Judai Crawford - Capítulo 4
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Capítulo 4: La familia Manjoume
En opinión de Judai, las fiestas de la alta sociedad eran muy aburridas. Y eso también incluía a las fiestas infantiles. Parecía haber un consenso entre las familias más acaudaladas del mundo: los niños debían ser más como versiones en miniatura de un adulto, que como, bueno, niños. Debido a esto, incluso la fiesta de cumpleaños de un chico de su edad —el cumpleañero tan solo era un mes mayor que él y esa era la fiesta de su noveno cumpleaños— se convirtió en una reunión aburrida, cuya única diferencia con una fiesta de adultos, era que reemplazaron el alcohol con jugo y ponche de frutas.
Judai no conocía al cumpleañero personalmente, pero su padre había insistido en que era crucial que tuviera contactos con la familia Manjoume. Según le explicó Pegasus, Jun era el tercer hijo de uno de los dueños de la importadora de cartas más importante de Japón. Empresa que además era el más grande competidor de la Corporación Kaiba en telecomunicaciones. En consecuencia, tener una buena relación entre ambas familias, los Crawford y los Manjoume, era una «carta» que podría ser jugada en su beneficio en el futuro.
La alta sociedad era así: como un duelo en el que había que estar alerta, actuar con estrategia y siempre asegurarse de tener una jugada lista para cualquier imprevisto. En ese contexto, las alianzas con las familias más influyentes eran como tener una mano llena de cartas útiles y poderosas.
Judai tomó un vaso de zumo de naranja antes de echar un vistazo al salón de fiestas de la Mansión Manjoume. Había un grupo de niñas en una mesa, cerca del centro del salón. Todas ellas llevaban vestidos de gala en miniatura, se reían y cuchicheaban en voz baja. En general, Judai no tenía interés en las niñas… Salvo que fueran duelistas, como esa chica, Asuka Tenjouin. Una niña de su edad que lo hizo sudar en el último regional de Ciudad Domino, al cual asistió como invitado.
Además de los meseros que iban y venían llevando bandejas con comida y bebida a todas partes, había un pequeño grupo de adultos esparcidos por el salón. Aunque la mayoría de los invitados adultos se habían retirado a otra parte de la casa para hablar de negocios y otras cosas aburridas.
Judai casi había terminado su zumo de naranja y estaba por ir a buscar otro, cuando dos chicos se acercaron a él. Eran adolescentes, quizá entre catorce y dieciséis años. Vestían con trajes costosos y llevaban las cabelleras en un estilo elegante y pulcro, sin un solo cabello fuera de lugar. Claramente, eran los típicos adolescentes esnobs con los que se había encontrado cada vez más durante los últimos dos años.
—Tú debes ser Judai Crawford —le habló uno de ellos.
—Sí, soy yo, ¿en qué puedo ayudarles? —respondió Judai, mientras recordaba las lecciones de modales que había recibido de la señora Mary y de su padre, esbozando esa sonrisa que sus tutores llamaban «de relaciones públicas».
El mayor de los dos chicos correspondió con su propia sonrisa a juego, e hizo una pequeña reverencia, como indicaba el protocolo formal japonés.
—Soy Chousaku Manjoume —se presentó—. El mayor de los hermanos Manjoume. Y él es mi hermano menor: Shouji.
Señaló al otro chico con un gesto de su mano. El hermano menor también saludó a Judai de acuerdo con el protocolo.
—Es un placer conocerlos —les correspondió, tratando de sonar con el entusiasmo suficiente para no causar una mala impresión.
—Hemos notado que has estado algo distante en la fiesta —dijo Shouji—. Supongo que es natural. Según sé, no sueles frecuentar los círculos de influencia japoneses.
—También hemos escuchado de tu buena reputación en los torneos de Duelo de Monstruos americanos —continuó el mayor—. Pensamos que esa era una buena manera de romper el hielo. Después de todo, el Duelo de Monstruos es lo que une a nuestras familias.
—¿Un duelo? ¡Por supuesto! Siempre estoy listo para uno —se emocionó Judai, cambiando su sonrisa de relaciones públicas a una auténtica.
—Me alegra escuchar que te gusta mi idea —dijo Chousaku mientras hacía una señal a Judai para que caminara junto a ellos—. Pero, verás, nosotros no somos duelistas. El duelista en la familia es nuestro hermano menor, Jun.
Los hermanos llevaron a Judai a una pequeña sala en una esquina del salón.
Allí estaban sentados tres niños de la edad aparente de Judai. Uno de ellos se parecía a los dos hermanos, en especial al mayor, por lo que no fue difícil darse cuenta de que ese era Jun Manjoume. El niño tenía el mismo cabello color azabache que su hermano mayor, aunque no lo llevaba peinado de manera tan pulcra. Igual que sus hermanos, a pesar de ser su cumpleaños, vestía un traje costoso que, en opinión de Judai, parecía muy incómodo.
—Él es nuestro hermano menor. Jun Manjoume —los presentó Shouji—. Jun, te presento a Judai Crawford: el hijo del presidente Pegasus.
