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Judai Crawford - Capítulo 7

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Capítulo 7: El día del examen

Judai garabateó de manera descuidada las últimas líneas de su examen de historia universal. Estaba tan agotado y aburrido de las pruebas académicas que, en realidad, ya no le importaba si Luis XV había sido el rey de Inglaterra o el de Francia. Comenzaba a arrepentirse de su decisión de tomar todos los exámenes finales un periodo antes que sus compañeros de curso.

Por lo menos le quedaba el consuelo de que ese era el último año en que tendría que soportar la vida escolar en un aburrido internado de Inglaterra. En cuestión de semanas estaría en la Academia de Duelos Central. Una vez allí, su sacrificio de hacer el último curso de la primera etapa de su educación secundaria en solamente dos periodos daría sus frutos.

Estaría más cerca de su meta de ser un duelista profesional.

Tras concluir su educación básica con el profesor Daitokuji, su padre decidió que era momento de que estudiara en la misma escuela en la que él había cursado su educación secundaria: la Academia Interna St. Clair, en Inglaterra. Eso resultó ser una aventura interesante –por así decirlo– para Judai. Además, era una forma de reafirmar su pertenencia a la familia Crawford. Incluso cuando la familia de su padre hacía ya tres generaciones que no vivía en Inglaterra, seguía manteniendo la tradición de enviar a sus hijos a estudiar la secundaria en St. Clair.

La escuela era uno de los internados más prestigiosos de Inglaterra, y esperaba mucho de sus alumnos. En especial del heredero de uno de sus egresados más famosos. A eso había que sumar el estrés provocado por el contraste drástico que significó volver a cursar la escuela de manera tradicional luego de cinco años de educación en casa con un tutor particular.

El Colegio St. Clair era una institución interna de gran reputación, no solo en Inglaterra, sino en toda Europa, se podría decir que del mundo entero. Los hijos de grandes e influyentes empresarios y políticos europeos estudiaban allí.

St. Clair se ubicaba en una antigua mansión inglesa del siglo XVIII, muy cerca de Liverpool. Era una casona con amplios jardines y muros de piedra gruesos y sólidos. Debido a los rígidos códigos de comportamiento y vestimenta, el lugar muchas veces se sentía más cómo una prisión que como un colegio. Al menos en opinión de Judai, quien hasta ese día había valorado su libertad para correr libremente en la isla privada de su padre.

Si hubiera podido elegir, Judai no habría ido allí. Habría preferido ir a una de las preparatorias de duelo de Corporación Kaiba. En ese sentido envidiaba a Jun, quien cursó su educación secundaria en Joran, un colegio semi-interno (solo lo era si no vivías en la ciudad) ubicado en la ciudad de Domino.

El Colegio Joran era una de las escuelas privadas más prestigiosas de Japón desde los años setenta. Recientemente, había sido comprado por Kaiba y convertido en uno de los mejores colegios de preparación para quienes querían ingresar en la Academia de Duelos de manera directa, sin pasar por todo el largo proceso de tres exámenes cuyo promedio determinaba si te aceptaban o no.

Judai mentiría si no dijera que le tenía un poco de envidia a Jun por poder ir a Joran mientras él estaba atrapado en St. Clair.

No es que su colegio fuera malo, todo lo contrario. Casi desde su primer día, Judai aprendió que en St. Clair nada era lo que parecía. Los otros niños y adolescentes que estudiaban allí estaban acostumbrados a tener todo lo que querían. Eran los típicos junior hijos de padres ricos que cumplían todos sus caprichos y, por tanto, tenían una actitud petulante y esnob. Si las cosas no salían como querían, hacían un berrinche y amenazaban con llamar a sus padres millonarios e influyentes.

Judai, a pesar de ser posiblemente el adolescente más rico del mundo en esos momentos, fue criado por su padre para ser todo lo contrario a eso. En opinión de Pegasus, vivir con lujo no tenía nada de malo, pero tampoco tenías por qué presumir ante otras personas o pensar que eso te daba el derecho a hacer lo que quisieras. El dinero, después de todo, era pasajero y una mala jugada en los negocios podía dejarte en la calle en un parpadeo.

