Issei en el grand line - Capítulo 7
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Capítulo 7: Capitulo 6: Legitimo
Los días de navegación entre la isla liberada y Port Cauler transcurrieron con una rutina peculiar, marcada por el constante murmullo del mar y los gemidos ocasionales que surgían de la bodega. Issei y Naira habían establecido un turno estricto para alimentar a sus “pasajeros” no deseados. Bajar a la bodega oscura, iluminada solo por una lámpara de aceite, era una tarea desagradable pero necesaria. El aire olía a sudor, a miedo rancio y a la sal que se filtraba por las tablas.
Main, una vez recuperada por completo de su knock-out, no perdió el tiempo. Atada de manos y pies, pero con la lengua libre, decidió que su mejor estrategia no era la fuerza bruta, sino la persuasión. La primera vez que Issei bajó solo con un cuenco de sopa aguada, ella lo recibió con una sonrisa que intentaba ser seductora, pero que en su rostro de rasgos delicados y juvenil resultaba discordante, como una máscara mal puesta.
—Oye, grandulón —susurró, arrastrando las palabras—. ¿De verdad vas a entregar a una chica indefensa a esos gorilas de la Marina? Ellos no saben tratar a una dama. Tú… tú pareces diferente. Fuerte. Con clase.
Issei, concentrado en no derramar la sopa, la miró con expresión neutra. Su “radar de intenciones” zumbaba con la falsedad densa y pegajosa que emanaba de ella. No era atracción lo que sentía; era manipulación pura.
—Toma tu comida —dijo, colocando el cuenco en el suelo y empujándolo hacia ella con el pie.
—¿Tan frío? —hizo un mohín, arqueándose ligeramente contra sus ataduras, un movimiento calculado para enfatizar su silueta menuda—. Yo podría ser… agradecida. Sabes, una chica como yo, en alta mar, aprecia a un hombre que pueda protegerla. Podríamos llegar a un acuerdo. Tú me sueltas, y yo… te muestro por qué me llaman la Despedazadora. En los buenos sentidos.
Issei no era inmune a la belleza femenina. Podía reconocer que Main, en otro contexto, con otra personalidad, podría ser considerada linda, incluso atractiva en un estilo frágil y peligroso. Pero su devoción, su religión, estaba en otra parte. En la curva generosa, en la suavidad abundante, en la calidez de una sonrisa sincera, no en esta caricatura de seducción. Además, cada palabra de Main le recordaba al niño aterrorizado, a los padres llorando, a la crueldad gratuita.
—Tus “buenos sentidos” me dan asco —respondió, su voz fría como el acero del casco—. Come. O no. Pero no pierdas el tiempo.
Main frunció el ceño, su máscara de coquetería cayendo para revelar el odio hirviente debajo. —¿Es por esa princesita de pacotilla que tienes arriba? ¿Esa que huele a jabón y libros viejos? ¡Ja! No te durará. El mar se traga a las blandas como ella.
Issei no respondió. Simplemente dio media vuelta y subió la escotilla, cerciorándose de que el cerrojo estuviera firmemente asegurado. Su rechazo no era solo moral; era visceral. Main representaba todo lo opuesto a lo que él, en el fondo más profundo de su ser pervertido pero genuino, anhelaba: belleza sin malicia, fuerza con compasión, un corazón que aceptara su sueño absurdo. Naira era eso. Main era solo un eco vacío y venenoso.
Naira, por su parte, se había convertido en una guardiana celosa. No por desconfianza hacia Issei, sino por un instinto protector hacia su paz y su moral. Cuando era su turno de bajar, lo hacía con una mirada gélida que hacía callar incluso a Main. En una ocasión, la pirata intentó un comentario sarcástico sobre “la celosa novia”. Naira, sin decir palabra, simplemente inclinó el cuenco y dejó que la sopa se derramara lentamente al suelo frente a ella.
—El próximo insulto será la ración de agua —dijo con una calma aterradora, antes de subir.
Issei la vio regresar a cubierta, con las mejillas ligeramente sonrojadas por la ira. —No tienes que bajar tú —le dijo, tomándole la mano—. Yo me encargo.
