Judai Crawford - Capítulo 13
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13: Cuidadores de Tumbas 13: Cuidadores de Tumbas Las siguientes semanas en la Academia de Duelos pasaron sin ninguna novedad interesante.
Salvo por los acostumbrados intentos del profesor Chronos de hacer que Judai avanzara hacia dormitorio Obelisco.
Esto, más que resultar una molestia, convenía a Judai, quien pudo enfrentar a muchos de los mejores duelistas de la escuela.
Las vacaciones de invierno fueron y vinieron sin muchas novedades.
Pocos alumnos se quedaron en la isla durante esas dos semanas.
Judai mismo volvió al Reino de los Duelistas para pasar las fiestas con su padre.
Fue bueno estar en casa, pero no pudo evitar extrañar a sus amigos.
Incluso Jun no pudo acompañarlos como otros años, esto a causa de asuntos de sociedad que tuvo que atender con su familia ahora que formalmente estaba preparándose para ser un duelista profesional.
De regreso a la Isla Academia, una vez terminaron las vacaciones, las clases se complicaron un poco; aunque no hasta el punto de que fueran imposibles de manejar, especialmente gracias a la creación del grupo de estudios no oficial, al cual se incorporó Fubuki.
Siempre, después de clases, se les podía ver a todos reunidos, ya fuera en la tienda de cartas o en comedor de Osiris.
Los alumnos parecían estarse acostumbrando a ver tan pintoresco grupo de alumnos de los tres dormitorios.
Aunque sin duda, quien de verdad estaba feliz por esto, era el director Samejima, quien veía en el grupo que se había formado en torno a Judai una oportunidad de eliminar la barrera de prejuicios que había entre los miembros de los diversos dormitorios.
Una mañana de sábado, Sho intentaba de despertar a Judai, quien tenía el sueño muy pesado.
—¡Apresúrate, hermano!
—dijo mientras agitaba la cama—.
Si llegamos tarde el profesor Daitokuji va a enfadarse.
—Sólo cinco minutos más —respondió Judai mientras se giraba en la cama.
—Pero hoy es la excursión a las viejas ruinas —le recordó Sho.
Esto no consiguió que Judai se moviera, pero sí Haou, cuya consciencia estaba más despierta que la de su encarnación actual.
El Rey Supremo procedió a hacer el equivalente mental a arrojar agua fría sobre alguien a quien se quiere despertar.
Judai terminó cayendo de la cama cuando, literalmente, Haou le dio una sacudida en sus sueños.
Luego de un momento los tres, Judai, Sho y Hayato, estaban listos con sus mochilas en la espalda, equipados con lo pedido por el profesor y camino al punto de reunión.
Al llegar, Asuka, Jun y Daichi, así como el profesor Daitokuji, ya se encontraban allí.
—¿No viene Fubuki?
—preguntó Judai en cuanto llegó a donde estaban.
—Se sentía algo mal esta mañana —respondió Asuka notándose preocupada.
—Seguro sólo es un resfriado —trató de animarla Jun.
Por su parte Daitokuji parecía feliz.
—¡Qué bien!
—exclamó al ver que ya todos estaban reunidos—.
Dos más que en la excursión pasada.
—Parece que sus paseos no son muy populares —comentó Sho en voz baja a Hayato.
—No lo son: no da créditos extra por esto, así que la mayoría de los estudiantes pasan de ellos.
Enseguida se pusieron en marcha a través de un sendero poco transitado del bosque.
El camino estaba cubierto de hierba y algo le lodo debido a las lluvias recientes.
Aunado a que esa era una mañana fría, aún para una isla de clima semitropical.
—Las ruinas a las que vamos están del otro lado del volcán —explicó Daitokuji, mientras se abrían paso por una zona de hierba alta—.
Los arqueólogos que las descubrieron las dataron con una antigüedad de diez mil años.
Actualmente no se lleva a cabo ninguna excavación en el sitio; pero, aun así, Seto Kaiba mandó a cercar la zona.
Afortunadamente, al ser profesor de la academia, tengo permitido llevar a cabo visitas guiadas.
Lo que haremos allí es muy sencillo: necesito que fotografíen los grabados en las losas de piedra y luego los compararemos con las cartas del Duelo de Monstruos.
—¡Espere, profesor!
—interrumpió Daichi—.
¿No estará insinuando que esas ruinas tienen relación con los duelos?
—Sí, efectivamente —respondió Daitokuji—.
Recuerde que las cartas de duelo recopilan la mitología de este mundo.