Aunado a eso, estaba la intriga política y de conveniencia. Judai no era tan ingenuo con respecto a eso como lo fue alguna vez. Jun le había hablado muchas veces de cómo sus hermanos y su padre, habían hecho de la intriga política un deporte similar a la cacería. Siempre buscando formar alianzas (nunca amistades), que luego rompían cuando dejaban de serles de utilidad. Todo esto con el único objetivo de estar en la cima del mundo corporativo, político, económico y, más recientemente, de los duelos.

Por supuesto, aunque el padre de Jun jamás –hacía años que todos dejaron de buscar y se lo declaró oficialmente muerto–, para desgracia de su amigo sus hermanos mayores habían seguido con los planes de su padre. La única razón por la que no estaba siendo arrastrado a eso era porque la tía Misae lo había protegido de ellos dejándolo elegir su camino por sí mismo.

Pensando en la familia de Jun, Judai se dio cuenta de algo: el colegio St. Clair era como una versión miniatura de lo que sucedía en esos mundos. Todos buscaban tener las amistades «apropiadas» y se deshacían de las que perdían su utilidad.

Por ejemplo, había un chico que era el nieto del primer ministro de Gran Bretaña y su padre era el presidente de una empresa multinacional muy reconocida en el rubro automotriz. A causa de eso, cuando Judai entró al colegio, era casi obligado extender una invitación para él a las fiestas de cumpleaños ostentosas que realizaban sus compañeros durante las vacaciones. Los otros chicos siempre trataban de estar en buenos términos con él y, los más ambiciosos, hacían todo lo posible por convertirse en su «mejor amigo».

Todo eso terminó a finales del año escolar anterior. El abuelo de aquel chico se vio involucrado en un escándalo político. A causa de esto, la actitud de todos hacia él cambió de la noche a la mañana. De pronto ya nadie quería dirigirle la palabra o siquiera mirarlo. Todas las invitaciones a fiestas y otros eventos le fueron retiradas. Al cabo de una semana, era como si el chico se hubiera vuelto invisible.

Judai decidió mantenerse lo más alejado posible de todo eso. Todavía le costaba un poco ser un estudiante dedicado –el profesor Daitokuji siempre dijo que era más un chico de acción que de libros–, no obstante, al llegar a St. Clair descubrió que los estudios eran su mejor escudo contra ese ambiente tóxico de niños ricos e influyentes.

Esta estrategia le ayudó a evitar a los que pretendían solamente la riqueza y el poder político. No así a la autoproclamada «élite duelista» de la escuela. Y esto era en gran parte debido a la rivalidad que formó con su líder: Jack MacKenzie.

MacKenzie era el hijo de un importante inversionista de Estados Unidos (o eso era lo que se decía, ya que su familia era muy hermética al respecto). También un duelista de nivel competente, en opinión de Judai. Su defecto, y lo que lo frenaba, era su propensión a alardear de su supuesta superioridad, al grado de creer que tenía el nivel de un profesional.

Esta presunción lo llevó a afirmar cosas tales como que tenía prácticamente ganado su lugar en el Campus Norte de la Academia de Duelos, pues era más fuerte que el mejor de sus estudiantes. Judai, que gracias a su padre había escuchado cómo eran las cosas allí, estaba seguro de que luego del primer día Jack volvería a su casa con el orgullo herido. No cualquiera tenía la fuerza para pasar un día vagando por la tundra congelada en busca de cartas para improvisar un mazo y poder acceder al interior de la Academia.

Pues bien, desde el primer instante en que Judai pisó St. Clair, MacKenzie intentó arrastrarlo a su pequeño club de duelo. Si bien en un primer instante Judai consideró que podría ser una buena idea, se arrepintió de inmediato cuando vio la realidad de la supuesta «élite duelista»: era un grupo lamentable de chicos presuntuosos que pensaban poder ganar cualquier cosa arrojando cantidades inmensas de dinero para así adquirir las cartas más costosas.

