Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 18
- Inicio
- Todas las novelas
- Juguemos el juego de los corazones rotos
- Capítulo 18 - 18 Capítulo 18
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: Capítulo 18 18: Capítulo 18 Me quedé unos segundos en silencio.
Respirando.
Sintiendo.
Temblando.
Con los ojos cerrados.
Su nombre aún en mi boca.
Respiraba agitada.
Pero no quería que terminara ahí.
Lo miré.
—Ahora te toca a ti —le dije, con la voz aún rota.
Me incorporé despacio.
Me acerqué a él.
Me senté sobre sus piernas, sintiendo su erección debajo de mí.
La única barrera que había eran sus shorts.
—¿Así de duro por mí?
—dije, mordiéndome el labio inferior.
Sus manos fueron directo a mis caderas.
—Desde que te vi entrar —me dijo, con los ojos encendidos.
Le besé el cuello.
Lento.
Con hambre.
Él jadeó.
—Me vuelves loco —susurró.
—Y apenas estoy empezando.
Deslicé mis manos por su pecho.
Le quité la camisa despacio.
Besé cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto.
Sus clavículas.
Su pecho.
Su lunar en forma de triángulo.
En ese me demoré más: pasé mi lengua y lo chupé.
Seguí bajando, repartiendo besos por sus costillas.
—Tu cuerpo me provoca cosas que no sé ni nombrar —le dije.
—Nómbralas igual.
Quiero escucharte decir cosas sucias.
Me reí.
Volví a subir.
Le mordí el cuello.
—Quiero que te corras en mi boca —dije, repartiendo mordidas por su cuello.
—Dios… —Quiero que me digas que soy tuya mientras te lo hago —moví mis caderas otra vez.
Me sentí otra vez humedecer.
Él gemía.
—Que me digas cosas sucias —dije, mordiéndole el labio inferior.
—Eres una maldita diosa.
—Más.
—Quiero que te sientes en mi cara después.
—Eso me gusta —me levanté de encima de él, me arrodillé y le fui bajando los pantalones lentamente.
—¿Estás listo para mí?
—Estoy desesperado por ti.
Lo tomé en mi mano.
Lo acaricié.
Le di un beso suave en la punta.
Luego otro más profundo.
—Tu sabor me vuelve loca.
—No pares.
—Quiero que te corras sintiendo que soy tuya.
Lo lamí.
Lo chupé.
Lo miré a los ojos mientras lo hacía.
—¿Te gusta así?
—Me encanta.
—¿Así de mojado?
—Sí.
Más —dice, agarrando parte de mi cabello en su mano—.
Dámelo.
Quiero sentirlo todo.
Él gemía.
Me decía cosas que me hacían temblar.
Sus caderas se empezaron a mover por sí solas.
Lo dejé.
Dejé que me follara la boca.
—Eres mi maldita perdición —echando la cabeza para atrás.
Sus gemidos me humedecían más.
Intentó separarse, pero no se lo permití.
Se corrió.
Con fuerza.
Con mi nombre en los labios.
Yo lo miraba desde abajo, aún con su pene en la boca, sintiendo su cuerpo temblar bajo el mío.
Él me tomó de la cintura, me atrajo hacia él.
Me reí suave.
Le acaricié el pecho.
—No hemos terminado —me dijo, con la voz aún agitada.
—¿Ah, no?
—Te dije que quería que te sentaras en mi cara.
—¿Y lo vas a cumplir?
—Ahora mismo.
Me levantó con firmeza.
Me besó.
Con hambre.
Con fuego.
—Quiero saborearte.
—Entonces hazlo.
Soy toda tuya.
Me llevó a la esquina del sofá.
Se acostó.
Me miró desde abajo.
—Ven.
Siéntate.
Quiero que te vengas en mi boca.
Me temblaban las piernas.
Pero lo hice.
Me acomodé sobre él, con las rodillas a cada lado de su cabeza.
Él me agarró fuerte.
Me miró como si estuviera frente a un altar.
—Estás tan mojada… —mis piernas temblaron cuando pasó un dedo por toda mi abertura.
—Por ti.
Por lo que me haces sentir.
—Voy a hacerte gritar.
Su lengua me tocó.
Su boca me devoró.
Yo gemía.
Me arqueaba.
Me perdía.
—¿Así te gusta?
—Sí.
Más.
—Quiero que te corras en mi boca.
—No pares… —Quiero que me llenes de ti.
Sus manos me sostenían.
Su lengua se movía con precisión.
Me lamía.
Me chupaba.
Me mordía suave.
—Eres mi maldita obsesión —dice entre cada lamida.
—Y tú eres mi perdición —dije como pude.
Mis manos se dirigieron a mis pechos.
Me mordía los labios.
Me movía sobre su boca.
—Dámelo.
—Estoy cerca… —Dámelo ahora.
Quiero sentirlo todo.
Me corrí.
Con fuerza.
Con su boca aún en mí.
Me dejé caer sobre él.
Temblando.
Sudada.
Feliz.
Él me abrazó.
Me besó el vientre.
Me acarició la espalda.