—Es un placer conocerte —dijo Jun poniéndose de pie y saludando a Judai.
—El placer es mío.
—De hecho, hermanito —dijo Chousaku, aclarándose la garganta—, estábamos conversando con Judai sobre lo hábil que eres en el duelo…
Al oír esas palabras, Jun frunció el entrecejo. Era extraño que sus hermanos «elogiaran» su capacidad en los duelos. Se traían algo entre manos, pero decidió fingir que no se había dado cuenta.
Ahora, considerando el hecho de que habían involucrado a Judai Crawford en esto, podía entender por dónde iban los tiros: querían provocar una confrontación entre ambos. Una que terminaría con él humillado de alguna manera.
Bien, les daría el gusto, aunque únicamente porque quería ver que tan bueno era realmente el hijo del creador del Duelo de Monstruos.
—Creemos que sería buena idea que los dos probaran sus habilidades, el uno contra el otro —terminó Shouji, confirmando los pensamientos de Jun.
—¡Por supuesto! Siempre estoy listo para un duelo —dijo Jun, haciéndose eco, sin saber, de las palabras de Judai. Sonrió de medio lado en dirección a su rival—. Espero que no te contengas solamente porque estás en mi fiesta.
—Nunca lo haría —aseguró Judai, con un gesto decidido y listo para demostrarlo con sus cartas.
—Bien, ordenaré que traigan los discos de duelo —les indicó Shouji.
Se alejó de los niños «pequeños» junto con su hermano mayor.
Mientras esperaban a que volvieran con los aparatos, Judai fue invitado a tomar asiento junto con Jun y sus amigos.
Conoció a Taiyou Torimaki, un niño de cabello azulado y lentes cuadrados. Él era hijo de uno de los accionistas mayoritarios del Grupo Manjoume.
El otro chico era Raizou Mototani, quien tenía el cabello castaño y corto, además de ser un poco más alto que los otros dos. Al igual que Taiyou, era hijo de un accionista de la compañía.
—¿Estudias en casa? —preguntó Taiyou una vez que Judai les reveló que, de hecho, no asistía a ningún colegio privado de Japón… o de algún otro país.
—Sí. Papá decidió que era mejor estudiar en casa —respondió Judai.
Estaba haciendo todo lo posible para ocultar lo incómoda que le resultaba esa conversación. Parecía más una de adultos que de niños de nueve años. A eso había que sumar sus escasas habilidades sociales con los chicos de su edad.
Cuando era un niño pequeño, se esforzaba mucho en hacer amigos, pero eso no terminaba bien la mayor parte del tiempo. Siempre pasaban cosas raras cuando participaba en juegos —ahora sabía que era porque el poder de Haou siempre estuvo dentro de él y a veces se escapaba—. Esto únicamente empeoró cuando Yubel llegó a su vida, dado lo celoso que era algunas (muchas) veces. Por fortuna, ahora era mucho más tranquilo y parecía entender que Judai debía comenzar a pelear sus propias batallas. Aunque tal vez era más, porque ahora Haou susurraba cosas en su cabeza.
Ser adoptado por Pegasus cambió eso: ahora los niños querían ser sus amigos.
Al comienzo fue algo que lo entusiasmó… hasta que se dio cuenta de que no lo veían a él, sino a su padre. Muchos de ellos parecían esperar que al hacerse sus amigos iban a obtener cartas raras, o algo así. Luego, estaban los niños de las familias acomodadas —como los Manjoume—, que en su mayoría fueron criados para sacar provecho e influencia de cualquier relación.
A causa de esto, durante esos dos años no había hecho ningún progreso en conseguir un verdadero amigo, fuera de sus monstruos. Sentía que no estaba en la misma sintonía que esos chicos criados durante toda su vida en el ambiente opulento y lujoso… como el de esta fiesta. Debido a eso, solo contaba como personas confiables a su padre, al profesor Daitokuji, a la señora Mary, al señor Crocketts y, por supuesto, a Yubel, los otros espíritus de sus cartas… y a Haou.
Bueno, en realidad, Haou era un comodín. Su relación con él era complicada.
Según Yubel, Haou era el rey que vivía dentro de su alma.
Su presencia era un misterio para él en muchos sentidos, pero a la vez sentía que lo conocía mejor que a ninguna otra persona, tal vez incluso más que a Yubel, como si fueran dos hermanos gemelos que habían crecido juntos. Al igual que el guardián, ese rey era un duelista experto. Sin embargo, había una gran diferencia entre ambos. Haou no daba consejos. Si te enseñaba algo sobre el duelo, era a través de una brutal derrota.
No mostraba piedad.
De hecho, le molesta que Judai siempre les sonriera a sus oponentes, incluso después de una derrota.
—Si les muestras amabilidad, les estás dando una oportunidad a nuestros enemigos para explotar un punto débil —lo regañaba constantemente.
Sin comprender por qué de las palabras de Haou, Judai se limitaba a recordarle que debía ser amable con quienes se portaban bien con él. Algo que su padre siempre le remarcaba. En respuesta, Haou resoplaba, para después desaparecer y no volver a manifestarse hasta pasados algunos días.
