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Judai Crawford - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Orfandad y adopción
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1: Orfandad y adopción 1: Orfandad y adopción El inspector Kyo Marufuji, del departamento de policía de Ciudad Domino, revisó el expediente en su escritorio por cuarta vez en una hora, anticipándose al nudo que se formaría en su garganta.

Casos como este todavía lo alteraban, incluso cuando tenía una carrera de más de una década trabajando en la policía.

No parecía que eso fuera a cambiar pronto.

Sobre todo, en una investigación como la actual, ya que él tenía un hijo de la misma edad que una de las víctimas.

Fue una sorpresa que le asignaran esta investigación a su oficina: el departamento de homicidios.

A simple vista, esto parecía ser un desafortunado accidente de tránsito.

Las víctimas, los Yuki, eran una familia como tantas otras en Japón, compuesta por dos padres y un hijo de seis años.

El coche que golpeó al de la familia Yuki pertenecía a un muchacho de la ciudad.

Uno de esos jóvenes esnobs, hijos de una familia acomodada.

Su coche quedó hecho polvo, y el de la familia Yuki no se encontraba en mejor estado.

Al principio, el inspector Marufuji creyó que fue a causa de ese joven y sus acompañantes que el caso fue reasignado a su oficina.

El padre de ese chico era un hombre paranoico que veía enemigos en todas partes.

Algo comprensible, si se tenían en cuenta las sospechas de que mantenía negocios con la Yakuza.

Por desgracia, la ciudad de Domino, su hogar, estaba llena de personas como él.

El fin de semana en que ocurrió ese incidente, aquel joven decidió hacer una fiesta en la casa de playa de su familia.

Después de una noche de bebidas alcohólicas y poco descanso, a él y a sus amigos se les ocurrió la maravillosa idea de volver a la ciudad en un estado inadecuado.

Lo único que deseaba la familia Yuki era pasar un día tranquilo en la playa.

Por desgracia, tuvieron la desdicha de encontrarse con aquellos jóvenes.

Lo peor sucedió cuando, justo en ese instante, el otro conductor perdió el control de su vehículo.

Era difícil saber si fue el alcohol o una dormitada al volante.

En cualquier caso, no importaba: el impacto al coche de la familia Yuki fue directo y letal.

Según las primeras investigaciones, habría sido imposible para el señor Yuki esquivar el golpe.

Sumado al hecho de que tenía muy poco espacio y tiempo para reaccionar, los frenos de su vehículo fallaron, lo que condujo a ese trágico resultado.

Una vez se hizo una investigación más profunda, los peritos determinaron que el coche de la familia Yuki presentó una falla poco usual.

No se trató de una mala reparación o algún desperfecto imprevisto, sino que alguien manipuló los frenos de manera deliberada para que fallaran.

Ese fue el motivo por el que el caso fue redirigido a su departamento, no por unos jóvenes millonarios muertos, víctimas de su propia negligencia.

El matrimonio murió.

El padre, Raiko Yuki, al instante del impacto.

Su esposa, la señora Yoshino Yuki, al poco tiempo de ser ingresada al hospital.

Y el hijo de seis años de la pareja, Judai Yuki, se encontraba en una batalla entre la vida y la muerte.

La supervivencia del niño al choque fue un milagro, aunque ahora necesitaría de otro: los médicos no tenían muchas expectativas de que fuera a recuperarse.

Incluso si el chico lo lograba, todavía tenía por delante un largo período de recuperación física y psicológica.

Una recuperación a la que tendría que hacer frente sin el apoyo de familia alguna, ya que sus padres habían sido sus únicos parientes vivos.

El inspector Marufuji dejó los papeles y fue a servirse otra taza de café.

No podía apartar de su mente al niño ahora huérfano.

El niño Yuki se había quedado solo y desamparado en un mundo hostil.

Era una pena, a pesar de que su familia fue una de las fundadoras de Ciudad Domino.

A diferencia de los Kaiba y otras familias viejas, su fortuna hacía mucho que se había esfumado.

Ahora tendría que ir a un orfanato y, debido a su edad, sería muy difícil que alguien lo adoptara.

Las parejas por lo general buscaban niños menores de tres años.

Según sabía, era muy difícil que un niño mayor de esa edad encontrara a una familia dispuesta a adoptarlo.

Un hecho que ni siquiera la aprobación de la Ley de Adopción Rápida pudo cambiar.

