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Judai Crawford - Capítulo 2

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2: El reino de los duelistas 2: El reino de los duelistas La isla privada de la familia Crawford era uno de los lugares más emblemáticos para los duelistas de todo el mundo.

Fue allí en donde Yugi Muto obtuvo su título de Rey de los Duelistas.

También, el Duelo de Monstruos nació allí.

Pegasus había contado la historia en numerosas entrevistas: cómo pasó meses aislado del mundo en su castillo, creando las bases de Magic & Wizards, el juego que, con el tiempo, evolucionó al Duelo de Monstruos.

Por estos motivos, la isla —llamada Reino de los Duelistas en memoria del legendario torneo que albergó— se convirtió en la Meca de los duelistas del mundo.

Judai tuvo el primer vistazo a la isla mientras el helicóptero de su padre se preparaba para aterrizar.

Era muy grande.

Sobre todo, si se considera que era el hogar de tan solo dos personas y sus empleados.

Tenía una playa, un puerto, pastizales, huertos, invernaderos, un frondoso bosque e incluso una zona montañosa.

Todo el paisaje era dominado por el espectacular castillo europeo en la cima de un acantilado.

El helicóptero aterrizó en un pequeño helipuerto ubicado en un claro del bosque, el cual se conectaba con el castillo a través de un camino de adoquines.

Los empleados que habitaban la isla ya estaban allí para recibirlos.

Una mujer de edad avanzada, posiblemente en sus sesenta años, dio un paso al frente en cuanto Pegasus descendió de la aeronave.

—¡Bienvenidos!

—los saludó—.

Esperamos que haya tenido un viaje tranquilo.

—Algo cansados por volar desde Japón —respondió Pegasus tratando de mantener su usual tono jovial—, pero nada que una noche de sueño no arregle.

Judai esperó hasta el último momento para descender del helicóptero.

Iba vestido con un pantalón de mezclilla negra y una chaqueta de cuero a juego.

Su expresión estaba un poco apagada, aunque se esforzó por sonreírles a las personas allí reunidas.

Fue una sonrisa débil y vacilante.

—Y tú, pequeño, debes de ser el señorito Judai —lo reconoció la mujer mayor con tono maternal, mientras le revolvía el cabello.

Judai bajó un poco la cabeza.

Ese gesto de la anciana le hizo recordar a su madre, ya que ella hacía lo mismo todos los días cuando iba a recogerlo a casa de Osamu tras un largo día en el trabajo.

Quizá intuyendo los pensamientos de Judai, la anciana le sonrió con dulzura y apartó la mano.

Todos en la isla sabían las circunstancias que llevaron a su jefe a adoptar al pequeño.

Por ese motivo, estaban dispuestos a hacer lo necesario para ayudar al niño a recuperarse.

Igual que en su momento lo hicieron para ayudar a su joven maestro cuando sus padres y, más tarde, la señora Cyndia murieron.

Una vez concluidos los saludos de rigor, la mayoría de los empleados se retiraron para continuar con sus labores diarias.

Quedando solamente Pegasus, Judai, Crocketts y la señora Mary, la anciana ama de llaves que los había saludado antes.

Ella se dedicó a informar a Pegasus de los acontecimientos ocurridos en la isla durante su ausencia.

Pegasus decidió tomar el camino largo hacia el castillo para que Judai pudiera conocer un poco más de la isla.

Además, siempre le apetecía estirar las piernas tras un viaje en helicóptero.

Durante el camino, Judai se distrajo mirando a su alrededor.

Pegasus casi no escuchaba lo que su ama de llaves le decía, pues estaba más ocupado vigilando a su hijo.

Se sintió satisfecho cuando vio el brillo de curiosidad propio de los niños aparecer reflejado en sus ojos.

Esto le hizo preguntarse en qué podría estar pensando el niño.

¿Acaso imaginaba cómo se sintió estar allí durante el torneo del Reino de los Duelistas?

¿Estaba tratando de descifrar si Yugi Muto había caminado por ese mismo lugar?

