Judai Crawford - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Gorz el Emisario de la Oscuridad
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3: Gorz el Emisario de la Oscuridad 3: Gorz el Emisario de la Oscuridad Cuando el lunes llegó, la conversación con respecto a las sospechas de Yubel y la confesión de Pegasus a Judai, parecía estar olvidada.
Ninguno de los dos tenía ánimos o deseaba ahondar más en esos temas.
Como era su costumbre en esa y muchas otras vidas anteriores, Yubel era el encargado de despertar a Judai.
En especial los lunes, cuando él, fiel a su costumbre, no escuchaba la alarma de su despertador.
Luego de casi dos meses viviendo en el Reino de los Duelistas, se habían acostumbrado a su nueva rutina diaria.
Al despertarse, Judai tomaba una ducha rápida, luego iba a desayunar con su padre y el profesor Daitokuji.
Una vez terminado el desayuno, regresaba a su habitación para recoger su mochila.
Cuando el reloj marcaba las ocho y treinta de la mañana, Judai ya estaba en la biblioteca, listo para comenzar sus clases del día.
Ese lunes, luego de bañarse, Judai decidió que era un buen momento para tratar de que Yubel por fin se convenciera de que el profesor Daitokuji era de hecho un buen tipo.
Su plan, sin embargo, falló, dado que el espíritu permaneció en el interior de su carta todo el tiempo durante el desayuno y sus clases.
Y nada de lo que dijo logró convencerlo de salir, lo cual resultó frustrante para el niño.
Ya en sus clases, el profesor dedicó una hora al repaso de las tablas de multiplicar.
A las once de la mañana, pasaron a una larga lección de dos horas sobre historia universal.
Como ocurría cada vez que estudiaban a las civilizaciones antiguas, la clase terminó desviándose a una lección sobre mitología, un tema que claramente apasionaba más a ambos de los datos duros sobre la historia.
Esto último no era de extrañarse, pues el profesor Daitokuji entre sus muchos campos de estudio, incluía la arqueología, y estaba especializado en las representaciones mitológicas.
De hecho, antes de convertirse en su profesor, participó en las expediciones que Ilusiones Industriales realizaba por todo el mundo, buscando nuevas tabletas con monstruos para convertirlas en cartas.
—¡Por favor, Yubel, sal de allí!
—pidió Judai a la carta de su amigo durante el descanso para almorzar que tenía al mediodía—.
No es como si él pudiera verte.
No obtuvo una respuesta.
El niño resopló con disgusto, guardó la carta en su deckbox y emprendió el camino de regreso a la biblioteca.
Judai apenas si pudo concentrarse en el resto de sus clases.
Sus pensamientos giraban en torno a cómo convencer a Yubel de que le diera una oportunidad al profesor Daitokuji.
A las tres de la tarde, cuando finalmente quedó libre de sus lecciones por ese día, Judai se dirigió a toda prisa a su habitación.
Yubel le había prometido que esa tarde le mostraría un nuevo combo, lo cual había estado esperando con ansias.
Al menos eso haría que por fin su amigo saliera de su carta.
Cuando llegó a su habitación, despejó su escritorio sin mucha ceremonia para tener espacio y extender su deck frente a él.
Tuvo mucho cuidado para que quedara ordenado del mismo modo en que Yubel le enseñó: cuatro filas de diez cartas cada una, siguiendo el orden específico de Monstruos Normales, Monstruos de Efecto, Cartas de Magia y Cartas de Trampa.
Debajo de su Deck Principal, extendió su Deck de Fusiones, igualmente en filas de diez cartas.
Terminado de ordenar su mazo, abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó el álbum en el que guardaba las cartas de su «baúl».
Su carpeta era una de alta calidad de las usadas por profesionales.
El mismo Pegasus se lo había dado el día que lo adoptó como un regalo de cumpleaños atrasado.
Era un álbum de color rojo con el logo del juego grabado en la portada, una pequeña placa dorada con su nombre, y una contratapa adornada con la misma ilustración que tenían las cartas al reverso.