Así que lo que veremos allí es parte de esa mitología, y si tenemos suerte tal vez algo más… —Dejó las cosas así, como para darle un aire de misterio.
Continuaron avanzando por entre el bosque alrededor de quince minutos más, antes de toparse con una reja de acero oxidada, la cual separaba el bosque de la ladera del volcán.
Continuaron un rato al borde de la cerca hasta llegar a una verja electrónica.
Daitokuji sacó una tarjeta de seguridad y la pasó por el lector dándoles acceso a la zona restringida.
Tuvieron que seguir por otro rato hasta que, poco a poco, fueron emergiendo ante ellos monolitos de piedra y muros con antiguas inscripciones.
—Bien —dijo Daitokuji mientras ponía su mochila en el suelo—, descansaremos aquí un momento.
Aprovechen para ajustar sus cámaras.
Comenzaremos en quince minutos.
Mientras todo se sentaban en el suelo a preparar sus cosas, Judai se quedó absortó viendo hacia uno de los muros.
Allí, en un grabado apenas perceptible, podían notarse unos extraños símbolos.
Era una escritura antigua, de eso no le cabía duda, pero por alguna razón le resultaba sumamente familiar.
—Aquí yace nuestro secreto —comenzó a leer Yubel mientras aparecía junto a él—, ocultó en las sombras hasta que el momento llegue.
Al Rey esperamos, durante siglos, como se nos encomendó; mas somos mortales y nuestro tiempo es efímero.
Nuestras fuerzas se han ido, ya no podemos esperar por la llegada del Rey.
Hemos ocultado aquello que se nos encomendó proteger: las armas que sólo el Rey es capaz de usar.
Son tres, las cuales por sus nombres serán reconocidas: Ur… Yubel se detuvo y suspiró con resignación.
—El tiempo destruyó el resto —dijo finalmente.
Judai observó un poco más el grabado, tratando de descifrar el significado de las palabras dichas por Yubel.
—¿Esto es…?
—susurró.
—Sí, es el idioma del Mundo Oscuro, una de las Doce Dimensiones de los espíritus del duelo —completó Yubel—.
Sin embargo, las palabras usadas son demasiado arcaicas.
No las había visto desde… —Un suspiro escapó de sus labios—.
Aún era humano cuando vi estos caracteres por primera vez, y para entonces ya se les consideraba antiguos.
—¿Qué significa?
—preguntó Judai.
—Es un mensaje, dirigido al Rey del Mundo Oscuro.
Ahora, si fue escrito por humanos o por espíritus del duelo me es difícil decirlo.
Pero, hay algo aquí —señaló el carácter que había traducido como Rey—.
Quien escribió esto lo hace de una manera demasiado formal.
No es el carácter que se usa para referirse a un soberano.
Es decir, equivale a Rey, pero se está usando con un sentido de respeto inusual, casi como si se refirieran a un dios más que a un gobernante.
—Pareces saber mucho de los Textos Antiguos —escucharon tras de ellos una voz femenina.
Ambos, duelista y espíritu, se volvieron para encontrarse con una extraña mujer.
Era morena, con una larga cabellera recogida con una especie de diadema de oro, aunque unos cuantos mechones caían sobre su frente.
Vestía una especie de túnica de color negro.
—Un espíritu —dijo Judai reconociendo las características básicas de una carta del arquetipo Cuidador de Tumbas.
—Parece que eres poderoso, humano, algo que es de suponerse ya que te acompaña un espíritu de duelo; especialmente uno tan inusual.
Yubel se puso en guardia.
Judai, por su parte, volvió su mirada hacia el lugar donde habían estado sus amigos, pero no encontró a nadie.
Ahora que veía el lugar, parecía extraño, como si una neblina lo cubriera todo.
—Algo pasó —dijo Judai.
—Sí, por alguna razón hemos sido transportados a un plano alterno —respondió Yubel.
—Bueno, basta ya —interrumpió la chica—.
¿Quiero saber cómo es que puedes entender esas palabras?
—Soy un espíritu del duelo, es lógico que pueda leer mi lengua nativa —respondió Yubel.
La chica pareció molestarse con ese comentario.
—¡Eso es ridículo!
Es un lenguaje antiguo, no queda ni un sólo monstruo en las Doce Dimensiones que sea lo bastante antiguo como para entender ese lenguaje.
Ni siquiera los más hábiles eruditos de la Ciudadela de Endimión son capaces de descifrarlo.
—No es mi problema si ellos no pueden.
—Por última vez, ¿cómo es que puedes leer eso?
—¡Basta ya!
—interrumpió Judai al ver que Yubel comenzaba a desesperarse—.
