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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 11

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11: Capítulo 11 11: Capítulo 11 Martes agitado.

La puerta de vidrio se abre y se cierra como un suspiro acelerado; clientes entran, piden, hablan rápido y salen con tazas humeantes.

La cafetería huele a vainilla, espresso y conversaciones olvidadas.

Yo estoy detrás del mostrador, con el delantal ligeramente manchado de sirope de caramelo y los auriculares colgando del cuello, sin música.

Mientras preparaba el café con leche de una mujer que viene cada martes y siempre lleva un libro en la mano, escribí en una servilleta: “A veces el silencio también quiere respuesta.” Doblé la servilleta como quien guarda una promesa y la dejé junto a la taza.

Nadie lo nota.

Entre pagos, espuma y pedidos para llevar, revisaba el teléfono de vez en cuando, entrando en el chat de Harry.

Pero nada.

El mensaje que le mandé en la mañana sigue ahí, sin respuesta.

Él no fue al instituto, lo que me extraña.

Harry no falta a ninguna clase… bueno, según lo que dijo Mara.

Sin poder evitarlo, la sensación de invisibilidad se me cuela por los dedos, pero decido no volver a escribirle.

No quiero parecer pesada, aunque la espera pesa.

Mariela, que lleva una cola alta y un humor punzante, se me acerca mientras limpio la máquina de frappuccino: —¿Todo bien, Abi?

Te veo con cara de sin azúcar.

Sonreí débilmente.

—Nada, es que Harry no ha respondido…

no fue al instituto hoy.

—¿El chico de la cita-poema?

¿Y eso?

Me encojo de hombros.

—Tal vez está enfermo, o tal vez no le gustó que le escribiera tan temprano.

No sé.

Es raro —digo lanzándole una mirada de reojo a Mariela.

—Si quiere estar, lo está.

Tú sigue escribiendo en servilletas, que al menos ahí siempre te responde la tinta.

Eso me saca una risa, agradecida por ese refugio informal.

Mariela se aleja para preparar un chai latte.

Escribo otra frase en otra servilleta: “No hay nadie que no esté esperando algo.” El aroma de café recién molido envuelve el aire.

El sol entra sesgado por los ventanales.

Acomodo mi delantal, con un mechón rebelde que se escapa detrás de la oreja.

Frente a mí, un cliente indeciso consulta el menú.

—¿Tienes ese… el capuchino con lavanda?

¿El de la nota dulce al final?

—dice, mirando los carteles con dibujos hechos a mano.

—Claro.

Uno tibio, con espuma delicada y esa pizca de pétalos que se queda en la memoria.

¿Te gusta con leche de almendra?

—sonrío, reconociendo el gusto del cliente.

—Justo así.

Que parezca un abrazo.

—Un abrazo servido en taza entonces.

Te lo traigo enseguida.

💔 A eso de las cinco y media estacionó el coche en la entrada de la casa.

La luz dorada de la tarde se filtra entre las cortinas.

Cuando entro a la casa, sobre el sofá está mi tía Celia, tejiendo con lentitud.

Sus deseos se deslizan como si el hilo fuera parte de su memoria.

Cierro la puerta con cuidado, como si el sonido pudiera romper algo.

—¿Cómo estuvo tu día hoy, mi amor?

—sonríe, sin dejar de tejer.

Tardo unos segundos en responder.

Me quito los zapatos y dejo la bolsa en el rincón.

A pasos cortos, me dejo caer en el asiento al lado de mi tía en el sofá.

—Bien… creo —digo soltando un suspiro—.

Harry no fue al instituto.

Le escribí varias veces, pero no responde.

No sé qué le pasa.

Sin dejar de tejer, levanta la cabeza y me mira.

Se inclina un poco hacia mí, sin apuro.

—¿Y qué sientes… respecto a eso?

—Miedo e inseguridad.

Que quizás no soy suficiente.

Que por más que me prepare, algo se escapa —digo mientras mis ojos se empiezan a humedecer.

Celia me toma la mano.

La textura de los hilos entre sus dedos ahora parece consuelo.

—Quien se escapa, a veces, no huye de ti… huye de su propio temblor.

Pero tú no estás sola, cariño.

💔 El vapor del baño me envuelve como un mantra.