Una exclamación de sorpresa escapó de los labios de Judai cuando llegaron al pie del castillo.

¡Era enorme!

A pesar del cansancio, el niño parecía querer subir la escalinata de dos a dos peldaños.

Su emoción solo creció cuando se encontraron ante las enormes puertas de madera sólida del castillo.

—¿Quieres escuchar una historia, pequeño Judai?

—le preguntó Pegasus mientras esperaban a que les abrieran las puertas—.

El segundo duelo del chico Yugi contra el chico Kaiba fue en este mismo lugar.

No es una historia que sea de conocimiento público, ya que, en cierto sentido, fue algo extraoficial.

Sin embargo, puedo decir algo: fue uno de los duelos más emocionantes que haya presenciado.

Por supuesto, Pegasus se ahorró los detalles más oscuros de aquel encuentro.

Como el hecho de que Kaiba se jugó el destino del alma de su hermano menor en ese enfrentamiento, al grado de que estaba preparado para morir de ser necesario.

O que el alma del Faraón que habitaba dentro del Puzzle Milenario estuvo a punto de matarlo.

No quería arruinar el asombro infantil de Judai con esas historias siniestras.

Era mejor que se imaginara aquel encuentro como algo honorable.

No cómo lo fue en realidad: una batalla desesperada en que dos niños se jugaron el destino de las almas de sus seres queridos.

El salón principal del castillo era una habitación amplia y ostentosa.

Tenía un piso de azulejos blancos.

Frente a las puertas, una escalera imperial llevaba a la siguiente planta.

El techo del salón era una cúpula de cristal con un candelabro de araña que colgaba desde el centro.

En las paredes había retratos de miembros de la familia Crawford, destacando varios de la difunta esposa de Pegasus.

Guiaron a Judai por una puerta corrediza a la derecha del salón.

Se encontraron en un comedor.

Era una habitación alta, con una mesa para al menos veinte personas.

Sobre esta, colgaban dos candelabros de araña de color dorado.

Detrás de la silla principal, los últimos rayos del sol de la tarde iluminaban los vidrios de colores de un espectacular vitral.

En él se representaba el arte de la carta «Mundo Toon».

Del libro abierto, salían algunos de los monstruos más famosos del juego en sus versiones toon.

Pegasus se sentó en la silla principal y le indicó a su hijo que se sentara a su derecha.

Mientras esperaban que la cena se sirviera, la señora Mary terminó de poner al día a su jefe sobre los asuntos de la isla.

Judai, por su parte, miraba emocionado el vitral y las demás decoraciones de la habitación.

Todas ellas, pinturas, jarrones, hasta los intrincados bordados de las alfombras, tenían arte inspirado por las cartas del Duelo de Monstruos.

Pegasus notó que el niño estaba mirando un retrato que representaba al Elfo Géminis con mucha atención.

—Todos los retratos de monstruos son los óleos originales —le explicó Pegasus soltó una pequeña carcajada, emocionado de ver los ojos de su hijo iluminarse con el asombro inocente de los niños.

La cena transcurrió en más silencio de lo que esperaba, considerando que había un niño allí.

Incluso así, fue mucho más agradable que el banquete que tuvo lugar en esa misma habitación la noche antes de las finales.

Esto volvió a causarle una punzada de culpa.

Por su arrogancia y ambición, hizo que esa celebración fuera para aquellos niños un momento de tensión desagradable.

Al terminar la cena, Pegasus llevó a Judai a la que sería su habitación cuando estuvieran en la isla.

Era una pieza amplia, pintada con diversos tonos de azul.

Contaba con dos enormes ventanales.

Desde ellos se tenía una vista privilegiada del bosque y la playa.

La habitación contaba además con una chimenea para las noches frías.

El dormitorio estaba amueblado con una cama de doseles de color azul marino.

Había una mesita de noche a cada lado de la cama, y una lámpara sobre cada una de ellas.