Ahora no me interesa escuchar su discusión sobre lenguas muertas.
Lo que quiero es saber cómo volver a casa con mis amigos, así que dejen de discutir.
La chica pareció calmarse, aunque aun así le dirigió una mirada molesta al otro espíritu.
—Bien, ahora, por qué no empezamos de la manera correcta —dijo él mientras le extendía su mano al guardián de tumbas frente a él—.
Mi nombre es Judai Crawford, es un placer conocerte.
—¿Judai?
—preguntó la chica extrañada.
—Eh, sí.
La chica pareció querer decir algo.
Sin embargo, ante la sonrisa genuina del humano, se tragó sus palabras y le tendió la mano.
—Mi nombre es Sara y soy uno de los cuidadores de este lugar.
—Yubel —se presentó el espíritu con resignación, al ver que Judai le pedía con la mirada que se tragara, por esta vez al menos, su orgullo.
Aun así, no le dio la mano.
La chica por el contrario parecía sumamente contrariada.
Acababa de oír dos nombres que le resultaban conocidos de una vieja historia de su pueblo.
—Entonces, Sara, ¿sabes cómo volver a la dimensión de los humanos?
—preguntó Judai sacándola de sus pensamientos.
—No estoy segura —respondió—, pero posiblemente el Jefe de los Cuidadores de Tumbas sepa algo.
Él es, después de todo, el espíritu más viejo de este lugar.
—¿Puedes llevarnos con él?
—preguntó Judai esperanzado.
—C-claro —Sara comenzó a avanzar con los otros dos siguiéndola—.
Además, estoy segura de que el Jefe estará interesado en saber lo que dicen los grabados.
Llevamos casi diez años humanos, desde que llegamos aquí, tratando de comprenderlos.
Lo único que sabemos, es que quien nos dejó aquí pretendía que reemplazáramos a los guardianes originales.
Avanzaron por entre las antiguas construcciones.
De vez en cuando surgían ante ellos viejas placas con monstruos de duelo, muy similares a las que había en el Reino de los Duelistas, y a aquellas que había visto en Egipto cuando su padre lo llevó allá de vacaciones a los doce años.
Finalmente llegaron a lo que parecía ser un campamento.
A su alrededor había varios otros espíritus de duelo, pero estos no se acercaron a hablarles, limitándose a verlos con cautela.
Finalmente se detuvieron ante una gran tienda de campaña.
—Esperen aquí —dijo Sara mientras se adentraba en la tienda—, veré si puede recibirlos.
Judai se recargó en el tronco de un árbol cercano.
Yubel se mantuvo flotando en las cercanías con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Qué piensas?
—preguntó finalmente al espíritu.
—Es muy inusual haberlos encontrado aquí —respondió—.
De no ser por lo que dijo, diría que llegaron aquí por accidente.
No parece que este sea el sitio al que pertenecen, más bien, es como si se hubieran visto obligados a quedarse aquí.
Judai estaba a punto de responder cuando Sara salió de la tienda.
—Él los recibirá.
Se adentraron a la carpa.
Era muy similar a las tiendas de los campamentos arqueológicos que había visto en Egipto.
El jefe de los Guarda Tumbas, un hombre anciano con una barba corta ya cana, estaba sentado sobre un cojín en medio de la carpa.
En cuanto los vio entrar se puso de pie.
—Es un honor recibirlo en mi hogar, su Majestad —saludó a Judai con una leve inclinación de cabeza—.
Mi hija, aquí, me ha hablado de su dilema.
—Espere, ¿cómo es que sabe que soy Haou?
—preguntó Judai.
—Puedo sentirlo en su aura —respondió el hombre—.
Pero, por favor, tomen asiento.
Judai se sentó en uno de los cojines mientras Yubel permanecía flotando atrás de él.
Sara y su padre también tomaron asiento.
—Vera, su Alteza —comenzó a hablar el hombre—, hace más o menos diez años humanos que custodiamos este lugar.
Nuestro Maestro era un hábil duelista que estudiaba en la academia que hay en esta misma isla; y también un gran aficionado a la arqueología.
Cuando las estas ruinas fueron abiertas a los estudiantes, no lo dudó y vino a verlas con sus propios ojos.
“Entonces sucedió algo.
Un misterioso duelista apareció y desafió al Maestro a un Juego de lo Oscuro.
A pesar de que él no era capaz de vernos, siempre nos trató como su gran tesoro, así que no dudamos en enfrentar la amenaza con toda nuestra fuerza.
Pero ese duelista, Amnael, era muy poderoso.
