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Judai Crawford - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Una despedida y un reencuentro
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6: Una despedida y un reencuentro 6: Una despedida y un reencuentro Judai, con diez años, miró el experimento frente a él con una expresión de concentración.

Los químicos resplandecían con intensidad mientras ponía el último reactivo en la mezcla.

El matraz se iluminó intensamente por un momento y parecía que fuera a estallar.

Esto hizo que el niño se mordiera los labios, mientras sus ojos se abrían con expectación y un poco de incertidumbre, esperando si el resultado fuera el que quería, o, por el contrario… Dos segundos después, suspiró con alivio al ver que el contenido del recipiente de vidrio por fin se había estabilizado, volviéndose de un color transparente que casi parecía agua.

El profesor Daitokuji se acercó a él, por lo que el chico se hizo a un lado.

El hombre miró el matraz con ojo crítico, luego, una sonrisa se extendió por su rostro.

—¡Muy bien hecho!

—lo elogió—.

Dejemos que esto se enfríe un poco.

Volvamos a la biblioteca para la clase de historia y, luego del almuerzo, volveremos aquí a probar la tinta invisible.

Judai asintió de acuerdo, aunque, mucho de su entusiasmo por si experimento final de alquimia se apagó al escuchar que iban a dejarlo de lado un momento para pasar a historia.

A pesar de lo mucho que le gustaba escuchar las historias de Daitokuji sobre mitología y civilizaciones antiguas, durante ese bloque, el último que estudiaría con él como tutor, estaban viendo el absolutismo europeo.

Hablar de viejos reyes que, siendo humanos comunes –hasta donde se sabía– que se creían con el derecho divino a gobernar con puño de hierro, le resultaba aburrido.

Incluso Haou, las pocas veces que su presencia se sentía cerca de la superficie de su alma, encontraba aquello poco interesante.

Más allá de su orgullo como rey, el monarca de la oscuridad encontraba que las motivaciones de aquellos hombres para haber hecho lo que hicieron eran poco importantes.

No es que él lo hubiera dicho abiertamente a Judai.

Simplemente, entre más pasaban los años, más se acostumbraba a sentir lo que su otra mitad pensaba o sentía respecto a los sucesos y acontecimientos que los rodeaban.

Esa conexión que había experimentado con él durante el duelo contra Kai Kutaragi parecía crecer y ahora no era algo que aparecía solo cuando estaban en un duelo especialmente complicado.

«Pronto ya no habrá un Judai y Haou», se encontraba pensando algunas veces.

«Una vez más, solo habrá uno».

Yubel no decía nada, pero cada vez más Judai lo encontraba mirándolo con un gesto pensativo… en especial cuando hacía ciertas cosas que el Judai infantil no habría hecho, pero sí el Haou niño que había conocido miles de años atrás.

—¡Oh, vamos, Judai!

—el profesor lo sacó de sus pensamientos y el mutismo en el que se había sumido mientras atravesaban el pasillo desde la habitación que se había acondicionado para las clases de ciencia hacia la biblioteca—.

La historia no es tan mala.

Pero, siendo la última lección, ¿por qué no hacer algo más divertido?

Elige un periodo histórico, cualquiera vale, y nos centraremos en investigar la mitología y las leyendas de dicho periodo.

Esto sin duda animó más al joven.

El mes de julio estaba sobre ellos y, como siempre, el verano en el Reino de los Duelistas estaba siendo caluroso, aunque no del todo desagradable.

La fresca brisa salada del mar despertaba el apetito de los habitantes de la isla, y les provocaba ganas de apartarse de sus labores unos momentos para disfrutar de la playa.

O de un refrescante baño en el riachuelo cristalino que atravesaba la isla y les proveía de mucha de su agua dulce.

Judai estaba terminando por fin sus estudios equivalentes a la educación primaria, por lo que, cuando el profesor Daitokuji abandonara la isla dentro de dos semanas más, sería la última vez que lo vería.

El próximo septiembre, ya con once años cumplidos, el niño estaría en un colegio interno de Inglaterra: St.

Clair.

Era una tradición que la familia Crawford que sus hijos se educaran allí, algo que no cambió ni siquiera cuando se mudaron de manera definitiva a los Estados Unidos.