Por supuesto, estaba equipada con los aparatos electrónicos básicos para un niño de su edad: un radiodespertador, un televisor de buen tamaño y un reproductor VHS —incluyendo una amplia selección de películas infantiles y vídeos educativos—.

El resto del mobiliario se componía de un armario empotrado, un escritorio y un librero.

Por supuesto, la pieza tenía su propio baño adjunto.

En resumen, era como una de esas lujosas habitaciones europeas que Judai solo conocía por los cuentos de hadas y la televisión.

De hecho, todo el castillo se sentía así.

Hasta cierto punto, lo era.

—Buenas noches, hijo —se despidió el hombre, dejando a Judai para que se acostumbrara a su propia habitación.

El niño notó que sus maletas ya estaban allí, colocadas sobre su cama en espera de que empezara a desempacar.

Nadie iba a hacerlo por él.

Esa era la regla principal en el castillo: cada uno era responsable por mantener su propia habitación limpia y ordenada, incluso cuando había muchos empleados.

Era una cuestión de disciplina y responsabilidad.

El niño abrió la maleta más grande para buscar su pijama azul con motivos de nubes.

Se quedó un momento de pie, paralizado con la vista fija en el conjunto de ropa, como si pensara que en cualquier momento iba a desaparecer de sus manos.

Yubel apareció junto a él, y pasó su mano invisible por sus cabellos, lo cual Judai sintió como una brisa.

El espíritu entendía por qué actuaba así.

Ese pijama fue el último regalo de Navidad que le hicieron sus padres y, también, el último obsequio que le dieron en vida.

Judai sacudió la cabeza e hipó un par de veces, antes de dejar el pijama sobre la cama y dirigirse al baño.

Se lavó la cara con abundante agua.

Permaneció un largo rato allí, viendo su reflejo en el espejo.

Finalmente, tras casi quince minutos, terminó de lavarse los dientes para volver a la habitación principal y ponerse su ropa de cama.

Cuando Judai atravesó la puerta del baño, se encontró a Yubel flotando sobre la cama de tal forma que parecía estar sentado sobre ella.

El niño sintió la mirada del espíritu sobre él todo el tiempo, mientras desempacaba su ropa para guardarla en los armarios… Hasta que encontró su álbum fotográfico.

Judai se sentó en la cama y se dedicó un largo rato a pasar las hojas del libro.

Se detenía en cada una de las fotografías en las que estaban sus padres.

—¿Crees que ellos…?

—trató de preguntar luego de un rato.

Un sollozo le impidió continuar.

Judai no entendía cómo funcionaba la muerte.

Todos decían que las personas, cuando eran buenas, terminaban en un mejor lugar.

Pero, ¿y si todos estaban equivocados?

¿Y si sus padres estaban sufriendo?

¿Quedaba realmente algo de ellos?

—Estoy seguro de que, estén donde estén, siempre estarán contigo —le respondió Yubel.

Judai asintió lentamente.

De verdad, quería creer en lo que Yubel le decía: que las personas nunca nos dejaban; sin embargo… Dejó el álbum fotográfico sobre la mesita junto a la cama, se metió entre las sábanas, apagó las luces y, sin decir nada más, se quedó dormido.

Yubel permaneció un largo rato vigilando el sueño de su amado.

Sí, había un mundo de los muertos.

Los humanos, como los padres de Judai, iban allí tras morir.

Sin embargo, esa otra vida —dónde sea que estuviera— no era un sitio que Judai llegaría a conocer.

Ser el heraldo de la Oscuridad Gentil significaba siempre seguir adelante, una vida detrás de otra, en su interminable guerra contra la Luz de la Destrucción.

– GX – La tranquilidad que Pegasus experimentó por al fin estar en casa se esfumó en el momento en que contestó el teléfono.

Se trataba del inspector Marufuji.

El motivo de su llamada era informarle los avances en la investigación del «accidente» de la familia Yuki.

Una vez colgó el teléfono, Pegasus se recargó en su silla con una expresión de cansancio en el rostro.