Finalmente, nuestro Maestro sucumbió y nosotros quedamos atrapados en este lugar, condenados por Amnael a custodiar estas ruinas.
Judai escuchó con atención la historia.
Sin embargo, le quedaba una duda.
—Pero, este sitio, es parte del Mundo Oscuro, ¿no es así?
—Lo es y no lo es al mismo tiempo —respondió el Jefe—.
Es como una anomalía.
Un pedazo del Mundo Oscuro atrapado en el Mundo de los Humanos.
Fue obra de Amnael.
De alguna manera, luego de robar el alma de nuestro Maestro en un Juego de lo Oscuro, consiguió aislarnos en este lugar.
Sólo seremos libres cuando alguien sea capaz de descifrar los grabados de estas ruinas.
Pero, a pesar de que algunos de los nuestros son grandes conocedores de las tradiciones del Mundo Oscuro y otras civilizaciones de las Doce Dimensiones, ninguno es capaz de entender ese lenguaje tan antiguo.
Judai volvió su mirada a Sara.
—¿Es por eso que quieres saber cómo es que Yubel pude leer ese lenguaje?
—Así es —respondió Sara, mientras bajaba la cabeza avergonzada—.
Me disculpo, no debí ser tan brusca.
Yo… —No importa —la cortó Judai mientras sonreía—.
Sólo cumplías tus deberes de cuidador.
Sara lo miró con auténtica sorpresa.
Jamás pensó que el Rey Supremo pudiera ser una persona tan amable.
Las historias hablaban de un poderoso guerrero que, aunque protector con su pueblo, era frío y despiadado.
—Cuando mi hija vino a decirme sobre ustedes —continuó el Jefe—, de inmediato supe que tenía que ser usted.
Los Cuidadores de Tumbas somos también lo Guardas de la Historia del Mundo Oscuro.
Por generaciones nuestro pueblo ha pasado los viejos mitos de padres a hijos, aunque el lenguaje se ha perdido.
Es así como sabemos sobre la historia del Príncipe Judai quien, llevando el título de Haou y con el poder de la Oscuridad Gentil, gobernó el Mundo Oscuro, antes de que recibiera ese nombre, y repelió a la Luz de la Destrucción.
Sabemos que El guardián que siempre lo acompañó era un monstruo llamado Yubel, quien según la historia era inmortal.
Cuando escuché sus nombres supe de inmediato que no podían ser nadie más.
El Rey ha regresado, como todos los espíritus del duelo esperábamos con ansias.
Judai guardó silencio.
No tenía idea de todas esas cosas.
Se sentí inútil.
Todos esperaban mucho de él.
¿Cómo podría ayudarlos si apenas estaba aprendiendo sobre su propio pasado y lo que significaba ser el heraldo de la Oscuridad Gentil?
—Ya llegara el momento —dijo Yubel intuyendo lo que pensaba—.
Por ahora sólo haz lo que creas correcto.
—Bien, entonces, hay que descifrar esos grabados para poder salir de aquí.
—Tal vez haya otra forma —dijo de pronto Sara—.
Hace un año, otro estudiante de la Academia terminó atrapado aquí.
Utilizando un amuleto de las sombras consiguió escapar, sin embargo, no fue capaz de reunir el suficiente poder para terminar con el sello de Amnael.
Judai la miró sorprendido por un momento, y luego cayó en cuenta de algo.
—¿No habías dicho que no sabías como volver?
Sara pareció avergonzada.
—Yo —dijo con titubeo—.
No creí que usted… es decir… yo… —¡Bien, no importa!
Usaremos ese amuleto —dijo Judai—.
Espero que tengas otro.
Sara asintió.
Extrajo un semicírculo de piedra que llevaba colgado con un lazo a su cuello y se lo pasó a Judai.
De inmediato sintió una descarga de poder en el momento que lo sostuvo en sus manos.
—Bien, reúnan a todos, nos vamos de aquí.
No pasó mucho tiempo antes de que todos los Cuidadores de Tumbas estuvieron reunidos alrededor de Judai.
Este se colocó el amuleto en el cuello y luego lo sostuvo con sus manos, de la forma que Yubel le indicó, para posteriormente usar el poder de la Oscuridad Gentil.
—Su Majestad, Haou —lo llamó Sara antes de partir—, tal vez se encuentre con aquel estudiante, si es así, agradézcale por mí.
Su nombre era Fubuki Tenjouin.
Judai se sorprendió ante esto.
Yubel frunció el ceño con sospecha.
Tenía otro motivo más para vigilar a Fubuki.
Finalmente, el momento llegó.
