Issei en el grand line - Capítulo 8
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Capítulo 8: Capitulo 7: Lider
Muy lejos de las rutas comerciales frecuentadas, en una isla que los mapas más precisos del West Blue marcaban solo como una mancha verde sin nombre, la actividad hervía con la energía sórdida y violenta de un nido de avispas. No era una isla desierta, sino deliberadamente deshabitada por cualquier alma que no vistiera harapos, llevara un arma y jurara lealtad a una bandera negra. La llamaban, en susurros que no se atrevían a salir del círculo de sus ocupantes, “El Resbalón”, un nombre irónico dado el terreno escarpado y rocoso, pero que hacía referencia a su dueña y señora.
En una cala oculta, protegida por altos acantilados, una flotilla de una docena de barcos piratas de diversos tamaños y estados de abandono se mecía sobre las aguas tranquilas. El más grande, una fragata modificada con planchas de acero añadidas de forma tosca y con cañones que sobresalían como dientes de hierro oxidado, llevaba el nombre Lubricante. En su mástil principal, ondeaba una bandera que era una burla a la clásica calavera: esta sonreía con sorna, y detrás de ella, en lugar de huesos cruzados, había dos líneas serpenteantes que sugerían un derrame o un desliz.
En la cubierta del Lubricante, bajo un toldo de lona grasienta que protegía del sol inclemente, Numena, la “Reina Resbaladiza” del West Blue, recibía el informe con una expresión que pasó lentamente de la aburrida indiferencia a un frío glacial. Estaba reclinada en un trono improvisado hecho con cofres de madera y cojines robados, su figura esculpida y letal recortada contra el brillo del mar.
Era, como el subordinado tembloroso que balbuceaba frente a ella había notado, una mujer de una belleza impactante y feroz. Su cabello, de un plateado casi metálico, caía en ondas cortas y salvajes alrededor de un rostro de facciones afiladas y mandíbula fuerte. Una cicatriz profunda, de un blanco nacarado, le recorría la mejilla izquierda desde la comisura de los labios hasta la punta de la oreja, como el recordatorio de un beso fallido de la muerte. Sus ojos, del color del acero al amanecer, carecían de cualquier calidez. Pero era su cuerpo el que atraía y aterrorizaba a partes iguales: una silueta de reloj de arena exagerada, con pechos generosos y firmes que luchaban contra el ajustado corsé de cuero que llevaba, caderas amplias que se curvaban sobre muslos poderosos, y una cintura de avispa que parecía un milagro de anatomía y voluntad. Era la encarnación física de un deseo peligroso, una Venus armada con pistolas y un poder absurdo.
El subordinado, un hombre flaco con la nariz rota llamado Kreek, terminó de relatar lo que había visto desde los arbustos, en las afueras del pueblo donde Main había sido derrotada. La llegada del extraño, la batalla, el mazo detenido en el aire, el puñetazo definitivo, la entrega a los marines.
—… y la Capitana Main, ella… la llevaron atada. La metieron en un barco, uno pequeño, con una chica rubia. Y el tipo… los aldeanos le gritaban algo. Un nombre. Issei.
El silencio que siguió solo fue roto por el suave chapoteo del agua contra el casco. Numena no se movió. Sus dedos, enguantados en cuero fino, tamborilearon lentamente sobre el brazo de su trono improvisado. Cada golpe era como el tictac de un reloj de arena que se acababa.
—Issei —repitió, su voz era una nota baja y melodiosa, pero con un filo que podría cortar el cristal—. Un nombre tonto. ¿Y Main? ¿No dio pelea? ¿No usó su juego del cuchillo?
—E-él… parecía saberlo —tartamudeó Kreek—. Esquivó la trampa. Y luego… luego se volvió más rápido. Su brazo brilló verde y… pum. Noqueada.
Un destello de interés genuino cruzó los ojos acerados de Numena. “Brilló verde”. No era una descripción de un arma convencional. ¿Una Fruta del Diablo? ¿Tecnología? No importaba. El resultado importaba. Main, con sus seis millones y su crueldad eficiente, había sido una pieza útil. No la más brillante, ni la más leal, pero sí una herramienta afilada para extorsionar pueblos, para enviar mensajes de terror. Su captura no era solo una pérdida de un activo; era una mancha. Un arañazo en la pintura impecable del reinado de terror que Numena había tejido en este rincón del West Blue.