Tenía mucho que reflexionar con respecto a lo que acababa de escuchar.

Allí, en la seguridad de su oficina, Pegasus se permitió expresar lo mucho que le preocupaba la situación de Judai.

Al parecer, esa noche no tendría el sueño reparador que esperaba.

La llamada telefónica del inspector Marufuji, trajo de nuevo a su mente el presentimiento que lo llevó a buscar el paradero de Judai y, finalmente, a adoptarlo.

En su llamada, el inspector le confirmó que el culpable ya había sido encontrado y en esos momentos estaba bajo custodia policíaca.

Todas las evidencias apuntaban a que el «accidente» no fue tal, y la confesión del responsable terminó por confirmarlo.

Sin embargo, las razones detrás de aquel atentado resultaron ser algo mucho más siniestro que las acciones de un psicópata común.

El atentado fue perpetrado por un fanático religioso.

El responsable, un joven de diecisiete años que vivía en uno de los edificios junto al de la familia Yuki.

¿Lo peor?

En un primer momento, no iba a ser procesado, ya que sus abogados consiguieron que un psiquiatra declarara que su estado mental era inadecuado para enfrentar un juicio.

Sin otra opción, el juez ordenó que fuera ingresado cuanto antes en un hospital psiquiátrico.

De todo eso hacía ya un mes.

El inspector Marufuji no dejó de disculparse durante toda la conversación.

Consideraba inaceptable que nadie hubiera tenido la previsión de avisarle antes sobre todo eso.

Lo más preocupante era que, de alguna forma, el joven se las arregló para escapar del hospital.

No obstante, su intención no fue la de huir de la justicia, sino que su único objetivo parecía ser terminar el trabajo.

Con esa «misión» (sus propias palabras), se dirigió directamente al Orfanato de Ciudad Domino.

Dado que la adopción de Judai no fue hecha pública, el joven no sabía que el niño ya no se encontraba más en ese lugar.

En cuanto se enteró, entró en cólera, descargando su furia contra los inocentes habitantes de la institución.

La señora Kira resultó herida de gravedad al proteger a los niños.

La investigación posteriormente destapó algo peor: el responsable consiguió escapar del hospital ayudado por una enfermera y un médico.

Esos mismos cómplices le informaron que Judai había sido trasladado al Orfanato de Ciudad Domino.

Además, le proveyeron de los medios necesarios para que se dirigiera hasta allí.

En el interrogatorio posterior, cuando se cuestionó al responsable por sus acciones, el hombre, demostrando su fanatismo, respondió: —¡Es mi misión divina!

La misión que la Gloriosa Luz me ha encargado.

¡Destruir al heraldo de la Oscuridad!

Por supuesto, el juez ordenó su internamiento en un hospital-prisión de alta seguridad.

Ahora estaba en espera de una evaluación más rigurosa, que determinaría si en verdad no era apto para enfrentar un juicio.

Con respecto a los cómplices que lo ayudaron a escapar del hospital, la policía todavía investigaba si alguien les pagó o si se trataban de miembros de la misma secta.

—Hay algo más… —se dijo Pegasus, mientras reflexionaba sobre esta nueva información.

Tras escuchar el informe del inspector Marufuji, Pegasus entendió un poco más el porqué de su presentimiento de que era de vital importancia ayudar a ese niño.

No obstante, aún quedaban algunas cosas por aclarar.

Sin ir más lejos, todavía era necesario descubrir cuál era la conexión entre Judai y el mundo místico detrás del Duelo de Monstruos.

Empezando por el hecho de que Judai era capaz de ver a los espíritus de duelo.

– GX – Los primeros meses que Judai pasó en el Reino de los Duelistas fueron hasta cierto punto aburridos.

Siendo él el único niño en la isla, era algo de esperarse.

Debido a esto, durante esas semanas pasó mucho tiempo conversando con Yubel y conociendo a los espíritus de duelo de sus nuevas cartas.