Judai concentró su poder.
Una serie de ondas de energía oscura emergieron del amuleto rodeando a todos los presentes.
El poder era tal que Judai, por un momento, pensó que no podría mantenerse de pie.
Finalmente, con los ojos cerrados, escuchó como si un cristal se rompiera; luego, perdió la conciencia.
– GX – Cuando despertó estaba en la enfermería.
Se sentía muy agotado y con mucha hambre.
—¡Hermano!
—oyó la voz de Sho y rápidamente se incorporó, sólo para caer de nuevo sobre la almohada.
Se había levantado tan rápido que se provocó un mareo.
Escuchó a Jun, sentado en la cama de al lado junto a Sho, susurraba “idiota” en ese tono burlón que sólo puede usar un amigo.
—Joven Crawford, debe tener más cuidado —lo reprendió la profesora Ayukawa.
—Lo siento, profesora.
La mujer se limitó a negar con la cabeza resignada.
Ya le habían comentado como era Judai Crawford.
—Nos tenías preocupados, hermano —dijo Sho—.
Desapareciste de pronto.
Te buscamos por horas, y de pronto te encontramos en medio de las ruinas, desmayado.
Nos diste un gran susto.
—Creo que estuve demasiado tiempo bajo el sol —respondió Judai mientras sonreía nerviosamente.
Sho negó con la cabeza.
Típica respuesta de Judai.
—Por cierto, ¿de dónde salieron esas cartas?
—preguntó Jun.
Judai se volvió hacia la mesita de noche.
Allí descansaba un mazo entero.
A penas lo tomó supo lo que era: un mazo guardián de Tumbas.
Sonrió feliz, había conseguido sacarlos a todos de allí.
Pero, ahora había otra cosa que le preocupaba: las cartas estaban muy deterioradas, al grado de resultar inútiles en duelo.
—Están muy mal —dijo Sho triste por ver las cartas casi destruidas.
—Se las enviare a mi padre, tal vez él pueda restaurarlas —dijo Judai.
Se los debía.
Además, aún quería hablar sobre muchas cosas con el Jefe sobre la historia del Mundo Oscuro.
La enfermera dio de alta a Judai esa misma noche.
Regresó al dormitorio rojo donde tuvo una agradable cena con sus amigos.
Más tarde, cuando estuvo en su cama, mientras Sho y Hayato ya dormían, no pudo evitar pensar en lo que había pasado esa mañana en las ruinas.
Fubuki había estado allí, y él tenía la otra parte del Amuleto Oscuro.
Tal vez fuera momento de cuestionarle al respecto.
Esperaba que supiera algo, después de todo, sus recuerdos del último año y medio parecían ser muy vagos y a veces con grandes lagunas.
Según él, recordaba haber estado estudiando para los exámenes finales y después nada, hasta que se encontró en el mar sobre una balsa a medio construir aferrándose a la vida.
Se quedó dormido con el amuleto en la mano.
Yubel, flotando cerca de la litera, continuó mirando al objeto con sospecha.
Tenía que haber una conexión entre las ruinas, el amuleto, Fubuki y el tal Amnael.
Cuando la descifrara tendría una pista sobre lo estaba pasando realmente en la Academia.
Por otro lado, aún se devana la cabeza tratando de entender el significado oculto de aquellas palabras grabadas en el viejo idioma del Mundo Oscuro.
Tenía que ver con Haou, y tres supuestas armas que sólo él podía manejar.
La pregunta era, ¿qué eran y dónde estaban esas armas?
– GX – Daitokuji no sabía cómo calificar el viaje a las ruinas.
Estaba indeciso entre si había sido benéfico o no para sus planes.
Por un lado, no había encontrado una pista concreta de lo que buscaba en las ruinas.
Es decir, sabía dónde estaban las Armas de Haou, pero no como usar su poder.
Durante años había esperado que la respuesta se encontrara en ese sitio, y cada año, con cada nueva excursión, sus esperanzas disminuían.
Aunque, por otro lado, Judai había aprendido más sobre su pasado y ahora tenía una conexión con la vieja sabiduría detrás del poder de la Oscuridad Gentil.
Sólo esperaba que Fubuki fuera capaz de mantener su mascarada el tiempo suficiente.
—Un par de semanas más —se dijo—.
Pronto serpa momento de que se mueva el primer Asesino.
Una tos potente eligió ese momento para atacarlo.
Con manos temblorosas, el profesor sacó un pequeño frasco de pastillas de su bolsillo y se echó un par de píldoras en la boca.
Definitivamente, se estaba quedando sin tiempo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com