«Solamente queda esperar que las cosas van a mejorar para él», pensó el inspector Marufuji.

A causa de la edad del niño, el inspector no pudo evitar compararlo con su hijo menor, Sho.

Tenían casi la misma edad, siendo el chico Yuki mayor que su hijo por poco menos de un mes.

Se estremeció al imaginar la posibilidad de que sus hijos pasaran por lo mismo que ese niño.

Por supuesto, si llegara a ser el caso, siempre tendrían a sus abuelos y a sus tíos para cuidar de ellos.

«El pequeño Judai, en cambio, no tiene a nadie más».

El inspector Marufuji volvió a trabajar.

Desde que ese caso había sido llevado a su atención, comenzó a notar un patrón que esperaba fuera algo infundado.

Sin embargo, una vez más, llegó a la misma conclusión que rondaba por su mente desde que descubriera los antecedentes de la familia Yuki.

No tenía más dudas de que este «accidente» fue un atentado premeditado.

Los motivos detrás de él eran lo que se le escapaba.

La familia Yuki, en la actualidad, tenía un perfil tan bajo en la vida pública de la ciudad que dudaba que tuviera enemigos capaces de hacer eso.

Eso habría sido una línea de investigación válida veinte o treinta años atrás, cuando la familia Yuki aún era prominente en la sociedad de Domino.

Sumado a eso, si el pequeño Judai moría, de las diez familias que fundaron Ciudad Domino, únicamente sobrevivirían la familia Kaiba, la familia Oshita y los Manjoume.

De entre esas tres familias, los Kaiba existían solo por su nombre.

Sus únicos supervivientes eran los hijos adoptivos del señor Gozaburo.

Si se basaba por completo en la biología, Seto y Mokuba Kaiba no pertenecían a las familias fundadoras.

Incluso cuando Seto, tras asumir la presidencia de Corporación Kaiba, había hecho más por mejorar la ciudad de lo que su padre adoptivo hizo en toda su vida.

Con respecto a la familia Oshita, el único superviviente era el viejo Kagemaru: un anciano próximo a cumplir los ochenta años.

Era un hombre cada vez más débil y enfermo, quien se vio forzado a salir de su retiro tras la muerte de su único hijo, Konosuke.

Desde entonces, parecía que su salud había mejorado un poco.

En especial tras asumir el puesto de director de la Academia de Duelos.

Los Manjoume, por su parte, hacía mucho que habían dejado la ciudad para mudarse a Tokio.

Allí construyeron su propio emporio de telecomunicaciones, una importante importadora —principal distribuidora del Duelo de Monstruos en Japón—, y en tiempos recientes, desde que la heredera se había casado con Daiki Karasuma, empezaron su incursión en la política.

Los miembros de las otras familias fundadoras habían muerto en diversos accidentes o de enfermedades sospechosas a lo largo de los últimos treinta años.

El inspector Marufuji no era fanático de las teorías de conspiración, pero hasta él comenzaba a creer que esas muertes eran parte de una.

Era como si alguien quisiera desaparecer a esas familias.

Alguien que, posiblemente, fue el responsable del trágico destino de la familia Yuki.

– GX – En el Hospital General de Ciudad Domino, el pequeño Judai seguía con su lucha desesperada contra la muerte.

Su cabellera castaña fue recortada para poder tratar los cortes en su cabeza.

Tenía una quemadura muy fea en la mejilla derecha y gran parte de su cuerpo estaba cubierto con vendajes y férulas.

Acababa de salir de una larga y complicada cirugía para tratar las hemorragias internas.

Los médicos habían hecho todo lo que estaba en sus manos para ayudarlo.

El resto dependería del propio niño.

Al lado derecho de su cama, sobre la mesita de noche, descansaba una solitaria carta de Duelo de Monstruos.

La única carta que había quedado de su deck tras el accidente.

Aunque inconsciente, el pequeño podía escuchar claramente la voz de su único amigo: el espíritu que habitaba esa carta, Yubel.

¡Judai, resiste, estarás bien!

Estoy contigo… ¡Yo nunca te dejaré solo…!

Una sonrisa se formó en los labios del chico.

Confiaba en que el espíritu cumpliría su promesa.

Lo sabía, porque el espíritu de duelo nunca lo había decepcionado.

En esta y en cualquier otra de sus vidas, incluso si él no podía recordar sus otras reencarnaciones, Yubel estaría a su lado… por siempre.