—¿Cazarecompensas, dices? —preguntó, alzando ligeramente la barbilla.
—S-sí, capitana. Tenían el póster. Y en Port Cauler, según los chismes de los pescadores, un par joven cobró una recompensa grande hace poco. Coincide.
Numena se levantó. Su movimiento fue fluido, un deslizamiento casi antinatural desde el trono hasta quedar de pie frente a Kreek, que retrocedió un paso. Ella no era particularmente alta, pero su presencia lo llenaba todo. Un olor leve, a aceite de oliva fino y a algo metálico y peligroso, emanaba de ella.
—Un cazarecompensas —musitó, y ahora su voz goteaba desprecio—. Un perro con licencia de la Marina que se cree héroe por atrapar a unos cuantos idiotas. Y ese perro le ha puesto la mano encima a una de mis leonas. ¿Qué crees que eso dice de mí, Kreek?
Kreek tragó saliva, su mirada fija en las botas negras y bien ajustadas de Numena. —Que… que no debemos tolerarlo, capitana.
—Exactamente —susurró ella, y de repente sonrió. No era una sonrisa cálida, ni siquiera cruel en el sentido jubiloso de Main. Era la sonrisa de un tiburón que ha olido sangre en la corriente—. Tolerarlo sería una declaración de debilidad. Si un cazarecompensas novato puede pasearse por mi territorio, derrotar a mis capitanes y cobrar su precio sin consecuencias, entonces cada mercenario con una espada y un sueño intentará lo mismo. El miedo es la moneda de este mar, Kreek. Y ese Issei acaba de intentar devaluar la mía.
Giró sobre sus tacones, su capa (un trozo de seda negra fina y completamente impráctica para el mar) ondeando levemente. Frente a ella, en la cubierta, una treintena de piratas habían dejado sus tareas y bebidas para observar. Eran la tripulación principal del Lubricante, la guardia personal de Numena. Hombres y mujeres duros, con cicatrices y ojos vacíos, que habían sobrevivido no solo por fuerza bruta, sino por lealtad a la fuerza y astucia superiores de su capitana.
—¡Escuchad todos! —su voz se alzó, clara y cortante, sin necesidad de gritar—. Un insecto se ha atrevido a pisar nuestro jardín. Un cazarecompensas llamado Issei ha capturado a Main y la ha entregado a los marines por unas monedas. Y ahora navega por mis aguas, probablemente engordando su bolsa con la miseria de otros como nosotros.
Un murmullo de ira recorrió la cubierta. Main no era amada, pero era de los suyos. Un ataque a uno era un ataque a todos, especialmente cuando afectaba al botín y al prestigio.
—Yo, Numena, Reina Resbaladiza del West Blue, con una recompensa de treinta y ocho millones de berries no por robar gallinas, sino por haber hecho resbalar y ahogar a un Vicealmirante entero con su buque, no puedo permitir esta afrenta. —Hizo una pausa, dejando que su logro, ya legendario en los círculos piratas del West Blue, resonara. Había usado su poder para volver la cubierta del barco del Vicealmirante más resbaladiza que el hielo, enviando a marines experimentados al agua donde los tiburones y el peso de sus armaduras hicieron el resto—. Así que vamos a cazar. Vamos a encontrar a este Issei. Y le vamos a enseñar por qué en este mar, algunos precios son demasiado altos para cobrarlos.
Los vítores estallaron, llenos de sed de violencia y de lealtad comprada a base de miedo y éxito.
—¡Kreek! —llamó ella. El hombre se irguió—. ¿A dónde se dirigían?
—El… el Log Pose, capitana. Según la dirección en la que zarparon desde Port Cauler y el tiempo transcurrido… la siguiente isla en la cadena es Cielo Azul. Es un puerto grande. Es lógico que vayan allí, quizás a vender botín o reabastecerse.
