Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 21
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21: Capítulo 21 21: Capítulo 21 El sol pegaba suave contra los ventanales del pasillo.
Cuando salí del salón con la mochila colgando del hombro, Cam y Lia caminaban a mi lado, discutiendo sobre qué color de uñas podríamos usar las tres para combinar en la graduación.
—¡Al gimnasio, chicas!
—gritó alguien desde la escalera central.
—La directora quiere hablar con todos los de último año —añadió otra voz, más urgente.
Miré a las chicas, frunciendo el ceño.
—¿Qué creen que sea?
—preguntó Lia, ajustándose la trenza.
—Si no es para anunciar el fin del mundo, seguro es algo grande —bromeó Cam, empujando la puerta del gimnasio.
Adentro, las luces estaban encendidas como si fuera día de evento.
Las gradas, llenas de estudiantes de último año: algunos aún con restos de pintura en las manos por la clase de arte, otros con libros abiertos como si no pudieran soltar el estudio ni por un segundo.
Me senté entre Mara y Lia.
El murmullo era como una ola que subía y bajaba, hasta que la directora subió al escenario con su blazer azul y su carpeta de cuero.
El micrófono chisporroteó una vez, y luego la voz clara de la dirección llenó el espacio.
—Queridos estudiantes de último año… —Ya empezó —susurró Mara, agarrando mi mano.
—…hoy quiero que se detengan un momento.
Respiren.
Miren a su alrededor.
Porque este grupo que está aquí… será el próximo en graduarse.
El auditorio estalló en aplausos, y un escalofrío me recorrió, acompañado de una emoción nerviosa.
—A partir de esta semana, comenzaremos a preparar sus cartas de recomendación.
Les pedimos que pasen por la oficina de orientación para entregar sus solicitudes.
Además, el próximo jueves haremos un recorrido por varias universidades.
La directora empezó a nombrarlas, y cada nombre parecía una chispa encendiendo sueños.
—Columbia.
Parsons.
NYU.
Sarah Lawrence.
Y otras más que iremos confirmando.
—¡Sarah!
—susurré.
No lo podía creer.
—¡Columbia!
—exclamó Mara, apretando su carpeta contra el pecho.
—¡NYU, por favor!
—dijo Lia, como si ya estuviera caminando por el campus.
—Parsons o nada —añadió Cam, con una sonrisa que parecía de pasarela.
Las miré a cada una.
Todas teníamos un sueño y una meta: literatura, moda, arquitectura y periodismo.
Y estábamos a un paso de ellas.
—¿Te imaginas?
—me dijo Mara, tocándome el brazo—.
Tú en Sarah Lawrence, escribiendo novelas raras… y yo diseñando vestidos.
Sonreí.
—Y yo construyendo edificios —añadió Cam.
—Y yo siendo la voz de los que callan —unió Lia, con sus manos abrazando el brazo de Cam.
La directora continuó: —Y como faltan tres meses para la graduación, también comenzaremos a organizar el baile y la ceremonia.
Este año queremos que sea especial.
Un murmullo emocionado recorrió el gimnasio.
—La profesora Elena estará a cargo de coordinar decoraciones, música y todo lo relacionado con el evento.
Pero también queremos que ustedes participen.
Habrá comités para cada área: diseño, logística, recuerdos y más.
—¡Yo quiero estar en el comité de decoración!
—gritó alguien desde las gradas.
—¡Yo en música!
—añadió otro.
—Así se hace —sonrió la directora—.
Este será su momento.
Háganlo memorable.
—Esto ya está pasando —dijo Lia, mientras caminábamos hacia la salida—.
De verdad.
—Sí —respondí, mirando el cielo—.
Ya estamos cruzando la puerta.
En la cafetería, con batidos de fresa, mango y chocolate en mano, nos sentamos en nuestra mesa habitual.
—¿Y si no nos vemos tanto después?
—preguntó Mara, bajito.
—Las universidades están lejos —añadió Cam—.
NYU, Columbia, Sarah, Parsons… están en ciudades distintas.
—Pero también estamos creciendo —dijo Lia, con voz firme—.
Estamos madurando.
Y eso… también es hermoso.
Nos quedamos en silencio un momento.
Luego Mara levantó su batido.
—Por nosotras.
Por lo que fuimos.
Por lo que vamos a ser.
—Por las historias que aún no hemos escrito —añadí.
—Y por los bailes que aún no hemos bailado —sonrió Cam.
—Y por los abrazos que no vamos a olvidar —cerró Lia.
—¡Chicas, saliendo de aquí vamos directo a buscar nuestros vestidos!
—exclamó Mara, apenas cruzamos la reja del instituto.
—¿Ya?
—preguntó Lia, ajustándose la mochila.
—¡Obvio!
Este mes se va volando y solo quedan tres.
Si no empezamos ya, nos va a agarrar el baile con uniforme —bromeó Mara.
Cam levantó una ceja.
—Yo ya tengo claro que no necesito ningún hombre para brillar.
Pero sí necesito un vestido que diga “diosa arquitectónica en ascenso”.
Sonreí.
El aire tenía sabor a emoción.
A cambio.
A promesa.