Me dejé caer sobre él, aún temblando.
Su boca había sido mi altar.
Su lengua, mi conjuro.
Su cuerpo, mi refugio.
Pero yo no quería que terminara ahí.
Lo miré.
Me levanté y me deslicé hacia su cintura, quedando esta vez su pene justo debajo de mí, sin barrera.
Me empecé a mecer.
Lento.
Provocadora.
—Quiero sentirte dentro —le dije, sin rodeos.
—Lo sé —respondió, con los ojos encendidos.
—Estoy lista.
—Yo también.
Pero no ahora.
Me detuvo con las manos en mi cintura.
Firmes.
Suaves.
Seguras.
—¿Por qué no?
—pregunté, con la voz rota.
—Porque quiero que sea más que esto.
—¿Y esto no lo es?
—Esto es fuego.
Pero quiero que sea más.
Me quedé en silencio.
Respirando.
Sintiendo.
Él me acarició el rostro.
Me besó la frente.
—Vamos a lavarnos —dijo—.
Para irnos a dormir.
—¿Dormir?
¿Después de todo esto?
—Dormir contigo es lo que más deseo ahora.
Me reí.
Me bajé de él.
Nos miramos.
💔 La noche ya se ha vuelto silencio.
Las luces están apagadas.
Solo la lámpara del pasillo deja entrar una luz tenue que dibuja sombras suaves en las paredes.
Harry y yo estamos acostados en su cama.
Él detrás de mí, su brazo rodeando mi cintura.
Su pecho contra mi espalda.
Su respiración, lenta, como si intentara sincronizarse con la mía.
No hablamos por un rato.
Solo estamos ahí.
Acurrucados.
Como si el calor del otro pudiera sostener lo que no se dice.
—Hoy pensé en mi papá —susurro, sin girarme.
Harry no responde de inmediato.
Solo aprieta un poco más su brazo alrededor de mí.
—¿Quieres hablar de eso?
—pregunta, con voz baja.
—No sé.
Es difícil.
—Estoy aquí —dice.
Respiro hondo.
Las palabras salen como si fueran parte de una herida que aún sangra.
—Cuando mi papá se fue de casa, yo todavía no entendía qué había pasado.
Al principio le echaba la culpa a mi mamá por haber dejado que se marchara.
Ella lo único que me decía era que era demasiado pequeña para entenderlo, y eso me hacía odiarla.
Pero un día, un año después de que mi papá nos dejó, estaba saliendo del instituto y lo vi.
Me emocioné tanto, ¿sabes?
Llevaba un año sin ver a mi padre, así que decidí acercarme a él, saludarlo, pedirle que me llevara con él.
Y cuando estaba por llamarlo, alguien gritó “papá”.
Era una niña común, de mi edad en ese entonces.
Y allí supe por qué nos había abandonado.
Tenía otra familia.
Ese día llegué devastada a casa.
Mi madre me encontró llorando y yo le conté todo lo que había visto.
Le pedí disculpas por haber sido mala hija.
Ella me dijo que no era mi culpa.
Que yo no tenía que haber visto eso.
Por un tiempo me sentí triste, con mucha rabia.
Y en lo único en que podía pensar era: ¿qué tenían ellas que mi mamá y yo no teníamos para que nos dejara?
Desde entonces… hay un hueco.
Un hueco que no se llena con nada.
Harry se queda en silencio.
Su mano se desliza hasta la mía, entrelazando los dedos.
—A veces me pregunto si hice algo mal —continúo—.
Si fui demasiado… yo.
—No hiciste nada mal —dice, firme.
—Pero el vacío sigue ahí, Harry.
Como si cada vez que alguien se va, ese hueco se agranda.
Primero con papá.
Después con Duncan.
Siento que las personas pasan por mi vida, que aprendo algo… Pero después se van.
Como si yo no existiera.
Una lágrima se resbala de mi ojo.
Harry se mueve.
Me gira con cuidado hasta que quedamos frente a frente.
Su mirada está oscura, pero no por la luz.
Por algo más profundo.
—Mis padres nunca se fueron —dice, limpiando la lágrima que se me salió—.
Pero tampoco estuvieron.
Viajan.
Siempre.
Y yo aprendí a hacerme desayuno solo, a dormir sin que nadie me arrope, a fingir que no me importa.
—¿Y te importa?
—pregunto.
—Mucho.
Pero aprendí a no mostrarlo.
A no necesitar.
Porque necesitar duele.
Nos quedamos así.
Mirándonos.
Dos cuerpos que se tocan.
Dos historias que se rozan.
—¿Y ahora?
—susurro.
—Ahora estoy aquí.
Contigo.
Y por primera vez… quiero necesitar a alguien.
Mis ojos se llenan de lágrimas.
No por tristeza.
Por algo más parecido a alivio.
—Yo también —respondo.
Nos abrazamos.
Más fuerte.
Como si ese gesto pudiera reparar algo.
Y por un momento, el hueco se siente menos profundo.
te gusta: 💬comenta ❤️dale me gusta 💡sígueme ¡Gracias por leerme !
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com