Numena asintió. La lógica era sólida. Un cazarecompensas con un nuevo botín buscaría un puerto para gastar o planificar su siguiente movimiento.
—Bien. Preparad los barcos. Todos los que estén listos para zarpar en una hora. Dejaremos un esqueleto aquí para guardar la cala. El resto, conmigo. Navegaremos hacia Cielo Azul. Y preguntaremos, de manera muy persuasiva, por un joven fuerte con una chica rubia y, según Kreek, un barco modesto. —Su sonrisa se ensanchó—. Y cuando lo encontremos, tendré un uso especial para él. Después de todo, un hombre que puede detener el mazo de Main con la mano desnuda… debe de tener un agarre muy fuerte. Me pregunto cómo se sentirá ese agarre cuando no pueda mantener la posición.
Rió, un sonido claro y frío que hizo que incluso a sus propios piratas se les erizara el vello de la nuca. Todos conocían el poder de Numena. No era solo fuerza física, aunque era formidable. Era su Fruta del Diablo, la Fruta Suave-Suave, una Paramecia que le permitía generar una sustancia invisible, inodora e increíblemente resbaladiza de cualquier superficie de su cuerpo o que tocara. Podía hacer que el suelo bajo los pies de un enemigo se convirtiera en una pista de hielo imposible, que las empuñaduras de las espadas se escurrieran de las manos, que los agarres más fuertes se deshicieran como si sostuvieran anguilas. Y ella misma podía volverse resbaladiza, esquivando ataques físicos con una facilidad desconcertante, deslizándose por el campo de batalla como un espectro intangible. Era la contraparte perfecta para un luchador de fuerza bruta como Issei aparentaba ser.
En menos de una hora, como un enjambre despertado, la flotilla pirata comenzó a zarpar de la cala oculta. Siete barcos, incluido el Lubricante, cortaron las aguas hacia el horizonte abierto. Numena estaba de pie en la proa de su barco, el viento jugando con su plateado cabello y su capa negra. En su mente, ya trazaba los posibles escenarios. ¿Encontraría a Issei en el mar? ¿O tendría que arrasar Cielo Azul para sacarlo de su escondite? No le importaba. La caza era lo que la mantenía viva, la emocionaba más que el botín. Y esta presa, este “Issei”, prometía un desafío interesante.
Mientras tanto, a muchas millas de distancia, en el Sueño Escarlata sobrecargado, Issei estaba lejos de imaginar la tormenta que se dirigía hacia él. Su mente estaba ocupada con la distribución de raciones de agua, con calmar a un niño que tenía miedo de las olas altas, con intercambiar una mirada de complicidad y cansancio con Naira. Su “radar”, aunque siempre activo, solo sentía las intenciones inocuas o ansiosas de los civiles a bordo y el vasto, indiferente océano.
No podía sentir la fría y resuelta hostilidad que emanaba de Numena, una hostilidad afilada por el orgullo herido y el pragmatismo de una depredadora protegiendo su territorio. No sabía que su acto de justicia, de cobrar una recompensa por una criminal, lo había marcado no solo como un héego para unos aldeanos, sino como un objetivo prioritario para una de las fuerzas más peligrosas del West Blue.
El mar, azul y engañosamente tranquilo, ocultaba las corrientes de violencia que se dirigían a un inevitable choque. La Bestia Escarlata, ocupada en su nuevo rol de protector de inocentes, aún no había alzado la nariz para olfatear al depredador más grande que se acercaba, una reina pirata cuya belleza era tan mortal como su tacto resbaladizo, y que había decidido que el nombre “Issei Hyoudou” sería borrado del West Blue, preferiblemente de la manera más humillante y resbaladiza posible. El viaje hacia Cielo Azul acababa de convertirse en una carrera contrarreloj, y en un campo de caza.
La Isla Cielo Azul, fiel a su nombre, los recibió con un cielo diáfano de un azul intenso y un sol cálido que acariciaba las blancas fachadas del puerto. Tras la tensa y abarrotada travesía con los liberados, el lugar parecía un oasis de normalidad. Los habitantes, acostumbrados al ir y venir de mercaderes y viajeros, eran amables sin ser intrusivos. El ambiente era tranquilo, próspero, y el aire olía a sal, a flores exóticas y a pan recién horneado.