💔 Cruzamos las puertas de “Luna & Lentejuela”, y al entrar, todo parecía brillar.
Las paredes eran de terciopelo gris, los espejos dorados, y los maniquíes estaban vestidos como si fueran protagonistas de una gala celestial.
—Esto parece un templo —susurré.
—Es un templo —corrigió Mara—.
De la belleza, el drama y el escote perfecto.
Los vestidos colgaban como constelaciones: tul, seda, lentejuelas, encaje, terciopelo.
Cada uno con su propia personalidad.
—¿Qué te parece este?
—dijo Cam, levantando un vestido negro con escote recto, espalda descubierta y líneas geométricas en plata.
—Minimalista, pero con carácter —dije, mirándola mientras se giraba frente al espejo.
—Me encanta —aplaudió y se metió de vuelta al probador.
—Es como si fuera parte de un jardín —susurró Lia, tocando la tela del vestido color lavanda, con mangas vaporosas y bordados de flores diminutas en el pecho.
Mara eligió uno rojo profundo, con escote corazón y falda amplia que parecía flotar.
—Este grita “voy a estudiar moda y nadie puede detenerme”.
Las dejé atrás y fui recorriendo los percheros hasta que lo vi.
Un vestido color vino, de tela satinada, con espalda abierta en forma de lágrima, tirantes finos cruzados y una abertura lateral que dejaba ver la pierna con cada paso.
El escote era profundo, pero elegante, con bordados en hilo dorado que dibujaban constelaciones sobre el pecho.
—Este —susurré, como si el vestido me hubiera elegido.
El probador estaba callado, íntimo, solo iluminado por esa luz dorada que hacía brillar cada hilo dorado de mi vestido nuevo.
Me observé en el espejo y no pude evitar sonreír.
Dios, qué bien me queda.
La tela satinada se ajustaba a mis curvas como si hubiera sido hecha solo para mí.
Fría al principio, pero ahora ya caliente, pegada a mi piel.
Pasé las manos lentamente por la cintura, sintiendo cómo resbalaba bajo mis dedos: suave, casi líquida.
Giré despacio, dejando que la abertura lateral se abriera un poco más, revelando mi pierna hasta mitad del muslo.
Cada movimiento hacía que el material rozara mi piel, un contacto ligero pero deliberado, como un susurro que solo yo escuchaba.
Los tirantes finos, cruzados en mi espalda, me hacían sentir expuesta y poderosa a la vez.
Sabía lo que mostraban: la línea de mi columna, el hundimiento justo arriba de mis caderas, ese lugar que siempre atrae miradas.
Me estiré un poco, arqueándome apenas, y el escote profundo se tensó, los bordados dorados brillando contra mi piel como constelaciones dibujadas solo para mí.
Respiré hondo, y sentí cómo el aire enfriaba la piel que el vestido no cubría.
Con un gesto lento, recogí mi cabello, dejando mi espalda completamente al descubierto.
Me mordí suavemente el labio inferior mientras mi otra mano descendía por la abertura, jugando con el borde, imaginando… ¿Qué pasaría si alguien me viera así?
¿Si Harry me viera así?
Di otro paso, y el vestido se movió conmigo, rozando mis muslos, casi como una caricia.
En el espejo, mi reflejo era pura provocación: los ojos oscuros, los labios entreabiertos, la forma en que el satén se adhería a mis caderas.
Podría quedarme aquí horas, disfrutando de esta sensación, de este poder.
Pero tal vez… Tal vez alguien más debería verme.
Al salir, las chicas se quedaron en silencio.
—Abby… —dijo Mara—.
Pareces una novela que se volvió cuerpo.
El vestido se ajustaba como si conociera cada curva, cada duda, cada deseo.
—¿Demasiado?
—Demasiado perfecto —dijo Lia.
Los zapatos eran stilettos dorados, con tiras finas que se enredaban en el tobillo como hiedra brillante.
El tacón alto, pero firme.
En la punta, pequeñas piedras que reflejaban la luz como estrellas.
—Estos son los zapatos que usaría una escritora que sabe que su historia merece escenario —dijo Cam.
—¿Y con quién van a ir al baile?
—pregunté cuando salimos de la tienda.
—David me invitó ayer —dijo Lia, sonrojándose.
—Luke, obvio —respondió Mara—.
Me dijo que si no iba con él, se iba a presentar con un maniquí vestido de rojo.
—Yo voy sola —dijo Cam, alzando la barbilla—.
Porque no necesito ningún hombre para bailar como si el mundo fuera mío.
Todas me miraron.
—Probablemente con Harry —dije, bajando la mirada—.
No me ha dicho nada, pero… puede que sí.
Lia sonrió con picardía.
—Después de lo de la piscina… ¿cómo no?
Empecé a sentir el sonrojo en mi cara.
—¡Lia!
—¿Qué?
Solo digo que si alguien te acaricia el pie bajo el agua y te dice que eres tinta viva… probablemente quiere bailar contigo.
Las tres estallaron en risas.
—¡Ya basta!
—dije, pero no podía dejar de sonreír.
—Estamos creciendo —dijo Lia, mientras caminábamos hacia el metro—.
Y eso… también se celebra.
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