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Issei en el grand line - Capítulo 9

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9: Capitulo 8: Rendicion de cuentas 9: Capitulo 8: Rendicion de cuentas El silencio que siguió al espectacular y humillante derrota de Numena fue tan denso como la niebla marina, pero pronto se llenó de sonidos que marcaban el cambio de poder en el puerto de Cielo Azul.

Los piratas que aún permanecían en pie, los subordinados directos de la Reina Resbaladiza, vieron a su líder, la mujer intocable, la que había humillado a capitanes de la Marina y había gobernado por el miedo, ahora tendida en el polvo, completamente desnuda, inconsciente y con un moretón purpúreo formándose en su mandíbula perfecta.

La reacción fue variada, pero ninguna fue de furia vengativa.

Algunos, los más pragmáticos o cobardes, simplemente dejaron caer sus armas al suelo con un sonido metálico sordo y alzaron las manos.

El mito de la invencibilidad de Numena se había quebrado con un puñetazo y un chasquido de dedos, y con él, su autoridad.

Otros, sin embargo, aquellos cuyas mentes estaban más imbuidas de la leyenda y la lujuria reprimida que su capitana inspiraba, sufrieron una reacción fisiológica incontrolable.

Al ver su cuerpo esculpido y desnudo expuesto bajo la luz del atardecer—los pechos generosos y firmes, la curva de la cintura, la suavidad de sus muslos—, la conmoción y el estímulo visual fueron demasiado.

Un coro de “¡Uooooh!” ahogados surgió, seguido inmediatamente por un espectáculo grotesco: media docena de piratas robustos y cicatrizados comenzaron a sangrar profusamente por la nariz, sus ojos se pusieron en blanco, y cayeron de espaldas al suelo con golpes secos, derrotados no por la fuerza, sino por el impacto de una fantasía hecha realidad de la manera más inconveniente y humillante posible.

La batalla, en esencia, había terminado.

Issei, respirando con pesadez pero con una satisfacción radiante en el rostro, observó el caos que había creado.

Había ganado.

No solo había despertado un poder nuevo e instintivo—ese Haki de Armadura que había atravesado lo intocable—, sino que había ejecutado su Dress Break con una eficacia espectacular.

La imagen de Numena desnuda estaba ya grabada a fuego en su galería mental de “oppai gloriosos”, un trofeo de guerra pervertido pero ganado con esfuerzo.

Su momentáneo triunfo personal fue interrumpido por un golpe seco y doloroso en la parte posterior de la cabeza.

—¡Ouch!

Se volvió para encontrar a Naira con los brazos cruzados, una ceja arqueada y una expresión que mezclaba alivio, exasperación y una punzada de celos bien disimulada.

—¿Tan contento estás de ver los pechos de otra mujer, esposo mío?

—preguntó, su voz dulce pero cargada de una peligrosa calma.

—¡E-Eh!

¡No es eso!

¡Fue una estrategia!

¡Una distracción táctica!

—balbuceó Issei, frotándose la cabeza.

—Una distracción táctica que te dejó boquiabierto y sonriendo como un idiota —replicó Naira, pero el rigor de su expresión se quebró.

Había visto la pelea.

Había visto el golpe imposible.

Había visto el riesgo.

Se acercó y, sin importarle el público que comenzaba a reagruparse, lo besó.

No fue un beso de consuelo, sino uno profundo, cargado de toda la ansiedad reprimida y el alivio feroz de verlo vivo y victorioso.

Cuando se separaron, ambos estaban ligeramente sin aliento.

—La próxima vez, si vas a desnudar a una pirata, al menos avísame para que no tenga que ver tu cara de pervertido extático —susurró, y entonces lo abrazó con fuerza, enterrando su rostro en su pecho.

Issei la rodeó con sus brazos, la euforia de la batalla dando paso a una oleada de ternura y gratitud.

Ella estaba a salvo.

Él estaba a salvo.

Habían vencido juntos, a su manera.

Mientras se abrazaban, los aldeanos, primero con timidez y luego con determinación creciente, comenzaron a actuar.

La justicia que necesitaban no era la abstracta de la Marina; era tangible, inmediata.

Usando las propias cuerdas y esposas de los piratas, comenzaron a atar a los que estaban conscientes.

Cuando llegaron a Numena, hubo un momento de vacilación.