Lo primero fue cumplir con la justicia, o al menos, con su versión transaccional. Issei y Naira se presentaron en la oficina de la Marina local, una dependencia más pequeña y menos intimidante que la de Port Cauler. Mostraron la tarjeta de cazarecompensas y, uno a uno, fueron entregando a los tres capitanes piratas capturados. Los trámites fueron ágiles, y el sonido metálico de los berries al ser contados sobre el mostrador fue una sinfonía satisfactoria. La suma total, sumada a lo que ya tenían, elevó su capital a una cifra considerable, aunque aún lejana a la de un barco digno de un futuro Rey del Harem. Pero era un avance. Un paso firme.
Con los bolsillos llenos y el barco reabastecido con provisiones de calidad (incluyendo algunas delicias que Naira seleccionó con esmero), decidieron darse un respiro. Los días en el mar, especialmente los últimos, habían sido agotadores física y emocionalmente. Necesitaban un día solo para ellos, para recordar por qué estaban en este viaje juntos.
—Una cita —propuso Naira la noche anterior, mientras acomodaban las compras en la cabina—. Una cita de verdad, sin piratas, sin civiles rescatados, sin mapas. Solo tú y yo.
Issei, que estaba intentando (y fallando) abrir un frasco de mermelada sin romperlo, sonrió de oreja a oreja. —¡Sí! ¡Como la del claro! Pero con más comida.
Así que, tras un recuento final de sus finanzas y una planificación del viaje hacia la Reverse Mountain (que aún les quedaban unas islas), se permitieron el lujo de una habitación en una modesta pero limpia posada del puerto. Esa noche, durmieron juntos, como ya era costumbre. Naira había descubierto que el cuerpo firme y cálido de Issei era la almohada perfecta, y él, por supuesto, no protestaba. Dormir con ella era un viaje táctil a un paraíso suave y perfumado. A menudo, en el limbo entre el sueño y la vigilia, sus manos, guiadas por un instinto más antiguo que la razón, encontraban su camino hacia las curvas generosas de Naira. Ya fuera el suave globo de un pecho bajo su camisón, o la firme redondez de una nalga, Issei despertaba a menudo con un puñado de cielo en la palma.
Esa mañana no fue la excepción. Los primeros rayos del sol filtrándose por la ventana iluminaron a Issei despertando, su mano derecha posada con familiaridad sobre el seno izquierdo de Naira, que aún dormía profundamente. Él sonrió, tontamente feliz. Un momento después, Naira abrió un ojo, luego el otro, y miró la mano de su novio.
—Issei Hyoudou —dijo, su voz ronca por el sueño pero cargada de una falsa severidad—. ¿Otra vez?
—¡Eh! ¡Fue inconsciente! ¡Lo juro! —protestó él, retirando la mano como si hubiera tocado un carbón al rojo, aunque su sonrisa delataba que no se arrepentía en absoluto.
—Inconsciente, mi pie —replicó ella, pero no pudo evitar una sonrisa mientras se estiraba—. Bueno, al menos no me despiertas con un codazo como la semana pasada. Eso cuenta como progreso.
Después de un desayuno sencillo en la posada, se arreglaron para su cita. Naira se puso un vestido ligero de color azul claro que hacía juego con sus ojos, y Issei se enfundó en la ropa menos rasgada que tenía, una camisa blanca holgada y unos pantalones de lino. Parecían simplemente dos jóvenes enamorados, no los cazarecompensas que llevaban casi diez millones en berries escondidos en su barco.
La cita fue sencilla y perfecta. Pasearon por el mercado, donde Naira se detuvo a oler especias exóticas y a admirar telas brillantes. Issei, siguiendo su propio ritual, evaluó discretamente el tamaño de los pechos de varias vendedoras, pero siempre volvía su mirada a Naira, encontrando en ella una combinación de belleza y conexión que las demás no tenían. Comieron en un pequeño restaurante frente al mar, pescado fresco a la parrilla con hierbas, y se rieron de los intentos de Issei por usar los palillos correctamente. Visitaron un mirador en un acantilado cercano, desde donde se veía la inmensidad del océano y, a lo lejos, la neblina que según los mapas marcaba la aproximación a la Reverse Mountain. Hablaron de todo y de nada. Del futuro, de lo absurdo de su situación, de lo mucho que se querían.