Lo mejor era que tenía un pequeño candado que se abría con su huella dactilar, de tal forma que sus cartas siempre estarían protegidas.
Judai no estaba acostumbrado a recibir regalos costosos como ese, menos aún cuando su cumpleaños había pasado varias semanas atrás.
Debido a esto, su primera reacción había sido rechazarlo.
—No tiene por qué hacerme un regalo de cumpleaños —le había dicho a Pegasus.
—Por el contrario —había respondido él—.
Es normal para un padre celebrar el cumpleaños de su hijo.
—Al ver cómo el rostro del niño se ensombrecía por la tristeza al escuchar eso, Pegasus había optado por otro enfoque en sus palabras—.
Al igual que tú, perdí a mi familia siendo joven.
Y más tarde, mi querida esposa, Cyndia, murió antes de que pudiéramos terminar de construir una vida juntos y formar una familia.
»Sé lo que es la soledad y el sentimiento devastador de la pérdida de quienes amas.
Es por eso por lo que me decidí a adoptarte como mi hijo.
Si me das una oportunidad, te prometo que ya no estarás solo.
Seremos una familia: juntos podremos continuar.
Judai abrazó con fuerza su álbum lleno de cartas HÉROE.
Recordó a aquella amable enfermera que le obsequió un mazo de inicio para que comenzara a reconstruir su colección.
Luego, el señor Pegasus… su padre, le dio las cartas restantes para completar su arquetipo favorito.
Todas esas cartas ahora eran su tesoro.
Yubel apareció a su lado, sonriendo con tristeza.
Habían sido unos meses muy difíciles para su amado, los cuales dejarían su huella a largo plazo.
A pesar de eso, veía con orgullo cómo Judai se recuperaba del dolor que la vida y sus enemigos le habían traído.
Sería una gran persona, un gran duelista y, sobre todo, alguien digno y fuerte para cargar con el honor y el peso de ser la encarnación de la Oscuridad Gentil, del título del rey supremo: Haou.
Luego de que Judai se limpió una lágrima que amenazaba con salir de sus ojos, colocó el álbum junto a las cartas de su Deck Principal.
Yubel se acercó a él para enseñarle el combo que le había prometido.
– GX – Algo que Judai aprendió pronto, fue que el castillo era más grande de lo que parecía a simple vista.
Debido a esto, aun cuando ya tenía poco más de seis meses viviendo en la isla, todavía no conseguía memorizar cada pasillo y a dónde conducían.
En especial aquellos que llevaban a las zonas no habitadas.
De hecho, esto último se debía a que no tenía permitido explorar esas zonas por su cuenta.
Según dijo su padre, esos lugares, sobre todo los sótanos del castillo, eran un laberinto en el cual era muy fácil perderse.
Por lo general, Judai trataba de ser un niño obediente a las normas.
Ese era uno de los muchos puntos en su lista de cosas que se prometió hacer, como agradecimiento a Pegasus por darle un nuevo hogar y una familia.
Pero, algunas veces, le era imposible contener su curiosidad.
En especial cuando estaba aburrido.
Así que decidió ir a explorar el castillo.
El resultado de eso: ahora estaba perdido en esos sótanos en los que se suponía no debía entrar jamás.
Ahora podía ver a qué se refería su padre respecto a que ese sitio era un laberinto: cada nuevo corredor era idéntico al anterior.
Ni siquiera había ventanas, muebles o cualquier clase de adorno que permitieran distinguir un pasillo de otro.
Pero ¿cómo es exactamente que terminó en esa situación?
Todo comenzó dos horas atrás.
Judai estaba caminando por la segunda planta en dirección a su habitación cuando encontró un pasaje secreto.
Al parecer, alguien se olvidó de cerrarlo.
Para él, eso fue como una invitación a una aventura.
Siguiendo a su curiosidad infantil, y a pesar de las advertencias de Yubel, decidió asomarse a ver a dónde llevaba.
Se encontró con unas escaleras que, en su imaginación infantil, parecían descender al mismo centro de la Tierra.