Un caballero en otro contexto podría haberle ofrecido una capa, un gesto de piedad hacia el vencido.

Pero Cielo Azul no estaba de humor para caballerosidad.

La furia contenida estalló.

Esa mujer había convertido su puerto en un infierno en minutos.

Sus cañonazos habían destrozado hogares, sus hombres habían herido y matado.

El verla ahora, vulnerable, desnuda, humillada, era una forma de justicia poética que ningún tribunal podría otorgar.

La esposaron con rudeza, manos y pies, dejando su cuerpo desnudo expuesto al aire salino y a las miradas de aquellos a quienes había aterrorizado.

No era un acto de lujuria; era un acto de venganza colectiva, una manera de recordarle, y a cualquiera que pensara en seguir sus pasos, el precio final de la crueldad.

Issei, al ver esto, sintió una punzada contradictoria.

Su lado pervertido celebraba la vista.

Su lado más nuevo, el del protector, el que había crecido junto a Naira, entendía la rabia pero se estremecía ante la crudeza.

Sin embargo, no intervino.

Esta era la justicia del pueblo.

Él había sido el martillo; ellos aplicarían el yunque.

Pronto, la prioridad cambió de la captura a la reconstrucción.

El pueblo estaba herido.

Casas con techos volados, muelles destrozados, calles sembradas de escombros y cristales rotos.

Issei, sin necesidad de que se lo pidieran, se arremangó.

Su fuerza sobrehumana, que momentos antes destrozaba mandíbulas, se convirtió en una herramienta de salvación.

Levantó vigas caídas que habrían requerido cinco hombres, movió escombros con la facilidad de quien aparta hojas secas, y ayudó a apuntalar estructuras a punto de colapsar.

Sudaba bajo el sol crepuscular, su cuerpo trabajando con una eficiencia que asombraba a los aldeanos, quienes le traían agua y le daban las gracias con gestos mudos y reverencias.

Naira, por su parte, encontró su lugar en el caos administrativo.

Junto a la esposa del alcalde y unos cuantos letrados del pueblo, estableció un puesto improvisado en la plaza menos dañada.

Organizó listas de heridos para priorizar la atención médica, inventarió los daños en un cuaderno, y distribuyó las provisiones que Issei y ella tenían en el barco—comida, agua, vendas—entre los más necesitados.

Su entrenamiento como princesa, su capacidad para gestionar crisis y ver el panorama general, brilló en medio del desastre.

Era el cerebro que guiaba la fuerza bruta de Issei, y juntos formaban un equipo imparable.

Horas más tarde, cuando la luna ya estaba alta y el trabajo más urgente estaba hecho, el perfil familiar de un buque de la Marina cortó la línea del horizonte.

Era un barco de patrulla, rápido y funcional.

Al mando, una vez más, estaba el Comodoro Vance.

Había recibido un Den Den Mushi de emergencia y, con un suspiro de resignación profesional, había zarpado hacia Cielo Azul, esperando otro desastre que limpiar.

Su sorpresa fue palpable cuando, al desembarcar, encontró no un pueblo en llamas y piratas al mando, sino un escenario de reconstrucción organizada y, amontonados en la plaza principal, a más de treinta piratas capturados, incluida la preciada y elusiva Numena, atada y—Vance parpadeó, ajustándose los lentes—notablemente desnuda.

El alcalde, con los ojos aún enrojecidos pero con la cabeza alta, se acercó a informarle.

Vance escuchó con su expresión habitual de cansancio burocrático, pero sus ojos grises se posaron en Issei y Naira, que descansaban apoyados contra una pared cercana.

Una chispa de algo parecido a respeto, o tal vez simple alivio, brilló en su mirada.

—Así que fueron ustedes —dijo, acercándose—.

De nuevo.

Main, y ahora Numena.

Están haciendo el trabajo de medio sector.

—Solo estábamos de paso —dijo Issei, encogiéndose de hombros, aunque no pudo evitar una sonrisa de orgullo.

Vance asintió.

Luego, su mirada volvió a Numena.

Su reputación era bien conocida.

La Fruta Suave-Suave.

Un dolor de cabeza logístico.

Ordenó a sus hombres que usaran esposas especiales, gruesas y de un material opaco y poroso: piedra de mar.

Eran caras y pesadas, pero neutralizaban la capacidad de muchos usuarios de Frutas del Diablo para utilizar sus poderes a través del contacto directo con el material.

