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Juguemos el juego de los corazones rotos - Capítulo 22

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22: Capítulo 22 22: Capítulo 22 El valor del café subía como una nube tibia envolviendome mientras colocaba la taza sobre la bandeja con el marcador fino escribir en la servilleta “A veces, el aroma de lo que fuimos regresa para recordarnos lo que aún podemos ser.” Lo doble con cuidado y lo coloque debajo de la taza pasándolo a Mariela que caminó hasta la.mesa seis donde un señor de cabello blanco hojeaba un libro sin título La cafetería estaba tranquila está tarde.

El reloj marcaba las 4:17 y el sol entraba por el ventanal como si quisiera quedarse a tomar algo.Empecé a limpiar la barra y volví a la máquina de espresso el sonido del vapor era casi terapéutico —¿Puedo pedir algo para llevar?

—preguntó una voz detrás de mi.

Me gire una chica de mi edad con chaqueta de mezclilla mochila cruzada Abby se giró.

Una chica de su edad, con chaqueta de mezclilla, mochila cruzada cabello castaño claro, liso, con flequillo.

Ojos grandes, como tristes pero curiosos.

—Claro —respondi, con su sonrisal—.¿Qué te provoca?

—Un café con leche y un croissant.

—La chica miró alrededor.

—Este lugar… sigue igual.

Levanté una ceja —¿Ya habías venido antes?

—Sí.

Hace años.

Me mudé, y ahora estoy de vuelta.

— Miró la máquina de café como si fuera una vieja amiga.

—Y el café… sigue sin mejorar.

Solté una risa suave  —¡Oye!

Eso es ofensivo.

— muestra servía el café escribí en la servilleta “A veces, lo que no mejora… es justo lo que nos hace volver.” La coloque bajo el bajo y se la entrege —¿Tú eres nueva por aquí?

—preguntó la chica, tomando el croissant.

—No tan nueva.

Soy parte del mobiliario desde hace dos años.

—¿Y escribes frases en servilletas?

—Solo a los que parecen necesitar una.

—¿Y yo parezco necesitar una?

—Mucho.

La chica sonrió.

—Me llamo Claire  —Abby.

Nos quedamos calladas unos segundos luego ren tomó la servilleta la leyó y la guardo en el bolso de su chaqueta Me la quedé viendo fingiendo limpieza una taza mientras la observaba con curiosidad —¿Y te mudaste sola?

—pregunte con tono casual.

—Sí.

Bueno, con mi mamá.

Pero ella trabaja todo el día, así que… casi sola.

—¿Y por qué regresaron?

—Mi abuela está enferma.

Y este lugar… es como un imán.

Aunque el café no haya mejorado.

Ambas reímos Claire se acomodó el cabello detrás de la oreja, y fue entonces cuando lo ví Una pulsera roja, tejida a mano, con un nudo imperfecto y un hilo suelto Me quedé congelada por unos segundos El mismo tipo de pulsera que usaba Harry.

El mismo tono de rojo.

El mismo tejido torcido en espiral.

¿Que mierda?

—Gracias por el café… y por la frase.— despegue los ojos de la pulcera y con una sonrisa falsa le dije —Gracias por volver.

💔 El sol de la tarde se colaba por las ventanas del refugio, pintando de oro el pelaje de Snowball, el conejo blanco que Harry insistía en cargar como si fuera un bebé.

—Se va a cagar en tu camisa—le advertí, viendo cómo el animal se acomodaba en sus brazos con un aire de rey consentido.

—No lo hará—dijo Harry, rascándole detrás de las orejas—.

Somos compas, ¿verdad, Snow?

El conejo lo miró con desdén y, como para probar mi punto, dejó caer tres pequeñas bolitas sobre su hombro.

Harry miró los excrementos, luego a mí, y soltó:  —…¿Esto cuenta como declaración de amor en el lenguaje conejo?

Me reí sin poder evitarlo.

—Es un “gracias por nada” en código lagomorfo.

—Ah, entonces debo devolver el favor—dijo, y antes de que pudiera detenerlo, levantó a Snowball y lo acercó a mi cara—.

¡Que besen los novios!

El conejo me dio un cabezazo en la nariz.

—¡Harry!

—Vaya, Snow es un celoso—rio él, pero cuando vio mi expresión, bajó al animal con cuidado—.

Okay, okay, truco fallido.

Le lancé una toallita húmeda a la cara.

—Límpiate.

Hueles a alfalfa y derrota.

Él la atrapó al aire, sonriendo.

—¿Derrota?

Yo diría que esto es una victoria.