No entendían que una cosa era el precio que una carta podía tener debido a ser una carta de diseño único, y otra muy diferente que fuera una carta jugable. Es decir, si bien en su experiencia no había cartas malas, Judai sabía que eso no quitaba que muchas de las cartas de lujo hechas para los más millonarios fueron diseñadas para ser vendidas como piezas de arte o status, más que como algo que pudiera ganar un campeonato. No al menos sin tener una buena cantidad de cartas básicas como apoyo para explotar su verdadero poder.

Y es que, ellos no consideraban que su padre estructuró el juego de esa manera: las cartas en esencia poderosas (la mayoría de los monstruos As y los más fuertes de sus arquetipos) eran raras, mientras que las cartas comunes solían tener efectos simples pero efectivos. Así que, solo al combinar ambas, se podía formar un mazo de verdad competitivo.

Además, ni siquiera parecían comprender que las verdaderas cartas únicas no eran algo que se pudiera conseguir solo arrojando dinero. Sin ir más lejos, pensaban que podían convencerlo de hablar con su padre para que fuera intermediario en la compra de las cartas de dioses de Yugi Muto. No eran capaces de entender que el poder de esas cartas iba más allá de su utilidad en el juego, y que por tanto jamás estarían en venta… incluso si todavía existieran.

Nunca lo dijeron, pero estaba claro que en su cabeza se habían hecho de la idea de que todos los «rumores» sobre su destrucción eran una invención de Yugi Muto para desviar la atención. Como si Yugi necesitara hacer algo como eso.

En un principio, fue el propio Jack MacKenzie quien se acercó a él.

—Somos los mejores de toda Europa —aseguró el chico con una actitud arrogante—. Te lo aseguro, Crawford, unirte a nosotros es lo mejor que puede hacer un duelista si de verdad quiere llegar a ser alguien en este continente.

El tono de ese comentario por supuesto que le resultó desagradable. A pesar de lo cual decidió darles una oportunidad y asistió a una de las reuniones que tenían los sábados por la tarde en el gimnasio.

Esa primera reunión fue suficiente para que Judai viera que no había un verdadero espíritu y pasión por los duelos en esos chicos. Para ellos era sólo otra cosa más en la que debían destacarse para estar en la cima de la sociedad. Tenían mazos armados con las cartas más raras y costosas que el dinero les podía conseguir, pero carecían de estrategia y del tacto para usarlas de manera adecuada.

Siendo Judai un duelista nato, intentó demostrarles su error. Y la mejor forma de hacerlo era desafiando sus mazos costosos con una construcción de su mazo de HÉROES que no usara sus cartas más raras (la mayoría de sus fusiones), a fin de mostrarles lo que las cartas más simples podían hacer cuando se jugaban bien.

—¿Cartas comunes? —preguntó MacKenzie sin molestarse en ocultar lo mucho que eso le desagradaba—. No lo entiendo, Crawford: tienes acceso a prácticamente todas las cartas del juego, ¿por qué usar ese mazo?

—No necesito todas las cartas del juego —replicó Judai sin perder la calma—. Una carta es tan buena como la capacidad del duelista para jugarla en el momento adecuado.

—Pruébalo.

Hubo un brillo en los ojos de Jack que, en ese momento, Judai confundió con interés en ver si eso era verdad. Así que hizo lo que él le pidió derrotando el lujoso mazo de MacKenzie en solamente tres turnos, sin que su oponente pudiese siquiera defenderse. Y esto al parecer hirió el orgullo de Jack MacKenzie.

Desde entonces, buscaba cualquier excusa para tener duelos con Judai, naciendo una rivalidad entre ellos. O al menos así lo veía Jack, ya que para Judai no resultaba un reto verdadero. MacKenzie estaba empeñado en demostrar que las cartas raras y poderosas que tenía eran mejores que las simples cartas comunes de Judai. Cuando fallaba de manera inevitable, gastaba miles de euros en comprar cartas todavía más raras y poderosas, pero siempre descuidando lo básico. Quizá ese «Agujero Trampa» que arrojó a la basura podría haber salvado su trasero, si se hubiese tragado su orgullo y aceptado que tener un deck lleno de cartas bonitas con ilustraciones llenas de brillo y esplendor no era la forma de ser un duelista competente.