Mientras sus subordinados se ocupaban de los piratas rasos, Vance se acercó personalmente a Numena.

Vio las miradas lascivas y los susurros de algunos de sus marines más jóvenes al acercarse a la pirata inconsciente.

Un destello de irritación cruzó su rostro.

Con un gesto brusco, apartó a un subordinado que se acercaba con intenciones claramente no profesionales.

—Yo me encargo —dijo, su voz dejando claro que no era una sugerencia.

Con una eficiencia fría, envolvió el torso desnudo de Numena con una manta áspera de lana que un aldeano le proporcionó (más por pragmatismo que por compasión), y luego la cargó al hombro como un saco, ignorando por completo su desnudez parcial y centrándose únicamente en el valor de la recompensa y el peligro que representaba.

No era un acto de caballerosidad; era un acto de profesionalismo para evitar un incidente que mancharía su informe.

Una vez que todos los piratas estuvieron asegurados a bordo del barco de la Marina, Vance se acercó de nuevo a Issei y Naira.

Sacó una bolsa considerablemente más abultada que la de Port Cauler.

—Recompensa por Numena, viva: treinta y ocho millones.

Por sus lugartenientes capturados: otros cuatro millones.

Bonificaciones por entrega completa y por los demás piratas: tres millones.

Total: cuarenta y cinco millones de berries —anunció, como si estuviera leyendo un recibo.

La bolsa, cuando Issei la tomó, tuvo un peso satisfactorio y sustancial, el sonido del metal era una música celestial.

—Gracias, Comodoro —dijo Naira, con su gracia habitual.

Vance asintió, por primera vez con algo parecido a una sonrisa genuina, aunque cansada.

—No me agradezcan.

Ustedes me están ahorrando una montaña de papeleo y misiones fallidas.

Solo… tengan cuidado.

Nombres como el de ustedes empiezan a circular.

Y en este mar, la fama atrae tanto a admiradores como a enemigos más grandes.

—Su mirada se dirigió hacia el este, donde el horizonte prometía la Reverse Mountain—.

El Grand Line no perdona la fama barata.

Se despidió con un gesto y regresó a su barco.

Issei y Naira se quedaron en el muelle, la bolsa de cuarenta y cinco millones entre ellos, una fortuna que hacía palidecer sus ahorros anteriores.

—Cuarenta y cinco millones… —murmuró Issei, sus ojos brillando con un nuevo sueño: el del barco.

No el Sueño Escarlata, su fiel pero pequeño hogar, sino una verdadera fortaleza flotante.

Un galeón con múltiples cubiertas, camarotes espaciosos, una cocina enorme, un dojo para entrenar, un baño termal… un hogar digno para un Rey del Harem y sus reinas.

Pero incluso con esta suma monumental, sabía que un barco así costaba cinco, seis, diez veces más.

La fortuna era grande, pero el sueño era colosal.

Naira, leyendo su pensamiento, tomó su mano.

—Es un gran paso, Issei.

Un paso enorme.

Pero todavía queda camino.

Él asintió, su determinación renovada.

—Sí.

Más piratas, más recompensas.

Hasta que podamos comprarlo.

Entonces, Naira, con un tono más ligero pero con una sinceridad inconfundible, añadió: —Y me alegro de que esa… Numena… no se haya despertado y decidido unirse a nosotros.

Por un momento, con esa mirada pervertida tuya, temí que fuera a suceder.

Issei se rió, un sonido genuino y despreocupado.

—¿Preocupada?

¡Ni lo sueñes!

Esa mujer era puro veneno.

Y además —añadió, bajando la voz y acercando su rostro al de ella—, ya tengo a la princesa más hermosa y de los mejores oppai del mundo a mi lado.

¿Para qué querría una pirata resbaladiza y malhumorada?

Naira se sonrojó, dándole un golpe suave en el hombro, pero su sonrisa era radiante.

El hecho de que Issei, a pesar de su naturaleza, priorizara su seguridad y su felicidad por encima de una simple adición a su colección pervertida, significaba más para ella que todos los berries del mundo.

Esa noche, exhaustos pero triunfantes, durmieron a bordo del Sueño Escarlata.

El barco, pequeño y acogedor, era un recordatorio de lo lejos que habían llegado y de lo mucho que les faltaba.