Por supuesto, cuestionó varias veces a Yubel sobre el porqué él era así —consciente de que el monstruo de duelo y Haou tenían una larga historia juntos—, pero el espíritu solamente se limitó a decirle que él vivía atrapado en otra época, cuando todo era diferente.
El niño sentía que comprendía a Haou, y a la vez no. Era parte de él. Siempre había estado allí, dormido en alguna parte dentro de su alma, sin que fuera consciente de su presencia. No fue hasta su aventura en los sótanos del castillo que despertó, y desde entonces se quedó a su lado, igual que Yubel.
Tenía la certeza de que ya nunca se iría, o tal vez sí… A veces creía que la presencia de Haou era algo temporal, que en algún momento el Rey tendría que volver a dormir, o tal vez ambos finalmente terminarían siendo una única persona.
Era algo muy complicado, y difícil de poner en palabras. Así que, para evitarse dolores de cabeza, trataba de no pensar más en ello.
Por fin, quince minutos más tarde, Shouji volvió con los discos de duelo.
Se decidió trasladar el juego al jardín de la Mansión Manjoume, a fin de no molestar a los invitados.
Una vez afuera, Judai y Jun se pararon uno frente al otro, mientras algunos otros de los chicos comenzaron a reunirse a su alrededor para ver el duelo.
—Muy bien —dijo Jun, activando su disco de duelo—, muéstrame lo que puede hacer el hijo del creador del Duelo de Monstruos.
Judai suspiró internamente. ¿Por qué siempre veían a su padre y no a él?
Yubel apareció al lado de Judai, dirigiéndole una mirada agria a Jun Manjoume. Sabía cuánto disgustaba eso a su amado e iba a demostrarlo.
Para su sorpresa, Jun entrecerró los ojos en su dirección. Yubel se dio cuenta de eso, decidiendo que tal vez había una esperanza para el Manjoume menor si era capaz de verlo. Ese hecho podría significar que sería un aliado valioso… si demostraba su valía en el duelo. No muchos humanos, en especial aquellos que nunca habían estado en contacto con los Juegos de lo Oscuro, tenían esa capacidad.
—No te preocupes —le susurró Judai al espíritu, de forma que solamente él pudiera oírlo. Luego agregó en voz alta: —Por supuesto. Ya que es tu cumpleaños, toma el primer turno.
—¡Duelo! —dijeron al mismo tiempo que robaban su mano inicial y sus discos de duelo se encendían marcando los 4000 puntos de vida estándar.
—¡Robo! —declaró Jun sacando su primera carta—. Invoco normal a «Gran Angus» en posición de ataque.
La carta de Jun era un monstruo normal, con 1800 puntos de ataque y una defensa de 600. Su holograma era el de una criatura musculosa con colmillos similares a los de un jabalí, desprovista de pelaje y con la piel llena de cicatrices.
Apareció en el campo gruñendo y emitiendo ruidos como de una bestia salvaje, provocando que algunos de los niños más jóvenes en la audiencia temblarán de miedo al ver a tan horrible monstruo.
Jun sonrió, como si disfrutara con eso. No obstante, Judai pensó que más bien era una sonrisa de satisfacción propia por haber abierto con un monstruo tan fuerte en el primer turno.
—Coloco una carta boca abajo, y con eso, termino mi turno.
—Ese fue un buen comienzo —admitió Judai—. ¡Mi turno, robo! Invoco Normal a «HÉROE Elemental Avian», en posición de ataque.
El monstruo de Judai, al contrario que el de Jun, se trataba de un hombre con un traje verde y dos enormes alas de plumas blancas en su espalda. Dado su aspecto y su nombre, estaba claro que representaba a un superhéroe, lo cual hizo que algunos niños soltaran suspiros de alivio y, además, vitorear al héroe.
Al igual que el monstruo de Jun, el de Judai era una carta de Monstruo Normal, pero con 1000 puntos de ataque y defensa.
La sonrisa satisfecha de Jun se amplió al ver que su monstruo era más fuerte que el de Judai por 800 puntos.
—Tu monstruo es mucho más débil que el mío —dijo, sonriendo con suficiencia ante lo que parecía una gran ventaja.
—¡No cuando active esto! Carta mágica de campo, ¡«Rascacielos»! —respondió Judai, al tiempo que metía la carta a la ranura especial para campos del disco de duelo.
La tierra bajo sus pies pareció temblar, cuando los dos duelistas fueron rodeados por enormes edificios, los cuales parecían nacer de la tierra como si fueran plantas.
—Gracias a esta carta, cuando un HÉROE Elemental ataca a un monstruo con más puntos de ataque que él, su ataque se incrementa en 1000.
Jun gruñó cuando entendió la estrategia de Judai. Había jugado a un monstruo más débil que el suyo en posición de ataque, sabiendo que su carta de campo le daría la ventaja enseguida.