Así habían sido las cosas para Judai durante tres años:

Mantenía contacto con Jun por correo electrónico y alguna llamada telefónica ocasional. También sostenía duelos con él y su padre mediante el simulador de duelos Online de la Corporación Kaiba. Según su padre, Seto Kaiba insistía en llamarlo «Simulador de Duelos para Profesionales», aunque él prefería decir la verdad: no era más que un videojuego. Aun con esto, Judai esperaba con ansias las vacaciones, cuando podía tener duelos reales con ambos. El simulador de Kaiba era muy bueno, pero nada se comparaba con tener al oponente en persona frente a ti y ver cada una de sus reacciones. Esa parte de los duelos nunca sería igualada por la tecnología.

Así pues, terminado el periodo de exámenes, Judai se encontró haciendo su equipaje, esta vez para abandonar St. Clair de manera definitiva.

Según el sistema educativo inglés, aún le quedaban dos años para conseguir su certificado de secundaria, así que en teoría no debería permitirsele abandonar la escuela todavía. Aunque, técnicamente no la estaba abandonando, sino que se estaba transfiriendo a otra escuela, incluso si iba a una de un nivel más avanzado (razón por la cual tuvo que acelerar sus estudios los últimos meses para estar al nivel). A pesar de eso, tenía cubierto el cómo obtener su certificación de secundaria. En unas semanas estaría viajando a Japón para presentar un examen de validación y asunto arreglado. De hecho, era un requisito que el gobierno japonés de estaba exigiendo.

Judai cerró su maleta y luego se sentó junto a ella en la cama, contemplando la habitación que había compartido con otro chico durante los últimos tres años (en realidad un poco menos que eso). Era una pieza amplia con dos camas y dos armarios empotrados para guardar su ropa casual y uniformes, además de un amplio escritorio con una computadora. Las ventanas tenían una vista maravillosa del patio central de la escuela.

Yubel apareció sentado en la cama frente a él y le sonrió.

—Ya era hora de irnos —dijo con un tono de fastidio—. Este lugar es muy aburrido.

—Lo sé, ha sido un tiempo muy largo. Casi no puedo creer que en un par de semanas. ¡No puedo esperar! —exclamó Judai emocionado por la perspectiva de ingresar por fin a la Academia de Duelos. Y en especial porque iba al campus de Japón, ubicado en una isla dentro de la prefectura de Okinawa.

Yubel no pudo evitar que cierto pesar se formara en su mirada al ver a Judai tan entusiasmado. En los últimos años había sido obligado a madurar más rápido que los otros chicos de su edad, aunque aún conservaba parte de esa personalidad extrovertida y amistosa, misma que tal vez debería desechar pronto. La Luz se había hecho más fuerte en el tiempo transcurrido desde su último enfrentamiento. Sin duda pronto haría otro movimiento, en especial ahora que Judai estaría en un entorno completamente centrado en el duelo.

Tal vez era momento de aclarar algunas cosas.

—Judai, una vez que estés en la Academia de Duelos deberás comenzar a buscar duelistas poderosos con los que hacer alianzas.

El rostro de Judai se puso serio. Era extraño que Yubel le dijera esas cosas. Por lo general el espíritu se mostraba molesto cuando Judai se relacionaba con otras personas, y ahora era él mismo quien le pedía que buscara alianzas, o cómo Judai lo veía, amistades.

—¿Algún motivo para ese cambio repentino? —preguntó deseando saber más sobre lo que Yubel estaba pensando.

—La Luz se ha fortalecido en los últimos años —aclaró el espíritu—. Necesitas duelistas poderosos que sean capaces de ocuparse de sus sirvientes mientras tú te concentras en buscar y derrotar a quien ha sido poseído por ella.

—¿Buscar duelistas para reconstruir nuestro ejército? —inquirió Haou con un tono escéptico, mientras aparecía de manera espiritual al igual que Yubel—. No creo que en este mundo haya duelistas con el poder suficiente para formar algo que valga la pena.

