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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 10

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10: Capítulo 10 10: Capítulo 10 El sol pegaba tibio contra la acera del instituto.

Los estudiantes se agrupaban en rincones: algunos revisaban el celular, otros reían o conversaban.

En medio del alboroto, mis amigas y yo nos encontramos frente a los escalones de la entrada.

Las chicas estaban en plena euforia, sobre todo Mara.

—Digan algo, porque yo estoy vibrando nivel película de verano —exclamó Lía, tirando su mochila al suelo como quien lanza un anuncio.

—¡No se imaginan!

—dijo Mara entre risas—.

Adivinen quién me invitó a salir: ¡fue Luke!

¡No estaba muerto, estaba en entrenamiento emocional!

—¡Maraaaa!

—gritamos todas.

—¿Y tú qué, Abby?

Te vi salir del salón con Harry…

¿Eso fue lo que creo que fue?

—preguntó Cam, alzando las cejas como si fueran antenas de romance.

Me apoyé contra la baranda, jugueteando con los tirantes de la mochila.

—Le dije que viniera a cenar a mi casa el martes.

—¡¿QUÉÉÉÉ?!

—gritaron al unísono Mara, Lía y Cam.

—Pero calma.

No es una cita —aclaré con una sonrisa secreta—.

Es solo una cena entre amigos.

Además, estarán mi mamá y mi tía.

Pero el sábado…

ahí sí será la cita oficial.

—Comida americana tipo qué: ¿hamburguesas caseras?

¿Brownies con helado?

¿Estilo Netflix y mantita con intenciones escondidas?

—bromeó Lía.

—Estoy pensando en sliders con papas al horno y pastel de manzana.

Algo tranquilo, pero que diga “sé cocinar y no me da miedo”.

Cam dio palmaditas de aprobación.

—Reina, tú sabes diseñar atmósferas.

¿A qué hora?

—A las siete.

Y ya me confirmó.

Mara puso cara de sospecha juguetona.

—Yo solo digo que, si sus narices se rozaron y el locker fue cómplice, eso ya no es solo amistad.

Eso es tensión sexual.

Todas estallamos en carcajadas.

La conversación fluía con naturalidad: —¿Supieron que a la profesora Elliot le hackearon el Pinterest?

Alguien convirtió su cuenta en un tablero de teorías conspirativas —dijo Cam.

—Dios mío…

El nuevo del grupo de teatro dijo que Romeo y Julieta es una historia de gaslighting —se indignó Mara.

—En el baño escuché a dos chicas diciendo que iban a lanzarle indirectas a Jake en el grupo de música… usando solos de guitarra —comentó Lía.

Me reí mientras sacaba el celular.

—Siento que deberíamos hacer un Divinas en Caos Weekly Recap con estos chismes.

Seríamos tendencia.

Cam asintió.

—Y quejas, por favor.

Necesito desahogarme: el profesor de química quiere que leamos treinta páginas sobre enlaces covalentes.

¿Quién le dio poder?

Mara se sentó en las escaleras.

—Mi queja oficial es que el chico con el que salí en Brooklyn tiene fobia a los gatos.

Y yo tengo tres.

—¡Eso es un crimen afectivo!

—dije entre risas.

Saque la llave del bolsillo trasero de mis jeans.

Al girarla en la puerta, escuché voces y risas.

Mi corazón se aceleró.

—¡Tía!

—exclamé, lanzando la mochila al sillón y corriendo hacia la cocina.

Allí estaban mi mamá, con el cabello recogido en una pinza, y mi tía Celia, con su vestido de maternidad.

Celia, en su séptimo mes de embarazo, caminaba con una elegancia pausada, como si cada paso fuera una caricia al tiempo.

Su cabello castaño claro, recogido en un moño bajo, dejaba escapar algunos mechones como suspiros junto a sus mejillas.

El vestido —de lino suave en tonos lavanda— abrazaba su cuerpo con serenidad.

Su vientre redondeado parecía una luna en pleno, y sobre él descansaba una mano que no dejaba de acariciar con ternura inconsciente.

Tenía ojos color miel, de mirada cálida y cómplice, labios siempre dispuestos a la risa ligera o a la confidencia inesperada.

Usaba sandalias cómodas de cuero, y un pequeño dije en forma de estrella colgaba de su collar.

—¡Ay, tú sí estás…!

Qué bueno verte, mi corazón —dijo Celia, abriendo los brazos.

—¡Llegaste temprano!

No sabía que ya estabas —respondí, abrazándola lo mejor que pude.

—¡Tenía que verte antes de que se me borre la cintura del todo!

—bromeó Celia, acariciándose la panza.

Mi mamá sirvió té en tazas con dibujos de mariposas.

