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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 13

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13: Capítulo 13 13: Capítulo 13 Apagó el motor del coche cuando me estacionó en frente de la casa de Harry.

El recorrido hasta allá fue en silencio; las calles habían estado casi vacías por estas horas de la mañana, lo que permitió que llegáramos rápido.

-Abby, lamento haberte dejado plantada ayer…

yo…

-se lleva una mano a la cabeza.

-Tranquilo, no te preocupes por eso -le digo mirándolo fijamente.

-Gracias por todo, Abby.

De verdad.

Ya puedes ir a descansar.

-Abriendo la puerta del carro.

-¿Crees que me voy a ir solo porque firmaste un papel?

Yo paso.

-Digo abriendo también la puerta del carro.

Harry me mira dudando.

Yo le regreso la mirada sin titubear.

Él suspira y se encoge de hombros.

-Tu decisión.

Adelante -dice.

Dentro de la casa, las luces se encuentran apagadas, pero la luz del día la ilumina un poco, suficiente para poder detallarla mejor.

La sala muestra un juego de sofás de cuero oscuro.

Sobre la mesa de centro, unos libros apilados sin orden y una taza de café.

Las cortinas gruesas filtran la luz, creando franjas doradas sobre el suelo de madera clara, muy bien cuidado.

Un suéter olvidado cuelga del respaldo de la silla, y el aire huele a mezcla de incienso apagado y algo masculino, como madera y colonia suave.

Harry camina con lentitud por la sala, llegando hasta las escaleras.

Las empieza a subir.

Yo me detengo en el primer escalón, haciendo que Harry también se detenga.

-Dame el número de tu tía, la voy a llamar -digo, extendiendo el brazo.

-No tienes que hacer eso -dice, negando con la cabeza.

-Sí tengo que hacerlo.

Y no me voy hasta que alguien más esté contigo -digo, haciendo más énfasis en mi brazo estirado.

Harry se rinde.

Y me pasa el celular.

Busco el contacto de su tía y lo marco.

Suena varias veces y en el tercer tono contestan.

Le cuento todo lo ocurrido a la tía de Harry; ella me asegura que en quince minutos está allá.

Terminamos de subir las escaleras en completo silencio.

Entramos a su habitación.

Antes, con todo el alboroto y las luces apagadas, no pude observar su habitación.

La cama está impecablemente tendida, como si cada pliegue hubiera sido medido.

Sobre el escritorio, el portátil cerrado comparte espacio con una libreta alineada milimétricamente y una pluma que parece haber sido colocada con intención.

Nada está fuera de sitio: las cortinas sin una sola arruga, la ropa perfectamente colgada dentro del armario cerrado, y una planta discreta sobre la repisa que da un toque de vida.

Y justo ahí -en la esquina soleada entre la cama y la ventana- está la gata de ayer.

De pelaje ámbar y ojos verdes, se acurruca en una alfombra de fibras naturales como si supiera que ese rincón fue pensado para ella.

Su presencia no desordena: en todo caso, redondea la armonía.

Cada vez que estira una pata o parpadea lento, parece que hasta el aire se ordena a su alrededor.

La gata nos mira a los dos, se levanta y va maullando.

Me siento en la cama junto a él.

-Discutí con mis padres.

Me dijeron que iban a venir esta semana…

Pero ayer cambiaron de idea.

No los veré hasta el año que viene.

Dos años sin verlos -dice, mirando hacia el frente, soltando un suspiro.

Lo miro, posando una mano en su hombro.

-Eso duele mucho, Harry…

pero no estabas solo.

Y no lo estás ahora -digo, dándole una sutil sonrisa.

Harry me observa con mucha intensidad, levanta su mano y la posa en mi mejilla, acariciándola.

-No sabía cuánto necesitaba que alguien me viera justo como tú lo haces -dice, acercando su cara a la mía.

Su nariz roza la mía.

Mi mirada se aleja de sus ojos para pasarla a sus labios.

Entreabrí la boca cuando sus labios se abren y, como si no pudiera contenerse más, me besa.

Encaja rápidamente sus labios con los míos, colocando su otra mano en mi cuello.