—Claro —respondió Judai algo sarcástico—. Porque Yugi Muto, Seto Kaiba y los demás finalistas de Ciudad Batallas no son de este mundo.

Haou lo fulminó con la mirada. Al parecer estaba por responder algo, cuando la puerta de la habitación se abrió y su compañero de habitación, Nick Rogers, entró. Esto hizo que los dos espíritus desaparecieran, incluso cuando él no podía verlos.

—Oye, Crawford, el profesor Roberts te busca —le indicó y luego se dirigió hacia el escritorio.

Para Judai, las clases habían terminado extraoficialmente la semana anterior, para ser precisos el viernes, con el examen de historia universal. Los demás estudiantes tenían todavía una semana más de clases antes de que tuvieran que volver a casa para sus vacaciones de primavera. Judai se iba una semana antes que ellos, gracias a que su padre había obtenido un permiso especial ya que debía de estar en ciudad Domino el próximo viernes. Ese día se presentaría a la tercera ronda de pruebas de ese año, y la última oportunidad para obtener una plaza en el campus principal. Algo con lo que había soñado durante años.

El examen constaba de tres fases: la primera era un examen escrito que en realidad era uno de conocimiento general y no sólo de duelo, la segunda una simulación para ver cómo se las arreglaba el duelista en condiciones adversas –ya saben, los típicos puzles de ganar en un turno–, y, finalmente, un duelo contra uno de los instructores de la academia. A causa de la escuela, había perdido la oportunidad de presentarse a las dos primeras pruebas (su padre sospechaba que Kaiba mismo había truncado sus intentos de obtener una prórroga al respecto, incluso cuando la misma familia Crawford era dueña de parte de la Academia), así que la única forma de lograrlo ahora era mediante un puntaje perfecto en la prueba de duelo. Debido a esto, no estaba en sus planes perderla. Además, estaría mintiendo si dijera que no le agradaba la idea de jugarse su sueño en un duelo. Si vas a una escuela para duelistas, ¿qué mejor forma de ingresar podría haber? Judai prefería hacerlo por su habilidad en el duelo que por el puntaje de una prueba escrita o simulada.

Judai se levantó con pereza, mientras «casualmente» dejaba la carta del «HÉROE Elemental Avian» sobre su maleta. Salió de la habitación y avanzó por los pasillos vacíos de la escuela. A esa hora todos estaban en los jardines, las salas de recreo o en sus habitaciones. Fuera de periodos de clase, no había motivos para que los alumnos vagaran por los pasillos.

Llegó a la oficina del profesor Roberts y llamó. Pasaron algunos minutos antes de que la voz suave del profesor le diera el pase.

El profesor Roberts era el maestro de artes de la escuela. Tenía un doctorado en artes plásticas de Oxford, además de ser el heredero de una importante familia de comerciantes de arte. De hecho, había estudiado allí mismo en St. Clair durante su juventud. Él realmente no necesitaba el trabajo, ya que podría dirigir una de las prestigiosas galerías de su familia si así lo deseaba. Según decía, la única razón por la que estaba allí era porque su pasión era educar a otros jóvenes y transferirles el amor que él sentía por las artes plásticas. Además, le encantaban las cartas de duelo, aunque no era precisamente un duelista. La razón era simple: le parecían muy artísticas, sobre todo las diseñadas por el propio Pegasus.

—Su padre es un gran artista —le había dicho en una ocasión a Judai, justo después de darle clases por primera vez—. Vi algunas de sus obras en exposiciones, aquellas que realizó antes de enfrascarse por completo en el diseño de su juego. Son, en una palabra, excepcionales. Es una lástima que abandonara su carrera de pintor. A veces pienso que su arte se desperdicia en ilustraciones que se producen en masa en pequeños trozos de cartón.

Aunque Judai sintió desagrado por la forma en la que se refería a las cartas, no pudo evitar hablarle sobre los originales de esas ilustraciones que su padre tenía expuestos en los pasillos y galerías de su castillo.

—Debe ser impresionante —dijo tras escucharlo.