Issei soñó con un barco gigante, con Naira a su lado y siluetas femeninas adicionales, fuertes y hermosas, desdibujadas en los confines del sueño.

Soñó con mares tempestuosos y islas exóticas.

Soñó con el Grand Line.

Al amanecer, consultaron el Log Pose.

La aguja, después de recalibrarse en Cielo Azul, apuntaba ahora con una firmeza inquebrantable hacia el este, hacia la última isla del West Blue antes del salto imposible: la Reverse Mountain.

El final del mar conocido y la puerta al “Paraíso”, el primer tramo del Grand Line.

La preparación fue meticulosa.

Repararon los últimos daños en su barco, almacenaron provisiones para una travesía más larga y posiblemente más traicionera, y estudiaron los mapas y leyendas sobre la montaña que tragaba mares.

Había un nerviosismo palpable, una electricidad en el aire que no era solo de miedo, sino de anticipación.

Issei y Naira se pararon juntos en la proa del Sueño Escarlata, mirando hacia el horizonte donde el cielo se encontraba con el mar de una manera diferente, donde las corrientes se volvían locas y la geografía desafiaba la lógica.

Sabían que, una vez que cruzaran ese umbral, no habría vuelta atrás.

El West Blue, con sus pueblos tranquilos y sus piratas manejables, quedaría atrás.

Se adentrarían en el territorio de los monstruos verdaderos, de los Emperadores, de la Marina de élite, de las Frutas del Diablo legendarias y de los sueños más grandes y peligrosos.

Pero se tenían el uno al otro.

Tenían su sueño compartido.

Tenían la Boosted Gear, el Haki recién despertado, y una fortuna en crecimiento.

Y sobre todo, tenían la determinación inquebrantable de un pervertido que quería ser rey y de una princesa que había elegido ser su reina en un mundo de caos.

Con un último vistazo a la Isla Cielo Azul, que ya comenzaba a sanar sus heridas, Issei tomó el timón y Naira ajustó las velas.

El viento soplaba a favor, empujándolos hacia el este, hacia lo desconocido.

—¿Listos?

—preguntó Issei, su voz firme.

Naira tomó su mano libre y la apretó.

—Listos.

El Sueño Escarlata se deslizó hacia aguas más profundas, llevando consigo no solo a dos aventureros, sino la semilla de una leyenda.

La Bestia Escarlata y su Princesa se dirigían al Grand Line, y el mundo, sin saberlo, esperaba la llegada del futuro Rey del Harem y el caos, la pasión y la justicia pervertida que traería consigo.

El viaje apenas comenzaba.

El viaje desde Cielo Azul hacia la última isla del West Blue antes del salto definitivo a la Reverse Mountain se convirtió en una sinfonía de rutina intensa y íntima complicidad.

El Sueño Escarlata, ahora más seguro con sus reparaciones y provisiones abundantes, surcaba aguas cada vez más profundas y azules, donde el horizonte parecía prometer solo más horizonte.

El amanecer encontraba siempre a Issei en la cubierta, empapado en sudor antes de que el sol asomara por completo.

El despertar del Haki de Armadura había sido un hito, pero Ddraig era implacable.

“Un destello de voluntad no es dominio, usuario.

Es un músculo del alma.

Debe entrenarse, forjarse en el dolor y la repetición, igual que tus bíceps.” Así que el entrenamiento se volvió brutal.

Issei no solo hacía sus series de flexiones y sentadillas con el balanceo del barco; ahora, bajo la dirección mental de Ddraig, concentraba toda su voluntad en partes específicas de su cuerpo mientras golpeaba una pesada viga de hierro que había fijado a la cubierta.

“¡Enfoca!

¡La voluntad no es un deseo, es un mandato!

¡Ordena a tu piel volverse acero!”.

A veces, tras horas de intentos fallidos, un destello tenue y fugaz de negro mate cubría sus nudillos por una fracción de segundo antes de desvanecerse, dejándolo exhausto pero eufórico.

Siempre, en algún momento de su rutina, aparecía Naira.

Salía de la cabina, frotándose los ojos, su rubio cabello desordenado por el sueño.

Al verlo, una sonrisa cálida iluminaba su rostro.

Se acercaba, y sin importarle el sudor, le daba un beso de buenos días que sabía a sal y a sueños compartidos.

