Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 15
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15: Capítulo 15 15: Capítulo 15 La campana suena como un suspiro largo, anunciando que las clases por el día de hoy han terminado.
Recojo mis cosas y salgo del salón de matemáticas.
Los pasillos se llenan de las voces de las personas.
Camino con pasos lentos, esquivando a un chico montado sobre su patineta.
Llego hasta mi locker, lo abro y guardo mis cosas.
Por fin.
Cómo he deseado que las clases por el día de hoy…
—Abby, perra traicionera —me sobresalto, cerrando la puerta del locker.
Enfrente de mí están Mara, Cam y Lia, las tres con los brazos cruzados y mirada indignada—.
¿Nos vas a decir por qué no vas a ir con nosotras esta noche?
—pregunta Mara.
Ya me esperaba algo así.
Hoy por la mañana, antes de venir al instituto, mandé un mensaje a Divinas del Caos diciéndoles que hoy no me apetecía salir.
Y es la verdad: quería quedarme en casa y ver películas de romance, en vez de estar en una fiesta con mis amigas y rodeada de ebrios.
Para ser sincera y honesta, a mí me gustan las fiestas, pero hoy no me apetece salir ni hacer de fiesta.
—Chicas… yo…
—¡No me digas que vas a cancelar!
—dice Cam, cruzándose de brazos—.
¡Lo planeamos hace semanas!
Hasta compramos nuestros vestidos para ponérnoslos esta noche.
—Y tú dijiste que no te lo ibas a perder por nada en el mundo —agrega Lia, con cara de decepción—.
¿Qué pasó?
Soltando un suspiro, engancho mis brazos a los de Cam y Lia.
Mara se engancha al otro brazo de Cam, y las cuatro caminamos hacia afuera del instituto.
—No es que no quiera ir.
Bueno…
no quiero ir.
Me quiero quedar en casa viendo películas de romance —digo, encogiéndome de hombros.
Las tres me miran en silencio.
Mara arquea una ceja.
—¿Estás bien, Abby?
Asiento.
—Solo por esta vez no quiero estar rodeada de bulla.
Quiero estar sola —digo.
—Bueno, decidido: nos quedamos contigo —dice Lia.
Mara y Cam asienten.
—¡Que no!
Ustedes van a ir a la fiesta.
Además, David te está esperando, Lia.
No lo puedes dejar plantado.
—Pero… —empieza a decir Lia.
—Pero nada.
Tú, Mara y Cam van a ir a la fiesta y la van a disfrutar.
Se acabó la discusión —digo, señalándolas a las tres.
Las chicas se miran entre ellas.
Mara suspira fuerte.
—Está bien.
Te entendemos.
Pero esto nos duele, ¿sabes?
Porque también te necesitamos.
Y tú eres parte de esto.
—Lo sé —dice Abby, acercándose—.
Y no me voy a olvidar.
Les prometo que voy a compensarlo.
Cam sonríe con picardía.
—Pues más te vale.
Porque nos debes una tarde épica.
—Y una ronda de helados —agrega Lia.
—Y karaoke.
Con coreografía —remata Mara.
Río, abrazándolas una por una.
—Trato hecho.
—¿Quieres que te lleve a casa?—pregunta Cam cuando nos quedamos solas.
Asiento.
Nos subimos a su todoterreno color rosa chillón.
Cam coloca música electrónica y enciende el carro.
💔 El sol está suave y el aire huele a humedad cuando Cam me deja en casa.
La casa hoy está silenciosa.
Celia se fue hoy en la mañana; la vino a buscar mi tío Marco.
Subo las escaleras hasta llegar a mi habitación.
Me dejo caer en la cama y suspiro.
Hoy estoy en esos días en que toda mujer cuestiona su existencia.
Estoy tan sensible por todo que esta mañana se me llenaron los ojos de lágrimas por ver a una gata llevando a su cría en la boca.
¡Por Dios!
Me levanto de la cama, secándome la lágrima que me salió del ojo izquierdo.
Me quito la ropa y me pongo algo más cómodo.
Bajo las escaleras trotando y voy a la cocina a prepararme mi almuerzo.
Muero de hambre.
La cocina está en silencio, iluminada por la luz dorada que entra por la ventana.
Me recojo el cabello en un moño desordenado.
Abro la nevera con calma.
Saco lo justo: – Un par de huevos – Tomates cherry – Espinaca fresca – Un trozo de queso blanco – Pan integral Enciendo la hornilla.
El sonido del fuego me da una sensación de control.
Parto los tomates en mitades, los salteo con un poco de aceite de oliva y ajo picado.
Rompo los huevos en un bol, los bato con sal, pimienta y un chorrito de leche.
Los vierto en la sartén caliente, y el aroma empieza a llenar el espacio.
Mientras se cocinan, pongo dos rebanadas de pan en la tostadora.
Saco un plato blanco, lo limpio con una servilleta aunque esté limpio.
Sirvo los huevos revueltos con espinaca y tomates encima, espolvoreo el queso desmenuzado como si fuera nieve suave.
La tostadora suena.
Coloco el pan al lado, y me sirvo un vaso de jugo de mango frío.
Me siento en la mesa sola pero en paz.
Miro mi plato como si fuera una ofrenda, y aunque no es la gran cosa, para mí en este momento sí lo es.
Como lento, saboreando cada bocado.
Cuando termino, enjuago el plato, lo meto en el lavavajillas y dejo la cocina como si nada hubiera pasado.
Mamá estaría orgullosa si estuviera aquí.
Sonrío ante ese pensamiento.
💔 El teléfono suena justo cuando termino el último ejercicio de matemáticas.