Algunas veces, cuando su padre tenía tiempo, practicaban duelo en la arena del castillo.

Aun cuando Judai siempre perdía, Pegasus lo instaba a experimentar diversas estrategias en busca de la fórmula que, finalmente, venciera a sus monstruos toon.

Durante ese tiempo, el hombre le mostró al niño la «tradición sagrada» de su país: ver los dibujos animados del sábado por la mañana.

Los cortos favoritos de Judai eran los de El Coyote y el Correcaminos, ya que no se requería saber inglés para entenderlos.

No es que Judai no estuviera haciendo un esfuerzo para aprender el idioma materno de su padre adoptivo.

Cuando Judai no estaba ocupado con esas actividades, pasaba el día pescando en el lago, en el riachuelo o en los muelles.

Sin embargo, conforme el otoño avanzaba, el clima de la isla se hacía cada vez más frío, por lo que ya no le permitían pasar tanto tiempo afuera.

Ya habría tiempo para pescar y nadar de nuevo cuando el verano regresará.

A comienzos de noviembre, Pegasus por fin encontró un profesor privado dispuesto a mudarse a la isla.

Una vez que su nuevo maestro se instaló en el Reino de los Duelistas, Judai comenzó a tomar clases las mañanas de lunes a viernes.

El profesor Daitokuji era un hombre de veintitrés años que siempre tenía una sonrisa afable en su rostro.

Como profesor era agradable y atento.

Se esforzaba por escuchar a su estudiante y, pese a la cultura de trabajo duro de los profesores japoneses, sabía alentar a Judai a dar su mejor esfuerzo sin presionarlo demasiado.

En general, según dejaba ver su expediente del jardín de niños, Judai no era el mejor de los estudiantes.

Pero eso había sido antes.

Parecía estar decidido a esforzarse por convertirse en un estudiante apropiado; era lo menos que podía hacer para corresponder a la amabilidad de Pegasus y del profesor Daitokuji.

Por supuesto, el profesor también ayudó en lo que pudo para que se convirtiera en un mejor duelista.

Incluso cuando aseguraba no ser un duelista muy hábil, la realidad es que, de acuerdo con Pegasus, sus habilidades eran las suficientes para, de haber querido, ser un profesional de un rango aceptable.

A pesar de todo lo anterior, Yubel parecía no sentir mucho aprecio por el profesor Daitokuji.

Cuando el niño lo cuestionó sobre sus motivos, el espíritu se limitó a encogerse de hombros, sin poder especificar el motivo exacto del porqué de esa desconfianza.

Es un simple presentimiento, respondió tras mucha insistencia de su protegido.

La realidad era que Yubel no era precisamente alguien que confiara en muchas personas.

Si Judai fuera un poco mayor, notaría que la actitud del espíritu respecto a su seguridad muchas veces se acercaba a la paranoia.

Considerando que casi lo perdió en un accidente, esa actitud era comprensible hasta cierto punto.

Volviendo al tema de la educación de Judai, tomaba todas sus clases —salvo educación física— en la biblioteca del castillo.

Se trataba de una enorme habitación de tres plantas ubicada en el ala este.

En sus estantes se apretujaban miles de volúmenes de todos colores y tamaños.

Eran tantos que él se preguntaba si alguna vez alguien los había leído todos.

De esta manera, quedó establecida la rutina diaria que Judai llevaría durante sus años de escolaridad primaria.

– GX – Judai miró a Yubel con curiosidad.

El espíritu llevaba un rato sumido en sus pensamientos.

Algo que era cada vez más común desde que el profesor Daitokuji había llegado al Reino de los Duelistas.

Fue la tarde de un sábado.

Estaban en la habitación de Judai, donde el niño intentaba concentrarse en terminar las tareas que el profesor le había dejado para el fin de semana.

Algo que no podía hacer, dado que estaba más ocupado en vigilar a su amigo espiritual que en sus cuadernos y libros de texto.

—¿Estás bien?

—preguntó finalmente.