Ese era el juramento que los unía por la eternidad.

– GX – En contra de todos los pronósticos médicos, un mes después del accidente, Judai Yuki había superado lo más crítico de su situación.

Una vez más, el niño demostró ser capaz de poder obrar milagros.

Su recuperación física estaba avanzando más rápido de lo esperado luego de un accidente como ese.

Su salud mental, por otro lado, no parecía mejorar de la misma manera.

El niño no hablaba con los otros chicos internados en el área de pediatría del hospital.

En cambio, pasaba el tiempo contemplando el cielo a través de la ventana de su habitación.

Cualquiera que se encontrara con él en ese estado, notaría de inmediato su mirada perdida, como si estuviera viendo algo que no pertenecía a este mundo.

Esta actitud era opuesta a la descrita en los informes de su pediatra y de sus expedientes escolares.

En ellos, se indicaba que él era un niño alegre, con mucha energía, quien siempre estaba tratando de hacer nuevos amigos.

Su psicólogo indicó a sus cuidadores que ese era un comportamiento esperado tras un trauma de ese nivel.

Era importante demostrarle al niño que podía confiar en sus cuidadores, y abrirse con ellos respecto a sus pensamientos y sentimientos cuando estuviera listo.

Por supuesto, esto no era fácil.

El hecho de que el chico hubiera perdido a toda su familia hizo más complicado lograr que se abriera a otros.

Solo había una cosa que parecía ser capaz de sacar al niño de su mutismo: su última carta de Duelo de Monstruos.

Además del propio Judai, fue lo único que «sobrevivió» al accidente.

Todos los días, mientras miraba por la ventana, la sostenía en sus manos y hablaba con ella en susurros.

La carta se convirtió en su único confidente.

Unos pocos de los otros niños hospitalizados aseguraron escuchar cómo la carta le respondía cada vez.

Por supuesto, los adultos desecharon esas afirmaciones pensando que se trataba de la imaginación de los niños.

Durante su estancia en el hospital, el niño cumplió la edad de siete años, el día treinta y uno de agosto.

Las enfermeras de pediatría decidieron organizarle una fiesta ese día.

Por supuesto, él no era el primero ni el último niño que celebraba su cumpleaños mientras estaba hospitalizado; pero sí el primero que no recibiría visitas en ese día tan importante.

El día de la fiesta, no parecía que nada hubiera cambiado en la actitud del niño.

No hasta que la jefa de enfermeras de pediatría, una amable anciana a quien los niños internados llamaban «abuela Yaguchi», le obsequió la Baraja de Inicio Amanecer de los Héroes.

La mujer había notado lo mucho que Judai amaba los cómics de superhéroes y a su carta de Duelo de Monstruos, así que decidió obsequiarle algo que representara ambas cosas.

—Estos héroes te cuidarán —le aseguró la abuela Yaguchi—.

Allá a dónde vayas sabrás que podrás confiar en ellos, igual que confías en Yubel.

La señora Yaguchi era, como ya se dijo, una abuela sustituta para los niños internados allí.

Aun así, ni siquiera ella había sido capaz de confortar al pobre chiquillo.

Hasta ese día.

Por primera vez desde que lo conoció, la señora Yaguchi vio una sonrisa genuina en el rostro del triste niño.

—Gracias… —susurró Judai.

Fue un agradecimiento apenas audible, pero todo lo que la amable enfermera necesitaba escuchar de él.

En ese momento, supo que el niño superaría todo eso y, finalmente, estaría bien.

Como es inevitable, el tiempo siguió su curso.

El verano estaba a punto de terminar.

Habían pasado ya tres meses desde el accidente, y la recuperación de Judai avanzó lo suficiente para ser dado de alta.

Sin familia ni nadie que pudiera ocuparse de él, no tendrían más remedio que enviarlo al Orfanato de Ciudad Domino.

– GX – Pegasus J.

Crawford se removió en su butaca con incomodidad.

Estaba en la primera fila del recién inaugurado Domo de Duelos de Kaibalandia.

Era la final del Campeonato Mundial Infantil de Duelo de Monstruos.

Como presidente de Ilusiones Industriales y creador del juego, fue uno de los invitados de honor de esa tarde.

Además, había mucha expectativa, por ser el primer torneo grande al que asistía tras una ausencia de varios meses de la vida pública.