Si hubiera sido el hijo biológico de Pegasus, habría estudiado allí también su educación primaria.

Dadas sus circunstancias, estudiaría solo la secundaria.

Oh, bueno, casi toda la secundaria.

En realidad, tendría que tomar varias clases y tutorías extra, lo que le haría estudiar un poco más que sus compañeros.

Esto era con el fin de terminar esa etapa de su educación dos años y pocos meses antes que el resto de los estudiantes.

Porque, si las cosas iban como planeaba, la primavera luego de cumplir sus quince años se iría a la Academia de Duelos Central.

Judai había soñado con asistir a esa escuela desde que se había enterado de su existencia.

Ahora, aunque podría parecer que, siendo el hijo del mismísimo creador del juego, eso no era necesario, para él no era así.

Quería experimentar el mismo camino que todos los demás duelistas.

Además, se sentía como lo correcto.

Algo, quizá un instinto u otra cosa que no alcanzaba a definir, le decía que ese era su camino.

Y si había algo que había aprendido de Yubel y Haou, era que sus instintos en cosas que tenían que ver con el duelo raramente estaban equivocados.

La propuesta del profesor fue acertada.

Sumidos en una investigación exhaustiva de viejas leyendas irlandesas sobre los faes y otros tipos de seres considerados hadas y duendes, el tiempo pasó volando.

Por la tarde, luego del almuerzo, volvieron a revisar la tinta invisible y comprobaron que funcionaba de la manera adecuada.

—¡Maravilloso!

—el profesor Daitokuji elogió el trabajo de su pupilo—.

Incluso funciona mejor de lo esperado.

Como siempre, un trabajo más que sobresaliente en la alquimia.

Judai sintió como su pecho se inflaba de orgullo al escuchar eso.

Daitokuji era posiblemente el mejor alquimista de Asia, quizá del mundo.

No obstante, toda esa felicidad se esfumó casi al instante.

Le quedaban solo dos semanas más para poder hablar con el profesor sobre esos temas.

Si bien su padre siempre estaba allí, él era el primero en aceptar que sus conocimientos en alquimia no eran los mejores.

Cuando él era joven, la alquimia no había resurgido todavía con la fuerza que ahora tenía.

En esos días, todavía la trataban como una pseudociencia al margen de las verdaderas ciencias naturales.

Solo ahora, que comenzaba a verse cierta conexión entre esta y la llamada energía de duelo, se le había permitido salir de la New Age para ocupar su lugar merecido junto con sus hijas: la química y la biología.

Daitokuji suspiró al ver la expresión de su estudiante.

—Judai… —Profesor, ¿cree que podríamos hacer otra cosa?

Tal vez pueda ayudarlo a completar uno de esos proyectos que dejó de lado al venir aquí.

—No sé cuánto podremos avanzar en eso con solo dos semanas.

Son investigaciones largas que he hecho prácticamente durante toda mi vida.

El niño se desinfló al escuchar aquello.

—No obstante, pienso que podría mostrarte un poco de cómo funciona realmente la investigación alquímica.

Hasta ahora, la hemos visto como algo más cercano a su hija mayor, la química, pero una pequeña introducción a sus conceptos más metafísicos no estaría de más.

El chico asintió con fuerza al escuchar aquellos.

—De verdad, me gustaría poder hacer la secundaria con usted —decidió sincerarse.

El profesor le regaló una sonrisa afable y palmeó un poco su espalda.

—La vida tiene que seguir, y no podemos estancarnos.

Sin embargo, estoy seguro de que vamos a vernos de nuevo.

¿Qué te parece si eliges un tema, lo que sea?

Será tu propia investigación a largo plazo.

Algo para que completes en tu tiempo libre.

Cuando nos veamos de nuevo, pasaremos una larga tarde con un buen chocolate caliente discutiendo tus avances de un alquimista a otro.

Eso hizo muy feliz a Judai, quien pasó casi todo el fin de semana buscando en sus libros y en internet un tema que, esperaba, sería igual de interesante para ambos.

– GX – Las vacaciones de verano finalmente comenzaron.