—Otro día, otra sesión para volverte más duro que el casco —decía ella, jugueteando con el brazalete de la Boosted Gear.

—Alguien tiene que proteger a la princesa de los monstruos del Grand Line —respondía él, hinchando el pecho con orgullo fingido.

Una costumbre nueva y deliciosa se había establecido: el baño compartido.

Con agua dulce racionada pero suficiente gracias a su última recompensa, llenaban un gran barril de madera en la cubierta.

Para Issei, era un paraíso ritualístico.

Ver a Naira desvestirse con la confianza que solo da la intimidad total, la forma en que la luz del sol o la luna acariciaba su piel pálida, la gloriosa curva de sus pechos al entrar en el agua, era una bendición que elevaba plegarias de gratitud a su mente pervertida.

Naira, al principio tímida, ahora se reía de su expresión de asombro extático cada vez.

—Parece que nunca te acostumbras —comentaba ella, enjabonando su espalda con una esponja.

—¡Y nunca lo haré!

—declaraba Issei con solemnidad—.

Es como ver un milagro cada día.

Un milagro con unos oppai perfectos.

Ella rodaba los ojos, pero el afecto en su sonrisa era innegable.

En esos momentos, rodeados por el vasto océano, eran solo dos jóvenes enamorados, burbuja de normalidad en un mundo de locura.

Tras el baño, se dedicaban a la navegación.

Issei tomaba el timón, su mirada fija en el Log Pose, cuya aguja ahora apuntaba con una determinación casi feroz hacia el este.

Naira, con los mapas desplegados sobre sus rodillas, cruzaba datos, calculaba su probable posición y estudiaba las notas sobre la última isla, llamada “Umbra” por los cartógrafos, un lugar de tránsito rápido donde los navegantes hacían las últimas preparaciones antes del salto mortal.

El viaje, según sus cálculos, tomaría varios días.

Se prepararon para la monotonía, para largas jornadas de mar abierto interrumpidas solo por el entrenamiento, las comidas y las conversaciones bajo las estrellas.

Pero el mar, como siempre, tenía otros planes.

Fue en la tarde del tercer día cuando el sonido llegó primero.

Lejano, amortiguado por la distancia, pero inconfundible: el BOOM sordo de los cañones, seguido de otros, en una sucesión rápida y desordenada que hablaba de combate, no de salvas.

Issei y Naira intercambiaron una mirada.

La curiosidad y la inquietud lucharon en sus rostros por un instante.

—Podría ser un mercante atacado —murmuró Naira.

—O la Marina—añadió Issei, su “radar” aún tranquilo pero su instinto alerta.

Decidieron investigar.

Issei giró el timón ligeramente, ajustando las velas para tomar un rumbo que los acercara al origen de los estruenos sin ponerlos directamente en la línea de fuego.

Cuando coronaron una ola más alta, la escena se desplegó ante ellos.

Era una masacre en miniatura.

Un pequeño buque de guerra de la Marina, un bergantín de dos mástiles, estaba rodeado por cinco barcos piratas más pequeños y ágiles.

Los piratas, como jaurías alrededor de un bisonte herido, disparaban sus cañones con impunidad.

El barco de la Marina escupía humo de sus propios cañones en respuesta, pero sus disparos eran erráticos, desesperados.

En el agua, manchas oscuras flotaban: marines y algunos piratas, inertes.

La cubierta del bergantín era un caos de cuerpos caídos, astillas y llamas que comenzaban a crecer.

Issei miró a Naira.

No hubo necesidad de palabras.

Ella vio la determinación en sus ojos, la misma que la había salvado a ella y a su pueblo.

Asintió, una simple inclinación de cabeza llena de confianza y resignación.

Sabía que no podía detenerlo, ni quería hacerlo.

Así era él.

—Ayúdalos —dijo.

Issei asintió y tomó el timón con firmeza.

No se lanzó a la locura.

En cambio, comenzó a navegar en un amplio arco, colocándose a una distancia estratégica de los barcos piratas, fuera del alcance efectivo de sus cañones, pero dentro de un rango que él, o más bien Ddraig, consideraba óptimo.

“Recuerda la lección, usuario.

La energía de la Boosted Gear no es solo para tus puños.

Puede ser un catalizador, un disparador remoto para mecanismos simples, si sabes tejer el hechizo.” Issei cerró los ojos un instante, concentrándose.