Le sigo el lento ritmo por unos segundos.

Siento cómo quita su mano de mi cuello y la posa en mi cintura; haciendo impulso, me eleva, quedando sentada encima de él, con cada pierna a un lado de las suyas.

Un pequeño gemido sale de mi garganta, al momento que siento su lengua introducirse.

Ladeo la cabeza, besándolo con más intensidad.

Acaricio su cabello y gruñe cuando tiro de él.

Nos separamos para tomar aire.

Abro mis ojos para mirarlo.

Tiene los ojos cerrados, respirando con dificultad como yo.

Cuando los abre, el color gris de su iris es casi negro.

Me mira con deseo.

-Hace mucho quería hacer eso…

mucho antes de saber cómo decírtelo -su voz suena ronca, y antes de poder responder a eso, se inclina hacia adelante y atrapa mi labio inferior, mordiéndolo.

Después lo suelta; un gemido sale de mí, pero él se lo traga.

Me vuelve a besar.

Levanta sus caderas, haciéndome sentir su excitación.

Muevo mis caderas de adelante hacia atrás, haciendo que un gemido se nos escape a los dos.

Se separa de mí, dirigiendo su boca a mi cuello, repartiendo mordidas.

Sus manos se despegan de mi cintura y se posan en mi trasero, haciendo que me mueva más rápido.

-Mierda -quita la cabeza de mi cuello y me mira-.

Te necesito -sus manos se dirigen a la bragueta de mis jeans.

-Harry…

cariño, ¿estás aquí?

-Como un chasquido, el hechizo se rompe.

Los dos nos miramos, sus pupilas dilatadas, risas contenidas, reflejo de las mías.

Me levanto rápidamente de su regazo, con la respiración agitada, el rubor en la piel y con mi centro doliendo.

Me acomodo el cabello mientras Harry se levanta de la cama.

Su mano se dirige a su entrepierna, acomodándola, y mis ojos se van a ese lugar.

Dios mío, su erección se ve tan grande.

La puerta se abre lentamente.

-Harry -dice una mujer de unos cuarenta años, que deduzco es su tía.

❤️ Las llaves giran con suavidad en la cerradura de mi casa.

Entro, y el aire fresco del interior me envuelve.

Cierro la puerta con un gesto lento.

Dejo la bolsa sobre la mesa de la entrada, me saco la chaqueta y la cuelgo en el perchero.

Mi frente descansa en la pared.

¿Qué hubiera pasado si su tía no hubiese llegado?

¿Me hubiera tenido?

¿Hubiera seguido…?

Suspiro.

La casa está en calma, por lo que llego a la conclusión de que mi tía aún duerme.

Camino por el pasillo a pasos lentos, dirigiéndome a las escaleras.

Cuando paso por la habitación de mi tía, lo hago con un silencio digno de una espía.

Empujo la puerta de la habitación.

Está tal y como la dejé ayer por la noche.

Me siento al borde de la cama y respiro hondo.

Mi mirada se pierde en los mechones sueltos sobre mi frente.

Me levanto, saco el celular y veo la hora: ocho y cuarenta y cinco.

Todavía es temprano.

Enciendo la lámpara de luz cálida, abro el cajón y saco la pijama para ponérmela.

Pienso en todo: en lo que me contó de sus padres, y en mí.

Se siente solo.

En cómo lo encontré inconsciente.

En el miedo que sentí al verlo así.

En el beso.

El roce de sus dedos.

Sus manos en mi cintura.

En el instante en que todo pudo haber sucedido si no hubiera llegado su tía.

Mi pecho se agita.

Muero de hambre.

Bajo a la cocina con un objetivo en mente: comer.

Preparo avena con fruta y canela, como me gusta.

Mi estómago gruñe.

Subo a mi habitación con el tazón en la mano.

Me siento en la mesita que está al frente de mi ventana.

Miro los techos de los vecinos mientras me meto una cucharada en la boca.

El día se siente como si avanzara sin pedir permiso.

Termino de comer.

Mi cuerpo llama al descanso, y sin meter peros, me dejo caer en la cama.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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