—No —respondió ella, apretando su mano—. Somos un equipo. Y no dejaré que esa… cosa… te moleste. Además —añadió con una pequeña sonrisa—, verla tragarse su orgullo cuando le tiro la comida es bastante terapéutico.
Finalmente, tras días de navegación con vientos favorables, el perfil de Port Cauler emergió en el horizonte. No era una isla grande, pero sí bulliciosa. Desde lejos, se veían los mástiles de decenas de barcos mercantes y pesqueros apiñados en un puerto natural bien protegido. El sonido del tráfico marítimo y el murmullo de una ciudad activa llegaban incluso antes de que atracaran.
Al entrar en el puerto, el contraste con la isla oprimida que habían dejado atrás fue abismal. Aquí la vida hervía. Gritones pregonaban sus mercancías desde los muelles: “¡Pescado fresco del West Blue!”, “¡Telas de Alabasta, las mejores!”, “¡Reparaciones navales rápidas y baratas!”. Marineros de todas las razas y vestimentas pululaban por los docks, cargando fardos, reparando redes, bebiendo en tabernas abiertas. El aire olía a sal, a especias exóticas, a aceite de máquinas y a comida callejera. Era caótico, vibrante y, para dos jóvenes acostumbrados a la soledad del mar o al silencio de pueblos aterrorizados, abrumador.
Atracaron en un espacio asignado tras pagar una modesta tarifa a un capataz del puerto. Luego vino la tarea logística más complicada: sacar a los piratas de la bodega. Main y sus once compinches, ahora débiles y desmoralizados, fueron sacados uno a uno y atados con una larga cadena que Issei cargaba como si fuera un ramo de flores macabro. El espectáculo atrajo miradas curiosas, susurros y algunos gestos de reconocimiento hacia el cartel de “Se busca” que Naira portaba con determinación, mostrando el rostro de Main y la cifra de 6,000,000 de berries.
Preguntar por la base de la Marina fue sencillo. “¡Al final del muelle principal, subid la cuesta hasta el fuerte de piedra! ¡No podéis perderlo!”, les gritó un vendedor de frutas. El camino fue una procesión surrealista. Issei al frente, tirando de la cadena como un amo de bestias, seguido por la hilera de piratas cabizbajos, y Naira cerrando la marcha con el póster en alto, como un estandarte de justicia. La gente se apartaba, formando un corredor, murmurando. Algunos aplaudían débilmente; otros, probablemente con negocios no tan legales, miraban con desconfianza.
El fuerte de la Marina era, efectivamente, inconfundible. Una estructura de piedra gris, cuadrada y funcional, incrustada en el acantilado que dominaba el puerto. Almenas con pinchos, ventanas estrechas y una gran puerta de roble reforzada con bandas de hierro. No emanaba calidez, sino autoridad fría y distante.
Issei se acercó y, recordando el grosor de la madera, decidió no ser tímido. Golpeó la puerta con los nudillos, pero con la fuerza suficiente para que el impacto resonara como un cañonazo en el interior. ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!
Pasaron varios segundos de silencio. Luego, se oyó el ruido de cerrojos siendo desplazados desde dentro, y la pesada puerta se abrió unos centímetros, revelando el rostro cansado de un marine joven con el uniforme desaliñado.
—¿Sí? ¿Negocios? —preguntó, bostezando. Su mirada vagó de Issei a la cadena de piratas detrás de él, y de repente se le fueron los ojos como platos. —¡Oh! ¡Un momento!
Cerrando la puerta de golpe, se oyeron pasos apresurados. Un minuto después, la puerta se abrió de par en par, y el mismo marine, ahora más compuesto, los hizo pasar a un vestíbulo austero. Sacó un pequeño caracol negro de su bolsillo—un Den Den Mushi—y marcó un número.
—¿Comodoro Vance? Sí, perdone la interrupción. Hay… unos civiles aquí. Con… con una entrega. Sí, varios. Parece la banda de Main. Sí, la Main. ¿Que los haga pasar? Enseguida, señor.