Mi teléfono vuelve a sonar una vez más.
Lo agarro de la mesita.
Es Harry.
Abro el mensaje.
Harry: Hola, Abby.
¿Cómo estás?
¿Qué haces?
Tan simple…
Sonriendo, cierro el cuaderno sin dejar de mirar el mensaje y escribo: Abby: Acabo de terminar la tarea.
¿Y tú?
Me gustó que preguntaras.
Pasan unos minutos.
El teléfono vibra.
Es una llamada.
Mierda.
Me está llamando.
Esta sería la primera vez que hablamos desde lo que pasó en su casa, pienso.
Contesto.
—Hola —digo.
Siento mi cuerpo entrar en calor, y no es un calor de “Dios mío, me voy a derretir de lo bueno que está”, sino un calor de “Mierda, cuando llegue a casa me van a pegar”.
—Hola —dice.
La línea se queda en silencio por unos segundos antes de que vuelva a hablar—.
Perdón por no escribir antes.
Estoy bien.
Sonrío.
—¿Qué vas a hacer hoy?
—pregunto.
—Nada… acostado.
Mi tía me ha tenido vigilado todo el día.
Hoy se iba.
Sonrío.
Me imagino a Harry en su cuarto, medio aburrido, medio resignado.
—¿Y qué vas a hacer después de que se vaya?
—digo, mordiéndome el labio inferior.
—Nada.
Descansar.
Ver qué me prepara la noche.
¿Y tú qué vas a hacer?
—Voy a salir con mis amigas —no sé por qué dije eso, pero no quería que se enterara de que iba a quedarme sola en la casa.
—Abby… yo —empieza a decir Harry—.
Lo que pasó el miércoles… Mi corazón se acelera.
—Mierda, Abby, me tengo que ir.
Mi tía me está llamando.
Hablamos después.
La llamada se corta.
Vuelvo a respirar.
Me dejo caer en la cama, soltando una risita tonta.
Se me ocurre una idea.
Puede que me llamen loca, pero se me ocurrió una idea muy genial: voy a hacerle una sorpresa a Harry.
Está decidido.
💔 El sol está suave, y el aire huele a pan recién horneado.
Camino con calma, cruzando la avenida hasta llegar a mi chocolatería favorita: La Maison du Chocolat Rockefeller.
Las puertas de vidrio se abren con un tintineo suave cuando me paro al frente de ellas.
El aire dentro es cálido, denso, y huele a cacao profundo, azúcar morena y algo más… como nostalgia envuelta en papel dorado.
Me encanta.
Las paredes están pintadas en tonos tierra: marrón chocolate, beige cremoso, y un toque de vino tinto en los bordes.
Hay estanterías de madera pulida que sostienen cajas decoradas con lazos, frascos de bombones y tabletas envueltas en papel artesanal.
La vitrina principal parece un altar: – Bombones redondos con relleno de maracuyá y cobertura brillante.
– Cuadrados de chocolate oscuro con sal marina espolvoreada.
– Trufas con licor suave y polvo de cacao.
– Chocolates con pétalos de rosa cristalizados.
– Pequeños corazones de fresa y pimienta.
– Barras con almendras tostadas incrustadas como joyas.
La luz es tenue, dorada, como si todo estuviera bañado por un atardecer perpetuo.
Hay una música instrumental suave, casi imperceptible, que acompaña el ritual de elegir.
Cada chocolate parece contar una historia.
Tomo una caja mediana y empiezo a elegir tres chocolates de cada sabor.
Y locamente me empiezo a imaginar la personalidad de Harry con cada bombón.
—Este con almendra tostada es para cuando se pone serio —digo mientras lo meto en la caja—.
Este con fresa y pimienta, para cuando se ríe sin razón.
Y este con ron y cacao oscuro… por si se atreve a leerme el cuerpo otra vez.
Los guardo todos.
Pago.
Al salir, me meto en una tiendita de cosméticos justo al lado.
La segunda tienda es más luminosa, con paredes en tonos pastel: lavanda, menta y rosa pálido.
El aire huele a pepino fresco, crema de coco y un toque de eucalipto.
Hay estantes blancos con productos ordenados como si fueran frascos de pociones: – Mascarillas en sobres brillantes, con dibujos de frutas, minerales y flores.
– Cremas con nombres poéticos: “Sueño de luna”, “Respira profundo”, “Despertar de pétalos”.
– Velas aromáticas en frascos de vidrio esmerilado, con etiquetas escritas a mano.
– Bolsas de sales de baño con lavanda seca y pétalos de caléndula.
– Cotufas gourmet en empaques transparentes, algunas con mantequilla, otras con caramelo y sal.
Hay una sección de “rituales nocturnos” con kits para pijamadas: antifaces suaves, aceites esenciales y playlists recomendadas en códigos QR.
La luz es blanca pero cálida, como la de una tarde tranquila.
Camino entre los pasillos.
Compro tres mascarillas: una de arcilla verde, una de pepino y una de carbón activado.
También agarro una bolsa grande de cotufas con mantequilla, dos jugos naturales y una vela aromática de vainilla y sándalo.
Todo cabe en mi mochila.
Llego al metro.
Me siento en el vagón con los audífonos puestos, pero sin música.
Miro por la ventana mientras el tren avanza.
Harry no va a ir a la fiesta.
Pero eso no quiere decir que se quede sin celebración.
Sonrío, pensando en la pijamada sorpresa.
Voy a pasar una noche a solas con él.
Con chocolates, mascarillas, cotufas y películas.
Con almohadas, risas y quizás… otro poema.
Harry no sabe nada.
Y eso lo hace más especial.
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