Había toda clase de rumores del porqué desapareció por casi un año tras su torneo de El Reino de los Duelistas, pero nada que estuviera cercano a la realidad.

Desde que había llegado a ciudad Domino para ese evento, dos días atrás, el joven empresario no había sido capaz de sentirse cómodo.

No fue hasta esa tarde, una vez ya en el estadio, que la razón de esa incomodidad por fin se hizo patente.

A pesar del espectáculo que las jóvenes promesas de su juego estaban dando, Pegasus no era capaz de concentrarse en el torneo.

La razón se debía a la falta de uno de los finalistas.

Durante la primavera, había asistido a la Final Nacional japonesa.

Allí conoció a una joven promesa del duelo: un niño de cinco años llamado Judai Yuki.

Incluso a esa edad tan joven, el niño ya era capaz de idear y ejecutar estrategias complejas.

Y eso usando cartas que muchos duelistas experimentados habrían descartado por considerarlas débiles.

Por desgracia, muchos duelistas aún pensaban que las cartas raras y poderosas eran el único camino a la victoria.

Sin importar que Yugi y el joven Jonouchi hubieran demostrado ya tantas veces que la habilidad, y un poco de suerte, importaban más que el poder.

Ver a un niño de cinco años, utilizando cartas comunes e infravaloradas para ganar un torneo importante, le hizo recuperar un poco de esperanza de que eso podía cambiar.

No era que despreciara a las cartas poderosas… No las diseñaría de ser así.

Era solamente que, como todos los padres, deseaba ver que trataran a todos sus «hijos» con el mismo respeto.

Para él fue decepcionante que ese pequeño genio del duelo no estuviera allí esa tarde.

Por más que esperó, Judai Yuki no hizo acto de presencia y los organizadores parecían haberse olvidado de él, casi como si el niño se hubiera esfumado en el aire o nunca hubiera existido.

Por más que Pegasus le daba vueltas en la cabeza, no veía cómo eso podía ser posible.

Aquella final se alargó casi una hora.

Algo poco usual en un enfrentamiento de esa categoría.

Esto no lo intimido.

Por el contrario, con cada turno que pasaba, su entusiasmo solo crecía más y más.

Sintió su pecho hinchado de orgullo de ver ese amor por su juego en un niño.

En especial cuando lo vio saltar emocionado tras ser declarado ganador del torneo.

Siendo así, para él no cabía la menor duda de que aquel pequeño no habría dejado pasar su oportunidad de estar allí esa noche.

Al menos no sin una razón muy poderosa.

El joven empresario suspiró con decepción.

Lo único que le restaba era esperar que la ausencia de Judai Yuki no se debiera a algo demasiado grave.

No obstante, sabía que no era así.

¿Cómo era posible que nadie a quien había preguntado al respecto hubiera sabido decirle dónde estaba o qué había pasado con él?

En un evento como ese, por más que fuera un campeonato infantil, la ausencia del representante de Japón cuando menos debía significarle una pequeña mención por parte del presentador.

¿Estaba enfermo?

¿Tenía problemas familiares?

¿Bajas notas?

Necesitaba cualquier explicación con tal de no tener que pensar en lo peor, pero, cada vez más, su mente iba en esa dirección.

En un intento por despejar su cabeza de esos pensamientos tan siniestros, hizo lo posible para centrar toda su atención en la final del Campeonato Mundial.

La final se disputó entre el representante de Noruega, Johan Andersen, de siete años, y el de Estados Unidos, Jack Mulder, de nueve años.

Como Pegasus esperaba, Johan se impuso tras hacer caer a su adversario en un combo del que no pudo escapar.

Sus puntos de vida cayeron a cero en cuestión de tres turnos.

Los dos niños eran duelistas prometedores a pesar de su edad, pero para el joven empresario estaba claro que su joven compatriota carecía de la «chispa» de un verdadero duelista.

No es que eso fuera algo malo.

En los últimos años, había visto esa chispa en muy pocas personas.

Yugi Muto, Mai Kujaku, el chico Kaiba y el joven Jonouchi, por nombrar a los más destacados.

También en este chico, Johan, y en aquel niño desaparecido que no podía sacar de su mente.

Como invitado de honor, Pegasus fue el encargado de entregarle su premio al ganador.

Johan Andersen regresó a su país con un trofeo, un paquete de refuerzo con cartas exclusivas y un jugoso cheque destinado a cubrir los gastos de su educación en una prestigiosa escuela privada de Europa.