Fue, en definitiva, un día de paz. Un paréntesis dorado en su aventura. Al atardecer, comenzaron a regresar a la posada, tomados de la mano, con el sol pintando el cielo de naranjas y púrpuras. La brisa era cálida y llevaba el aroma de las flores nocturnas.
Y entonces, el infierno estalló.
El primer BOOM sonó como un trueno surgido del mar. Luego otro, y otro más. Issei y Naira se detuvieron en seco, volteando hacia el puerto. Desde el mirador, vieron las explosiones antes de oírlas completamente. Geiseres de agua y madera saltaron cerca de los muelles. Luego, los cañonazos se adentraron, arrasando almacenes cercanos a la costa, destrozando el techo de una taberna, sembrando el pánico entre la gente que corría despavorida.
—¡Los civiles! —gritó Naira, aferrándose al brazo de Issei.
Issei ya estaba en movimiento, su mente cambiando de la placidez de la cita al modo combate en un nanosegundo. Su “radar” se encendió como un árbol de Navidad, inundado de docenas de firmas hostiles, violentas, que desembarcaban desde varios botes más pequeños que provenían de una fragata pirata grande y amenazante que se veía a lo lejos.
—Naira, ve al hotel. Enciérrate. No salgas por nada —ordenó, su voz era de acero templado.
Ella lo miró, el miedo por él luchando contra su sentido común. Sabía que estorbaría. Sabía que su fuerza no estaba en la pelea. Se levantó de puntillas y lo besó, un beso rápido, intenso, cargado de la promesa no dicha de “vuelve a mí”.
—Vuelve sano y salvo. O te revivo para matarte yo misma —susurró contra sus labios.
Issei asintió, una sonrisa feroz asomando en su rostro. —Lo prometo.
Y partió hacia el caos.
El puerto era una escena dantesca. Piratas, al menos una treintena, habían desembarcado y se dedicaban al saqueo y la destrucción pura. Algunos disparaban a diestra y siniestra, otros forcejeaban con los habitantes para robarles, unos cuantos simplemente golpeaban y destrozaban por diversión. Issei no pensó. Actuó.
Fue un torbellino de furia controlada. Sus puños volaban, sus patallas giraban. Pirata tras pirata caía, a veces de un solo golpe. Su Haki de Observación, esa habilidad que ahora reconocía como tal, lo guiaba. Sentía la intención de cada ataque antes de que llegara: un golpe de sable por la izquierda, un disparo descuidado por la derecha, una embestida desde atrás. Esquivaba, bloqueaba y contraatacaba con una precisión brutal. En minutos, una docena de piratas yacían inconscientes a su alrededor.
Uno de ellos, un tipo más grande y con más cicatrices que los demás, le plantó cara. Llevaba un hacha de doble filo y se movía con la experiencia de alguien que había sobrevivido a muchas peleas de taberna. Duró dos minutos. Dos minutos en los que Issei probó su temple, dejando que el pirata desgastara sus fuerzas en ataques torpes pero potentes, hasta que una apertura se presentó y un gancho al hígado lo dejó jadeando en el suelo.
Mientras Issei amontonaba cuerpos, más botes llegaban desde la fragata. La invasión parecía no tener fin. Pero su atención se desvió hacia uno de esos botes en particular. No era una simple bala. Era más grande, y en él, destacaba una figura.
Numena desembarcó con la gracia de una gata y la autoridad de una reina. Sus botas negras pisaron los adoquines manchados de pólvora como si fuera la alfombra roja de su propio teatro de horror. Sus ojos acerados barrieron la escena hasta posarse en Issei, que acababa de dejar inconsciente a otro pirata. La descripción de Kreek encajaba: joven, fuerte, con una determinación obstinada en el rostro. Y ese brazo… llevaba un brazalete extraño.
