Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 20
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20: Capítulo 20 20: Capítulo 20 —¡Corre, corre!
¡Tú eres el dragón!
—gritó uno, mientras el otro me lanzaba una pelota de espuma que aterrizó suave en mi pecho.
Corrí.
Reí.
Me dejé atrapar.
Harry me miraba desde la parrillera, con una cerveza en la mano y esa sonrisa que me desarma.
Su tío volteaba los cortes de carne con maestría, mientras la tía servía ensalada y contaba chistes que hacían reír hasta a los perros.
La casa de la tía de Harry, Violet, olía a carbón encendido, a carne asada, a risas que no pedían permiso.
Era una casa de campo en las afueras, con jardín amplio, piscina azul y niños corriendo como si el mundo fuera solo juego.
Apenas llegué, dos primitos de Harry —gemelos de cinco años— me rodearon como si fuera una princesa recién llegada.
Me levanté cuando los niños, Williams y Liam, se levantaron y empezaron a perseguir al perro.
—¿Y qué vas a estudiar en la universidad?
—me preguntó Violet mientras servía jugo de maracuyá.
Nos sentamos en una mesa de madera bajo una sombrilla.
Los niños seguían jugando.
La música sonaba bajito.
El aire olía a familia.
—Escritura creativa.
—Sorbo un poco de mi vida.
Está muy rica.
Violet me miró con sorpresa.
—Eso es hermoso.
Y valiente.
No todo el mundo se atreve a escribir desde el deseo.
—Eso intento —dije, sonriendo—.
Es lo único que me nace con verdad.
Entrecierro los ojos cuando el bocado de carne choca con mi paladar.
—Esto está súper rico.
Violet sonríe mientras acaricia a su esposo.
—Sí, mi esposo cocina muy rico, ¿verdad, cariño?
Me meto otro bocado a la boca.
—El secreto es sal y pimienta —dice Adrián, tío de Harry.
💔 La piscina brillaba bajo el sol de media tarde, el agua quieta como un espejo roto solo por nuestros movimientos lentos.
Harry flotaba boca arriba, los ojos cerrados contra la luz, mientras yo me apoyaba en el borde, los codos hundidos en la cálida baldosa.
Entre nosotros, ondas diminutas que delataban la distancia que no nos atrevíamos a cruzar.
—Dime algo que no haya aparecido en tus pinturas todavía —le pedí de pronto, dejando caer un pie al agua para salpicarlo levemente.
Él se detuvo.
El agua le llegaba al pecho, las gotas resbalando por su torso como pintura al óleo.
—¿En serio?
—Sus cejas se arquearon—.
Eso es como preguntarle a un escritor por la historia que le da miedo contar.
—Exactamente —sonreí, chapoteando agua hacia él—.
Por eso pregunto.
Él se acercó, lento, hasta quedar a solo un palmo de distancia.
El cloro olía a nostalgia de verano.
—Bueno… —su voz era baja, como si el agua absorbiera las palabras—.
Hace un mes empecé una serie.
Son retratos… pero pintados al revés.
—¿Al revés?
—Sí.
Primero pinto el fondo: todas las cosas que la persona ama, sus miedos, los lugares donde ha estado.
Luego, casi al final, añado los rasgos.
Como si el alma viniera primero y el cuerpo después.
Un escalofrío me recorrió, a pesar del calor.
Era la primera vez que me hablaba de un proyecto personal.
—Suena a magia —susurré.
—O a locura —rió él, pero sus ojos decían otra cosa—.
¿Y tú?
¿Qué historia te da miedo escribir?
El agua pareció volverse más fría de repente.
—La mía —confesé, sin planearlo—.
O al menos, no como realmente fue.
Siempre la disfrazo de ficción.
Él no dijo nada.
Solo extendió una mano bajo el agua, hasta que sus dedos rozaron los dedos de mis pies como una caricia suave.
Un contacto eléctrico, escondido bajo la superficie.
—Cuando quieras mostrarme esa historia… estaré ahí.
Con los ojos cerrados para no verte ruborizarte.