Colgó el caracol, que adoptó una expresión de alivio antes de volverse inerte. —Por aquí, por favor. El Comodoro los recibirá en la oficina de Asuntos Externos.
El interior del fuerte era tan frío y utilitario como el exterior. Pasillos largos y desnudos, suelo de piedra frío, el eco de sus pasos y los arrastres de los piratas resonando en las paredes. Finalmente, llegaron a una puerta con una placa de latón que rezaba: “CAPITÁN DE CORBETA L. VANCE – ASUNTOS EXTERNOS Y RECOMPENSAS”. El marine tocó y una voz seca desde dentro dijo “Adelante”.
La oficina era pequeña, abarrotada de estanterías con legajos polvorientos y un escritorio de madera maciza tras el cual estaba sentado el Comodoro Vance. Era un hombre más joven de lo que Issei había imaginado, quizás rondando los veinte, con el cabello castaño corto y una complexión delgada pero fibrosa. No tenía el aire obeso y corrupto de Bruto; en su lugar, emanaba una fatiga profesional, la de un burócrata atrapado en un uniforme militar. Sus ojos, de un grís claro, los evaluó a él, a Naira y al montón de piratas con la rapidez y frialdad de un contable.
—Siéntense —indicó, señalando dos sillas incómodas frente al escritorio, sin levantarse. Su voz era monótona, carente de emoción—. Entiendo que tienen una entrega. Procedamos.
El ritual fue meticuloso y carente de glamour. Primero, la identificación del criminal.
—¿Nombre del sujeto a reclamar?
—Main,la Despedazadora —respondió Naira, colocando el póster arrugado sobre el escritorio.
Vance tomó el póster,lo alisó con desgana y comparó la imagen con el rostro sucio y rebelde de la pirata, que ahora miraba al frente con odio puro. Llamó a cuatro marines más, que entraron y formaron un semicírculo. Cada uno miró el póster, luego a Main, y asintió.
—Coincide—declaró uno.
—Es ella—afirmó otro.
Vance tomó nota.—Confirmada identidad de Main, recompensa viva: seis millones cincocientos mil berries. —Luego, miró a los otros piratas—. ¿Secuaces confirmados de la misma banda?
—Sí—dijo Issei—. Once. Todos capturados en el mismo acto.
Vance murmuró algo,hizo unos cálculos en un papel. —Bonificación por entrega de banda completa: quinientos mil berries. Bonificación adicional por estado intacto y consciente de la líder: otros ochocientos mil. Total a desembolsar: siete millones ochocientos mil berries.
Luego vino el papeleo. Formularios por triplicado que Vance llenó con una caligrafía rápida y pulcra. Issei y Naira tuvieron que firmar (Issei con un garabato torpe, Naira con su elegante firma de princesa) en varias líneas que renunciaban a cualquier derecho futuro sobre los prisioneros y aceptaban el pago como finiquito. El sonido del sello oficial al golpear la tinta fue el único momento de énfasis en todo el proceso.
Finalmente, Vance abrió un cajón inferior de su escritorio y sacó una bolsa de lona gruesa. El sonido del metal al chocar era musical. La deslizó por el escritorio hacia Issei.
—Siete millones ochocientos mil.Pueden contarlo si lo desean.
Issei abrió la bolsa.Dentro, billetes de distintas denominaciones, ordenados en fajos. Era más dinero del que había visto en su vida. Sintió un peso extraño en las manos: no era solo moneda, era la recompensa tangible por su fuerza, por su decisión, por haber hecho lo correcto. Por haber protegido a los débiles.
—Está bien—dijo, cerrando la bolsa.
Vance asintió, casi un espasmo. El trámite había terminado. Pero justo cuando Issei y Naira se levantaban para irse, un marine subalterno, el mismo que los había guiado, entró con una pequeña tarjeta de cartón grueso.
—Comodoro,la credencial para cazarecompensas cooperativos.
Vance tomó la tarjeta y se la entregó a Issei.—Tómela. Es una formalidad. No los hace empleados de la Marina, pero en cualquier comando de este sector, presentarla agilizará el proceso de entrega y pago. Evita… preguntas incómodas.