Hiciste ese ruido raro cuando te reíste.

—¿Qué ruido raro?

—Ese—dijo, imitando un mix entre un resoplido y un gorjeo—.

Como un pato ahogándose de felicidad.

—¡No hago eso!

—Lo haces.

Y es adorable.

El comentario me dejó sin palabras.

Adorable.¿Desde cuándo alguien usaba esa palabra para mí?

Harry aprovechó mi silencio para acercarse, limpiándose las manos con la toallita.

—Oye, Abby…  Su tono había cambiado.

Ya no era el de las bromas.

Era más suave.

Más íntimo.

—¿Sí?—respondí, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza.

Él miró hacia la puerta del refugio, como si buscara inspiración, y luego señaló el pequeño microondas de la cocinita de voluntarios.

—¿Crees que si metemos a Churro Ahí, saldrá como pan caliente?

Le di un golpe en el brazo.

—¡Eres imposible!

—Imposiblemente encantador—corrigió, esquivando mi segundo intento de golpe—.

Y hambriento.

¿Qué tal si después de esto nos vamos por esos tacos que tanto te gustan?

—¿Invitación formal?

—Invitación romántica—dijo, poniéndose una mano en el pecho—.

Te prometo no compartir mi guacamole esta vez.

—Wow, eso sí es amor—respondí, tratando de no sonrojarme.

Fue entonces cuando él llegó.

Duncan.

Parado en la entrada, con esa mirada que solía derretirme y que ahora solo me heló la sangre.

Harry siguió mi mirada, y su sonrisa se desvaneció.

—¿Amigo tuyo?—preguntó, aunque algo en su voz decía que ya lo sabía.

Yo apreté los puños.

—No.

Ya no.

—Abby…  —¿Perdiste el camino al infierno?—le espeté, apretando el bebedero de Churro hasta que los nudillos me dolieron.

A mi lado, Harry dejó caer la bolsa de croquetas.

Churro se lanzó sobre ella, pero ni siquiera eso rompió el silencio de mierda que se había apoderado del lugar.

Duncan dio un paso adelante.

Llevaba la misma chaqueta de mezclilla que usaba la noche que lo pillé.

La que olía a perfume barato y mentiras.

—Necesito explicarte—dijo, con esa voz de niño arrepentido que antes me hacía caer.

—¿Explicarme qué?—reí, amarga—.

¿Cómo te la tiraste ?¿O cómo me ghosteaste después como una puta cobarda?

Harry tosió, incómodo.

—Voy a… chequear a los gatos—murmuró, pero yo agarré su brazo.

—No.

Quédate.

No era una súplica.

Duncan frunció el ceño, mirando a Harry de arriba abajo.

—¿Este es tu nuevo consuelo?—escupió.

Harry se irguió, los músculos tensos bajo la camiseta.

—Cuidado con lo que dices—advirtió, demasiado tranquilo para el infierno que se avecinaba.

—O qué, ¿me vas a golpear?—Duncan sonrió, desafiante—.

Abby siempre eligió a los buenos, pero al final se aburren.

Algo en mí explotó.

—¡Tú no me dejaste!

¡Yo te boté cuando te encontré en cuatro patas con esa zorra!

Los voluntarios se giraron.

Un par de perros aullaron.

Duncan palideció.

—No fue así—mintió, como si el tiempo hubiera borrado la verdad.

—¿No?—Saqué el teléfono de mi bolsillo—.

¿Quieres ver las fotos otra vez?

Harry me miró, alarmado.

—Abby, no vale la pena.

Pero yo ya estaba harta.

Harta de sus mentiras, de su victimismo, de su puta cara de “pobrecito yo”.

—Dime una razón para no escupirte en la cara—desafié, avanzando hacia Duncan.

Él retrocedió, tropezando con un tazón de agua.

—Porque… porque te amo—balbuceó.

El sonido del puño de Harry estrellándose contra la pared nos sobresaltó a todos.

—Sal de aquí—gruñó, con una voz que no reconocí—.

Ahora.

Duncan abrió la boca, pero al ver mis lágrimas de rabia se giró y salió corriendo.

La puerta del refugio se cerró con un golpe seco.

Harry respiró hondo, sacudiéndose la mano.

—Lo siento.

No debí—  —Gracias—lo interrumpí, secándome los ojos con el dorso de la mano—.

Por quedarte.

Él asintió, sin preguntar.

Sin exigir más.

Y en ese momento, entre el olor a perro mojado y croquetas derramadas, supe algo:  Duncan era mi pasado.

Pero Harry…  Harry olía a posibilidad.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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