No en su brazo, sino en los cañones del Sueño Escarlata.

Eran piezas viejas, heredadas de los piratas originales, pero estaban cargadas.

Extendió su percepción, sintiendo el metal frío, la pólvora compacta, el mecanismo de ignición.

Visualizó un hilo verde, tenue como el filamento de una araña, conectando su voluntad con cada una de las mechas.

—Disparad —murmuró.

En la cubierta del Sueño Escarlata, los cañones cobraron vida propia.

Giraron sobre sus cureñas con un chirrido sobrenatural, apuntando con una precisión que ningún artillero humano podría igualar en alta mar.

Luego, uno tras otro, ¡BOOM!

¡BOOM!

¡BOOM!, escupieron fuego y proyectiles.

Naira, que observaba desde un lugar seguro, contuvo el aliento.

Los disparos fueron milagrosamente precisos.

Un primer cañonazo impactó en la línea de flotación de un barco pirata que estaba a punto de disparar al bergantín.

El casco de madera se abrió como una lata, y el barco comenzó a hundirse de inmediato.

Un segundo proyectil arrancó el mástil principal de otro pirata, dejándolo inmovil.

Un tercero hizo explosión en la cubierta de un tercero, sembrando el pánico.

Los piratas, desconcertados, buscaron al nuevo enemigo.

Vieron el Sueño Escarlata, un barco modesto, y no pudieron creer lo que sus ojos les mostraban.

Sus cañones se movían y disparaban solos, guiados por una mano invisible.

—¡Es brujería!

—gritó uno.

—¡Hundid ese barco fantasma!—ordenó otro capitán.

Pero antes de que pudieran reaccionar, otra andanada de los cañones autónomos del Sueño Escarlata golpeó.

Un barco más estalló en una bola de fuego cuando un proyectil alcanzó su almacén de pólvora.

Otro quedó tan dañado que su tripulación comenzó a abandonarlo.

Naira miraba fascinada y un poco asustada.

—Issei, ¿cómo…?

—¡Es magia,naira, magia!

—gritó él desde el timón, con una sonrisa de puro regocijo—.

¡Ddraig me enseñó un truco!

¡Es como extender mi brazo, pero con cañones!

Era una explicación pésima, pero en ese momento, con barcos piratas hundiéndose a su alrededor, a Naira le bastó.

La eficiencia era aterradora.

En cuestión de minutos, cuatro de los cinco barcos piratas estaban fuera de combate, hundiéndose o ardiendo.

Solo quedaba el más grande, una balandra rápida que había estado al mando del ataque.

Mientras tanto, en el maltrecho bergantín de la Marina, la Alférez Camila observaba el milagro con los ojos desorbitados.

Había visto caer a su inepto capitán, había visto a sus compañeros morir, había sentido el sabor amargo de la derrota y la muerte segura.

Y entonces, como una deidad vengadora llegando del mar, ese barco extraño había aparecido y había barrido a sus atacantes con una precisión sobrenatural.

Su corazón, que había estado encogido por el miedo, dio un vuelco.

¿Un aliado?

¿Un nuevo poder?

Sin pensarlo, agarró un catalejo y lo apuntó hacia el Sueño Escarlata.

Vio a un joven musculoso en el timón, concentrado, y a una bella chica rubia observando.

No llevaban bandera de la Marina.

¿Cazarecompensas?

¿Mercenarios?

No importaba.

Eran su salvación.

En ese momento, del último barco pirata, una figura saltó con agilidad felina sobre la cubierta del bergantín.

Era el capitán pirata, Barco.

Hombre alto y delgado, con una cicatriz que le cruzaba la nariz y unos ojos fríos como el hielo polar.

En sus manos blandía una espada curva, un shamshir de acero damasco que ya estaba manchado de sangre.

Su reputación de 40 millones de berries no era por casualidad; era un maestro del filo, rápido como una víbora y mortalmente preciso.

—¡Parece que tenemos un intruso!

—rugió Barco, su voz áspera—.

¡Matad al del barco pequeño!

¡Yo me encargo de los restos aquí!

Varios piratas de su tripulación saltaron hacia botes, remando frenéticamente hacia el Sueño Escarlata.

Issei, viéndolos acercarse, dejó el timón a Naira.

—¡Quédate aquí!

