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¿Jefe multimillonario? ¡No, solo un marido posesivo! - Capítulo 44

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44: Chapter 44 Calentón post-divorcio 44: Chapter 44 Calentón post-divorcio Antes de que pudiera apartar la mano por puro instinto de horror, el coche dio otra curva cerrada y Jaclyn cayó aún más encima de mí.

Quedé totalmente aplastada.

Mi cara quedó enterrada en el algodón liso y caro del pantalón de Lochlan.

Mi mano, que aún intentaba retirar desesperadamente de esa posición escandalosa, quedó atrapada.

Estaba encajada entre dos cuerpos humanos: una mujer borracha que podía vomitar en cualquier momento, y mi jefe, que podía despedirme sin pestañear.

Y por si eso no fuera suficiente, definitivamente sentía la presión dura e inconfundible de la excitación de Lochlan justo bajo mis dedos.

¡No!, gritó una parte histérica de mi cerebro.

¡NO acabo de estampar la cara contra la entrepierna de mi jefe!

Me ardían tanto las mejillas que me sorprendía no haberle quemado el pantalón con la cara.

Una risa nerviosa quiso escaparse, pero quedó atrapada en una ola de calor ardiente que me consumió de pies a cabeza.

El cuerpo entero de Lochlan estaba rígido debajo de mí, conteniendo la respiración.

No apartó la mano que, ahora, mantenía la mía fija justo en el lugar más comprometedor posible.

“Lo siento, jefe”, dijo Roy desde el asiento del conductor.

Al fin la curva terminó.

El coche se estabilizó, pero nosotros tres seguíamos hechos un nudo.

“¡Perdón, perdón!” Intenté reincorporarme, pero el peso muerto de Jaclyn seguía encima mío, y lo único que conseguí fue moverme un poco, rozando mi cuerpo contra Lochlan de una forma que, para mi horror absoluto, se sintió más como un roce intencionado que como un intento de escape.

Su respiración se cortó.

Me apretó la muñeca, casi con fuerza.

“No.

Te.

Muevas”, dijo Lochlan, su voz baja y rasposa, una orden directa que fue como un rayo a mi yo recién divorciada y, al parecer, recién reactivada.

Estiró el brazo libre sobre los hombros de Jaclyn para incorporarla.

Pero al moverse, sus piernas también se acomodaron, y juro que sentí la forma de sus pelotas contra mi mejilla.

Lochlan resopló.

Empujó con más fuerza.

Gracias a otra curva, esta vez en el sentido contrario, Jaclyn terminó deslizándose al otro lado.

Me levanté como si el asiento me hubiese dado una descarga eléctrica.

Retiré mi mano de inmediato y la escondí bajo el muslo.

Aún podía sentir la marca ardiente de él en la palma.

Me atreví a mirar a Lochlan.

Se acomodaba el traje con movimientos contenidos, pero el tic en su mandíbula lo delataba.

“¿Estás bien?”, murmuró, su voz más grave y ronca que en toda la noche.

Era una pregunta inútil.

Ambos sabíamos que no, ni remotamente.

Me ardían las mejillas, y una ola de calor se encendió en mi estómago, expandiéndose como fuego por mis venas.

De ese tipo de calor que te hace olvidar dónde estás, o quién eres.

Me acomodé y alisé el vestido, respirando entrecortadamente, cada centímetro de mi piel en alerta.

“Sí”, mentí, con un leve temblor en la voz, clavando la mirada en el horizonte que se acercaba, y no en el hombre a mi lado.

“Perdón por eso.”
Sí, definitivamente el asiento del medio era mi lugar menos favorito en el universo.

Tardamos cuarenta minutos en volver al hotel, pero para mí fue como haber cruzado una eternidad.

Arrastré a Jaclyn fuera del coche.

Cada minuto me caía peor.

Gracias a ella, acabé con la cara en la entrepierna de Lochlan, aplastando prácticamente sus pelotas, y descubriendo, una semana después del divorcio, lo calentita que estaba.

Soy una mujer normal, con necesidades normales.

Pero durante años no tuve que preocuparme por expresarlas ni mucho menos por satisfacerlas, porque con Cary estaba más que servida desde el minuto uno.

Mi problema era cómo pedirle de forma sutil que bajara un poco la intensidad, no sentirme ignorada.

Y ahora, después del divorcio, resulta que sí, que tengo apetito sexual y muy presente.

Y, para mi total humillación, esa epifanía me golpeó justo porque tuve un encuentro facial muy inapropiado con la entrepierna de mi nuevo jefe.

Todavía no podía mirarlo a los ojos, y le rogaba a todos los santos que no me despidiera al día siguiente.

Jaclyn era delgada, pero más alta que yo, y borracha y cero colaboradora.

Intentaba arrastrarla por la entrada del hotel cuando ella se plantó como una niña en berrinche.

Kai y Roy estaban a un lado, haciendo gestos de “lo siento” pero sin acercarse, como si tocarla fuese una trampa legal.

Un brazo largo se estiró para evitar que Jaclyn se desplomara.

“Jaclyn, sé que no estás borracha.

Deja el show.”
Era la primera vez que oía ese tono helado en la voz de mi jefe.

Su paciencia se había esfumado.

Jaclyn abrió los ojos y lo miró, dolida y amarga.

Tenía los ojos vidriosos, conteniéndose para no llorar.

Yo intenté escabullirme.

No quería ni presenciar esto.

“Hyacinth.”
La voz de Lochlan me detuvo en seco.

Me giré a regañadientes.

“¿Sí, jefe?”
“Dije que era tu responsabilidad.” Me la empujó de vuelta y se fue directo al ascensor sin mirar atrás.

Suspiré y miré a Jaclyn.

“Señorita Lemon, le conseguiré una habitación por esta noche.”
Ella miraba a Lochlan como perrito abandonado.

“¿Señorita Lemon?”
Por fin me miró y forzó una sonrisa sin gracia.

“No hace falta.

Tengo suite reservada.”
El conserje lo confirmó enseguida, acercándose con una sonrisa radiante.

“¡Señorita Lemon, qué gusto verla de nuevo!”
Aliviada, se la dejé al conserje y me fui a mi cuarto.

No eran ni las nueve, pero la noche ya se sentía eterna.

Suspiré, agarré la bata y me fui al baño pensando en darme un baño eterno.

Nunca llegué tan lejos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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