De vuelta al presente, el profesor estaba sentado en su escritorio, al parecer revisando algunos de los ensayos sobre apreciación de arte que sus alumnos le habían entregado el viernes anterior.

—¿Quería verme, profesor? —preguntó Judai.

—Así es, señor Crawford —respondió el profesor Roberts, mientras alejaba su atención de los papeles en su escritorio y la fijaba en Judai.

El chico sintió un escalofrío en su espalda. Algo no estaba bien, así que se mantuvo en guardia.

—Debo decir que ha sido un placer darle clases —continuó el profesor mientras se enderezaba en su silla y le hacía una indicación para que se sentara en la silla frente a su escritorio—. Es una lástima que ya no pueda estar aquí los próximos dos años. Me hubiera gustado seguir dándole clases. Pero bueno, supongo que para usted es más útil una educación en duelos que la educación tradicional.

—He esperado ir a la Academia de Duelos por años. Para mí es como un deber…

—Ese es el punto, ¿no? El deber. Usted es un alumno brillante, aunque algo perezoso, y para mí es claro que, si se esforzara un poco más, sería capaz de grandes cosas. Me refiero, por supuesto, a cosas más allá de un buen duelo. —Se formó una mueca desagradable en su rostro—. Es una pena que ese talento y la luz que transmite sea opacada por la oscuridad —terminó prácticamente escupiendo la última palabra.

Esto último hizo que los sentidos ya en alerta de Judai se encendieran aún más. E incluso Haou se removió en su interior.

El profesor se puso de pie, mientras Judai deslizaba su mano hacia su mazo de cartas, siempre presente en su cinturón como si fuera el arma de un vaquero en el viejo oeste.

—No debería dejar que la oscuridad apague esa Luz —continuó el profesor, aparentemente ignorando el movimiento de Judai—. Pensé que se quedaría aquí y no interferiría. Que iluso fui. Debí escucharlo cuando me lo dijo. —Por un momento pareció hablar consigo mismo, aunque, finalmente, su atención regresó a Judai—. Supongo que lo comprende muy bien, Sr. Crawford: No puedo dejar que vaya a la Academia de Duelos.

En un movimiento veloz, el profesor Roberts se arrojó contra Judai con la intención de sujetarlo por el cuello. Judai reaccionó de inmediato: sacó la primera carta que tuvo en la mano y usó su poder para materializarla físicamente. Burstinatrix apareció en un estallido de llamas y rápidamente contuvo al atacante de Judai.

—Solo déjalo inconsciente —ordenó Judai a su monstruo.

A pesar de lo ocurrido, el profesor Roberts siempre había sido una buena persona. Ese era su motivo principal por el que Judai se había prometido derrotar a la Luz: en los últimos años había notado un patrón, tomaba los buenos deseos de las personas y los retorcía para manipularlos a hacer su voluntad.

Judai salió corriendo hacia su dormitorio. Por fortuna, Rogers no estaba allí cuando llegó.

Cuando entró, Avian rápidamente se manifestó en forma de espíritu, aclarando que no había ocurrido nada extraño mientras estaba fuera. Judai asintió para indicarle que entendía, y volvió a colocar su carta junto con el resto de su mazo. Tomó su maleta y, sin pensarlo dos veces, se dirigió a la salida más cercana. Usando su poder consiguió salir del edificio pasando desapercibido.

Tras haberse alejado varias calles de la escuela, llamó a Crocketts, quien de hecho ya iba en camino a recogerlo, y le dijo dónde se encontraba.

Mientras se sentaba en la banca de un parque a esperar al hombre de mayor confianza de su familia, no pudo evitar volver a pensar en el profesor Roberts. ¿Durante cuánto tiempo habrá sido un peón de la Luz de la Destrucción sin que él se percatará? Sacudió la cabeza. No podía seguir por ese camino. La paranoia era el trabajo de Yubel, no el suyo.

– GX –

El viaje a la ciudad de Domino transcurrió sin ningún incidente de importancia. Y, como si fuera cosa del destino, el día de su examen, el teléfono de Judai decidió que era buen momento para perder su alarma. Así pues, hambriento por no haber desayunado nada, y con el tiempo encima, se dirigió a toda prisa en dirección a Kaibalandia, lugar donde tenía lugar la tercera y definitiva prueba para ingresar a la Academia en el Domo Kaiba.

