¿Jefe multimillonario? ¡No, solo un marido posesivo! - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Chapter 21 Deseo sin amor
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21: Chapter 21 Deseo sin amor 21: Chapter 21 Deseo sin amor Deseo, no amor
Agarré mi móvil, dándole gracias en silencio al cielo por quien fuera que estuviera llamando.
Pero una mano se apresuró a quitármelo antes de que pudiera mirar el identificador.
—¡Oye!
—me quejé.
Cary lanzó mi teléfono a la mesa del comedor a sus espaldas.
Yo estaba atrapada entre la pared y su cuerpo, sin ninguna vía de escape.
—¿Y si te dijera que se puede modificar el contrato?
—¿Qué?
—no entendía de qué iba.
—El contrato.
Las condiciones.
¿Y si te dijera que pueden cambiarse?
Resoplé.
—¿Qué, vas a añadir una cláusula que diga que tengo que comprarte la ropa?
No, gracias.
—No es sobre ropa.
—Su voz bajó de volumen; ahora sonaba seria, meditada, casi solemne—.
¿Y si quitáramos la cláusula de no besos?
Ni me molesté en responderle.
Ya se la había saltado la noche que me sacó a rastras del club y me metió la lengua hasta la garganta.
—¿O la cláusula de… no sentimientos?
Lo miré, pasmada.
—No te sigo.
—¿Y si te… permitiera tener sentimientos por mí?
¿”Permitiera”?
Menuda cara.
Si me lo hubiese dicho hace un año, incluso hace un mes, antes de Lisa, antes de Vanessa, estaría flotando de emoción.
Claro que tenía sentimientos por él, contrato o no.
¿Cómo no tenerlos, si fue quien salvó a mi madre, me dio una vida que jamás habría imaginado, y me hizo olvidarme hasta de mi nombre en la cama?
Pero ya era demasiado tarde.
Las burlas de Vanessa, la condescendencia disfrazada de cortesía de Tanya, la forma en que sus amigos ni se molestaban conmigo… Todo me gritaba que yo no pertenecía a su mundo.
La distancia entre nosotros era mayor que la de Cenicienta y su príncipe.
Al menos ella contaba con un hada madrina.
Además, no podía estar hablando en serio.
¿Sentimientos?
A veces creía que directamente no estaba programado para sentir.
En tres años viviendo con él, jamás apareció una sola ex.
O era un monje antes de conocerme —lo que dudaba mucho— o descartaba a sus amantes como quien tira pañuelos usados.
Salvo por los momentos en la cama —donde se convertía en un huracán—, el tipo era puro hielo.
Los sentimientos que yo podía tener por él, esa mezcla imposible de agradecimiento, admiración, respeto, fascinación y deseo, jamás serían suficientes para derretirlo.
Sus dedos en mi barbilla me obligaron a levantar la cara.
—Respóndeme.
Solté una risita nerviosa.
Cary apretó un poco más.
—¿Qué es tan gracioso?
—Uy, perdón.
Pensé que estabas bromeando.
—No estoy bromeando.
—¿De verdad?
¿El mismísimo Señor “Lo que digo va” quiere desdecirse y cambiar un contrato que él mismo redactó?
O estás de coña o comí algo en mal estado y estoy alucinando.
Bufó con fastidio.
—No es una broma.
—¿De verdad quieres cambiar el contrato?
Asintió.
—¿Quieres que sienta algo por ti?
Otro gesto afirmativo.
—¿Para que me vuelva tu mujercita obediente?
¿Para que ni mire a otro tipo?
¿Para que elija tu ropa?
¿Para que mis lágrimas sean más sentidas cuando te pille con otra?
Asentía con la cabeza hasta que solté eso último.
Entonces sus ojos se entrecerraron de forma peligrosa.
—Lo he pensado bien y la respuesta es no.
—No quería enredarme aún más en esa maraña de sentimientos contradictorios.
Además, el final estaba cerca.