Y, con ellas, el profesor Daitokuji se despidió de Judai.

A pesar de lo triste que fue esa despedida –momentánea, según el profesor Daitokuji–, una vez más parecía que la vida «daba y quitaba», al menos en su caso.

En realidad, todo el asunto comenzó varios meses atrás, con el hallazgo de un naufragio en el Mediterráneo por parte de los equipos de exploración de antigüedades de Ilusiones Industriales.

Se trataba de un barco romano el cual había sido buscado durante siglos.

El destino es curioso, comentó Pegasus a su hijo el día que fue interrumpido durante la cena para informarle del hallazgo.

Durante más de dos mil años, la gente había buscado en las cercanías al punto en donde una tormenta había causado su naufragio sin encontrar nada.

Incluso con la llegada del siglo XX y de la tecnología moderna, en décadas nadie pudo dar con él.

Hasta ahora.

Su compañía trabajó tan solo unos pocos meses y, casi como si el barco hundido hubiera bajado su guardia en su juego de escondidas, lo encontraron en una región que había sido explorada una y otra vez a lo largo de todo ese tiempo.

Durante meses, luego de la recuperación del barco, se había desatado un debate sobre qué hacer con respecto al tesoro.

Las piezas arqueológicas estaban en un estado de preservación que resultaba casi milagroso, y muchos países reclamaban su contenido.

No obstante, dado que estaba en aguas internacionales, las leyes mundiales decían que pertenecía a quien lo encontrara.

Para suerte de muchos de esos países, cuyos territorios pertenecían a las provincias romanas que Julio César había conquistado, Pegasus era un hombre justo respecto a estas cosas.

Su política era entregar todo lo excavado y la información obtenida en la misma al país en el cual se realizaban las labores de investigación y arqueología.

Así pues, tras una exhaustiva investigación alrededor de cada pieza encontrada, se acordó el repatriar todo a sus países de origen… excepto por siete piezas.

Se trataban de siete piedras preciosas, apodadas por muchos en la actualidad como «las joyas de la corona del emperador Julio César», las cuales habían sido la principal razón por la que dicho naufragio era tan codiciado por los caza tesoros.

Según los registros, Julio César había mandado traer cada una de esas gemas como el máximo trofeo de sus conquistas.

Esta decisión, la cual era por completo contraría a lo que Ilusiones Industriales había hecho en casos como ese hasta el momento, levantó muchas cejas y protestas.

¿Por qué no devolver esas también?

Pegasus dio pocas explicaciones con respecto a su decisión.

E incluso con la presión de sus inversionistas por dar vuelta atrás, se mantuvo firme.

Tenían suficientes recursos para soportar el golpe que significaba ese revés publicitario.

Para muchos, se trataba simplemente de uno más de los caprichos del hombre.

Quienes lo conocían bien, sabían que no sería el primero ni el último.

Aunque, claro, no era como los usuales.

Quedarse con esos tesoros de la arqueología no era lo mismo que comprar una editorial de cómics, o un estudio de animación, tan solo porque quería agregar a sus personajes como cartas en el Duelo de monstruos.

Con el verano, en medio de protestas cada vez más intensas de la comunidad académica y de los países que le reclamaban la pertenencia legítima de dichas gemas, las joyas por fin llegaron a la isla.

Judai estaba de pie junto a su padre cuando el equipo de seguridad de la compañía le entregó el maletín.

Dentro, en lugar de las siete joyas que esperaba encontrar, solo había pequeños viales con polvo de colores.

—Debió ser complicado extraer incluso esto —comentó a un hombre que no tenía la pinta de ser parte del equipo de seguridad.

Vestía un traje caro y tenía todo el aspecto de ser más bien un diseñador de modas.

En realidad, sabría Judai más tarde, era el joyero de confianza de su padre.

—Más o menos —contestó—.

Tengo que admitir que son joyas muy interesantes.

Pero, al final, conseguí obtener este polvo sin necesidad de comprometer ninguna de las gemas.

—¡Maravilloso!

Es bueno escuchar eso.

Supongo que ahora podemos devolverlas a sus lugares de origen.

A estas alturas, creo que, si no lo hago, alguno de mis inversionistas sufrirá un derrame.