Pasando por el parque a toda velocidad, fue que ocurrió: chocó con una persona.

—Lo siento —Judai se disculpó rápidamente mientras hacía una reverencia, apenado.

—No hay problema —respondió la otra persona.

—¿Señor Muto? —preguntó Judai sorprendido de ver frente a él al mismo Rey de los Duelistas.

—Solo llámame Yugi, por favor —le pidió, y al ver el estuche de cartas en el cinturón de Judai agregó—: Parece que tienes prisa. El examen, ¿verdad?

—Oh, cierto, tengo que irme. ¡Lo siento de nuevo!

Estaba por echar a correr una vez más, cuando Yugi sacó una carta de su propio mazo y se la pasó.

—Parece que esta carta quiere ir contigo. —Tras entregarle la carta, Yugi siguió su camino, no sin antes desearle buena suerte en el examen.

Por toda respuesta, Judai hizo otra reverencia y le prometió «hacerlo sentir orgulloso». Yugi simplemente lo saludó con su mano mientras se alejaba.

Judai sonrió y se giró para ver la carta que había recibido. El Kuriboh Alado en la ilustración no perdió tiempo en saludarlo a través de un pequeño guiño con su ojo derecho.

—Bueno, amigo, bienvenido al equipo. —Y siguió con su carrera en dirección al lugar del examen.

– GX –

El oponente de Judai en el examen utilizó un mazo de zombis. Su temática se centraba en invocar monstruos poderosos con el efecto de «Llamada de la Momia» y «Tortuga Pirámide». Una estrategia muy ofensiva, cuyo principal objetivo era llenar el campo con monstruos poderosos sacrificando a la tortuga. Aun así, a Judai no le costó mucho desmantelarla, en especial cuando pudo invocar a su «HÉROE Elemental de la Llama Wingman», más algunas cartas que incrementaron su poder de ataque en unos cuantos miles de puntos, para acabar con el «Señor de los Vampiros» y los puntos de vida el promotor.

Terminado su examen, Judai decidió reunirse con Jun, quien no tuvo que realizar esa prueba al haber obtenido pase directo por haber estudiado en una de las escuelas preparatorias afiliadas a la escuela. Prueba de esto último era que ya estaba usando su uniforme de Obelisco Azul.

—Buen duelo —dijo Jun a modo de saludo en cuanto lo encontró. No era obligatorio para él asistir ese día al domo, pero lo hizo para poder ver a Judai. Además, la mayoría de los estudiantes con pase directo, y algunos de los estudiantes mayores, asistían ese día, aunque fuera para ver a su posible competencia en la Academia.

—No fue realmente un reto como esperaba —respondió Judai mientras se acomodaba en las gradas para ver el resto de los duelos.

Los otros estudiantes allí lo miraron con el ceño fruncido por sentarse en la zona de los estudiantes de ingreso automático, pero tanto él como Jun los ignoraron.

Judai le prestó especial atención al duelo de un chico de cabello celeste. Principalmente porque fue realmente largo, en comparación con los otros, y por varios momentos pareció que el chico iba a arrojar la toalla. El nerviosismo parecía estarle jugando una muy mala pasada en su examen, al grado que Judai lo vio titubear sobre sus cartas durante varios momentos. Finalmente, pareció encontrar su valor para activar una trampa que le dio el triunfo.

Para Daichi Misawa, otro de los postulantes, fue todo lo contrario. Él demostró ser un duelista calculador, aunque con la iniciativa para arriesgarse cuando la situación lo ameritaba, como demostró el uso de su «Anillo Destructor» para terminar el duelo, incluso a costa de quedar con solamente 50 Puntos de Vida.

—Misawa fue el mejor en el examen escrito —aclaró Jun tras ver la conclusión del duelo—. Seguramente será por mucho el mejor rival de todos los demás. De hecho, ni siquiera tenía que haber presentado este examen. Asistió a Joran conmigo. Solamente está allá abajo porque rechazó el pase directo y quiso probarse en el examen.