La tarjeta era sencilla. Tenía un número de serie, un sello oficial de la Marina del West Blue, y las palabras “Portador Autorizado – Intercambio de Recompensas”. No era un título, era un permiso. Un pase para una existencia en el margen.
—Gracias—dijo Naira, con más cortesía de la que probablemente sentía.
Vance finalmente les dirigió algo parecido a una sonrisa,un gesto breve y fatigado. —No me agradezcan. Solo estoy haciendo mi trabajo. Y ustedes me han ahorrado el tener que enviar una patrulla. Buen día.
Salieron del fuerte, la pesada puerta cerrándose a sus espaldas con un golpe final. El aire exterior, cargado de olores de mercado y sal, les pareció de repente dulce y ligero. La bolsa de dinero pesaba en el hombro de Issei, pero era un peso bueno. La tarjeta de cartón la guardó Naira en su bolso, como un talismán de su nueva vida.
Por un momento, se quedaron parados en la cuesta, mirando el bullicio del puerto que se extendía a sus pies. El sol brillaba alto. La transacción había sido fría, impersonal, incluso cínica. Pero el resultado era caliente, tangible, y les pertenecía solo a ellos.
—¿Y ahora?—preguntó Naira, entrelazando su brazo con el de Issei, una sonrisa amplia y genuina iluminando su rostro.
—Ahora—respondió Issei, sintiendo una oleada de alegría y libertad—, ahora vamos a gastar una pequeña parte de esto en vivir.
Descendieron hacia el corazón de Port Cauler. Por primera vez desde que habían empezado su viaje juntos, no tenían que preocuparse por el costo de las cosas. Compraron primero lo práctico: provisiones de calidad, no solo galletas duras, sino harina fresca, especias, frutas y verduras que no estuvieran saladas. Adquirieron ropas nuevas, simples pero resistentes, y un buen rollo de tela impermeable para reparar las velas. Issei compró herramientas de metal decentes para el barco, reemplazando sus improvisaciones de piedra y hueso. Naira encontró una pequeña tienda de libros de navegación y compró unos mapas actualizados del West Blue y una guía básica sobre las corrientes del Grand Line.
Pero una vez cubiertas las necesidades, llegó el momento del placer. Con el dinero aún abultando la bolsa, se permitieron ser turistas. Comieron en un puesto callejero unos pinchos de pescado a la parrilla sazonados con hierbas locales, que les parecieron un manjar celestial después de semanas de dieta espartana. Bebieron zumo de frutas tropicales, dulce y frío.
—¿Recuerdas nuestra primera cita? —dijo Naira de repente, mientras paseaban por un mercado de artesanías, mirando collares de conchas y tallas de madera.
—En el claro del bosque,bajo las estrellas —respondió Issei, sonriendo al recordarlo—. Yo estaba tan nervioso que casi me caigo del tronco.
—Y me confesaste tu sueño de tener un harén—añadió ella, riendo—. Creí que te habías golpeado la cabeza.
—Pero no huiste.
—No—dijo ella, su mirada suavizándose—. Porque vi que, debajo de lo pervertido, era un sueño sobre encontrar amor. Mucho amor. Y yo… quería ser parte de eso.
Se detuvieron frente a un artista callejero que hacía retratos rápidos. Por unas monedas, se sentaron juntos en un taburete. El artista capturó a Issei con su sonrisa despreocupada y su brazo alrededor de los hombros de Naira, quien lucía una expresión de felicidad tranquila y segura. Cuando les entregó el dibujo, lo guardaron como un tesoro.
El día se les fue entre risas, compras tontas (Naira le compró a Issei un sombrero de paja ridículo que él juró usar solo cuando nadie mirara), y el simple placer de caminar juntos sin miedo, sin prisa, sin enemigos a la vista. Por unas horas, no fueron la Bestia Escarlata y la Princesa fugitiva, ni siquiera cazarecompensas. Fueron solo Issei y Naira, dos jóvenes enamorados descubriendo los placeres simples de la libertad y la compañía mutua.
