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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 17

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17: Capítulo 17 17: Capítulo 17 —¿Bailamos?

—me dijo, y juro que su voz me rozó la piel.

—¿Aquí?

—digo, riendo.

—Aquí —responde.

Tomé su mano.

No por impulso.

Por deseo.

La sala estaba apenas iluminada por una lámpara cálida.

Afuera, la noche parecía contener la respiración.

Él me atrajo con suavidad, como si su cuerpo supiera exactamente dónde encajar con el mío.

Las manos de Harry se posaron en mi cintura, y las mías en sus hombros.

El primer movimiento fue torpe.

El segundo, más fluido.

El tercero, ya era un conjuro.

Bailamos despacio, sin saber los pasos.

Su mano en mi cintura, la mía en su hombro.

Nuestros cuerpos se rozan apenas, pero el calor es real.

—Parecemos dos fantasmas enamorados —digo, refiriéndome a que todavía teníamos las mascarillas puestas.

—O dos corazones que no saben si están listos —responde.

—¿Esto es una cita?

—me pregunta, acercándose más.

Su aliento rosa mi oreja.

—No lo sé —respondo.

—¿Quieres que sea una cita?

—Quiero que sea lo que tenga que ser —digo, finalmente.

—¿Y si lo que tiene que ser… nos cambia?

—Entonces que nos cambie —respondo, sin bajar la mirada.

Su nariz se posa en mi cuello.

Siento cómo respira hondo, lo que me hace temblar.

—Hueles a algo que no sé nombrar —susurró él, cerca de mi oído—.

Pero me gusta.

Sentí que me derretía.

No por lo que dijo.

Por cómo lo dijo.

Por cómo me miraba.

Por cómo me tocaba sin tocarme del todo.

—Estás tan jodidamente hermosa que me dan ganas de comerte a besos —jadeó, cuando sus labios atraparon el lóbulo de mi oreja, chupándolo.

—¿Y qué te detiene?

—le dije, provocándolo.

—Nada.

Absolutamente nada.

Sonreí.

La música seguía, pero ya no importaba.

Importaba el roce de nuestros cuerpos, el calor que empezaba a subir por mi piel, el temblor en las manos que se atrevían a explorar.

Su mano bajó por mi espalda, lenta, como quien pide permiso sin palabras.

No lo detuve.

Se colaron bajo mi blusa.

Mis pezones se endurecieron al contacto.

Él lo notó.

Sonrió.

Me acerqué más.

Mis caderas se alinearon con las suyas.

Y entonces, sin aviso, me besó.

Gemí.

No fue un beso suave.

Fue un beso que me abrió la boca con hambre.

Que me mordió los labios como si fueran suyos.

Que me lamió la lengua como si quisiera saborearme entera.

Gemí.

No por sorpresa.

Por fuego.

Su mano me tomó del cuello.

Me sostuvo.

Me guió.

Su otra mano bajó por mi espalda, se aferró a mi cintura, me atrajo más.

Yo me aferré a su camiseta.

La arrugué.

La quise arrancar.

Ese beso no fue suave.

Fue fuego directo a mi vientre.

Mis piernas temblaron.

Fue un beso que decía “te quiero aquí, ahora, sin máscaras”.

Y yo respondí con hambre.

Mis manos se volvieron más atrevidas.

Una se coló bajo su camiseta.

La otra bajó por su espalda hasta el borde del pantalón.

Sentí su respiración agitada.

Sentí la mía romperse.

Él jadeó.

Yo también.

Mis pezones se endurecieron.

Nos separamos con la respiración agitada.

Sus manos fueron hacia mis piernas, levantándome.

Mis brazos se rodearon en su cuello.

Empezó a caminar, llevándome consigo al sofá.

Nos dejamos caer sobre el sofá.

Podía sentir su bulto debajo de mí, en mi centro.

Él deslizó sus dedos bajo mi blusa, la levantó despacio, como si estuviera desenvolviendo un regalo.

Me la quitó.

Me miró como si estuviera viendo algo sagrado.

—Tus senos son perfectos —dijo, antes de besarme el cuello.

Su boca bajó.

Besó mis clavículas.

Mis pechos.

Los lamió.

Los mordió suave.

Yo gemía.

Me aferraba a él.

Sentía que me derretía.

Me aferré a su cuello.

Mientras gemía, mis caderas se empezaron a mover, mientras él tenía uno de mis pechos en la boca, chupándolo, y el otro lo apretaba con la mano.

Mierda.

—¿Te gusta así?

—pregunta, después de soltar mi seno, recorriendo con su lengua desde mi pecho hasta mi cuello.

—Me encanta —dije, echando la cabeza hacia atrás.

—Quiero que te mojes solo con mi boca.

Mi boca se dirigió a la suya.

Mi lengua encontró a la de él y empezamos un juego de poder.

—Dios, Abby… —susurró entre beso y beso—.

Me vuelves loco.

—Entonces piérdete en mí —le dije, antes de morderle el labio inferior.

Su lengua volvió a entrar en mi boca.

La mía la recibió como si fuera un ritual.