Pegasus agradeció a su joyero y lo despidió, junto con el personal de seguridad.

—Muy bien, considero que ahora podremos comenzar a trabajar —dijo Pegasus, a lo que Judai respondió alzando una ceja—.

Escuché que hiciste una excelente tinta mediante alquimia como tu proyecto final de alquimia.

—Sí.

Fue una propuesta del profesor Daitokuji.

—En realidad, yo le sugerí que lo hiciera.

Mientras hablaban, su padre sacó una caja de metal pequeña de uno de los cajones de su escritorio.

No le costó mucho reconocerla como una de las cajas en las que se guardaban cartas únicas o que todavía estaban en periodo de prueba.

—La tinta tiene una razón de ser.

Será la última capa para terminar estas cartas.

Del interior de la caja, su padre sacó siete cartas de monstruos de efecto.

Cuando Judai las vio, sintió a Haou removerse en su alma.

Casi al instante, se vio abrumado por una serie de sentimientos encontrados: nostalgia, añoranza, la felicidad que uno experimenta cuando se reúne con un viejo amigo de la infancia.

—Pero, estás cartas están terminadas —comentó Judai cuando su padre le permitió tomar una de ellas.

Se trataba de la que representaba a un pequeño ser similar a un gato de cuatro orejas y una larga cola terminaba en una esfera con el color rojo de los rubíes.

La carta se llamaba «Bestia de Cristal Carbunclo Rubí».

Casi al instante, las emociones que Haou le transmitía desde lo profundo de su alma compartida cambiaron a la furia y, sobre todo, a una tristeza abrumadora.

El mismo Judai tuvo que contenerse para no llorar.

Incluso sintió a Yubel rozar su mejilla en un intento por tranquilizarlo.

La carta estaba muerta.

Incluso sin espíritu, las cartas siempre tenían un poco de calidez, como si fueran un hogar amoroso que estaba esperando a ser habitado por un espíritu que correspondiera al duelista que la usaba.

Esa era la primera vez que el niño tocaba una carta que carecía por completo de ese calor.

«Papá no cree que están terminadas», pensó, tanto para tranquilizarse a sí mismo, como para calmar a Haou.

Casi como si el propio Pegasus hubiera leído su mente, tomó las siete cartas y las devolvió a la caja.

—Lo parecen, ¿verdad?

En este momento prácticamente son cartas comunes.

Les falta su brillo, por así decirlo.

Y es para eso que he mandado a traer el polvo de esas gemas.

Te lo aseguro: todos los problemas que han causado valdrán la pena.

En especial cuando veas lo que haremos con esta tinta tuya.

Se puso de pie y le hizo un gesto para que lo siguiera a su estudio de trabajo.

—Voy a contarte un secreto, pequeño Judai: soñé con estas cartas.

Más o menos.

Si no fuera quien soy, consideraría la posibilidad de que solo fue algo provocado por quedarme trabajando hasta después de la media noche.

Judai frunció el ceño ante eso.

—El doctor dijo que no debes hacer eso más.

Pegasus hizo una mueca.

—Ah, qué cosas.

No creo estar tan viejo como para que mi hijo me riña por no seguir las indicaciones médicas… —¡Papá!

Es en serio.

—Lo sé, lo sé —se defendió alzando las manos—.

Debo cuidarme más del estrés del trabajo.

Pero, es complicado cuando tienes la economía de países enteros sobre tus hombros.

Suspiró de manera muy sincera, le pareció a Judai.

—En fin, ¿en qué iba?

¡Oh, sí!, mi sueño.

Estaba revisando algunas actualizaciones de publicaciones sobre arqueología, cuando encontré una investigación de un curador del Museo Británico que hablaba sobre las legendarias gemas perdidas de Julio César y las relacionaba con los mitos de unas criaturas fantásticas que, según parece, habitaban dentro de esas gemas.

—¿Soñaste con estas Bestias de Cristal?

—La pregunta venía más de Haou que del propio Judai.

—Es algo que sucede a veces.

Los espíritus suelen gustar de esas sutilezas.

Judai asintió.

Estaba al tanto de eso.