Cuando el espíritu finalmente consiguió hacer entrar algo de razón en esa cabeza dura de niño de siete años, Judai volvió sobre sus pasos, encontrando que el pasaje estaba cerrado y era imposible abrirlo desde dentro.
El guardián y otros espíritus intentaron atravesarlo para buscar ayuda, descubriendo que era imposible.
Los muros estaban cubiertos de antiguos jeroglíficos egipcios, los cuales, dedujo Yubel, funcionaban como conjuros para contener a los espíritus dentro de ese laberinto.
La desesperación de Judai creció al saber eso, y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas de frustración.
—Busquemos otra salida —sugirió el guardián.
Tal vez lo mejor habría sido esperar a que alguien se diera cuenta y fuera a abrir el pasaje; sin embargo, últimamente el sentido común de Yubel no parecía estar funcionando de la manera correcta.
Valiéndose de la poca iluminación que unos pequeños tragaluces le conferían al pasaje, comenzaron su descenso por las escaleras.
No obstante, conforme fueron avanzando, la luz se hizo cada vez más escasa hasta que quedaron atrapados en la oscuridad total.
Yubel, al ser un monstruo de atributo oscuridad, tuvo que guiar a un Judai prácticamente ciego.
Si el niño tuviera sus poderes despiertos, eso no habría sido un problema para él.
En las circunstancias actuales, su guardián debía hacer todo lo posible para que el niño se mantuviera calmado y no tropezara en la oscuridad.
La escalera los condujo hasta ese laberinto de pasillos que parecían no ir a ningún lado.
Tanto los muros, como el techo y el suelo bajo sus pies, estaban cubiertos con los mismos grabados que le impedían a Yubel salir de allí.
Yubel era un espíritu poderoso, era el guardián del Rey Supremo, así que el hecho de que esas inscripciones pudieran contener su poder era una prueba de cuán poderosa era esa magia.
Esto trajo una duda a la mente del espíritu: ¿por qué Pegasus necesitaba de algo como eso?
¿Qué estaba ocultando allí?
Estaba claro que el laberinto del sótano estaba diseñado para contener algo grande.
Algo que Pegasus tenía encerrado allí.
En la experiencia de Yubel, rara vez había buenas razones detrás de protecciones como esa.
Había más realidad en mitos como el laberinto de Creta de lo que los humanos creían.
Luego de varias horas, encontraron una impresionante cámara de piedra.
En el instante en que Judai puso un pie dentro de esa nueva habitación, las antorchas de los muros se encendieron como si fueran luces automáticas.
Yubel sintió la magia de los Juegos de lo Oscuro crepitando en el ambiente.
La atmósfera de ese lugar estaba tan cargada de magia, que para él fue como estar de regreso en el Mundo de los Monstruos de Duelo.
Judai se estremeció.
En el instante en que pisó la cámara, sintió como si una corriente eléctrica recorriera su cuerpo.
Miró confundido a su alrededor, buscando la causa de esa sensación.
Este sitio daba miedo.
Yubel también se dio cuenta y entrecerró los ojos con sospecha.
¿Acaso ese sitio era un punto de conexión entre el mundo de los humanos y el resto de las Doce Dimensiones?
Una pregunta para más tarde.
El espíritu le indicó a Judai que permaneciera en la puerta mientras revisaba la habitación.
Al explorar la cámara, descubrió que era una especie de estadio o arena de duelo antigua.
No había visto una como esa en miles de años.
Reconoció los grabados del suelo: antiguos símbolos mágicos diseñados para liberar el poder de los espíritus de duelo, y atarlos a la fuerza vital de sus invocadores humanos.
La prueba de esto era que el estadio estaba rodeado por las prisiones de piedra de una buena cantidad de monstruos.
¿Por qué estaba allí?
La respuesta era obvia: al parecer Pegasus sabía mucho más sobre el origen místico de «su juego» de lo que dejaba ver.
Estando allí, se convenció por completo de que el hecho de que ese hombre resucitara los rituales antiguos, así fuera en la forma de un juego de cartas moderno, no fue una coincidencia.
Pegasus posiblemente estuvo destinado a eso como parte de un designio divino.