Nos besábamos como si el mundo no existiera.

Como si el aire fuera secundario.

Como si el deseo fuera idioma.

Sentía su erección más dura.

Me moví.

Él jadeó.

—¿Así te gusta?

—pregunté entre jadeos.

—Me encanta —dice, echando la cabeza hacia atrás.

Sus manos se dirigieron a mi trasero, apretándolo, sacándome un jadeo.

—¿Y si no paro?

—meto mi cabeza en su cuello, empezando a lamer esa zona.

Lo siento temblar debajo de mí.

—Entonces me vas a romper.

Me volvió a besar.

El beso seguía.

Más profundo.

Más húmedo.

Más desesperado.

Me lamía los labios.

Me mordía la lengua.

Me decía cosas sucias entre gemidos.

Siento cómo el cuerpo de Harry se mueve.

Después, siento cómo mi espalda toca los asientos del sofá.

Harry se colocó entre mis piernas.

Me mira desde arriba con una mirada oscurecida; el color de sus ojos casi ha desaparecido, volviéndose casi irreconocible por el deseo.

Sus dedos se deslizaron por mi muslo, subieron.

Dos de sus dedos tocaron mi centro por encima de mi pantalón.

Hizo un poco de presión, haciendo que me aferrara.

—Si entro aquí, te encontraré mojada, Abby —gimió, mientras empieza a trazar círculos suaves.

Asiento.

—Dilo —dice, haciendo más presión.

—Sí —mi voz sale entrecortada.

Sus manos se enganchan a la cinturilla de mi pantalón y la baja, con su mirada puesta en mí.

Quedé en bragas.

Unas bragas que no duran mucho, porque sus manos también van directo a ellas, pero no me las quita.

Su dedo índice traza una línea recta en todo el centro de mi vagina, haciéndome remover.

—Mira cómo está.

Solo con unos cuantos besos y ya estás empapada por mí —dice, sin dejar de mirar allí, donde sus dedos trazan líneas.

—¿Puedo?

—pregunta, con la voz rota.

—Sí —le dije, sin pensar.

Me arranca las bragas de un solo tirón y sin perder tiempo.

Su dedo índice se deslizó por mis labios íntimos.

Lento.

Como si dibujara sobre mí.

Yo gemí.

Me mordí los labios.

—Estás empapada… —susurró—.

¿Así te gusta?

—me preguntó.

—Sí.

Más —dije como pude.

—Quiero que te corras en mis dedos.

Metió uno.

Luego dos.

Los movía despacio.

Luego más rápido.

Luego volvía a detenerse.

Me volvía loca.

—Estás tan apretada.

Sus dedos se curvaban justo donde me hacía temblar.

Me tocaba el clítoris con el pulgar.

Me lamía el cuello.

Me decía cosas sucias.

—¿Te gusta que te toque así?

—dijo, aseverando los movimientos.

—Me encanta.

Hazlo más fuerte.

—Quiero que te mojes para mí —susurró—.

Quiero sentirte temblar.

—Estoy cerca… —Quiero que te corras en mis dedos.

Sus dedos se movían con precisión.

Yo me arqueaba.

Me mordía los labios.

Gemía su nombre.

—Mírame mientras te corres.

—No pares… —Quiero que te vengas gritando mi nombre.

Dámelo.

Dámelo ahora.

No sé en qué momento dejé de pensar.

Solo sentía.

Mi cuerpo era un tambor, una cuerda tensa, una llama que no se apaga.

Sus dedos seguían dentro.

Curvados.

Firmes.

Justo donde me rompo.

Y yo…  Yo era todo gemido.

Todo temblor.

Todo deseo.

Mi vientre se contraía.

Mis muslos se abrían más.

Mi espalda se arqueaba como si buscara el cielo.

El calor subía.

Desde el centro.

Desde ese punto exacto donde él me toca.

Donde él me conoce.

Mi piel se eriza.

Mi pecho se agita.

Mi garganta se abre.

Estoy a punto.

Lo sé.

Lo siento.

Mi cuerpo empieza a cerrarse sobre sus dedos.

Como si lo abrazara desde dentro.

Como si lo reclamara.

Mi clítoris late.

Mi pulso se acelera.

Mis caderas se mueven solas.

Estoy ahí.

En el borde.

En el filo.

Y entonces…  Todo explota.

Mi cuerpo se quiebra.

Mi voz se rompe.

Mi alma se libera.

Me corro.

Me corro con él dentro.

Me corro con su nombre en mi boca.

Me corro como si fuera la única forma de decir “te pertenezco”.

Y mientras tiemblo, mientras me deshago,  él me sostiene.

Me mira.

Me celebra.

Porque este orgasmo no es solo mío.

Es nuestro.

—Así me gusta verte —susurró—.

Temblando por mí.

Me quedé quieta.

Respirando.

Sintiendo.

Él me sacó los dedos con cuidado.

Me los mostró.

Brillaban.

—Esto es tuyo.

Esto es mío.

Esto somos nosotros —dijo, sentándose en una esquina del sofá.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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