—Así que tú eres el insecto —dijo, su voz melodiosa cortando el caos como un cuchillo—. El que se atrevió a tocar a una de mis perras.
Issei se enderezó, enfrentándola. Y por un instante, su cerebro pervertido, incluso en medio del infierno, hizo una pausa para apreciar. Dioses, es… es exactamente como las dibujan en las revistas. La cicatriz solo añadía un aura de peligro sexy. Sus pechos, generosos y firmes bajo el corsé de cuero, parecían desafiar las leyes de la gravedad. Sus caderas… eran una obra de arte. Lamentablemente, su “radar” le gritaba que esta obra de arte era una trampa mortal cubierta de aceite.
—Si tu perra atacaba niños, merecía más que un viaje a prisión —replicó Issei, forzando su voz a sonar firme.
Numena sonrió, un gesto que no llegaba a sus ojos fríos. —Qué moral más adorable. Esa moral se va a resbalar y romper hoy.
Antes de que ella misma actuara, dos piratas se separaron de su lado. Estos eran diferentes. Su mirada era más fría, su postura, más equilibrada. Eran los lugartenientes, los experimentados. Atacaron juntos, coordinados. Uno por la izquierda con una espada corta, el otro por la derecha con un mazo de púas. No jugaban limpio; uno distraía mientras el otro atacaba por la espalda.
Issei se vio forzado a danzar. Su Haki de Observación era su brújula en el caos de acero y mala intención. Corte alto a la izquierda… intención de embestida baja a la derecha… ahora el de la espada va a fingir un golpe para que el del mazo… Esquivaba, se contorsionaba, bloqueaba con los antebrazos. La pelea fue más larga, más técnica. Estos no eran matones; eran asesinos. Doce minutos de tensión constante hasta que Issei, aprovechando un microsegundo de descoordinación entre ellos, lanzó una patalla giratoria que barrió las piernas de uno y siguió con un codazo a la mandíbula del otro. Ambos cayeron.
Issei jadeó, sudando. No estaba herido, pero el gasto de energía y concentración era real. Y entonces, Numena comenzó a moverse.
No corrió. Se deslizó. Una sustancia invisible, como un fino aceite, parecía emanar de sus pies y manos. Se movía por el suelo con una velocidad y fluidez antinaturales, zigzagueando, cambiando de dirección en instantes. Era como ver a un patinador sobre hielo divino, pero uno armado con una espada fina y una sonrisa sádica.
—Veamos cuánto dura esa percepción, cazador —susurró, y atacó.
Su espada silbó hacia el cuello de Issei. Su Haki le avisó, y él esquivó por un pelo. Pero el contraataque de Issei, un rápido gancho hacia su costado, encontró solo aire. Numena se había deslizado hacia atrás con facilidad, riendo.
“¡No puedes solo esquivar, usuario!” rugió Ddraig en su mente. “¡Debes atacar! ¡Su velocidad es su armadura, pero debe tener un límite!”
—¡Lo sé! —gruñó Issei entre dientes. “[Boost]!”
El familiar calor verde envolvió su brazo. Su velocidad y fuerza se duplicaron. Ahora podía seguir visualmente los movimientos de Numena. Cargó hacia ella, su puño potenciado silbando en el aire para conectar con su estómago.
Y entonces sucedió. En el instante previo al impacto, la superficie del corsé de cuero de Numena, y la piel misma bajo él, pareció brillar levemente con un destello irisado. El puño de Issei, en lugar de impactar con un sonido sólido, se resbaló. Literalmente. Su fuerza se desvió, su brazo salió disparado hacia un lado sin causar el más mínimo daño, y él casi perdió el equilibrio por el ímpetu.
Issei retrocedió, atónito. —¿Qué…?
—¿Sorprendido? —Numena se rió, un sonido claro y burlón—. Nada se adhiere a mí. Ni el acero, ni el agua, ni tus puñetitos de héroe. Soy intocable.
Atacó de nuevo, y ahora Issei comprendió la verdadera naturaleza de su poder. No solo se movía sobre una superficie resbaladiza; ella era resbaladiza. Los golpes físicos, por fuertes que fueran, no podían afianzarse. Sus manos, si intentaba agarrarla, se deslizarían. Era el contrapunto perfecto para un luchador de fuerza bruta como él.