Reí, pero el corazón me latía fuerte.
Él ya sabía que yo escribía, igual que yo sabía que él pintaba.
Pero esta era la primera vez que hablábamos del cómo, del por qué.
—Harry —dije, mirando su mano que estaba en mi pie.
Subió a mi rodilla, causándome un escalofrío—.
¿Crees que el arte es solo para los valientes?
Él se sumergió hasta los hombros, acortando la distancia, quedando entre mis piernas abiertas.
Una gota le caía desde el pelo a la barbilla.
—No.
Creo que es para los que temen… pero lo hacen igual.
Como tú.
Como yo.
—¿Por qué vives solo?
—pregunté de pronto, la pregunta escapándose como una burbuja que llevaba rato atorada en mi garganta—.
Tu tía claramente te adora.
Esta casa es…
—miré alrededor, al jardín iluminado con luces de hadas, a los niños dormidos en una pila de cojines en el porche— un hogar de verdad.
Sus dedos se tensaron un instante sobre el borde de la piscina.
Una sombra cruzó su rostro, rápida como un pez en aguas profundas.
—Mis padres —comenzó, mordiendo el final de la palabra como si le quemara— siguen viajando por trabajo.
Podría vivir con la tía Violet, sí.
Pero…
—una sonrisa torcida— no soy buen conviviente.
El agua chapoteó suave cuando me hice espacio entre nosotros y me metí al agua.
Mis dedos encontraron los suyos sin permiso, enredándose en ellos.
—Eso es mentira —susurré—.
Hoy ayudaste a limpiar los platos sin que te lo pidieran.
Jugaste con tus primos hasta que se durmieron.
Hasta le trajiste flores frescas a tu tía.
Él miró nuestras manos unidas, como si no entendiera cómo habían llegado allí.
—Abby…
—su voz sonó ronca—.
No es eso.
Cuando te crían entre maletas y aeropuertos, aprendes a ser…
“ligero”.
A no dejar huella.
Si viviera aquí, tarde o temprano… —¿Qué?
¿Crees que serías una carga?
—apreté su mano con fuerza—.
Harry, mírala.
—Señalé a Violet, que reía con su esposo mientras envolvía sobras de carne en papel aluminio—.
Cada cinco minutos te busca con la mirada.
Como si necesitara asegurarse de que sigues aquí.
Él siguió mi mirada.
Un músculo en su mandíbula se tensó.
—Después del accidente de moto del año pasado —confesó de pronto—, me quedé aquí un mes.
Ella me cuidó.
Me traía sopa aunque dijera que no quería.
Me leía el periódico en voz alta…
—trago audible—.
Una noche me desperté y la encontré llorando en mi cuarto.
Dijo que si me pasaba algo, no podría perdonarse.
El dolor en su voz me atravesó.
Bajo el agua, mi pie se deslizó por su pierna, un contacto silencioso que decía «estoy aquí».
—Por eso te fuiste —comprendí.
—Por eso me fui.
El sonido de los grillos llenó el silencio.
Una luciérnaga se posó en su hombro, iluminándolo por un segundo.
—Pero…
—me arriesgué, rozando su rodilla con la mía— ¿no le dolería más si supiera que estás solo en esa casa vacía?
Él giró suavemente hacia mí, el agua salpicando.
Sus ojos brillaron con algo más que reflejos de luna.
Lentamente, como temiendo asustarme, su mano se elevó para apartar un mechón de mi pelo mojado de la cara.
—Eres la primera persona que…
—frenó, buscando palabras— que me ve entero y no se asusta.
Harry seguía cerca, tan cerca que cada vez que respiraba, el agua entre nosotros temblaba.
—¿Fría?
—preguntó él, viendo cómo me frotaba los brazos.
—Un poco —mentí.
No era el agua.
Era su mirada recorriéndome como si yo fuera uno de esos lienzos que pintaba al revés.
Sus manos emergieron del agua, gotas cayendo en cámara lenta, y se posaron en mis hombros.
Calientes.
Siempre tan calientes.
—Aquí —susurró, frotando suavemente mi piel—.