Me seco con delicadeza frente al espejo.

En él me recibe una cara con inseguridades, y eso me molesta.

Aparto la mirada y salgo del baño.

Encima de la cama hay un vestido suave, el que Mara dice que parece “fluir como poema”.

Es de un color rosado viejo, largo pero ceñido al cuerpo.

Me lo pongo sin prisa.

Dejándome caer en la cama, cojo el móvil de la mesita de noche.

Son las siete.

Me metí en el chat de Harry: Abby: ¿Vendrás hoy?

Te espero.

Lo mando.

Silencio.

Deslizo el dedo por la pantalla, aparecen los mensajes anteriores: Abby: ¿Todo bien?

Abby: Pensé que nos veríamos.

Pero ninguno tiene respuesta, ni siquiera un “visto”.

La pantalla se apaga.

Respiro hondo para no llorar.

Pero la espera se ha convertido en parte de mi atuendo.

No va a venir.

💔 —No vino —digo en un susurro lo suficientemente fuerte para que me escuchen.

El reloj de mi teléfono marca las siete y media.

Y no vino.

Ya lo sabía, pero tenía la pequeña esperanza de que apareciera, al menos que Mara me diera un mensaje…

cosa que no hizo.

El sonido de los cubiertos se silencia.

—Tal vez le pasó algo, cariño.

No lo tomes como abandono.

Puede ser cualquier cosa… no te tortures —dice mi madre, dejando los cubiertos en el plato.

Asiento, tragando no solo la comida.

Se me aguan los ojos, pero no dejo que caigan las primeras lágrimas.

—Gracias… pero quiero estar sola —digo mientras me levanto de la mesa—.

Estuvo muy rica la comida, gracias —añado, subiendo a mi cuarto.

Cierro la puerta de mi cuarto y apoyo la cabeza en ella.

Suelto un suspiro entrecortado, luego me despego y me dejo caer en la cama, con los brazos y las piernas abiertas.

Las lágrimas salen despacio, silenciosas.

No hay gemidos, sólo suspiros rotos.

Me las limpio con rabia.

No voy a volver a llorar por nadie.

Ya basta.

Las horas pasan.

Reviso el teléfono una vez, otra.

Las notificaciones no llegan.

Releo mis propios mensajes.

Las palabras parecen abandonadas: “¿Vendrás hoy?”  “¿Estás bien?”  Sin respuesta.

A eso de las ocho, mi madre aparece ya vestida con su uniforme habitual, lista para ir al hospital.

—¿Estás bien?

Lo siento, amor… me acaban de llamar.

Hay una urgencia.

—¿Vas a salir?

—Sí, cariño.

Pero tú tranquila.

No estás sola, ¿sí?

—se acerca y me da un beso en la frente—.

Y tu tía se quedó dormida.

Vale, chao, cariño.

Cuando mi mamá se va, escribo de nuevo.

Esta vez con un tono más directo: Abby: Harry, ¿por qué no viniste?

¿Por qué no me dices nada?

Nada.

Silencio.

Me salgo del grupo y busco el contacto de Mara: Abby: ¿Sabes algo de Harry?

¿Lo has visto hoy?

También sin respuesta.

Listo.

Lo tengo decidido.

Y aunque me llamen loca y pesada, lo voy a hacer.

Voy a ir a la casa de Harry.

Me levanto de la cama.

Camino hacia el armario, saco ropa más cómoda y me pongo unos jeans, un top negro y una chaqueta liviana.

Guardo el teléfono en el bolsillo trasero del jeans, tomo las llaves de la mesita de noche y salgo del cuarto en silencio, para no despertar a la tía.

Cuando llego a la puerta de la entrada, la abro sin hacer ruido.

El cielo de la noche parece no mirar.

Entro en el carro.

Mis manos tiemblan levemente sobre el volante.

Dioses… qué locura estoy haciendo.

Enciendo el motor.

El GPS ya sabe la dirección, y mi corazón también.

💔 Hago tres respiraciones antes de salir del carro.

Ante mí se encuentra la casa de Harry.

Las luces están apagadas.

¿Y si no está…?

Subo el cierre de la chaqueta.

Antes de caminar hacia la puerta, detengo mi respiración.