Al atardecer, con los brazos cargados de paquetes y el corazón ligero, regresaron al Sueño Escarlata. La bolsa de dinero era más ligera, pero su barco estaba más lleno, no solo de provisiones, sino de una nueva certeza. Habían probado el sabor de ganarse la vida con su fuerza y su astucia, de navegar los canales grises del mundo sin perder su brújula moral. Y lo habían hecho juntos.
Mientras Issei guardaba las nuevas herramientas y Naira organizaba las compras en la cabina, se miraron. No hacía falta decirlo. El próximo destino los llamaba, allá donde el Log Pose apuntara. Pero por primera vez, el futuro no se veía como una lucha desesperada por sobrevivir, sino como una aventura que podían afrontar con recursos, con confianza y, sobre todo, con el amor que habían construido entre olas y batallas. La noche cayó sobre Port Cauler, y en el muelle, el Sueño Escarlata se meció suavemente, listo para zarpar de nuevo, cargado ahora no solo con sueños, sino con las semillas tangibles de un futuro que, por fin, parecía estar a su alcance.
La euforia de Port Cauler, con su bullicio y sus compras, se transformó en una calma laboriosa dentro de la cabina del Sueño Escarlata. Issei y Naira, rodeados de paquetes y provisiones frescas, se sentaron en el pequeño comedor para hacer cuentas. La bolsa de lona, antes hinchada, yacía ahora más flácida sobre la mesa de madera. Con meticulosidad aprendida en la gestión de un reino, Naira extendió los billetes y comenzó a anotar en un cuaderno nuevo.
—Provisiones de calidad: ciento veinte mil berries —murmuraba, haciendo la suma—. Ropa y tela impermeable: ochenta mil. Herramientas y reparaciones navales: doscientos mil. Mapas y libros: cincuenta mil. Los caprichos del día… —miró a Issei, que jugueteaba con el sombrero de paja ridículo—, unos treinta mil. Total gastado: alrededor de un millón quinientos mil berries.
Issei silbó bajito. Había sentido que gastaban, pero ver la cifra escrita daba un mareo distinto. —Así que nos quedan… seis millones trescientos mil.
—Exacto —asintió Naira, cerrando el cuaderno con un gesto satisfecho—. Es una suma considerable, Issei. Podríamos vivir cómodos en una isla pequeña durante años.
Pero la expresión de Issei no era de satisfacción plena. Sus ojos se perdieron por un momento, mirando las paredes de madera de la cabina, que de repente le parecieron estrechas, limitadas. En su mente, el sueño no era vivir cómodamente en una isla. Era un sueño expansivo, desmesurado, que requería espacio.
—Un barco —dijo en voz baja, como si hablara consigo mismo—. Necesitamos un barco más grande.
Naira lo miró, comprendiendo al instante. No era solo una cuestión de comodidad. El sueño de Issei, su absurda y maravillosa promesa de un harén que trascendiera mundos, requería un escenario a la altura. No podía reunir a las mujeres más formidables y hermosas de los mares en una embarcación donde apenas cabían dos personas sin rozarse.
—Pregunté, de pasada, en el astillero mientras tú comprabas las herramientas —confesó Naira, su voz suave—. Un barco pequeño, un sloop rápido para dos o tres personas, decente pero no lujoso, no baja de cincuenta millones de berries.
Issei se llevó una mano a la cara. —¿Cincuenta…? ¡Pero si es una fortuna!
—Y un barco grande —continuó Naira, con un deje de tristeza—, un galeón o una fragata capaz de albergar una… comunidad numerosa, con camarotes, almacenes, una enfermería, una cocina digna… esos empiezan en los quinientos millones. Y eso sin contar los costes de mantenimiento, la tripulación asalariada…
La cifra flotó en el aire de la cabina como una losa. Quinientos millones. Con lo que tenían, ni siquiera podían pagar la décima parte. La realidad económica del mundo se cernía sobre el sueño de Issei con el peso frío del acero. Por un momento, el entusiasmo del día se desvaneció, reemplazado por una frustración familiar. Era como estar de nuevo en Kuoh, mirando desde lejos a las chicas populares, sabiendo que había un abismo infranqueable entre su realidad y sus deseos.