La mayor prueba era el duelo en sí, algo que los espíritus más antiguos conocían como «El juego de los dioses».
Pero había una implicación más allá en todo esto: la existencia de esta nueva encarnación del Juego de los Dioses, al mismo tiempo que la reencarnación mortal de la Oscuridad Gentil, era la prueba clara de que la guerra contra la Luz de la Destrucción estaba próxima a reanudarse… En realidad, ya había comenzado.
Los padres de Judai fueron las primeras bajas de su lado, al menos que él conociera.
Yubel apartó esas ideas en su mente para concentrarse en el momento actual.
Necesitaba sacar a Judai de allí lo más pronto posible.
Un heraldo inexperto más una habitación llena de monstruos sellados con magia antigua, era como poner dinamita frente a un niño con fósforos… Un niño con fósforos muy travieso.
Por supuesto, cuando regresó a la puerta de la habitación descubrió que, para variar, Judai no lo había escuchado.
Lo encontró de pie frente a una de las prisiones de piedra.
—¡Tenemos que salir de aquí!
—le urgió Yubel, mientras se acercaba a dónde estaba y lo tomaba por el brazo derecho.
Judai no se movió.
Estaba como en trance viendo al monstruo sellado en la piedra.
El monstruo «representado» en ella era un hombre vestido con una armadura de aspecto oscuro y amenazante.
Yubel notó que era posiblemente uno de los monstruos más jóvenes en ese lugar, aunque eso no era garantía de que no fuera a atacarlos si despertaba.
Después de todo, era también uno de los monstruos más poderosos de cuantos había allí: un Nivel 7.
No cualquier monstruo Nivel 7, sino uno cuya existencia se debía a un motivo cercano a la razón de la existencia de Yubel.
Por supuesto, como si el universo se estuviera burlando de ellos, la criatura eligió ese momento para despertar.
El grabado comenzó a adquirir color, volviéndose mucho más nítido.
La armadura dejó de parecer un simple relieve grabado en la roca, transformándose en una aleación tan negra como el ébano.
Y la capa de tela a sus espaldas se tiñó de color rojo-sangre.
En cuestión de segundos, el monstruo comenzó a salir de su prisión de granito.
Primero una mano, luego la otra, seguido de la cabeza y los pies… Fue como ver a un fantasma saliendo de una pintura en una película de horror, solamente que esto era real: las afiladas espadas en sus manos eran capaces de hacer verdadero daño.
Espadas que ahora apuntaban de manera amenazante en dirección a Judai.
– GX – Pegasus dejó caer el pincel en el momento en que un escalofrío le recorrió la espalda, dejándole la piel como de gallina.
No había sentido el poder de los Juegos de lo Oscuro con tal intensidad en su castillo en años, no desde su duelo contra Yugi y el Faraón.
A eso se sumó un repentino presentimiento de que algo grande estaba suelto en algún lugar de la isla.
Tenía una idea de qué podía ser: un espíritu que de alguna forma consiguió el poder para escapar de su prisión y ahora estaba molesto por ser despertado.
Pegasus se levantó.
Sin perder tiempo, se apresuró hacia la habitación de Judai.
Sabía que su hijo era capaz de ver y hablar con los espíritus, incluso quizá más que eso.
Para él no había pasado desapercibida la manera en que Judai usaba ese don: con la naturalidad con la que una persona aprende a caminar.
A causa de esto, estaba completamente seguro de que el niño eventualmente sería capaz de invocarlos —invocarlos de verdad, no mediante un holograma— sin la necesidad de un canalizador mágico como lo eran los Objetos Milenarios.
Durante sus años de estudio sobre la magia detrás del Duelo de Monstruos, Pegasus aprendió que los egipcios no eran los únicos que habían conocido a estas «criaturas».
Muchos de los mitos de la humanidad, en realidad, hablaban de los diversos encuentros que las distintas civilizaciones antiguas tuvieron con estos seres: los que actualmente eran llamados «monstruos de duelo».
Incluso en la actualidad, cuando se hablaba de personas con el sexto sentido para ver fantasmas y otras apariciones, el noventa por ciento de las veces se referían a personas con dones similares a los de Judai.