—¡Así es! —Judai le confirmó lo que su oponente ya había deducido—. Ahora, cuando declare mi ataque, Avian tendrá el poder suficiente para acabar con tu monstruo. ¡Fase de batalla! ¡Avian, ataca a «Gran Angus»!
Un aura de color verde rodeó a Avian, mientras un holograma indicaba que sus puntos de ataque habían pasado de 1000 a 2000. El monstruo de Judai se elevó en el aire, arrojándose contra la bestia frente a él para golpearlo con su puño derecho, en el cual tenía una especie de garras afiladas como las de las aves de presa.
No obstante, la expresión de Jun cambió en un segundo. De lo que parecía ser la furia al triunfo.
—Caíste en mi trampa —anunció—. Activo mi carta de trampa de contraefecto, ¡«Negar Ataque»! Puedo activarla cuando un monstruo de mi oponente ataca: selecciona a ese monstruo, niega el ataque y termina con su fase de batalla.
Una especie de barrera giratoria protegió al monstruo de Jun, haciendo que el héroe elemental fuera arrojado de regreso al campo de Judai.
Haciendo una mueca por ver su estrategia bloqueada, Judai no tuvo más remedio que terminar su turno. Claro, no sin antes dejar un par de cartas boca abajo para más tarde.
—¡Es mi turno, robo! Invoco normal a «Goblin Ciegamente Leal» en posición de ataque.
Se trataba de un monstruo de efecto con 1800 puntos de ataque y 1500 de defensa. Su aspecto era el de un hombre musculoso, de ojos pequeños, orejas puntiagudas y unos pequeños cuernos en su frente. Vestía una armadura de cuero y unos pantalones morados, además de ir armado con una espada.
Por los sonidos de asco de algunas niñas, ese monstruo tampoco les agradaba mucho.
Jun las ignoró y siguió con su jugada.
—El efecto de tu carta mágica no puede activarse fuera de tu fase de batalla —dijo Jun, leyendo la descripción con el sistema de información del disco de duelo—, por lo que tu monstruo no se hará más fuerte. ¡Vamos! «Gran Angus», ¡acaba con su HÉROE!
La enorme bestia embistió al héroe de Judai, el cual se desintegró al instante en una leve explosión de datos.
—¡Avian! —Judai llamó a su monstruo, mientras sus puntos de vida pasaban de 4000 a 3200.
Judai no podía evitar sentirse un poco mal por perder a sus amigos. Sabía que no morían realmente durante un duelo, pero, aun así…
—Activo mi propia carta de trampa —dijo Judai prosiguiendo con el duelo—: «Señal de Héroe». Puedo activarla cuando un monstruo en mi control es destruido en batalla y enviado al cementerio: invoco, desde mi mano o deck, a un monstruo de nivel 4 o menor que incluya HÉROE Elemental en su nombre.
Mientras hablaba, su carta se transformó en un proyector que mostró una «H» enorme en el cielo.
—Invoco de modo especial desde mi deck al «HÉROE Elemental Clayman», en posición de defensa.
El nuevo héroe de Judai era un monstruo normal con 800 puntos de ataque y 2000 de defensa. Era un monstruo humanoide formado por arcilla color café, y una diminuta cabeza de color rojo.
Apareció arrodillado, dando la espalda a Judai, con las manos alzadas en actitud defensiva en dirección a Jun, como si se tratase de una especie de guardaespaldas.
—Termino mi turno —gruñó Jun al ver que su Goblin no era capaz de superar la defensa del monstruo de Judai.
—¡Mi turno, robo! —declaró Judai.
Sonrió al ver lo que había sacado de su deck.
—Activo la Carta Mágica «Olla de la Codicia», con la cual puedo robar dos cartas más.
Luego de ver las dos cartas, la sonrisa de Judai se ensanchó.
—A continuación, voy a activar la carta mágica ¡«Polimerización»! Con ella, puedo combinar al «HÉROE Elemental Clayman», en mi campo, con el «HÉROE Elemental Sparkman», en mi mano. ¡La fusión de estos monstruos me permite invocar por fusión al poderoso «HÉROE Elemental del Trueno Gigante»!
Sparkman, un héroe de traje azul y dorado rodeado de chispas eléctricas, apareció en el campo frente a Judai.
Tanto él como Clayman saltaron al cielo, al tiempo que aparecía un remolino de colores, que absorbió a ambos héroes y, cuando se disipó, en su lugar quedó un héroe un poco más grande que Clayman, aunque con una figura similar.
El nuevo monstruo iba vestido con un traje que recordaba al de Sparkman. Era un Monstruo de Fusión con 2400 puntos de ataque y 1500 de defensa. Mientras Trueno Gigante descendía, el campo de duelo se llenó con una lluvia de chispas eléctricas.
Judai continuó su turno.
—Ahora, invoco normal al «HÉROE Elemental Burstinatrix» en posición de ataque.
La heroína era una mujer de traje rojo, un casco dorado y una larga cabellera negra. En sus manos sostenía dos bolas de fuego, listas para ser arrojadas contra uno de los monstruos enemigos.