“El poder no se mide solo en puños, usuario”, resonó la voz de Ddraig, no con reproche, sino con una especie de pragmatismo ancestral. “La riqueza es un tipo de fuerza. Influencia, otro. Tu sueño requerirá todas las formas de poder. No es suficiente con ser fuerte; debes ser un imán, un faro. Y para eso, necesitas un trono que flote.”
—Lo sé —murmuró Issei para sí mismo—. Pero no podemos quedarnos estancados. El Log Pose ya se ha recalibrado. Apunta a la siguiente isla.
Naira, viendo la determinación regresar a sus ojos, asintió. Reunió el dinero y lo guardó en un escondite secreto que habían improvisado bajo una tabla del suelo. —Entonces sigamos. Cada isla es una oportunidad. Más piratas, más recompensas. Tal vez… tal vez encontremos otra forma. Información, un tesoro, algo.
Consultaron los nuevos mapas. La siguiente isla en la cadena del West Blue, la cuarta antes del temible salto a la Reverse Mountain y la entrada al Grand Line, era una llamada Isla Cielo Azul. Según las notas del mapa, era un puerto comercial más grande que Port Cauler, un cruce de rutas donde convergían mercaderes, aventureros y, sin duda, criminales con precio. El viaje, calculó Naira con la ayuda de las cartas de corrientes, les tomaría aproximadamente dos semanas con vientos favorables.
Fue durante esas largas jornadas de navegación, con el mar como único paisaje, que la mente de Issei volvió a una cuestión que lo intrigaba desde la isla desierta. Su “radar”, esa habilidad de sentir intenciones hostiles, de anticipar movimientos. En los libros que habían comprado, en las lecciones del Maestro Corbin, había leído menciones vagas y casi míticas sobre un poder llamado Haki. Particularmente, el Haki de Observación.
“Narraban que permitía sentir la presencia de otros, sus emociones, incluso prever sus acciones”, recordaba. Su habilidad iba más allá de sentir meras presencias; él sentía la intención, el matiz emocional detrás de la atención dirigida a él. ¿Era eso una forma de Haki de Observación? Una versión cruda, instintiva, desarrollada no por entrenamiento formal, sino por la necesidad desesperada de no morir en las fauces de una bestia.
—Naira —preguntó una tarde, mientras ella estudiaba el mapa—. En los libros, ¿decían cómo se entrenaba el Haki?
Ella negó con la cabeza. —No. Lo mencionan como un don raro, que algunos guerreros excepcionales poseen. Algunos lo despiertan en combates a vida o muerte. Otros, dicen, nacen con la predisposición. Pero un método de entrenamiento… no. Es como un secreto guardado por los más fuertes.
“Mi conocimiento es de otros planos, de otras energías”, intervino Ddraig. “Esta fuerza ‘Haki’ es nativa de este mundo. Sus mecanismos me son ajenos. Sin embargo, la lógica del poder es universal: se forja con presión, con desafío, con necesidad. Tu instinto se despertó al borde de la muerte. Quizás solo puedas refinarlo de la misma manera.”
—O quizás necesito un maestro —concluyó Issei, mirando el horizonte—. Alguien que ya haya caminado ese camino.
Pero los maestros no se encontraban fácilmente en medio del océano. Su primer “entrenamiento” llegó, como era habitual, en forma de interrupciones indeseadas.
A los pocos días de viaje, el vigía (tarea que compartían) avistó una silueta sospechosa que se cruzaba en su rumbo. No era un mercante; su línea era más agresiva, sus velas estaban parchadas de forma irregular. Un barco pirata. Pequeño, probablemente una balandra rápida dedicada al pillaje de pesqueros o mercantes lentos.
—¡Bandera pirata! —gritó Naira desde la proa.
Issei sintió cómo su “radar” se encendía. No era una amenaza abrumadora como la de Main; era un puñado de firmas hostiles, débiles, desorganizadas. Más hambrientas de botín que de verdadera batalla.
—Prepárate para esquivar si se acercan —dijo Issei, tomando el timón.