Cuando el creador del juego abandonó el estadio, su mente todavía daba vueltas alrededor de la misteriosa desaparición del pequeño Judai.

No tenía ninguna duda de que, de haber estado allí esa noche, la final habría sido incluso más espectacular de lo que fue.

¿Qué podría haber provocado que un niño tan apasionado del duelo como él perdiera esa oportunidad?

Por lo general, no dedicaría demasiado tiempo a pensar en personas desconocidas, incluso si esa persona era un pequeño prodigio de su amada creación.

Era un hombre tan ocupado, por lo que solía delegar esas cosas a uno de sus muchos subordinados.

No obstante, esa sensación de incomodidad lentamente se estaba transformando en otra cosa: el presentimiento de que había algo muy grande pasando allí.

Algo que tenía que ver con ese niño y el mundo místico detrás del Duelo de Monstruos.

Quizá por eso los organizadores del evento parecían haberse olvidado de él.

El año anterior, el chico Kaiba lo había buscado con el objetivo de saber la forma de vencer a Yugi Muto y sus cartas de dioses.

En esa ocasión, Pegasus admitió algo ante él: incluso sin su Ojo Milenario, todavía podía notar cuando algo sobrenatural estaba sucediendo alrededor de su juego.

El presentimiento que tenía ahora sobre la desaparición del pequeño le era muy familiar.

Casi idéntico al que tuvo con respecto a la «Pirámide de Luz».

Considerando eso, no dudó más y le ordenó a Crocketts investigar qué había sucedido con Judai Yuki.

Esperaba que su intuición no fuera nada más que un miedo sin fundamento alguno.

Desafortunadamente, algo le decía que no sería así.

Para su desgracia, rara vez se equivocaba en esa clase de cosas.

Dos días más tarde, durante el desayuno, Crocketts apareció con una carpeta en sus manos.

Tras un instante de duda, le entregó los resultados de su investigación a su jefe.

Ese ligero momento de duda en su empleado de más confianza solo despertó aún más sus preocupaciones.

Cuando sus ojos se posaron sobre el contenido de la carpeta, sintió que su boca se secaba y, por un momento, quiso dejar las cosas así.

Pero sus instintos le decían que debía ver esos papeles.

Sin su Ojo Milenario, su sexto sentido para estas cosas estaba muy limitado, pero aún confiaba en sus instintos y estos nunca le habían fallado.

Crocketts consiguió para él los recortes de los diarios locales de los últimos tres meses.

Así se enteró del accidente que dejó huérfano al joven prodigio del duelo.

Una vez más, notó que era como si el mundo quisiera olvidarse del pequeño Judai, ya que la mayoría de esas notas eran escuetas y relegadas a las páginas interiores.

Siendo el campeón infantil del país, en la ciudad que era la capital mundial de los duelos, tal cosa no tenía lógica.

A menos que hubiera alguna manipulación, ya fuera natural o sobrenatural.

Junto con los recortes de los diarios locales, se hallaba una copia del informe policíaco.

Lo que leyó allí le confirmó que su presentimiento era correcto, al menos parcialmente.

Lo que más le había agradado del niño, fue la pasión que demostraba por el duelo.

Era evidente que, más allá de la habilidad, su gran destreza se debía a que las mismas cartas correspondían a sus sentimientos.

A medida que fue leyendo sobre su destino, se dio cuenta de que no podía ignorar esto.

Si abandonaba a ese niño de actitud alegre y entusiasta, nunca podría perdonarse a sí mismo.

Leer el informe de la policía, confirmando que alguien deliberadamente intervino en el coche de la familia Yuki para provocar el accidente, lo hizo decidirse.

¿Era Judai Yuki el verdadero objetivo de ese atentado?

Su instinto le decía que sí.

En especial por el hecho de que alguien parecía empeñado en borrar su existencia, esto de una forma que solo podía ser llamada «sobrenatural».

Un segundo fue todo lo que necesitó para convencerse de lo que debía hacer a continuación.

Sabía que estaba ante la decisión más importante de su vida —al menos desde que le pidió matrimonio a su amada Cyndia—, una que debía ser reflexionada.

No obstante, también sabía que el tiempo estaba en su contra.

¿Cuánto tardarían los causantes de esto en regresar a terminar el trabajo?