Y los espíritus de duelo se sentían atraídos de manera casi irremediable hacia estos individuos.
Algo que no siempre terminaba bien.
Esa era la razón por la que se tenían leyendas de seres mitológicos, como las hadas, que secuestraban personas o intercambiaban a los bebés recién nacidos con sus propias crías.
Ese era uno de los motivos por los cuales le prohibió a Judai explorar por sí mismo el castillo: había demasiados artilugios infundidos en el poder de los Juegos de lo Oscuro como para que fuera seguro para él.
Aunque estaba buscando la forma de deshacerse de ellos, por desgracia era un proceso que tomaría un largo tiempo.
No podía simplemente arrojarlos al mundo y esperar que las cosas salieran bien.
Al llegar a la habitación de su hijo, sintió contraerse su estómago con el sabor amargo del miedo.
Estaba vacía.
Se obligó a sí mismo a concentrarse para no caer en la desesperación.
Su instinto le indicó el camino: seguir la presencia del monstruo.
Necesitaba llegar a tiempo.
– GX – Judai tropezó hacia atrás cuando Yubel lo empujó para sacarlo de la trayectoria de las espadas del otro monstruo.
Se quedó allí, aturdido, con la espalda contra el muro.
Estaba viendo como Yubel hacía lo posible para mantener la atención del enemigo lejos de él.
Debía admitir que su guardián era realmente hábil en el combate.
Por desgracia, su enemigo también lo era.
En otras circunstancias, Yubel habría escapado volando.
Pero ahora eso sería dejar a Judai a merced de tan poderosa criatura, lo cual nunca sería una opción para él.
Una vez recuperado de su aturdimiento, el primer instinto de Judai fue correr en socorro de su guardián.
Sin embargo, antes de que siquiera hubiera dado dos pasos, Burstinatrix se manifestó frente a él, bloqueando su camino.
—¡Tengo que ayudarlo!
—gritó Judai mientras se retorcía en los brazos del monstruo femenino.
—Yubel puede ocuparse de él —le aseguró Burstinatrix.
La realidad era que Yubel se estaba quedando sin fuerzas.
Los conjuros que protegían esa habitación estaban diseñados para debilitar a los monstruos de Nivel alto como él.
Bajo esas circunstancias, no había mucho que pudiera hacer más que esquivar los ataques de su enemigo.
Al menos no sin convertir eso en un auténtico Juego de lo Oscuro, para poder utilizar su efecto y devolver el daño a su enemigo.
Hacer eso, no obstante, sería poner la propia energía vital de Judai en riesgo debido al lazo que unía a un duelista con sus monstruos.
El niño todavía era muy joven para soportar el estrés que le causaría algo como eso.
Un segundo de distracción fue todo lo que su enemigo necesitó: Yubel resultó herido.
—¡Yubel!
—gritó Judai liberándose de Burstinatrix en el proceso.
La heroína notó que sus fuerzas también comenzaban a flaquear.
Aun así, se las arregló para sujetar a Judai una vez más… Únicamente para retroceder un segundo más tarde, empujado por una onda de choque.
La desesperación y el estrés acumulados en las últimas horas provocaron un estallido de poder bruto en el niño.
Lo único en lo que Judai podía pensar era en que por su culpa Yubel podía morir… al igual que sus padres, ¡y él no podía permitir eso!
Por un instante, pareció como si el tiempo avanzara más lento.
Yubel escuchó el grito de Judai, al mismo tiempo que el monstruo enemigo preparaba el siguiente golpe de su espada.
Pero, esta vez, la hoja no golpeó al guardián, sino que se enterró en el costado de su protegido.
Cuando el enemigo retiró su espada, Judai cayó en los brazos de Yubel.
El Dragón Guardián no pudo hacer más que mirar en conmoción a su amado, yacer en sus brazos con una herida potencialmente mortal.
Le había fallado a su amado una vez más.
Sin embargo, eso no fue todo: el monstruo enemigo alzó su espada, preparado para asestar un golpe más sobre el niño herido.
