacho —dijo, señalando el dispositivo en la muñeca de Naira—.

Se llama Port Cauler.

Es un puerto comercial modesto.

Y allí, en un fuerte de piedra en el acantilado este, está el Comando de la Marina del Sector 34, al mando del Comodoro Vance.

No es un santo, pero dicen que cumple con los pagos de recompensas.

Es de esos que prefieren que los cazarecompensas hagan el trabajo sucio.

Cazarecompensas.

La palabra resonó en el aire.

Issei la había oído en las lecciones, pero ahora cobraba un significado personal.

No eran piratas, ni marines, ni revolucionarios.

Eran independientes.

Cobraban por limpiar la escoria.

Era… una profesión.

Una que podía financiar sus sueños y darle una excusa para enfrentarse a los fuertes sin ataduras políticas.

—Cazarecompensas… —murmuró Issei, probando el término—.

Suena bien.

Naira asintió.

—Suena a libertad.

Pasaron la noche en el pueblo, en una habitación decente que les prepararon en la posada (gratis, por supuesto).

A la mañana siguiente, con los primeros rayos del sol, los preparativos finales estaban listos.

Los aldeanos, guiados por el alcalde, habían ayudado a cargar a los piratas inconscientes y atados en la bodega del Sueño Escarlata, una tarea macabra pero realizada con una determinación alegre.

Main fue la última, metida en una red de pesca reforzada y asegurada con tantos nudos que parecía un fardo grotesco.

Las despedidas fueron emotivas pero esperanzadas.

El alcalde y su familia les dieron además un pequeño cofre con algunas monedas extra y joyas sencillas “para vender en Port Cauler si necesitan algo urgente”.

El niño, más animado, le regaló a Issei un pequeño colgante de concha que él mismo había pulido.

—Para la buena suerte en el mar —dijo, con una sonrisa tímida.

Naira, conmovida, le dio un abrazo suave al niño, prometiendo que tendrían cuidado.

Finalmente, con el barco cargado de provisiones frescas, agua dulce y un cargamento muy particular en la bodega, Issei y Naira desataron las amarras.

El pueblo entero se congregó en el muelle, agitando paños, sombreros, lo que tenían a mano.

Los vítores los siguieron incluso cuando el viento empezó a llenar las velas y el Sueño Escarlata comenzó a deslizarse hacia el mar abierto.

Desde la popa, Issei y Naira miraron atrás.

La isla, con sus cicatrices de batalla aún frescas pero con una atmósfera renovada, se alejaba.

La bandera pirata había sido arrancada y quemada en una hoguera comunal la noche anterior.

—¿Crees que hicimos lo correcto?

—preguntó Naira, apoyando la cabeza en el hombro de Issei.

—Salvamos a la gente.

Nos aseguramos de que esa loca no lastime a nadie más.

Y conseguiremos recursos para seguir nuestro camino —respondió Issei, poniendo un brazo alrededor de sus hombros—.

Y si ser cazarecompensas nos da la libertad de hacer eso, y de buscar una manera de volver a casa… entonces sí.

Es lo correcto.

Naira sonrió, satisfecha.

Miró hacia el horizonte, donde el Log Pose apuntaba con obstinación.

Hacia Port Cauler.

Hacia su primer encuentro oficial con la maquinaria de la Marina de este mundo.

Hacia la recompensa que podría ser el primer ladrillo sólido en la construcción de su futuro juntos.

La brisa salina sopló, llenando las velas del Sueño Escarlata.

La Bestia Escarlata y su Princesa navegaban ahora con un nuevo título y un nuevo propósito: Cazadores del mar, y su primera presa, una lolita despiadada de seis millones de berries, dormía un sueño forzado en las entrañas de su barco, su precio listo para ser cobrado en el próximo puerto.

La aventura continuaba, y con ella, la leyenda del futuro Rey del Harem y su primera reina, que empezaba a aprender que en este mundo, a veces, la justicia tiene un precio, y la libertad se compra con los frutos de la batalla.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Si gustan apoyenme en mi patreon para llegar a mas personas y asi poder seguir escribiendo mas de estas historias asi como generar imagenes de tus personajes favoritos.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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