Judai asintió. Si él hubiera podido ir a Joran, seguramente habría hecho lo mismo.

—Creo que ese chico, Sho, también será un buen oponente.

—¿Estás bromeando?

Al ver la confusión de Jun, Judai se apresuró a explicar el porqué de su conclusión:

—Al igual que el chico Misawa, conoce sus cartas y sabe usarlas. Sólo le falta algo de confianza. Se siente intimidado por sus oponentes y eso le hace cometer errores. A pesar de eso, logró sobreponerse y ganar el duelo. Creo que con un poco más de autoestima y seguridad, además de uno que otro ajuste a su baraja, será uno de los mejores.

Jun pareció meditar las palabras de Judai, y al final decidió que le daría la oportunidad a ese chico Sho. Judai jamás se había equivocado en estas cosas, ¿por qué ahora sería diferente? Sabía que eso se debía a la tutela de Yubel, quien le enseñó a analizar a los oponentes y no solo lanzarse a la batalla sin saber que le esperaba.

Tras el examen, ambos decidieron ir a un restaurante cercano a comer. Judai contó con entusiasmo su encuentro con Yugi, y sobre la carta que le había obsequiado. Y tras terminar la comida, terminó arrastrando a su amigo a Black Clown, la tienda de juegos, en busca de cartas de soporte para Kuriboh.

Tres días después de su examen, Judai regresó al Reino de los Duelistas.

Como era de esperarse, su duelo fue uno de los más altos en puntuación, lo suficiente para compensar el hecho de que no se presentará a la prueba del simulador y a la prueba escrita, lo que le ganó ser colocado en el dormitorio Osiris Rojo. A pesar de que era el dormitorio más bajo, y algo que desanimaba a la gran mayoría de los estudiantes que ingresaban allí –al grado de que muchos terminaban abandonando sus plazas antes de siquiera pisar la isla–, para Judai era tan bueno como cualquier otro. Además, le gustaba mucho el color rojo de su uniforme, algo en lo que su padre estaba más que de acuerdo con él.

El resto de las vacaciones hasta que comenzaran las clases, poco más de una semana, lo pasó relajándose en la isla. Y como cada año, Jun lo visitó un par de días, en esta ocasión hasta que tuvieran que partir a la Isla Academia desde el puerto de Domino. Pasaron ese tiempo perfeccionando sus estrategias, en espera de los retos que vendrían en su tiempo en la academia.

– GX –

Pegasus, tras escuchar sobre el regalo de Yugi a su hijo, sintió verdadera curiosidad. Yugi siempre se había mostrado muy interesado en el desarrollo de Judai como duelista, incluso cuando nunca se habían encontrado en persona. Al menos no hasta ese incidente antes del examen de su hijo.

—¿Por qué ahora? —preguntó a Yugi en una llamada telefónica.

Yugi soltó una carcajada divertida.

—Es una vieja historia de hace diez años —dijo finalmente—. Un incidente ocurrido en cierto evento de caridad.

Pegasus lo recordaba bien: fue un evento cancelado luego de una pequeña explosión que destruyó parte del equipo de sonido, además de rumores sobre un extraño fenómeno que evitó a las personas acercarse a la plaza durante algunas horas. Se hablaba de un duelo y de monstruos capaces de hacer daño real a los duelistas. Al final, como todo incidente de esa naturaleza, quedó simplemente en una explicación vaga para contentar a las masas (una excusa ridícula sobre una falla en el sistema de Visión Sólida, la cual no dejó precisamente feliz al Chico Kaiba).

Más tarde, gracias a Yugi, Pegasus se había enterado de la verdad: un duelista oscuro que encontró la forma de engañar al tiempo y quiso cambiar el pasado. Afortunadamente, y gracias a la intervención de algunos amigos del futuro, las cosas se habían resuelto antes de que alguien resultara herido… o peor.

—Supongo entonces, Chico Yugi, que únicamente estabas devolviendo el favor a un amigo.

—Sí, algo como eso —admitió Yugi antes de terminar la llamada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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