Y había suficientes historias de visiones a través de los sueños en las diversas mitologías del mundo para confirmar aquello.

El niño contuvo la respiración anticipando lo que encontraría dentro del estudio.

A pesar de los años que llevaba viviendo allí, rara vez entraba en esa habitación.

Entendía que su padre necesitaba concentrarse cuando trabajaba, así que procuraba alejarse de esa habitación a pesar de la mucha curiosidad que despertaba en él.

La habitación no parecía cambiar mucho: siempre era un lío de lienzos, pinturas, resinas y aceites regados por todo el lugar.

Incluso cuando su padre era un poco obsesivo con respecto al orden y las apariencias, esa habitación reflejaba todo lo contrario.

Un reflejo de lo que era el arte para su padre: algo espontáneo y que se hacía con pasión, no con la fría lógica de los números.

Algo que contrastaba un poco con el Duelo de Monstruos en sí, ya que, en esencia, sus reglas eran matemáticas básicas.

—Ahora —comenzó a explicarle su padre en cuanto entraron en el estudio—, lo normal es que el terminado de la rareza se haga en la misma imprenta, pero, esta vez, vamos a hacerlo de manera artesanal.

Tu tinta y el polvo extraído de las gemas de Julio César es el toque final.

Judai sintió su corazón latiendo de emoción al escuchar aquello.

Haou, todavía acechando en la superficie de su alma, parecía observar todo aquello con un cierto aire de solemnidad.

Incluso Yubel se dejó ver un momento y miró con expectación todo aquello.

Con mucha paciencia, su padre le mostró el procedimiento para agregar brillo a las cartas usando el polvo de las joyas y la tinta que había fabricado como su proyecto de alquimia.

Finalmente, una vez que dominó la técnica, padre e hijo se dedicaron a darle el acabado definitivo a las siete cartas de las Bestias de Cristal.

Una a una, conforme los fragmentos de las joyas que representaban a cada una de las cartas fueron uniéndose a estas, las cartas se llenaban de vida.

En más de una ocasión, mientras trabajaba en ellas, Judai podía sentir cómo los espíritus que antes dormían en las gemas comenzaban a despertar.

Cuando las siete cartas estuvieron terminadas, para sorpresa del niño, el pequeño ser de color azul saltó directamente de la carta hacia sus brazos, donde procedió a lamer sus mejillas.

Pegasus contempló esto con mucho entusiasmo.

—Oh, qué maravillosa criatura —comentó.

—Mucho gusto —saludó Judai al pequeño carbunclo mientras rascaba su barbilla.

Dentro de su alma, Haou se permitió relajarse, aunque Judai todavía podía sentir un rastro de tristeza en él.

– GX – Hubo reacciones variadas cuando las Bestias de Cristal fueron reveladas al mundo.

Desde los artistas que consideraban estas una genialidad, hasta las personas que lo seguían cuestionando por hacer uso de esas joyas para completar los diseños de sus nuevas cartas.

Si las gemas se hubieran destruido en el proceso, habría sido una pérdida irremediable.

Los duelistas, por su parte, estaban impacientes por aprender más sobre estas nuevas cartas.

La información que había sobre ellas eran poca, y el que fueran cartas únicas les hacía preguntarse si alguna vez verían su edición en masa, o si se quedarían como una más de las muchas cartas que, se rumoreaba, Pegasus mantenía para sí mismo.

Por supuesto, las ofertas de compra por parte de los coleccionistas no se hicieron esperar.

Pero, como tantas otras veces, fueron rechazadas.

El objetivo de Pegasus era entregar las cartas a quien lo mereciera.

Mientras tanto, para Judai las bestias de cristal fueron un respiro y una razón para disfrutar de ese verano, muy a pesar de que había tenido que despedirse del profesor Daitokuji.

Además, mientras esperaban a que el duelista adecuado apareciera, su presencia en la isla fue motivo más por el cual añorar el regreso a casa durante las vacaciones, ahora que se iba a estudiar a un internado.

Con la llegada de Jun para pasar un par de semanas con él en la isla, más la presencia de las bestias de cristal, ese verano fue uno de los más divertidos que Judai recordaría de su infancia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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