Como todos los héroes elementales, era de tipo guerrero. Tenía 1200 puntos de ataque y 800 de defensa. Junto con Avian, Sparkman y Clayman, formaba un cuarteto al que Yubel solía llamar «los cuatro HÉROES Normales Básicos».
—¡Muy bien! —dijo Judai con un gesto decidido—. ¡Fase de batalla…!
—Judai —lo interrumpió Yubel hablando en voz baja—, olvidaste el efecto de Trueno Gigante… otra vez.
Judai se sonrojó.
—¡Lo siento!
Yubel suspiró.
Como siempre, la emoción del duelo provocó el actuar precipitado de Judai. Tenían mucho que trabajar para mejorar eso.
—¿Qué olvidaste? —preguntó Jun, curioso.
Judai se sonrojó más.
Estaba acostumbrado a que todos en su casa, incluso quienes no podían verlos, supieran de la existencia de los espíritus de duelo, así que no solía pensar en lo raro que podía ser para otros si les contestaba en voz alta a los espíritus de su deck.
Hubo algunas risas entre los espectadores ante la admisión del chico.
—Trueno Gigante tiene un efecto y olvidé activarlo —respondió, fingiendo que lo de antes no lo había dicho para Yubel, sino para sí mismo.
Jun frunció un poco el ceño.
Judai sonrió con vergüenza, llevándose la mano derecha a la nuca.
—Bueno, no importa, continúo con mi Fase de Batalla.
Judai miró a su heroína.
—Burstinatrix, ¡ataca a su «Gran Angus»…! Y, por el efecto de «Rascacielos», su ataque se incrementa hasta 2200 puntos —le recordó a su oponente.
La heroína no perdió tiempo. Saltó en el aire, disparando sus dos bolas de fuego, las cuales al instante hicieron estallar al monstruo de su oponente.
Jun gruñó cuando sus puntos de vida pasaron de 4000 a 3600.
—Ahora, ¡Trueno Gigante, acaba con su Goblin!
El monstruo de Judai arrojó una descarga eléctrica contra el monstruo de Jun, acabando con él en una nueva explosión de datos, y reduciendo los puntos de vida del cumpleañero a 3000.
—Eso no es todo, ahora activo mi segunda carta boca abajo. ¡Carta Mágica de Juego Rápido, «De-Fusión»! Esta carta separa a mi Trueno Gigante de nuevo, dándome dos ataques más.
Un nuevo remolino de colores apareció en el cielo. El monstruo de Judai no perdió tiempo para saltar dentro de él. Sparkman y Clayman aparecieron en el Campo de Judai en posición de ataque.
Se escucharon los jadeos y gritos de emoción de los espectadores ante el combo preparado por Judai. Sabiendo que, dadas las circunstancias, remontar parecía imposible.
—¡Vamos, chicos! ¡Ataquen directamente los puntos de vida de Jun!
El niño soportó el ataque doble, aunque una mueca de dolor se dibujó en su rostro.
A pesar de que el sistema de Visión Sólida estaba a su capacidad mínima, no dejaba de ser duro para un chico de nueve años. Especialmente, tras recibir un ataque combinado de 2400 puntos, lo que hizo caer sus puntos de vida a solo 600.
—Coloco una carta y termino mi turno —concluyó Judai.
Los hermanos de Jun no parecían muy complacidos con el duelo.
Su plan, después de todo, era demostrar que los Manjoume eran superiores a Judai, el mismísimo hijo del presidente Pegasus.
Por desgracia, como de costumbre, su tonto hermano pequeño estaba echando todos sus planes por tierra. Si no fuera porque el mocoso era el favorito de su madre, ya lo habrían puesto en su lugar de una manera menos sutil.
Yubel se percató de eso al ver sus expresiones. Siendo el guardián dedicado que era, sabía perfectamente medir las emociones humanas. Y lo que veía en esos dos adolescentes lo hizo enfurecer.
Sin embargo, una mirada de Judai hizo que se calmara.
Jun centró su atención en Yubel una vez más.
Parecía conmocionado por verlo, algo que la gente a su alrededor confundió con la reacción a perder casi todos sus puntos de vida en un solo turno. Tras sacudir un poco la cabeza, Jun volvió a concentrarse en el duelo.
—¡Es mi turno, robo! —declaró—. Activo la carta mágica «Monstruo Renacido» para que mi «Gran Angus» vuelva al campo.
Hubo exclamaciones de desagrado por el regreso del monstruo, pero Jun las ignoró.
—A continuación, voy a activar la Carta Mágica «Coste Abajo». Descartando una carta de mi mano al cementerio, esta carta me permite reducir en dos los niveles de todos los monstruos en mi mano. Gracias a eso, ahora solo necesito un tributo para invocar a mi monstruo más poderoso: ¡«Zoa»!
Las exclamaciones de horror de los niños llenaron de nuevo el jardín de la Mansión Manjoume, cuando el enorme demonio de color azul emergió desde una especie de portal dimensional de color negro.
Zoa era un poderoso monstruo normal de nivel 7, con 2600 puntos de ataque y 1900 de defensa.