—Vuelve a pensarlo.
—Ya lo hice.
Y sigue siendo no.
Dijiste que no podía amarte, y yo sólo sigo tus condiciones.
Por un momento, pensé que se le iba a ir la mano.
Su mirada era feroz.
Pero al final, soltó mi barbilla y salió de la habitación, hecho una furia.
Un rato después, oí el crujido de las ruedas del coche sobre la grava.
Exhalé largamente, sin haberme dado cuenta siquiera de que estaba conteniendo la respiración, y me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas.
El carácter de Cary estaba cada vez más fuera de control.
Tal vez Portia tenía razón llamándolo “Cary el aterrador”.
Pero, ¿por qué me tenía que tocar a mí lidiar con su mal genio?
Mi tiempo como señora Grant estaba a punto de acabarse.
Si necesitaba que alguien le susurrara palabras dulces y le aguantara los desplantes, podía ir con Vanessa, o Lisa, o cualquier otra que le apeteciera.
Tenía montones de candidatas dispuestas a arrastrarse por sus trajes de Savile Row.
Al final, me levanté y fui a por mi móvil, recordando la llamada interrumpida.
El nombre en la pantalla me puso el corazón a mil.
Llamé de vuelta en el acto.
—Perdón, señor Hastings —dije apenas contestó—.
Estaba… atendiendo una urgencia antes.
Disculpe no haber respondido.
—No pasa nada —la voz de Lochlan Hastings sonaba suave, pero seca, como un Martini perfecto—.
Quiero agendar una reunión contigo.
Antes de que pudiera preguntar por qué, ya me estaba dando la dirección de un hotel de lujo en Hertfordshire, con hora y fecha incluidas.
—Vale, lo tengo.
Pero, ¿puedo saber…?
—Trae el traje.
—Y colgó.
Miré la pantalla, estupefacta.
¿Quería que se lo llevara en persona?
¿No podía mandarlo por mensajería?
¿Y si Portia tenía razón y el tipo realmente se interesaba en mí?
Sacudí la cabeza.
Qué tontería.
Mi escasa información sobre Lochlan Hastings me decía que era tan rico como Cary, quizá más.
Hombres como ellos no se enamoran de mujeres como yo.
Podrán querer mi cuerpo, pero ¿sentimientos?
Ja.
Ya debería saberlo después de lo de Cary.
Aun así, decidí ir.
Fuera cual fuera su intención, era una segunda oportunidad para presentar mi currículum.
Subí a mi habitación, miré mi armario semivacío y me pregunté vagamente cuánto tardaría Cary en notar que mis cosas ya no estaban.
Me puse a buscar el pasaporte.
Después de que Tanya me trajese el cheque, me largaría del país, del continente incluso, para un viaje largamente pospuesto.
Pero mi pasaporte no estaba en ninguno de mis cajones.
Fui al despacho de Cary; recordaba que alguna vez su asistente lo había pedido para un vuelo corporativo.
Ahí estaba, en un cajón sin llave, junto al de él y encima de un álbum grueso.
La curiosidad me ganó y lo tomé.
Mientras hojeaba las páginas como una intrusa, no dejaba de vigilar la puerta.
Las fotos eran de sus años universitarios.
Reconocí al instante la famosa Radcliffe Camera.
En una imagen, Cary llevaba frac, la chaqueta colgada al hombro, parado en un jardín al amanecer con un grupo de amigos, riendo con la cabeza hacia atrás.
La corbata desajustada, como si acabara de salir de una fiesta que duró toda la noche.
Se le veía desinhibido, alegre, completamente distinto al Cary de ahora.
No pude parar.
Seguí pasando páginas, espiando la vida de ese Cary joven que nunca conocí.
En casi todas las fotos, él estaba sonriendo o sonriendo más aún, ya fuera en bailes de gala, fiestas campestres o los bops del college.
Y me pregunté: ¿Qué diablos le pasó para pasar de joven Lord Byron a duque de hielo?
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