La batalla se convirtió en una pesadilla de frustración. Issei, potenciado por el Boost, perseguía, esquivaba sus ataques con su Haki de Observación, y lanzaba golpes que siempre, siempre, resbalaban. Un directo a la cara, un gancho al hígado, una patada a la rodilla… todo era inútil. Numena se reía, deslizándose a su alrededor, acuchillando el aire cerca de él, provocándolo.
“¡Usuario, concéntrate! ¡No es invencible! ¡Debe haber una manera de superar esa defensa!”
En la mente de Issei, dos pensamientos chocaban en un bucle frenético, sincronizados con sus intentos fallidos. “Quiero golpearla” (esquivaba un tajo a la garganta). “Quiero usar el Dress Break” (su puño resbalaba sobre su hombro). “Quiero golpearla” (una patada que ella evitaba con un deslizamiento de cadera obsceno). “Quiero usar el Dress Break” (su mano, buscando un agarre, se deslizaba sobre su brazo como si estuviera untado en manteca).
Era exasperante. Tenía a la mujer físicamente más atractiva que había visto en este mundo frente a él, y no podía tocarla de manera útil. Su deseo pervertido y su deseo de victoria se fusionaban en una sola obsesión testaruda: tocar. Tocar para herir, tocar para desnudar, tocar para demostrar que su poder, el poder del Dragón Emperador Rojo, no podía ser negado por un truco de jabón.
Y en esa testarudez absoluta, en esa voluntad férrea que se negaba a aceptar el “no” físico que su cuerpo encontraba, algo en lo más profundo de Issei comenzó a cambiar. No era el calor familiar del Boost. Era algo más interno, más primigenio. Era como si toda su frustración, su deseo, su determinación de proteger a Naira y a este pueblo, su sueño de un harén que empezaba con derrotar a mujeres como esta, se comprimieran en un punto único de su voluntad.
Ddraig lo sintió primero. “Usuario… esa energía… no es la mía. Es… es tuya. ¡Está surgiendo de tu propia alma!”
Numena, viendo la expresión concentrada y casi trance de Issei, se confió. El chico estaba cansado, golpeando el aire. Su pequeño show había terminado.
—Aburrido —declaró, deslizándose hasta quedar a unos metros—. Pensé que serías más divertido. Bueno, time de terminar esto.
Se preparó para un ataque final, relajando su guardia por una fracción de segundo. Fue el momento que la voluntad de Issei, cocida a fuego lento durante minutos de frustración, había estado esperando.
Todo el mundo pareció ralentizarse. El sonido de los gritos, los disparos lejanos, todo se apagó. En la mente de Issei solo había un mantra, un latido férreo: “LA GOLPEARÉ. LA GOLPEARÉ. LA VOY A GOLPEAR.”
No lo pensó. Su cuerpo actuó por puro instinto y deseo acumulado. Se agachó y saltó hacia ella, no con la técnica de un guerrero, sino con la rabia simple y directa de una bestia que se niega a ser negada. Su puño derecho se retrajo.
Numena vio el movimiento, lento y predecible. Sonrió con desdén. No se molestó ni siquiera en deslizarse completamente. Dejó que se acercara.
—Patético —susurró.
El puño de Issei se lanzó. En el aire, algo cambió. No fue un resplandor verde. Fue algo más sutil, más oscuro. Un destello de negro mate, como el hierro bruñido, cubrió sus nudillos. No era un aura; era como si su piel se hubiera transformado en algo más duro, más denso, más real.
“¡Haki de Armadura!” rugió Ddraig, su voz atronadora de asombro y orgullo.
El puño, revestido con ese tenue pero imparable poder, conectó.
No hubo resbalón.
CRACK.
El sonido fue seco, óseo, satisfactorio. Los nudillos de Issei, endurecidos por el Haki, encontraron por primera vez la carne y el hueso de Numena. El impacto fue tan brutal, tan inesperado para ella, que la levantó del suelo. Su cuerpo, ya no intocable, salió despedido como un trapo, girando en el aire antes de estrellarse contra los restos de un carro de frutas destrozado a varios metros de distancia.