—Fase de batalla —anunció Jun—. ¡Zoa, destruye a Clayman!
Para Yubel, fue claro que Jun también notó el desprecio en los ojos de sus hermanos, a quienes no había dejado de mirar de reojo durante todo el duelo.
El niño estaba intentando demostrarles un punto al pretender dar la vuelta a ese duelo. Pero, para su desgracia, actuó de forma precipitada, y eso le costaría caro.
Era algo que había pasado ya varias veces en ese duelo.
Yubel no los culpaba por eso: eran niños de nueve años.
—¡Caíste en mi trampa! —respondió Judai, agradeciendo no haber perdido esa carta. De haber recordado el efecto de Trueno Gigante, habría tenido que descartarla, y esa batalla habría terminado de otra manera—. Activo la carta de trampa, «Armadura Sakuretsu». Puedo activarla cuando mi oponente declara un ataque: ¡destruye al monstruo atacante!
Zoa explotó en una lluvia de datos.
Jun únicamente pudo gruñir, sabiendo que el duelo había terminado. No había nada en su mano que pudiera usar para remontar ese duelo.
—Con eso termino mi turno —dijo de mala gana.
—¡Robo! —declaró Judai.
Sonrió por última vez en ese duelo al ver la carta de Yubel en su mano derecha.
—Me gustaría invocarte, pero no es necesario —le susurró—. Aun así, me alegro de que estés aquí.
Yubel correspondió a las palabras de Judai con una sonrisa. Aun cuando no lo utilizara, siempre lo tenía presente en su mente, y eso lo hacía muy feliz.
Judai regresó su atención al duelo.
—¡Burstinatrix, termina con este duelo!
El monstruo de Judai atacó directamente, reduciendo los puntos de vida de su oponente a cero.
—Buen juego —dijo Judai, tendiéndole una mano a Jun, quien cayó hacia atrás por el impacto del último ataque.
A su alrededor, los otros invitados y los niños aplaudían a los dos jóvenes duelistas.
Judai sonrió al ver que, a pesar de las claras sonrisas de relaciones públicas de los adultos presentes, los niños tenían en sus ojos el brillo de la verdadera emoción del duelo. Lo habían disfrutado, lo cual hacía que el duelo fuera incluso mejor.
—Judai… —Chousaku lo llamó, acercándose a él—. Felicidades por tu victoria. ¿Por qué no dejas a ese perdedor allí y vienes con nosotros a celebrar tu triunfo?
Al escuchar esto, Jun se levantó rápidamente. Se alejó de allí casi corriendo. Incluso, por un momento, pareció que había lágrimas de furia y frustración en su rostro.
Judai vio este hecho con el ceño fruncido, mientras la ira comenzaba a surgir dentro de él. ¿Qué clase de hermanos harían algo como eso?
Sin embargo, tuvo que tragarse esa furia. No quería que Haou surgiera e hiciera algo indebido.
—No deberían de decir cosas crueles como esa —dijo Judai con tono frío—. Esto fue solo un duelo amistoso. Además, hoy es el cumpleaños de Jun, ¿recuerdan? Su hermano menor.
Tras decir eso, fue a buscar a Jun, dejando detrás de sí a los dos hermanos, que lo miraron sorprendidos.
Nadie los había rechazado antes. Muchos menos en favor de su mimado hermano menor.
Judai entró en la casa, todavía siguiendo a Jun, quien se alejaba en dirección a las escaleras.
Aceleró su paso, tratando de no perderlo de vista. El otro niño tenía la ventaja de vivir allí.
Finalmente, lo alcanzó en uno de los pasillos de la segunda planta.
—¿Estás bien? —preguntó.
Jun se giró y le dedicó una mirada agria.
—Creí que estarías con ellos celebrando mi derrota —le espetó, cortante.
—Solamente fue un duelo amistoso. Además, ¡esta es tu fiesta! Se supone que debemos celebrar tu cumpleaños, no quién ganó en un juego.
Tras esas palabras se formó un silencio tenso entre los dos niños.
Ambos estaban recargados en las paredes del pasillo, uno frente al otro.
—Judai —dijo de pronto Jun—, ¿qué era la criatura que estaba junto a ti en el duelo?
Judai se sorprendió ante esa pregunta y no sabía muy bien qué decir. Al final, no pudo hacer, sino sonreír con nerviosismo.
—Él es Yubel —respondió—, es mi mejor amigo y mi guardián personal.
Para demostrarlo, sacó la carta que representaba al guardián y se la mostró a Jun. Este la vio con sorpresa. Efectivamente, era el mismo monstruo que había visto durante el duelo.
—Es un espíritu de duelo —le explicó Judai—. Mi padre dice que son los espíritus que habitan en otra dimensión distinta a la nuestra. Mi padre decidió dibujarlos y así nació el juego. Aunque, al principio, no lo hizo con esa intención, con el paso del tiempo estos espíritus vinieron a nuestro mundo y comenzaron a habitar en las cartas.
»Pero, yo creo que ellos son algo así como una parte de nuestros sueños.
