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¿Jefe multimillonario? ¡No, solo un marido posesivo! - Capítulo 81

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81: Chapter 81 Cama equivocada 81: Chapter 81 Cama equivocada Ni dejé que el eco de su orden se terminara de escuchar.

“No.”
Alaric giró la cabeza hacia mí con una lentitud calculada que helaba más que un grito.

El gris de sus ojos pareció cubrirse de hielo.

“Te aseguro, Hyacinth, que aquí no te pasará nada.”
“Con todo respeto, no estoy dispuesta a correr ningún riesgo solo con tu palabra,” solté con una cortesía bien afilada.

“No digo que vaya a pasarme algo, pero ya viví lo que pasa cuando un Grant me llama con la excusa de ‘hablar con calma’.

Si no sabés los detalles, hablá con tu mujer.”
Un músculo en su mandíbula se contrajo, una señal mínima pero cargadísima de enojo.

Su mal humor llenaba la sala como aire congelado.

No solo lo había desobedecido.

Lo había enfrentado.

Que no reaccionara con más rabia tenía hasta mérito.

Pensé que Cary, a estas alturas, ya habría tirado un jarrón de miles de euros contra la pared.

“Lo que tenemos que tratar es muy personal,” dijo Alaric, con un tono tan bajo que sonaba amable, pero se sentía como una amenaza encubierta.

“No creo que quieras que otras personas escuchen los detalles de tu… situación.”
Dudé un momento, mirando a mis guardaespaldas.

Estáticos, profesionales.

“A ver ustedes dos,” les dije, “no se vayan lejos.

Si pego un grito, quiero verlos correr.

¿Estamos?”
Los dos asintieron con seriedad a la vez.

Alaric frunció los labios visiblemente.

“Mi ama de llaves les ofrecerá algo en la sala de la mañana.”
Ellos me miraron una vez más, y con mi leve asentimiento, se fueron.

Apenas se cerraron las puertas, el ambiente se volvió mucho más tenso.

Alaric indicó la mesa puesta con pura ceremonia.

“Por favor, tomá asiento.”
“Gracias por la invitación,” respondí obligándome a sonar educada, “pero prefiero saltarme la cena, si te parece.

Mejor vamos al grano.”
Su compostura empezaba a deshilacharse en los bordes.

Lo vi en cómo apretaba más la mandíbula, y en que su mano pasó de descansar tranquila sobre una silla a aferrarla como si fuera un arma.

Se incorporó sin esfuerzo, como depredador estirando el cuerpo.

“Muy bien.

Usemos mi estudio.

Es un lugar más adecuado para una charla privada.”
“No,” volví a decir, firme y seca.

“Mejor algo más abierto.”
Ni loca me metía a una habitación cerrada y con buena acústica con semejante hombre.

Vi chispa de irritación pura en su cara antes de que lograra disimularla.

“Está bien,” escupió, cortante.

“El salón.”
Esta vez no esperó que lo aprobara.

Dio la vuelta y salió, dando por hecho que lo seguiría.

Y sí, lo hice, aunque algo rezagada.

Entramos a un salón inmenso y lleno de lujo por donde lo mires.

“Sentate.” Me señaló el sofá frente a él sin ofrecer la mano.

Menos mal.

Solo pensarlo me revolvía el estómago.

Me senté.

“Me enteré que volviste de Singapore hace poco,” empezó, como si estuviéramos charlando entre amigos de vacaciones.

“Un lugar interesante, si uno aguanta el calor.

Yo estuve el año pasado en primavera.

¿Qué te pareció?”
“De lo más divertido,” contesté sin emoción.

“Lo mejor fue la aparición sorpresa de tu hijo.

Le dio un toque…

especial al viaje.”
Ignoró el sarcasmo.

“Cambiar de aire siempre viene bien.

Te ayuda a ver con más claridad.”
“Así es,” asentí.

“Y ahora veo todo clarísimo.

El paisaje mejora mucho si tu hijo deja de bloquear la vista y firma los papeles del divorcio.”
Su máscara de cortesía se resquebrajó un poco.

“¿Tenés que ser tan obstinada?

¿Una sola falta es tan imperdonable?”
“¿Una falta menor?

¿En serio eso es lo que estamos diciendo ahora?” solté una risa breve y sin alegría.

“Cary, por su posición, vive asediado por trepadoras.

La chica Abrams fue solo una molestia.

Ya la dejó.”
“Uy, qué eficiente él,” solté con ironía.

“¿Y eso significa que debo recibirlo con los brazos abiertos porque al fin se sacudió una de sus ‘molestias’?

Qué romántico, de verdad.”
“Esto no tiene que ver con el amor,” estalló Alaric, con la poca paciencia que le quedaba colgando de un hilo.

“Se trata de la realidad.

Sé que al principio pediste una compensación considerable.

Estoy dispuesto a multiplicarla por cuatro.

Quinientos millones.

Vivirás aquí, en Wentworth Estate, como la verdadera señora Grant.

Haremos una recepción para callarle la boca a los chismosos.

No te faltará nada.”
Fingí pensar.

Le mostré la maquinaria funcionando en mi cabeza, como si me hubiera convencido.

Él realmente creía que todo el mundo tenía su precio.

Y qué precio.

“Una jaula dorada sigue siendo una jaula,” murmuré, más para mí que para él.

“No tiene por qué serlo,” insistió, oliendo un punto débil.

“Sos una mujer moderna.

Sé que querés algo más, un propósito.

Haré que te nombren vicepresidenta de Estrategia en Mayfair Global.

Un puesto real, con poder de verdad.

Demostrarás tu valor.

Nadie se atreverá a despreciarte de nuevo.

Pensá en la vida que podrías construir.

En la vida que tendrían tus hijos.

Un heredero Grant lo tiene todo.

Las mejores escuelas, contactos, un futuro de privilegio total.

¿Acaso no te importa eso?

¿Tu legado?

¿Tu valor como persona?”
Dejé que las palabras flotaran en el aire, observando el orgullo satisfecho que volvía a pintarse en su cara.

Creía que me tenía.

Miré hacia abajo, dejé que una pequeña sonrisa se dibujara en mis labios.

“Tenés razón,” dije suave, mirándolo directo.

“Sí me importa mi valor personal.

Y sí, quiero tener un impacto real.”
Sus ojos brillaron, seguro de su victoria.

“Sabía que eras una mujer sensata.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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