Dioses, ¿qué estoy haciendo?

Harry va a pensar que soy una psicópata.

Extiendo mi mano y aprieto el timbre una vez.

El sonido vibra por toda la casa.

Pero nadie responde.

Me muerdo el labio inferior.

Espero.

Nada.

Lo toco de nuevo, ahora con más insistencia…  Nada.

Miro hacia atrás, nerviosa.

La calle está demasiado quieta y estoy aterrada de despertar a los vecinos.

Dios, Abby, vete.

Golpeo la puerta con el puño cerrado:  Dos toques suaves.

Luego tres más firmes…  Silencio.

No está.

Salió.

Está con alguien más.

¿Y si nunca fue sincero?

Tomo la manija solo por curiosidad.

La giro.

La puerta se abre.

Algo no va bien.

Todo está a oscuras.

La casa parece abandonada, pero hay algo en el aire…

un perfume lejano.

Asomo la cabeza, pero no visualizo a nadie.

—Harry… —susurro.

Nada.

Avanzo un paso.

Luego otro.

El corazón se me sube a la garganta.

Miro de nuevo hacia atrás.

¿Y si alguien me ve?

¿Y si Harry piensa que estoy loca?

Esto fue una mala idea.

Arrepentida, giro sobre mis pies y empiezo a caminar hacia la puerta.

Pero entonces…  Un ruido de algo cayendo en el piso, en la parte de arriba, me deja tiesa en mi lugar.

Con el corazón encogido, las manos sudorosas y el arrepentimiento punzando, vuelvo a llamar: —Harry… ¿estás ahí?

Silencio.

Mierda.

Subo con cuidado las escaleras al segundo piso.

Al llegar, giro la cabeza a la izquierda.

Al final del pasillo hay una puerta entreabierta.

Tragando saliva, me acerco a ella.

Cuando las yemas de mis dedos la empujan, el pánico florece dentro de mí.

En las penumbras de la habitación se deja ver una silueta tendida en el suelo.

Inconsciente.

Me quedo congelada.

Lo que me saca del estupor es el maullido de un gato que baja de la cama y sale corriendo.

—Harry… —susurro.

Corro hacia él sin pensarlo, dejándome caer en el suelo a su lado.

—¡Harry!

¡Harry!

—coloco mis manos en sus hombros, girándolo, dejándolo boca arriba.

Con manos temblorosas aparto su cabello de la cara.

Hay sangre.

Pequeña, pero fresca.

Está saliendo de su cabeza.

Poso mis dedos índice y medio en su cuello, buscando su pulso.

Está débil, pero está.

Acerco mi rostro al de Harry.

Un olor fuerte a alcohol inunda mis sentidos.

Su respiración es pesada.

—¿Estás… borracho?

Me levanto buscando algo fuerte.

A unos metros de su cuerpo descansa una botella de ron vacía.

Por Dios, Harry… ¿qué pasó?

Camino hacia su escritorio.

Allí encuentro una colonia, casi vacía.

La destapo.

El olor es lo suficientemente fuerte.

Funcionará.

La acerco a su nariz.

Nada.

Saco mi teléfono y marco al 911.

—¿En qué puedo ayudarla?

—dice la operadora.

—Necesito una ambulancia en Avenida Madison, Casa N.º 1256.

Encontré a mi novio inconsciente en el piso de su casa.

Tiene una herida en la cabeza.

Está sangrando.

—Una unidad estará allí en 15 minutos.

¿La casa está abierta?

—Sí, sí.

La casa es blanca con rojo y hortensias.

Por favor, rápido.

Cuelgo.

Levanto como puedo la cabeza de Harry, metiendo mis piernas debajo de esta para que repose en mi regazo.

¿Qué habrá pasado?

¿Harry tiene problemas con la bebida?

💔 —¿A qué hospital lo llevan?

—le pregunto a uno de los paramédicos que montan a Harry en la camilla.

—Al Mount Sinai Hospital, señorita.

Mierda.

Ahora sí estoy jodida.

—Está bien.

Yo los alcanzo.

Gracias.

El paramédico asiente y cierra las puertas de la ambulancia.

Subo al auto.

Y antes de arrancar, suelto un suspiro.

Mi mamá me va a matar.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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