¡Jódete, Alfa! Me perdiste para siempre - Capítulo 143
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Capítulo 143: Capítulo 143: Interpretando a la Luna
PUNTO DE VISTA DE SOFÍA
Me despertó el sonido de voces alteradas que resonaban por toda la Mansión Stone. Por un momento, estuve desorientada.
¿Dónde estaba?
Entonces, los acontecimientos de la noche anterior volvieron de golpe. Lo recordé todo poco a poco: la fiesta, el ataque, Damien eligiendo a Tiffany, Ashley enferma.
Todo.
Me levanté a duras penas del sofá. Me dolía la espalda por la incómoda postura al dormir.
Lentamente, me dirigí al baño. Mi reflejo en el espejo era terrible. Tenía ojeras, el pelo hecho un desastre y mi expresión era de puro agotamiento.
Tenía el aspecto que sentía: rota, agotada, acabada.
Pero no podía permitirme desmoronarme. Tenía que trabajar en unas horas. Había pacientes que me necesitaban.
Así que me lavé la cara, me cepillé los dientes e intenté ponerme presentable con las pocas cosas que guardaba en la Mansión Stone.
Los gritos de abajo continuaban, cada vez más fuertes. Pude distinguir dos voces femeninas.
Saqué mi teléfono y llamé a Amaya, el ama de llaves de George.
—Señora Stone —contestó al primer tono—. Estaba a punto de subir a ver cómo se encontraba.
—¿Qué está pasando abajo? —pregunté—. ¿Quiénes están peleando?
—La Srta. Dahlia y la señora Helen —dijo Amaya con un suspiro—. La Srta. Dahlia volvió anoche muy tarde y esta mañana la señora Helen ha vuelto a la carga con lo de la facultad de medicina. Llevan así ya veinte minutos.
—¿Dónde está el abuelo George?
—Ha salido a dar su paseo matutino. Se fue hace una hora. —La voz de Amaya se hizo más queda—. La señora Helen siempre espera a que el señor George se vaya para empezar estas discusiones. Sabe que él no toleraría que tratara así a la Srta. Dahlia.
Claro. Helen era una matona que solo mostraba su verdadera cara cuando no había nadie cerca para pararle los pies.
—Gracias por avisarme —dije—. De todas formas, me iré a trabajar pronto.
—¿Quiere que le suba el desayuno? ¿O al menos un café?
—No, gracias. Tomaré algo por el camino. —Colgué y terminé de vestirme con la ropa de ayer.
Solo necesitaba salir de aquí, llegar a mi coche, ir a trabajar, superar otro día sin desmoronarme.
La discusión se hacía cada vez más fuerte mientras bajaba las escaleras. Pude ver a Helen sentada en el sofá del salón. Tenía la cara roja de ira.
Dahlia estaba de pie cerca de la entrada del comedor, con los brazos cruzados.
—…¡echando tu vida a perder! —decía Helen—. ¡Todo por una ridícula fantasía de ser médico! ¡Eres una Stone! Tienes responsabilidades, un legado que mantener…
—¡Mi responsabilidad es conmigo misma! —replicó Dahlia—. ¡Mi legado es lo que yo construya, no lo que tú decidas por mí!
Intenté pasar desapercibida, dirigiéndome a la puerta principal. Pero los ojos de Helen captaron mi movimiento.
Su expresión, ya fría por la ira, se volvió gélida al verme.
Seguí caminando hacia la puerta. Ya tenía las llaves del coche en la mano.
—¡Cómo te atreves a ignorarme! —gritó Helen—. ¡Sofía! ¡Te estoy hablando a ti! ¡Detente ahora mismo!
Me detuve con la mano en el pomo de la puerta. ¿Pero qué demonios?
No tenía ningún derecho a hablarme así.
Sentí el impulso de enfrentarme a ella y decirle cuatro cosas, pero…
Por respeto a George, no lo haría.
Giré el pomo y seguí caminando.
—¡Sofía! —chilló Helen—. ¡Te vas a detener en este mismo instante…!
Entré en el vestíbulo, tan cerca de la libertad que casi podía saborearla.
Pero entonces, una figura salió de las sombras, cerca del armario ropero, y me bloqueó el camino hacia la puerta principal.
Declan.
Debía de haber estado acechando allí todo el tiempo, escuchando la discusión de su madre con Dahlia. ¿Esperando… qué? ¿Una oportunidad para causar problemas?
—¿Vas a alguna parte? —preguntó.
—A trabajar —mi tono fue neutro—. Por favor, apártate.
—No hasta que me digas qué le dijiste a mi hermana. —Los ojos de Declan brillaron dorados. Su lobo estaba a flor de piel—. Anoche en esa fiesta, ¿qué le dijiste a Dahlia para meterle esas ideas en la cabeza?
—No tengo ni idea de lo que hablas.
—No te hagas la tonta. —Declan se acercó más, usando su altura para intentar intimidarme—. Dahlia volvió a casa anoche muy exaltada otra vez con lo de la facultad de medicina, con lo de desafiar a Madre y perseguir sus «sueños». —Dijo la última palabra con gran sarcasmo—. Sé que habló contigo en esa fiesta. Así que, ¿qué le dijiste?
Lo miré: aquel hombre mimado y arrogante que no había trabajado ni un solo día en su vida, que vivía de la riqueza e influencia de su familia sin aportar nada de valor.
—Eso es entre Dahlia y yo —dije con calma—. No es asunto tuyo. Ahora, apártate.
—Oblígame. —La sonrisa de Declan era cruel—. Ah, espera, no puedes. Porque ya no eres de la manada, ¿verdad? Solo una doctora humana que juega a ser Luna.
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