¡Cubre los cañones si se acercan demasiado!

—le gritó, refiriéndose a los cañones que ahora, sin su concentración, estaban quietos.

—¡Ten cuidado!

—gritó ella a su vez, el corazón en un puño.

Issei saltó de su barco, cayendo sobre el casco de uno de los botes piratas que se acercaba, haciéndolo volcar.

Luego, usando los restos flotantes como peldaños, llegó hasta el bergantín de la Marina, aterrizando en la cubierta ensangrentada justo cuando Barco degollaba a un último marine que intentaba proteger a un herido.

Los ojos de Barco se posaron en Issei.

—¿Tú eres el payaso de los cañones mágicos?

Te voy a cortar en tiras tan finas que servirán de cebo.

Issei no tenía arma.

Miró a su alrededor y vio una espada corta de marine caída cerca.

La agarró.

No era su estilo, pero era mejor que nada.

Barco atacó sin más preámbulos.

Su espada curvada silbó en un tajo diagonal que parecía cortar el aire mismo.

Issei, confiando en su Haki de Observación, lo esquivó por un pelo y contraatacó con un golpe de la espada corta.

Barco la bloqueó con desprecio.

CLANG!

El sonido fue agudo, seguido de un crujido.

La espada corta de Issei, de acero mediocre, se dobló y partió bajo la fuerza superior y la calidad del arma de Barco.

Issei se encontró sosteniendo solo un mango y una hoja rota.

—Patético —escupió Barco, sonriendo con malicia—.

¿Eso es todo lo que tienes, mago de feria?

Mientras, en el Sueño Escarlata, Naira observaba la pelea con las manos apretadas contra el pecho.

Confiaba en Issei, pero verlo sin arma frente a un espadachín de fama la aterrorizaba.

Buscó con la mirada algo, cualquier cosa para ayudar, pero solo tenía los cañones mudos y el timón.

Y en la cubierta del bergantín, desde una escotilla parcialmente destrozada, emergió Camila.

Había visto la intervención de Issei, había visto cómo sus cañones habían diezmado a los piratas.

Ahora lo veía enfrentarse a Barco, desarmado.

Su héroe.

El uniforme blanco y azul, ahora manchado de hollín y salpicaduras de sangre, se ajustaba a una figura que, a pesar del miedo y la juventud, poseía una belleza llamativa.

Su cabello pelirrojo, largo y ondulado hasta la cintura, era un cañamazo de cobre bajo el sol.

Sus ojos, de un verde esmeralda intenso, estaban abiertos por el asombro y una admiración que nacía de la desesperación.

Su cuerpo, esbelto pero con curvas generosas que el uniforme militar no podía ocultar por completo—pechos firmes que se elevaban con cada jadeo, caderas estrechas pero bien formadas, piernas que, aunque temblorosas, mostraban el tono del entrenamiento—, era la imagen de la juventud y el idealismo puestos a prueba por el fuego.

Ella quería ayudar.

Quería ser como esos héroes de los que leía, como el hombre que ahora luchaba por ellos.

Pero las piernas le flaqueaban.

El miedo, el hedor a muerte, el sonido de los gemidos de sus compañeros, la paralizaban.

Solo podía observar, con una mezcla de terror, gratitud y una creciente fascinación, cómo el joven desconocido se enfrentaba al monstruo que había acabado con su capitán y sus amigos.

Issei, consciente de la mirada de la marinera y de la de Naira a lo lejos, tiró el mango de la espada rota.

No necesitaba acero.

Tenía sus puños.

Tenía el Boost.

Y ahora, tenía el destello de una armadura interior que apenas empezaba a entender.

—Las espadas están sobrevaloradas —dijo Issei, adoptando una postura de combate—.

Un buen puñetazo en la cara suele ser más convincente.

Barco rió, un sonido seco y desagradable.

—Buenas palabras para tu epitafio, niño.

Y la batalla final, entre el maestro de la espada y la Bestia Escarlata que estaba aprendiendo a forjar su propia arma con la voluntad, estaba a punto de comenzar en la cubierta ensangrentada del bergantín, con dos pares de ojos femeninos—uno lleno de amor ansioso, otro de esperanza naciente—clavados en cada movimiento.

El destino de Camila, y quizás un nuevo giro en el viaje de Issei, pendía del hilo de un próximo golpe.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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