—No le harás más daño a Yubel—dijo Judai abriendo los ojos de improviso.
Yubel se paralizó.
Los ojos de su amado cambiaron: sus dos orbes color chocolate ahora brillaban con el color dorado del oro fundido.
—¿Judai?
—preguntó Yubel.
La herida del niño dejó de sangrar.
Judai se levantó.
Un aura de oscuridad pura envolvió su cuerpo.
—¿Haou?
—preguntó el espíritu entre conmocionado y dudoso.
Haou no respondió.
Sus ojos dorados se posaron en su atacante, el cual se había detenido conmocionado por la transformación de su objetivo.
—¡Gorz!
—la fría voz de Haou resonó en la habitación—.
¡Cómo te atreves a traicionarme!
Al oír esto, el monstruo dejó caer su espada.
Retrocedió unos pasos, su boca se abrió en un rictus de dolor.
Se llevó las manos a la cabeza y soltó un alarido.
Cayó sobre sus rodillas al verse despojado de toda la magia que había absorbido de la atmósfera de la habitación.
—¡Maestro Haou!
—gritó.
Arrojó su casco, dejando ver el horror en su rostro descubierto.
Quien estaba frente a él era el mismo rey ante quien había jurado lealtad, como uno de sus caballeros en la última guerra contra la Luz de la Destrucción.
Era el rey cuyo regreso había estado esperando, y no un enviado de sus enemigos para destruirlo mientras descansaba en su prisión de piedra.
El cuerpo del monstruo comenzó a desvanecerse, convirtiéndose en humo de color negro, como si estuviera siendo consumido por unas llamas invisibles.
Al mismo tiempo, ese humo comenzó a rodear a Haou, sanando la herida infligida por el espíritu de duelo.
Gorz, como penitencia por su crimen, entregó su propia energía vital para sanar al Rey Supremo.
Cuando el espíritu se consumió por completo, la mirada de Judai volvió a ser la suya propia: dos orbes con el color del chocolate.
Miró un par de veces a su alrededor, claramente confundido.
Sonrió al ver que Yubel estaba a salvo.
Incapaz de mantenerse más en pie, se desmayó en los brazos del Guardián.
– GX – Pegasus recorrió los pasillos lo más rápido que pudo.
Mientras más se acercaba al sitio en el que se sentía la presencia del espíritu, se fue haciendo obvio a qué parte del castillo se dirigía.
La energía provenía precisamente de uno de los lugares más peligrosos en toda la isla.
Cuando pensó en lo que podría estar esperándolo allí, la culpa comenzó a atormentarlo.
Si por su falta de sentido común su hijo resultaba herido, él… Pegasus se obligó a sí mismo a desechar esos pensamientos.
No le ayudaban en nada, lo único que importaba era encontrar a Judai y asegurarse de que estuviera a salvo.
Cada segundo era vital en una situación como aquella.
Cuando llegó a la puerta secreta que ocultaba el pasaje a la vieja arena de duelo ritual, se dio cuenta de que alguien había manipulado el mecanismo para hacer que no pudiera abrirse desde el otro lado.
Sin embargo, no se dio el tiempo para prestarle más atención al hecho: en esos momentos lo apremiante era asegurarse de poner a salvo a su hijo.
Cuanto más se acercaba al fondo de la escalera, la energía de duelo se hacía más pesada y asfixiante.
Sin el Ojo Milenario, le era más difícil resistir tal concentración de energía.
Aun así, se obligó a seguir.
Por suerte, había un pasaje que podía usar para llegar a la arena sin tener que atravesar el laberinto.
Pegasus jamás olvidaría lo que encontró allí.
Su hijo yacía en los brazos de Yubel, empapado en su propia sangre.
—¡Judai!
—llamó a su hijo con desesperación.
Corrió lo más rápido que pudo.
Arrebató a su hijo de los brazos de Yubel y lo abrazó con fuerza contra su pecho.
El espíritu lo observó con sorpresa, mientras, lentamente, volvía a hacerse intangible.
– GX – Judai se despertó en su habitación.
Todo el cuerpo le dolía, como en los días después del accidente que lo había dejado huérfano.