—¿Y cómo estuvieron tus clases, hija?

—Bien, tranquilas.

Aunque sociología con el profe Lynch fue un circo hoy.

Lía casi lo convence de que los tiburones deberían tener derechos ciudadanos.

—Ese grupo de amigas tuyas es un poema —rió mi mamá.

—¿Y tú?

¿El embarazo cómo va?

—Mucho movimiento.

Pero estoy bien, solo más lenta.

El bebé se mueve como si ensayara ballet —dijo con ternura.

Tomé un poco de té.

Luego, como quien lanza una carta: —Ah, por cierto… invité a Harry a cenar el martes.

Silencio breve.

Miradas.

—¿A cenar aquí en casa?

—preguntó mi mamá con una sonrisa en pausa.

—¿Quién es Harry?

—preguntó Celia con el ceño fruncido.

—Es solo un chico.

De la escuela —dije, mirando a mi mamá.

—Sí, solo como amigos.

Pero quiero que lo conozcas.

—Mentís mal —respondió mi tía.

—No estoy mintien…

—Es un chico que le gusta —me interrumpió mi mamá.

—¡Mamáaa!

—exclamé.

Celia le dio un codazo cómplice a mi mamá.

—Bueno, bueno…

Primera cena con inspección maternal.

¿Harry está preparado para ese nivel?

Mi mamá se rió.

—Me parece perfecto.

Quiero ver a ese chico que escribe poemas —dijo ella.

—¡Mamáaaa…!

—dije, sonriendo con las mejillas encendidas.

—Bueno, me voy a hacer tarea.

¡Matemáticas!

Nada romántico ahí…

—dije, levantándome.

—Suerte con los números.

Si te rindes, te dejamos un cojín en el sofá para que duermas sobre la dignidad —bromeó mi tía.

En mi cuarto, me cambié por ropa cómoda: shorts holgados, camiseta blanca con un rayo dorado estampado, cabello en una trenza desordenada.

Saqué el cuaderno, abrí el libro de ejercicios y comencé a resolver problemas.

Entonces, mi celular vibró.

Era un mensaje de Harry.

Hoy en clase dijeron:  que las guerras dividen,  pero algunas miradas construyen treguas.

Yo no entendí del todo las batallas,  pero sí entendí lo tuyo:  la forma en que llegas sin ruido y haces que todo se rinda.

Tu voz no necesita cañones.

Tus gestos son más fuertes que uniformes.

Tu presencia…  una declaración de paz  en mi parte más rota.

Desde ese viernes,  y desde este lunes,  y desde todas las veces que no te he tenido,  mi corazón se convirtió en territorio ocupado.

Dios mío…

Harry me escribió un poema.

Con una sonrisa boba en la cara y el corazón a mil, le respondí: Hoy entendí que la paz no es silencio.

Es un latido leve que no teme sonar.

Tu poema me hizo temblar,  como cuando se enciende la pantalla  y el mundo se queda atrás.

No sé de batallas,  pero sí de trincheras emocionales.

Y tú…

tienes esa forma de entrar  sin armas, sin ruido,  solo con verdad y mirada.

Si yo soy territorio,  tú eres frontera suave.

Si tú eres declaración,  yo soy tratado abierto.

Desde ese lunes,  y desde ese roce accidental en el pasillo,  y desde cada pregunta que no te hice,  yo también me rendí.

Pero a ti.

No a la historia.

Le di a enviar con una sonrisa…

pero me arrepentí.

Ya era tarde.

Harry lo leyó.

Nerviosa y asustada, lancé el teléfono a la cama, tratando de calmar mi pobre corazón.

Bajé las escaleras con una sonrisa enredada en la cara.

En la sala había palomitas en un bowl gigante, pizzas en sus cajas abiertas, y un litro de helado de vainilla con cereza.

Las tres —mi mamá, mi tía Celia y yo— nos acomodamos en el sofá.

Cojines, mantas, esmaltes de uñas.

Películas románticas viejas comenzaban a rodar en la pantalla.

Estábamos viendo una escena donde la protagonista corría bajo la lluvia hacia el chico.

Él le regalaba una carta con pétalos.

Ella le decía que lo amaba aunque supiera que no tenían futuro.

—Ay, ¿por qué no me persiguieron así cuando tenía 25?

—dijo Celia, metiéndose una cucharada de helado en la boca.

—Yo quiero uno que al menos sepa escribir sin emojis… —dijo mi mamá, pintándose las uñas.

—Esa soy yo.

Literal.

Me entrego como si fuera poesía en papel mojado —comenté con la boca llena de pizza.

Las tres nos miramos y soltamos unas carcajadas, de esas que acomodan el alma como una manta tibia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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