—No es nada —le respondió el espíritu.

Claramente, Judai no le creyó, así que, tras suspirar, agregó—: Se trata de lo mismo de antes.

—El profesor Daitokuji es un buen tipo —insistió Judai.

Yubel miró a su amado durante un momento.

En general, Judai era un buen juez de carácter, pero eso no quería decir que no debían ser cautelosos con respecto a todas esas nuevas personas en sus vidas.

No podía permitirse ser descuidado de nuevo.

La última vez les costó muy caro.

Meses atrás, cuando ocurrió aquel terrible suceso que dejó huérfano a Judai, Yubel tuvo un mal presentimiento que, por algún motivo, decidió ignorar.

No siguió sus instintos, y las consecuencias estuvieron a punto de ser las peores.

Cuando finalmente se dio cuenta del peligro de muerte inminente, su prioridad fue proteger a Judai a cómo diera lugar.

Debido al poco tiempo que tuvo para reaccionar, lo único que pudo hacer fue alargar la vida de su protegido el tiempo suficiente para que los humanos llegaran allí.

Si hubiera estado un poco más atento a las señales, tal vez habría podido proteger al matrimonio Yuki.

No es que ellos le importaran, pero habían sido los padres de Judai en esta vida.

Yubel habría hecho cualquier cosa para evitarle a su amado sufrir el dolor que le significó perderlos de ese modo.

El espíritu regresó al presente y se concentró de nuevo en Judai, quien todavía lo miraba con el entrecejo fruncido, casi como tratando de descifrar lo que pasaba por su cabeza.

Ante esto, Yubel sonrió.

—No es algo de lo que debas preocuparte —dijo, tratando de tranquilizar a su amado—.

Yo me ocuparé de resolver lo que sea que esté mal.

Judai asintió lentamente, no muy convencido, y trató de concentrarse una vez más en las operaciones matemáticas de su libro de ejercicios.

No pasaron más de cinco minutos antes de que volviera a distraerse.

—Yubel, hay algo que no me quieres decir.

La acusación tomó por sorpresa al espíritu.

Miró a Judai como disculpándose, ya que de momento no podía contarle todo… Al menos hasta que hubiera descartado si su presentimiento era o no algo infundado.

—No es nada de lo que debas preocuparte —le insistió.

Judai negó con la cabeza, al tiempo que dejaba su lápiz en el escritorio junto a su cuaderno.

—No es sobre tus sospechas con respecto al profesor Daitokuji.

—Se mordió el labio inferior, tratando de encontrar la forma de continuar.

Respiró profundamente, y luego dijo lo que había estado pasando por su mente durante la última hora—: A veces creo que me ocultas cosas muy importantes.

—Hay muchas cosas que aún tengo que enseñarte —admitió Yubel—.

Y eso incluye muchas otras que no estás listo para escuchar.

—Entiendo: es una de esas cosas que no podrás decirme hasta que sea mayor.

A pesar de que parecía entenderlo, Judai infló los cachetes en un gesto de molestia.

Yubel consideró ese gesto muy tierno.

Le recordó que todavía era un niño.

A veces le gustaría que pudiera conservar esa inocencia por siempre.

—Los adultos siempre hacen eso —se quejó—.

Pensaba que tú eras diferente.

Yubel se sintió un poco lastimado por esas palabras.

Se esforzó por ocultarlo, miró a Judai a los ojos y le explicó sus razones: —Tengo que hacerlo hasta que estés listo y tengas la fuerza para hacer uso de ese conocimiento.

Todo lo que puedo hacer por ahora es ayudarte y protegerte hasta que llegue el momento en que debas afrontar tu destino.

Judai lo miró intensamente, pretendiendo estar molesto con él, pensando que, tal vez así, le diría algo más.

No obstante, al poco rato, se rindió.

Soltó un suspiro y trató de concentrarse otra vez en su tarea… Solamente para desistir de nuevo a los pocos minutos.

—Yubel… —volvió a hablar—, el señor Pega… papá —tartamudeó.