Años más tarde, cuando Pegasus mirara hacia atrás para recordar ese momento, no podría evitar notar un paralelismo entre eso y su decisión impulsiva de viajar a Egipto tras la muerte de Cyndia.

Era como si el mismo universo lo estuviera empujando en esa dirección.

El destino decidió que era él quien debía ocuparse de ambas cosas: resucitar el Duelo de Monstruos en la era moderna, y guiar a Judai para que cumpliera su propio destino.

El juego de los Dioses estaba en marcha y no había manera de detenerlo.

– GX – El niño permaneció en silencio mientras Pegasus firmaba los documentos de adopción definitivos.

A partir de ese momento ya era oficial: su nombre ya no era Judai Yuki, ahora era Judai Crawford.

Kira Kinomoto había sido directora del Orfanato de Ciudad Domino durante más de doce años.

En todo ese tiempo, nunca se vio a un niño ser adoptado con tanta rapidez.

Aunque la mujer no podía evitar tener dudas por la celeridad con que todo se llevó a cabo.

Después de todo, no se podía ignorar el hecho de que se trataba de un niño traumatizado y el señor Pegasus además era extranjero.

El señor Crawford de inmediato se encargó de disipar los temores de la mujer, al asegurarle que la salud de Judai no era un problema para él.

De hecho, su principal motivo para adoptarlo era ayudarlo a recuperarse.

Por supuesto, el ser un extranjero podría complicar las cosas.

Por fortuna, gracias a su influencia, para él ese detalle significaba solamente un poco de papeleo extra.

Al final, la decisión de adoptar al niño por parte del señor Pegasus fue un milagro tanto para el pequeño como para el orfanato.

El señor Crawford les dio un generoso donativo y el contacto de uno de sus abogados en la ciudad, con el fin de que pudieran acudir a él en caso de que fuera necesario.

Además de su promesa de hacerse cargo de cualquier gasto.

El joven Yuki, ahora Crawford, dejó atrás al orfanato dos semanas después de haber sido llevado a vivir allí.

Lo único que llevaba consigo era su mazo y la ropa que vestía.

No quiso conservar nada de lo que recibió allí, ya que no lo sentía suyo.

Al día siguiente, Judai visitó la tumba de sus padres por primera vez desde que había sido dado de alta del hospital.

Después, su padre adoptivo lo acompañó al edificio en el que vivió hasta el día del accidente.

Su padre adoptivo se había encargado de subsanar las deudas de su familia a fin de que, en el futuro, el chico decidiera qué hacer con él.

Según supo por la investigación de sus abogados, ese edificio era todo lo que quedaba de la fortuna de la familia Yuki.

Bueno, en realidad había una propiedad más.

Una vieja casa tradicional japonesa en la parte histórica de Ciudad Domino.

Sin embargo, dicha propiedad estaría sellada hasta que Judai cumpliera los dieciocho años.

Esto según el testamento de su abuela materna, Chieko Yuki.

Cuando Pegasus se enteró de la existencia de dicho testamento, el presentimiento que lo hizo adoptar al niño se volvió más fuerte.

A pesar de eso, optó por dejar las cosas así de momento.

Todavía faltaban once años hasta que Judai pudiera reclamar su herencia.

Incluso cuando podría usar sus recursos para acelerar el proceso, no quería hacer nada que pudiera poner en riesgo su reciente adopción.

Judai no se quedó con demasiados objetos del departamento.

Unos pocos juguetes, álbumes de fotografías familiares y una caja de zapatos llena de recortes de periódicos sobre Yugi Muto y otros duelistas famosos.

El resto de los muebles serían llevados a una bodega.

El piso sería ocupado por el administrador contratado por Pegasus.

Cuando llegó el momento de abandonar el lugar, el chico rompió a llorar de forma lastimera en los brazos de su padre adoptivo.

En ese llanto, liberó todo el dolor que había estado reprimiendo durante meses.

Lo único que el hombre pudo hacer fue abrazarlo y susurrar palabras de consuelo.

No había otra manera de sanar a un niño de ese dolor que estar allí para apoyarlo.

Pegasus estaba seguro de que el niño iba a encontrar la fuerza para seguir adelante.

Ya no estaba solo, ahora lo tenía a él.

Incluso si no compartían un lazo de sangre, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que volviera a ser feliz.

Después de todo, Judai ahora era su heredero.

Y lo más importante para él: era su hijo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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