El silencio cayó sobre el área inmediata. Los piratas que aún luchaban cerca se detuvieron, atónitos. Numena se incorporó trabajosamente, una mano en su mandíbula que ya empezaba a hincharse. Sangraba por un labio partido. Sus ojos, antes fríos y burlones, ahora estaban desorbitados por una mezcla de dolor, incredulidad y un odio hirviente.
—¿Q-qué… qué fue eso? —escupió, sangre y saliva manchando su barbilla—. ¡No puedes…! ¡Nadie puede tocarme!
Issei se irguió, jadeando. Miró su propio puño. El destello negro ya había desaparecido, pero la sensación, la certeza de lo que acababa de hacer, ardía en él. Lo había logrado. Había tocado lo intocable.
Y entonces, recordó el otro deseo. El que había estado bailando en su cabeza junto al de golpearla. Una sonrisa lenta, pervertida y triunfante se extendió por su rostro. Levantó la mano, los dedos índice y pulgar juntos en un gesto familiar.
Numena, aún aturdida, vio esa sonrisa y sintió un escalofrío primario que nada tenía que ver con su poder. —¿Q-qué… qué estás haciendo?
—Es el turno del segundo acto —dijo Issei, su voz cargada de una alegría traviesa y absoluta—. Dress Break.
Tronó los dedos.
No hubo un destello de luz, ni un sonido espectacular. Simplemente, la ropa de Numena—el corsé de cuero, la blusa fina debajo, los pantalones ajustados, incluso las botas—se desintegró en una lluvia de partículas infinitesimales, como si miles de hilos invisibles hubieran sido cortados al unísono.
Un segundo. Dos segundos de silencio absoluto.
Numena, la temible Reina Resbaladiza del West Blue, la pirata de 38 millones de berries, quedó completamente desnuda bajo la luz del atardecer. Sus generosos pechos, su cintura de avispa, sus caderas poderosas, todo estaba expuesto a la vista de Issei, de los pocos piratas cercanos que se habían quedado paralizados, y de algún civil valiente que espiaba desde una ventana.
El rostro de Numena pasó del dolor a la confusión, luego a la comprensión, y finalmente a un rubor escarlata de una humillación tan profunda y abrasadora que pareció emitir calor. Un grito ahogado, que no era de rabia sino de puro y absoluto bochorno, le salió de la garganta. Sus manos volaron instintivamente para cubrirse, pero era demasiada superficie y demasiada sorpresa. La combinación del golpe devastador, la violación de su poder absoluto y esta humillación pública y grotesca fue demasiado para su orgullo férreo.
Sus ojos se voltearon hacia atrás, y su cuerpo, antes tan grácil y controlado, se desplomó como un peso muerto en el suelo polvoriento, inconsciente, derrotada no solo por la fuerza, sino por la táctica más pervertida y efectiva que jamás habría imaginado.
Issei bajó la mano, satisfecho. Había ganado. Había despertado un nuevo poder. Y había visto unos oppai gloriosos. Para él, era un día perfecto.
Desde la distancia, asomándose desde la esquina de una calle, Naira, que no había podido quedarse en el hotel, presenció el final. Vio el golpe, vio el… efecto especial. Puso los ojos en blanco, se llevó una mano a la frente y murmuró para sí misma: “Dios mío, ese idiota…”. Pero una sonrisa, pequeña y resignada, se asomó a sus labios. Al menos estaba vivo. Y, admitámoslo, la pirata lo tenía merecido.
La batalla, aunque no la guerra, había terminado. La Bestia Escarlata había añadido un nuevo poder a su arsenal y, más importante para él, una imagen imborrable a su galería mental. Numena yacía derrotada, desnuda y humillada, su reinado de terror resbaladizo acabado por un puño endurecido con voluntad y un chasquido pervertido. El camino hacia el Grand Line estaba un poco más despejado, y la leyenda de Issei Hyoudou, el futuro Rey del Harem, acababa de dar un salto tan monumental como el que pronto intentarían en la Reverse Mountain.
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