Pero los piratas, confiados al ver un barco aparentemente modesto con solo dos personas a la vista, decidieron abordar. Se acercaron con descaro, lanzando ganchos. Issei no esperó a que se engancharan. Con un rápido [Boost] que duplicó su fuerza por un instante, saltó desde la cubierta del Sueño Escarlata directamente a la del barco pirata.
Lo que siguió fue menos una batalla y más una demostración. Los piratas, unos ocho hombres mal armados y peor entrenados, cayeron como bolos ante la velocidad y fuerza de Issei. En menos de un minuto, yacían inconscientes. Revisando el barco, encontraron un pequeño cofre con unas monedas, algo de comida y agua. El capitán, un tipo con un parche en el ojo y una recompensa de 1.200.000 berries garabateada en un cartel mugriento en su cabina, fue atado y arrojado a la bodega de su propio barco. A los demás tripulantes, Issei, tras despojarlos de armas y provisiones, los dejó en su barco a la deriva, después de inutilizar el timón. “Que el mar decida su suerte”, pensó, recordando la lección de la isla de los piratas.
Este patrón se repitió dos veces más en la siguiente semana. Un segundo grupo, un poco más organizado pero igual de inepto, con un capitán valorado en 2.500.000 berries. Un tercero, más desesperado, que intentó usar un cañón improvisado (que falló estrepitosamente), cuyo líder tenía una recompensa de 4.300.000 berries. Issei repetía la operación: derrota rápida, captura del capitán, confiscación de suministros útiles (comida, agua, algo de cordaje), y abandono de la tripulación en un barco discapacitado.
Los tres capitanes, ahora amontonados e incomunicados en la oscura bodega del Sueño Escarlata, representaban un potencial de casi ocho millones de berries adicionales. Una suma valiosa, un paso más hacia el barco de sus sueños. Pero el botín más significativo, y el que cambiaría la naturaleza de su viaje, vino del tercer barco pirata.
Mientras Naira registraba la cabina del capitán del tercer barco, buscando cartas de navegación o más pósters de “se busca”, su nariz se arrugó ante un olor rancio y dulzón que salía de una escotilla cerrada con llave en la cubierta inferior. Issei, sintiendo a través de su “radar” un grupo de presencias no hostiles, sino aterrorizadas y resignadas, forzó la cerradura.
La escena que se reveló en la sentina les heló la sangre. Hombres, mujeres e incluso un par de adolescentes, apiñados en un espacio oscuro e insalubre, encadenados por los tobillos a argollas en la quilla. Sus ropas eran harapos, sus cuerpos estaban sucios y mostraban signos de maltrato. El miedo en sus ojos al ver la silueta de Issei en la puerta era palpable, un miedo animal y cansado.
—No… por favor… —suplicó una mujer, protegiendo instintivamente a un niño más pequeño que se aferraba a su falda.
—Somos cazarecompensas, no esclavistas —dijo Issei rápidamente, su voz intentando sonar lo más tranquilizadora posible—. Los que los tenían prisioneros están derrotados. Están libres.
La palabra “libres” tardó en procesarse. Luego, un sollozo, ahogado al principio, rompió el silencio. Y otro. Y pronto, la sentina se llenó de un llanto aliviado y desesperado. Issei y Naira trabajaron con premura, usando las llaves que encontraron en el capitán para liberar las cadenas. Ayudaron a la gente a subir a la cubierta, donde la luz del sol los hizo parpadear, cegados y frágiles como recién nacidos.
Eran once personas. Una familia de cuatro (padre, madre, dos niños), tres mujeres jóvenes, dos hombres de mediana edad y un anciano. Todos contaron una historia similar: habían sido capturados en diferentes islas pequeñas, en redadas rápidas, y eran transportados para ser vendidos en un mercado de esclavos que, según el pirata más charlatán, operaba en una isla no muy lejana de la ruta comercial.
—No podemos dejarlos aquí —dijo Naira, sin titubear, mientras repartía agua y un poco de su comida fresca entre los liberados.
—Lo sé—asintió Issei, aunque su mente ya hacía cálculos rápidos. Once personas más. Su barco estaba diseñado para dos, quizás tres con incomodidad. Once era una multitud. La comida, el agua… su preciado botín de seis millones se esfumaría en mantenerlos, y aún quedaba más de una semana de viaje hasta Isla Cielo Azul.