Aún le costaba llamar «papá» a Pegasus, pero se estaba esforzando para acostumbrarse.

Sentía que era lo mínimo que podía hacer, ya que le debía mucho al hombre que lo había ayudado después de… de eso—.

Él me dijo algo sobre… sobre el accidente.

Yubel lo miró con tristeza.

Sabía lo duro que era para él hablar sobre el accidente.

Las gruesas lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos mientras trataba de hablar; eran la mayor prueba de que era así.

—Dijo que… que alguien había causado el accidente.

Un sollozo escapó de sus labios y su pequeño cuerpo comenzó a temblar.

Yubel deseó tener un cuerpo físico para poder abrazar a su amado.

Por desgracia, lo único que podía hacer por él era tratar de transmitirle su apoyo mediante su mirada.

—Un chico, una especie de fanático o algo así, mató a mis padres.

Y podría volver por mí.

Judai rompió en llanto.

Yubel se quedó en shock tras escuchar las palabras de su protegido.

¿Una especie de fanático?

No había duda, tenía que ser algo relacionado con la Luz de la Destrucción.

Los humanos eran propensos a construir cultos a su alrededor.

No es que la Luz hiciera algo para impedirlo.

Para ella era más fácil controlar a los humanos, y a algunos espíritus, de esa manera.

—¿Es mi culpa?

—preguntó Judai—.

¡Fue mi culpa que ellos…!

—¡No…!

—respondió Yubel de inmediato—.

¡Jamás pienses eso!

No es tu culpa, es de la Luz, solo de la Luz… Algún día vamos a vencerla y tendrás justicia.

¡Lo juro!

La tarea de Judai quedó olvidada.

Yubel guio a un niño desconsolado a la cama y se quedó a su lado, gastando la energía de duelo que tenía para, al menos, poder tocar su cabello, aunque se sintiera como el mero eco de una brisa.

Pasó su mano por entre sus mechones en un gesto tranquilizador hasta que se quedó dormido.

Al cabo de un rato, Yubel escuchó la voz de Pegasus llamando desde el pasillo.

Lo más probable era que viniera a saber por qué su hijo no había bajado a cenar.

El hombre llamó un par de veces a la puerta, pero, al no recibir respuesta, decidió entrar.

Encontró a su hijo sumido en un sueño intranquilo, con la respiración agitada como si estuviera teniendo pesadillas.

Se acercó a la cama y, con sumo cuidado, arropó al niño para luego sentarse junto a él.

Permaneció allí hasta que Judai se tranquilizó y se quedó profundamente dormido.

Yubel observó esto a distancia, sin saber qué pensar respecto a Pegasus Crawford.

El hombre en verdad parecía querer a su Judai.

Entonces, ¿por qué le contó lo sucedido con sus padres?

Cualquier otro adulto habría callado algo como eso, al menos hasta que el niño fuera mayor y pudiera lidiar con una verdad así.

Tras meditarlo un poco, llegó a la conclusión de que la intención del hombre podría ser la de mantener al niño, su hijo, sobre aviso.

Si los humanos habían descubierto que alguien estaba tras de él, era lógico que le hicieran alguna advertencia para que tuviera cuidado.

¿Verdad?

Pegasus miró por última vez a su hijo para asegurarse de que la pesadilla no había regresado.

Una vez estuvo seguro de que era así, se levantó, apagó las luces y se dirigió hacia la puerta.

Antes de cerrarla por completo, miró hacia el rincón de la habitación desde el cual Yubel vigilaba la escena.

—Te lo encargo —dijo en voz baja.

Mientras los pasos del hombre se alejaban por el pasillo, un sorprendido espíritu de duelo se quedó mirando la puerta con perplejidad.

¡Él podía verlo!

—Era de esperarse, no por nada él es el creador del Duelo de Monstruos —se dijo a sí mismo tras meditarlo un rato.

Con ese pensamiento final, regresó a su deber de vigilar el sueño de Judai.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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