Manteniéndose invisible, Yubel resopló con diversión.
No era exactamente así, aunque debía admitir que era una forma divertida de ver la conexión entre ambos mundos. Además, Judai no estaba tan equivocado en algo: los sueños a veces eran una forma en que las conciencias de los humanos se conectaban con los otros planos de existencia de su universo… Y, quizás, de otros.
—¿Crees que yo podría tener un lazo como esos con mis cartas? —preguntó Jun y, sin dejar que Judai respondiera, prosiguió, mientras fijaba su vista en su propio deck—. ¿Habrá espíritus en estas cartas?
Yubel apareció al lado de Judai y negó con la cabeza.
—No hay ningún espíritu viviendo en esas cartas —respondió Judai con tristeza—. Pero, tal vez, algún día encuentres cartas con espíritus que quieran formar un lazo contigo, y entonces liberarás todo tu potencial como duelista.
Jun sonrió ante las palabras de Judai.
Tras otro momento de silencio, Jun lo invitó a su habitación para mostrarle el resto de su colección de cartas.
Curiosamente, tenía muchas que eran de hecho cartas raras. Aunque no las usaba, ya que prefería jugar con las cartas que su madre le obsequió para que se divirtiera. Las cartas que su padre adquirió para él —cuando se dio cuenta de que el Duelo de Monstruos sería cada vez más y más importante en los negocios, el entretenimiento y la política— se sentían… vacías.
Durante el resto de la tarde, los dos niños hablaron sobre estrategias de duelo, que luego pusieron a prueba en duelos de práctica, esta vez de la manera tradicional: en una mesa.
Judai notó que Yubel mantenía la mirada fija en un grupo de cartas Ojama que habían sido dejadas de lado de momento, al no tener sus cartas de soporte.
Más tarde, una vez en el hotel, Yubel le confesaría que había tres espíritus de duelo durmiendo en esas cartas, esperando el momento en que Jun tuviera la fuerza suficiente para poder emplear todo su potencial.
Eventualmente, Jun fue llamado de regreso a la fiesta para despedir a los invitados.
Mientras avanzaban por el pasillo camino a las escaleras, pasaron frente a las puertas de la recámara principal de la Mansión Manjoume.
—¿Jun? —La voz suave de una mujer llamó la atención de los niños.
Jun se detuvo en seco. Parecía muy tenso, incluso asustado.
—Sí, soy yo —respondió dudoso.
—Ven, por favor.
Jun se mordió el labio. Por un momento indeciso sobre obedecer o no.
—Padre quiere que baje…
Daiki Manjoume no lo demostró cuando mandó a llamarlo, pero Jun conocía lo suficiente a su padre como para saber que estaba furioso. La manera en la que abandonó la fiesta y a sus invitados era una falta de respeto, y dejaba mal parada a la familia frente a sus socios y aliados.
Si algo valoraba su padre, era la impresión que su familia daba al mundo: esta siempre debía ser impecable. Algo que Jun, de una u otra forma, siempre arruinaba (palabras de su padre). A diferencia de sus hermanos, quienes eran por completo hijos de su padre.
—No creo que le moleste que te detengas un poco para ver a tu madre. Tu amigo también puede entrar.
Jun miró a Judai, y este le devolvió la mirada con curiosidad.
—Vamos —dijo Judai.
Jun asintió y guio a su amigo hacia la habitación de su madre. Hacía mucho tiempo que Daiki Manjoume no dormía allí.
A diferencia del resto de la Mansión Manjoume, esta habitación dejaba a un lado la decoración occidental para ser algo más japonesa.
Una mujer descansaba sobre una cama de gran tamaño. Tenía el cabello negro del mismo tono azabache que el de Jun, y unos ojos similares. Su piel, por el contrario, estaba tan pálida que bien podría ser la de un fantasma. Una imagen que era completada por las gruesas bolsas negras debajo de sus ojos.
Cuando los niños entraron, la mujer se incorporó, quedando sentada usando los almohadones para sostenerse. Por la mueca que se formó en su rostro, era claro que eso le costaba trabajo, incluso le provocaba dolor.
—¿Por qué no viniste a verme esta mañana? —la mujer cuestionó a su hijo.
—Padre dijo que no debería molestarte.
—Tonterías —replicó ella. Sus ojos pasaron al otro niño. Judai se veía muy incómodo—. Me alegra ver que hayas invitado a un amigo.
—Hay una fiesta —le recordó Jun.
Su madre asintió lentamente.
—Sí, lo sé. No es a eso a lo que me refiero. ¿Vas a presentármelo?
—Él es Judai, es el hijo del presidente Pegasus. ¡Es un duelista genial!
Jun retrocedió como asustado cuando se dio cuenta de su exabrupto de emoción.
Su madre se rio entre dientes, para luego centrar su atención en el otro niño. Judai se removió en su lugar, claramente incómodo.
—Judai Yuki —dijo la mujer.
—Crawford —la corrigió Judai.
—¡Oh, por supuesto! Crawford es tu apellido ahora.
—Madre, ¿conoces a Judai? —preguntó Jun sorprendido.