Giró su cabeza hacia la derecha.
Se encontró con su padre sentado junto a su cama.
Se veía cansado y mucho más viejo, como si hubiera envejecido diez años de golpe.
—Yo… —comenzó a decir Judai, pero esa simple acción lo hizo estremecerse de dolor.
—Está bien, Judai —dijo Pegasus intuyendo que su hijo quería disculparse—.
Necesitas descansar.
Pegasus tomó un paño húmedo y lo colocó en la frente del niño.
Todavía tenía un poco de fiebre.
Por fortuna, parecía que lo peor había pasado.
Por el resto de la noche, Judai se debatió entre la consciencia y la inconsciencia, sumido en un sueño febril.
Pegasus no se apartó de él un solo instante, mientras que su médico familiar salía y entraba de la habitación cada poco rato, para revisar los signos vitales del niño.
La noche del segundo día, el doctor le confirmó a Pegasus que el peligro había pasado, aunque lo más probable era que Judai tardaría poco más de una semana en poder salir de la cama.
Tras intercambiar unas últimas palabras con el hombre, Pegasus lo despidió y regresó a la habitación de su hijo.
Aprovechando que Judai dormía con tranquilidad, y que el peligro inmediato había pasado, sacó la carta de Yubel del deckbox de su hijo.
Era momento de obtener algunas respuestas.
Entró en su despacho, echó el seguro a la puerta y colocó la carta sobre su escritorio.
Luego se dirigió hacia un minibar ubicado en una esquina de la habitación.
Tras servirse una copa de su licor más potente, volvió a centrar su atención en la carta.
Yubel apareció flotando sobre el escritorio, con sus alas extendidas y los brazos cruzados sobre el pecho.
—Quiero saberlo todo —exigió Pegasus usando un tono duro y amenazante, pero sin ser capaz de eliminar del todo el deje de temor de su voz.
No a causa del monstruo, sino de las posibles respuestas que obtendría esa noche.
—No hay nada que saber —respondió Yubel, claramente molesto.
No le agradaba que ese humano se dirigiera así hacia él…
A pesar de lo que este hombre había hecho por su Judai.
—No creas que puedes engañarme —rebatió Pegasus, esta vez con un tono de voz mucho más controlado—.
Alguna vez poseí el Ojo Milenario.
Conozco el alcance de los llamados Juegos de lo Oscuro, e incluso he investigado cuánto he podido de la historia de tu mundo.
No te equivoques, no es una petición, es una exigencia.
¿Por qué ese monstruo de duelo atacó a mi hijo?
¿Por qué la muerte parece perseguirlo?
Yubel no dijo nada.
—Comprendo lo peligroso que es tu mundo —continuó Pegasus.
Bebió el licor en su vaso de un trago y luego se sirvió otro—.
Quiero ayudar a Judai, quiero mantenerlo a salvo, pero no puedo hacerlo sin saber a qué me enfrento.
La habitación se sumergió en un silencio tenso.
Yubel observó atentamente a Pegasus, analizando su idioma corporal.
Pegasus le devolvió la mirada, demostrándole que no tenía nada que ocultar y a la vez convirtiendo eso en una batalla de voluntades.
Finalmente, el espíritu suspiró y, tras una larga pausa, le contó lo necesario para que entendiera la importancia de Judai en el gran esquema del universo.
Yubel decidió que confiaría en Pegasus, al menos por ahora.
Sin embargo, también se aseguraría de que se deshiciera de todo objeto cargado con magia que guardara en ese castillo.
Al menos mientras Judai no tuviera la experiencia para manejar su poder… Poder que debía enseñarle a controlar más pronto de lo esperado debido al incidente de dos días atrás.
Las memorias de su vida pasada no debían de haber despertado.
Se suponía que solamente eran un eco del pasado cuya existencia era un seguro para mostrarle lo que debía hacer.
«Sin embargo», le recordó una molesta voz en su cabeza, «ya le has fallado dos veces».
Tal vez esas memorias adquirieron una conciencia propia debido a sus fallas.
Después de todo, casi lo había perdido… dos veces.
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