Pero miró a los niños, que ahora comían galletas con avidez, sus ojos empezando a brillar con algo que no era terror. Miró a Naira, cuyo rostro mostraba una compasión firme y una determinación que no admitía discusión. Esta era la línea que los separaba de los piratas que acababan de derrotar. No se limitaban a tomar; también protegían.
—Los llevaremos a Isla Cielo Azul —declaró Issei, dirigiéndose a los liberados—. Allí podrán encontrar ayuda, un barco de vuelta a sus hogares, o empezar de nuevo. Pero el viaje será duro. No tenemos mucho espacio, ni lujos.
Las palabras de agradecimiento fueron torrenciales. El padre de familia intentó arrodillarse, pero Issei lo detuvo. El anciano le tomó la mano y, con lágrimas en los ojos, murmuró una bendición en un idioma que Issei no entendió.
Así, el Sueño Escarlata se transformó. La cubierta, antes un espacio de entrenamiento y paseos románticos, se llenó de cuerpos que buscaban un rincón donde acomodarse. La cabina se convirtió en un santuario para las mujeres y los niños, mientras Issei y los hombres se turnaban para dormir en cubierta, bajo las estrellas. Las raciones de comida y agua se estiraron hasta lo imposible. Naira, con una paciencia infinita, se convirtió en la organizadora, distribuyendo tareas simples para mantener la moral y la higiene mínima.
Issei, por su parte, sentía una presión nueva. No era solo la responsabilidad de proteger a Naira; ahora era responsable de once vidas más. Su “radar”, constantemente activo, escaneaba el horizonte en busca de más amenazas, no solo por ellos, sino por esta frágil carga que habían aceptado. Cada ola más alta, cada cambio en el viento, lo ponía en alerta.
Las dos semanas de viaje se convirtieron en una prueba de logística y carácter. Los encuentros con piratas habían cesado, quizás disuadidos por el aspecto ahora más “abarrotado” del barco, o por simple suerte. Pero el verdadero desafío era interno: mantener la esperanza, administrar los recursos, y no dejar que la incomodidad y el hacinamiento derivaran en conflicto.
Una noche, mientras Issei tomaba su turno en el timón, Naira se acurrucó a su lado, agotada pero serena.
—¿Crees que hicimos lo correcto?—preguntó, mirando a las figuras dormidas en cubierta, envueltas en mantas.
—No había otra opción—respondió Issei, su voz grave—. No podíamos ser como ellos. Pero… —hizo una pausa— …esto es solo el principio, ¿verdad? Si seguimos por este camino, si nos hacemos conocidos por esto, más gente acudirá a nosotros. Más gente que necesite ayuda.
Naira asintió lentamente. —Y tu sueño del harén… un barco lleno de mujeres fuertes que te amen… quizás empiece no con la conquista, sino con la protección. Con salvar a quienes no pueden salvarse a sí mismos.
Las palabras de Naira hicieron eco en el corazón de Issei. Tal vez su camino al harén no sería una marcha triunfal de conquista, sino un viaje de reunión, de encontrar a aquellas que necesitaban un héego, un protector, un lugar al que pertenecer. Y para eso, necesitaba ser más fuerte, más rico, más sabio. Necesitaba ese barco. Necesitaba dominar su Haki. Necesitaba sobrevivir a las tormentas que, sin duda, esta decisión de compasión les atraería.
El Sueño Escarlata, ahora cargado de sueños rotos y renacientes, de esperanza y de una responsabilidad creciente, navegaba hacia Isla Cielo Azul. La siguiente isla ya no era solo una escala en el mapa; era un crisol donde su leyenda, la de la Bestia Escarlata y la Princesa Compasiva, empezaría a forjarse en el fuego de las elecciones difíciles. Y en el horizonte, más allá de la isla, la Reverse Mountain y el Grand Line los esperaban, prometiendo un paraíso de peligros donde solo los más fuertes, o los más unidos, sobrevivirían.
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