—Solamente por fotografías. La familia Manjoume solía vivir en Ciudad Domino. Todavía tenemos muchas amistades allí. —Sus ojos se posaron sobre Judai una vez más—. Tu madre y yo éramos buenas amigas…
Sus palabras fueron cortadas por un acceso de tos. Jun no parecía saber qué hacer. Su madre simplemente le indicó que le pasara un vaso con agua de la jarra que mantenía sobre una mesa, cerca de su cama.
—Jun, abre el tercer cajón a la derecha de la cómoda y pásame la caja de madera que hay dentro.
El niño hizo lo que su madre le pidió.
Dentro de la caja de madera había varias fotografías. La mujer le mostró una de ellas a Judai. En la imagen se veía a la madre de Jun junto a una mujer de cabellera castaña en tres tonos. Igual que el cabello de Judai.
—¡Ella es mi mamá! —exclamó Judai, sorprendido.
—Sí. Esta fotografía la tomó tu padre en los jardines de Todai, la universidad de Tokio. Nos conocimos en la escuela secundaria. Las familias viejas de Ciudad Domino solían tener muchas tradiciones. Eso incluía a las escuelas a las que enviaban a sus hijos, en especial a los herederos.
La mujer parecía perdida en sus pensamientos. Miró a Judai con tristeza.
—Lo siento —se disculpó con voz afectada—. Me habría gustado ayudarte, pero, como ves, mi salud no es la mejor. Me he estado consumiendo los últimos años.
Jun bajó la mirada para ocultar las lágrimas en sus ojos.
—No sé mucho sobre mamá —admitió Judai—. Ella y papá, por lo general, trabajaban todo el tiempo. La única vez que ellos… bueno, eso pasó.
—Era la mujer más feliz del mundo cuando sabía que venías —le aseguró la madre de Jun—. Sin embargo, para entonces, la familia Yuki estaba en una situación precaria. Tu abuela acababa de morir, habían perdido la empresa familiar… Supongo que es suficiente con historias tristes. Deberían volver a la fiesta.
Judai asintió, aunque claramente quería seguir hablando sobre su madre.
La madre de Jun le sonrió.
—La próxima vez que vengas, si me siento mejor, podré hablarte de ella. Tengo muchas historias, y también de tu padre.
—¡Muchas gracias, señora Manjoume! —se alegró Judai.
La mujer se rio, divertida, por la actitud entusiasta del niño.
—Por favor, llámame «Tía Misae».
Judai asintió.
—¡Espero que te recuperes pronto, tía Misae!
Ella correspondió a su sonrisa, e incluso Jun se atrevió a sonreír también.
– GX –
Una hora más tarde, Judai se despidió de Jun, prometiendo estar en contacto. Luego de mucho tiempo, había hecho un amigo. Y además, había conocido a una vieja amiga de su madre.
—Pareces muy feliz esta noche —dijo su padre, mientras iban en la limusina hacia el hotel donde se alojaban en Tokio.
—Fue una fiesta muy divertida —respondió Judai con una gran sonrisa—. Papá, ¡pasó lo más increíble!
Pegasus alzó una ceja con interés.
No era común que Judai estuviera tan animado luego de un evento como ese. De hecho, si pudiera, Pegasus no lo llevaría a esas «fiestas». Pero, tras lo que aprendió de su hijo gracias a Yubel, se dio cuenta de que Judai necesitaba hacer conexiones que pudiera usar cuando ese desagradable asunto de la Luz estallará con más fuerza.
—La tía Misae, la madre de Jun, conoció a mamá. ¡Creo que ella era algo así como su mejor amiga! Dijo que me contaría muchas historias sobre mamá y papá cuando eran jóvenes.
—¡Eso es maravilloso, pequeño Judai! —exclamó.
Pegasus no recordaba haberlo visto tan contento antes.
Internamente, suspiró. No era desconocido en los círculos de negocios de Japón que Misae Manjoume estaba muy mal de salud. Esperaba que Judai no fuera a tener una desilusión si la situación llegaba al peor desenlace.
– GX –
Pese al dolor, Misae Manjoume se levantó de la cama. Pálida, demacrada y vestida con un camisón blanco, parecía un fantasma de un antiguo cuento tradicional.
Se dirigió a una cortina, tras la cual se ocultaba un altar. En él, estaban las fotografías de los padres de Judai.
Tomó una varita de incienso y la encendió para ellos.
—Su hijo es fuerte.
Cerró los ojos, en un rictus de dolor.
—Yo también intentaré serlo. El hombre que lo adoptó podrá enseñarle a ser un duelista. Pero, el Heraldo necesita más que eso.
Tomó un mazo de cartas de duelo, y las llevó contra su pecho. Parecía la figura de una santa en un templo del Dios del Juicio.
—Por favor, ayúdenme a vivir un poco más. Por Jun, por Judai… Por nuestro futuro.
Sintió la calidez en sus manos. La sensación agradable del fuego en la chimenea durante un invierno especialmente duro.
—Gracias… —susurró.
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