Los escritores necesitan brazos calientes.
Sonreí.
El roce de sus dedos me quemó más que el sol de la tarde.
—¿Y los pintores qué necesitan?
—pregunté, desafiante, mientras mis pies se deslizaban por sus pantorrillas bajo el agua.
Él contuvo el aliento.
Un segundo.
Dos.
—Bocetos vivos —murmuró, y su mano izquierda se deslizó desde mi hombro hasta la curva de mi cuello—.
Modelos que no se queden quietos.
Su pulgar acarició mi clavícula, siguiendo el ritmo de mi respiración acelerada.
El agua parecía hervir alrededor nuestro.
—¿Yo no me quedo quieta?
—desafié, acercándome otro centímetro.
Nuestros torsos casi rozándose.
—No —su voz era áspera—.
Te mueves…
como la tinta en el agua.
Su otra mano se hundió en mi cintura, bajo la superficie, atrayéndome contra él.
Un gemido escapó de mis labios al sentir su cuerpo firme contra el mío.
—Harry…
—mi voz sonó quebrada.
—Shhh —acercó sus labios a mi oído, el aliento caliente contrastando con el agua fresca—.
Solo estoy…
estudiando las formas.
Su mano en mi espalda bajó lentamente, deteniéndose justo encima del borde de mi bikini.
Un límite que no cruzó.
Pero el deseo de que lo hiciera me dejó sin aire.
—¿Y qué ves?
—jadeé, mis uñas clavándose levemente en sus hombros.
Él separó su rostro del mío lo justo para mirarme.
Los ojos oscuros, hambrientos.
—Colores nuevos —confesó—.
Tonos que no existen en mis tubos.
Cuando sus labios finalmente encontraron los míos, el agua dejó de importar.
El mundo dejó de importar.
Solo existió su sabor a sal y sol, sus manos dibujando mapas en mi piel, y esa certeza dolorosamente dulce: Estábamos creando algo mucho más peligroso que el arte.
El mundo se detuvo en el preciso instante en que los labios de Harry encontraron los míos.
El primer contacto fue una corriente eléctrica que me recorrió desde los labios hasta los dedos de los pies.
Sus labios, más cálidos que el sol de verano, se posaron sobre los míos con una mezcla de urgencia y reverencia, como si después de tanto tiempo imaginando este momento, no pudiera creer que finalmente estaba sucediendo.
Sabía a cerveza fría y a algo indescriptiblemente suyo, un sabor que ya reconocía entre mil, entre un millón.
Su mano se hundió en mi pelo mojado, tirando con justo la fuerza necesaria para inclinar mi cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello a su boca hambrienta.
Sus dientes rozaron mi piel, mordisquearon mi labio inferior, y cuando gemí, aprovechó para profundizar el beso, su lengua explorando la mía con una mezcla de curiosidad y dominio que me hizo temblar.
El agua de la piscina ya no existía.
Solo existía el peso de su cuerpo contra el mío, sus muslos firmes entre los míos, sus caderas presionándome contra el borde de cemento.
Podía sentir cada músculo tenso bajo su piel, cada inhalación acelerada, cada latido de su corazón golpeando contra mi pecho como si quisiera escapar y fundirse con el mío al mismo tiempo.
Sus manos no se quedaron quietas.
Una seguía enredada en mi pelo, tirando con esa deliciosa dosis de dolor que hacía que el placer fuera aún más intenso.
La otra apretaba con fuerza mi cintura, como si temiera que me fuera a desvanecer entre sus brazos.
—Harry…
—murmuré contra su boca, pero él no me dejó terminar, capturando mis labios de nuevo en un beso más profundo, más lento, más intoxicante.
Su respiración era un ritmo acelerado en mi piel, sus gruñidos bajos vibrando en mi pecho.
Cuando finalmente nos separamos, ambos jadeando, sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que me hizo sentir al mismo tiempo poderosa y vulnerable.
—Me gustas, Abigail —susurró, su voz ronca por el deseo.
—Tú también me gustas.
Lo rodeé por la cintura y descansé mi cabeza en su pecho.
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